Cuentos aragoneses · Unidad 22 de 57
Unidad 22 · CUENTOS ARAGONESES 63
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CUENTOS ARAGONESES 63
(Salen los vecinos ten orden y se dirigen a la plaza. Diálogo animado). ' 3 *
— Pero, ¿qué cura es éste? — I Esto no €S cura!
— Este es algún señorito de Zaragoza, que viene a buhase.
— ¡Hay que escarmentálo 1
— ¿Sabís lo que vus digo? Quo éste no es cura, q|ue 1(6 vamos a hacer una juada que se acuerde
Leí piueblo. Si es cura tien'e que saber latín; ¿es
rerdá u no?
-Amos a cógelo entre puertas. Tú, Damián, te vas
hacer el muerto, y te llevaremos a la iglesia pia
le te eche el responso de cuerpo presente. Verás
lo que nos vamos a rír. ¿A que no te sabe icir los
latines? Ya habís visto qué abonico ha, dicho la misa. — Pues ala, amos a buscar una caja e muertO' y meter a éste, que es el más rebusto, y que des-
>úés de la chanada le va a dar dos jetazos buenos
il cunea ese desfigurao. —I Alai
(En la iglesia. Cuatro mozos traen el féretro descubierto, en •el que viiene Dajnián haciéndose el muerto. El sacristán va a llamar al cura).
— Don Remtmdo, ahí traín un calabre. — Voy en seguida. Pon los cuatro blandones grandes, con cirios, alrededor de la caja. — Ya están, ya. — Bueno,
(Sale el cura; dice el responso, AI acabar pronuncia las santas palabras) : "*
— Re<j|ui^scat in pjac€^.
64 EUSEBIO BLASCO
Todos.— AmeW.
(Coge el hisopo y hade la' señail de la cruz sobre el falso muerto. El agua que despide el hisopo cae sobre la cara de Damián, y el pseudo-cadávter hace un guiño y se ríe. El cura le mira fijamente, quita un cirio die uno de los blandones, coge el blandón por la parte de arriba, lo levanta en alto, y ¡zas! lo deja caer sobre la cabeza diel muerto, y! se la hace pedazos. Volviéndose hacia los mozos, el cura dice): ¡ ' ' .
— Ahora está muierto de veras. Vamos a enterrarlo; y en ad-elante, me haréis el favor de traerme los muertos «remataos», (jue no tenga que rematarlos yo-. Buenas tardes, señores.
Epílogo: Este cura murió en el mismo pueblo a la edad de ochjeuta años.
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Juzgado municipal
— ¡Buenos días, don Celipe!
— Yo no soy don Felipe. Soy el juez municipal. Que entren las personas que han pedido el juicio de faltas.
(Entran dos hombres del pueblo y el boticario de la localidad).
—Hablen ustedes.
El boticario. — Pues estos dos señores salían riñendo de la taberna, se dieron de palos y me rompáeron el cristal grande de la botica.
— I Este jué !
— i No €s verdá, que juiste tú!
— ¡A callar! Siga usted, señor farmacéutico.
— Les he reclamado cincuenta pesetas y se niegan a pagármelas. Este es el caso.
El juez (a uno de ellos). — ¿Cómo se llama usted?
— ¡Ay que rediós! ¿Pues no lo sabe usté? ¡Amos; que esta si que es juada! ¿Conque me ve usté tos los días en la era y no sabe usté como me llemo?
— Yo ahora soy el juez y tengo que hablarte de