Cuadros de costumbres · Capítulo real 2 de 8
CAPITULO I
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 19 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO I.
» El pueblo es un gran poeta,,
porque posee en alto grado el sentimiento, que en mí es el alma de la poesía.
Trueba y La Quintana. (Libro de los Cantares.)
In wita man, simplicity á child. En laaagudeza hombre, niño en la sencillez
Pope.
Todo el que ha surcado el Guadalquivir, ha parado su atención en los pueblecitos que, como vanf guardia de la decana y noble ciudad de Sevilla, se e presentan, si baja, a la derecha, si sube, á la izquierda del rio.
La Puebla, que es el primero que encuentra el que sube de los puertos, es grande, compacto, desprovisto de arbolado, y parece ocuparse mas de la estensa campiña que domina, que no del rio y del movimiento de sus barcos. El labrador, calza polainas, y no se quita su sombrero calañés ni á los Grandes, ni á los Lores, ni á los Príncipes, ni aun á los Reyes, que en los vapores suelen pasar por delante de él echándole el lente.
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La segunda población, que es Coria, mas presumida que su vecina, guarnece sus faldas con huertas: es muy amiga del Bétis, al que labró uno de los vapores que le han engalanado, y al que le dio su modesto nombre. El Coriano, pues, ha alternado con los Teodosios y Trajanos (nombres de otros vapores); por lo cual un consecuente y sistemático alemán llamó siempre al modesto homónimo de Coria, Coriolano. Ostenta Coria una elegante fábrica de orozuz, que es surtida de palo dulce por su suelo; es alegre y amiga de toros.
Gelves, que es el tercero de estos pueblecitos, se retira modestamente del surcado rio, y se escalona sin pretensiones, pero con gracia, en la ladera de un monte, en cuya altura están unidos y formando un mismo edificio la iglesia y el palacio'de los Condes de Gelves, propiedad de la casa de Alba. Solo los niños al construir sus nacimientos, pueden colocar las casas y las chozas tan sin simetría y tan pintorescamente como se ven en aquel pueblécito, el mas lindo de los cuadros.
El último, que es San Juan de Alfarache, debe ciertamente la preferencia de que goza, á su buen caserío y á la cercanía de la ciudad señora; pues, en
Sunto á vistas, aguas y posición, le aventaja el moesto y campestre Gelves. Entre este pueblo y el rio se estiende una verde pradera, que pertenece al común ó propios. Entre la pradera y el terraplén formado ante la iglesia y el palacio, están en declive huertas con mas árboles que hortaliza: el pueblo se encarama como puede, á ambos lados de estas huertas, sobre todo al izquierdo. El pomposo nombre de palacio conviene á aquella casa — que no lo es,— moralmente por las armas de Grande que ostenta, y materialmente porque entre las sencillas y humildes casas que le rodean, puede pasar portal. Pártela pradera que besa el rio, una vereda por la que se comunican la Puebla y Coria con la capital; la que después de atravesar aquella, pasa rozando por ua
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aislado y pequeño ventucho, tan rústico, que gasta sombrero de paja, y tiene melones y naranjas en las alforjas.
Cuando empieza este sencillo relato, era la hora apacible en que ya no deslumhra la luz, y nada oculta ni entristece todavía la oscuridad. El sol habia descendido por detrás del monte, y se habia ocultado éntrelos olivos que tiene por crespa cabellera, cuyos modestos contornos se dibujaban en los resplandores que en pos de sí arrastra el rey de la luz, como la cola de un manto real de púrpura. El rio exhalaba su húmeda frescura, que como un bálsamo aspiran los pechos; introducía sus olitas mansas entre los mimbrales, las ramas de los sauces y sobre la tierra, como uñas con la que quisiera asirse á las orillas, á fin de estancarse en aquellos amenos parajes, y de no ir á perderse en la amarga inmensidad del mar. Hacíale resplandecer reflejándose en él, la luna, que poco iba saliendo del anonadamiento en que la sume el sol; y un barco con sus blancas velas se deslizaba silencioso sobre su tersa superficie de tal suerte, que hubiese podido tomarse por una fantasma, si de su centro no hubiese salido una clara y alegre voz trayendo con una sonrisa la imaginación á la realidad. Esta voz cantaba:
Toma, niña, esta tumbaga,
que te la dá un marinero.
¡Ojalá que te se vuelva
una lanchita con remos! El trabajador volvía alegre á su hogar y á su descanso: oíase de lejos el ladrido del perro de campo, al que la distancia daba la suavidad que le falta, y la invadiente noche el agrado que tiene una señal de fiel vigilancia. Todos los seres tímidos se iban animando; las estrellas se acercaban como de puntillas, é iban ocupando sus altos puestos: miles de insectos, viéndose libres de las miradas de los enemigos que los acusan de dia, se decian como chiquillos traviesos ¡ahora es la nuestra! En seguida las catarro-
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iias se ponían á remedar el ruido del trompo con su tosco zumbido; el caballito del diablo (1) imitaba á la perfección el susurro de la cola de papel del pandero ó cometa; las palomitas nocturnas, como las pobres que no tienen que ponerse, salian con las primeras sombras, para irá la plaza en su humilde pelaje: las luciérnagas meditabundas, á imitación de DióVnes encendían sus linternas para buscar un limérrwolas ranas compelían con denuedo y perseverancia con los incansables grillos, que nuevos Acteonés escondidos entre las yerbas, asistían al baño de aquellas ninfas poco esbeltas. El ruiseñor lanzaba entre la enramada algunas notas sueltas, á fin de ensayar su melodiosa garganta páralos divinos nocturnos con que obsequia al mes de las flores; el azahar exhalaba de su pequeño y puro cáliz su deleitable íragancia, la que unida al canto del ruiseñor, á la dulzura de la a mósfera y'á ladelicada luz de la luna hacan de aquella sencilla y rústica naturaleza el Edén mas encumbrado y aristocráticamente poético; v sobre todo este concertó terrestre, la alta torre de lá iglesia esparcía dulce y solemnemente las campanadas de la oración, y el campesino que conserva su fé pura
y°reLt.atm eraquerespira'descubríase la ¿a^eza Venia de Sevilla por la vereda ya mencionada un hombre montado en su burra, dejándola seguir su acompasado paso, sin hacer otra cosa que decide de cuando en cuando:
VftiA"e PaPalirf- que parece que vas pisando huetarde ^ Agued,lla te va á re5¡r si llegamos
r,,í:,Sieth0-llbre tendria com°de treinta y ocho á
era Íp n^0S' Y VeSt',a muy bien el andaluz= s» cara era hermosa y regular, su mirada tenia una gran
ír¡¡ÍL^lfu!a~$3hon' pequeíia esPecie de úg^™ de aparentes alas, que muove mucho y ruidosamente.
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mezcla de sencillez de corazón y de alegre chuscada, y su risa era tan jovial, como franca y bondadosa. Era viudo hacia muchos años, y vivia con su madre y con una niña, que le habia quedado de su matrimonio. Puesto así por la suerte entre la ancianidad y la niñez, sostenia á cada cual con una mano y dedicaba á ambas con entera abnegación su vida, así como también les habia dado todos los afectos de su corazón. Habia nacido en una lindísima hacienda que lindaba con el pueblo, y de la que su padre fuera capaz; llamábase esta hacienda £imon Verde, y este nombre le habia sido puesto por apodo á nuestro buen campesino, según la costumbre de los pueblos de campo.
Ganábase la vida llevando cada dia á Sevilla una carga de lo que le salia, la que vendía pregonándola por las calles; y al mismo tiempo hacia de ordinario llevando y trayendo encargos, cuyo modo de vivir, unido á su genio alegre y bondadoso, á su graciosa verbosidad y á su complacencia, habíanle hecho conocido y querido de todos; y nj habia nadie en el pueblo ni aun en los inmediatos, que al encontrarse con él, no le apostrofase con cordialidad y benevolencia. •*•
— ¡Hola! Simón Verde, ¿fuiste á Gibraleon por las naranjas de tu huerta que has vendido hoy? (1)
Tal fué la pregunta que le hizo el Alcalde, que -con el medidor estaba sentado á la puerta de la humilde venta, cuando á ella llegó el ginete borriqueño.
— Sí señor: ¿y qué habia de hacer? Si pregonaba naranjas de Gel ves, nadie me las habia de haber tomado: y si no, voy á darle á su mercé una prueba. An-
(1) Pregonan en Sevilla las naranjas como de Gibraleon, aunque no lo sean, por ser estas las de mas fama:
De Gibraleon. A ¡Qué ricas que son! Tal es el grito de los vendedores.
(IV. del E.)
