Cuadros de costumbres · Capítulo real 3 de 8

CAPITULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 26 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO V.

Algunos años habían pasado. La familia de que nos hemos ocupado, como el árbol que se trasplanta, había sufrido, se habia ajado. Pero con el gran consolador humano, el tiempo, y su suave hija, la costumbre, el árbol habia tomado la tierra, y regado por el sudor del trabajo, habia reverdecido y aun echada

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flores; esto es, que en aquella casa había contento. Contribuía á esto el que Nicolás, el cartero, habiendo tenido una herencia, se apresuró á pagar al pobre Simón Verde el buey difunto: ese dinero sirvió á Simón para recuperar á Papalina, pagando al escribano doble de lo que habia dado por ella.

— ¡Cómo na defser! de tienes é, quieres un tercio pierdes, pensaba Simón.

Con esto se halló en estado de continuar su anterior manera de ganarse el sustento. La alegría de hallarse de nuevo al lado de su antiguo amo, la demostró Papalina de un modo muy recio y sincero, aunque poco melodioso. La tía Ana regaba sus macetas, daba de comer á los pájaros, hilaba y rezaba; Águeda se engalanaba con claveles, y cantaba: Hermanitós terceros son los claveles. Un clavel fué la causa de yo quererte.

Cantaba así, porque sus amores con Julián, nacidos bajo el auspicio de un clavel, habían crecido recíprocamente á la sombra del misterio, como crece pura y resplandeciente la luna en la oscuridad y silencio de la noche. Motivaba este misterio, además del instintivo pudor del amor, la convicción que tenian ambos de que sus padres, el uno por innata dignidad, el otro — que queria casar á Julián con la hija de un rico labrador de la Puebla, -por codicia, no los hubiesen jamás consentido. Habia mas; y era que el Alcalde conservaba hacia Simón Verde el rencor que aquel, que se porta mal, siente contra aquel con quien lo ha hecho; rencor mil veces amargo é inestinguible que lo es el ofendido. Y la prueba es que Simón Verde, con su hermoso corazón, no conservaba ninguno contra su perseguidor.

La buena abuela sí sabia estos ocultos amores, y solia decir á su nieta:

— Águeda, hija, ¿en qué estás pensando?

—En querernos, mae Ana, contestaba Águeda.

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—Si eso no lleva camino, hija: ¿no se os previene el dia de mañana?

— No pensamos mas que en el dia de hoy, madrecita.

— ¡Ya se deja ver! los pocos años no tienen sentido. ¿No ves, criatura, que te estás previniendo mas lágrimas que perlas tiene la mar?

— Si de todos modos las he de verter, mientras mas tarde mejor, abuelita.

— ¡En fin, sea lo que Dios quiera! decia suspirando la buena anciana.

— ¡Eso, eso, eso ha de ser, y no lo quiera el Alcalde! Para bien gozar, mucho esperar, abuelita, contestaba Águeda.

Por aquel entonces los habitantes de Gelves abrieron los ojos y la boca inusitadamente, pues un dia, cuando menos se pensaba, el vacío y solitario palacio dio señales de vida. Abriéronse balcones y ventanas, como ojos que se despiertan: la gran puerta se abrió de par en par como boca que bosteza. El aseo con su vestido blanco, inmaculado é inodoro, se presentó á tomar posesión de aquellas solas y abandonadas habitaciones. Precedíale un ejército de ausiliares; eran estos la activa y ágil escoba, la que se fijaba sobre el suelo con intención de no dar cuartel á bicho viviente; el desmadejo y lánguido deshollinador, que miraba á las musarañas; los estropajos que sacaban porción de uñas amenazadoras; el jabón que miraba á los cubos de agua con el asombro con que mira el hombre á la sepultura que se le comerá; las aljofifas y paños de polvo, que abrian los brazos y se sacudiari, antes de empezar su tarea.

Al ver este ejército enemigo y sus evoluciones, las cucarachas ó correderas se desatentaron, pendiendo la cabeza, y atrapadas por las escobas en sus locas carleras, hízose de esta raza una horrible carnicería. Las arañas pusieron en movimiento acelerado sus largas patas, y huyeron llorosas y despavoridas de su tranquila Tebaida, echando una última y tierna mirada á

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las redes que tan bien habían confeccionado, sin guita ni mallero. Los murciélagos, horripilados al ver candiles y velones, se refugiaron á la torre de la iglesia, á pedir hospitalidad á la lechuza; ésta, que es misántropa, los recibió con muy poco agrado; los ratones se quitaron de ruidos, y el polvo que tomaba las ínfulas de secular, forzado á levantar sus reales, se echó destinado en brazos de su enemigo el viento: viósele valsar airosamente en un rayo de sol, y lanzarse por una abierta ventana en el espacio.

— ¿Qué le habrá dado al palacio, que así se sacude y se refresca? y decian las gentes del lugar: ¿si vendrá la Infanta?

Aquella tarde atracó á lá orilla del rio un bote que traia algún ajuar de casa, y en el que venian un caballero y una señora.

El caballero, que tenia como unos cuarenta años, era alto y corpulento: traia puesto un tremendo sombrero húngaro, un gabán de los mas destartalados en hechura y de los mas escéntricos de color. Tenia la mirada del emperador romano, la pisada de conquistador germánico; traia un puro colosal entre unos bigotes análogos, hablaba recio, llamaba á todos chicos^ y gastaba mas bambolla que dinero, según pudo colegirse por la cuestión que sostuvo con el barquero por un real.

La señora, á pesar de que se la conocía que estaba enferma por su color pálido y su estremada delgadez, era viva, petulante, ruidosa y risueña. Tenia puesta una capota rosa, tan en estremo echada atrás, que parecía su page; una manteleta verde-gay con profusión de flecos y borlas; un vestido de seda á cuadros, cada uno de su color, como hombres políticos; unas botas claras de color, pero todo, aunque nuevo, ajado como su ama. Traia un broche que deslumhraba, una pulsera que brillaba, un abanico que relumbraba y una perrita que ladraba.

En la venta estaban algunos vecinos y vecinas del pueblo, que con Joaquin Mi niño, presenciaban el

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desembarque; los que se quedaron absortos al ver aquel lujo estrambótico, exótico, inusitado y visual.

—¿No te lo dije que habia de venir la Infanta? Esa es, decia la necia de la madre de Joaquín Mi niño.

—¡Qué habia de ser esa, que lleva la gorra á moó de redecilla! replicó un hombre. Su Alteza no lleva mas que mantilla, como una resaláa española que es.

— ¡Bendita sea su alma! esclamaron las mujeres.

— Han de saber VV. que no tiene Su Alteza mas que cuatro pensamientos, dijo el hombre.

— ¿Cuatro? ¡ay Jesús! esclamó la ventera madre.

— Contáos; ni uno mas, ni uno menos.

— Oye, ¿y sabes tú cuáles son, José?

— ¡Qué ha de saber ese cuaco (1) los pensamientos de la Infanta! opinó Mi niño en voz de bajo.

— Pues lo sé, Mi niño, y lo sabe toa España, toa Francia, toa Inglaterra; y el cuaco lo serás tú si no lo sabes.

— Pues dilos ya que lo sabes, dijeron á una voz las mujeres al narrador.

— Son, respondió éste, dios, su marido, sus hijitos y los probes. Y lo mejor que tenéis que hacer vosotros es seguir su ejemplo; ¿estáis?

—¿Y el Infante?

—Lo propio, por consiguiente: como que lo ha heredao de su madre que dicen es una Reina santa y presenta, como Santa Isabel Reina de Hungría y Santa Clotilde Reina de Francia. Y esto es la pura verdad, y se debe decir á voces, para que suene por esos mundos.

— Pero José, sino la conoces, ¿cómo sabes que no es esa? preguntó la hermana de Mi niño, que no quería perder la esperanza de que fuese la desembarcada la Infanta.

— ¿Pues no estás viendo, chiquilla, que no trae conmitiva?

(1) Ganso.

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— ¿Y qué es conmitiva, mae? preguntó la muchacha.

—¿Qué sé yo? será á moa de palio, contestó la ventera madre.

— ¡Qué espilfarrol dijo Mi niño; son los coches.

Los señores desembarcados pasaron al palacio, en el que se instalaron, él arrellanándose en un sillón, ella asomándose uno después de otro á todos los balcones - que tiene el palacio; cantando trozos de las óperas mas modernas, y esclamando con acento italiano:

— ¡Bello, bellísimo!

Es cierto que es difícil hallar una vista mas bella que la que desde los balcones del palacio de Gelves se disfruta; uniéndose allí lo ameno y lo grandioso, lo bonito en el detalle, lo ancho y hermoso en la perspectiva. Al pié del palacio baja el terreno entre los árboles de las huertas, se detiene un momento en el prado para dar un pienso á los bueyes, y se hunde en el rio para volver á salir en la orilla opuesta, engalanado con arbustos y mimbres, y distribuirse después en sembrados, naranjales y pastos, marcándose las lindes de estos con frondosos vallados, que llevan penachos de árboles.

El rio pasa tan señor y tan sereno por estas orillas, que se le creería inmóvil, sino viniese algún vapor con su brusca brisa á turbar sus aguas y á empañar su brillo. La vista, como un sonido que se vá debilitando, llega hasta los lejanos montes de Ronda, que se confundirían con las nubes, si nubes se hallasen en aquel cielo en la primavera. A la izquierda, á los pies de su Giralda, se vé á Sevilla sin oiría; lo que presta á su aspecto ya tan grandioso, la*solemnidad del silencio.

—No cantes, Fornarina, dijo el repantigado fumador: que los médicos te lo han prohibido.

— ¿Y tú haces caso de lo que dicen los médicos? contestó con su marcado acento italiano la llamada Fornarina.

En cuanto al caballero se denominaba á sí mismo el coronel Titán. Pero los despachos de su grado na-

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die los habia visto, ni aun en la tesorería, pues á la cuenta, tenia el desprendimiento de no cobrar pagas.

No hemos podido averiguar de qué medios se valieron estos ilustres huéspedes para haber obtenido que se les franquease el palacio con preferencia, y en perjuicio de la otra polilla domiciliada en él. Mas esto no importa; y lo cierto es que los puros aires, y las afamadas aguas de Gelves, sentaron bien á la Fornarina, si se ha de juzgar por el aumento progresivo de sus fiorituras, de sus carcajadas y de sus gritos cuando reñia con el imponente coronel Titán.

El pueblo en Andalucía tiene ciencia infusa para calificar los individuos, sobretodo si son de esfera elevada á la suya. A los pocos dias de estar los huéspedes del palacio en Gelves, las mujeres torcían la boca y los hombres se reian.

—Quiéreme parecer, decia el uno, que son esos usías supuestos, ó cuando menos ingertos.

— El D. Orondo ese, anadia una mujer, que con los bigotes que lleva, rompe las tallas (1), tiene una cara de hereje, que ni los sayones de la Pasión. Lo que es ella, parece la reina loca, y hecha de rabos de lagartijas; bien se deja ver que es una casquivana rematada! No sé como Simón Yerde consiente que esté metida allí á todas horas su hija.

— ¡Toma! para Simón Verde serán esas gentes de las mejores. Nunca se piensa sino lo bueno, dijo un hombre. .

Porque tiene el corazón mas sano que la brisa,

opinó una mujer*

—Verdad es, repuso el hombre. Pero ahí verás tu cómo en este mundo indino, es menester tener una

(1) Tallas ó alcarrazas, jarras blancas de barro poroso, en que se enfria el agua en el verano, y suele bebería el*- ellas la gente de pueblo en Andalucía.

