Cuentos cortesanos · Capítulo real 3 de 3

XVIII

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XVIII.

Salió el comendador, y aunque de mala gana, se disponía Manolito á vestirse, cuando entró un criado y le entregó una tarjeta: miróla el joven y se quedó admirado al ver que era del Gobernador civil de Madrid. Dirigió al fámulo una mirada interrogadora, y éste respondió diciendo:

— Su Excelencia espera en el salón, adonde le he invitado á entrar.

Manolito, que ya estaba en mangas de camisa, púsose inconscientemente el usado gabán que acababa de quitarse, y que acostumbraba ponerse al levantarse, y corrió al salón á ver lo que de él queria la primera autoridad civil de la provincia.

Era su Excelencia un gallego más íinchadiño que fidalgo portugués; muy empaquetado; gallo ronco con pretensiones de pollo petulante; más pagado de su persona y de su gobernaduría, que el Gran Mogol de su elefante blanco: siempre dispuesto á doblar el espinazo ante los poderosos de quienes creia poder esperar algo, y más tieso y desdeñoso que el alcalde Konquillo, con los infelices que caían bajo .^u férula.

El gal legóte, en resumen, tenia el genio poco acomodaticio; y eran tantas sus Ínfulas y pretensiones, y tan inabordable, como si fuera el mismo Alejandro el Grande, por más que solo pudiera comparársele á su homónimo como reverso de la medalla. .

Saludóle friamente el joven Pimentel, y él, con ademan afable, le respondió, aceptando su invitación para sentarse en el sofá, mientras Manolito tomaba asiento en un sillón.

Preguntóle á qué debia el, honor de su visita, mas el bueno del gallego no sabia por dónde empezar. Estaba indeciso, em-

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barazado, como el que va á cometer una acción indecorosa delante de testigos; hasta que dijo, procurando componer su semblante lo mejor que pudo:

— Delicada es la misión que me trae aquí, señor de Pimentel; y para desempeñarla, cuento más con vuestra buena voluntad que conmigo mismo.

Para decir esto dulcificó, humanizan- - dolos cuanto pudo, su voz y su semblante, loque parecía costarle no poco esfuerzo; y después de más de un minuto de silencio continuó, en voz baja y tono confidencial, de la siguiente manera:

— Señor de Pimentel, debo empezar diciéndoos que mi encargo no tiene nada de oficial: no es el Gobernador, es el amigo quien tiene la honra de venir á veros. Excusara de buena gana la misión que la gratitud me ha impedido rehusar, porque me es imposible negar nada á la Señora. Sólo por ella, porque, lo diré con entera franqueza, le debo lo que soy, he aceptado la misión que hoy me trae cerca de vos, á quien distingo y aprecio como merecéis.

Desdecían -tanto este preámbulo y eslas explicaciones, que nadie le pedia, de lo que del finchado personaje podia esperarse, que Manolito temió que envolvieran alguna emboscada que la Señora le tendía, para volverle acoger en sus redes, y, alarmado, se puso en guardia.

Mientras Pimentel pensaba esto, el Gobernador, con aire visiblemente turbado, y enjugándose el rostro con el pañuelo, pues aunque no hacia calor sudaba la gota tan gorda, continuó diciendo:

— Vos conocéis á la Señora más á fondo que yo, y no podéis ignorar que no hay medio de contradecirla; sus caprichos son imperiosos. Ya se ve, ¡la han adulado tanto! La más pequeña contradicción la irrita, y según parece la habéis ofendido: no; quiero decir que ella se imagina que le habéis hecho un agravio imperdonable, lo que yo me permito no creer. Mas... en fin, tiene ella vara tan alta con lo$ hombres de la situación, su influencia, aunque extralegal, es tan grande, que hace todo cuanto quiere, como si gobernara á España...

— Y en definitiva, señor Gobernador, ¿qué quiere de mí? preguntó Manolito, alarmado con las pausas y rodeos del gallego: mas lo dijo tan secamente, que el hombre quedó más desconcertado que lo que ya estaba, y no encontrando otra salida, después de breve pausa, dijo, cortando por lo sano:

— Quiere, Sr. D. Manuel, que os marchéis de Madrid inmediatamente...

Después de soltar esta invitación ó andanada á boca de jarro, el finchado personaje respiró tan fuerte, que su hálito se parecía al resoplido de un buey. Dejóse caer hácia atrás, y recostóse en el sofá, como si se quitara de encima una carga que lo ahogaba.

—¿Que me marche de Madrid? ¿Y por qué? preguntó Manolito.

— Y qué se yo; dijo el Gobernador, con ademan aburrido. ¿Quién es capaz de averiguarlo? Acaso vos, que me lo preguntáis, lo sepáis mejor que yo.

Quedó el joven absorto en sus pensamientos, y nada respondió; y creyendo el otro que vacilaba, cambiando de tono y

de actitud, y poniéndole una mano en la rodilla, cual muestra de intimidad, le dijo, mirándole atentamente:

—¡Vaya, qué diantre! Aun no queriéndolas debemos dar gusto á ias mujeres. Después de todo, en vuestro lugar diria: lo mejor es poner tierra por medio, y me iria esta misma noche. Yo diria á la Señora que cuando vine á verle, el pájaro habia volado, lo que daba á este viajecito un carácter de perfecta espontaneidad. Al cabo de algunas semanas de tomar aires saludables en la tierra baja, volveríais tan fresco, y como si tal cosa hubiera pasado. Haciéndolo así, amigo mió, me sacareis de un compromiso, prestándome el más señalado favor, que le agradeceré toda mi vida.

Mientras decia esto, el gallego tomó entre sus manos una del joven, estrechándola suavemente, y su ademan se fué. trasformando de amistoso en suplicante.

Cuando terminó su oración el Gobernador, dijo Manolito, como cediendo á sus instancias:

—Bien, me iré.

— Perfectamente , caballero Pimentel, respondió el gallego, irguiéndose todo jubiloso: no esperaba yo menos de sus hidalgos sentimientos. Os portáis como quien sois, y me prestáis un servicio inmenso. ¿Y cuándo será la marcha? añadió con acento insinuante.

— Al empezar las vacaciones; respondió el joven, con la mayor naturalidad.

—¡Al empezar las vacaciones! ¡Si apenas está el curso empezado! exclamó el Gobernador, todo alterado. Fruncióse su cerrado entrecejo, y añadió como si hablara para sí:

— Eso y no irse todo es uno.

— ¿Y cómo queréis que interrumpa mis estudios estando el curso empezado? Si ahora me ausentase perderia el año, replicó el mancebo. Además, señor Gobernador: ¿Quién es ella para obligarme á que me vaya cuando quiero quedarme? ¿Manda acaso en mí? Estoy en mi derecho viviendo en Madrid...

— Ya os dije, señor de Pimentel, que aquí no está el Gobernador, sino un ami~

go; lo que se desea es que hagáis un viajecito para evitar mayores disgustos; y hasta en beneficio propio os conviene hacerlo, que no estáis muy bien de salud, y necesitáis cuidaros. Mi encargo aquí es puramente confidencial, y, creed me, solo porque me es imposible negar nada á la Señora, me he resuelto á desempeñarlo. ¡Tales son de imperiosos los deberes que á ella me ligan!

— Pues, señor Gobernador, yo no tengo deberes que cumplir, ni por qué tener consideraciones con esa... persona, que no quiero nombrar;, y no me iré.

— ¡Probaremos! dijo enfadado el gallego, levantándose y dando con la contera del bastón en el suelo, imitando la arrogante y fiera actitud del Pedro Crespo de El Alcalde de Zalamea, en su patética y trágica escena con D. Alvaro de Ataide; y con resolución autoritaria y voz reconcentrada y breve añadió:

—Reflexiónelo bien, joven. Cuando hay altos intereses y señorás tales por medio, no es prudente proceder con ligereza ni terquedad. Reflexiónelo bien, le repito

como autoridad, ya que como amigo, ha despreciado mis consejos.

XVIII.

En tanto que así hablaba el señor Gobernador, erguido, echando adelante su panza, y con los ojos fijos en Manolito, como si quisiera envolverle y dominarle con su severa y fosca mirada, éste lo miraba Mámente, sin responderle, como si no se ocupara de él, combatido por contrapuestos sentimientos; y observado esto por su interlocutor, hizo que cambiara de entonación y de actitud, y que se le acercara diciéndole:

— Después de todo, puesto que no queréis iros, ¿porqué no os quedáis? No tenéis más que decir una palabra, para que deseen tanto que os quedéis como ahora que os vayáis: porque, en resumidas cuentas, aquí, entre nosotros; y diciendo esto bajaba la voz, no tenéis más que ir á verla, y todo este belén habrá concluido cual querella de enamorados...

¡Qué actitud tomaba! ¡Qué acento, qué

expresión daba el Gobernador á su persona y á sus palabras, para excusar la idea que proponía á Manolito! Aquellas expresiones le quemaban los labios: él sentia toda la bajeza del papel que representaba., y su orgullo sufría visiblemente.

Mientras asi hablaba, el joven Pimentel lo miraba de piés á cabeza, con aire tan de sorpresa y de disgusto, que observándolo el Gobernador, se avergonzó y bajó la vista.

Aunque comparado con él, Manolito era un chiquillo, el fidalgote gallego sintió todo el peso de la superioridad moral de su contrincante; y viéndose humillado perdió los estribos, hasta olvidar en su indignación contra -el joven y contra sí mismo, que no podría llevar las cosas al extremo, sin peligro de provocar un gran escándalo, en el cual él seria quien más arriesgara, y dijo con voz imperiosa:

— Vuestra actitud os compromete, señor de Pimentel, y es necesario que os ausentéis inmediatamente de Madrid; yo os lo mando.

— De manera, que por el capricho de

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una... que según parece quiere gobernar el país; por una cuestión de faldas, por no decir de otra cosa, se expulsa de la capital á un ciudadano pacífico, que en nada ha faltado á las leyes. ¡Bravo, señor Gobernador; bravísimo! Esto es lo que se llama un abaso de autoridad, una arbitrariedad injustificada é inexplicable. Pues sepa V. que no me iré.

Mientras asi hablaba Manolito, animábase su semblante, y. levantaba la voz, olvidando que su padre podia oirle; y el Gobernador, irritado por la resistencia y el atrevimiento con que el joven le hablaba, alzando la voz más que él, le interrumpió exclamando:

— ¡Está V. cometiendo un desacato á la autoridad, y se arrepentirá de hablarme así, yéndose, mal que le pese!

— No me iré; replicó Manolito, levanrundo la voz tanto como el otro.

El Gobernador tenia el bastón y el sombrero en la mano izquierda; accionaba vivamente con la derecha, y miraba furioso á Pimentel; y éste, en pié, delante de la chimenea, con ambas manos en los

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bolsillos del gabán, miraba á su vez fijamente al furioso gallego, que echaba chispas por los ojos.

XIX.

Mientras degeneraba en acalorada disputa la conversación del talludo gallego y del joven extremeño, habíase vestido el comendador para salir á paseo con su hij0> y y& estaba listo, esperando que acabara la visita, cuando le pareció oir voces descompasadas en el salón, y tocando un timbre, llamó á un criado y le preguntó quién estaba con su hijo: el doméstico, por toda respuesta, le trajo inmediatamente la tarjeta que Manolito había dejado sobre la mesa de su cuarto.

— ¡El Gobernador! exclamó el noble comendador. ¿En casa y altercando con mi hijo? ¿Qué significa esto?

Mil ideas siniestras cruzaron por la mente del atribulado hidalgo, y acercóse á la puerta del salón, á tiempo de oir que el Gobernador airado decia:

— ¡Señor Pimentel, á mí no se me falta

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impunemente! ¡Por consideraciones, de que V. no parece digno, le he pedido á buenas que se fuera de Madrid; ahora se lo digo á malas, y se irá; sí; se irá!

Abrióse en aquel momento la puerta del salón, y entró D. Melchor.

Al verle, el Gobernador se descompuso, aunque, hablando con mayor exactitud, debia decirse que acabó de descomponerse. ,

Aquella repentina é inesperada aparición le produjo el efecto de un jarro de agua fria echado por la cabeza, sin decir agua va. La presencia del comendador le colocaba en la más crítica posición imaginable. ¿Cómo decir á tan recto y grave personaje de lo que se trataba, y sobre todo la causa, que para él debia ser un secreto? Podia rebajarse ante el hijo, que sabia el por qué; ¡pero ante el padre! Si D. Melchor se enteraba, el escándalo podia tomar terribles proporciones. Se estremecía ante la idea de que el comendador supiera que expulsaba á su hijo de Madrid por una cuestión de faldas; por satisfacer el encono de la querida desde-

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nada. El pobre diablo hubiera querido estar en aquel momento á cien leguas de allí. No obstante, compuso su semblante lo mejor que pudo, y reparando su ademan, dió un paso hacia D. Melchor, y le saludó, haciendo por poner cara risueña.

Habíase quedado el comendador cerca de la puerta, rígido, mirando á su hijo con ojos sañudos, los brazos caidos, rectos, y los puños cerrados.

Adelantóse lentamente, haciendo al gallego una ligera inclinación de cabeza, en respuesta á su saludo, y dirigiéndose á su hijo dijo secamente y con lentitud:

— ¡Comprendo toda la verdad! ¡Ahora la comprendo! ¡Tu secreto ya no lo es para mí! Para que la primera autoridad de Madrid venga á mi casa á pedirte que te marches, primero suplicándolo y luego exigiéndolo imperiosamente, preciso es que hayas cometido, no una falta disculpable á tus años, sino un delito, acaso un crimen. De manera que mi nombre no está ya deshonrado públicamente por tí, y tú ante ios tribunales, por respetos, por

consideraciones que la autoridad ha tenido conmigo.

En diciendo esto volvióse el comendador al gallego, y añadió:

—Señor Gobernador, agradezco á Vuecencia la deferencia que en esta ocasión ha tenido con el nombre de los Pim enteles, hasta ahora honrado y respetado; pero ni puedo ni debo aceptarla. Yo soy el primer juez de mi hijo, el juez natural, puesto que soy su padre, y seré el primero en castigarle. Dígame qué falta, qué delito ha cometido; tengo el derecho de saberlo todo, no me oculte nada. Por doloroso que sea para mí, no me falta fortaleza para reprimir los sentimientos del padre, y cumplir con los deberes del juez, que no tolera la deshonra en su familia...

— ¡Padre! exclamó Manolito con voz desgarradora; con el acento del más entrañable dolor.

— ¡Calla, mal hijo, calla! replicó el comendador entre colérico y apenado.

A todo esto el finchado gallego estaba anonadado, más muerto que vivo. Sus miradas iban del padre al hijo y del hijo al

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padre: sudaba á chorros, no sabia qué actitud tomar, ni encontraba palabras que le sacaran del atolladero. Por último, con la expresión del hombre que afecta sorpresa, y que tercia en la cuestión, para calmar al padre irritado contra el hijo, enjugándose el sudor, y acercándose, como si tratara de interponerse entre ambos, dijo á D. Melchor:

— Tranquilícese V. Según veo, aunque hablábamos en voz alta, desde fuera pudo no comprender bien el sentido de nuestras palabras. No es la autoridad, sino el amigo, el consejero oficioso, quien ha venido á ver á su señor hijo, y á pedirle que deje la corte por algún tiempo. No se trata, pues, de crímenes, ni de delitos, ni de faltas siquiera. Lejos de merecer castigo, D. Manuel es un joven dignísimo, y que en nada desmerece de su padre, ni del apellido que honra con su leal y noble conducta.

Admirado quedó D. Melchor oyendo esto, y no pudo menos de mostrar su extráñela preguntándole:

— ¿Pues por qué quiere Vuecencia?...

— Suplicóle, señor comendador, dijo interrumpiéndole el gallego, que no me dé tratamiento: aqui no soy el Gobernador. Ya ve V. que me tomo la libertad de no darle el que le corresponde, y dispense esta interrupción.

D. Melchor, como si no parara mientes en el incidente, continuó diciendo:

— ¿Por qué le intimáis que salga inmediatamente de Madrid? Aquellos elogios y esta exigencia no concuerdan, y son una razón más para que yo exija que se me diga la causa.

Las miradas que el Gobernador dirigia entre tanto á Manolito, no podian ser más suplicantes. El joven callaba y parecia resignado; mas viendo que el interpelado no respondía, y que con sus miradas impetraba de él una respuesta satisfactoria, y no hallando salida que dejara á su padre satisfecho, parecióle que lo ménos malo seria cargar con la culpa, y la responsabilidad de ella, y dijo:

-^Señor Gobsrnador, me iré de Madrid inmediatamente, si mi padre me da licencia.

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El Gobernador dio un resoplido y se afirmó en los talones, lleno de satisfacción; pero su alegría apenas duró un momento, porque D. Melchor respondió sin vacilar:

— No doy licencia. Si te castigan, expulsándote de la corte, y aceptas el castigo sometiéndote, te confiesas tácitamente culpable; pero yo no acepto sin saber cuál es tu delito. Si lo has cometido no quiero ser cómplice de esa especie de impunidad que te ofrecen. Volviéndose luego ai Gobernador añadió: Yo seré quien le presente á los tribunales para que lo castiguen con toda la severidad de las leyes, que nobleza obliga. Yo no soy de los que dicen justicia y no por mi casa; y no toJeraré que á mi apellido, á las consideraciones que tengan á mi noble alcurnia, deba nadie, ni áun mi propio hijo, una impunidad que corrompa la moral pública, comprometiendo el prestigio de la autoridad. Asi, con esa impunidad, prodigada á los criminales de las altas clases, es como la plebe les pierde el respeto, las calumnia y se desborda, afirmando. que la

severidad de la justicia sólo existe para los pobres.

Diciendo esto, volvióse á su hijo, y añadió, después de breve pausa:

— Este empeño en ocultarme tu conducta; la tristeza, el abatimiento que te dominan, revelan una conciencia poco tranquila, que empieza por el remordimiento á sufrir el primer castigo, y me prueban la gravedad de tu crimen.

Exaltábase D. Melchor á medida que hablaba, y parecia inspirado por un sublime sentimiento de severa rectitud y de justicia, intransigente con toda complacencia y tolerancia.

Acercóse más á su hijo, sin apartar de las suyas sus miradas, y continuó diciendo, con frialdad glacial y voz apagada:

— ¡No quiero saber tu delito: lo doy por sabido! ¡Un criminal no puede ser hijo mió! ¡Tú no eres Pimentel!

— ¡Padre! exclamó Manolito, arrojándose en los brazos del comendador. ¡No me rechacéis! ¡Yo no soy indigno de ser hijo vuestro! ¡Sabréis la verdad; toda la verdad; tpdaj

Y al decir estas palabras, con inexplicable acento de angustia y de afecto filial, separó sus brazos del cuello de D. Melchor, pasóse la mano por la frente, sacudiendo y echando atrás su abundante melena, y acercándose al Gobernador, sacó de cada bolsillo del gabán un frasco de cristal, envuelto en un papel impreso y á él pegado, y le dijo con firmeza, aunque con rapidez:

— Puesto que la Señora os hadado el encargo de decirme que me marche de Madrid, bien podéis, en respuesta, llevarle este otro encargo mió. Y asi diciendo, le alargó el frasco que tenia en la mano derecha, y que la primera autoridad civil de la corte tomó maquinalmente. Hecho esto, continuó diciendo en el mismo tono:

— Y dígale de mi parte, que vea de curarse con él, que su enfermedad es más crónica que la inia.

Mientras decia esto Manolito, acompañando sus palabras con ademan y mirada tan imperiosos, que dominaba al aturdido gallego, D. Melchor tomó el

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otro frasco de la mano izquierda de su hijo, y comenzó á leer el papel impreso que lo rodeaba, y que decía de esta manera:

CAPSULAS DE GOPAIBA

DEL DOCTOR B0RRELL. REMEDIO INFALIBLE PARA CURAR LAS

Cayósele el frasco de la mano al comendador, destapóse al dar en el suelo, y salieron rodando en todas direcciones las ovaladas cápsulas.