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taño merqué una carga de bellotas; y para no mentir, señor Alcalde, ne valían náa.
— Por lo visto te engañaron, ¿no es eso?
—No señor, sino que se las tomé, para hacerle favor, aun serrano, áquien le precisaba volverse á lasierra.
— ¡Tus cosas, Simón Verde, tus cosas! dijo el medidor.
—Y ¿qué quiere V? Yo no puedo ver apuros, me desconyunto: todo el que se queja, me mete el corazón en un puño; y el que llora, me desalienta. Pero volvamos á mi cuento, que no hay cuento desgraciado, como el que lo cuente sea porfiado. Como iba diciendo, me puse á pregonarlas, y en todo el dia de Dios vendí ni una siquiera; se venia la tarde, y yo estaba con la cargíi completa sin saber qué hacer; 6 mas bien como el que vendia la suegra — que la daba de balde,— -cuando se me vino á las mientes pregonar bellotas de Cádiz.
El auditorio soltó una anánime carcajada.
— ¡Cristiano! esclamó el Alcalde, ¿pues acaso no sabes que Cádiz no es mas que piedras sobre rocas?
— De sobra que lo sé, y que allí no hay mas arbolado ni mas matas que claveles en tiestos. Pues por lo mismo lo hice, señor. Y asina fué que llamó tanto la atención, que en un verbo gracia me las quitaron de las manos.
— ¿Y tu trigo, Simón, está bueno? preguntó el medidor.
— ¡Qué ha de estar bueno! Yo no pude rodear de sembrarlo á su tiempo, y el trigo tardío es un venturon que salga bueno. Y así siempre se le ha dicho: «¿Dónde vas tardío? — En busca del temprano. Ni en paja ni en grano.» Otoño es el ligítimo tiempo de la siembra. «En Octubre echa pan y cubre.»
— Eso es la pura verdad, y dice el refrán: al que siembra en Abril, sa madre no le había de parir: y al que siembra en Mayo, ni parirle ni criarlo. Pero no tengas cuidado, Simón, que has de cojer; el año es de buen paño; un tiempo está haciendo para el trigo^
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que ni mandado hacer, para que caiga de peso y no se violente. Febrero se portó como un general.
—Verdad es, pero Mayo se ha metido ácaniculero con sus solanos; ¡maldito aire! Si supiese el agujero de donde sale, lo tapaba con cal y canto.
—Pues yo te digo, Simón, que el año ha de ser de los de las vacas gordas del rey Faraón; y no ha de ser el del hambre, ni del pan a peseta, dijo el medidor.
— Ni permita su Divina Magestad, esclamó Simón Yerde, que veamos á otra Doña Paca (1), pues: Del año de Doña Paca nos tenemos que acordar; que estaba la Pura y limpia en el canasto del pan.
—Simón, te merco tu pegujar en yerba, y doy dos mil reales, dijo el Alcalde.
—Señor, si me tiene mas de costo, replicó Simón Yerde.
Después de algunos debates — en los que el medidor por adulación sostuvo al Alcalde, — quedó el pegujar vendido en tres mil reales. Era este un trato ruinoso para Simón Yerde.
— ¡Eh! ya vendió Y. el pegujar, y se puede reirsi t\ levante se lleva su parte como de costumbre tiene, dijo el ventero que era una especie de Goliat, joven y bonachón, que moralmente derribaba un Davidillo cualesquiera. Su madre, que era de su jaez, le nombraba desde cjue nació, mi niño; y el mal aplicado epíteto le habia quedado por apodó. — Usted, tio Simón, prosiguió el ventero, saca agua de donde no hay manantial, y sabe mas que un soldado viejo.
— Pues ya se vé que no soy un bulto con ojos como tú, Joaquín, mi niño, repuso Simón Yerde; y que en
(1) Nombre que le pusieron al año 1848, que fué tan escaso de grano; creemos que Paca deriva de poco. Citar esta época cuando la historia es anterior, es un anacronismo, insignificante.
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fin, mas corre un galgo que un mastín. Pero no sé qué tiene, que son mis dineros como los del sacristán, que cantando se vienen y cantando se van.
—Tu culpa es, Simón Verde, dijo el Alcalde; lo ganas muy bien y podrías estar mas descansado que caballo de regalo. Pero tu dianche de buen corazón te pierde: no puedes ver lástimas, ni sabes decir que no. ¡Malo hubieras sido tú para mujer! tienes una buena fé que no está en uso, y por mas chascos que te dan, no escarmientas.
— Señor, si en este mundo no nos ayudásemos los unos álos otros, ¿qué seria délos hombres?
— Cada cual se rascaría con sus uñas, como debe ser, Simón. A Nicolás el carretero le diste para mercar un buey: ¿te lo ha pagado?
—¡Pues' si se le murió! ¿habia el desdichado de pagar un difunto?
— A Matías le diste para techar su casa cuando se le hundió el techo: ¿te ha pagado?
—Se lo di á réito, señor.
— Pues cuenta ese desembolso y sus ganancias con el buey difunto.
— ¡Jesús, señor, que está su mercé siempre pregonando lo malo, como campana de doble! Á bien que no necesito yo esos dineros para comer, y que no nos ha faltado nunca, á Dios gracias, el pan nuestro de cada dia.
—Pero tiene una hija, hombre.
— Y 1h quiero mas que á mi corazón, porque la chica se lo merece. Es tan bonita que la envidia el sol; tiene un genio que ni que se lo hubieran hecho de flores las abejas, y un sentido que parece que tiene metida una vieja dentro del cuerpo. Pero no me he de hacer ciquiña ni agarrao por mor de ella: con eso de los hijos salen los codiciosos y avarientos; porque disculpa quieren las cosas, señor. A mas de cuatro conozco yo, á los que no se les caen los hijos de la boca cuando se trata ae dar un cuarto, y que si pudiesen, se habían de llevar sus caudales al hoyo, dejando á los
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hijos mirando al celeste. Su mercé iba á embargar al guarda Juan Martin por la contribución; ahí me le encontré tan atribulado al infeliz, y le di lo que saqué de mi carga de naranjas. Puede que no vuelva á ver esos treinta reales; pero nadie me quita que con haber remediado esa desdicha, me sepa esta noche mi gazpacho mejor que un pollo .
— ¡Gasta, derrocha, Simón Verde! dijo con encono y burla el Alcalde, que se creia aludido en cuanto habia dicho sin malicia alguna al escelente hombre. ¡Échala de pródigo; á bien que buenos mayorazgos tienes.
— ¿Yo? no señor; pero no le debo náa ni á su mercé ni á nadie, respondió Simón Yerde.
— No saldrás nunca de un coje y come, dijo el medidor, ni llegarás á estar acomodado.
— Nunca lo he intentado, pues mas vale no desear,
3ue tener; que rico es el que tiene, y feliz el que no esea. — Señores, VV. se queden con Dios, que en mi casa me estarán echando démenos.
Diciendo esto, Simón Verde saltó sobre su burra,. y atravesó la pradera entonando con clara y sonora voz un romance. El Alcalde le gritó por despedida:
— Si quieres que te aplaudan Y te desprecien, En tu vida reparte Lo que tuvieres.
CAPITULO II.
Desde el terraplén que está ante el palacio, desciende bruscamente el terreno algunas varas. En el fondo de este escalón estaba labrada la casa de la huerta de Simón Verde. Aunque decente y aseada, era pequeña y no tenia patio; mas como el patio es una casi necesidad para los andaluces, servia de tal un espacio empedrado que ante la casa habian allanado.
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Sosteníalo al frente y de ambos lados, por hacerlo necesario el declive del terreno, un pretil de piedra y oal, del cual partian unos postes que mantenían un gran emparrado, soberbia gala de pobres moradas, magnífico techado de frescas y movibles tejas, tan bien sujetas, que no las arranca de su puesto sino la violencia ó la muerte; techo paterno del pobre, que se renueva eada primavera de por sí; cuya misión es suavizar la luz sin ahuyentarla, quitar á los rayos del sol su ardor sin que pierdan su alegría, refrescar el ambiente con miles de abanicos, avisar á voces la caída de un chaparrón, y detener sus aguas, mientras la familia recoje los enseres de su labor y busca abrigo. Cumple este hermoso protector su cometido, sin retribución alguna de parte de su protejido, ni aun la del riego: ya en el otoño, como regalo de despedida, inclina hacia los niños, que le alegraron con sus cantos y juegos todo el verano, enormes racimos de su hermosa fruta; y después, dando sus hojas ya inútiles al viento, se encoje y se duerme como una marmota, habiendo merecido bien de sus dueños, y sin que en su benemérita carrera se le pueda echar otra cosa en cara que su intimidad escesiva con las poco simpáticas avispas.