(2V. del E.)

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poca de trastienda, y andar con pié de plomo y ala de palomo.

Efectivamente, con motivo ele ser Simón Verde el ordinario de Sevilla, entraba diariamente en casa del coronel Titán, para traerle los comestibles que en el pueblo no se hallaban. Como allí no habia ni plaza, ni carnicería, ni almacenes bien surtidos, solia decir el Coronel á Simón Verde:

— Como en tu pueblo nada hay, sino el renglón de no hay, tráetelo todo, chico.

Estaba además encargado Simón de llevar y traer la sostenida correspondencia del Coronel con un joven desenvuelto, pronto, decidido, denominado el Capitán Bulle, que habia estado en todas partes, que conocía á todo el mundo, que todo lo habia visto, que se jactaba de ser adorador fogoso de las repúblicas; ardoroso de los naipes y frenético délas faldas, y que debia concluir por lucir su patriotismo, uniéndose después á los piratas que atacaron nuestra isla de Cuba.

El trato bondadoso y jovial de Simón Verde habia agradado á la Fornariria, que se complacía en entrenerse con él, hacerle preguntas, é informarse de los pormenores de su existencia.

— Señor Simón,— le dijo una noche cuando vino á recibir las comisiones para la mañana siguiente: ¿cuánto gana V. al dia?

—No tengo ganancia fija, señora, pero un dia con otro vendré á sacar sobre una peseta, contestó Simón.

—¿Una peseta nada más? — esclamó con su acento italiano, y haciendo aspavientos la Fornarina. — ¡Oh pobre Sr. Simón!!! ¡Oh existencia miserable! ¿usted vivirá desesperado, buen hombre?

—¡Yo! no señora, que vivo muy contento, á Dios gracias.

— ¡Con una peseta!!! — Y nunca me falte.

—Pero no le puede dar á V. para vivir.

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—¿Que no? ¡vaya! y para otras muchas cosas, señora.

—¡Oh! ¿cuáles son? estoy curiosa.

—Pues, señora, sepa su mercé que con una peseta mantengo mis obligaciones, pago una deuda, empresto á ganancia, y echo en una alcancía.

— ¡Oh! V. se burla de mí.

— Ño señora, y sino atienda su mercé. Sostengo á mí y á mi casa, que son mis obligaciones; mantengo á mi madre, con lo que pago una deuda; empresto, pues crio á mi hija, que me lo pagará cuando sea yo viejo y no pueda trabajar; y echo en una alcancía, porque nunca le niego una limosna á un pobre, mas que sea un cacho del pan que estoy comiendo.

La Fornarina se quedó un momento pensativa, y dirigiéndose al Coronel, le dijo:

—¡Ha dicho bien; sí, sí, ha dicho bien! ¡Y pensar que tantas pingües rentas se gastan, sin hacer lo que con una peseta hace este buen hombre!

— Estás inspirada, respondió soltando una carcajada el gran Coronel. Escribe una égloga, compon la música, y cántala para solaz de los Fidos, Amintas y Malibéos, pero déjame á mí de esas necias candideces.

— No eres un hombre, eres un cañón; repuso encolerizada la Fornarina.

— ¡Y de á veinte y cuatro! añadió Simón mentalmente.

El Coronel, á quien este denuesto, lejos de herir, lisonjeó, dijo con la sonrisa con que Júpiter en forma de toro favorecía á la ninfa Europa:

— Yamos, diva Donna, sabes que todo en tí me hace gracia; el cayado de pastora, como la corona de Reina. Eres tan graciosa para un fregado como para un barrido.

—Pues á mí nada en tí me la hace, ni tus cumplidos, que huelen á tabaco, ni tus bigotes, que huelen á almizcle, repuso la Fornarina; y dirigiéndose á Simón, le preguntó: ¿con que tenéis una hija?

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— Sí tengo; ¡pero una hija como las flores del dia, una hija de la que no merezco ser padre. ¡Si la viera su mercé, diria lo mismo con. dos bocas que tuviese!

— ¡Oh! ¡Yo quiero verla! esclamó la Fornarina con súbito entusiasmo: ¿sabe coser?

— ¡Vaya! contestó Simón, sabe de todo; tiene unas manos que se debian engarzar en oro.

— Pues traédmela, señor Simón, traédmela, que deseo conocerla, y quiero darla costura. ¡Ah! todos mis vestidos se han desgarrado en este campo, que tiene muchas zarzas y espinos.

Simón Verde, á quien costaba un notable esfuerzo tener que decir que no, y que no vio ningún inconveniente en que su hija mese allá, consintió en ello, y trajo á Águeda, la que desde luego agradó á la Fornarina, que le regaló el primer dia un abanico muy rico de nácar, pero despalmado, y un hermoso zarcillo de oro privado de su hermano gemelo.

Habia, pues, entrado una pequeña era de bonanza para Simón Verde, que se mostraba en sumo eficaz en el servicio del terrible Coronel Titán.

Pero á quien no agradaban estas nuevas relaciones era á Julián.

Una tarde en que se habia ausentado el Alcalde y en que, como de costumbre, estaba Simón en Sevilla, se hablaban los novios por una apartada reja del corral, que daba al campo.

—Águeda, la decia Julián; ¿á qué tienes tú que salir de tu casa, en la que estás arrecogida como moza recatada, é irte á la de esas gentes forasteras? Dígote, que ella con sus perifollos y sus dijes, que

Í)arece que están jurando en falso; y él con su aire inchado y altanero, me parecen gente de historia. Y ten presente que dice el refrán, que «para trato, los peores, los pretendidos señores.

—Voy, repuso Águeda, porque meló dijo mi padre, y que estoy ganando allí unos cuartos para echarle encima un rocioncito de ropa; ¡que bien lo necesita el pobrecito mió! ¡Y tuviera que ver, Julián, que fuese

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€sto en contra del recado de la mas pintada! respondió ella.

— En ir me das un pesar, Águeda.

— Hombre, lo siento; pero ¿qué hago? ¿qué disculpa le doy á mi padre, para decirle que no quiero ir.

—Cuando quieren las mujeres, sacan razones de los centros de la tierra.

— ¿Con que... es decir, que por una manía tuya, se nos habia de seguir un perjuicio muy grande? Déjame siquiera que junte para unos sajones para mi padre, y un refajo para mi mae Ana.

— Cuando nos casemos no les faltarán.

— ¡Tómate esa, y vuelve por otra! De aquí allá, pampanitos habrá, esas no son mas que entretenederas, Julián: entonces como entonces, y ahora como ahora. No es regular que después de los perjuicios que nos ha hecho tu padre, vengas tú á hacernos uno mas, empestillándoteen no dejarme ir al palacio.

Julián calló, dolorosamente afectado, al oir evocar á Águeda el recuerdo de la conducta de su padre há- €ia Simón Verde.

— Águeda, dijo, dia vendrá...

— Bien, dejémosle venir sin atropellado.

— ¿Y me querrás siempre, Águeda?

— Julián, esa pregunta me ofende.

— ¿Por qué?

— Porque demuestra que dudas de mí.

— Mientras mas amor, mas temores, Águeda.

— Mientras mas aprecio, mas confianza, Julián.

El Alcalde, mas por curiosidad que por otra cosa, habia ido á ver al importante Coronel Titán. Pero este personaje, que era primo de siete marquesas, tio de cinco condesas, é íntimo de tres duquesas, no se habia dignado devolver la visita de un Alcalde de monterilla. Por lo cual esta autoridad ofendida, abrigaba un profundo resentimiento contra el soplado señorón que la desairaba; y se propuso espiar sus pasos. Cada vez que el vigilante Argos veia llegar, no por el ca-

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mino trillado, sino por medio de los olivares, un nuevo visitante de facha hetereogénea, se decia:

— Esta gente no es de la cuotidiana; todos son á cuaimas descuadernados, destartalados y desm artelados. Algo traen entre manos, y á mí no me la pegan: los tengo atravesados, como espina en boca de gato. No han querido entender por buena madre, entenderán por mala madrastra. Vamos, pues, atando puntas con cabos.

La espina mas atravesada gue tenia este gato, era el capitán Bulle, con el que siempre se hacia encontradizo, pero que pasaba sin saludarle y con aire impertinente, porque sentía la misma hostilidad que él inspiraba, hacia el Alcalde importuno y fiscalizados Así era que solia cantar cuando le encontraba, esta letra arreglada por él á las circunstancias: ¡Viva la milicia Y el aire marcial! Alcaldes y curas Están ya demás.

No era solo el Coronel, ese gran Preste de la orden á que pertenecía el Capitán Bulle, quien atraía á éste con tanta frecuencia á Gelves; era Águeda, de la que se habia prendado con su consabido frenesí amoroso. Es cierto que, aun otras naturalezas menos combustibles que la suya, habrían ardido en las llamas del revolucionario Cupido, al ver á la linda joven, que callada y modesta, cosía sentada junto á la ventana de la antesala, con su rosado semblante, remangado el pelo de su pequeña frente, que solo adornaban dos diminutos rizos pegados á la sien, y un clavel encarnado en su hermosa cabellera. Pero como algunos cumplidos, hechos con muy poca ceremonia, recibieron la callada por respuesta; como á la primera manifestación de su atrevido pensamiento, Águeda se levantó con intención de irse, y solo pudo retenerla la seguridad que recibió, de que no se le volvería á importunar; el Capitán seguía mirando sin ser mirado, y suspirando sin ser escuchado.

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CAPITULO VI.

Era aquella en que pasa esta sencilla historia, una de esas épocas de amagos revolucionarios, bien denominados intentonas, que rodaron como truenos sordos entre nubes, lanzando, ya aquí, ya allí, tal cual exhalación, hasta que un hombre dé energía y de prestigio las desterró de un suelo al que son antipáticas. En tales épocas suelen surgir, terriblemente envalentonados, unos fierabráses de la catadura del denominado Coronel Titán, afiliados y sostenidos por la propaganda cosmopolita, que ningún partido reconoce ni autoriza; pero que á pesar de eso, se denominan miembros influyentes en el que han abrazado. Inflados de orgullo, su programa regenerador es, despreciar toda religión, destruir toda creencia, odiar todo f)oder, desdeñar toda superioridad, y sacudir todo reno; con lo que se conseguiría llevar su regenerada humanidad, en línea recta, al estado salvaje.

Un dia se esparció la noticia de que habia sido descubierta en Sevilla la trama de una intentona, y que á consecuencia de esto, se habian hecho algunas

firisiones. El Alcalde se puso en observación, y vio legar al Capitán Bulle: traia aire azorado, y no cantaba. El Alcalde ató otra punta con otro cabo.

Alas ánimas, estando Simón Yerde tomando un gazpacho, recibió un recado del Coronel para que se llegase allá.

— No vayas, le dijo su madre, nada bueno han de querer esas gentes de tí á estas horas.

— ¡Qué, madre! constestó Simón Verde, será que algún encargo para Sevilla se les habrá pasado, y quieren hacérmelo.

Simón fué al palacio, y halló al gran Titán paseándose agitado por el salón, y al Capitán Bulle, muy abatido, echado sobre una silla.

— Simón, dijo el primero dejando el tuteo republi-

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cano para mejor ocasión, sois patriota honrado y ciudadano de honor.

— Señor, soy un lugareño, contestó Simón.

— Es sinónimo: os respeto como á tal.

Simón oyó asombrado aquella profesión de respeto en boca de un hombre, que le habia tratado hasta entonces con mas impertinente altanería.

