Cuadros de costumbres · Unidad 32 de 101

Unidad 32 · SIMÓN VERDE. (¡7

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SIMÓN VERDE. (¡7

como en todas las ocasiones supremas, era la mujer la que sostenía al hombre.

—Simón, hijo mió, le decia la pobre ciega, no desfallezcas; ¿no me decias tú á mí que la buena conciencia era un lecho de plumas? ¡verdad es verdad es! Y bien cierto qne no nos ha de despertar despavoridos con sus saetas. Así... no te abatas, hijo mió y recuerda tus propias razones.

—Cuando yo decia aquello, madre, y me sentía fuerte contra la desdicha, era cuando nos quedaban los dos grandes bienes del pobre, la estimación v la salud. Mi nina, esa hija de mí alma, ha perdido ambos; a V., madre, se le han secado los ojos de llorar ¡y todo por mi culpa! '

—Calla: hijo, calla. ¿Qué culpa has de tener tú^ ¡Mi ama como la tuya! Di que lo que sucede ha sido Ja voluntad de Dios, y verás con esa convicción la conformidad y el consuelo que te entra.

—Madre, conforme estoy. Pero déjeme V. sentir v llorar; que no lo prohibe la ley de Dios. Déjeme darle mi llanto, ya que otra cosa no puedo darle, á esa hija del alma, que se nos vá á la gloria, á fuerza de padecer, como las Santas Mártires. v

Simón lloraba con amargura fijando alternativamente su vista en su madre, que ya no podia verle v que buscaba en su corazón palabras de consuelo parí prodigarle, como le había prodigado caricias cuande él era n.no; y en su hija, la que pálida y demacrada se esforzaba por sonreirle, como lo hacia cuando ella era nina.

—¡Perverso, maldecío Alcalde!— dijo una vecina cuyo rostro lleno de lágrimas demostraba el mas vive ínteres y mas profunda compasión;— tiene el natural como un caimán, que dicen es una fiera voraz v traicionera. Dios no come ni bebe, pero juzga lo que véy ja le ha castigado Simón; pues si él te encerró á tf en una carcel,_Dios le ha encerrado á él en otra, porque hace un ano que le roe la cara un cáncer, v mientras mas se cura, menos se alivia. ¡Juicios de Dios.

68 BIBLOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

hombre! Pues si tú, que has padecido mas en tu ente que lo que pecaste en tu mente, has salido por tus pies de tu encierro, el malvado ese no ha de salir del suyo sino en pies ágenos, y llevados los suyos por delante. ¿Y esa? De la suerte del malo en tu'rincon espera el fallo, Simón.

— El mal ageno no cura el mió, Beatriz. Y Dios me libre de desearle mal, ni á mi mayor enemigo.

— ¡Bien dicho, Simón! esclamó su madre. ¿Iria uno á perder el fruto de las tribulaciones, con la falta de caridad que hay en desearle mal al que nos lo ha hecho? ¡Dios le dé á ese infeliz tanta salud como yo para mis hijos deseo!

— ¡Ande V., que se lo lleve pateta! repuso Beatriz: á ese hombre no le ha de sentir ni la madre que le parió.

— Y acercándose á Águeda, le dijo á media voz y de manera de no ser oida por nadie sino por ella:

— En estirando las piernas ese mal alma, te casas con Julián, y todo queda remediado.

— ¡Yo! ¡yo! esclamó Águeda — cuyo pálido rostro se puso repentinamente encarnado; — ¡yo! una mujer con mala nota, ¡casarme con Julián! Ño lo piense usted ni nadie. Julián se merece cosa mejor, tia Beatriz. Antes era yo pobre y él rico, y me creia tan buena como él, porque pobreza no rebaja. Pero ahora

3ue estoy desacreditada, gracias al falso testimonio e su padre, no puede un hombre casarse conmigo sin rebajarse, y no quiero yo, no, que nadie pierda por mí,

— Vaya, Aguedilla, que no tienes las lanas tan bien peinadas como parece; que eso que dices es orgullo puro, hija mia. No te han de poner nicho por humilde.

— No digo que sea yo humilde; pero mal juzga usted lo que hago si lo llama orgullo: es vergüenza, señora.

—¿Pero no ves, mujer, que él te quitará esa nota casándose contigo?