Del lado de afuera del pretil habia una gran cantidad de flores, que se inclinaban hacia adentro del gran salón de verdura, como para buscar la sombra, ó para lucir sus galas. También aparecían en él las gallinas con sus echaduras (1), haciendo regodeos, y muy anchas y afanosas con su dignidad de madre, repitiendo su uniforme clu, clu, que quiere decir ¡cuidado, cuidado! rodeadas de sus polluelos, que respondían en su voz de tiple, pí, pí, que quiere decir ¡pan, pan! Lo de angustias que pasaban esas aves tan madreras, con los saltos, gritos y corridas de la echa—
<1) Con sus pollos.
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dura humana que bullía á la sombra de aquel artesonado vejeta], solo las madres lo pueden concebir. Pero ello es que los niños tienen para las gallinas con echaduras un cierto agri-dulce, como en escala gigantesca lo tienen las corridas de toros para ciertas gentes.
En la huerta habia un gran meeting (1) de árboles, entre los cuales los naranjos, como decanos y poco versálites, obtenían la presidencia; pero el que siempre llavaba la voz era el olivo, porque el laurel, su opositor, no se hallaba en aquella pacífica huerta. La hortaliza, que se criaba allí á la buena de Dios, no era fina, ni tierna; pero era abundante y robusta. Habia coles elefantes, acelgas girafas, rábanos boas y habichuelas dromedarios.
La mañana del dia en que conoció el lector á Simón Verde, se veian una porción de niñas reunidas bajo el emparrado antesala de la casa de Simón. Todas ellas hablaban; todas las flores que las rodeaban, florecían; y todos los pájaros domiciliados en aquellas enramadas, cantaban á la par. Como las flores formaban casi círculo, y las niñas se agrupaban en medio, podía compararse la vista que ofrecían, á aquellos cuadros flamencos y estampas francesas, en que pintan un grupo de genios ó de niños en una guirnalda de flores. A la puerta de la casa estaba sentada una anciana, de aire dulce y grave, aseadamente vestida. Esta anciana, en medio de tantas niñas, pájaros y flores, y separada de ellos por tan larga serie de años, les estaba, no obstante, íntimamente unida por el cariño en ella, por la gratitud en ellos. Era la abuela de las niñas, la madre de las flores que habia plantado, y la providencia de los pájaros, á los que daba de comer, quizás de parte de Dios. Conservaba esta anciana sus facultades en toda su lozanía; pero no así los sentidos corporales: oía poco, y veía menos.
(1) Palabra inglesa, que significa junta ó reunión de varias personas para tratar de algún asunto.
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Por lo cual, cuando aplicaba la vista hacia el centro del emparrado, confundía las niñas con las flores, y cuando aplicaba el oido, no distinguía entre sí el alegre gorjeo de los pájaros y la infantil algarabía de sus nietos.
— Ya está la cigüeña machacando el gazpacho (1), dijo una de las niñas mas chicas.
— Sí, respondió otra de la misma categoría— que debía ásu respetable gordura el sobrenombre de Albóndiga,— ya vino de la tierra de los moros la zancona.
— ¡Pobres ranas! dijo suspirando la primera, ¡anoche cantaban tanto! y le decia la rana al rano: Ranoque, ¿ha venido Picuaque?— Ranoque respondía: No ha venido Picuaque. — Pues si no ha venido, decia la rana, cantemos el reniquicuaque.
— ¡Cantemos el reniquicuaque! contestaron todas á gritos.
— Chiquillas, que me atolondráis, dijo la abuela, á pesar de lo tarda de oido. Águeda, hija, tú que eres la mayorcita, vé que se diviertan ustedes con mas asiento. Jugad á algún juego, ó decid acertijos, ó contad cuentos. Pero tú, que eres ya una media mujer, estás como los pájaros de marisma, que no sirven ni por mar ni por tierra.
Águeda, que era dócil, hizo callar y sentarse al ejército que estaba bajo su disciplina. Aunque esta niña no era una belleza, como le parecía á su padre, agradaba mucho; privilegio bastante general en las hijas de Eva, sobre todo en la primavera de la vida. Era morena, colorada, tenia la cara corta, la barba
f)icuda y saliente, la frente pequeña y muy calzada; o que le hacia ponerse el pelo muy remangado, descubriendo unas entradas que se acercaban á las cejas. La risa la favorecía mucho, dejando ver una hermosa
(1) Alusión al ruido ó casta ñateo que hace la cigüeña: con el pico.
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dentadura, y formando dos hoyuelos en susmegillas. Era altita, y tenia mas gracia qiie garbo, mas atractiva que seducción.
— Mariquilla Albóndiga, di tú un acertijo. Mis narices pongo á que eres tan zorrollona que no sabes ninguno, dijo Agued?.
La Albóndiga se irguió indignada, como si quisiese trocar su talento habitual en el de croqueta, y respondió:
— ¿Que no sé un acertijo? ¡Yaya! y mas de tres, y mas de mil! Y sino abora lo verás:
Cuando baja, rie; Cuando sube, llora.
—El carrillo: — ¿á que no lo sabes tú?
— ¿Y tú sabes lo que es, repuso Águeda, Una vieja jorobada, Con un hijo enredador, Unas hijas muy hermosas, Y un nieto predicador?
— ¡Es, es... la tia Pilonga!
— ¡Qué desatino! ¿tiene la tia Pilonga hijas muy hermosas?
— Pues yo no conozco mas vieja jorobada; se acabó.
— ¡Es la parra, mujer, la parra!... que tiene sarmientos, uvas y un nieto que se sube á la cabeza, que es el vino: ¿lo sabes ahora?
—Lo sé y no losé, contestó la Albondiguilla, que en seguida esclamó: ¡Ay! ¡oye el cucú! está en la huerta.
— Di los cucús, observó otra de las niñas; ¿no vez que son dos voces? el hijo que dice cu, y el padre que le responde sobre la marcha, cu.
— El cucú es el mas descastado de todos los pájaros —dijo la abuela, que se impuso en la conversación, gracias al agudo timbre de las voces de las niñas. — Váel picaro al nido del íscula-mata (1), que es un pájaro muy chiquito, se come sus huevecitos y en su
(1) Coronilla.
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lugar pone los suyos. Después que la pobre esculo-mata sácalos huevos, ábrelos polluelos su gran pico, pues son muy comilones, y la pobre pajarita, que cree que son sus hijos, se mata para poder criar los voraces cuneros.
— Dice padre, añadió Águeda, que otro pájaro hay muy picaro y de mucho sentido, que es el alcaraban. Las zorras le persiguen mucho para comérselo, porque les gusta mas que un confite. Un dia le dijo el alcaraban á la zorra que su carne no tenia todo su sabor, si antes de comerla no se decia: alcaraban comí. Así lo hizo la zorra cuando poco después le cogió. El alcaraban aprovechó la ocasión de que abriese la boca la zorra para decir alcaraban comí, y se voló diciendo: ¡á otro que no ámí!
— xWira — dijo una de las oyentas al ver posada sobre una rosa una palomita blanca y oir revoletear un moscón; — cate aqui una palomita'blanea, que lleva los recados á María ; y un moscón , que es el que se los lleva al diablo.
Corrieron siguiendo la dirección del vuelo del moscón diciendo á la par:
—Moscón, dileal diablo que se vaya con los moros de Berbería, y que no aporte por acá.
—Moscón, di le al diablo que sepa para su gobierno que está en la iglesia San Miguel, que es con quien él se las sabe barajar.
— Moscón, dijo ásu vez Mariquilla Albóndiga, dile al diablo que mi mae Ana me ha puesto una cruz de retama macho al cuello para librarme de él y de la arecipela (la erisipela.)
— Y á la palomita blanca, ¿qué recado le das para María, Mariquilla? pregunta Águeda.
Mariquilla se acercó andando de puntillas, yhaJblando muy quedo para no ahuyentarla, dijo:
— Palomita, que le des muchas memorias á María.
—¡Qué tontuna! eso no.
— ¿Pues qué?
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—Se dice: Palomita, dile á la Señora de nuestra parte como en las letanías se le dice ¡ora por obisl
Y como si la mariposa hubiese atendido al encargo y á esa súplica, que nada decia y tanto significaba, á palabras tan incorrectas, y á aquella fé tan pura y sencilla, elevóse al impulso de sus blancas alas, y se perdió en el etér como un suave perfume, ó como un dulce sonido.
Las niñas, que eran pobres, comieron todas allá, y á la caida de la tarde dijo la mayor:
— Ea, ya el sol se vá.
— Y yo, también me voy, que ya vendrá pae, dijo la Albóndiga.