— Creo, prosiguió Titán, que puedo sin riesgo confiaros una misión honorífica y lucrativa.

— Señor — repuso Simón Verde, que empezó á sospecharse algo en que se le queria comprometer,—- yo no entiendo de mas misiones que de las de los padres capuchinos.

El Titán dio una fuerte patada en el suelo, murmurando entre dientes: ¡hipócritas, ladinos, camastrones! y prosiguió en voz recia:

— Es preciso que ocultéis al señor (y señaló al Capitán), que es una gloriosa víctima del despotismo que nos esclaviza. Aquí tenéis estas onzas, añadió poniendo unas cuantas sobre la mesa á vista de Simón; salvado que sea el Señor, recibiréis otro tanto.

Simón Verde, sin mirar las onzas, se rascó la oreja.

— ¿Titubeáis? esclamó el Coronel Titán con énfasis. Pues qué ¿el noble patriotismo, la humanidad oprimida, la santa libertad, hollada en la persona del señor, nada puede contra una miserable pusilanimidad?

Simón Verde meneó la cabeza y dijo á su interlocutor.

— Ha de saber su mercé que en otra ocasión escondí á uno que hablaba del bien de la patria y de otras cosas buenas, como lo está haciendo su mercé ahora, y luego salimos... en fin, señor, la torta me costó un pan; y dice el refrán «que por la puerta del perro que te mordió, no pases mas, por Dios.»

— No ofendáis con comparaciones al señor, que es un hombre decidido por la gran causa de la humani-

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dad ultrajada; valiente y arrojado lo mismo al empuñar la espada que al pronunciar un discurso.

— Déjese de iscarsos, mi amo; que lo que necesita la humaniáa son sermones.

— ¡Oh superstición! ¡Oh fanatismo! ¡Pobre España! — murmuró el Coronel Titán, añadiendo en voz recia: — considerad que es el señor un mártir de la libertad, un defensor de los derechos del pueblo, y que el pueblo es el que debe

— Déjese de términos curruscantes, señor, que no los comprendo, y lo que no comprendo, no me convence. No entiendo de grajas peladas: y lo que sé es que está el señor fuera de la ley, como ío estaba aquel, y que yo no me meto en fanganinas.

Simón dio unos pasos para salir; pero en este momento se precipitó la Fornarina en el salón, la que con los cabellos sueltos, y echa un mar ele lágrimas, se echó de la manera mas trágica á los pies de Simón. Este, que no había visto mas espresion de un dolor violento que las tristes y suaves lágrimas de su madre al ser espulsada de su hogar, empezó por asustarse de aquel estrépito teatral, y acabó por inmutarse profundamente.

t — ¡No queréis salvar á un héroe perseguido por bárbaros esbirros! esclamaba con voz convulsa; y así prosiguió por largo rato, hasta que agotado el tema, concluyó con unos cuantos ¡oh! ¡ah! y murmurando: ¡buen Simón, compadeceos!

La Rachel (1) en ciernes cayó desmaya.

El escelente hombre á quien se dirigía, entre asustado, enternecido, asombrado y confuso, prometió cuanto de él exigieron; pero escarmentado tomó sus

§ recauciones. Hizo que el Capitán Bulle se disfrazase e mujer, saliese de la casa por una ventana del corral, y entrase en la suya por la puerta falsa, escon-

(1) Llámase así la gran trágica francesa que hoy admira Europa.

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diéndole en seguida en un sobrado al (jue se llegaba por una escalera de mano, la que subido que hubo el fugitivo, retiró en seguida Simón.

Simón ni recogió, ni se volvió á acordar de las onzas. Regateaba hasta el último maravidí las naranjas que vendía; pero á las obras de caridad que hacia, no les ponia precio la instintiva nobleza de su conciencia. Recibir remuneración por un favor que hacia le parecía deshonroso, como lo es para la mujer el que se la pague su amor.

El Alcalde, por mas que rondó, nada vio; y tuvo el dolor de retirarse entrada la noche, sin haber atado otra punta con otro cabo.

A la mañana siguiente el Coronel Titán y la Fornarina habían desaparecido; por lo cual una partida que vino á registrar el palacio, nada halló en él sino á sus

Srimitivos moradores, que merced al silencio y solead que notaron, habían vuelto á su tierra de promisión, y entonaban en coro una canción francesa que cantaba la Fornarina, y que les ensenó el eco de aquellos salones:

¡A tous les cmurs bien nés que la patrie est chére!

¡Al alma bien nacida La patria cuan querida! Simón Verde siguió yendo y viniendo á Sevilla pollinos días, y el Capitán escondido en el sobrado.

— ¡Sobre que apostaría un caballo contra una gallina, decía el Alcalde, á que Simón Yerde esta metido en la danza!

—Calle V., señor, le contestaban: ¿qué le va ni le viene á Simón en las alborotinas? ¿Por qué se habia de meter en ellas?

— ¿Por qué vá la vieja á la casa de la moneda? por lo que se le paga. ¡Y sino, el tiempo! respondía el Alcalde con su mala alma y su perenne rencor; como que le cogí ya una vez el pan falto no me fio. El se ayuncó con ellos, y quien aceite mesura, las manos se unta.

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Pero quien estaba desesperado era Julián, á quien Águeda no habia querido engañar ocultándole que estaba el Capitán escondido en su casa, aunque era demasiado cauta para confiarle la pertinaz persecución amorosa del atrevido y violento pretendiente.

Julián tenia un amigo, ó mejor le calificaremos llamándole seide, que era el ventero Mi niño. Habia éste servido en casa de su padre, y conservaba un cariño entrañable á Julián, al que se esforzaba en imitar en todo, como un caño á un arroyo.

— Mi niño, le dijo un dia, ¿estas dispuesto á hacer por mí lo que te pida?

— ¿Quieres que me tire al rio de cabeza? respondió Mi niño, dando en aquella dirección unas cuantas de sus portentosas zancajadas.

— ¡No hombre! no se trata de eso.

— ¿Pues de qué se trata, me querrás decir?

— Te lo pregunto solo para saberlo, por si llegase el caso.

Entre tanto la pobre Águeda veia los cuidados y. angustias de su padre, sufria por los celos de sil amante, y precisada á llevar al Capitán sus comidas aunque subida á distancia en la escalera de mano, pasaba la mortificación de escuchar las locas espresiones de su pasión, acrecentada aun por el odio y la soledad en que se hallaba, sin otra cosa que le distrajese.

El Capitán seguia escribiendo y recibiendo diariamente respuestas á sus cartas. Una noche dijo al leer la que recibió:

—Señor Simón Verde, me escriben de que mañana llega mi indulto.

—¡Albricias! esclamó el buen Simón regocijado.

— El indulto, prosiguió el huésped, tiene que pasar por varios trámites; pero esperan que mañana mismo* me lo podrán enviar.

— ¡Dios lo haga y María Santísima!

— Pero esto sera siempre que V. se detenga en el

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mesón hasta que se lo lleven; lo que nunca podrá ser antes de oraciones.

—Con mil amores me detendré, repuso Simón, que vio cercano el momento de verse libre de un compromiso que cada dia le apuraba mas, y ver salir a su huésped en bien.

— Pero bajo juramento os encargo que nada digáis hasta que yo esté lejos de aquí: así lo exigen de mí.

— No tengo boca, contestó Simón contentísimo.

No obstante, al dia siguiente en vano aguardó Simón hasta la hora convenida: nadie pareció con el anunciado indulto. Emprendió, pues, mustio su viaje de vuelta. El camino se le hizo largo, tanto á causa de la contrariedad que traia, como por estar muy oscura la noche.

— ¡Qué cosas nos rodea la suerte! venia pensando: el Alcalde anda en acecho; no hace mas que atisbar, y en este lance aun queda el rabo por desollar. Vamos, no nos descorazonemos, Simón Verde; que si el indulto ese no ha venido hoy, vendrá, si Dios quiere, mañana.

Con estas reflexiones habia llegado Simón Verde á Gelves, y se acercaba á su casa. Pero antes de llegar oyó á su madre que gritaba azorada:

— ¡Hijo, hijo, se ha fugado!

— ¡Calle V., madre, por María Santísima! contestó Simón: ¡si se ha fugado, bendito de Dios vaya!

— Es que... es que... ¡Ay hijo de mi alma!

El llanto, en que hicieron coro las vecinas, le impidió de proseguir.

— ¡Es qué! ¿es qué? preguntó asustado Simón Verde.

—¡Es que ha robado á la niña!

—¡Virgen Santísima! ¡Dios mió, misericordia! gritó fuera de sí el desesperado padre: ¿por dónde han tirado? ¿Cuándo fué? ¡Decid, decid pronto! ¿qué camino llevan? F

— ¡Ay hijo de mis entrañas! respondió su madre sollozando, ¡nadie los ha visto ni oidof

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Simón tiró su sombrero en el suelo, se llevó las manos á la cabeza arrancándose el cabello.

— ¡Hija! esclamaba, ¡hija de mi corazón! ¡Y tu padre no puede valerte! ¡Hija de mis entrañas! ¡llamarás á tu padre, y él no acudirá! ¡Dios mió, que no me diesen los pájaros sus alas, el lince su vista y las fieras sus garras! ¡Un caballo! ¡un caballo! una escopeta! Y Simón echó á correr á buscar lo que pedia. ¡Vecinos, compañeros! gritaba por las calles; ¡Juan, Antonio, Nicolás, todo hombre honrado présteme mano para impedir una iniquidad de las mas atroces que idean los villanos, dejados de la mano de Dios! ¡Señores, si sois cristianos, prestad asistencia á un padre, al que arrancan la hija de su casa, el corazón de su pecho.

Los vecinos acudían al rededor de aquel padre desatentado por el dolor, pintándose enérgicamente la indignación en aquellos honrados rostros; en las mujeres no se oian sino imprecaciones, alternando con espresiones de lástima. Ya se habian ido á buscar caballerías, se habian traído escopetas, y muchos hombres, con ese celo caritativo tan general en la gente de campo, pronta siempre á pagar con su persona, se preparaban á acompañar y prestar mano á Simón Verde, cuando se oyeron las precipitadas y fuertes pisadas de caballos.

— ¡Tropa! ¡esto es tropa! Puede que sean los civiles. Dios los trae, esclamaron todos, y las mujeres se apresuraron á asomar los velones á las puertas; estos alumbraron una escena, que arrancó un unánime grito de júbilo. Águeda estaba en brazos de su padre; á caballo é inmediato, inclinado hacia el santo grupo, se veia á Julián, y detrás, enjugándose el sudor de la frente, estaba Joaquin Mi niño.

— Padre, murmuró Águeda al oido de Simón, Julián me ha salvado.

— Julián, esclamó con energía Simón Verde, tú me perdistes, y tú me has ganado; besaré la tierra que pisas. Pónme una S en la cara; que tu siervo soy

SIMÓN VERDE. 63

mientras corra por mis venas esta sangre, que te ofrezco hasta la última gota.

No es posible referir lo ocurrido, del modo confuso,, agitado é interrumpido con que lo hizo Águeda, que pasaba de los brazos de su padre á los de su abuela,

Í de estos á los de las vecinas. Pero lo haremos en revés palabras.

