Cuadros de costumbres · Unidad 31 de 101
Unidad 31 · SIMÓN VERDE. 65
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SIMÓN VERDE. 65
tropezase fuese Mi niño, echóle mano al cuello diciendo:
—¿Quién te ha dado facultad, bárbaro, insolente, atrevido, para sacar mi caballo de la cuadra, y echarle encima tus diez arrobas de peso?
Fué tal el susto y la sorpresa de Mi niño, que se quedó tan mudo como inmóvil.
—Yo se lo dije, padre, respondió Julián en tono respetuoso, pero sin turbarse.
—Marcha tú á casa á llevar los caballos— mandó el Alcalde, que no quiso reñir á su hijo ante testigos,— que luego hablaremos. Julián obedeció.
—Lárgate de mi presencia, prosiguió el Alcalde dirigiéndose á Minino, que permanecía hecho un poste; no sea que no pueda contenerme y te ponga á golpes tan estropeado como has puesto tú á mi caballo padre. r
Joaquín Mi niño se valió con agilidad de sus zancajadas para desaparecer en la noche, como la gran sombra de Samuel evocada por la Pitonisa de Endor.
—Escóndase con mas vergüenza la moza del bullanguero, prosiguió el Alcalde, y vaya á la cárcel su encubridor.
Un silencio profundo habia sucedido á la dulce y conmoviente escena, que poco antes hacia latir á los corazones, verter lágrimas á los ojos, y lanzar espresiones de júbilo á los labios. Las luces desaparecieron; las puertas se cerraron; la oscuridad, la soledad y el silencio reemplazaron lo mas bello que hav en la tierra: ¡la alegría de todos por la felicidad de uno!
CAPITULO VIL
Mas de un año habia pasado. Era una mustia y encapotada mañana de Diciembre: llovía y venteaba como si quisiese el dia por ese medio dar rienda suelta
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á su mal humor. Prestaba sus tristes tintas al paisaje, ahuyentaba las mariposas, hacia callar á los pajaritos, y bajar tristemente la cabeza á aquellas flores que no son frioleras, (1) y vienen aun en invierno á alegrar el campo de Andalucía. El rio pasaba turbio y murmurando entre dientes, llevando algunos despojos que le habían traído de sus correrías las aguas que afluían á él. Bandadas de cuervos graznaban diciendo en su tosco lenguaje que no echaban de menos al sol, y que también á cada ave le llega su San Martin. Era en nn, uno de aquellos dias que hacen tan gratas las comodidades y goces de su hogar al hombre rico ó acomodado, y tan cruel al pobre la desnudez y frialdad del suyo.
Venia por el camino, que desde Triana costea el rio al acercarse á Gelves, un hombre que andaba agobiado y despacio. Su cara llevaba las profundas huellas, que estampan los sufrimientos en el semblante del hombre, las que si bien le ajan, le ennoblecen: su pelo estaba cano, y su mirada, aunque suave y bondadosa, era tan triste, que compadecía mas que una queja. Este hombre era Simón Verde, que salía de la cárcel después de un año de haber estado en ella. Simón sabia lo que iba á hallar en su casa; y era esto una hija á la que la calumnia había deshonrado — pues la honra en los pueblos en que nada la empaña, llega á estarlo por el mas leve soplo,— y á la que el dolor y la vergüenza minaban la vida con lento, pero seguro progreso; una madre, ciega á fuerza de llorar, y á ambas mantenidas con la corta, pero constante limosna del pobre; pues de dos hijas que tenia la anciana, una habia enviudado por aquel entonces, y la otra se hallaba enferma de sobreparto.
Cuál seria la primera entrevista de esta desgraciada familia, fácil es graduarlo. Mas en esta ocasión,.
(1) Friolero, el que siente ó teme mucho el frió.