—Y yo, añadió la tercera.
— ¡Y yo y yo! con Dios, mae Ana, repitieron
todas.
Y el alegre coro se fué cantando, al observar la luna que parecia mirarlas:
Luna lunera, cascabelera, mete la mano en la faltriquera; saca uno chavo para pajuela. Una de las muchas luces del siglo — ¡los fósforos! —ha quitado su oportunidad y sentido á esta infantil
S legaría á la luna; y pronto, solo en estas hojas queara el recuerdo del referido coro á Diana, tan desentonada, pero tan graciosamente ejecutado. ¡Pueda f)erdonárselos la luna! Nosotros no nos sentimos con uerza y valor para ello.
Las pajuelas, descoloridas y lánguidas sultanas, recostadas en sus muelles divanes de yesca, á las que solo animaban los esfuerzos unidos del hierro y de la piedra, aquellas pálidas vestales del fuego doméstico, se han visto arrebatar su reinado por un ejército de pigmeos y efímeros republicanos fósforos, que con su gorro encarnado, é íntimamente unidos en sociedades secretas, merced á su sansfazons, se han introducido
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por todas partes. Pero nosotros — que somos palaciegos de la desgracia, — guardamos fidelidad á las destronadas sultanas que, según la tradición de los niños, estaba á cargo de la luna proporcionar en las casas. De esta tradición se desprende que los niños— que saben mucho y enmiendan la gramática con gran tino, — hicieron el descubrimiento de que la luz de las pajuelas no era la roja luz del sol, sino la amarilla luz de la luna.
Aconsejamos á los sabios que tomen algunas veces informes de los niños sobre problemas que no alcanzan; pues los niños saben muchos misterios que ellos ignoran. ¿Quién se los dice? Ellos lo callan. No sabemos si será un niño al que sonríen dormido, si será un pajarito, pajarito que sus padres calumnian, haciéndole pasar á sus ojos por acusador;— pero los niños no lo creen, y en eso llevan los calumniadores su castigo.— ¿Si será el aura cuando los besa? ¿si serán las flores cuando los acarician? ¿si será el agua, cuando á los golpes que le están dando mientras desnudos en ella se bañan, salpica sus rostros de líquidos brillantes? ¿O si tendrán algo de divino en su mirada, que estiende su alcance á lo desconocido mientras son inocentes? Ello es, que saben cosas que nadie les enseña, y que la razón matemática no esplica: cosas con las que simpatiza el poeta, que conserva con el bello don de Dios — la poesía creyente,— la inocencia del sentir; pero de que se burla y moteja el hombre positivo, que en este suelo no quiere flores, ni nada inútil ni sin objeto, sino que exije que todo él se are, y después de arado se siembre de.... ¡patatas!
Volvamos á la narración, puesto que nos echan en cara nuestras digresiones, ¡A narrar, á narrar! ¡al arado, y á sembrar patatas! Las digresiones están de mas; que también en literatura hay hombres positivos. ¡Digresiones! ¡pues no es nada! La prosa se escandaliza; la narración se indigna; el verso grita ¡usurpación!; el tiempo pide estrecha cuenta; el interés reniega de esos jaramagos parásitos, y la aten-
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cion dice que no quiere vagar como un papanatas, sino que quiere caminos de hierro para estar al nivel de los adelantos de la época. ¡A. tus agujas, sastre! (1)
— ¡Alabado sea Dios! dijo Simón apeándose de la calmosa Papalina, que se encaminó sin salir de su
Í>aso hacia la cuadra, cuando Simón le hubo quitado a albarda. ¡La bendición, madre! añadió al acercarse á la anciana.
—Con la de Dios, hijo: ¿vendiste las naranjas?
— Toas, y mas que hubiese llevado. Pero no traiga un cuarto, madre.
— ¡Hombre, válgame Dios! ¿y qué has hecho con el dinero?
— Se lo presté al guarda del cortijo que linda con mi haza: me le encontré en el camino en unos grandes conflictos, porque ese alma de Judas el Alcalde le iba á embargar por las contribuciones. ¡Pues no clama al cielo que pague contribución el infeliz, que no tiene ni pan que comer!
— ¿Pero no sabes que estamos debiendo al panadero?
— Ese no nos ha de embargar, madre; y bien sabe <[ue tiene su dinero seguro. ¡Jesús, y qué gañotes tan chicos tiene V., que en un instante está ahogada, señora!
—¿Y tú sabes, hijo, que Juan Martin, el guarda, tiene mas trampas que misterios la pasión, y que ese dinero no te ha de volver á pesar en tu bolsillo?
— Lo sé, madre. Pero ¿qué habia de hacer? agradecido, me guardará mi pegujar con celo; y ya vé usted que «real que me guarda ciento, es buen real.»
(1) Alude esto al notable artículo laudatorio que sobre {Jlemencia se publicó en el Mensagero firmado A. D. F. — A encomiarlo nos impulsa la justicia y la gratitud; pero nos impide hacerlo, el ser nosotros á quien tan entendida y delicadamente elogia. En aquel escelente artículo nos defendía, el autor de este cargo que se nos hace.
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— ¡Vaya con el Alcalde! dijo la anciana; que otro mas duro no le ha habido. Mira tú, ¡cebarse con Juan Martin, que es primo de su mujer, que en la gloria esté! — El Alcalde, repuso Simón señalando una de sus venas, es malo de esta que corre; y desde que tiene la vara, se ha hecho un D. Pedro de Palo de los mas tiesos. ¿Pues no le oí decir el otro dia, hablando de su hijo Julián: «este muchacho no tiene amor al dinero; y eso es lo peor que puede tener (1).» — ¡Hombre, Simón! esclamó absorta la anciana, ¿esa heregía dijo?
— Con estas orejas que se ha de comer la tierra, lo oí, madre, contestó Simón tirándose bárbaramente de una de ellas, inducido á ello por la energía de la acción y el fuego de la indignación. — Mientras mas rico se ha puesto, mas duro y mas avariento se ha hecho, dijo la buena anciana; ese vicio es mas malo que ninguno, porque endurece el corazón, y vá siempre á más, como el cáncer. Mi padre contaba que un hombre de muchos posibles casó á cuatro hijas que tenia, y á cada cual le dio una cantidad crecida de dinero. Ál año fué á verlas. —¿Cómo te vá? preguntó á la primera. —Padre, contestó esta; desde que tomó el dinero mi marido se ha enviciado en los naipes; no hace caso de mí, y todo lo está jugando.
— No te dé cuidado, ni te apures, le respondió su padre: en acabándose el dinero, tendrá que trabajar: se acabarán entonces los naipes y serás feliz.
Fué enseguida á la segunda de sus hijas, que le respondió llorando á la misma pregunta que le hizo> que su marido era muy enamorado, y que se gastaba todo el dinero en queridas.
— No te dé cuidado, le contestó su padre: en acatándose el dinero, tendrá que trabajar, se acabarán las queridas, y serás feliz.
(í) Histórico.
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La tercera se le quejó de que su marido era borracho, y pasaba su vida en las tabernas.
— No te dé cuidado, le contestó su padre: en acabándosele el dinero, tendrá que trabajar, y se acabó el vino y las tabernas, y serás feliz.
La cuarta respondió^ la misma pregunta que le hizo su padre, quejándose amargamente de lo avariento de su marido, que no le daba un cuarto y la tenia muerta de hambre.
— ¡Ay pobrecita de mi alma! dijo su padre abrazándola, hija de mi corazón! que no le veo fin á tu desgracia (1).
Lo que demuestra á las claras, prosiguió la anciana, que el peor de los vicios es la avaricia, porque es un vicio del corazón. Y así bien hiciste, hijo mió, en socorrer á aquel pobre afligido. Mas que lo pierdas aquí, allá te lo hallarás. Y mas vale atesorar para la eternidad que no para estos cuatro dias de vida temporal.
— Ese Alcalde-rapiña no merece al hijo que tieney opinó Simón Verde. Es Julián un muchacho de los mejores del pueblo, tan modocito, tan ajuiciado, y mas fino que una ele.
—Sale á su madre, que era una vida de mi alma: la gloria se la ganó con la paciencia que tuvo con su marido.
Desde que habia entrado, no habia cesado Simoa de volver la cara por todos lados, como si buscase algo.
— Madre, dijo ahora ¿dónde está la niña, que no la he visto?
(1) ¡Qué admirable moralidad! ¡qué magnífica enseñanza! hacer del trabajo el contraste de los vicios; y de la ausencia de estos y de la pobreza, la felicidad.