Cerrada la noche, el Capitán dijoá Águeda que debían venir por él en aquella hora sus amigos, y le suplicó, tirándole desde el sobrado un pito de plata liado en un papel, que se cerciorase de si estaban ya en el olivar que lindaba con el corral, saliendo á la puerta de este, y haciendo la señal convenida. Gozosamente sorprendida, se apresuró Águeda á hacer ló que le prescribía el Capitán, y desde luego se le presentó un hombre. Volvió Águeda presurosa anunciándoselo al que aguardaba, y arrimando en seguida la escalera de mano á su escondite para que pudiese bajar. Hízolo así el Capitán sin hablar palabra, y Águeda, alegre y tranquila, le siguió al corral para cerrar la puerta cuando hubiese salido. Mas apenas la abrió Águeda, cuando dos hombres que estaban en acecho se echaron sobre ella, y la sujetaron; mientras el Capitán le ataba un pañuelo en la boca, y con otros dos le amarraba las manos á las espaldas y unia trabándolos, los pies. Saltó en seguida á caballo, los otros alzaron en seguida á la infeliz joven, que colocaron delante de él, montaron sobre sus caballos, y poniéndoles al trote, desaparecieron entre los olivos.

Media hora después pasaba Julián por la puerta de la casa de Simón Verde, cuando oyó los gemidos de la pobre tia Ana, y las voces de las vecinas que ya se habían cerciorado del rapto de Águeda, y se lo comunicaron. Julián se precipitó hacia su casa, de la que salía casualmente el ventero.

—Mi niño, le dijo con voz alterada, pero firme y decidida; monta el caballo en pelo, y tenme prepara— da la jaca, mientras voy por armas.

64 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

Mi niño sin mas preguntar hizo todo lo prescrito, y volviendo al momento Julián:

— ¿A. dónde vamos? preguntó Mi niño.

—A Porsuna, á buscar el camino de Benaocaz; esos infames buscan la raya de Portugal.

Diciendo esto, puso Julián su caballo á escape, y Mi niño le siguió como el trueno al relámpago.

Apenas habian andado los fugitivos una legua, cuando oyeron el galope de caballos.

—Somos perdidos, dijo el Capitán; es la Guardia civil.

— Apretad vuestro caballo, repusieron los otros, que conocieron que siendo los caballos que se acercaban, mejores que los suyos, iban perdiendo la delantera por momentos.

— Capitán, soltad á esa mujer, que retarda vuestro paso, añadió azorado otro compañero; de todos modos la vais á perder: no perdáis al menos con ella vuestra libertad.

El galope de los que los perseguían se acercaba cada vez mas; el Capitán depositó á Águeda al borde del camino, y salió á escape para reunirse á sus compañeros, que ya lo habian hecho. Apenas se vio Águeda en libertad, cuando logró por un violento esfuerzo libertar una de sus manos, arrancarse con ella el pañuelo que tapaba su boca, y gritar al momento que llegaban los ginetes: ¡socorro! Pero no fué un guardia civil el que se presentó á prestárselo: fué... — ¡quién pintara su enagenacion!— fué Julián.

Sorprendido por el alboroto que llegó á sus oidos, atraido por las voces, salió el Alcalde de su casa, y se dirigió al sitio en que tenian lugar las escenas descritas. ¡Cuál seria su asombro y su despecho al ver á su hijo figurar como héroe libertador de la hija de Simón Verde, y sus caballos, sudosos y jadeantes, que eran las víctimas de esta gratuita obra de caballero de romance.

Precipitó su paso, y c^mo el primero con quien

SIMÓN VERDE. 65

tropezase fuese Mi niño, echóle mano al cuello diciendo:

—¿Quién te ha dado facultad, bárbaro, insolente, atrevido, para sacar mi caballo de la cuadra, y echarle encima tus diez arrobas de peso?

Fué tal el susto y la sorpresa de Mi niño, que se quedó tan mudo como inmóvil.

—Yo se lo dije, padre, respondió Julián en tono respetuoso, pero sin turbarse.

—Marcha tú á casa á llevar los caballos— mandó el Alcalde, que no quiso reñir á su hijo ante testigos,— que luego hablaremos. Julián obedeció.

—Lárgate de mi presencia, prosiguió el Alcalde dirigiéndose á Minino, que permanecía hecho un poste; no sea que no pueda contenerme y te ponga á golpes tan estropeado como has puesto tú á mi caballo padre. r

Joaquín Mi niño se valió con agilidad de sus zancajadas para desaparecer en la noche, como la gran sombra de Samuel evocada por la Pitonisa de Endor.

—Escóndase con mas vergüenza la moza del bullanguero, prosiguió el Alcalde, y vaya á la cárcel su encubridor.

Un silencio profundo habia sucedido á la dulce y conmoviente escena, que poco antes hacia latir á los corazones, verter lágrimas á los ojos, y lanzar espresiones de júbilo á los labios. Las luces desaparecieron; las puertas se cerraron; la oscuridad, la soledad y el silencio reemplazaron lo mas bello que hav en la tierra: ¡la alegría de todos por la felicidad de uno!

CAPITULO VIL

Mas de un año habia pasado. Era una mustia y encapotada mañana de Diciembre: llovía y venteaba como si quisiese el dia por ese medio dar rienda suelta

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á su mal humor. Prestaba sus tristes tintas al paisaje, ahuyentaba las mariposas, hacia callar á los pajaritos, y bajar tristemente la cabeza á aquellas flores que no son frioleras, (1) y vienen aun en invierno á alegrar el campo de Andalucía. El rio pasaba turbio y murmurando entre dientes, llevando algunos despojos que le habían traído de sus correrías las aguas que afluían á él. Bandadas de cuervos graznaban diciendo en su tosco lenguaje que no echaban de menos al sol, y que también á cada ave le llega su San Martin. Era en nn, uno de aquellos dias que hacen tan gratas las comodidades y goces de su hogar al hombre rico ó acomodado, y tan cruel al pobre la desnudez y frialdad del suyo.

Venia por el camino, que desde Triana costea el rio al acercarse á Gelves, un hombre que andaba agobiado y despacio. Su cara llevaba las profundas huellas, que estampan los sufrimientos en el semblante del hombre, las que si bien le ajan, le ennoblecen: su pelo estaba cano, y su mirada, aunque suave y bondadosa, era tan triste, que compadecía mas que una queja. Este hombre era Simón Verde, que salía de la cárcel después de un año de haber estado en ella. Simón sabia lo que iba á hallar en su casa; y era esto una hija á la que la calumnia había deshonrado — pues la honra en los pueblos en que nada la empaña, llega á estarlo por el mas leve soplo,— y á la que el dolor y la vergüenza minaban la vida con lento, pero seguro progreso; una madre, ciega á fuerza de llorar, y á ambas mantenidas con la corta, pero constante limosna del pobre; pues de dos hijas que tenia la anciana, una habia enviudado por aquel entonces, y la otra se hallaba enferma de sobreparto.

Cuál seria la primera entrevista de esta desgraciada familia, fácil es graduarlo. Mas en esta ocasión,.

(1) Friolero, el que siente ó teme mucho el frió.

SIMÓN VERDE. (¡7

como en todas las ocasiones supremas, era la mujer la que sostenía al hombre.

—Simón, hijo mió, le decia la pobre ciega, no desfallezcas; ¿no me decias tú á mí que la buena conciencia era un lecho de plumas? ¡verdad es verdad es! Y bien cierto qne no nos ha de despertar despavoridos con sus saetas. Así... no te abatas, hijo mió y recuerda tus propias razones.

—Cuando yo decia aquello, madre, y me sentía fuerte contra la desdicha, era cuando nos quedaban los dos grandes bienes del pobre, la estimación v la salud. Mi nina, esa hija de mí alma, ha perdido ambos; a V., madre, se le han secado los ojos de llorar ¡y todo por mi culpa! '

—Calla: hijo, calla. ¿Qué culpa has de tener tú^ ¡Mi ama como la tuya! Di que lo que sucede ha sido Ja voluntad de Dios, y verás con esa convicción la conformidad y el consuelo que te entra.

—Madre, conforme estoy. Pero déjeme V. sentir v llorar; que no lo prohibe la ley de Dios. Déjeme darle mi llanto, ya que otra cosa no puedo darle, á esa hija del alma, que se nos vá á la gloria, á fuerza de padecer, como las Santas Mártires. v

Simón lloraba con amargura fijando alternativamente su vista en su madre, que ya no podia verle v que buscaba en su corazón palabras de consuelo parí prodigarle, como le había prodigado caricias cuande él era n.no; y en su hija, la que pálida y demacrada se esforzaba por sonreirle, como lo hacia cuando ella era nina.

—¡Perverso, maldecío Alcalde!— dijo una vecina cuyo rostro lleno de lágrimas demostraba el mas vive ínteres y mas profunda compasión;— tiene el natural como un caimán, que dicen es una fiera voraz v traicionera. Dios no come ni bebe, pero juzga lo que véy ja le ha castigado Simón; pues si él te encerró á tf en una carcel,_Dios le ha encerrado á él en otra, porque hace un ano que le roe la cara un cáncer, v mientras mas se cura, menos se alivia. ¡Juicios de Dios.

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hombre! Pues si tú, que has padecido mas en tu ente que lo que pecaste en tu mente, has salido por tus pies de tu encierro, el malvado ese no ha de salir del suyo sino en pies ágenos, y llevados los suyos por delante. ¿Y esa? De la suerte del malo en tu'rincon espera el fallo, Simón.

— El mal ageno no cura el mió, Beatriz. Y Dios me libre de desearle mal, ni á mi mayor enemigo.

— ¡Bien dicho, Simón! esclamó su madre. ¿Iria uno á perder el fruto de las tribulaciones, con la falta de caridad que hay en desearle mal al que nos lo ha hecho? ¡Dios le dé á ese infeliz tanta salud como yo para mis hijos deseo!

— ¡Ande V., que se lo lleve pateta! repuso Beatriz: á ese hombre no le ha de sentir ni la madre que le parió.

— Y acercándose á Águeda, le dijo á media voz y de manera de no ser oida por nadie sino por ella:

— En estirando las piernas ese mal alma, te casas con Julián, y todo queda remediado.

— ¡Yo! ¡yo! esclamó Águeda — cuyo pálido rostro se puso repentinamente encarnado; — ¡yo! una mujer con mala nota, ¡casarme con Julián! Ño lo piense usted ni nadie. Julián se merece cosa mejor, tia Beatriz. Antes era yo pobre y él rico, y me creia tan buena como él, porque pobreza no rebaja. Pero ahora

3ue estoy desacreditada, gracias al falso testimonio e su padre, no puede un hombre casarse conmigo sin rebajarse, y no quiero yo, no, que nadie pierda por mí,

— Vaya, Aguedilla, que no tienes las lanas tan bien peinadas como parece; que eso que dices es orgullo puro, hija mia. No te han de poner nicho por humilde.

— No digo que sea yo humilde; pero mal juzga usted lo que hago si lo llama orgullo: es vergüenza, señora.

—¿Pero no ves, mujer, que él te quitará esa nota casándose contigo?

SIMÓN YERDE. 69

— Eso es lo que no puede ser; la nota no me la puede quitar sino quien me la puso. Julián no me la quitaría; y yo se la pegaría á él, y el que pringa á los suyos con'su lepra, los enferma y no sana, lia Beatriz. Así es, que ambos bajaremos á la tierra; el que rae infamó, con el cáncer que su rostro le roe; y yo, la infamada, con el que me roe el corazón.