Un sudor frió inundó instantáneamente el cuerpo del noble señor; sus grises cabellos se erizaron; apretáronsele y crugieron sus dientes; desencajáronsele los ojos; sus miembros se crisparon, y sus miradas eran aterradoras; más parecian las de un espectro acusador que las de un nombre. Bajo el peso de aquella mirada terrible, el Gobernador bajó la suya, y D. Melchor, agarrando violentamente á Manolito por un brazo, salió con él del salón sin pronunciar una sola palabra. ¡ - El gallego, sin saber lo que se hacia,

ni lo que le pasaba, salió por la otra puerta, y bajó corriendo y dando traspiés la escalera, con el bastón y el sombrero en una mano, y en la otra el frasco de las cápsulas de copaiba del doctor Borrell, que^Manolito le habia entregado para la Se fio ra...

XX.

Aquella noche salieron camino de Extremadura D. Melchor y D. Manolito Pimentel, y si no miente la crónica, ambos curaron radicalmente, el uno de sus rancias ideas y preocupaciones, y desús males morales y físicos el otro.

Al dejar la corte, es fama que sacudieron el polvo de los zapatos, prometiéndose no volver á poner los piés en la coronada villa; aunque, á decir verdad, el Ermitaño de las Peñuelas, al terminar su cuento, no puede asegurar que cumplieran tan laudable propósito ; pero lo que más siente es no haber podido nunca averiguar si el fídalguiño gallego desem-r peñó fielmente la comisión que, con tanta

oportunidad , le dio Manolito Pimentel para la Señora, al terminar su borrascosa entrevista. Quizás, si aún andan rodando por esos mundos de Dios ó del Diablo ella y él, y este cuento llegara por casualidad á sus manos, podrían sacar al autor de tan penosa duda, y á fé de ermitaño honrado, que se lo agradecerla, mandándoles un ejemplar de la nueva edición, que en caso tal se apresurada á hacer, corrigiéndola y completándola con tan sustancioso apéndice.

FIN DEL CUENTO PRIMERO.

CUENTO SECxUNDO.

LA TROMPETA DEL JUICIO. I.

Allá en mis mocedades cursaba leyes en la Universidad de la calle Ancha de San Bernardo, y amores en la casa número 7 ele la calle de la Montera.

No hay para qué encarecer si se me indigestaba el Dijesto, y si me partian las Partidas, ni si no diera yo toda la Novísima Recopilación, por recopilar las sonrisas de mi hermosa Eva, que así se llamaba la hechizera que á este Adán embargaba y subyugaba todos los sentidos y potencias.

Habíanse empeñado mis buenos padres

en darme carrera, y, en efecto, yo sobrepujaba sus propósitos y esperanzas, dando carreras, y buenas, todos los dias, desde la calle Ancha de San Bernardo á la de la Montera, y de ésta á aquella, de manera que más parecía corredor que estudiante.

Dice el refrán que á quien bien quiere bonito le parece; pero si Eva me lo parecía, no era por el amor que me inspiraba, sino porque lo era real y verdaderamente, no sólo en mi sentir y á mis ojos, mas en el y á los de cuantos la miraban. Era Eva entre castaña y rubia, tenia blanco y trasparente el cutis, azules los ojos, que lucían bajo dos arqueadas cejas, de más oscuro color que la cabellera. Cuando soltaba ésta, caíale en naturales rizos hasta las corvas, y era tan abundante, que podía cubrirle todo el cuerpo. Sus lábios y su dentadura dieran envidia á la misma Venus; y sus manos de sílfide, y sus diminutos piés, ni siquiera llegó á imaginarlos tan perfectos y pulidos el gran pintor de Urbino. Y con esto, y con decir que frisaba apenas en los diez y ocho abriles, pa-

réceme que pudiera hacer aquí punto y coma, y hasta punto redondo. En fin, ella era la gala del Prado, la estrella de la calle de la Montera, y hasta del cielo pudiera serlo. Y cuenta que nada he dicho de las perfecciones de su busto, de su ebúrneo y levantado seno, de sus torneados brazos, y de sus redondeadas caderas: Fidias no encontró nunca en Milo ni en Atenas, modelo que igualara á mi Eva.

¿A mi Eva he dicho? ¡Infeliz de mí! Por mal de mis pecados, tenia, como la de la fábula paradisiaca, una serpiente por consejera...

¡Una serpiente! no, no; no era serpiente, era una tia; ¡y qué tia! Si fuera serpiente y no tia, la de la calle de la Montera, arrojara en mis brazos á Eva, como la culebra del paraíso á su víctima en los de Adán; la tia echó á la sobrina en los de un viejo verde y pelucon, dejándola á ella sin lo que una vez perdido nunca se recobra, y á mí con un palmo de narices.

Mas no anticipemos los sucesos desagradables, que harto llegan ellos, sin ser llamados ni apetecidos.

II.

Más valiera á Eva verse rodeada de todos ios dragones, serpientes y monstruos bíblicos y mitológicos, que con ser tales y tantos, fueran menos malos que aquella maestra de bellaquerías, capaz de dar quince y falta á la misma Celestina.

¡Qué tia, señor, qué tia! Era alta, tiesa, huesosa, verdinegra, greñuda, cejijunta, dentón a, orejiabierta, y con garras, que no desdeñara el diablo, y que parecían arrancadas de los velludos brazos de un corchete. Tenia arremangada nariz, redondos ojos y desvergonzado mirar: nunca vi facha más repulsiva, ni carátula que tanto escitara el deseo de cruzarla de una bofetada.

¿De qué aquelarre se había escapado aquella bruja? ¿De dónde le vino á Eva aquella tia? Al verlas juntas en la calle, fijábanse todas las miradas; en Eva, por lo bella y atractiva, en la tia, por lo repulsiva y fea. Esta causaba horror si deleitosa admiración aquella; y pasada

la primera emoción de sorpresa , ante contraste tan inaudito, que el mismo Quevedo no imaginara, brotaba espontáneo el sentimiento de la compasión en las almas, al ver tal ángel en las garras de tal diablo.

Recorrí los museos, y hasta las galerías particulares, buscando en los cuadros de Goya, el retrato de doña Melcadia Zurdilla de Zamarramalo, que nádamenos que esto se llamaba la tia; pero todas las brujas y alcahuetas del gran artista de lo picaresco me parecían honradas, y hasta santas, cuando en el magin las comparaba con aquella harpía.

Si yo no podía ver á la doña Melcadia, ella á mi ni pintado. Yo andaba siempre atisbando para ver á Eva, y atisbándome la tia para que no la viera.

Mirando yo desde la acera al balcón, y ella desde detrás de las vidrieras á la acera, cruzábamos miradas de basilisco, exclamando, sin podernos contener: — ¡Ya está ahí ese monstruo!

Para burlar la vigilancia de aquel Argos con faldas, alquilé una guardilla, que

daba frente al único balcón de la casa de Eva, y desde ella, aunque dos pisos más alta, podía contemplarla á mi sabor c uando se sentaba junto al balcón, ó á él se asomaba.

Lo que telegrafeábamos desde nuestras respectivas baterias eléctricas, es cosa indecible. ¡Quién pudiera explicar lo que nuestras miradas se dijeron! ¡Qué de besos y de abrazos bajaron de la guardilla al balcón! ¡cuántas tiernas miradas y dulces sonrisas subieron del balcón á la guardilla!

Soborné á la fámula de doña Melcadia, y fueron y vinieron billeticos, más derretidos que almíbar en verano; pero ¡ay! que atrapó uno la tía, y fuera de sí, puso á la fámula de patitas en la calle, y encerró á Eva, ó lo que es lo mismo, atrancó la puerta del balcón, y echó las persianas, con lo que ellas quedaron á oscuras, y yo sin luz, aunque con la ventana de la guardilla abierta de par en par.

Era yo aficionado á la música, y por demás al cornetín de pistón, con el que solia lucirme en la orquesta del teatro de,

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Variedades, tocando solos, que hacían las delicias del público de las once de la noche; y para consolar á la cautiva Eva, recordarle mi presencia en la guardilla, y que en ella sólo pensaba, recurrí al cornetín, con cuyos agudos y penetrantes sonidos trasmitía hasta su encierro la patética expresión del tierno afecto que me inspiraba.

Tal debía ser el fuego de la pasión expresada con los sonidos de mi cornetín, tal el sentimiento de su metálica voz, ya meliflua, ya patética, aunque siempre vibrante, que la gente se paraba en la acera á escuchar mis solos, como retenida y subyugada por una magia desconocida y misteriosa.

III.

Al tercero día, cansado de expresar mi pena á trompetazos, arrastrado por la pasión que me devoraba, y atraído por la fatalidad del destino, hice provisión de coraje, y bajando de cuatro en cuatro los peldaños de mi escalera, atravesé la calle

CUSNTOS CORTESANOS.

y subí hasta la puerta, tras la cual lloraba acaso mi adorado tormento. Ya tenia en la mano el cordón de la campanilla, cuando me pareció oir voces y gemidos, que dejaron mi ánimo suspenso. Presté atención, y oí, en efecto, la voz desapacible y bronca de la tia Zamarramalo, que decia á gritos:

— No te he criado yo con tanto mimo y regalo para ese mozalbete zarramplín, pelafustran, que no tiene donde caerse muerto; musiquillo de la murga, aprendiz de saca muelas ó de escribano, que es lo mismo. Para fines más altos te guardo yo...

Tan descompasadas eran las voces de doña Melcadia, que, á pesar de no hablar junto á la puerta, no perdí palabra de su requisitoria contra mi humilde persona; mas después de breve pausa, cambiando de tono y en voz más baja, que me obligó para comprenderla á aplicar la oreja al agujero de la cerradura, continuó diciendo:

— Tan prendado de ti está su Excelencia, que mira los dijes que te envia. ¡Qué

collar! Pues esta pulsera no la desdeñara una princesa. ¿Y la sortija? Mira, mírala. Dame tu manecita, que te la ponga. Si parece que ha sido hecha para este dedo. Y cuando se nos entra la fortuna por la puerta, tan de rondón, ¿habíamos de ser tan estúpidas, que la echáramos por la ventana? Anda, tontuela, que ya verás cuántas se mueren de envidia cuando te vean repantigada en tu carroza, paseando en el Prado, entre las señoras más pintiparadas, y de más alto copete...

Embargó mi ánimo de tal modo lo que oia, y que me parecía tener más de fantástico sueño que de realidad, que no sentí los pasos de un hombre que subia lentamente la escalera, dejándome apenas el tiempo preciso para enderezarme, y dar algunos pasos en el descanso, cual si bajara del segundo piso. Cruzáronse nuestras miradas y nos rozamos, él subiendo y yo bajando; pero cuando llegó al descanso del cuarto principal, ambos nos paramos, nos volvimos y nos miramos frente á frente, y confieso que su mirada de ave de rapiña, hizo al fin bajar la mía. Él tiró

del cordón de la campanilla del cuarto en que Eva vivía, y yo salí á la calle, con la cabeza hecha un volcan, confuso, irresoluto y sin darme cuenta de lo que me pasaba, ni áun de mí mismo.

IV.

¿Quién era aquel hombre? Pues era nada menos que un famoso Chiquin, aunque sólo tenia de tal el apellido ó mote, porque nunca supe si lo llamaban Chiquin por lo ruin de sus pensamientos y acciones, ó porque tal fuese el nombre que de sus padres recibiera. El tal Chiquin era un tio alto y seco, no menos chato que dona Melcadia, á la que se parecía como un huevo á otro, lo que me excusa dé bosquejar su retrato. Pájaro de peor agüero no podia entrar en casa de Eva. Pero él no era el Excelencia de los regalos, con que pocos momentos antes trataba la Zamarramalo de seducir á la sobrina, porque aún no habia pasado de Usía, ni llegó á pasar nunca. Mas si él no era el seductor, ¿qué venia á hacer allí? Cual llama

abrasadora cruzó por mi mente la intuición de la verdad. Chiquin era el tercero, si doña Melcadia la tercera. El policiaco jugaba la partida por cuenta del viejo verde, del pelucon andaluz, del espadón, que dictaba la ley á España, y que galleaba en Madrid, convirtiendo á las lindas polluelas en gallinas de su corral.

Estos pensamientos y suposiciones absorbieron mi caletre,, mientras que maquinalmente atravesé la calle, subí á mí guardilla, y me asomé á la ventana, desde donde vi salir al picaro chato, que subió la calle, en la dirección de la Red de San Luis.

No habían pasado diez minutos, cuando le vi volver, acompañado y seguido de algunos hombres de siniestra catadura, que me parecieron ser de la ronda de capa, como llamaban entonces á la policía secreta: pero como delante de ellos bajaba, por la misma acera, un señor grueso, y ya machucho, aunque todavía retijante, á quien saludaban respetuosamente algunos transeúntes, reconocí en él al Excelencia de los regalos, y le seguí

con la vista hasta el número 7, por cuya puerta entró sin vacilar, y en la que quedaron de centinelas Chiquin y sus adláteres.

En ménos de un minuto di diez vueltas por mi cuarto buscando un arma, como si no supiera que no la tenia. Estaba fuera de mí, desencajado, loco; frió sudor inundaba todo mi cuerpo, y creo, que, si como sólo estaba sobre la mesa el cornetín, hubiera un cuchillo, me lo clavara en el corazón. Maquinalmente cogí el instrumento con que antes habia hecho llegar á los oidos de la encerrada Eva, la expresión de mi amor, y del sentimiento que me causaba el verla cautiva, y pasando con rapidez la mano por la frente, eché atrás la desordenada melena, llevé á los labios el cornetín, páseme delante de la abierta ventana, aunque no tanto que pudieran verme desde la acera de enfrente, y toqué botasillas;... después la carga, durante cuatro ó cinco minutos, y al cabo de otros tantos, la marcha real.

Solazóme aquel pueril desahogo de mi impotente rabia; y para desechar los som-

CUENTOS CORTEJANOS. 9£> _V_

bríos pensamientos que me atormentaban, me fui á dar un paseo por el Retiro, sin volver la cara á ver si aún estaban de plantones en la puerta de Eva, Chiquin y sus esbirros.

Lo apacible de la tarde, lo solitario del sitio, la frescura del ambiente, y los dilatados horizontes que al norte y al sur de aquellas frondosas alamedas se descubren, ejercieron la más benéfica y saludable influencia en mi agitado espíritu. Esparcióse mi ánimo, palpitó mi corazón con menos violencia, y pude darme cuenta de lo que por mí habia pasado y de lo que habia hecho: pero ¿qué debía hacer?

Todos los proyectos que fragüé, hice y deshice en mi acalorada mente, se estrellaban en esta amarga exclamación: ¡qué desgraciados nacen los pobres!

¡Qué podía hacer yo, infeliz de mí, contra enemigos tan poderosos, que reunían, para llevar á cabo la seducción de una pobre niña, poder y riquezas! ¡Ah,

dinero, dinero! coraza de la virtud, si espada que la amenaza; fuerza material, que el desfallecido ánimo levantas; que si perviertes y corrompes, si eres móvil de tantas malas acciones, eres instrumento indispensable para tantas buenas: dinero, sin el que, según el manco de Lepanto, es tan difícil ser honrado! ¡Por tí era victima Eva de la lascivia de un viejo corrompido; y sin tí no podía yo llevar á cabo ninguno de los planes que fraguaba mi exaltada imaginación, para salvar á aquella hechizera doncella de las garras del seductor y de sus cómplices! La única arma ofensiva de que podía disponer era el cornetín de pistón; y, pues que otra no tengo, exclamaba fuera de mí, ya que no puedo remediar el mal, me vengaré á trompetazos.

No sé qué misteriosa intuición, qué presentimiento profundo é inexplicable, me hacia entrever en aquel chillón y desapacible instrumento, un arma terrible, una espada vengadora, una esperanza, tras la que vislumbraba un mágico porvenir, envuelto en nubes de zafir y oro...

CUENTOS «JORTESANUS.

«Resuene mi cornetín en medio de la lúbrica orgia de vuestro sucio contubernio, y desplómense sobre vosotros las paredes de la casa número 7 de la calle de la Montera, como cayeron los muros de Jericó sobre los samitas, al estrépito de las trompetas de los hijos de Israel! ¡$ardanápalo, bárbaro Nabucodonosor con peluca, tú oirás el cornetín, que convertirá tu dicha en amargura, tu engreida soberbia en cálida ceniza, y sus vibrantes sonidos resonarán en el corazón de tu víctima, cual la dulce voz de la esperanza, eco consolador de la justicia, vengadora del crimen, y en el tuyo, cual los estridentes, aterradores y terroríficos sonidos de la trompeta del juicio final!»

VI.

Mientras me devanaba los sesos en estas y otras elucubraciones, no más razonables, ó acaso menos, que no todo lo que se piensa lo dicta la razón, ni es para dicho, aunque sea en un cuento, la fama de mi cornetín corría calles y- plazuelas,

y yo, héroe incógnito, era objeto de todas las conversaciones en tabernas y casinos, en [c ai es, salones y tiendas. Todo Madrid se ocupaba de la trompeta de la calle de la Montera, y del desconocido trompetero, que triste y solitario, corría más que pascaba en el Retiro, desde el estanque grande hasta el Observatorio : y la cosa fué de esta manera.

Acostumbraban los bolsistas á reunirse por la tarde en la esquina de la calle de la Montera y Puerta del Sol, y alli, liabia una treintena de ellos, discutiendo las mentiras políticas del dia, la baja de los fondos y la subida de las primas, cuando el hombre del pelucon, seguido de Chiquin y de sus esbirros, bajaba por la misma acera. Viéronle algunos, que llamaron la atención de los otros, y todos teman Ajas en él las miradas en el momento en que entró en casa de Eva, y el chato largo, con su gentecilla, se quedaba á la puerta. La sorpresa fué general entre- ellos. ¡Don Román, á estas horas y en este sitio! ¿A qué irá á esa casa? — La imágen de la hermosa Eva, de todos conocida, brotó ins-.

tantáneamente en aquellas maliciosas y perspicaces imaginaciones, al lado de la del hombre del pelucon, y las miradas que se cruzaron entre ellos, y las sonrisas que las acompañaron , revelaban sus pensamientos. Todos se adivinaron y comprendieron; pero apenas habían tenido tiempo de rehacerse y soltar la sin hueso, todas las miradas se fijaron en la ventana de mi guardilla, en la que, con estridentes sonidos, resonaba, primero el toque de botasillas, luego la carga, y después la marcha real. Todos adivinaron ó creyeron adivinar la intención y el objeto de aquellas sonatas intempestivas, y unos las aplaudieron, otros lanzaron agudas exclamaciones, estos rieron á carcajadas, y aún duraba el bullicio, cuando vieron salir á Don Román, rubicundo y con los ojos encendidos, y bajar por la acera, que ellos dejaron libre, descubriéndose muchos, y saludándole respetuosamente; saludos que él devolvió, aunque, con .gesto' desabrido, y como de mala gana. !

Dejo á la consideración del lector ;los¡ comentarios y la chacota que siguieran á

loo

aquellas escenas, y el pensar corno abultándose los hechos al pasar de boca en boca, corrieron exagerados aquella tarde y noche por la coronada villa.

Lejos estaba yo de imaginar el efecto que las marciales sonatas de mi cornetín habian producido en el ánimo de las personas á quienes iban dirigidas; pero andando el tiempo lo supe, y por cierto que á saberlo aquella tarde, se cambiaran mi aflicción en regocijo, en satisfacción y esperanza mi desesperación.

