Cuentos aragoneses · Unidad 23 de 57

Unidad 23 · 66 EUSEBIO BLASCO

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66 EUSEBIO BLASCO

tisted y preguntarie como manda la ley; conque no me corrompas más y responda usted.

— rúes Cerílo me llamo.

—¿Y qué más?

— Ceiilo Alm-endras, ¡moño!

— El moño está de sobra. ¿Y usted?

El OTRO;. — Andrés Gra;cia; de Aguaron, pa servir a usté.

—¿Profesión?

' — ¿Y eso qué es?

— jQué ofício tiene usted 1

—Pión.

— ¿Y usted?

— Pues también pión, u bíacero, o como usté ^quiá llámalo.

— Cuenten ustedes lo "^e piasó.

— Pues estábamos en la trastienda del alpargatero juando al guiñóte, a dos reales la partida. Este cantaba las cuarenta abonico, que no le oía ni el cuello e la camisa, y yo l'icía, digo: j Canta claro, moño I

— El moño está demás.

— I Pues no piló hablar si no lo digo!

> — Pues yo le enseñaré a usted a no decir esa ,palabra. Cada vez que^ la diga usted pagará una peseta de multa. Ya la ha dicho usted dos veces; debe usted dos pesetas.

— Oüeno, con págalas, en paz.

— Siga usted su declaración.

— Dicía que éste cantaba las cuarenta abonico, espacio, en voz bajica, y voy y le digo: | Canta claro, moño !

. — Tres pesetas.

— Vaya, vaya, don Celiple.

— Soy el juez.

— Vaya, señor juez, yo no tengo las pesetas pa tíralas, que me cuesta, mi trabajo gánalas.

—Siga usted.

CUENTOS ARAGONESES 67

—Pues éste me dijo: Yo canto las cuarenta con legalidá y a mi no me enseñas tú a cantar. — Pues sí que t© enseño.— Miá que te doy un jetazo. — ¿A mí?— 'I A tul— I Pan I y le di Uiía piuñada en la cara y salimos enreligaos a la calle y le metí la cabeza po el cristal del boticario.

— Pagarán ustedes el cristal entre los dos.

El otro.— ¿Por qué? Conque a pioco me mata, y oavía...

— A callar; pagarán íustedes el cristal...

El boticario.— No, señor, yo les perdono; que no me den nada.

— Ahí tiene usté.

—¿Y entonces por qué los ha citado usted al juzgado ?

— Por haberlo negado.

-lAhl

—Ellos confiesan que lo han roto; son dos pobres trabajadores; no, señor, no, yo no tengo corazón para castigarlos.

— jBien hablao, moño I

— jPero, señor, Dios mío, hay paciencia pa estol

— ¿ Pues no t' icen que cada vez te costará una peseta? ¿Pa qué ripites?

El juez. — Ea, ya pueden ustedes irse. Pague usted las cuatro pesetas y vayan con Dios.

— Ahí va un duro. Cóbrese usté.

El juez (buscando en elbolsülo), — No tengo cambio; espere usted, el alguacil irá a buscarlo...

— No hay necesidá. Usté lo pase bien, «¡moño I» Estamos pagaos; hasta la noche, si Dios quíetTie.

^■^♦♦■^^♦■■♦♦■M^^HM^ ^BH^^m^^BH^^aM^^aM^

In extremís

— Buenas tardes, tía Casiana.

— ¡Chiiistl

— ¿No se paé hablar u qnié?

— ¿No sabes que mi marido se está muriendo? ¡No grites, esmangamazos, focín, calla! j Jesús Dios mío I

— ¡Ya lo sé que está rematando, y por eso quió velo I

— No se piuede; no puén -estar con él más que -el señor ciira y yo, y la cbica.

— Pues tengo que velo, que íes pa una cosa que no se prué morir sin véme.

— Pero hombre, ¿qmé pasa?

— Que le doy a usté un empfentón, y entro... ¡jMostillooll

— ¡No le llames pto el motel

— MostiWo s'ha llamao siempre, y no se va a arripintir ahora, ¡A buelna hora! ¡Mostillool

— ¡Ay, Virgen del Pilar, que hombre más malo I ¡Tú vienes aquí a matámi© a mi mai'ído!