Cuanto decia Águeda lo sentía profundamente; y así era que desde que el Alcalde la echó á la cara la ignominia, Águeda, grande en su humillación como la palma en el árido desierto, se habia aislado, y había cortado toda relación con Julián. Por mas que éste habia insistido, Águeda se habia negado á toda comunicación con él. Guando oía la infeliz la voz de Julián, que pasando por delante de la reja del corral cantaba, como para señalar su presencia y atraerla,, estas y otras coplas:

El clavel que tú me diste

El dia de la Ascensión,

No fué clavel, sino clavo

Que clavó mi corazón. En Enero no hay claveles

Porque los marchita el hielo;

En tu cara los hay siempre,

Porque lo permite el cielo. Águeda lloraba amargamente, besaba el clavel de todo el año, que periódicamente le volvía á brindar la maceta -como si quisiera recordarle aquella primera prenda que su amor diera á su amante.— Pero la ventana permanecía cerrada.

Julián estaba desesperado, no hallando medio directo para combatir aquella decidida repulsa, y entenderse con Águeda. Pero como dice el refrán, que mas discurre un enamorado que cien abogados, dio al fin con este.

Un dia entró Mi niño en casa de Simón, en donde desde que habia contribuido á la salvación de Águeda era recibido con el mayor agrado. Venia con un pretesto tan sin gracia como él, y habiéndose acercado á

70 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

Águeda le dijo en voz, que procuró hacer queda, pero que parecía el zumbido de un moscón:

— Águeda, me ha dicho Julián que te diga que lo que estás haciendo con él es una mala partida.

— Dile, contestó Águeda al poco olímpico Mercurio,

3ue su padre, al quitarme la honra, no me ha dado escaro.

—¿Y puede remediar Julián, me querrás decir, el que tenga el villano de su padre lengua de hacha, así como tiene alma de cántaro y puños de hierro? A mí me tiene aborrecido desde que le estropeé el caballo padre, y dice que soy bárbaro y medio; ¡pero esto se me dá!...

Mi niño puso la gran uña de su dedo pulgar debajo de uno de sus grandes dientes, y dio un chasquido.

—No lo puede remediar, lo sé, como seque tampoco puede remediar el mal que nos ha hecho su padre; que «palabra y bala suelta no tienen vuelta.» Así di le —-añadió la pobre joven, á la que ponia el dolor lágrimas en sus negros ojos, y la indignación una amarga sonrisa en sus blancos labios,— que la muchacha deshonrada no tiene mas cama de novia que la tierra. — ¡María Santísima, y qué fúnebre estás! si tienes nota, él te la quitará casándose contigo: ¿te enteras? — No puede ser, Joaquín, que quien no mata la araña, no estingue la telaraña. —Mira que se vá á desesperar, Águeda. — Así viviremos iguales, contestó la pobre niña. — Mira que él no te olvida; testigo yo, dijo Mi niño dándose un tremendo golpe en su ancho pecho.

—Lo creo, repuso Águeda; el olvido no entra de sopetón como un tabardillo. Pero sabido es que el recuerdo camina hasta el Campo-santo; y allí se quedan en una misma sepultura el recuerdo y la recordada.

— ¿Pues qué, te vas á morir? preguntó con estrañeza Mi niño, — ¿No me ves? contestó la pobre enferma.

SIMÓN VERDE. 71

Mi niño la fijó con sus grandes é insulsos ojos, y dijo con la cruda franqueza campesina:

— Verdad es que pareces tábida. Pues mira, á pesar de que dice el refrán «que el hermano quiere á la hermana, y el marido á la mujer sana,» Julián que es porfiado, no hade querer mas novia que tú, y desde ahora te digo, que si haces la barbaridad de morirte, vá á haber entre Julián y el reteindino de su padre, una que vá á ser sonada. Ya lo verás.

— No lo veré, contestó Águeda. Pero si llega el caso, dile á Julián que nada remedia con eso; que á los muertos solo Dios los resucita.

— Me voy, dijo Mi niño dando algunas zancajadas hacia la puerta, me voy por no oirte hablar mas de muerte; que estás hoy que pareces un prófundis. Mira, Águeda, yo no soy abogado, aunque á Julián se le haya figurado; ni tengo como ellos un celimin de razones, y la lengua ligera como paletas de vapor: así solo te daré un consejo; déjate de escrúpulos y sal á la reja. Allí se entenderán Vds., y verás como te pones buena, y Julián me deja á mí el alma en paz, pues yo no sirvo para el paso; y adiós.

Diciendo esto, Mi niño le volvió la espalda, y en dos zancajadas atravesó el patio. Pero de repente desanduvo sus zancajadas, y dijo á Águeda:

— Me se olvidaba con tus goris patoris decirte de parte de Julián que me des el clavel.

— Dile, contestó Águeda, ocultando el clavel de todo el año que en el pecho tenia, que

En Enero no hay claveles, Porque los marchita el hielo.

— Verdad es, murmuró Mi niño. Pues mire V. el otro la embajáa que me dá. ¿Se querrá burlar de mí, como hacia amantes?

Apenas se hubo ido, cuando Águeda, ahogada de sollozos, se echó sobre su lecho. Este continuado y heroico esfuerzo de su dignidad para combatir sil amor, la larga prisión de su padre, la ceguera de su buena abuela, y la miseria en que habían caido, que

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forzó á ambas á vivir de la limosna, habían destruido á tal punto aquella suave y aun tierna planta, que perdió el vigor para sostenerse; y cayó marchita y ajada.

Poca felicidad habia igualmente en casa del que habia sido Alcalde. Este, además del terrible padecer físico que le aquejaba, se habia enagenado por sus procederes todo el cariño de su único hijo, el que si bien nunca faltaba al respeto á su padre, habia puesto con su frialdad tal distancia entre ellos, que se podía decir que no era hijo, sino en el nombre y en la obediencia ostensible.

Las desgracias referidas eran causadas por un hombre; y casi todas las que vemos tienen el mismo orígen. Decimos que la vida es amarga: ¡los amargos somos nosotros!

CAPITULO YIIL

Simón habia tenido el dolor de ver matar á fuerza de malos tratos á su pobre burra, que por segunda vez habia sido vendida. ¡Cuánto no hubiese dado cuando la encontraba coja, enflaquecida, cubierta de mataduras, y agobiada bajo pesadas cargas, por haber podido libertarla de tantos sufrimientos! Esto lo comprenderán los que miran á los animales, no como cosas, sino como seres que sienten y sufren, y los que como tales, los aman y compadecen. ¡Cómo destroza el alma un impotente deseo, sobre todo cuando el corazón y la conciencia nos animan á abrigarlo diciéndonos que es bueno.

Hacia Simón ahora sus viajes á Sevilla á pié, y como es de suponer, las ganancias de estos viajes se habían reducido á corta cosa.

Una noche habia entrado mas cansado que nunca, porque habia llovido y el camino se habia puesto pesado y resbaladizo. El infeliz se sintió rendido, con-

SIMÓN VERDE. 73

servando puesta la ropa mojada, pues no tenia otra con que remudarla.

— Águeda, hija, ¿cómo te sientes? le dijo á ésta que se habia recostado sobre el hombro de su abuela.

— Bien, padre, contestó Águeda sonriéndose; pera sin que se formasen ya sobre -us escuálidas mejillas aquellos hoyuelos que tan gracioso y juvenil encanta prestaban á su rostro.

— ¿Ha comido? preguntó Simón á su madre.

La anciana no contestó. ¡Ni una ni otra habian aun probado bocado aquel dia!

— No he tenido gana, contestó la niña cuando su padre le reiteró la pregunta.

— ¡Hija! — dijo Simón, que á duras penas contenia sus lágrimas al mirarla: — pasé por una confitería, vi unos bizchosos que acababan de salir del horno, quería traértelos; cuatro cuartos valia media cuarta; pero ¡si no los tenia! Dos reales traigo ganados hoy,

que escasamente alcanzan para media hogaza de pan, el aceite y el carbón para hacer unas sopas.

En este instante se oyó la campana de la iglesia que hacia la señal de salir Su Magestad. Simón se puso en pié, y se quitó el sombrero. Su madre rezó el Padre nuestro, añadiendo al fin:/ En gracia te reciba el alma que te desea!

— ¿Para quién sale Su Magestad? preguntó Simón cuando hubo concluido el rezo.

- Para el Alcalde, hijo, que se ha agravado mucha por haberle sobrevenido un flujo de sangre.

— Si tuviese capa, iria á acompañar á la Magestad; aunque no me obliga, pues no soy ni pariente ni amigo del cjue van á Sacramentar, dijo el buen cristiano.

— ¡Hijo, vé!, repuso su cristiana madre; por lo mismo que vá para un hombre que tanto mal nos ha hecho: vé, hijo mió, aunque sea sin capa. Ya que no la tienes, lleva á esa solemnidad compostura y devoción, que le den al Señor el decoro que con tu aparencia no puedes darle. Dios mira sobre todo los corazones; y engalanado llevas el tuyo con el perdón que osten-

71 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

siblemente desmuestras á tu enemigo. ¡Dios le coja en buena hora!

— ¡Qué rendido estoy, madre! ¡y cómo me pesa esta ropa mojada! Y lloviendo que está, que se desgajan los cielos; pero... ¡allá voy!

Simón fué á la iglesia, cogió un farol, y acompañó á Su Magestad á casa del enfermo.

Cuando la santa ceremonia hubo concluido, le dijo el cura:

— Un recado habia mandado á tu casa, Simón, para que vinieses, pues el enfermo quiere verte.

— ¡A, mí! esclamó absorto Simón.

— A tí, sí. Deja ese farol, que llevará Miguel, y entra, que urge.

Simón entró en el cuarto del pasiente en que habia aun gran número de personas reunidas. Profunda fué la lástima que sintió cuando miró á aquel hombre que habia tenido buena cara y robusta persona, reducido por su padecer á un descarnado esqueleto, envuelto el carcomido rostro en vendas, sin fuerzas, sin vida, sin esperanzas... pero con alma aun, pues apenas vio á Simón, cuando estendiendo hacia él sus descarnados brazos, esclamó con vehemente acento de corazón:

— ¡Simón, Simón, perdóname!

Honda fué la impresión que en todos los presentes causó esta desprecacion del moribundo. El arrepentimiento que se confiesa, el perdón que se pide y se otorga, la reconciliación que se efectúa, esas tres cosas, las mayores entre las grandes, las mas elevadas entre las altas, las que mas se acatan entre las respetadas, esos santos frutos de la simiente del Evangelio, ese glorioso triunfo de la cristiana humildad sobre el antecristiano orgullo, anonadan con su legítima sublimidad cuantas sublimidades heroicas forja el homhre con un vano oropel, y con su verdadera luz, cual la del sol que alumbra á un mismo tiempo lo alto y lo bajo, lo chico y lo grande, llenan todas las inteligencias y conmueven todos los corazones. Trae-

SIMÓN VERDE. 75

los la religión, y circunda con ellos el lecho del cristiano moribundo, como con un destello de la luz del cielo, que ha hecho ya penetrar en su alma.

Pero si á todos conmovió aquel grito, (jue brotó del corazón del moribundo, enagenó á su hijo que hasta entonces, continuamente abatido y grave, se habia mantenido silencioso á los pies del' lecho, y que esclamando ahora:

— ¡Padre mió! se arrojó sobre una de sus manos, que cubrió de besos y bañó de lágrimas.

— ¡Señor Alcalde, por Dios, qué está V. diciendo! — repuso el buen Simón con enternecida sorpresa, — ¿quién se acuerda de lo pasado?