Tia y sobrina habian recibido en la puerta de la sala al viejo seductor: la vieja bruja deshecha en cumplimientos y agasajos, la hermosa Eva, entre confusa y curiosa. ,

Nunca habia visto él tan de cerca aquel prodigio de juventud, de gracia y de belleza, asi fué que al encontrarse con ella, cara á cara y mano á mano, se te fué el santo al cielo, como suele decirse, quedando estático y subyugado, bajo la

magnética influencia de aquel par de ojos, que despedían más electricidad que dos pilas de Volta.

Tan conmovido estaba el viejo gallo, que no acertó á decir palabra, hasta que, pasados algunos instantes, la tia le invitó á sentarse en el sofá, y él, con expresivo ademan, á la muchacha, para que tomara asiento á su lado. Ella miró á la tia, y ésta, con la mirada y él gesto, le ordenó la obediencia á la invitación del galán, retirándose, por no decir escabulléndose, y cerrando la puerta, mientras la niña se sentaba; pero al verse sola junto á aquel hombre, quiso levantarse y no pudo, porque él, echándole una mano por el talle, y cogiendo una de ella con la otra, la retuvo y se la atrajo, diciéndole con voz que aspiraba á ser cariñosa: — No temas nada, hija mia; y esto diciendo, llevó á los' Libios la blanca y linda mano de Eva, que, entretanto, no levantaba la vista del suelo, y tenia el rostro encarnado como una amapola.

El seductor, sin soltar la blanca mano, la contemplaba diciendo, como si habla-

ios

CIENTOS CORTESANOS.

ra consigo mismo:— ¡Es un prodigio, nunca vi belleza semejante!

Mientras esto decia, viendo sobre un velador, que inmediato al sofá estaba, los abiertos estuches, con las alhajas que él habia mandado aquella mañana misma, alargó el brazo, y sacando de uno de ellos una sortija, se la puso á Eva en el dedo anular de la mano derecha, que nunca habia soltado, estampando en ella muchos y ardientes besos. Mas en aquel momento, se oyeron los primeros sonidos de mi cornetín, que tocaba botasillas, y Eva, cual movida por un resorte eléctrico, y sobrecogida de un temblor nervioso, retiró con violencia la mano, que el viejo verde acariciaba, púsose en pié, colocóse al otro lado del velador, sacó del dedo el anillo, lo arrojó sobre la mesa, y trémula, pálida y erguida, dijo al viejo verde, que también se habia levantado:

— ¡Caballero; á V. le han engañado: yo no soy loque V. imagina. No soy yo, es mi tia quien ha recibido esas alhajas, de ella puede cobrar el precio!...

La tia, que estaba al acecho, entró de

CUENTOS CORTESANOS. 108

repente, hecha una furia , y exclamó: — ¡Esta loca me pierde! y dio algunos pasos hacia ella, con ademan amenazador.

Interpúsose el héroe de la fiesta, y, ocultando mal su despecho, detuvo á la Zamarramalo, diciéndole con acento entre severo y agridulce:

— La niña no tiéne la culpa: hágame favor de retirarse, que estos son asuntos nuestros, y señalaba á Eva, al decir esto.

Salió la ti a, mas no sin lanzar una mirada de basilisco á la sobrina, que se habia dejado caer en una silla, echándose á llorar.

Habíase repuesto de la sorpresa el veterano conquistador, y seguro de que la presa no podia escapar de sus garras, y no queriendo comprometer con un brusco ataque el éxito de la campaña, tocó retirada, diciendo, con acento paternal y de protección, á la afligida joven:

—Serénate, niña, y no temas nada de mi. No soy yo quien se ha equivocado, eres tú, creyéndome capaz de hacerte una villanía. En mí tendrás un amigo y un

104 CUENTQ'S CORTkSANO».

protector, que se interesa en tu suerte, y que velará por tu porvenir...

A medida que hablaba era más bonachona la expresión de su trabajada fisonomía, y al terminar, mirándola risueñamente, le dió unas palmaditas en la mejilla, tomóle una mano, y añadió sonriendo:

— Vaya, separémonos buenos amigos, y yo confío en que todavía rne has de tener mucho más cariño del que piensas. Y en diciendo esto, besóle tiernamente la mano, y se retiró, dejando á Eva sentada, con los ojos bajos, los brazos caídos, el corazón palpitante, y la mente absorta en los sonidos de mi trompeta, que tocaba la marcha real. Mas apenas salió de la sala el derrotado general, que se fué haciendo de tripas corazón, Eva corrió á abrir las puertas vidrieras del balcón, y ya lo estaban, cuando fué violentamente arrojada atrás por Doña Melcadia, que cerrándolas, se puso de espaldas contra ellas, y extendiendo los brazos, entre afligida y desesperada, dijo á la pobre Eva:

—¡Pícara! tú has de ser mi perdición!

]Eres indigna de la suerte que la fortuna te depara! ¡Cuántas envidian lo que tú desprecias! ¿Te parece que se encuentra así como quiera, ai revolver de cada esquina, un amigo, un protector como este caballero, generoso, noble, y que es el hombre más poderoso de España?

— Ya he dicho á V. otras veces, replicó Eva, que si soy poco para esposa de ese señor, soy mucho para ser su dama.

Doña Melcadia, ya más serena, se sentó en el sofá, hizo sentarse á su lado á Eva, y le respondió de esta manera:

— Eso lo has aprendido en una comedia vieja; pero es una pamplina, que no se ve más que en las comedias. Sabe, tontuela, que ahora y siempre, la dama de un gran señor, es mejor mirada y recibida en la sociedad, que la mujer de un pobre pelagatos. Los hijos adulterinos de los grandes señores, son nobles y grandes como sus padres; y si no los heredan, lo que algunas veces sucede, reciben de ellos títulos, honores y empleos, y representan en la corte y en la política los principales papeles. Entre las familias de la alta aris-

106 CUiCNTOS CORTESANOS.

tocracia, de los poderosos, de los reyes y de los príncipes, no es deshonra el amancebamiento, ni el adulterio, como entre la gentecilla de poco más ó menos. Casi todos los fundadores de las llamadas casas grandes de España, fueron bastardos de principes, de reyes, de cardenales y de otros altos dignatarios. ¿No te acuerdas de la historia del hijo de la Calderona, que leíamos la otra noche? ¿Y quién fué la Calderona? una pobre cómica, que tuvo la dicha de tener por amante á Felipe IV, hombre casado, y cuyo hijo putativo, fué principe, grande de España, ministro, general y almirante, sin que nadie viera en su origen adulterino, ni para él ni para su madre, causa de menosprecio; mientras que si la Calderona lo hubiera de un cómico, por más hijo legítimo que fuese, viéranse madre é hijo despreciados por los encopetados personajes, por las aristocráticas damas y príncipes, que se inclinaban tan respetuosa y humildemente, adulándola á ella, y obedeciendo sumisos al hijo de los ilícitos amoríos de la cómica y del Rey. ¿Pero qué digo la gente no-

ble? Los pobres también lo despreciaran, y tuvieran en poco al hijo legítimo de un cómico, mientras aclamaban y victoreaban, al grande, al poderoso Don Juan de Austria, sin parar mientes en su origen y bastardía. Ya lo ves, hija mía; hay más honra y provecho, en ser la dama de un alto personaje, que la esposa de cualquier mete sillas y saca muertos. Pues esto no ha pasado y pasa solamente en España, sino en todos los países del mundo: es costumbre universal, y sabido es que la costumbre hace ley, y aun suele tener más arraigo y eficacia, y ser más tenida en cuenta, que las leyes escritas.

¿Qué podia imaginar ni responder la sobrina á tales argumentos, apoyados en hechos de histórica notoriedad, que con destreza, que no desdeñara un abogado criminalista, le habia expuesto aquella endiablada bruja, que según parece, sabia más que el diablo? Eva nada replicó, y la tia, más astuta que la serpiente del Paraíso, la hizo vestirse con las mejores galas que tenia*, la aderezó con los pendientes, brazaletes y sortija, que habían quedado

sobre la mesa; la hizo mirarse y remirarse al espejo, celebró todos y cada uno de los encantos de su cuerpo, y se la llevó á dar un paseo por el Prado, que es como si dijéramos á colear.

VIII.

Ignoraba yo cuanto había pasado, y lo que se decia de mi hazaña, porque desde el Retiro volví á casa y me encerré en mi cuarto, sin hablar con nadie. A pesar del cansancio no pude dormir en toda la no- <*he, y ya clareaba el cielo, cuando la fatiga cerró mis párpados.

Despertóme muy entrado el dia, y me colé á las vidrieras de la ventana, atisbando al balcón de Eva, si no con la esperanza de verla, creyendo al ménos que podría descubrir algún indicio que me Indicara lo que era de ella, y lo que debia hacer; pero nada vi ni descubrí, ni siquiera paré mientes en el tiempo que pasé inmóvil y con el rostro pegado á los cristales. Sólo sé, que de aquel estado me sacó la vista del hombre funesto, perturbador de mi dicha; y que, cual movido por un re-

CUENTOS CORTESANOS» 109

sorte, abrí la ventana, y al verle entrar en casa de Eva, empuñé el cornetín y toqué botasillas...

Aún daba violentos resoplidos en el instrumento, cuando una nervuda mano me apretó el cogote, y otras dos, que parecían de hierro, asían mis brazos.

Eran Chiquin y sus corchetes, que con llave falsa habían abierto la puerta de mi cuarto, que daba á ia escalera, sin que yo los oyera, aturdido por los agudos sonidos del cornetín. Al verme cogido por ei pescuezo, di una coz, con tanta violencia, que Chiquin, á quien la opresora garra pertenecía, soltóme y la llevó al sitio donde recibió la patada, lanzando un horrible juramento, que debió oírse hasta en la calle. Yo perdí el equilibrio y caí de bruces, acogotado por aquellos rufianes, que se despacharon á su gusto, moliéndome á golpes y puntapiés.

Como yo no me daba por vencido, y me revolvía y gritaba, me amarraron los brazos, codo con codo, y las piernas por los tobillos. Sin dejar de llenarme de improperios, y de los más groseros insultos,

me pusieron en pió, quitáronme las ligaduras de las piernas, y me hicieron bajar la escalera á empellones, con brutalidad tan grande, que á no ir delante dos de ellos, rodara hasta el último peldaño.

Dolíanme los golpes recibidos, y no menos los brazos, sujetos por detrás con una cuerda tan cerrada, que las manos se me hincharon de manera, que parecia iba á escaparse la sangre de las venas. En este estado llegamos á la calle ; aquellos desalmados, sobrexcitados, y con ademanes feroces, y yo hecho un ecce homo, con la ropa y el cabello en desorden, los ojos desencajados, y rechinando los dientes..

Habíase agrupado la gente en la puerta; todos los horteras estaban en las aceras, y los balcones llenos de mujeres, menos el de Eva, que permaneció cerrado. Yo seguía gritando, insultando á mis verdugos, llamándoles malhechores y asesinos. Ellos, sujetándome por los brazos y empujándome, se abrieron rápidamente paso por entre la atónita multitud, y de este modo dieron conmigo en el Saladero.

CUENTOS CORTE6 ANOtí.

ílt

Dijo Chiquin algunas palabras al oido del alcaide, y sin mirarme siquiera se fué seguido de sus seides,

IX.

Habia sobre un pupitre, al q ue me hicieron acercar, un libro grande y sucio, que servia de registro. Preguntáronme mis nombres y los de mis padres: dije aquellos y los inscribieron, pero me negué á decir estos. Parecíame que caería sobre los autores de mis dias una mancha indeleble, si sus nombres figuraban entre los de los ladrones y asesinos, que llenaban aquellas páginas inmundas; y el alcaide, que tenia lajacha de entre pincho de garito y torero, y que así parecía dispuesto para un barrido como para un fregado, me dijo, poniendo la mano sobre el libro: — Sepa el mozo que en este libro figuran los nombres de los más altos personajes de España, y que asi se sale del Saladero para arrastrar cadena en el presidio, como para ser ministro. A más de uno le ha servido el mérito de ser huésped involuntario de esta casa, de ocasión

i 12

para subir al poder, y hasta para recibir títulos. Sólo que, aquí como en el mundo, todo anda mezclado y revuelto; el vicio y la virtud, lo noble y lo abyecto, lo débil y lo fuerte, el deshonor y la honra. En esta casa de poco trigo, lo mismo que fuera de ella, cada quisque vive, no según sus méritos, sino según sus medios; que hombre hay aquí, sumergido en fétida mazmorra, rodeado de malhechores, que es digno de ser venerado en los altares, mientras otros, á quienes espera la cadena perpétua en Melilla, y que merecen la horca, viven en cómodo, aposento, servidos á qué quieres boca, y rodeados de tantas comodidades como pudieran tener en sus casas. Estos reciben todo el dia á sus parientes y amigos, comen y beben de lo mejor que hay en Madrid, en tanto que aquellos sólo pueden ver á sus allegados al través de una espesa reja, y no comen carne más que el dia en que les dan lentejas de rancho, porque están llenas de gusanos...

No sé cuándo el verídico y filosófico discurso de aquel alcaide nunca visto, hu-

biera concluido, si no viniera á llamarle apresuradamente un llavero. Habíale yo escuchado atentamente, todo sobrecogido y maravillado de oir en tal boca tales razonamientos, hasta el punto de olvidarme del lugar en que estaba, y de mi lastimoso estado.

El llavero recibió del alcaide la orden de llevarme al encierro número 12, y le seguí sin decir palabra. Abrióse ante nosotros una pesada reja de hierro, y'entramos en un largo corredor, á cuyo extremo habia una mesita, sobre la que puso el carcelero el farol que llevaba y las llaves, y me registró de piés á cabeza, sin la menor ceremonia.

Fdrmaba allí ángulo el corredor, y seguimos por él hasta llegar al calabozo que me destinaban. Abrió la puerta el llavero, y vi una estrecha pieza, en cuyo fondo habia un poyete: y apenas estuve dentro, él cerró la puerta con llave y cerrojo, dejándome sumido en profunda oscuridad. No habia dos minutos que estaba encerrado, cuando sentí que todo el cuerpo me picaba, y era una legión de pulgas,

como nunca se vieron más que en aquella casa de la justicia, en la que, según con tanta gracia confesaba el alcaide, los involuntarios huéspedes estaban aposentados, no según sus méritos, sino sus medios é influencia, ni más ni menos que en la sociedad.

¡Ay, y cuántas maldiciones eché entonces al picaro del cornetín, acusándolo de autor de mi desgracia!

Tantas y tan voraces eran las pulgas, y de tal manera saltaban y se escabullían dentro de los pantalones y de las medias, y hasta de la camisa, que me devoraban, pareciéndome que tenia sarna: hubiera querido ser todo unas para rascarme, y áun así, temo que escapara mal de las garras de aquellos feroces enemigos. No había leido yo nunca que las pulgas mataran á nadie; pero declaro que llegué á temer ser devorado por ellas... Sin exageración, las cogia á tientas y las espachurraba á puñados; ¡tantas debian ser las malditas!

Corría desatentado de un lado á otro del estrecho calabozo, dándome coscor-

rones contra, las paredes, hasta que por último me encaramé en el poyete, y á voces pedí socorro contra las pulgas. Llegó en esto el llavero, y abriendo con estrépito la puerta, puso dentro del cuarto, aunque sin entrar, un cántaro de agua, y ya iba á encerrarme, cuando le detuve, preguntándole si allí no había ni luz, ni cama, ni cena.

— Aquí hay todo lo que V. quiera, con tal que empiece por dar dinero para que se lo traigan. En cuanto á comer, si no tiene quien le mande de fuera, mañana á las once le darán rancho.

— ¿Cómo que aquí no hay nada, exclamé, si me están devorando millones de pulgas como caballos?

— Consuélese, me replicó, con que no tardarán en llegar las ratas. Y así diciendo, cerró la puerta y se fué gruñendo no sé que soeces palabrotas.

¡Más me valdrá no recordar lo que me pasó por dentro y por fuera, en aquellas horas de angustia, de amargura y desconsuelo!

Distraeréme de tan negros recuerdos refiriendo lo que pasó en la calle de la Montera, después que me llevaron al Saladero, rodeado y seguido de curiosos.

Quedó la calle alarmada, llena de corrillos; todo era conversaciones de balcón á balcón, y comentarios del suceso. Desde una acera miraban los grupos la ventana de mi guardilla, desde la otra el cerrado balcón de Eva, y los transeúntes aumentaban los grupos, deteniéndose para saber la causa de aquel alboroto.

En el café de la Esmeralda, en el del pasaje de Murga, y hasta en el de San José, no se hablaba más que de mi aventura.

—Es un ladrón, sorprendido infraganli, decia un tio, á quien podria aplicarse, según su facha, el epíteto que me daba, menos en lo de cogido infraganti, porque él aún andaba suelto.

—Si; no tienes tú mal ladrón, replicaba un redactor de El Heraldo] el preso es un corneta de caballería, de la disuelta mili-

cia nacional, pagado por los trastornadores del orden, para alborotar la villa.

— Claro; decia, afectando indignación, un alto funcionario: ¡el oro inglés!

— Por eso, anadia otro, han encontrado muchas monedas de oro en los bolsillos del preso, según me aseguraba uno de los de la policia.

—¡Sí, eh! exclamaba un vecino; pues entonces es mentira: si los de la ronda tropezaran con esas monedas que dice, ni ellas volvieran á ver el sol, ni ellos dijeran esta boca es mia.

— Pues á mí no me la pegan: aquí hay gato encerrado, y esto huele á conspiración, á bullanga y tremolina.

Corría á la sazón un perro; los chicuelos dieron gritando tras él, y corrió la gente á derecha é izquierda. Cerráronse estrepitosamente muchas puertas, los horteras descolgaban aturullados los atalages de las tiendas, y un chusco mal intencionado, que debia estar en el secreto, azuzaba á la atribulada gente, gritando con voz atronadora :— ¡ Ya se armó la gorda!

Chiquin, con muchos garfios de la ronda, llegaba en esto á toda prisa de vuelta del Saladero, y la vista de sus caras siniestras y patibularias, bastó á refrenar los ademanes desordenados y demasiado expresivos de los unos, y á retener en los labios de los otros las palabras y descompasadas voces, que se trasfor marón en apagados murmullos. Muchos, que estaban parados, echaron á andar, haciendo la desecha; los grupos fueron aclarándose y disolviéndose poco á poco, y varios individuos de los que los formaban se acercaron á Chiquin, con muestras de respeto y descubriéndose, mostrando así ser agentes suyos. Los guindillas, y algunas parejas de la guardia civil, que aparecieron por las bocacalles, contribuyeron á que la de la Montera recobrase su aspecto normal.

Durante toda esta zaragata, el corro de los bolsistas se deshizo y volvió á rehacerse varias veces: unos iban á caza de noticias y no volvían; otros las traían estupendas; y aunque todos habian adivinado el secreto, tales fueron las mentiras

CUENTOS CORTESANOS. 119

que entre ellos circularon, que temerosos de que el alboroto degenerara en revuelta, hicieron dar á los fondos públicos un gran bajón. Las primas, sobre todo, sufrieron los efectos del pánico, bajando tanto, que á tener voz las buenas señoras, pusieran el grito en el cielo, y las pobres tardaron un mes en reponerse, volviendo del susto y á las andadas.

XI.

Los bolsistas, y atrás personas, sabiendo que el hombre de la peluca aún estaba en casa de Eva, que es como si dijéramos el gavilán en el nido de la paloma, esperaban el desenlace, y en efecto, un coche llegó a poco rato, y paró delante de la puerta del número 7, despejada ya de curiosos, pero, llena de policia, y el picaro del viejo peí ucon, salió rápidamente, montó en él, y los caballos arrastraron el vehículo al galope, hacia la puerta del Sol.

