Cuadros de costumbres · Unidad 67 de 101

Unidad 67 · 136 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

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saciones que produjo la revelación precedente en las personas allí reunidas. Era una mezcla de contento y de dolor, ambos vehementes y profundos.

— ¡Se irá! ¡le pierdo! pero.... ¡anda con Dios! ¡El será feliz!... Esto pensaba el hombre honrado, el buen padre Juan Martin, sin cuidarse en lo mas mínimo del mérito que en la crianza de Gabriel le usurpaba el que tan vil le habia abandonado cuando le tuvo por huérfano.

— ¡Se irá! ¡se irá! ¡hijo de mi alma! Y á la pobre hijamia.... ¡la olvidará! — ¿A qué, Dios mió, tanta grandeza? Estas ideas pasaban como negras sombras después del primer alborozo, ante los ojos llenos de lágrimas de Estefanía.

El tio Matías cayó sobre un escaño gimiendo: ¡también se vá!

En cuanto á Ana, se habia retirado á su dormitorio. Solo una cosa habia comprendido y definido bien aquel amante corazón, y le habia partido como un cuchillo: ¡era esta la ausencia! Habíase dejado caer sobre su lecho, y repetía entre sollozos, ¡se vá! ¡se vá!

Únicamente Gabriel, aunque contenido y digno, era completamente feliz.

— Gabriel, hijo,— prosiguió D. José,— todo está arreglado y listo para que salgas mañana. Dirás á tu Eadre que he puesto á tu disposición mis propias estias y mis propios criados. Ya ves que no cabe mas celó y puntualidad en cumplir sus órdenes. ¿Noes así?

Gabriel hizo con la cabeza una señal de asentimiento.

Un rato después, viendo que todos se hallaban demasiado conmovidos para poderse ocupar debidamente de su importante persona, D. José tocó retirada, precedido de su feroz perro, y seguido de su humilde alguacil.

Era efectivamente el padre de Gabriel, antiguo

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amigo de T). José. Databa esta amistad de fechorías cometidas de mancomún en su primera juventud.

Cuando el primero, comprometido en Sevilla en un alzamiento contra la autoridad, tuvo que huir á Portugal, se refugió á una hacienda de D. José, como ya se ha referido, en la que nació su hijo y murió su mujer. El fugitivo dejó el niño en poder y' encargado á su amigo, con una pequeña suma de que pudo desprenderse, y prosiguió precipitadamente su fuga. Consumido él depósito que había quedado en manos del rico avaro, éste, como hemos visto, abandonó completamente al hijo de su amigo, el que como es-

§ osito desconocido, fué amparado por la infinita cariad del pobre y cristiano pueblo» Mas de veinte años habian pasado; y en el corazón de D. José, — hecho fósil por su codicia, — no quedaba ni aun recuerdo de aquel amigo de su juventud, cuando recibió una carta suya fechada en Madrid, á donde acababa de llegar sin ser llamado. Este amigo, que se preciaba de orador, pero no de pendolista, no se detenia en hacer su monografía; y lo que únicamente le participaba era que, habiéndose distinguido en uno de los puntos de la desconcertada América, hija de esta pobre España, — ¡tan mal afortunada en cuanto á hijos, como en cuanto á padres!— volvia de aquel campo de asilo y tierra de promisión de aventureros, con una faja de Genera], — que era problemática, — y un capitaüto en los Bancos,— que era positivo. — Anadia que esperaba que hubiese cuidado de la educación de su hijo, en el que esperaba hallar un buen patriota, y acababa por encargarle que se lo enviase inmediatamente.

Ya hemos visto como D. José I cumplió su cometido con celo y puntualidad, teniendo muy presente que su amistad con un General que estaha en la corte, podria serle ventajosa, y era de hecho un quilate mas á su fachenda. D. José entrevio en los rosados horizontes de sus esperanzas, una placa. Hay demasiadas cruces, pensaba: el Gobierno las distribuye con demasiada generosidad. La placa no es tan. común, sen-