—Digo, ¡sí, sí!... déjame hablar, Simón, — prosiguió el primero haciendo señas á éste que quería interrumpirlo; —que mucho daño te he hecho. La muerte abre los ojos del alma á aquel á quien Dios no dejó del todo de su mano; merced á que, aunque pecador, no le volvió la espalda. Así es, que su Divina Magestad me ha dejado tiempo para enmendar en parte el mal que hice. Señores, sean Vds. testigos...

— ¡Calle Y.; señor, calle V. por María Santísima, que me está su mercé partiendo el corazón! — esclamó Simón, por cuyas mejillas corrían abundantes lágrimas.

— No callo, Simón, que he confesado, y quiero morir como cristiano, no me lo impidas, pues lo eres. Señores, he calumniado á Águeda, esa inocente, ¡la he desacreditado!... con el ftn de que no se casara con mi hijo, porque era pobre, que el demonio me tenia cogido por la codicia. La difamación fué pública; y pública ha de ser la satisfacción. Lo que es á tí, Simón...

—¡Calle V., señor, calle V. por Dios! — volvió á re-

{>etir Simón, que notó lo fatigado que estaba el enérmo: — ya ha hecho su mercé mas que cumplir como cristiano!

— No, Simón, no. La puerta del cielo está cerrada al pecador; el aldabones el arrepentimiento. Lo ten—

76 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

go asido, déjame que golpee, para que me oigan los hombres y nieguen por mí, y me oiga Dios y me acoja.

Habían llegado en esto la tia Ana y Águeda, á quienes fueron á requerir, y se mantenían en pié cerca de la puerta, guiada la pobre ciega por la enferma, apoyada la pobre enferma sobre la ciega.

El reconciliado fijaba con dolor sus miradas sobre aquellas tres personas á quienes habia un año no veia, y que tan trastornadas por los sufrimientos hallaba. Al ver las canas de Simón y su ropa destrozada 3 calada por el temporal; al ver los ojos, antes de tan ulce y grave mirar, de la anciana, muertos y cubiertos por sus cerrados parparos como por una losa; al ver á Águeda, aquella bella y fresca flor, caida y ajada... corrosivas lágrimas brotaban de sus moribundos ojos.

— ¡Esta es mi obra! murmuraba, ¡por enemistad!... ¡por codicia!... ¡por no cejar á tiempo en la mala sendak.. Y si no hubiese sido por mis maldades, hubiéramos vivido todos felices... y en gracia de Dios. Porque sépanlo todos: yo he sido el primero que he tenido la vida mas amarga que la retama. Perdí la paz de mi alma, el alimento no me sabia, ni mi sueño era dulce. No tuve amigos, sino lavadores de cara... ¡qué bien los distingue el corazón! Me enagené el cariño de mi hijo...

— ¡Señor padre, no digáis eso por Dios! esclamó Julián; si os he faltado, perdonadme.

— No me has faltado, no, hijo del alma. Pero también distingue el corazón entre el cariño obligado y el voluntario. ¡Hijo!— prosiguió el Alcalde con vehemente emoción,-- ya que vivo no me pudiste querer, quiéreme muerto, y atiende ámi último consejo. ¡No abrigues nunca enemistad alguna!

El muribundo se habia inclinado con sus últimas fuerzas hacia su hijo, en cuyos brazos cayó con un síncope.

Al cabo de algún tiempo y merced á los ausilios

SIMÓN VERDE. 77

que le fueron prodigados, abrió sus amortiguados ojos, y fijándolos en el cura, murmuró:

— ¡Esta es la agonía!.... ¡esta es la muerte!

—¡Miradla cara á caray con tranquilidad! repuso el sacerdote; resignado á la expiación, confiado en la salvación. ¿Tenéis algo que disponer?

El moribundo hizo una débil seña á Águeda y á su hijo, que se acercaron sollozando. Quiso juntar sus manos, pero no pudo; y miró al cura, que conprendió su deseo, y las puso unidas en las yertas del agonizante, que murmuró en entrecortadas palabras:

—¡Hijos mios! sed felices.... ¡yo os bendigo!... Julián, Simón es desde hoy tu padre.... y todos vosotros.... sois buenos.... rogad por mí. ...pecador.... pero.... por la gracia.... ¡arrepentido!

r¿\/^y\rv^y^/\y\•\/\/v/\/v\>"v•\r\y^•^y^•v/^ /v^vr» .■

JpÍLOQO.

Año y medio después de la muerte del Alcalde, el tiempo habia pasado su suave esponja sobre los anteriores tristes cuadros y la vida variable habia dibujado otros muy distintos en la existencia de las personas de que nos venimos ocupando.

Era la tarde de un domingo. Debajo de nuestro antiguo amigo el emparrado,— que aquel año, para seguir la moda, habia vestido en lugar de su traje de tafetán verde uno de tisú, al que ponia el otoño trama de oro,- estaba la buena anciana. A su lado se hallaba Mariquilla Albóndiga, c[ue se habia hecho una moza de cántaro, la mas típica de esta denominación; por lo cual estaba á la sazón trocado su nombre de niña en el de Maricota. Su madre habia visto con dolor reventar en su bien medrado cuerpo las cinturas, espaldas y mangas de sus vestidos, sus enaguas mas talares trocarse á poco en boleras, y la habia oido quejarse cada quince dias de que le apretaban los zapatos. Reemplazaba ahora á Águeda en la asistencia de su abueln.

Como no sabia contar sino hasta diez, hallábase en este momento apurada, porque no sabia el cómo contestar á su abuela, que le preguntaba por el número de racimos que en la parra sobre sus cabezas colgaban como nuevas espadas de Damocles, el número de naranjas que, como estrellas, salpicaban la sombría

SIMÓN VERDE. 79

copa de los naranjos, el número de pájaros que cantaban, la multitud de pollos que piaban, y la cantidad de nietos que chillaban.

— Madre, se pierde la cuenta... y de todo sobra mas de la mitad — contestó Simón Verde, que envigorizado y erguido, y con su cara alegre de antes, llegó trayendo una brazada de la consabida robusta hortaliza.— Maricota, tú has crecido como el rio cuando hay arriada, mucho y aprisa, pero en cuanto á las luces del entendimiento, no te las han despavilado los años. ¡Mire V., no saber contar! No saber contar es como no saber andar. Deja esas naranjas que están verdes, lambrucia, y en tu vida comas fruta hasta que la coman los soldados

Apareció entonces debajo del emparrado una mujer joven, lozana, que resplandecía de salud y de alegría. Tenia puesto un vestido de lino con faralaes, y por viso pomposas enaguas almidonadas. Traia sobre la cabeza un hermoso pañolón de espumilla de Maiiila, color de yema de huevo, cuyos flecos le arrastraban hasta los pies; calzaba bien, y traia un clavel encarnado en la cabeza. Llevaba en los brazos con una soltura, como si jamás hubiese hecho otra cosa, una criatura recien nacida, que lucia una envoltura de tul de ilusión; con sus encajes de algodón y su viso de seda, aunque de un rosa pariente demasiado cercano del encarnado, su capillito con encaje para dos, y su brevetin de raso blanco y plata. Seguíala un joven airoso y bien parecido, con su rica capa de paño azul y vueltas de terciopelo carmesí.

— ¡Águeda, hija, ya has salido á la calle! esclamó Simón Verde cuando la vio.

- Esta mañana fui á misa de parida, padre. ¥ na habia de salir sin traerle á mi madre Ana á mi niña. Madre abuela — prosiguió poniendo á la criatura en brazos de la anciana; — nquí tiene V. á mi hija. Es un lucero, un sol, un serafín.

Brillaba en sus bellos ojos la santa alegría de madre, y en sus mejillas se dibujaban mas encantadores

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que nunca, los dos hoyuelos que habían vuelto á su rostro con su lozanía.

— ¡Lo que pesa! se diría que tiene tres meses, dijo la pobre ciega, que hacia el solo elogio que podia hacer de su biznieta. ¡Dios la bendiga! añadió. ¿Y cómo se llama?

—Ana.

— Hija, ese es nombre de abuela.

— ¡Pues por lo mismo! para que llegue á serlo, y tenga nietos que la quieran tanto como la quieren a V. los suyos.

— Julián, dijo Simón, ¿por qué has consentido que salga esa niña á la calle á los ocho días de parida? eso €S un gitaneño.

—Pae Simón, porque mientras viva yo, no ha de hacer Águeda mas que su gusto.

— ¿Esas tenemos? Pero mira, hombre, dices bien, al fin y á la por partida hacen las que se visten por la cabeza lo que en ellas se les mete. Conque así, en dejándolas, se quita uno de predicar en desierto. Oye, ¿y tú Mi niño, por qué no entras? — prosiguió Simón dirigiéndose á éste, que habia venido con Julián, y se habia quedado afuera del emparrado. — No seas corto en tu vida, sino para dar.

— Es que viene á pedir, dijo Julián, y me trae ámí de padrino.

— ¿Pedir? no será ni carne ni peso... que le sobran, dijo Simón.

— Pues ambas cosas son, repuso Julián soltando la risa, pues viene á pedirá Maricota, que como no tiene padre, toca pedírsela á V.

—Mi niño, dijo Simón, si otra hija tuviera te la diera, porque te estimo. Pero como con una hija no se pueden tener dos yernos, no hay que hablar de eso. En cuanto á Maricota, aunque parece melliza de Ja Torre del Oro, en lo fornida, está naciendo ahora, y tú, Mi niño, eres talludito. ¿Cuántos años tienes?

Mi niño se rascó la oreja y no contestó.

— ¡Capaz eres de no saberlo! Porque tú, Mi niño,

SIMÓN VERDE. 81

«res de lo mas cerrado de sentido que se vé, perdona la franqueza, que no lo digo por ofenderte.

— Voy á preguntárselo á mi madre, dijo el pretendiente dando algunas zancajadas en retirada.

—Aguarda, aguarda, que yo lo sabré, le gritó Simón Verde. Cuando el percance primero que me puso en manos de la justicia, tenias tú veinte y cuatro años, porque en aquel sorteo ya no entraste en quinta, Mariquilla Albóndiga tenia entonces siete, y mi Aguedilla trece. De esto hay nueve años; por manera que tienes ahora la edad de Cristo, y Maricota tiene diez

Ír seis; eso está esproporcionao. Para trabajar estás en a flor, pero para novio de Maricota eres viejo, Mi niño.

Mi niño, que nunca habia pensado en su edad, se quedó tan asombrado de hallarse viejo, y tan hecho estatua, que en su abierta boca se coló una avispa*

— Anda, Mi niño, prosiguió Simón Verde, cásate con una viuda, que es lo que te pega, que quien adama á la viuda, la vida tiene segura. A mí no me entras por el ojo.

— ¿Y quién es quien se vá á casar, V. ó la novia que él pide? sonó desde lo interior de la casa una voz recia y clara.

— ¡Vaya con la niña! que estaba escondida, pero •con masoidos que una liebre, esclamó Simón Verde. ¿Conque están Vds. en un sentir? ¿Lo que quiere de- «cir-que la pechecilla estaba enamorada? ¡Habráse visto! ¡y yo que nada sabia! Dice el refrán, «que por mas que te afanes, no has de saber de tu casa los desmanes.»

— Padre, dijo Águeda, riéndose, debiera V. haber caido, porque Mi niño, desde que la quiere, está mas en bábia que nunca, y ella está tan en Belén, que se le vá á olvidar hasta el modo de andar.