— ¡Qué escándalo!) decía un viejo liberal á un su amigo, al ver pasar repantigado

CUENTOS C O II T E S A N O S .

en su coche al viejo verde. ¡España está perdida; mira, mira al tirano!

— ¿Y quién es él? exclamaba curioso el interlocutor, calándose las antiparras.

— Preguntaras quién es ella y estarías más en lo cierto.

— ¿Y quién es esa hija de Eva? volvió á preguntar el amigo.

—No es hija, sino Eva en persona, respondía el otro.

— ¿La víctima de La serpiente del paraíso?....

— Está visto, este es un país perdido. Los que debían dar el ejemplo, y ser modelo de todas las virtudes, aunque no fuera más que porque desde el alto puesto que ocupan son vistos por la nación entera, que tiene fijas en ellos sus miradas, y á la que deben consideración y respeto, son los corruptores de las costumbres, los primeros en escandalizar el mundo con el repugnante espectáculo de su cínica depravación. El poder no es para ellos más que un medio de satisfacer sus bajas pasiones y torpes vicios.

Acercóse á estos ociosos de la Puerta.

del Sol un joven periodista, y saludándoles familiarmente, les dijo, dándose importancia.

— ¿Con que mañana tendremos interpelación en las Cortes?

— ¿Sobre qué? preguntó el viejo patriota.

— ¿Sobre qué puede ser? sobre la trompeta del juicio. Ya he endilgado yo, para el número de mañana, media docena de gacetillas, que arden en un candil, y que levantarán ampollas.

— Esta es una jaula de locos, dijo entre dientes el que nada sabia.

— ¿Con que VV. no saben nada por lo visto? añadió el publicista.

— Eso quisiera yo, no saber; porque lo que sé me hace hervir la sangre y me la pudre en el cuerpo, dijo con reconcentrado acento el irritable progresista.

— A ver si acaban V V. de explicarse, señores, que este embrollado belén pasa ya de castaño oscuro.

— Pues bien, dijo el periodista, la verdad verdadera, tal y como la dirá mañana mi periódico, es esta. Averiguando la

Í22 CUENTOS CORTESANOS.

querida del viejo general, que éste dormía la siesta en casa de Eva, ha mandado un trompeta de caballería, disfrazado de paisano, para que tocándole la carga en el cuarto inmediato, no les deje dormir; y lo gracioso del caso es, que el bravo espadón, asustado, creyendo que aquella trompeta era la de la revolución, echó mano á las pistolas, y en paños menores salió al balcón, dando la voz de alarma, mientras Chiquin, que estaba en la puerta, echaba el guante al corneta. Este ha resistido; pero gravemente herido, ha sido preso y llevado al hospital.

— ¡Y todo por tocar la trompeta!

— jQué país, qué paisage, y qué paisanage!

— ^Esta es la tierra clásica de la arbitrariedad!

Llegó en esto- al corro, todo azorado, otro amigo, y con voz opaca y convulsa,

— ¡Señores, hay noticias graves,, gravísimas! y las traigo frescas, ó por decirlo mejor, calentitas.

— ¿Pues qué hay?

— ¡Crisis ministerial! La Reina acaba de llamar á Narvaez á palacio. Yo mismo, yo, con estos ojos que ha de comer la tierra, le he visto entrar. Y no ha subido por la escalera principal, sino por la de los principes. ¡Vean VV. si esto es grave!

— ¿Y qué motiva la crisis?

—¡Cómo! ¿Es posible? ¿VV. no lo saben? Esa e boa, como diria un portugués. Pues oigan VV. la verdad. Yo lo sé de buena tinta, como que bebo en buenas fuentes. El maridillo de una alta Señora, anda á picos pardos por aquí cerca, en la calle de la Montera, con una chica rubia, de rechupete: la Señora lo ha descubierto, y se ha empeñado en atrapar infraganti al maridillo infiel, en criminal conversación, como diria un inglés: D. Román, que es muy zorro, para evitar el escándalo, ofreció á la dama hacer él mismo el arresto, con el propósito de no hacerlo, sino de prevenir al que debia arrestar, anunciándole su llegada con un toque de cometa convenido. Asi él cumplía con la Señora, el pájaro volaba, y se evi-

taba ei escándalo. Esto explica, claro como el agua, el toque de la trompeta, y la presencia del general en la casa consabida.

—¿Pero cómo puede ser eso, cuando el mismo general ha hecho prender en el acto al trompeta, y llevarle al Saladero?

—No, al hospital, y mal herido, es á donde le han llevado, dijo el viejo patriota.

—¿Pero, cómo no ve V. que todo eso son papeles, para dar el cambiazo á la Señora? El general es cuco muy Ano, y no quiere indisponerse ni con ella, ni con el marido. A éste le avisó, y á ella le dice que ha preso al que, tocando la trompeta, previno al culpable para que pudiera huir el bulto. ¡Es muy sagaz este hombre! ¡Qué gran politico!

—Pues señores, francamente, esa historia me parece un cuento mal fraguado. ¿Qué le importa á ella que el marido ande á picos pardos ó negros, cuando ella anda á picas blancas y rojas?

—¡Qué candido es V.! ¿Piensa que yo me mamo el dedo? Cierto que á ella no le

CUKNTOS CORTESANOS.

importa un comino que él haga de su capa un sayo ó una criba, que á todo dicen que hace, pero busca un escándalo mayúsculo por cuenta de él, que excuse, ya que no justifique los de ella.

— ¿Sabe V. que habla como un libro? Me parece que ha dado en el quid. — A la verdad, la cosa parece probable. .. — Pues á mí no me lo parece; antes creo que el viejo pelucon, es muy hombre para ir á caza por su cuenta. ¿Acaso ignora nadie que ese viejo verde lleva media docena al retortero, y que como á gallo viejo, le gustan las pollitas tiernas? —¡Calle, bien pudiera ser! —Pero señores, seamos razonables, y raciocinemos con juicio.

¿No comprenden VV. que él tiene demasiado seso para dar tal escándalo en medio de Madrid, á las cuatro de la tarde? ¿Qué necesidad ha de tener de ir á caza, teniendo tantos tiradores que le traigan las piezas, y se las. sirvan asaditas y condimentadas? El ir así á correr las aventuras, es bueno para calaveras de veinte años, pero no para gallos con es-

polonés como ese. Además; ¿de tal manera había de faltar á todas las conveniencias y consideraciones sociales?

Engrosó entretanto el grupo otro personaje, que al oir esto, tomó la palabra y

—En corroboración de lo que acabo de oir, puedo asegurar, que en el piso segundo de la casa, en cuyo principal vive Eva, hay un coronel retirado, antiguo amigo y compañero de armas del general, que está enfermo, y al que éste ha hecho una visita; pero como esa guapa moza, que tanto da que hablar, es vecina, las malas lenguas, y la fama de mujeriego que él tiene, han provocado las hablillas y el escándalo.

— ¿Y la trompeta, tocando botasillas, carga y marcha real?... Eso tiene mucho intríngulis, y no poca malicia.

— Pues á mi ver no tiene ninguna. La cosa es muy sencilla. Vive en la casa de enfrente un músico joven, cabecilla caliente, demagogo y anarquista, como tantos otros que infestan á Madrid, y viendo entrar al general, á quien aborrece,

como todos los de [su catadura, porque es el azote de los revolucionarios, ha pensado darle un susto impunemente, tocando sonatas militares en la trompeta. Él creia poderse reir de la gracia, contándola por la noche en el café á sus amigotes, y le ha salido el tiro por la culata, porque ha ido á pagarlas todas juntas en el Saladero, donde le harán perder el gusto de volverá tocar la trompeta. La gente maliciosa y novelera, ha interpretado la ocurrencia, pintándola con los más negros colores, y forjando una novela inverosímil, romántica y misteriosa, buscando, en fin, causas ocultas á sucesos que las tienen tan manifiestas. Créanme, señores, y no se calienten la cabeza, que la cosa no lo merece* y mañana nadie se acordará de ella.

Tal fué el fondo de todas las conversaciones en corrillos y cafés, y no quedó casino, taberna, ni salón, donde no se hablara mucho, y se mintiera más, del lance de la trompeta de la calle de la Montera. Hasta al régio alcázar llegó la noticia de mi aventura, y fué mi ocurrencia 1ro m-

petil causa de que S. M. diera una broma nada pesada, al hombre del espadón, pidiéndole nuevas de mi trompetin, que calificó de trompeta del juicio.

XII.

Entre estas y las otras, yo me desesperaba en el encierro núm. 12 del Saladero, dándome á todos los diablos, por no ocurrírseme nada peora qué darme.

Con el silencio de la noche fué más profundo el horror que me inspiraba el calabozo, mayor la angustia que oprimia mi pecho. ¿Qué iba á ser de mí? ¿Qué se proponían hacer conmigo los crueles tiranos, que tan injustamente me habían sumergido en aquella inmunda mazmorra?

Tocando la trompeta en mi casa y en medio del dia, yo no había cometido un delito. Las violencias de que fui víctima, el atropello de mi domicilio, mi encierro en el Saladero, no eran otra cosa que una serie de atropellos y de arbitrariedades. Los celos de un rival poderoso eran

mis jueces, los que me condenaban á aquel abismo de miseria y desesperación. Mi desgracia no acabará aquí, pensaba yo afligido. Ven en mí un estorbo para sus indignos proyectos, y sin reparar en los medios, esos miserables, se desharán del estorbo, sin escrúpulo ni remordimiento. Capaces serán de mandarme, confundido con los timadores, en una cuerda á Leganés, y de allí á Fernando Póo.

A pesar de estar absorto en estas y otras análogas reflexiones, las horas de aquella terrible noche me parecían eternas; pero cuando menos lo esperaba oí ruido de pasos, que desde el fondo del corredor se acercaban apresuradamente á mi calabozo.

Confiésolo; al oir meter la llave en la cerradura, me estremecí, y temblé como un azogado, creyendo que no podían venir para nada bueno á hora tan intempestiva. Imagínese cuál seria mi sorpresa, y el terror que se apoderó de mí, al abrirse la puerta y ver, detrás del calabocero, asomar la cabeza repulsiva y siniestra de Chiquin, del vándalo que me

habia acogotado aquella tarde. La marca de sus garras aún podia verse en mi cuello. Mas cuál no fué mi asombro, cuando le vi descubrirse, y con ademan respetuoso, con el acento de voz del hombre que se escusa, decirme estas palabras:

— Caballero, hágame V. el obsequio de . venir conmigo.

No me hice de rogar; mas parecióme aquello tan extraño, que temí no fuera una celada. ¡De qué no eran capaces aquellos malvados!...

Fuimos á la alcaidía, donde el alcaide filósofo me saludó con la mayor afabilidad, y á Chiquin y á mi nos invitó á entrar en sus habitaciones particulares. Sentóme medio desvanecido en un sofá, y Chiquin miró su reloj, y dijo:

— El tiempo urge, y no podemos perderlo, yendo á casa del señor para que se asee y se vista.

Decia esto dirigiéndose al alcaide; y después de un momento de pausa añadió:

— Mira si tienes camisa, corbata y guantes, que puedan servir á este caballero, y

llévale á donde se lave y arregle lo mejor posible.

— El caso es, replicó el alcaide, con aire indeciso, que la Pepa está acostada.

Una voz femenina, que salia de detrás de unas vidrieras, interrumpió al alcaide, diciendo:

— Ya me visto. Las puertas vidrieras se abrieron, y apareció una guapa y frescota mujerona, con el cabello suelto, en chancletas, y envuelta en un pañolón de lana, y dijo, dirigiéndose á Chiquin:

— Ya oí lo que V. queria, D. Francisco; y este señorito saldrá de mis manos compuesto y perfumado, de modo que hasta la misma reina pudiera recibirle; y dirigiéndose á mí añadió:

— Hágame V. el favor de venir conmigo.

Tuve que apoyarme con las dos manos en el sofá, para ponerme en pié; y tal debia estar de pálido y descompuesto, que la señora Pepa exclamó alarmada:

— ¡Pero señor, si no se puede tener derecho!

— Señora, le repliqué; ¿cómo he de estar después de todo lo que ha pasado por mí en las últimas treinta horas? Estoy desfallecido de cuerpo y de alma, y ya no> puedo más.

— ¡Pobrecito! exclamó la Pepa, y miróá Chiquin, como si quisiera decirle... ¡Es V. un monstruo! y volviéndose á mí, anadió con maternal acento, la sensible alcaidesa:

— ¡Hijo mió! no se mueva; que aquí mismo cenará; y así diciendo, puso delante del sofá un veladorcito, y embozándose en el pañolón, como si fuera una capa, y sacando por debajo los blancos y redondos brazos, dispuestos á la faena, salió de la habitación y volvió al minuto, trayendo una botella de vino y un vaso. En dos 6 tres viajes cubrió el velador de fiambres, y de todo lo necesario para comerlos, y como yo no habia tomado nada en las últimas veinte y cuatro horas, devoré cuanto me puso delante.

Chiquin y el alcaide hablaban mientras en el despacho, y aquella buena mujer me hacia plato, me escanciaba el vino,

y me decia palabras benévolas y cariñosas, cual pudiera mi madre. Tanta confianza llegó á inspirarme que, aunque en voz muy baja, me atrevi á decirle:

— ¡Señora! ¿Sabe V. á donde me llevan?

— A lo que ella respondió, volviendo la cara para ver si la observaban, y acercando rápidamente su cabeza á la mia:

— Sospecho que D. Román quiere verle, y nada tendría de extraño que él fuera el padrino de su boda con la linda Eva...

Cayóseme el cubierto de las manos, y me quedé con los ojos abiertos y fijos en los de la alcaidesa...

En aquel instante resonó la voz de Chiquin, que decia desde el cuarto inmediato:

— Señora Pepa, que es tarde... Ella me indicó con su ademan que me levantase y la siguiese. Tomó una palmatoria, abrió la puerta de la alcoba, y dijo: — Tome V. esta luz, y entre, que ahí hallará con qué lavarse, y voy á traerle una camisa de mi marido, que me parece no -le vendrá mal.

En cinco minutos estuve lavado, per-

fumado, vestido, cepillado y enguantado; y mientras Chiquin y el alcaide, que habian entrado en la alcoba, exclamaban admirados:

— ¡Está V. desconocido! la alcaidesa echaba agua de colonia en un pañuelo suyo, y lo metia en el bolsillo de mi levita, diciendo, sonriéndose y como interrogando á su marido y á Chiquin:

— Lo que es la niña no tiene mal gusto, ¿eh?

Chiquin volvió á mirar el reloj, y murmuró estas palabras:

—Son las doce menos diez. En marcha: y echamos á andar; pero la señora Pepa preguntó:

— ¿Y el sombrero de este señor?

— Cuando me sacaron de casa, dije mirando á Chiquin, lo hicieron con tan poca cortesía, que no me dieron tiempo para tomarlo.

— Pues sin sombrero no puede ir á ninguna parte, dijo el alcaide, y los mios le vendrán pequeños...

—Para las grandes ocasiones son los grandes recursos, replicó la alcaidesa. El

de V., Sr. D. Francisco, le vendrá pintiparado: présteselo, y yo daré á V. una gorra de mi hombre. A bien que de noche todos los gatos son pardos.

Chiquin quitóse el sombrero y me lo alargó, y yo me lo puse.

— Le está perfectamente, dijo ella.

— Pues andando, replicó Chiquin, calándose la gorra que el alcaide habia entretanto descolgado de una percha.

Despedime de aquellos amables huéspedes, y la alcaidesa, apretándome una mano entre las suyas, me dijo:

— ¡Buena suerte, joven!

XIII.

A la puerta de la cárcel nos esperaba un coche, y Chiquin, abriendo la portezuela, me invitó á entrar el primero. Hícelo, y me senté al vidrio; pero él me hizo ocupar el testero, poniéndose frente á mi.

El coche partió al galope por la calle de Fuencarral, y yo, que habia cobrado brios con la buena cena, y las nuevas de la alcaidesa, dije á mi acompañante:

— Pero en fin, ¿puedo saber á dónde me lleva V. y qué significa esta comedia?

— Llevo á V. á donde ménos puede imaginar; y si, como parece, es hombre de provecho y avisado, hará fortuna.

— ¿Vamos á casa de D. Román?

— No, me respondió, aunque probablemente serán VV. amigos.

— ¡Pues ahora lo entiendo ménos! repliqué confuso.

— Pronto nos vamos á separar, y lo sabrá todo. Entretanto, suplicóle admita mis excusas, y no me quiera mal por lo que ayer ha pasado. Acaso venga dia en quepueda probarle con mis servicios, que soy hombre leal y agradecido. Ya llegamos. Va V. á ver á una alta é influyente Señora, que sin conocerle se ha prendado de V. al oir contar su ocurrenciade tocar la trompeta á D. Román. Sea V. amable, y déjese querer; pero también prudente y reservado, tanto más cuanto mayor sea su buena dicha. Déle V. gusto en todo, que como la Señora quede contenta de esta primera entrevista, puede V. dar por hecha su fortuna.

Detúvose en esto el coche en una plaza, junto á un enorme caserón; nos apeamos, y Chiquin me dijo:

— Cuando salga V. encontrará el coche á su disposición en este mismo sitio.

Entramos por el postigo de un portón, ■en un ancho pórtico, á cuyos lados habia varias puertas grandes y pequeñas. Reinaba el más profundo silencio en aquel vasto edificio; y Chiquin, sin tomar ninguna precaución, como quien entra en su casa, de la que conoce los recobecos, llegó á una puerta, abrió la mampara que la cerraba, pasamos á un estrecho zaguán y subimos una escalera, que parecia ser de servicio, y que terminaba en una puerta: abrióla mi guia sin más que volver la dorada manecilla, y nos encontramos frente á frente con un señor, bajo •de cuerpo y rechoncho, que parecia pasar de la cincuentena, quien con cara risueña dijo á Chiquin, en voz baja:

— ¡Cuánto me alegro de que al fin vengan W!... Dos veces ha salido ya la señora marquesa á saber si habían venido.

Tengan la bondad de sentarse aquí un

momento; y diciendo esto salió por una puertecita, que cerró tras sí: pero no habían pasado dos minutos cuando volvió, é inclinándose, me dijo con mucha amabilidad:

— Caballero, cuando V. guste.

Levantóme dispuesto á seguirle: excusóse de pasar delante para mostrarme el camino; hizo á Chiquin una seña para que lo esperase, y entramos en un corredor estrecho y nada largo. Dió el hombre dos golpéenos á una puerta, que se abrió en el acto, y haciéndose á un lado, para dejarme pasar, me anunció diciendo: — El señor Don...

Como no sabia mi nombre, al decir esto me miraba, como pidiéndome que concluyera la frase.

Ante mí vi á una vieja con peluca de muchos rizos, bruja del género consumido, de nariz fina y encorvada, y una barba que se levantaba como buscando la nariz, y que me miraba con ojillos vivarachos, y poniendo el semblante tan afable como sus arrugas se lo permitían.

Confieso que se me cayeron los palos

del sombrajo al ver á aquel Matusalén, todo aderezo y afeites, con faldas de raso negro: pero inclinándome respetuosamente, dije á la noble dama:

— Marcelino Torres de Pica Real, para servir á la señora Marquesa...

— Sea. muy bien venido el señor Don Marcelino Torres de Pica Real, dijo la vieja, inclinándose ligeramente, sonriendo con malicia, é invitándome á pasar adelante.

Oyéndome declinar nombres y apellidos, el acompañante se retiró, cerrando la puerta; mas apenas di algunos pasos sobre la mullida alfombra, se abrió otra, por la que entraron simultáneamente dos torrentes, uno de luz y otro de voces, que*, decia:

— ¡Entre V., entre V., señor trompetero, y no se haga esperar tanto, que aquí hay quien desea verle!