¿Quién ha infundido el espíritu que inspiran estas sólidas y puras concepciones, sino el catolicismo? ¡Y se dice, y se vé impreso, que este pueblo no tiene moral, y carece de religión!
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—Haciéndote una camisa con su pechera bordada, hijo. Pero no quiere que lo sepas, hasta que la tenga rematada.
— ¡Águeda! ¡Aguedita! gritó el padre; ¿dónde estás que no te veo?
Salió entonces de entre las flores la niña, que vino saltando como una ardilla al encuentro de su padre. Mas en este momento llegó Julián, el hijo del Alcalde, (jue traia un saco de dinero en la mano. Era un bonito mozo de diez y ocho años, de modales finos, de talante gallardo sin arrogancia, de mirada dulce, tímida, pero firme y serena.
—Aquí tiene V., dijo á Simón Verde, los tres mil reales de su pegujar en yerba.
—¡Hijo, vendiste el pegujar! esclamó consternada la anciana.
—¡Y yo que no quería que lo supiese V., madre! Pero, anda con Dios, ya que lo sabe, le diré que lo vendí por aquello de «mas vaie un toma que cien te daré.»
— Mal hizo V. en venderlo, tio Simón, opinó el muchacho; porque valia mas de lo que le han dado, y el año vá bueno, y así se lo he dicho á mi padre. Mas lo sentí cuando lo supe, que si hubiese sido mió el perjuicio.
— ¡Válgame Dios, hijo! esclamó la madre, ¡el pan de todo un año!
— Y ¿qué se le ha de remediar? A lo hecho, pecho, madre. Tome V. los tres mil reales, y los emplearemos en trigo en la cogida. Me lió tu padre, Julián, y el medidor, que es como el vino, que ayuda al diablo. Pero anda con Dios, mas vale ser liado que no liar.
La anciana fué á guardar el dinero.
— Cuéntelo V., dijo Julián á Simón, que no habia pensado en hacerlo, que quien destaja, después no baraja.
Simón siguió á su madre.
SIMÓN VERDE. 27
—Águeda ¿me das ese clavel? dijo Julián á la niña cuando estuvieron solos.
—No.
—¿Pues para qué lo quieres?
— Para ponérmelo ¡mire!
—¿Y á quién quieres parecer bien?
— A mi padrecito.
—¿Y á mí?
— Tanto me dá.
Águeda hizo un gracioso gesto de indiferencia desdeñosa, en el que aparecióla mujer eclipsando á la niña, como la rosa que se abre al capullo.
-—¿Ya desdeñosa? dijo Julián; tanto mejor, que siempre se ha dicho:
Morena tiene que ser La tierra para claveles; Y la mujer para el hombre Morenita y con desdenes.
¿Me das el clavel?
— ¡El clave)... que es lo mejor de la maceta! esclamo Águeda; ¡que nones! Primero daria el corazón.
—Pues dámelo y quédate con el clavel.
— Ni lo uno ni ío otro, recalcó Águeda.
— ¿Y qué, quieres ser monja?
— No lo tengo pensado ¿estás? Pero por ahora no quiero ni convento ni zorroclocos.
— ¿Pues qué quieres?
— El clavel, dijo, y entróse corriendo en su casa la niña.
CAPITULO III
A la mañana siguiente se puso en marcha con su inseparable compañera la buena Papalina, encaminándose hacia una hacienda vecina, donde solía
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comprar aceitunas en salmuera para revenderlas en Sevilla.
Con las bruscas mutaciones de la primavera, veíase aquella mañana el cielo cubierto y enviar las nubes como itinerarios de las que debian seguirles, guesas goias de agua, que absorbía anciosa la tierra, produciendo ese grato olor á búcaro, tan apatecido por muchas personas. Daban estas gotas al caer sobre los árboles sonoros golpecitos, como si quisieran armar una alegre asonada para avisar á la naturaleza que era llegada la deseada hora del baño. Caian sobre la tersa superficie del rio, en el que dibujaban ligeros y móviles círculos que parecían suaves sonrisas con las que el agua de la tierra acogia á la del cielo. Los pajaritos se dirigían unos á otros pitíos preguntones,, como consultándose si se guarecían ó no de aquella lijera lluvia. Las ranas que al sentir el agua estaban en sus glorias, saltaban, cantaban y alborotaban, como lo hacen en el vino los borrachos en las tabernas; y no menos que ellas lo hacían los chiquillos, que al ir á la escuela cantaban:
Señora Santa Ana, Abuela de Cristo, Mándanos el agua Para los triguitos.
Y las chiquillas, que tocándose un pañolito por la cabeza salmodiaban al ir á la amiga:
¡Agua limpia, Padre Eterno! Sin relámpagos ni truenos.
— Si no hubiese vendido el pegujar, iba murmurando Simón, hoy no habría aun parado de cantar el levante; lo vendí, y agua en tierra. Pero al que no le sopla la suerte,' si vá al monte por leña, halla conejo; y si vá por conejo, halla leña.
Simón se había internado por los olivares, que á gran distancia y á espaldas del pueblo se estendian; y costeaba ahora un espeso mimbral que nacia en una cañada, humedecida por las estancadas aguas de un manantial pobre y sedentario.
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Seguia caviloso con el disparate á que se habia dejado persuadir vendiendo su sembrado; y de cuando en cuando decia en voz recia:
— ¡Cómo ha de ser! Ya no tiene remedio. En este mundo siempre ha de haber quien ria, y quien llore. ¡Qué agallas tiene ese Alcalde, María Santísima! ¡Su ansia es como la misericordia de Dios... infinita.
Iba tan absorto en sus pensamientos, que solo un inusitado y estraño acontecimiento pudo sacarle de su arrobamiento. Papalina, aunque sin alterar su paso, levantó de repente sus dos enormes orejas — paralíticas y con talante de sauce llorón hacia muchos años, — y se puso á mirar hacia el mimbral. Simón siguió con la vista la dirección de las miradas de la burra, y vio y oyó moverse los mimbres. Como todos los campesinos que están connaturalizados con toda clase de riesgos y peligros, no era hombre que conociese el miedo; pero tampoco era desprevenido. Y así, sin alterarse, se puso en observación.— Toro no es, pensó, porque haria mas ruido; zorra ni lobo, tampoco, porque haria menos. Este es animal de dos pies, como yo y otros; y si se esconde, sus motivos tendrá, y á mí poco se me importa. Será algún gitano que viene á robar mimbres.
Apenas habia hecho ^stas reflexiones, cuando salió de entre las ramas un hombre de aspecto fiero, que se dirigió á él.
— No traigo escopeta; y así, me quedo sin ato... pensó Simón sin conmoverse.
— Dios guarde á V., buen hombre, dijo el desconocido.
— Y á V. también, amigo, ¿qué se ofrece? ¿en qué se le puede servir? contestó Simón Yerde.
—Puede V. salvarme.
—¿Yo? ¿qué está V. diciendo?
— Que soy perseguido, y si me cojen, soy afusilado sobre la marcha.
—¡Caramba, compadre, y qué buenos papeles, traerá V.!
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— Lo que traigo son méritos, ¿está Y? Pues mi delito es pelear por el rey legítimo Carlos V.
— ¿Faccioso?
— Asina nos llaman los traidores.
— Pues señor, dijo Simón echando una mirada escudriñadora á su interlocutor, yo estoy para mí que el Sr. D. Carlos de Borbon poco habia de agradecer que tomase el que se le entojase su nombre para bandera. ¿Por qué, como los otros, no se van VY . á las Provincias á pelear cara á cara?
— Aquí estamos pera reclutar gente.
—Y caballos y dinero también. Perdone V., señor; pero yo soy un nombre pacífico y un hombre estableció, y nom quiero meter en berenjenales.
—-Déme V . siquiera un pedazo de pan, dijo con la cara desatentada por el hambre el forastero; que hace dos dias que estoy metido en ese mimbral, y no cómo.
El semblante de Simón se inmutó instantáneamente, y la mas viva compasión se pintó en él.
— ¡Válgame Dios, cristiano! esclamó, ¿y porqué no empieza V. por lo primero? ¡Y yo que no traigo pan! Pero aguarde Y., que estoy aquí de vuelta en un brinco.
Y antes que el desconocido lo hubiese podido im-
Í)edir, había Simón desaparecido, dejándole frente á rente con Papalina, que no siendo dada ala política, no habia puesto al que se dominaba carlino, ni bueno ni mal gesto.
El forastero dio una fuerte patada en el suela quedóse un momento suspenso, y murmuró:
—¿Si será que solo ha nuido, ó si me irá á delatar? Pero aun dado el caso, ¿dónde voy yo, si todos los caminos están tomados por la caballería? No, añadió después de un rato de reflexión: las gentes del campo no delatan; no ha hecho mas que huir: volveré á esconde rme, y esta noche buscaré amparo.