— Verdad es que debiera haber caido, dijo Simón Verde riéndose. Pero es por aquello de que en el barrio de Santa Justa, Dios lo cria y ellos se juntan» También recuerdo que oia de noche, como entre sue-

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ños, una voz como del canon gordo del órgano de la iglesia, que cantaba siempre la misma copla: ¿La mujer chiquilita para qué es buena? Paca echarla en la olla por berenguena. ¿Quién sehabiade figurar que venia eso dirigió á la zarangullona de Maricota, que se come las naranjas verdes? Pero para cjue lo sepas, te advierto Mi niño, que Maricota no tiene mas que lo encapillado, y para eso las naguas le están cortas, y el monillo ajustado*

— De eso no se cuide V,, Pae Simón, dijo Julián, que es cuenta de Águeda, que será la madrina de la novia, puesto que yo soy el padrino del novio.

— ¡Pues á ello, y sin tomar resuello! Mi niño, cásate.

¡Cásate!... y tendrás mujer; si bonita, que guardar; si fea, que aborrecer; si rica, que contemplar; si pobre, que mantener. ¡Cásete!... y tendrás mujer. Y ten presente que dice el refrán: «dos dias buenos las mujeres dan; el que al tálamo vienen y el que á la tumba se van, y atiende á que, el hombre de vista larga, por temor de la cruz, perdona la palma.

— Padre, ¿vá V. á descorazonar al novio? dijo Águeda.

—¡Descorazonar á un novio! fácil era. ¡Mas fácil seria hacer una raya en el agua! Conque... Maricota, ¿le doy el sí á Mi niño? responde.

Esta vez, la voz como la persona permanecieron ausentes.

— ¡Vaya con la niña, que no quiere responder! gruñó Simón.

— Padre, dijo alegremente Águeda, como vá usted para viejo, se vá haciendo gruñón, y se le ha olvidado que el si no se dá sino en la reja.

SIMÓN VERDE. 83

— ¿Regañón tu padre? ¿qué estás diciendo, mujer? esclamó Julián. ¡Pues si es como el sol de Mayo, que no hace mas que reirse!

— ¿Y sabéis por gué, vosotros? repuso Simón Verde.

Pues el refrán lo dice: «¿Por qué no riñe tu amo?

Señor porque no es casado.» Pero sábete tú Aguediila que no seria estraño que lo hiciese, pues el hombre,5 cuando es chico, es como el gallo, cantando; cuando es mayor, como el borrico, trabando, y cuando es viejo, 'como el cochino, gruñendo. Pero ante todas cosas, ¿qué dice V., madre?

—Digo, contestó ésta, que quería bien á Mi niño; que Joaquín se merece cualquier cosa por su juicioque mas vale onza de juicio que quintal de talento! Digo que Dios los haga bien casados; digo que ayer un bautizo y mañana una boda. ¡Quemas me queda que decir, sino que bendito y alabado y reverenciado sea el Señor, que mejora sus horas!

Y nosotros añadiremos: ¡benditas sean, y dichosas son aquellas almas que pasan por las pruebas de esta vida, llevando por báculo y guia los sentimientos que infunde la ley de Cristo, y las reglas que prescribe su católica Iglesia!

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CUADRO DE COSTUMBRES

POR

FERNÁN CABALLERO.

CAPITULO I.

La moral no se prescribe á los pne-* blos; se les inspira.

Fallonnet.

«El estilo es el hombre,» ha dicho Buffon. Nosotros añadiremos: el lenguaje es el pueblo.

«La Presse.» — Anónimo.

El mundo es una comedia para el hombre que piensa, una tragedia para el que siente.

Horacio Walpool.

La naturaleza de la sierra es vistosa y accidentada; su vejetacion rica y variada. Allí no cansa la monotonía, ni aburre la uniformidad. Lo agreste conserva aun por partes toda su independencia y su pujanza, á pesar del invadiente cultivo, que con su arado y sus domados toros, vá usurpándole su dominio, vá guiando el crecimiento de sus pinos, domando sus cerriles potros con frenos, y las aguas de sus arroyos con azii—

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des, y arrancando á los alcornoques, — esos San Bartolomés vejetales, mártires de la industria,— su corteza. AM, pues, alternan lo cultivado y lo silvestre, lo llano y lo escabroso, lo ameno y lo agreste, de la manera mas brusca, sorprendente y pintoresca. Aquí se encumbra entre breñas una noble encina (1) rodeada de sus plebeyas parientas, las encogidas y frondias carrascas, á poca distancia de un elegante y pulcro arroyo, que galante besa los pies á un melancólico sauce, cuyas finas y lánguidas ramas degustan sus aguas, y aspiran el tenue perfume de las adelfas, que por gala trae consigo el puro y alegre hijo de las montañas. A un verde campo de bien disciplinadas espigas sirven de testero las rocas grises de un risco, que despide toda vejetacion, como el cínico toda dase de pudor.

La senda que sigue el viajero, tan pronto le lleva á deslizarse con ella por entre altos y magestuosos árboles entretegidos de zarzas y de enredaderas, costeando un valle, que sirve de ancho tálamo á un arroyo en sus desposorios con las flores, mientras un coro completo de alados vates cantan un epitalamio en diversos tonos, de manera que podria el viajero creerse vagando por el mas aristocrático y cuidado parque Real. De pronto esta senda se angosta, se endurece, y trepa por la árida pendiente de un monte escueto y romo, y entonces, sin esfuerzo, puede hacerle la imaginación triste peregrino de un desierto desnudo y silencioso. La cumbre de este monte rara vez brinda, — como compensación al cansancio que produce — una bella perspectiva. Por lo regular sus horizontes son cortos; y otros montes semejantes á él, se interponen por to-

(1) La encina de la sierra Quercus bellota, no es la encina de los poetas. Es oriunda del Atlas, y traída á España por los moros, que la aclimataron en las provincias que conquistaron.— Fee. — Estudios filosóficos, etc..

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dos lados como pantallas ante la lontananza, ese gran anhelo de la vista y del alma.

Mas hay un lazo de fraternidad entre estas varias y contrapuestas naturalezas, el cual ama y se apega así á las peñas, como á los árboles; así al monte seco, como á la húmeda cañada; así á la solitaria breña, como á las activas habitaciones de los hombres: es la yedra, la mas fresca y lozana hija de aquella fecunda región. Ella á todo se apega, á todo se arraiga, con la gracia y benevolencia de la juventud, con la fuerza y constancia de la edad madura. Se ha constituido La Marta y el oficioso Tu autem de su comarca; adorna lo desnudo como un tapicero; tupe los vacíos como un albañil; aplica sobre las rocas guirnaldas en relieve, como un escultor; abriga á las pobres dolientes ruinas, como una Hermana de la Caridad; pone al árbol muerto, que fué su amigo, una verde mortaja; y prendiéndose de una en otra rama de los árboles, por entre las cuales pasa la senda del hombre, forma arcos, cual si quisiese honrarlo como á Rey de todo lo creado. Es, en fin, la yedra de los montes, con sus profusas y pequeñas hojas, sus espesos y vistosos ramilletes, el lujo y compostura de la sierra: fórmale sus moños, sus faralaes, sus bordados y sus perifollos. Es, por último, su rico aderezo de esmeraldas, que no aja el calor, que no descolora la humedad, que no marchita el sol, y que no deslustra el tiempo.

Veíase una mañana descender por una cuesta pedregosa, á un grupo que caminaba á paso lento y compasado. Componíase de tres hombres cubiertos con sus capas, las cuales, — como en las ocasiones solemnes, — pendían á ambos lados como ropas talares. Precedíales un mulo, sobre el que estaba colocado un pequeño féretro blanco y celeste, cubierto de flores. Los tres hombres callaban; y el silencio no era interrumpido sino por la suave queja de un arroyo, que con ellos bajaba la cuesta, como si acompañase en la última jornada aun hermanitosuyo, cuya vida habíase parado el hielo de un anticipado invierno; por el melancólico

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suspiro que exhalaba la brisa al ver finada una vida, que habia sido un soplo cual ella; por el divino trino que de cuando en cuando lanzaba el ruiseñor, como un desahogo de su armonioso corazón, y por el ruido déla compasada y uniforme pisada del mulo, que parecía el de la péndola de un reloj, que abreviase á la vez el tiempo y la distancia.

Llegado que hubieron al próximo pueblo, que era la Higuera, se encaminaron al Campo-santo, bien denominado así, pues en éste, como en los templos, la Iglesia nos acoje, nos hace iguales, y nos bendice.

Los hombres abrieron un hoyo en la tierra: en él depositaron el féretro blanco y celeste que contenia el Sequeño cadáver, ángel dormido, al que Dios conceia el descanso sin el cansancio, mientras las campanas de la vecina iglesia repicaban al favorecido de Dios la enhorabuena.

Cuando cayó la primera paletada de tierra sdbr| la caja, produjo un sonido hueco y sordo, cual si la rechazase, el que fué acompañado por un gemido, que exhaló aquel de los tres hombres que habia quedado algo apartado, retorciendo entre sus manos el sombrero que se habia quitado por respeto al lugar sagrado, donde dejaba al solo hijo que habia sobrevivido á dos hijos mayores, que habia perdido recientemente.

El adiós es siempre una triste fórmula; pero en el Campo-santo es donde se convierte en una solemne verdad.

Después de concluir su tarea con ese respeto, ese decoro, esa solemnidad con que se trata en España á los muertos, volviéronse callados los tres hombres, llevando su dueño al mulo del diestro. Pero una vez al pié de la cuesta, dijo el mas anciano de los tres al padre del niño enterrado:

— Vamos, Juan, súbete.

El interpelado hizo con la cabeza una señal negativa.

— ¿No quieres? — prosiguió el anciano, que era un

MAS HONOR QUE BONORES. 91

arriero jovial y locuaz. -Pues déjalo estar, que lo que tú no quieras, otro lo querrá. Me subiré yo; pues has de saber que:

Para cuestas arriba Quiero mi mulo, Que las cuestas abajo... Yo me las subo.

Llegaron, pues, precedidos del arriero en su mulo á Yaldeflores, pobre y pequeña aldea, que no tiene de bonito mas que su nombre, y que se halla colocada como una batea en un llano, situado entre dos suaves pendientes con arbolado. Por la una sube el camino que lleva á Aracena, y por la otra baja la que conduce á la Higuera.

La casa en que entraron era, como el corto número de las que componían la aldea, construida con muros de piedra, sin mezcla que las uniese, ni revoque que las cubriese, y cobijada con un techo de aneas. Él interior lo formaba, como las granjas del Norte, una sola y vasta pieza; en el testero habia un hogar para fuego de leña, que servia de cocina, de estrado y de comedor. A ambos lados del fogón habia unas divisiones hechas con tabiques, que servían de dormitorios y de graneros. En la parte opuesta habia pesebres para las bestias, saltaderos para las gallinas, y paja fresca para comodidad de los animales, que en el campo son tan constantes y bienhechores compañeros del hombre, ¡el que tan ingrato es para ellos!

— Ea, ea, entrad; — les gritó al verlos venir, una mujer viva y dispuesta que estaba aguardándoles en la grande y siempre abierta puerta de la casa.— ¿No veis que está lloviendo, y que os vais á mojar las capas buenas?

—Esto no es,— repuso el arriero, que se llamaba el tio Bastían,— sino un mata-polvo, unas gotas.

—Sí; pero cada gota trae un cubo de agua; ¿no vé V. el cielo cómo se ha puesto; qué prevenido?

—Pues todo es apariencia, y no mas. Hasta que no briegue el tiempo, no llueve. ¡Y buena falta que hace!