La vieja, hecha una jalea, se inclinó hácia delante, y extendió los brazos en dirección á la puerta de donde la voz salía, como diciéndome, ¿qué espera V.? y yo me adelanté resueltamente, á tiempo

que á ella llegaba una joven gruesa, con ¿a faz encendida, descotada, vestida con una entreabierta bata de raso celeste, guarnecida de blancos encajes, y con mangas tan cortas y caidas, que dejaban descubiertos los sobacos.

— ¡Adelante la trompeta del juicio! dijo entre risueña y burlona, mirándome fijamente, y pareciendo quedar satisfecha de mi presencia; y conduciéndome por la mano á un sofá se sentó, invitándome á hacer otro tanto.

— Desde que me contaron lo oportunamente que tocaste la trompeta al viejo pelucon, comprendí que eras un joven de ingénio, de chispa, y no he podido resistir al deseo de conocerte, para saber de tu propia boca la verdad del cuento, que me han referido ya de diez maneras distintas.

Mientras decia estas palabras, con la mayor naturalidad y confianza, como si nos conociéramos de toda la vida, hablando con una desenvoltura que no carecia de gracia, nos mirábamos de hito en hito. Habia yo visto antes á la joven en parajes públicos; pero nunca tan de

cerca copio en aquella ocasión, en laque pude formarme de su personita idea cabal y perfecta. Era rubia como Eva; ¡pera qué diferencia! ¡El ciego destino habia trocado los papeles! La joven que contemplaba, estuviera muy en su lugar en el número 7 de la calle de la Montera, teniendo por tia á la famosa bruja doña Melcadia Zurdilla de Zamarramalo; y la desgraciada víctima de ésta, reina por la belleza, por la elevación de sus sentimientos, y por el encanto y distinción que en ella rebosaban, era digna del rango y de la fortuna que la otra envilecia, echándolos por la ventana.

No quiere decir esto que mi compañera de sofá me pareciera rematadamente fea, no. A pesar de lo pequeño de su cabeza, y de ser casi pelona; de lo estrecho de su frente, de sus ojillos claros, imperceptibles cejas, respingada nariz, gran boca y gruesos lábios, y de su ancha papada, más de jamona que de joven, que no llegaba á los veinte abriles, lo vivaracho de su génio, la abundancia de sus frescotas carnes, lo blanco de su

cutis, le daban tal atractivo sensual, que á mi edad, y en aquellas circunstancias, no podia ménos de producir en los sentidos sobrexcitados, una impresión de simpatía, una atracción, capaz de hacerme olvidar los superiores encantos de Eva, que áun después de tantos años trascurridos recuerdo al escribir aquella escena... ¡Oh juventud, juventud!

Varias veces la Señora, sin dejar de hablar, llevó una mano á las piernas y se rascó, levantando la bata, y dejándome ver, como sin reparar en ello, sus robustas pantorrillas. La primera idea que me ocurrió, fué que queria excitar mi lujuria mostrándome sus redondeadas y lascivas formas; pero no; ¡eran las pulgas del Saladero, que conmigo visitaban á la Señor al...

Para satisfacer su curiosidad, tuve que contarle mis amores con Eva, pintándole con vivos colores la pasión que inflamaba el corazón de la joven rubia, y el frenesí que puso en mi boca la trompeta, al verla caer en las garras del viejo seductor.

Ella reia y se repantingaba en el sofá, toda despechugada y derretida , celebrando la ocurrencia del trompetin, y la de tocar botasillas, carga y marcha real.

Hízome la Señora, muchas preguntas, y hablamos de tantas cosas, que me sería difícil recordarlo; pero en medio de tantas y tan variadas y sabrosas pláticas, queria siempre volver al cornetín y al botasillas, á la carga y á la .marcha real, que le daban tanto gusto, y le causaban tan honda sensación, que perdía la chaveta, y alguna vez hasta temí que perdiera el sentido.

Tantas y seguidas repeticiones de la misma música, acabaron por cansarme; pero ella, cuanto más la repetía más le gustaba. Satisfecha quedó, mas no cansada de mi música, y tan contenta, que me pidió con encarecimiento volviese á verla, diciéndome cómo debería prevenirla; y al despedirme, con muestras de cariño, me dijo:

— La trompeta, que ha sido ayer causa de tu desgracia, es hoy la de tu dicha, y acabará por ser la de tu fama, si para

otros la trompeta del juicio; y sobre todo, anadió, riéndose como una loca, dame unas cuantas lecciones con tu ya célebre cornetín, para que repitamos á dúo el botasillas, la carga y la marcha real

En la antesalita esperaba el viejo regordete, y me acompañó hasta el pié de la escalera, donde me indicó el postigo por que debia salir.

XIV.

Tan contrapuestos y rápidos habían corrido los acontecimientos en las últimas veinte y cuatro horas, y tal fué el cúmulo de sentimientos diversos, y de contrarios pensamientos, que con movimiento vertiginoso cruzaron por mi cerebro en tan breve espacio, que después de referido el más grato, culminante é inesperado de todos aquellos sucesos, necesito hacer una pausa y tomar aliento, para continuar esta desaliñada relación de mis juveniles aventuras.

¿Y habrá quien diga que la vida hu-

mana no es una novela? ¡Veinte y cuatro horas bastaron para que yo, el más humilde é ignorado de todos los madrileños, sintiera correr por mis venas el fuego del amor y el de los celos, para sufrir las amargurasdelahumillacion, la sañade la venganza, el terror, el desfallecimiento y la desesperación, alternados con las esperanzas más risueñas, y con las embriagadoras satisfacciones del orgullo.

¡En veinte y cuatro horas sufrí realidades amargas, y forjé castillos en el aire, pasando, como por encanto, de la guardilla á un calabozo, y de un calabozo á un palacio; mis verdugos se convirtieron en mis servidores, mi desgracia en felicidad, mis angustias en alegrías, que me parecían sueños! ¡Razón tenia aquel profundo genio, llamado Calderón de la Barca, cuando exclamaba:

El vivir solo es soñar, Y la experiencia me enseña, Que el hombre que vive sueña Lo que es hasta despertar...

¿Qué es la vida? ¡una ilusión... Una sombra, una ficción! Y el mayor bien es pequeño,

Que toda la vida es sueño, Y los sueños, sueños son!...

Estas y otras reflexiones agitaron mi imaginación, mientras el coche me conducía al núm. 6 de la calle de la Montera.

Cuando entré en la guardilla, el cielo empezaba á clarear con la pálida luz del alba.

Me acosté y dormí como un lirón; y parecióme que ya era hora, y que habia de qué.

Después de dos dias y dos noches toledanas, que con más razón debería llamar madrileñas, nada tiene de extraño fuera mi sueño tan á pierna suelta, que no diera cuenta de mi persona hasta muy entrada la noche siguiente.

XV,

Veinte y seis horas largas hacia que la alcaidesa del Saladero, me habia dado de cenar; y como después ni almorcé ni comí, aguijoneado por el hambre, me vestí y fui á cenar al café de las Cuatro Naciones, en la calle de Sevilla.

Allí contaban los percances de mi prisión, y otros accesorios de mi hazaña, los literatos y periodistas, que solian entonces reunirse á última hora en aquella especie de sótano. Muy ajenos estaban de que les escuchaba el héroe de la fiesta; y mientras yo cenaba, ellos discutían acaloradamente sobre si yo estaba aún ó no metido en chirona.Uno de ellos afirmaba, que sabia, por un preso político, que la misma noche de mi prisión me sacó Chiquin de la cárcel para no sabia dónde. Otro suponía saberlo, asegurando que me llevaban de cárcel en cárcel, con destino á las Cuatro Torres, desde donde me embarcarían para las Marianas. Ninguno de aquellos señores me conocía personalmente; hablaban en voz alta, y no perdi palabra de su conversación.

— Lo cierto es, decia uno de los comensales, que al chico le han hecho desaparecer, y que ya no volverá á tocar la trompeta á D. Román, que ha quedado dueño del cotarro.

— Pues no sabéis lo mejor, y es, que la rubia y su tia han desaparecido también.

Al oir esto estuve á punto de descubrirme, preguntando al que lo decía, si estaba cierto de ello, pero me detuve para oir lo que continuaban charlando.

— Supongo que á ellas no las habrá llevado Chiquin al Saladero, decia uno.

— Lo que yo sé deciros es que esta tarde he visto un carro de mudanza, á la puerta del número 7 de la calle de la Montera, el balcón de Eva abierto, y las vidrieras sin visillos, síntomas infalibles de que han tomado el tole.

— Pues para mí esta desaparición no tiene nada de misteriosa, sino de muy natural. Después del escarceo de ayer, el gavilán ha hecho cambiar de nido á la paloma, tanto para que el público no sea testigo de sus fazañas, cuanto para impedir que el pichón vuelva al nido, si logra escaparse de la jaula de hierro en que le han encerrado...

— ¡Qué buen asunto para un folletín, si tuviéramos libertad de imprenta! Las apariencias pueden parecer prosaicas, pero, dejando aparte el color local, esta aventura recuerda las del feudalismo.

El hombre del pelucon es el señor feudal, que encierra en los subterráneos de su almenado castillo al osado paje, ó al siervo audaz, que se atrevió á poner los ojos en la doncella que él se reservaba, para satisfacción de su aristocrática lujuria...

— Para que el cuadro sea completo, y sirva de asunto á un drama romántico, en cinco actos y quince cuadros, solo falta que la noble y hermosa castellana del castillo, mientras el señor se refocila con la linda plebeya, baje misteriosamente á la mazmorra, do gime el gallardo paje, para consolarle; y que rompiendo ella sus cadenas, él se escape de los cariñosos brazos de la Señora, para tomar sangrienta venganza del desaguisado, que el bárbaro señor hace al ángel dé sus amores.

Desde que empecé á oir aquella conversación, ya no pude probar bocado. Como las encrespadas olas del mar, que reventando en la playa, chocan, y se mez- €lan y confunden unas con otras, así brotaban tumultuosos, y chocaban desordenados mis pensamientos.

El amor, los celos, la rabia de la venganza, hacían hervir mi sangre, enardecían mi cerebro, de manera, que llegué á olvidar completamente donde estaba.

Entre tanto continuaba la conversación, y uno de aquellos jóvenes decia:

— Tu drama romántico hubiera hecho furor hace diez anos; hoy lo silbarían; pero la trompeta del juicio podría muy bien servir de argumento á una zarzuela, género al uso, si terminara en el casamiento de la Eva de la calle de la Montera con el Adán de la trompeta, siendopadrino el hombre del pelucon, que lo nombraría administrador de correos ó juez, en alguna audiencia de Ultramar, para que sostuviera por allá los fueros de la justicia y de la moral, mientras él por acá consolaba á la afligida esposa. Esto es sin duda más prosáico, pero más de nuestro tiempo, y el público lo aplaudiría á más y mejor.

— Siempre has de ser mal pensado y cínico, replicó uno de ellos. ¿Quién te asegura que esta Eva se deja seducir por una serpiente despellejada y con peluca,,.

y que este Adán no es hombre capaz de romper la crisma al viejo pelucon, en lugar de aceptar un empleo, como recompensa de su deshonra?

— Posible es, aunque lo dudo, y en todo caso, piensa mal y acertarás, respondió el cínico mal pensado.

Tenia yo las miradas fijas en el que esto decia, y á verlo él, creo que por ellas y por la expresión de mi fisonomia, reconociera en mí al hombre de quien tan malos juicios formaba, y al mismo tiempo, que eran erróneos y temerarios.

Felizmente, los mozos del café empezaron á apagar las luces, y á poner las sillas sobre las mesas, lo que equivalía á invitarnos á dejar las que ocupábamos, y á tomar la puerta: así lo hicieron periodistas y literatos, y yo salí tras ellos.

A pesar de lo avanzado de la noche, pues si no habia dado la una, debia estar al caer, la calle de Sevilla aún estaba llena de cesantes que no habían almorzado, de tahúres que buscaban donde cenar, de pinchos y ganchos de garito, de mujerzuelas,y de otras categorías de tras-

nochadores, á quienes los chicos, vendedores de billetes, ofrecían el premio gordo de la lotería, que se jugaba á las diez de la próxima mañana.

Todavía estaba abierto el cafe Suizo, y en la esquina de enfrente cantaba un ciego, rodeado de curiosos, cuyas carcajadas y dicharachos acompañaban la guitarra, y la canción de aquel Homero de esquina.

— ¡Por dos cuartos, las coplas de la trompeta del juicio, que acaban de salir ahora! gritaba el ciego.

Oyendo esto uno de los literatos que salían del café, dijo á otro:

— Amigo, fracasaron los proyectos de drama y de zarzuela.

— ¿Y por qué?

— ¿Pues no oyes? El ciego ha convertido el argumento en entremés de callejuela.

Yo me deslicé por detrás del grupo, hacia la calle de Alcalá, á tiempo que el ciego, punteando y rasgueando la guitarra, cantaba esta copla:

Si te haces trompetero. No sea sin ton ni son;

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No se enfade el Pelacon,

Y te mande al Saladero .

Con mucho tilin, Que toquemos quiero, Tú mi cornetín,

Y yo tu pandero...

¡Con mucho tilin!

Ya estaba cerca de la Puerta del Sol, y aún resollaban en mis oidos las carcajadas de los ociosos, el retintín de las coplas del ciego, y la voz estentórea con que repetia: — ¡Por dos cuartos, las coplas de la trompeta del juicio, que se acaban de imprimir y publicar!

XVI.

Apenado y hecho un mar de confusiones, subí á mi guardilla, aunque con la firme resolución de revolver cielo y tierra para encontrar á Eva, y así lo hice en cuanto fué de día; pero todas mis pesquisas fueron inútiles.

Acordóme entonces de que aún no había devuelto al alcaide su camisa, ni su sombrero á Chiquin, y con la esperanza de que de ellos podría saber el paradero

de Eva, volví á la guardilla para empaquetarlos y llevárselos.

Sobre la mesa estaba el cornetín, rodeado de libros en desorden, y aseguro que la vista de éstos hizo dar un vuelco á mi corazón.

Presentóse á mi mente la imagen de mis padres, que hacían los mayores esfuerzos para procurarme los medios de seguir mi carrera, y cuyas esperanzas defraudaba, perdiendo el tiempo en locos devaneos. Mi carrera estaba, sin embargo, concluida, pues cursabael último añor y si no abandonaba el estudio, podría serabogado al cabo de pocos meses.

Estas reflexiones produjeron tan saludable reacción en mi ánimo, que dando un manotón al cornetín, lo eché á rodar: ¡como si él tuviera la culpa de mis extravíos! y hablando conmigo mismo dije:

Antes de dos meses seré abogado, y me iré á vivir á la Alcarria con mis padres. Llevaré estos bártulos á sus dueños, y ya no me ocuparé más que de los libros.

No hay para qué decir si la señora Pepa, se alegró de verme, y si me hizo<

preguntas á las que no podía responder. Obligóme á aceptar un refresco, y suponiéndome en candelero, como ella decia, me pidió protegiera á su hombre, quiem. por ser demasiado bueno, estaba en peligro de perder la alcaidia.

— ¿Dónde anda? le pregunté.

— Está en el segundo piso, haciendo la partida á algunos señores, presos de importancia.

— ¿Qué partida? dije sorprendido.

— Les está tallando cien duros. En esopasan el rato, cuando las ocupaciones lo permiten, me respondió con la mayor naturalidad.

— Déle V. mis recuerdos, le respondí^ y despidiéndome, fui á casa de Chiquin.

Recibióme complaciente, y como viese que no le preguntaba por el paradero de Eva, creyéndome engreido con la Señora^ y olvidado de la señorita, me dijo, con paternal acento:

— Permítame V. que le diga, señor de Pica Real, que hace muy bien en dejar lo dudoso por lo cierto; que más vale pájaro en mano que buitre volando; y si quiere

V. tomar mi consejo, aproveche la ocasión, porque la pintan calva, y si hoy gusta del trompetin, mañana podrá tocar á la flauta su turno de estar de moda.

— Pues ahí verá V. lo que son las cosas, le repliqué; soy yo quien desde hoy renuncia á la trompeta; y de aquí voy á la Universidad, donde hace muchos dias no he puesto los piés.

— Eso está muy bien pensado; mas para todo da Dios un cuarto de hora de lugar; y puesto que anoche no repitió V. la visita á la Señora, es más que probable que antes de la próxima ella le busque...

Así fué, en efecto, porque al volver á casa encontré al viejo rechoncho, que nos habia recibido á Chiquin y á mí, dos noches antes.

XVII.

Bajaba el hombrecillo , sudando á chorros, la escalera, cuando yo subia; invitóle á entrar , y parecióme que le extrañaba lo humilde de mi morada y de su ajuar.

Traia en la mano una preciosa cajita, que puso sobre la mesa, y una carta que me dió, diciendo:

— La Señora me ha encargado entregue á V. esa cajita y esta carta, y que le diga de su parte, que tendrá mucho gusto en verle esta noche, entre las doce y la media.

A punto estuve de decirle que me escusara con la Señora, porque me era imposible ir á verla. Él no sabia á qué atribuir la perplexidad de mi ánimo, que sin duda se reflejaba en mi fisonomía, y creyendo que era efecto de la poquedad de mi espíritu, me dijo sonriendo:

— ¡Ánimo, joven, que la Señora está prendada de V.; ayer no habló más que de la trompeta del juicio, y anoche le esperaba ansiosa, y se acostó de muy mal humor. Ya ve V. si le tiene presente, que me manda con esto. . .

— ¿Debo responder á esta carta? dije al tomarla.

—Sí, me respondió: no faltando esta noche á la cita. Y con esto se marchó, saludándome profundamente, y mirándome

CUENTOS CORTESAN03.

y sonriéndose con aire de inteligencia, como si quisiera decir: — ¡En: ya me entiende V.!... Abrí la carta, en la que encontré una llavecita dorada, que era de la caja: pero antes de abrirla leí el billetito, que decia así:

«Querido, agudo, y penetrante cornetín: Acepta esa cajita, con las frioleras que contiene, como recuerdo del afecto que te profeso, y no dejes de venir esta noche, pues desea que de nuevo le toques la trompeta del juicio, botasillas, carga y marcha real...

TU AFECTUOSA. AMIGA,

Y.»

La caja contenia una sortija, un broche ó alfiler, tres botones de diamantes, y una cartera, en la quehabia un lio de billetes de banco.

— ¡Yo el entretenido de una gran... Señora! exclamé, dejando caer sobre la mesa cartera y billetes... ¡Y Eva la entretenida de un gran... señor!... ¡No; jamás!

A pesar de este primer arranque, brotado espontáneamente de lo más íntimo

de la conciencia, después de un momento de pausa, en el que legiones de ideas, y de los sentimientos más encontrados, libraron en mi mente descomunal batalla, llevé las manos á la abrasada frente, y exclamé:

— ¡Si seré yo un pacato, un necio, un para poco!

Vamos claros: reflexionemos fríamente lo que debo hacer.

Sentóme junto á la mesa, en la que brillaban los esparcidos diamantes y los billetes, y con el codo en ella y la mano en la mejilla, contemplé aquellas para mí inesperadas riquezas.

— ¡Esto es mió! pensaba yo: es un regalo ofrecido, con la mejor gracia del mundo, por una riquísima persona; ¿por qué, pues, no aceptarlo? Rehusándolo cierro la puerta á la fortuna, que así se rne viene tan á las manos sin buscarla. Si el mundo supiera que lo rehuso, se reiría de mí, llamándome tonto mentecato. ¡Cuan raros serian los que apreciaran en todo su valor mi probidad y delicadeza! Por otra parte; ¿qué vale el hombre pobre? Sin di-

ñero seré siempre un cero á la izquierda. La pobreza es casi tan repulsiva á la sociedad como el crimen. ¿Acaso, con este dinero, no podría descubrir el paradero de Eva, y librarla de las garras del viejo seductor? Y el salir déla vida de bohemio que arrastro, colocarme en una posición independiente, y gozar del mundo, ¿no merece que sea ménos rigorista conmigo mismo? Despreciando la fortuna, ¿quién me agradecerá el sacrificio? Aceptando, no sólo podré ser rico, sino llegar á los más altos puestos, á obtener títulos y honores; ¿quién sabe si á ser grande de Espana, como otros personajes, que representaron los papeles más brillantes, gracias á la influencia de las faldas cortesanas?...