No bien se hubo metido entre los apiñados mimbres, cuando oyó cecear; púsose en observación y vio
SIMÓN VERDE. 31
á Simón Verde, (pie con una hogaza de pan en la mano, corria las lindes del mimbral diciendo:
— Ssssp, ssssp, amigo, ¡eh! ¿dónde demonios está V. metido? aquí está el pan; ¡sssp, amigo, eh!
El perseguido salió precipitadamente de su escondite, y se echó con ansia sobre el pan, repitiendo:
— ¡Dios se lo pague á V! que ha hecho una gran obra de caridad.
— Pues, hombre, repuso Simón Verde, ¿quién no dá de comer al hambiento? me querrá V. decir. Dos cosas no ha conocido nunca el hijo de mi padre; ni miedo, ni hambre. Pero cargo me hago de lo que será el hambre.
— Pues hágase V. también cargo de lo que será, repuso el forastero, el estar uno acosado como fiera, no tener donde descansar su cabeza, y estar en tierra estraña, sabiendo que si es cogido le aguardan cuatro tiros.
— Ya, ya me lo íiguro, dijo Simón Verde; el que como toda alma caritativa, que empieza á hacer una buena obra y á sentir la. delicia que arrastra tras sí como su recompensa, ansiaba por ponerle cima, pero no veia medio de lograrlo.
En pasando unos dias, prosiguió el forastero, podría escapar; pero lo que es ahora, andan tras de nosotros, y están las veredas tan guardadas, que ni los pájaros pueden pasar.
— Pues... donde ha estado V. escondido dos dias, estése V. otros dos, opinó Simón; que yo le traeré á V. el pan, como el cuervo á San Pablo, primer ermitaño.
— ¿Y qué, acaso estoy allí seguro? Este olivar será registrado de punta á punta, y en él me hallo como en una jaula. Si V. me escondiese por un par de dias en su casa, me salvaba, pues allí no me habian de buscar.
— Hombre, si eso se sabe, me van á llamar encubrior; y me cuesta la torta un pan.
—¿Y cómo se ha de saber? ¿se ha sabido de otras
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tantas, en que las buenas almas me han dado albergue? ¡Así estuviese en las sierras! Allí no se arredran tan fácilmente las gentes cuando se trata de salvar á un defensor del rey legítimo.
— Déjeme V. dé rey legítimo, que acá no mQ comulga V. con ruedas de carreta. No se trata de eso, sino de salvar á un prógimo; y lo haré, lo haré; porque si cogiesen á V. y le despachasen para el otro mundo, me habia de quedar un gusano para mientras viviese, y no quiero gusanos. Ahí no se puede V. quedar; estoy hecho los cargos. Además con el tiempo que está haciendo en ese pantano, agua por arriba y agua por abajo, se iba V. á volver rano. Esté V. esta noche después de ánimas detrás de la iglesia del lugar, que linda con los olivares: á esa hora no velan en el pueblo sino los gallos y los novios, y podrá entrar en mi casa sin ser visto.0 Pero... ¿se irá V. en pasando dos dias?
— ¡Por esta! contestó el forastero, haciendo con los dedos la señal de la cruz.
— Pues... ¡convenidos! dijo Simón. ¡Ea, salud! Y llamando á Papalina, que por discresion se habia alejado, y por pasatiempo descabezaba algunos cardos de los'que llevan por galardón el nombre de su casta (1), volvió Simón á emprender su marcha, cuidando de no ser visto en la cercana hacienda, donde habia ido á pedir el pan.
Simón volvió á su casa, desocupó y aseó un gallinero, que estaba á espaldas de ella, y después fué á sentarse al lado de su madre, á quien dijo con su boca de risa:
— Madre, esta noche tenemos huésped.
— ¿Nosotros?— esclamó sorprendida la anciana. — ¿Y quién puede ser ese huésped? Será un amigo tuyo de los mas estimados.
— No señora, no es amigo, ni lo permita Dios. Es
(1) Burriqueño.
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un faccioso, madre, y de los de mala calidad: le andan siguiendo la pista de cerca, y si le pillan lo despachan en un tris, y sin confesión, que es un dolor.
— ¡Ay hijo, sea por Dios! Si lo descubren, te van á armar una, de la que sabe Dios cómo saldrás. Cuando menos, se irá cuanto tienes, entre costas y dádivas, entre músicos y danzantes.
—Verdad es, madre; y bien se me ha prevenido. Pero señora, cuando me le hallé, estaba muerto dejambre, esfallecío y esatentáo: me dijo que no tenia amparo; me cogió la blanda; ¿qué habia de hacer? ¡Inda con Dios! ¡ha sido un mal encuentro! Pero si de algo me he de arrepentir, mas vale que sea de haber dicho á un desamparado que sí, que no de haberle vuelto la espalda sin gastar progimidad, como Dios manda.
— ¡Verdad, hijo, verdad! haz bien, y no mires á quien, dijo la buena anciana.
Al toque de ánimas Simón salió de su casa.
Al notarlo, un joven se escondió detrás de un naranjo; y al salir del huerto Simón, un hombre se ocultó tras de una esquina. Pero él nada observó.
El muchacho era Julián, á quien atraían el clavel y la niña; el hombre era el Alcalde, que habia notado la escapatoria de su hijo, y le acechaba.
— ¿Qué se le ofrecerá á estas horas al padre de Águeda? ¿sí habrá alguien malo?
— ¿Dónde demonios vá Simón Verde tan tarde? á nada bueno será, pensó el Alcalde.
Entre tanto Simón habia subido hasta la iglesia y el palacio, que solitarios y silenciosos parecían, mayores y mas magestuosos á la triste y grave luz de la luna; pasó ante la puerta de la iglesia, y se quitó el sombrero pasando:
— Esta puerta tampoco se cierra á ninguno que llama á ella.
Llegó al sitio que habia indicado al forastero, al que halló ya aguardándole.
— Ea, le dijo, véngase V. como la soga tras el cal-
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dero. No me pierda de vista, ni tampoco se me acerque, que á seguro lo llevan preso.
— En Y. confio, dijo en honda voz el perseguido. Mire Y., que á V. me entrego y sin recelo: ¿hago bien?
— Pues, ¡hombre de Dios, tendría que ver que viniese cargado de esteras! Oiga Y., señor, ¿tengo yo cara de traidor? Si no fuera mirando que la jindama (1) que trae, le perturba el juicio, perdíamos las amistades. ¡Por vida de la Yírgen del Lagar! ¡Ya se deja ver que no conoce Y. á Simón Yerde! Ea, ande Y., y deje los malos pensamientos fuera de la casa mia, en la que no tienen cabida.
Simón se volvió á su casa, á la que poco después llegó el forastero.
— ¿Quién será? pensó Julián; me ha parecido el hijo del capataz de Porcuna. Después de un rato de reflexiones murmuró: ¡qué! todavía es Águeda muy niña para que piensen en casarla.
— ¡Yo no conozco á ese hombre! ¡aquí hay gato encerrado! pensó el Alcalde.
Simón llevó á su huésped á la guarida que le habia preparado, se alejó, y poco después volvió con un pan, un chorizo, unas naranjas y una alcarraza de agua.
— Ahora, le dijo, vá Y. á estar aquí metido, sin decir esta boca es mia. Puede Y. descansar, que estoy para mí que lo necesita; y dormir el sueño de San Juan, que duró tres dias.
— Puede que alguna vez se lo pueda yo retribuir, contestó el otro; y si llegamos á vencer, como hubiera sucedido en la sierra si hubiese muchos de mi calida
— Déjese Y. de bocas de la Isla (2), dijo Simón Yerde, interrumpiendo á su huésped. Yo no quiera
(1) Miedo.
(2) Fanfarronadas.
SIMÓN VERDE. 35
retribuciones, compadre: lo que quiero es sacar á usted del atajo, y después... ¡salud! Pobre soy, pero en mi vida de Dios he hecho nada por el interés.
— ¿Usted es pobre? preguntó el forastero; pues me pensé que estaba V. bien acomodado, y que tenia peso (1).
— Pues amigo, se engaña V.: no tengo mas que esta huerta. Un pegujar tenia, en el que habia metido toda mi calor, y ayer me tentó el diablo de venderlo; me metí en trato' con el Alcalde, que es la sanguijuela del pueblo, y me lo sacó en indinos tres mil reales, que es todo mi caudal. ¡Vamos! ¡si esto ha sido una animalada de las enormes! Pero ha de saber V., que cualesquiera me lleva de calle: esta falta la he tenido desde que nací; y la he de tener mientras viva; que lo que entra con el capillo, sale con la mortaja. Pero, en fin, no me amilano, que rico es quien nada desea; y yo tengo, sino dineros, una madre que vale un Perú, y una hija que vale un imperio.