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Pero áDios, — que todo lo tiene en la memoria,— se le ha olvidado el agua.

— ¡Ande V., ande V.! dijola mujer. La comida está guisada cuanto há, y se váá pegar. Juan, — prosiguió dirigiéndose al padre del niño, que era su cuñado. — Estefanía está que el demonio que la aguante. Acaba un llanto, y empieza otro, como Ave-Marías del rosario. ¡Anda, hombre, dale cuatro gritos, para que se suma esas lágrimas, que ofenden á Dios!

El marido entró en el dormitorio; el tio Bastían fué á llevar su mulo al pesebre, y María Josefa, que érala mujer que habia hablado, después de quitar y doblar la capa de su marido, que era el tercero de los hombres que habia entrado, se puso á cubrir la mesa coa un rústico banquete, según lo requerían las circunstancias y establece la costumbre, en obsequio y señal de gratitud á las personas que acompañan y honran con su presencia á vivos y muertos.

Consistía este banquete en una olla guisada con carne de macho cabrío, — que no es mala en la sierra, — morcilla, tocino y legumbres. Agregábase á esta olla un plato de aceitunas, otro de masa frita enmelada, y un jarro de vino.

— Por tin, — dijo María* Josefa, después que estuvieron reunidos, — á todos los he podido acarrear menos al tio Bastían, que en poniéndose en conversación con sus mulos, se endiosa.

— ¿No sabes tú, María Josefa, tú que sabes mas que la cartilla, — dijo el zumbón anciano, después de haberse sentado á la mesa y persignado; — ¿no sabes que los arrieros siempre llegan tarde? ¿y la razón? Pues yo te Ja diré: — Un dia que daba su Divina Magestad audiencia, llegaron los clérigos y le pidieron buena vida, y el Señor se la concedió. Llegaron entonces los frailes, y se la pidieron tambein; el Señor les dijo que llegaban tarde; que ya esa gracia se la habia concedido á otros. Pidieron entonces buena muerte, y el Señor se la otorgó. — En esto llegaron los arrieros, y le pidieron al Señor buena vida. — Llegáis tarde, dijo en-

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tonces el amo. — ¡Pues buena muerte Señor!— Llegáis tarde, dijo el Señor; está ya eso pedido y concedido. — Desde entonces los arrieros ni tienen buena vida, ni tienen buena muerte, y llegan siempre tarde. Estefanía,— añadió dirigiéndose á la madre del niño que habian enterrado,— come, mujer, que estómago vacío no consuela corazón. ¡Si tanto llorases tus culpas como lloras la muerte de un ángel, á fé que te habias úe salvar, mujer!

— ¡Mi niño! esclamó la pobre madre, que cuando lo parí, parecía una flor. V., tio Bastían, que tiene á su nieto — que nació cuando nació mi niño — tan saludable, no sabe lo que es cuando al árbol le arrancan su flor.

— El ángel de su guarda se llevó esa flor á otros vergeles, en los que ni la secará el sol, ni la quemará la escarcha. Si el tuyo hubiese hecho lo propio contigo cuando naciste, no habian de haber pasado tantos trabajos, ni llorado tantas lágrimas.

— ¡Verdad es, tio Bastían!

— Pues entonces.... ¿á qué estás ahí hipando, criatura? ¿k qué es esa rienda suelta á tu sentir? Eso no íe está bien á tí, que eres mansa, y no eres capaz de decir zape al gato.

— Es, repuso la pobre madre, que si yo no hubiese dado aquellas sopas á mi niño, mi niño no se hubiese muerto; ¡las sopas me le mataron.

—¡Calla, calla, mujer! dijo el tio Bastían. ¿Y los que se mueren sin comer las sopas? ¡Que siempre se haya <le disculpar la muerte! Así es gue se cuenta que la muerte no lo quiso ser; y le dijo clarito á su Divina Magestad, que la dispensara del cargo, que no le daba la gana de cumplirlo. — ¿Y por qué? le preguntó el Padre Eterno.— Porque me van á aborrecer, Señor, y ¿llamarme tirana. — Descuida, le dijo el Señor, que te prometo que siempre serás disculpada. — Y ya lo ves, á la vista está: esta vez son las sopas; otras veces son los médicos. El asunto es, que se nos figura que la muerte no puede entrar sin que se le abra la puer-

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ta. María Josefa, mujer, no me des mas calabaza:

3ue el que la come se queda tres dias sin sangre^ ame pan, que el pan y los pies sostienen al hombre» —Juan, — prosiguió el arriero dirigiéndose á éste, — ¿sabes que le hablé á tu amo por ver si queria ayudarte? Le dije de aquesta manera: Señor D. José, no hay hombre sin hombre. Bien podia su mercé darle la mano al pobre de Juan Martin, que es un hombre de los buenos, y un trabajador de los de punta; al que manda Dios mas plagas que á Egipto, porque en su casa se arrellanó la necesidad. El mulo que tenia se le murió de un torozón; la mujer ha estado si las lía ó no las lía en su última ocasión; sus dos hijos mayores se le han muerto de viruelas, y por último, ha estado tres meses parado por haberse quebrado un hrazo, al estar apagando el fuego en la hacienda de su mercé.

— Verdad es que he sido desdichado, dijo Juan Martin; todo se me ha torcido. Pero ¡cómo ha de ser! — prosiguió el escelente hombre, dirigiéndose á su mujer que sollozaba, — mas padeció Job, que tuvo una mala mujer. Ten presente, Estefanía, que todos los dias decimos á Dios en el Padre nuestro: cúmplase tu

VOLUNTAD.

¡Cúmplase tu voluntad! En estas sucintas palabras que decia Juan Martin, está magníficamente resumido cuanto su resignación, mansedumbre y humildad se ha dicho y escrito. ¡Oh sencillez sublime de nuestra doctrina cristiana.

—Pero ¿qué respondió D. José? preguntó María Josefa.

— ¿Qué respondió? Nia. .Me volvió las espaldas, y me dejó con la cara llena de frente. Pero yo no me quedé con el entripado en el cuerpo, sino que le dije: — ¡caracoles, señor, que si fuese V. sol, no habia de alumbrar á nadie! — Aquello le sonó á campana cascada; y volviéndose á mí, me dijo con aquella voz que tiene, que parece que está hueco; ¡eso es decirme que soy un avariento!— No digo que lo sea su mercé, le

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respondí, sino que lo parece; y en Portugal he oido yo un refrán que dice: que el que se viste de la piel de lobo, no estrañe que por lobo le tengan.

— ¡Áy, y cómo se pondría! esclamó María Josefa; porque'ese miserable, que es capaz de echarle llave al agua del pozo, tiene la vanidad por arrobas.

—¡Como que tiene peso, (1) y es un Usía muy considerable! opinó el hermano de Juan Martin.

— ¡Qué habiade ser! repuso el tio Bastían. Pues qué ¿si fuera un Usía de los legítimos, habia de tener esos vientos, ni gastar ese ipotismo? Yo, que tengo mas navidades que quiero, sé quién es esa gente: son ricos de poco tiempo, levantados del polvo de la tierra. Mi padre, — ¡en descanso esté su alma!— conoció en sus mocedades al abuelo de éste, que llegó aquí de la montaña, de pata mondada. Le sopló la indina de la fortuna, le parió la marrana, y le salieron los pegujares á veinte. Cuando éste de ahora se halló con los dineros de la herencia, se casó con un desavio; pero si ella era negra, las pesetas eran blancas. Entonces dijo, que como era montañés le correspondía el Don; y se lo plantó delante con el salero del mundo. Y cata ahí por qué en el pueblo le pusieron por apodo Don José Primero, como se apellidó el rey que trajeron y se volvieron á llevar en sus mochilas los franceses de antaño.

— ¡Vaya! observó María Josefa; por eso dice la copla:

Tienen los montañeses En la cabeza, Metidos los papeles De su nobleza.

— ¿Y es verdad, tio Bastían, que todos sean nobles?

— ¡Qué había de ser! contestó el interrogado. ¡Como tú y como yo, que somos bien nacidos, y limpios de sangre, á Dios gracias! Que todos no podemos ser ricos

(1) Dinero.

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y nobles; así como todos no pueden ser sanos, gordos y buenos mozos. En el mundo ha de haber de todo; y siempre ha habido pobres y ricos; y al que lo es, buen provecho le haga; y al qué Dios se la dio, San Pedro se lo bendiga. Mira tú que

Hasta la leña del monte

Tiene su separación:

Una sirve para santos,

Y otra para hacer carbón. A los ricos y nobles legítimos les viene de casta. Porque han de saber VV., que los apóstoles le pidieron un dia licencia al Señor para llevarle á sus hijos, y el Señor se la concedió. Presentáronle, pues, los mayores y mas vestiditos, y el Señor los vio y los regaló; lo que sabido por los hermanillos menores y desnudos, también quisieron ir. Volvieron los apóstoles con esta petición al Señor; pero el Señor les respondió: — No, quédense esos para servir á los otros. — Y ahí tenéis por qué nacen unos para servir, y otros para ser servidos. Y para volver á lo que platicábamos, yo te diré )or qué están los papelones de los montañeses, — y labio de aquellos que pertenecen, como tú y yo, á os hijos desnudos de los apóstoles, — tan encalabrinados en que son nobles. Cuando fué el rey de España á aquellas montañas, creyeron aquellos rudos que seria el mas repulido saludo, y la mas remontada venera que á su Real Magestad le pudieron hacer, el echarse al suelo boca abajo; y asina lo hicieron. Al ver aquella barbaridad, el rey se echó á reir, y les dijo: ¡levantaos, galgos! Pero ellos entendieron que les habia dicho su Real Magestad: levantaos hidalgos; y desde entonces están muy en sí en que lo son.

— Y así tiene ese D. José I, los humos mas remontados que un infante de España, — esclamó con rabia María Josefa, — la echa de fino, y es mas basto que un rimero de loza de Triana; mas áspero es que un níspero verde, y tan miserable, que no es capaz de dar á un infelizpor necesitado que lo vea, sino lo que da el pobre á su perro: luz y puerta.

MAS HONOR QUE HONORES. 97

— ¡Echa por esa boca! dijo su marido: el diablo anda haciendo leña en el tajonaí, cuando tú no te estrenas. En diciendo ¡allá voy! esa que tienes tan suelta... ¡Dios nos la depare buena! Y has de saber, que la lengua, aunque no tiene huesos, los quiebra.

— ¡Caramba contigo! repuso su mujer; que estás siempre mas callado que un arencon, y no te se ofrece hablar sino para echarme los treinta dineros! ¡Pues eso faltaba! de eso no ha de haber nada. Ni tú, ni el lucero del alba me ponen a mí el pié en el pescuezo.

— Geromo, dijo el arriero al marido, á los hombres sesudos, las palabras de las mujeres por un oido les entran y por el otro les salen.

— No señor, contestó el cachazudo Geromo; no les salen, porque por ninguno les entran.

—Y tú, María Josefa, prosiguió el tio Bastian, si quieres vivir feliz y bien casada, acuérdate que dice la copla:

Unta el eje, Juanillo, Que chilla él carro; Que hasta los insensibles Gastan de halagos.

— ¡Vaya! dijo ella; que está V. hoy como su santof todo lleno de saetas. jg

Algo tiene María Josefa contra D. José cosido por dentro; pensó el sagaz anciano.

El tio Bastian habia acertado. María Josefa se hallaba indignada contra D. José I, y para aclarar lo subsiguiente, es preciso dar al lector conocimiento de la causa de esta indignación.