Pensando asi, tenia los ojos fijos en billetes y diamantes, y me parecia que sus deslumbradores reflejos eran miradas misteriosas, focos de atracción, cuyo irresistible encanto me fascinaba, subyugándome, y absorbiendo todo mi sér...

Haciendo un vigoroso esfuerzo sobre mi mismo, me arranqué con violencia de

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la vista de aquellos objetos; abrí la ventana y me asomé. Parecióme que se desvanecía, al contacto del ai re fresco de la tarde, el diabólico encanto queme subyugaba. Hubiera podido creer que las nuevas corrientes de aire que envolvian mi cabeza, daban direcciones, nuevas también, á la corriente de las ideas que cruzaban mi cerebro.

La honra, pensaba entonces, es la mayor, la más preciada, la más embriagadora de las riquezas; pero ¿qué es la honra? ¿la que el mundo da? No; no es el aprecio del mundo, el buen concepto en que la sociedad nos tiene, lo que constituye el honor del hombre ¡Miente el proverbio que dice, que no tenemos más honra que la que nos quieren dar! La opinión pública no es juez más que de los actos que conoce, y aun de esos no puede serlo imparcial, si ignora los móviles y las circunstancias que los inspiraron y produjeron. El verdadero, el infalible juez del hombre, es su propia conciencia; el sentimiento inmanente de lo justo, que, encarnado en su sér, aplaude ó condena, castiga

con remordimientos, y recompensa con inefables alegrías las acciones, según son ellas malas ó buenas. ¿De qué me servirá engañar al mundo, si no puedo engañarme yo mismo? Podrán los que me rodean ignorar mi bajeza; pero la sabré yo, y esto basta para que no la cometa, que el aprecio de mí mismo es la primera necesidad que siento. Más quiero, en última instancia, que me tengan por malo y no serlo, que serlo y pasar por bueno.

Satisfecho, muy ancho y fiero, y henchido de satisfacción, volvíme á la mesa, y empaqueté los billetes en la cartera. Ya no me quemaban los dedos como antes, y tuve la curiosidad de examinarlos uno por uno, y de contarlos. Habia más de veinte, y juntos sumaban 12.550 pesetas. ¡Nunca habia tenido tanto dinero mió! Chocóme que no formaran cantidad redonda. ¿Por qué me mandaba 12.550 pesetas, y no 12.000 ó 14.000? Aquella loca, pensaba yo, no sabe lo que da: habrá agarrado un puñado de billetes, y, cual si fueran confites, los habrá metido en la cartera.

Guardé todo aquello en la cajita, la -cerré, y escribí la siguiente carta.

«Muy señora mía:

«Permítame que con el más profundo respeto le devuelva la cajita, tal como ha tenido la bondad de mandármela. Si estuviera llena de flores en lugar de diamantes y billetes de Banco, la conservara como recuerdo de los inmerecidos favores que le debo.

»Soy yo quien debería mostrar con regalos mi gratitud, que de hombres dignos es el dar v no el recibir regalos de las damas, cosa esta propia solo de rufianes: mas ya que la humildad de mi estado no me permite corresponder con otros presentes á los que me envia, suplicóle excuse su devolución, porque ni á vos os está bien mandármelos, ni á mí recibirlos.»

»Con el más sincero agradecimiento, se repite de vuestra grandeza, vuestro humilde servidor... P.»

A las doce de la noche entraba yo en la antesalita, en la que el viejo rechoncho

me esperaba. Recibióme alborozado, y exclamó al verme:

— ¡Qué contenta se pondrá la Señora! Me ha quitado V. un peso de encima con venir tan oportunamente.

— Puesto que le he aligerado de un peso, podrá cargar con otro, le dije, poniendo en sus manos la cajita y la carta.

Quedóse el pobre hombre con la boca abierta, y mirándome con ojos desencajados.

— ¡Qué significa esto, señor! exclamó consternado1, adivinando la verdad.

— Significa sencillamente, le respondí, que devuelvo á la Señora su regalo, y que me voy con la música á otra parte.

— ¡Eso no! exclamó interrumpiéndome y agarrándome por un brazo. Miróme con ojos suplicantes, y añadió, con voz entrecortada: — ¡Por Dios y por la Virgen Santísima, señor, sea V. bueno, y no me pierda! ¡Yo no puedo llevar á la Señora ese recado : me tiraría la caja á la cabeza, me arañaría: será capaz de despedirme! ¡V. no puede tener idea del belén que se armará aquí esta noche, al enterársela Se-

ñora de que tiene que renunciar á su trompeta!

— No se aflija por tan poco, buen hombre, le respondí; que si le falta el cornetin, ya le buscarán un serpenton que la consuele...

Bajé en diciendo esto la escalera, y desde lo alto me decia á media voz el apurado hombrecillo:

— ¡Señor de la Pica Real, tenga V. juicio, ya que tan bien toca la trompeta del idem! ¡Mire V. que la fortuna tiene pocos pelos, y que esta vez se le presenta casi calva! ¡No la suelte, señor de la Pica Real, no la suelte!

Bajé la escalera sin responderle, y me fui á dormir, tan satisfecho como si hubiera puesto mi apellido en Flandes. Dormí con la tranquilidad del justo, como los reyes no dormirían en sus mullidos lechos, bajo las doradas molduras de sus artesonadas alcobas.

XVIII.

Pasé muchos días y noches estudiando, y escribí á los autores de mis diasr

que, concluido el último año de leyes, estaba dispuesto á tomar el grado de doctor.

Mi padre vino á Madrid, con dineros para pagar los gastos del doctorado, que tomé, y asistieron á este acto solemne el Rector y todos los catedráticos, y el mismo director de Instrucción pública, con muchas personas distinguidas.

De todos recibí plácemes y parabienes. A mi buen padre se le caia la baba viéndome tan honrado, y salir tan airoso de aquel empeño; y decia sollozando de júbilo, en un corro de personajes que le felicitaban.

— Sepan VV., señores mios, que para poder venir, y gastar la porrada de onzas que se necesita, además de la aplicación y del talento, para ser doctor, he vendido la mejor muía que tenia, y áun las dos que me quedan hubiera dado de buena gana, por tener el gusto de presenciar este triunfo de mi chico...

No dejaron de producir sensación estas palabras, y fueron luego muy comentadas.

Al dia siguiente recibió mi padre un besa la mano del Ministro de Gracia y Justicia, instándole á que fuera á verle.

¿Qué será esto? decia mi padre, sin poderlo adivinar.

Fuimos juntos, y le esperé á la puerta, del Ministerio. Cuando salió, me abrazó; y conmovido, poniendo en mi mano un real despacho, decia:

— ¡Toma, hijo, toma! Su Majestad la Reina, que Dios guarde, ha tenido á bien nombrarte fiscal del mejor juzgado de la isla de Cuba; y al darme la credencial, el señor Ministro me ha hecho de tí los mayores elogios, diciéndome sabia que yo habia vendido la muía pardilla, para que te recibieras de doctor. Ven, añadió, tomando mi mano, ven á dar las gracias á su Excelencia, por tanta bondad.

Dejéme conducir; recibiónos Arratola, que era el Ministro, y sin darme tiempo de dirigirle la palabra, con afectada volubilidad, elogió mis aptitudes, abrumándome con sus elogios. Yo seguía con la credencial en la mano, y él, sin dejarme meter baza, nos iba conduciendo á mi padre

168 CUENTOS CORTESANOS.

y á mí hacia la puerta de su despacho, y una vez en ella, cogiéndome una mano, y poniéndome la otra en el hombro, me dijo, con gesto entre benévolo y socarrón, pero en voz baja, para que mi padre no le oyera:

— Es V. un joven aprovechado, que hará carrera; pero ya que aquí tocó tan á tiempo la trompeta del juicio, hará bien en dejarse aquella, y en llevarse éste. Hágalo asi, y sepa que deja aquí un amigo, y amiguitas que le quieren bien, y que no olvidarán tan fácilmente su trompetin...

A medida que adelantaba en su discurso, era más maliciosa la mirada del Ministro, su cara se acercaba más á la mia, hablaba en voz más baja, menudeaba las palmaditas en mi hombro, y estrechaba con mayor fuerza mi mano .

Apenas concluyó, le dije en el mismo tono de voz, poniendo en su mano la credencial:

-Señor de Arratola, si por tocar á tiempo la trompeta me manda de ñscal á la Habana, supongo que á los profesores de clarinete y de trombón, que dan gusto

CUENTOS CORTESANOS. 169

á la Señora por acá, los mandará por allá de jueces y magistrados; de manera que si voy, me encontraré los tribunales convertidos en orquesta de músicos y danzantes: prefiero más irme á la Alcarria, por ahora, que ya vendrá tiempo en que podré ser dignamente representante de la ley.

La volubilidad con que le hice esta inocente réplica, sobrepujó á la de su intencionado sermón; y como estábamos junto á la puerta, que mi padre habia traspuesto, me incliné y salí, dejando á su Excelencia estupefacto, y con la credencial en la mano.

Como al salir dejé la puerta abierta, pude oir la voz del Ministro, que decia:

— Es una cabeza caliente; siempre será un trompeta sin juicio.

FIN DEL CUENTO SEGUNDO.

CUENTO TERCERO.

LA LLAVE DE DOS VUELTAS.

Arcieta el músico, y un su amigo andaluz, para servir á VV., vivían en un tercer piso de la calle de las Veneras, allá por el año de gracia de 1852, si no me es infiel la memoria; aunque para la verdad del cuento importa poco fuese algunos anos antes ó después.

El Arcieta pasaba de los treinta y cinco, aunque podia impunemente quitarse media docena de abriles ó de otoños. Era pequeño de cuerpo, pero de buena presencia, y no mal parecido. Sin ser lo que se llama un Apolo, podia pasar por guapo

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en cualquier parte; y agregando á estas dotes personales la melodía de su música, que así componía él zarzuelas como tangos americanos, muy al uso á la sazón, y la maestría con que hacia hablar las teclas del piano, lograba ser bien quisto entre las damas, y adorno obligado de aristocráticos salones.

Antolin, el andaluz, su gran amigóte, era el mozo más pintiparado que salió de la tierra de María Santísima: bien plantado, de arrogante figura, moreno, con unas rizadas patillas y un bigote negro y retorcido, que no habia más que pedir. En resumen, el Antolin era un real mozo, y todo un hombre, muy echado para adelante.

Vivia esta pareja en la mayor intimidad, como dos estudiantes, compañeros de cuarto y peine; y entre ellos no habia secretos ni pan partido.

Habíase prendado del músico una encopetada Sefiorona, á la que en ciertos círculos, y hasta podríamos decir en triángulos y pentágonos, llamaban por antonomasia la Señora.

Servíales de alcahueta la música. ¡Cuándo Euterpe no lo fué del amor! Con su solfa bajo el brazo, Arcieta entraba como Pedro por su casa en el palacio de la Señora, y tocaban y cantaban á dúo que se las pelaban; mas no siempre eran diurnas las visitas, pues solian tocar y cantar á la sordina, encerraditos en una alcoba, á las altas horas de la noche; pero era ella tan aficionada á la música, que no bastándole el melodioso teclear del joven rubio, pasaba en revista todos los instrumentos de la orquesta, derritiéndose con los solos del flautin como con las melodías del arpa, y hasta entusiasmándose con los bélicos clarines de la caballería, á los que hacía tocar la carga, y las marchas triunfales.

Sus allegados y clientes, que sabían su afición á la música, se esforzaban en procurarle los más afamados instrumentistas, por ser el medio más eficaz de merecer sus favores, y de conservarse en su buena gracia; y de esto puede colegirse el número de partícipes y de rivales que disputarían ai maestro Arcieta el gusto

de dárselo á la Señora, tocándole sonatas dulces.

Que en la variedad está el gusto, dice un antiguo refrán; pero si en algo la variedad es necesaria y hasta indispensable, es en la música, cuya armonía resulta de los contrastes. ¿Qué tiene, pues, de extraño que la Señora, que podia gozar eh placer de que le tocaran tantos y tan diversos instrumentos, no se contentara con la monotonía de uno solo? Y si hubiera gentes tan atrabiliarias , que en el deseo de la variedad encontraran taita, cuando es sobra y exuberancia de vida y de gusto, yo las pondría á prueba, pai*a hacerlas arrepentirse, y reconocer lo erróneo y trasnochado de su criterio, haciéndoles oiría ópera que más les agradara durante veinte y cuatro horas seguidas, y luego repitiéndosela todas las noches; que como no acabaran por dormirse aburridas, ó por desear oir unas playeras, aunque fuesen rasgueadas en cascada guitarra, y cantadas por gitano aguardentoso, daria yo las minas del Potosí, y hasta los cuernos de la luna.

ir.

Tenia la Señora por dama de compañía, ó por dueña, como decían nuestros abuelos, una bruja, también muy señora" y encopetada, aunque distase mucho su nobleza de la alcurnia de la heroína del cuento; y esta dueña ó dama, con todas sus ínfulas, servía para representar todos los papeles; tal era ella de complaciente y acomodaticia.

Confidenta más íntima, y de mayor confianza, nunca la tuvo la Señora; pero justamente se le habia metido el músico zarzuelista entre ceja ceja á esta endiablada dueña; y viendo que ninguno de sus concurrentes, entre los que contaba más de un protegido, llegaba á deshancarle, imaginó traer de allende los Pirineos un músico gabacho, que diera golpe, y que debiéndole su buena suerte, sirviera de dócil instrumento á sus ambiciosas miras, al mismo tiempo que castigaba así á los ingratos engreídos con su efímera

fortuna, que no le tenian todas las consideraciones que ella creia merecer.

Como quien encarga un loro que cante en la mano, pidió á una amiga suya, residente en París, que le enviara un músico de primo cartello, gran concertista, diestro, tanto en la instrumentación de boca como de mano; recomendándole, sobre todo, que fuese el mejor mozo, el dancly más comme ilfaut, que se paseara en los bouleoares, desde el de Capuchinos al de Montmartre.

La dama comisionista cumplió el encargo, mandándole un boulevarclier , que es como si dijéramos un paseante en corte, un cerero, y no de los que hacen ó venden cera, sino de los que gastan las baldosas de las aceras de la Puerta del Sol ó de la Carrera de San Jerónimo, á fuerza de pasear por ellas.

Tanto lo recomendaba y encarecia su mérito la dama traspirináica á la de la villa del Oso y del Madroño, y tanto lo ponia por las nubes, que no parecia sino que antes de remitirlo se habia cerciorado por si misma de sus habilidades; de

modo, que podia suponerse, leyendo entre renglones, que decía á su amiga: «Recíbele sin desconfianza, que está tomado á cata, como los melones, y es dulce como la miel.»

III.

Llegó el músico francés á Madrid, y presentó sus credenciales á la dueña, en su casa y no en el palacio de la Señora, y á la vieja le pareció, que si las realidades correspondían á las apariencias, aquel galo, que á lo gran músico reunía la finura y elegancia del hombre de mundo, no podría menos de poner en derrota, la más desordenada y completa, á flautistas y chinescos, pianistas y gaiteros, quedando vencedor en toda la línea. Contemplándole derretida, decia la bruja para sus adentros; ¡qué rico pollo me pierdo por falta de dientes! y haciendo de la necesidad virtud, si es que este vocablo cupo nunca en aquel saco de malicia, se fué sin más esperar, á dar á la Señora la buena nueva de la llegada del famoso diletanti parisién.

— Señora, le dijo, cuando pudo hablar á solas con ella; he recibido hoy la visita de un caballero, joven y francés, recomendado por una amiga de Paris, que pasa, según ella me dice, por el mejor mozo, y por el más inteligente aficionado á música de aquella gran capital. ¡Vaya un joven elegante^ distinguido, fino y hermoso! ¡Es un Apolo! Alcibiades debia parecérsele. Es un hombre de los que ya no hay, porque las razas van degenerando. Según me ha dicho, toca varios instrumentos, y canta también, con voz de tenor.

— Ya tardas en presentármele, dijo La Señoi^a, interrumpiéndola; ¿por qué no lo has traido, sabiendo cuánto me gustan la música y los músicos? Aunque á decir lo que siento», hasta ahora no me agradó la música francesa, que me parece tan insulsa como los franceses. Ya sabes que soy muy española. Hay más sustancia, más alma, en cualquier guitarrista de esta tierra, que en todas las orquestas traspirináicas.

— Así es, Señora, añadió la dueña pica-

-da; y ya ve como hice bien en no traerle.

— No lo digo por tanto: antes bien, como no hay regla sin excepción, puede que la música de ese gabacho valga de más todo lo que de ménos la de sus compatriotas. Además, ya sabes que no me caso con ningún género: tanto me gusta la música ruidosa de Verdi, como la melancólica de Weber; y que me muero por la flamenca. ..

— Gitana, querrá decir la Señora, dijo sonriendo la vieja.

— A fé mia que no sé de'donde ha venido que llamen flamencos á los gitanos, respondió la Señora; pero ello es que así los llaman á ellos, á sus costumbres y á su música: mas sea de esto lo que quiera, tráeme el francés, le conoceremos, pondrémosle á prueba, sabremos qué instrumentos toca, y qué puntos calza.

— Paréceme, Señora, dijo la dueña pausadamente, y con aire de autoridad, como quien en tales cosas es maestra, y tiene cierta responsabilidad y respetos que guardar, que valdria^más que la presentación no fuese pública,] á la luz del diay

pues aunque la cosa no trae malicia, se ofenderian ciertos personajes, si yo me tomase la libertad de presentarle á un joven extranjero. Hay personas tan envidiosas, tan maldicientes, que desfiguran las acciones más sencillas y naturales, haciendo ver lo blanco negro, y criminal á la misma virtud. Asi, si á la Señora no se le ocurre otra cosa mejor, podríamos tomar prudentes precauciones. Puesto que es cosa resuelta que iremos mañana al teatro del Príncipe, prevendré al gallardo francés, que tome una butaca frente á nuestro palco. Yo os diré quién es él, y si os parece digno de ser recibido, os pondréis en el moño un capullo del ramillete que llevareis en la mano. Según mis instrucciones, él comprenderá lo que esto quiere decir, é irá á mi casa al concluir la función, desde donde yo lo traeré, introduciéndole por la escalera de servicio, para que haga su debut en otro escenario; y al decir esto, miraba á la Señora de reojo, sonriendo con rufianesca bellaquería.

— Preciso es convenir en que eres maes-

tra. ¡Tengo en tí un tesoro! dijo la Señora, abrazando á la dueña, con tanta efusión y bulla, que la estrujaba entre sus carnudos brazos y abundante pechera. La pobre vieja se deshizo de aquel achuchón, aunque riendo y contenta como la joven, y exclamó: ¡Hija, que me ahogas!

En esto llamaron quedito á una puertecilla de escape, y corrió á ella la noble dueña; y una voz apagada, aunque no tanto que la Señora no comprendiera las palabras, dijo al vejestorio desde fuera:

— El señor de Arcieta. La vieja hizo un gesto desabrido; y ya cerraba la puerta en las narices del que al músico anunciaba, cuando la Señora

— Dile que entre. La dama, cariacontecida, se acercó al sofá, en que la joven estaba recostada, y le dijo con mal disimulado disgusto:

— Me retiro, si no tiene la Señora algo que mandarme.