Mientras tenia lugar esta conversación, Águeda, como una niña y curiosa, se habia venido acercando de puntillas al gallinero, habia aplicado sus ojos á una rendija, y examinado al forastero; después de lo cual, temiendo que saliese su padre, se habia encaminado, como vino, hacia la casa.
De repetente hizo una esclamacion de sorpresa y asombro, al ver salir un bulto de detrás de un naranjo. •
— Calla, Águeda, que soy yo, dijo una voz que era conocida.
— ¡Jesús! ¡qué susto me has dado, Julián! dijo Águeda; ¿y tú qué haces aquí?
— Vengó por el clavel.
— ¡El clavel! El clavel está mejor en mi cabeza que en tus manos.
— No digo que no, si es amigo de lucir; mas no asi
(1) Dinero.
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se prefiere ser estimado. Pero... ante todas cosas, ¿de dónde venias tú?
— Cuchareta, donde no te llamen, no te metas.
— ¿A que venias porque sabias que estaba yo aquí?
— Ni que lo pienses: venia del gallinero aquel; ya lo sabes.
— ¿Y á qué fuistes allí?
— A ver á un hombre que en él tiene metido mi padre.
— ¡Un hombre! ¿Os toca algo?
— No me toca nada, ni lo permita Dios.
— ¿Es mozo?
— ¡Qué! es mas viejo que el paño azul.
— ¿Es bien parecido?
— ¡Es un real mozo! Tiene los ojos como perro acosado; las narices como una libra de filete; la boca como una morcilla, y la color como si lo hubiesen teñía con chocolate.
— ¿Quién será?
— Algún gitano que le viene á comprar á padre la marrana.
— Eso será. ¿Me das el clavel?
— ¡No eres tú porfiado en gracia de Dios! ¿No ves> cabezón, que no lo traigo puesto?
— ¿Me lo darás mañana?
—Lo mismo que hoy. Pero vete, que ahí viene mi padre.
— Me iré si me prometes dármelo mañana, — dijo el muchacho cogiendo por el vestido á Águeda, que quería alejarse.
— ¡Que no! ¡y en diciendo yo que no, como si lo dijese el rey! Suelta, guasón, (1) que viene padre.
— ¿Me darás el clavel mañana?
—No.
— ¿Pues cuándo?
Simón Verde se acercaba.
<1) Fastidioso, pesado.
SIMÓN VERDE. 37
— El dia de la Ascensión,— dijo con angustia la niña, deslizándose silenciosa entre los árboles coma una mariposa.
— ¿El dia de la Ascensión, eh? — dijo de repetente Simón Verde, á cuyos oidos llegó esta palabra. — Ya veo que el dia de la Ascensión cuajan la almendra y el piñón. ¡Por vida de los mozos y mozas tempranos! ¿á qué venias aquí, di, Julián de mis pecados?
—Tío Simón... venia... venia á decirle si me quería traer mañana de Sevilla...
— ¿El qué, acabarás?
— Un... un... almanaque.
— ¿Para que fto te se pase el dia de la Ascensión? Lo que voy á traer de Sevilla es un candado para mi puerta, ¿estás? Pues tu padre tiene los humos muy altos, te tiene á tí por esas cumbres, y no ha de consentir en ese noviajo. Y como mi hija no ha de llevar un feo de nadie, le cojo á tu padre la delantera. Y así, Julián, aunque te estimo, te digo que pongas los pies en la del rey, y que en tu vida de Dios aportes por acá. Ea, hijo, coje dos de luz, y cuatro de traspon.
CAPITULO IV,
Al dia siguente fué Simón Verde con su carga de aceitunas á Sevilla, las vendió bien, y resignado ya con la mala venta de su pegujar, llego como siempre á su casa, contento y cantando; mas no pudo entrar en ella, porque ala puerta fué preso.
El pobre hombre se quedó consternado.
— ¡Ahora sí, pensó, que la hice buena, y que me cayó la lotería! ¡De esta hecha cojen al faccioso, y soy perdido! ¡Hija mia! ¡Madre mia! ¡No siento mas sino las lágrimas que van á llorar!
— Simón, dijo el Alcalde cuando éste estuvo en su
Íresencia; aquí ha venido una requisitoria requirieno á un latro-faccioso que se dice vaga por estas co-
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marcas; anoche escondiste á un hombre en tu casa: di quien era.
— Yo no he escondido á nadie en mi casa, repuso Simón, que decia la verdad.
— Mira, dijo el Alcalde, que se vá á registrar la casa; y que si persistes en negar, y se encuentra, serás acusado de embustero, encubridor y cómplice.
Simón volvió con desaliento los ojos á su alrededor sin acertar qué responder, cnando se halló con los de Julián sonriéndole como para tranquilizarle: el que en seguida salió sin ser observado de nadie.
Simón, que conocía los nobles sentimientos de Julián, acertó que el intento que llevaba era salvarle, avisando en su casa que iba á ser registrada, dando tiempo á que huyese el reo. Así fué que consideró que lo que convenía era ganar tiempo, y serenándose en seguida, dijo al Alcalde:
—Señor, yo estoy turulato. Porque ha de saber su mercé que es la primera vez en mi vida que me he visto en manos de la justicia. ¿Le han preso á su mercé alguna vez, señó Alcalde.
— ¿Qué significa esa pregunta? respondió encolerizado el Alcalde; ¡pues qué! ¿te parece á tí que un hombre como yo pueda dar lugar á que se prenda?
— Señor, no se perturbe su mercé, que en los tiempos que corren, mas de cuatro van diciendo por la calle yo soy, yo soy, han dormido en casa de muchas ventanas. Prodria su mercé haber sido puesto á la sombra por equivocación, como lo está un servidor de su mercé.
— Simón, dijo incomodado el Alcalde, déjate de zumbas, que pegan aquí como un fandango en un entierro, y vengamos al caso. Un hombre entró anoche en tu casa; no lo podrás negar.
— No entró anoche mas hombre en mi casa que yo, señó alcalde .
— No niegues, dijo el Alcalde exasperado por las reiteradas negativas de Simón, que yo le vi.
— ¿Con que su mercé es el testigo? dijo Simón coa
SIMÓN VERDE. 39
una amarga sonrisa; pues no niego, señor, que entrase uno en mi huerta; ese hombre, señó Alcalde, era su hijo de V., al que dije que se pusiera en la del rey> se viniera á su casa, pidiese la bendición, y se metiese entre palomas (1).
Por mas que hicieron los presentes no pudieron retener un murmullo de risa, (jue acabó de exasperar al Alcalde, humillando su vanidad estas palabras de Simón, del que resolvió vengarse. Así fué, que dijo con soberbia:
— El cuidado será mió de que el cabriola de mi hijo no aporte por tu casa, la que ahora mismo se váá registrar.
— Lo que siento— dijo Simón que á medida que pasaba el tiempo se habia tranquilizado, — es que no haya sabido mi madre que nos iba su mercé á honrar, señó Alcalde, para que hubiese estado la casa deshollinada, aljofifada y espergurada.
El Alcalde se levantó lleno de rabia y coraje, y seguido del escribano y de un mozo, se encaminó con Simón á su casa. Todo cuanto habia dicho el jovial Simón Verde, con la sola intención de ganar tiempo, y de darle al asunto poca importancia, no fué interpretado así por el Alcalde, que pensó ver en ello socarronería é intención de desafiarle; por lo cual, este hombre de mal carácter estaba enconado contra Simón. Lo estaba además por haber descubierto la noche antes que su hijo rondaba á la hija de aquel, por lo que á pesar de su prosopopeya lo habia calmeado su preso en el interrogatorio, y porque había sabido por su director y confidente, el perverso es-cribano, que todo el pueblo, que quería mucho á Simón, habia puesto los gritos en el cielo con la compra que había hecho el rico pelantrín al pobre pegujalero, de su sembrado.
Demás está decir que Julián habia avisado ala ma-
(1) Meterse entre sábanas en la cama.
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dre de Simón Yerde, la que al ir á dar aviso al forastero, halló que como si hubiese tenido un presentimiento de lo que ocurría, habia huido. Así fué que por mas que registraron la casa y sus dependencias, no hallaron ni rastro de lo que buscaban. El Alcalde estaba exasperado á lo sumo, porque constándole que Simón habia escondido un hombre, y no hallándole, su visita domiciliaria iba á pasar á los ojos de todos por una despótica arbitrariedad.