La Señora se levantó, miróse al espejo, y arreglándose el moño, dijo riéndose:

— Quiero ensayar esta noche una toca-

ta española, para dar mañana al músico gabacho una lección, si la música francesa no me gusta...

La dueña se escabulló, mientras entraba el músico, precisamente á tiempo de oir las palabras de la Señora.

IV.

Esperaba el andaluz á su amigo, acostado, fumando cigarrillos, y leyendo un periódico; y ya eran las dos de la mañana cuando llegó aquel, con aire risueño, y dijo, sentándose en la cama:

— ¡Mi estrella se eclipsa!

— ¿Qué astro la oscurece? preguntó el andaluz, incorporándose en el lecho.

— Un amolador francés.

— ¡Fas posible! exclamó el amigo, riéndose: ¡un amolador francés! Mañana le arrimo yo una paliza, que le quite la gana de amolar más tijeras en esta tierra, y lo mando con la música á otra parte. Pero hablando seriamente, ¿qué hay?

Arcieta contó á su amigo las palabras^ que habia oido á la Señora, y la mirada y

sonrisa burlona, que al retirarse le dirigió al soslayo la vieja dama de confianza; y como aquella intrigantona le habia hecho siempre guerra sorda, temia fuese ella quien queria deshancarle con el francés, al que se referia la Señora.

— Esa bruja maldita es capaz de todas las bellaquerías, y de otras muchas más, exclamó Antolin; pero también á esa Celestina hay que ajustarle las cuentas. Mira, chico, no te apures, que problemas más árduos estoy yo acostumbrado á resolver, en un quitame allá esas pajas. Con tal que tu música agrade á la Señora» ríete de lo demás. ¿Supongo que, como siempre, te habrás lucido, dejando el pabellón bien puesto?

— Hemos cantado en si bemol, tocada el piano á dos manos, y después un tango,, compuesto expresamente para ella...

— ¡Magnifico! ¿Y hasta cuándo os habéis despedido?

— Ni ella me dijo que volviera, ni yo le dije que volveria.

— Eso es malo, dijo el andaluz, rascándose la oreja, y meneando la cabeza: y

después de breve pausa añadió: Es menester encontrar mañana al francés. La Señora, según dice ese papel, va por la noche al teatro Español; el gabacho irá, y yo también. Dormiremos ahora, que son las tres de la madrugada; y volviéndose del otro lado, repetia medio dormido: jYo ajustaré las cuentas á ese amolador francés!

Arcieta se paseaba silencioso por el cuarto, y al cabo de algunos momentos se acercó á la cama, y dijo:

— Ni tú ajustarás la cuenta al amolador, ni yo volveré á aquella casa.

Volvióse bruscamente Antolin; incorporóse, y fijando la mirada en su amigo, exclamó colérico:

— ¡Cobarde! ¡Anda; tú no eres español! ¡Abandonar la partida á un gabacho! ¡no; jamás; jamás! Aunque la Señora te apeste; aunque después de dar el escándalo del siglo la trates con el desprecio que merece, mandándola noramala, no debes pasar por la humillación de que te arroje como un trapo sucio, para reemplazarte por ese mequetrefe de extranjis. ¿Qué di-

rán de tí en Madrid? Serás el hazme reir, el ludibrio del mundo. ¡No; no, y mil veces no! Te conjuro, por nuestra inquebrantable amistad, á que abandones esa idea, indigna de tí. ¡Guíate por mis consejos! ¡Guerra al francés!

Como si no hiciera caso de esta fogosa catilinaria, Arcieta, con reposada voz y semblante sereno, respondió á su amigo: — Confieso que alguna vez creí que la Señora me amaba; ¿y por qué lo negaré? yo la amaba también. El amor, que es ciego, disculpa muchos errores y no pocas faltas; pero desde que llegó el desencanto, desde que vi que su corazón era tan grande, que podia amar á una docena á un tiempo, y que su afecto perdía en profundidad lo que ganaba en extensión, desvanecióse mi ilusión, y trocóse en desprecio el tierno sentimiento que antes me inspiraba. Desde entonces no he roto abiertamente con ella, por ciertas consideraciones; pero ya estoy arrepentido de guardarlas, cansado, y hasta avergonzado de mí mismo. Antolin, dimito generosamente, y no hablemos más del asun-

cueros cortesanos.

to, porque es peor meneallo. Es cosa resuelta.

Dicho esto, sin dar al amigo tiempo de replicarle, Arcieta salió del cuarto y se fué al suyo, que estaba inmediato.

El andaluz se extendió en la cama, se rebujó con las sábanas, y dijo como para sí:

— Eso será lo que tase un sastre. V.

Representábase en el flamante teatro Español, antes del Príncipe, el comedión de gran espectáculo, «La Grandiosa Isabel,» y habia lleno completo. Componíase el público de la flor y nata del partido moderado. Su Majestad la Reina honraba con su real presencia la representación del drama, en el que un poeta moderado cantaba las glorias de una fanática reina. Damas y damiselas, de la antigua y de la nueva aristocracia, lucían su belleza, verdadera en unas, fabricada para otras en los laboratorios de las perfumerías de París, y su mal disimulada fealdad no pocas, entre torrentes de dia-

mantés, de encajes y de crujiente raso. Rebosaba el patio en personajes políticos y financieros, de todas edades y cataduras. Condes improvisados, que recogian colillas ó gacetilleaban algunos meses antes, codeaban, tuteándolos familiarmente, á los Albas y Medinacelis. Diputados cuneros, d^ los que pagaban 250 pesetas de contribución, declarándose vendedores de puercos, para probar que disfrutaban las 3.000 pesetas de renta, que la sábia ley conservadora exigia á los legisladores , como garantía de su aptitud, capacidad y arraigo, se hombreaban al lado de los ministros, de quienes podían llamarse diputados, más que de los electores, que ignoraban hasta sus nombres. Poetas y poetastros, periodistas, literatos y literatuelos, se ofrecían en espectáculo, aparentando ser simples espectadores: y en medio de todo aquel Madrid, compuesto de la bohemia dorada y perfumada del moderantismo, lucia y descollaba la apuesta y gallarda persona del músico francés, muy rizado de melena, muy enguantado de amarillo, y bor-

dada la blanca pechera de fina batista, que el descote del chaleco descubría, y en la que lucían tres culos de vaso, que parecían diamantes.

Estaba el hombre hecho un verdadero ligurin, y en pié, y con el mayor aplomo y desparpajo, miraba con sus gemelos todos los palcos á la redonda, hasta que, descotada, risueña y frescachona, entró en el suyo la Señora, acompañada de la consabida dueña, que, á decir verdad, estaba desconocida; tantos eran los afeites con que habia pintarrajeado su curtido pellejo, y rellenado los huecos de sus infinitas arrugas.

Con desenvoltura y aire de taco sentóse la Señora, y con parsimoniosa majestad su acompañante.

La sinfonía terminaba en aquel momento, y el magnífico telón de boca de Filastre, se levantaba; pero ni siquiera se apercibió de esto la Señora, que tenia ya las miradas fijas en el francés, como él las suyas en ella. Y aquellas miradas, que empezaron por ser escudriñadoras, pasando á amables, y rematando en par-

leras, de puro expresivas, concluyeron en sonrisas preñadas de promesas, y que expresaban todo lo que pudiera decir un cuento de Torres. A estar sola aquella pareja en el coliseo, no procediera con más libertad que lo hacia, rodeada de miles de miradas fijas en ella.

Así, los comentarios y las murmuraciones corrieron de butaca en butaca, y de palco en palco. El verdadero espectáculo no se representaba en la escena, sino en la sala.

—Aquel es el favorito del dia, decia una baronesa á su vecina. ¿Has visto, anadia, mujer más escandalosa? ¡En la vida vi semejante falta de decoro!

La dama á quien esto decia la baronesa, no quitaba los gemelos del caballero, á quien la Señora miraba sonriendo, con tanta insistencia; y sin apartarlos de los ojos, decia:

— ¡Qué buen mozo es, hija!

— Calla, y no digas eso, replicaba la baronesa; añadiendo desdeñosamente: Si parece un commis voyageur. Apostaria cualquier cosa á que no es español.

— Será lo que quieras, pero más descarado no puede ser. Si desde que la Señora llegó no ha separado la vista de ella. El escándalo no puede ser mayor.

— Él es un fátuo, y ella una... descocada y sin vergüenza, decia en un palco del proscenio un señor grave y machucho, á una jamona muy aderezada; y lo malo será que este escándalo acabe en otro más ruidoso y de peores consecuencias.

Tales eran las conversaciones en que se entretenían en los palcos damas y caballeros, mientras la Matilde y Romea declamaban cadenciosos versos, con su habitual maestría.

Por primera vez la Señora, volvió la vista á la escena, y tomando con aire distraído un pimpollo medio abierto, del ramillete que tenia en la mano, con afectada negligencia lo puso en los cabellos.

El francés también, empuñó entonces los gemelos, y fijó la vista en la escena.

La Señora se habia puesto roja como la grana, y se abanicaba con mucha prisa, diciendo á la dueña:

— Estoy sofocada; este calor es insoportable: vamonos de aquí.

Y sin esperar que terminara el segundo acto, se levantó.

Ya iba á volverse hacia el patio para lanzar al francés una mirada lasciva, inflamada, y como de connivencia, cuando la dama de compañía, que la conocia á fondo, y la adivinaba, la detuvo, so pretexto de darle el ramillete, que habia dejado caer al levantarse, y le dijo en voz baja:

— ¡Señora, vea que la están mirando! ¡No se vuelva; por Dios!

— ¡Qué me importa! ¡Que me miren! Ellas se morirán de envidia, y ellos de celos...

Sin embargo, no le miró, y salió del palco sobrexcitada, nerviosa, hecha un ascua de lujuria.

— ¿Crees que se quedará hasta que la función concluya? decia la Señora á la vieja al salir del palco.

— Paréceme demasiado listo para perder tiempo tan precioso, replicó la bruja.

— ¡Son los hombres tan pazguatos!

VI.

Al montar en el coche la Señora, el francés ya estaba en la puerta del coliseo; pero no reparó que le seguía, expiando sus movimientos, un caballero, que no era otro que el andaluz Antolin.

Apenas salió al trote el coche de la Señora, montó el francés en otro, que tenia alquilado, y partió tras ella. Antolin se acercó á un simón, habló algunas palabras con el auriga, y montó; y éste, arreando el caballo, decia: — Comprendido, señorito. Con extrañeza del andaluz, el coche del francés no siguió al de la Señora, sino que fué á la casa de la dueña.

— ¡Ciertos son los toros! dijo para sí Antolin; Señora y dueña vendrán á pasar aquí la noche de jolgorio, para lo que el gabacho estaría prevenido.

Mas no fué así, porque llegó la dueña en su coche, y algunos minutos después salió, llevando á su lado al francés.

El coche de éste siguió al otro, y el del andaluz, á cierta distancia, fué tras am-

bos, hasta que llegaron al palacio de la Señora, en el que se entraron los dos primeros: el tercero se detuvo, y luego se dirigió á la calle de las Veneras.

— ¡Grandísima!... decia Antolin, dándose con los puños cerrados en las rodillas. Esto es hecho. ¡No me quedaba más que ver! ¡Pobre amigo!

Subió de dos en dos los escalones, y en cuanto entró en su cuarto y vió que Arcieta no estaba en casa, metióse en un bolsillo una pistola de dos cañones, y un cuchillo en otro; y ya iba á salir, cuando entró su amigo, quien, plantándosele delante, le dijo:

— ¿Qué actitud y qué ademanes de matamoros son esos? ¿Qué te pasa? Tienes el pelo encrespado, desencajados los ojos, y fruncido el entrecejo.

— Chico, replicó Antolin, haciendo por reírse; á mí no me pasa nada; á quien pasará algo, es al amolador francés, que debe estar ahora ejerciendo su oficio.

— ¿Le has visto? preguntó Arcieta.

— Y revisto, respondió el andaluz. Así tiene él facha de caballero como yo de

sacristán. Ese señor es un perdido, de los que andan por los garitos de París, oliendo donde guisan; pero te aseguro que yo le acusaré las cuarenta, y que llevará que contar, y no dinero.

— No seas calavera, y dime lo que te propones hacer.

— Poca cosa. Me voy á esperarle y le seguiré cuando salga, para saber donde vive; porque como irá en coche, no podré echármelo á la cara esta noche misma. Mañana será otro dia; amanecerá Dios, y veremos.

— No harás nada de eso, porque yo te lo prohibo. Esa mujer puede hacer de su capa un sayo, y preferir á quien más le plazca. Además, tú no tienes nada que ver con ella, ni se por lo tanto á tí, á quien corresponde el meterse á enderezador de tuertos ó torcidos, cual nuevo don Quijote; y en cuanto á mí, me tiene sin cuidado cuanto haga. Aquello pasó, y aquí me tienes tan fresco como una lechuga, no pensando más que en la instrumentación de la zarzuela que estoy componiendo. Conque, vamos á cenar al Cisne, que

aún no han dado las doce, y allí encontraremos alegre compañía que te distraiga. Y se lo llevó, no sin que dijera refunfuñando:

— Es temprano, y me sobrará tiempo para todo.

En aquella época no se cenaba del todo mal en casa deProsper: concurrían á sus comedores poetas y cómicos, periodistas y literatos, críticos y aficionados á las letras; y no faltaban pintores y músicos, gente bulliciosa y alegre, capaz de hablar de lo que ignoraban tres dias y tres noches seguidos, y sobre todo, de burlarse, aunque fuera de un entierro, y de quitar el pellejo al lucero del alba, y mejor aún unos á otros. Cuando llegaron Arcieta y el andaluz, apenas habia mesa desocupada, y desde la calle se oia el estrépito de las conversaciones.

A la puerta estaban ya, cuando Antolin detuvo á su amigo diciéndole: — Espera; no entremos...

— ¿Por qué? le replicó Arcieta.

— Para evitar algún lance desagradable, respondió el andaluz.

— ¿Y á propósito de qué nos puede ocurrir ese lance? dijo el músico admirado.

— A propósito del gabacho.

— ¿Y qué saben aquí del gabacho? replicó Arcieta riéndose.

— ¡Si, en! pues á estas horas no queda perro ni gato que no lo sepa.

— ¡No es posible!

— Si hubieras ido al teatro, no dirias eso. El escándalo que ha dado esa..., ha sido tal, que hasta las candilejas se han enterado. Todos los gemelos estaban fijos en él y en ella; porque ella y él no han dejado de mirarse y de sonreirse á las barbas del público. Vamos, como que nos han puesto el gorro de lo lindo, y con el mayor descaro. Se han quedado con nosotros, como diria un macareno. Ella se fué antes que terminara el segundo acto, más colorada que un tomate, y él salió tras ella y la siguió en otro coche. ¡Calcula los comentarios que habrán hecho tantas lenguas de víboras envidiosas! ¿Pien-

sas que tu nombre no habrá salido á la colada? ¡Buen papel estás haciendo!

— ¿A que no sabes lo que estoy pensando, á propósito de todo eso? dijo el artista, con la más risueña cara del mundo. Pues imagino que cuanto ocurre con el francés, puede servirme de asunto para la mejor de mis zarzuelas...

Este ha perdido los papeles, pensó el andaluz; pero interrumpió su mental consideración Arcieta, empujándole suavemente hácia el restaurante ó restaurador, por no decir restaurant, como ahora se usa, ó fonda, como decían aún en los tiempos de mi cuento.

No entró Antolin de muy buena gana, mas hizo de tripas corazón.

Saludaron, y fueron saludados por varios amigos; algunos se levantaron, con la servilleta en la mano y el bocado en la boca, invitándoles á sentarse; y aunque empezaron por rehusar, al fin tomaron asiento á una mesa en que cenaban tres amigos, Venturita, Tomás y Miguel, poetas los tres, y autores dramáticos por añadidura dos de ellos, y de ios que mo-

nopolizaban el teatro del Príncipe. Los tres eran del género chispeante y cómico, capaces de hablar mal de sí propios, si les faltaran víctimas que despellejar; pero eso sí, con su sal y pimienta; sal ática, cuando no Sabatinesca.

Ya habían descargado una botella de amontillado, y comenzaron otra, llenando las copas de los recien llegados.

Prosper en persona sirvió á cada uno de estos una perdiz escabechada, y mientras Arcieta trinchaba la suya, Venturita, tocando á Miguel, que estaba á su lado,, con una rodilla, y guiñando un ojo á Tomás, miraba maliciosamente al trinchador, y decia en voz baja, inclinándose y poniendo una mano junto á la boca.

Venturtta:— Mientras trinchas la perdiz Con un ánsia tan famélica, Cena el francés con tu Angélica, En intimidad feliz. Arcieta: — Pues cometes un desliz Si imaginas que me pesa. La perdiz es rica presa, Y ella le dará al cuitado, Conejo recalentado, Plato de la quinta mesa...

La réplica, que convirtió en décima

la redondilla improvisada por Venturita, fué dicha por Arcieta, en el misma tono y con el mismo ademan y precauciones que aquel tomó, y produjo una explosión de carcajadas, y bravos estrepitosos de todos los comensales, sin excluir los autores.

Era Miguel el gran improvisador de la reunión, como que tenia fama de ser una tarabilla, en poniéndose á soltar versos; y picado en lo vivo con las felices ocurrencias de sus compañeros de cena, dijo, remedando los ademanes y voz con que aquellos recitaron su décima:

—Hora que la musa sopla, A Cupido el zascandil Dejad, y á Baco gentil, Pesada como manopla, Entonémosle una copla. ¡Bebamos! ya que este vicio Nos alegra y vuelve el juicio, Y cene el francés los restos Nauseabundos é indigestos, De cien cenas desperdicio.

¡Bebamos! que chispeantes Saldremos de aquí, presumo. Inspirados por el zumo De los racimos brillantes. Ellos saldrán jadeantes;

Él, lacio, moquicaido, Hastiado y arrepentido; Ambos hechos unas plastas: Ella, cual colchón sin bastas, Polvoriento y descosido.

Iba el improvisador á arremeter con la tercera décima, cuando llegó á la mesa, y saludó á la alegre compañía un Quevedo, poetastro, que en nada se parecía á su famoso homónimo del siglo XVII; y todos se dieron de ojo, y le recibieron entre afables y burlones.

— No te invitamos, le dijo Tomás, porque te hemos visto cenar allí enfrente; pero siéntate y toma una copa.

— Gracias, dijo el inflado personaje; me he acercado solo para felicitarte otra vez, por el éxito de tu magnifico drama.

El autor inclinó la cabeza por toda respuesta, y entretanto, Miguel, dirigiéndose á Quevedo, le dijo con marcada intención:

— Viste qué risueña y hermosota se mostró la Señora esta noche? Estaba que decia ¡ comedme!

-Señores, replicó el poetastro, pausadamente, y con suma gravedad: cuidado

CUENTOS COKTESANOS

con la lengua, que yo no tolero que se ultraje á la Señora.

— Diciendo que estaba hermosota y apetitosa no se la ultraja, antes bien se hace el elogio de las gracias de su persona, dijo Venturita; y yo le debo demasiados favores para consentir que nadie la ultraje en mi presencia: mas figúraseme, señor Quevedo, que V. la compromete tomando su defensa á cada triquitraque, porque ni el parentesco, ni causa alguna aparente, le dan derecho para echarla de Don Quijote, convirtiéndola en Dulcinea.