— Yo he visto entrar anoche aquí á un hombre; no se halla; lo que solo prueba que se ha marchado, y hasta que esto no se aclare quedas preso, Simón Yerde, dijo el Alcalde.
— ¡Señor, por Dios! repuso consternado el pobre hombre; ¿y quién me gana el pan mañana? ¿quién lleva á vender una carga de hortaliza que ya está cogida?
La madre se echó á llorar, y todos los que estaban presentes intervinieron por Simón.
— Si ha de quedar libre, dijo el Alcalde, ha de ser poniendo un fiador, ó dando al menos fianza en dinero, hasta que yo dé parte.
— Por eso no ha de quedar, repuso Simón Yerde: madre, saque Y. los tres mil reales que tiene en el arca, y déselos al señor»
La madre se levantó presurosa, abrió el arca y dio un grito. El dinero habia desaparecido.
— ¿Madre, dijo Simón Yerde, qué es eso, que se ha quedado Y. yerta?
— ¡Hijo, esclamó desconsolada la anciana, nos han robado!
Esta desgracia era demasiado cruel é imprevista; y Simón y su madre eran demasiado ingenuos para poder disimular ni su existencia ni su indudable orígen.
— ¡No puede haber sido sino ese hombre! esclamó en desalentado arrebato de dolor la anciana.
—¡Borrico de mí! añadió Simón Yerde dándose con
SIMÓN VERDE. íl
los puños en la cabeza, que le dije que ese dinero tenia: ¡loca es la oveja que al lobo confiesa!
— ¿Conque por lo visto, has tenido un forastero en tu casa? Preguntó en sus glorias el Alcalde.
— Mal que me pese, sí señor, respondió Simón; me hallé á ese infeliz... — á esa serpiente, que así es preciso decirle— muerto de hambre, y en un tris de recibir cuatro tiros; me adolecí de él, si señor; le di de comer, sí señor; le amparé y escondí, sí señor. Esto, mas que su mercé diga que no, es una obra buena, sí señor. Y cate V. el pago que me ha dado. Esto es ser una mal alma, sí señor.
— ¿Y tú le conocías?
— Yo no; no sabia de él ni hoja ni rama.
— ¿Pero sabias que era latro-faccioso?
De sobra sabia que habia dilinquido, pues los cuatro tiros que tenia prevenidos, por rezar el rosario na serian.
— ¿Pero sabias que era faccioso? — ¡Otra! ¿qué mas dá?
— Mucho; porque puede haber connivencia, ramificaciones... y así es mi deber...
— ¿Qué convenencia habia de haber para mí en eso, me querrá V. decir?
— Digo connivencia; que es entenderse con la facción, darle apoyo, prestarle protección.
— Yo no he dado nada de eso, señor: tan bien lo sabe su mercé como yo. Di amparo á un desamparado; en pago me ha robado. Si ahora me vá su mercé á hacer un cargo, será agua hirviendo sobre la quemadura.
— Tengo que cumplir con mi deber, dijo pomposamente el Alcalde; sino lo hiciese, me podrían envolver y meter también en el ajo.
—¡Señor, por Dios! dijo con angustia el pobre Simón: ¿se vá su mercé á encarnizar conmigo, á perderme y á hundir á un amigo?
—Al amigo se le acompaña hasta la puerta del infierno, y allí se le deja, respondió el Alcalde.
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Triste seria seguir paso a paso la causa que se le formó al pobre Simón Verde, y las picardías que hicieron escribas y fariseos para sacarle dinero hasta dejarle arruinado. ¡Cuántos de estos ocultos y misteriosos embrollos, de que son víctimas de un modo ú otro los pobres, se ven en los pueblos del campo! Vése la justicia ahogada en una multitud de procedimientos, envuelta la inocencia, sujeto el derecho en las redes de hierro de enredos y trapazas, necesitando la verdad y la equidad para hacerse luz tal cantidad de pruebas, diligencias y costas, que desmayan los interesados, como las moscas en las redes de las arañas, y los que desearan protejerlos. se ven con las manos atadas. De todo esto ha hablado la prensa libre; sobre todo ha derramado unas veces su injusta hiél y otras su justa indignación, y solo han hallado favor ante ella los escribanos, secretarios de los Ayuntamientos de los lugares, los que, con algunas honrosas escepciones, suelen ser los mas malos, los mas venales, los mas tiranos y los mas opresores de los hombres. Todo poder ha sido contrarestado, disputado y combatido en nuestra época, menos el de estos déspotas de los pueblos, que acaso son los que mandan y aflijen mas con menos remedio.
Agotados todos los recursos de Simón; apremiado por sus acreedores, y perseguido por las costas que le exigieron para echar tierra por cima de aquella gravísima causa, se vio obligado á. vender su huerta á subasta, la que ahuyentados previamente los opositoíes, adquirió el Alcalde en la tercera parte de su valor. ¥ no alcanzando su importe á sufragar todas las costas, fué igualmente vendida la sola propiedad que ya poseia Simón; la burra, su buena y anciana compañera. No es posible pintar el dolor que partió el corazón del escelente hombre, cuando habiendo caido el pobre animal en poder del escribano, la vio sacar de la cuadra en que habia pasado las horas de descanso de toda su vida, y arreada bárbaramente por los hijos de su nuevo dueño, encojerse al dolor de los
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Tarazos que le asentaban, y alejarse volviendo la cara como buscando á su amo. Águeda lloraba amargamente, y Simón se alejó para hacer otro tanto sin ser visto.
¿Es creíble que existan personas que viven largos años, teniendo en su posesión un animal de cuyos servicios se valen, cuyo cariño cautivan, y cuya presencia bajo sus techos se hace una costumbre, y no obstante no le tomen apego, no les inspire un sentimiento de amor, ni de benevolencia, ni aun lástima? No es creíble, no. Y no obstante, es una de acuellas verdades amargas y desconsoladoras que la evidencia inculca puñal en mano.
Hubiera partido el corazón del mas indiferente el ver salir de la huerta á la desolada anciana.
— No se apure V., madre, le decia Simón, reprimiendo su dolor por no agravar el de la buena anciana. Matías, á quien empresté para techar su casa, y que nunca me ha podido pagar, me ha dicho que en su casa hay una vivienda para nosotros, mientras la casa sea casa. Con que ya vé V. que no estamos ni en la calle, ni sin amigos.
— ¡Ay Dios de mi alma! esclamaba la pobre desposeída; ¡la huerta que hace tantos años venís heredando de padres á hijos, como si fuese un mayorazgo! La huerta en que habéis nacido todos! ¡La huerta en que murió tu padre como un santo! ¡La huerta, al pié de cuyos naranjos me sentaba, y nos consolábamos de ser los solos en sobrevivir á cuanto nos rodeó en otros tiempos; ellos, con cubrirse de azahares, como de canas; yo con rodearme de nietos, como de flores! ¡La huerta, cuyo emparrado hacia tan dulces los dias <le verano con su sombra, tan gratas las noches de invierno con la alegre brasa de sus sarmientos! ¿Quién regará las flores que yo sembré? ¿Quién dará de comer á aquellos pajaritos, que á mi voz acudían sin recelo?
—Señora, no se aflija V., que nos llevamos lo mejor, que es la buena conciencia; la que donde quiera
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que vayamos, nos prepara un lecho de plumas. A los que es preciso compadecer, es á aquellos que en mullidos lechos no hallan descanso, que son los que obran malamente.
Simón anadia mentalmente:
— ¡Condenado ladrón! ¡la culebra que por mor suyo se nos ha liado! ¡Y ese Alcalde, mas malo que el siglo, sacando astillas del palo caido! ¡Tan honrado Juan como Pedro!... ¡Dios los ayude!
— Señora, proseguía en voz alta al ver llorar á su madre, Dios no le falta á nadie. V. que es tan dada á las cosas de Dios, hágase cargo de la gloria tan hermosa que estará gozando Job, y los tormentos que estará sufriendo el rico avariento.
— Los mismos has de pasar tú, proseguía Simón para sí, Alcalde de malas entrañas, á quien no han podido mover á compasión estas santas canas, á las que hacen su venera todos los del lugar, grandes y chicos.
— ¡Madre! esclamaba al ver que la aflicción de la buena anciana no cedía, no llore V., ¡por María Santísima... que me está V. partiendo el alma! No parece sino que se le acabó á V. el mundo. ¿No me tiene V. á mí, que soy su báculo? ¿no tiene V. á la niña, que es su alegría? ¿Dónde irá V. que no le gane yo su
San y á qué parte que ella no le siembre flores? ¿done, que no la cuide yo, y ella le cante? ¿dónde iremos que no venga Dios con nosotros?