Las miradas de los cinco comensales estaban fijas en las de Quevedo, que tardó en responder, sin duda porque no se atrevió á expresar en toda su crudeza lo que pensaba; pero al cabo, sin departirse de la pomposa gravedad y entonación finchada que lo caracterizaban, dijo pausadamente:

— No crea V., Sr. D. Ventura, que me ofende eso de llamarme Quijote, defensor de la honra de una dama, de quien jamás solicité ni recibí favores, siquiera no tenga más título para tomar su de-

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fensa, que el ser ella Señora y yo caballero; que en España, paréceme que basta y aun sobra, tanto más, cuanto que la veo zaherida y ultrajada por tantos bellacos, malandrines y follones, que después de explotarla, y abusar de la debilidad de su sexo, la insultan públicamente; y en fin, señores, no todo ha de ser en esta tierra de la hidalguía, hoy tan degenerada, truanería y bajeza. Siquiera, que haya un Quijote; y yo prefiero ese papel al del tragón Sancho Panza. Y no digo entre VV., que son hidalgos, y que si llegara el caso harian como yo, sino en todas partes, á pié y á caballo, con armas iguales, sostendré que la Señora de quien se trata, es la más recatada y pulcra dama que hubo ni habrá en los pasados tiempos, en los modernos ni en los futuros; y nada digo de lo hermosota, que yo á la belleza moral me atengo; que enamorado estoy de su alma y no de su cuerpo, si es que el vocablo amor puede con propiedad aplicarse, tratándose del respeto y admiración que sus relevantes virtudes me inspiran. Mientras así hablaba, miraba Queve-

do alternativamente á los comensales, que tenían los ojos fijos en él, y las manos en la cara, para disimular la risa; pero apenas terminó su arenga, se inclinó, saludando con aire ceremonioso, y añadiendo estas palabras de despedida:

— Siento haber interrumpido su alegre conversación, señores... y salió del come/lor, más arrogante que pudiera, en los tiempos de su privanza, el Conde Duque de Olivares, salir de la Real Cámara.

— Está visto que estamos en una jaula de locos, pensaba Antolin, viendo irse á aquel mentecato; pero confieso que nunca vi loco de tan buen capricho como este.

Venturita, que habitualmente tenia el rostro de color de aceituna, estaba encendido cual moco de pavo. Arcieta, sin levantar la cabeza, se refocilaba con la perdiz. Miguel fué el primero que rompió el silencio, diciendo:

— Después de todo, ese camino es tan bueno como cualquier otro para llegar hasta ella, aunque tenga sus puntas y ribetes de estravagante y de ridículo.

— Y de estúpido, añadió Tomás.

— Por eso lo habrá adoptado, que no es hombre á quien pudiera ocurrirse otro, añadió Arcieta.

— Señores, dijo Tomás, con seriedad tan cómica, que era difícil descubrir si hablaba de burlas ó de veras; permitidme que reserve mi opinión sobre él y sobre ella. Ningún hombre prudente debe decir de esta agua no beberé. Y puesto que hemos cenado, y es ya la una de la noche, bueno será pagar y tomar el portante.

Ya estaban todos en pié, y los mozos les ayudaban á ponerse los gabanes, y les daban los sombreros y bastones, cuando acercándose un señor alto y grueso, á. quien saludaron, llamándole unos Pepe, y otros D. José, dijo á Tomás, poniéndole la mano sobre el hombro:

— Vengo á felicitarte, aunque lo tienes tan callado.

— ¿De qué? preguntó Tomás.

— ¡Pues ahí es nada! la Reina te ha hecho Comendador de Cárlos III, por tu última obra dramática, probando así su predilección por las artes, y haciendo

justicia á tu mérito. Desde esta mañana lo sabes, y guardas el secreto á tus mejores amigos.

— La cosa no valia la pena de pregonarla hoy, puesto que la Gaceta traerá mañana el decreto. Y has de saber, que á no oponerse alguien, mucho más me diera su Majestad, que es buena, generosa, y de muy levantados pensamientos.

— Siempre te tuve por hombre agradecido, y á Su Majestad la Reina por todo eso que dices, y mucho más; y no dudo que más te diera si la dejaran, que la historia la llamará la dadivosa, epíteto que vale tanto como el mejor, porque implica algo de grande, y mucho de noble.

Mientras con mucha prosopopeya, decia esto el gordinflón de D. José, murmuraba Miguel al oido de Venturita:

— ¿Si habrá acabado ya la cena del gabacho y de Angélica?

— Ahora, respondió Venturita, imitando el tono de voz del famoso improvisador, estarán entre la poire et le frornage...

Miguel dió una palmada en la espalda

á Venturita, y salió desternillándose de risa .

El andaluz no habló palabra durante estas escenas, que pasaron ante él rápidamente. Parecia taciturno; y como al despedirse le dijera Miguel, qué mosca le picaba aquella noche, que le impedia soltar la sin hueso, como de costumbre, le replicó con sorna:

— Si el hablar es de plata, el callar es de oro; y por eso esta noche, en lugar de desperdiciar mi capital hablando, lo he aumentado callando y escuchando; y más he aprendido que en siete años de universidad.

— Pues suelte en un aforismo el resumen de la enseñanza recibida, señor Doctor, graduado en la fonda del Cisne, replicó Venturita.

— Pues allá va; y caiga el que caiga, dijo Antolin; y sin tomar tiempo para pensar lo que habia de decir, añadió: Los locos dicen las verdades, y por eso Quevedo os la dijo, respecto á la Señora, y á sus explotadores: y yo añado, que tal como es, ella vale más que ellos.

— ¡Bravo, Antolin, bravo! dijeron en coro los que escuchaban; y Miguel añadió:

— Chico, respecto á eso, siempre pensé como tú...

VIII.

Separáronse, y Arcieta y su amigo se encaminaron hácia la calle de las Veneras; y ya el sereno les abria la puerta, cuando se les incorporó un hombrecito, embozado hasta los ojos, que habia subido rápidamente la calle, mientras ellos la bajaban. Era el recien llegado rechoncho y nada joven, y el músico reconoció en él, no sin sorpresa, al maestresala ó mayordomo de la Señora, que estaba en la confidencia de sus relaciones.

— ¡Cuánto me alegro de llegar á tan buen tiempo! exclamó sofocado, aunque risueño el hombrecito.

— ¡Qué ocurre! le preguntó Arcieta.

— Subamos, señor, que no es para dicho aquí, replicó el otro.

Subieron, y apenas estuvieron solos Arcieta y el hombrecillo, éste dijo con acento afligido, y sobresaltado:

— ¡Ay, señor; V. no sabe lo que pasa!

— ¿Qué he de saber, si V. no me lo dice?

— ¡Pues es una friolera! y esto no puede quedar así; no, señor.

— Pero, en fin, veamos de qué se trata.

— Trátase, Sr. Arcieta, de que la Señora ha recibido esta noche á un francés, que le presentó la marquesa, y cuando se ha retirado, que no hace un cuarto de hora, llevaba en la mano la llave de dos vueltas.

— ¿Y eso es todo? dijo Arcieta.

— ¿Cómo si eso es todo? ¿V. no tiene noticia de la llave de dos vueltas?

—No.

— Como es V. tan de la casa, yo creia que estaba enterado. La Señora tiene una llave de dos vueltas, que abre y cierra todas las puertas, aunque estén cerradas, porque las otras llaves sólo son de una. De manera, que con esa llave no hay puerta cerrada que no se abra, ni puerta cerrada con ella que pueda abrirse con otra, ¿fía comprendido V. ahora?

— Sí; he comprendido: ¿y qué?

— ¿Y qué? ¿Y lo dice V. con esa frescu-

ra? ¿No ve que ahora estamos todos vendidos en aquella casa, y á la merced de un francés desconocido, que podrá ser muy bueno, pero que acaso sea muy malo?

— ¿Y cómo puedo yo remediar eso?

— Ya veo que V. está picado con la Señora, y acaso tenga razón. ¡Si V. supiera! La culpa es de aquella bruja de dueña, que el diablo confunda. Ella es la que calienta los cascos á la Señora, y la saca de sus casillas. Confieso que no me llega la camisa al cuerpo. Aconséjeme V.; ¿qué debo hacer yo, pobre de mí?

— ¿Por qué no va V. á ver al intendente y tutor de la Señora*! Esas cosas son de su incumbencia, y él es muy hombre para remediarlas.

— Verdad es; pero es el caso que él no guardará el secreto de ser yo quien se lo ha dicho, la Señora podrá despedirme, y yo perder toda una vida de servicios en la casa. A V. ya es otra cosa; le conozco bien, y sé que no me comprometerá.

— El tutor manda en la casa más que la Señora, y lo que pierda V-. con ella lo ga-

nará con él, caso de que lo descubra. Y diga V., ¿qué tal hombre es ese francés? ¿Habló V. con él?

— No señor, aunque le vi y le oí; pero tendré que hablarle, porque apenas salió de casa, la Señora me llamó y dióme sus señas y nombre, para que á las diez de la mañana le lleve un encargo.

— ¿Y dónde vive? preguntó Arcieta.

— Esta es su tarjeta, respondió el vejete, dándosela.

— Monsieur Ernest de la Grossemaguette, calle de Alcalá, número 10, leyó Arcieta en alta voz. A estas horas lo que debe V. hacer, añadió, es irse á descansar; y mañana, antes de llevarle el encargo de la Señora, ver al tutor, y enterarle de lo que pasa.

Pensativo quedó el hombrecito al oir este consejo, y después de breve pausa

— Señor, V. no ha comprendido toda la gravedad del caso: si preveyendo que la Señora le pida la llave, mañana ó pasado, saca el molde con cera, y hace que le hagan otra igual... No, esto no puede ser,

añadió, como si hablase consigo mismo: es necesario recobrarla en seguida, y á todo trance. ¡Un extranjero tener la llave única de la casa! La única, sí señor, porque V. comprende que es como si lo fuera, aunque hay muchas... ¡Vamos, si esto es horroroso! La Señora se pasa de buena; lo datodo, y masque tuviera; pero nunca se le habia ocurrido dar la llave de su casa, y con ella la de las habitaciones de todas las personas que allí vivimos. Él se la habrá pedido; y la Señora, que no necesita que le pidan para darlo todo, ¡figúrese V. sise negaría "á darlo pidiéndoselo!... ¿Y quién responde de la intención con que se la pediría? Aquí hay algo turbio, que es necesario poner en claro, sin perder tiempo,

IX.

El andaluz habia oido toda esta conversación desde su cuarto, y al dejar el atribulado maestresala su taravilla, entró en la alcoba de Arcieta, púsole el som-

brero en la cabeza, tiróle del brazo con violencia, y le dijo, con trágico acento:

— j Vamos por la llave á casa del franchute!

— ¡Por Dios y por la Virgen Santísima, no me pierdan VV.! exclamó el viejo, con suplicantes ademanes y aspavientos.

Los amigos no prestaron atención á la súplica del afligido fámulo: el músico resistió al tirón de Antolin, y ambos se miraron cara á cara fijamente. Arcieta estaba impasible; su amigo furioso, y con reconcentrada rabia, dijo á aquel:

—¡Anda, que tienes sangre de horchata!

Como si no parara mientes en el insulto, dijo el músico friamente:

— Me parece que no debo dar este paso sin consultarlo con el tutor de la Señora, tanto más, cuanto que le debo otras atenciones.

— Vamos en seguida, respondió Antolin, al ver que al fin su amigo tomaba una resolución.

Los tres salieron juntos cuando la péndula, que habia sobre la chimenea, daba las cinco, y ya empezaban á oirse en las si-

CUBNTOS CORTESANOS.

lenciosas calles de la coronada villa, los cencerros de las burras de leche, cuando llegaron á la puerta del tutor é intendente de la Señora.

Separóse de ellos el fámulo, encomendando su alma, y su cuerpo en la tierra, á la discreción de los dos amigos, con tanto fervor cual pudiera á dos santos del paraíso .

A pesar de lo intempestivo de la hora, los criados del tutor, cediendo á las instancias de Arcieta, consintieron en despertarle; y el viejo general, enterado de quién era, y de que se trataba de un asunto urgente de la Señora, le hizo entrar en la alcoba.

Era el tutor un señor como de hasta cincuenta y tantos otoños, grueso y no mal conservado, de enérgica fisonomía, y de gran vivacidad en palabras y ademanes; y además de todo esto era un tipo, un carácter, en toda la extensión de la palabra. Andaluz, campechanote y bravucón, y conocedor de los hombres, que traia al retortero, y al servicio de sus personales intereséis, con mucha desenvoltura, sir-

viéndose del talento de los que tenían más que él, y del corazón de los que le sobrepujaban en braveza, nuestro héroe era el jefe de un gran partido, que á su antojo dominaba. Tal era el tutor de la Señora, pudiendo de lo dicho colegirse quesera una verdadera y enorgullecida potencia social y política.

Al entrar el músico en su alcoba, sentóse en el lecho nuestro hombre, calóse el gorro, que cubría de noche la calva, de día oculta por monumental peluca, y le dijo, con acento entre amoscado y risueño:

— ¿Qué contradanza es esta á tales horas, señor Arcieta?

Contóle el músico brevemente lo que ocurría con la llave de dos vueltas del palacio de su pupila; y así que concluyó su relato, el viejo tutor le dijo:

— Todo esto me huele á intriga de aquella maldita bruja, que oculta al diablo tras la santidad de su título. Agradezco á V. queme cuente todo eso; pero más le agradecería que me trajera la llave.

— Mi general, respondió Arcieta, he

CUENTCS CORTESANOS.

creído que antes de buscar al francés, para arrancarle la llave, debía consultar el caso con vuecencia, temeroso de cometer una indiscreción, que pudiera seros desagradable.

— Agradecido, señor Arcieta: puede ir á traerla, si no es más que por eso la detención, replicó el general; y así diciendo se acostó, rebujóse bien con las envolturas del lecho, y volvió la espalda al músico.

Tragóse Arcieta, aunque digiriéndola mal, esta grosería, y salió de la alcoba del tutor, sin decir buenas noches ni buenos dias; y al llegar á la puerta de la calle, dijo al andaluz, que lo esperaba impaciente:

— ¡Voy por la llave!

— Vamos, querrás decir, le respondió el amigo, que yo no te dejo ir solo por ella. De entre los dos el que en este lance puede arriesgar más, debe ser el que ménos tiene que perder, y ese soy yo. Déjame tomar la iniciativa, y verás como todo sale á pedir deboca. He vivido en la casa de h uéspedes donde para el gabacho, y las

criadas me conocen: ¡ya lo creo que me conocen! En tu vida has visto muchachas de Vizcaya más frescas y guapotas. A pesar de ser tan temprano, no habrá dificultad en sorprenderle en la cama, cual cachorro en su madriguera.

— La iniciativa, replicó Arcieta,, no puede ser tuya sino mia. Habrá desafio, y ya comprendes que no puedo batirme por delegación: eso seria zarzuelesco. Tu papel en este drama es el de testigo, ó el de parte por medio.

— ¡Desafío! ¿Qué estás diciendo? ¿Qué más quisiera ese amolador, que probablemente será un espadachín, ansioso de escándalo, que volver á Francia, jactándose de haber amolado á media España? Ni pensarlo. Nada de desafio. Ya verás como yo lo arreglo al uso de mi tierra, y que sale, rabo entre piernas, y con las orejas calientes, diciendo: ¡tio yo no he sio!

— ¿Y qué ganaremos con todo eso si no le sacamos la llave? preguntó Arcieta.

— ¡No se la hemos de sacar! respondió el andaluz. ¡No ves que si no le saco la llave le sacaré las tripas! Y al decir esto,

CUENTOS C011TBSA.NOS. 217

levantaba las manos en forma de garras, encorvando los dedos.

Hablando así, llegaban al número 10 de la calle de Alcalá, y subían al segundo piso.

Tiró el andaluz del cordón de la campanilla, y abrió la puerta una móza á medio vestir, y no más despierta que vestida, que al ver á Antolin, exclamó:

— ¡Señorito, V. por aquí, tan temprano! ¿qué le ocurre?

— Venimos á ver á un amigo francés, respondió el andaluz, entrando en el corredor.

— Si hace poco que se acostó, replicó la fámula: debe estar en el primer sueño.

— No importa, porque se trata de un asunto que le interesa, y se alegrará de que lo despertemos.

El andaluz dijo esto en voz baja, y ella respondió en el mismo tono:

—Ese es su cuarto.

— Puedes irte otra vez á la cama; y así diciendo, Antolin abrió lentamente y sin ruido la puerta que la moza le indicaba.

CUENTOS CORTESANO-*.

Los dos amigos entraron cautelosamente en una oscura salita, cuya puerta cerró el andaluz con mucho tiento, y con no menor fué á abrir una hoja de la de un balcón, con lo que en la sala y en la alcoba penetró la luz del dia. Estaban abiertas las vidrieras déla alcoba, dejandofver la cama, en la que el francés dormía á pierna suelta, bien ageno de que lo despertaran tan intempestivamente. Antolin se puso delante del lecho, é hizo seña á su amigo para que se colocara á los piés, y durante dos minutos contemplaron ambos al durmiente. Después paseó el andaluz sus miradas por la alcoba, y sobre los muebles de la sala, por si descubría algún indicio de lo que buscaba, hasta que cerciorado de que nada veia, despertó al francés, sacudiéndolo y diciéndole en voz alta:

— ¡En, amigo, despierte, que es tarde! Abrió el hombre los ojos, que en verdad no lo hizo sin trabajo, pues como había dicho la criada estaba en el primer.

sueño: restregóselos con el revés de la mano, y viendo á aquellos desconocidos junto á la cama, todo sobresaltado, quiso incorporarse; mas poniéndole Antolin la pesada mano en el hombro, le dijo en francés:

— No se inquiete, señor, ni tema nada, y estése quieto.

— Pero, señores, dijo el francés; ¿qué significa esto? ¿Quiénes son VV., y qué buscan aquí á estas horas?

Inclinóse Antolin, y en voz baja, y con los ojos fijos en los del atónito monsieur, le dijo:

— ¡La llave!

— ¡La llave! replicó éste. ¿Qué llave?

— La que anoche dió á V. la Señora... dijo el andaluz en el mismo tono, y sin cambiar de actitud.

— ¡Ah! exclamó sorprendido y desconcertado el parisién: ¡esto es una traición! Yo no tengo llave alguna que dar. Si VV. son caballeros, daréles mi tarjeta y...

Decia esto haciendo ademan de levantarse; pero volviendo á ponerle la mano en el hombro, le dijo Antolin:

— No se mueva, porque si pestañea lo dejo frito.

— ¡Vienen VV. á asesinarme! exclamó el francés, con los ojos desencajados.

— Si V. hace la menor demostración de resistencia, no se levantará más de ese lecho; pero si nos da la llave, no le sucederá nada. Después que la dé hablaremos de cambio de tarjetas, y de todo lo que V. quiera. Hemos venido por la llave, y nos la llevaremos á todo trance, cueste lo que cueste. Con que sin más rodeos, venga ahora mismo.

Decia esto Antolin con voz enérgica, y reconcentrada, cual hombre resuelto y apercibido á todo evento, con el brazo izquierdo extendido, y la mano abierta, que casi llegaba al cuello del francés, y la derecha metida en el bolsillo del gabán.

El francés miraba á uno y otro lado con espantados ojos, y á Antolin no se le escapaba el más mínimo de sus movimientos, siguiendo con las suyas las miradas del otro.

No tenia nuestro hombre armas á mano; estaba acostado y desnudo; un joven

membrudo y vigoroso, que no debia tener ménos de un arsenal en los bolsillos, se habia colocado junto á su lecho, y no le quitaba los ojos de encima; encontrábase en España, el país clásico de los puñales y de las navajas: otro hombre, cuyas manos no veia, estaba á los pies de la cama, dirigiéndole siniestras miradas, nada tranquilizadoras; el honor de una elevadísima dama se hallaba comprometido en aquel lance, y aquellos hombres debian ser dos sicarios, capaces de todo, y pagados por algún rival celosp. Hacia el francés rápidamente estas reflexiones, creyéndose perdido, y víctimade una emboscada, y dirigió una mirada al cajón de la mesita de noche, que estaba junto á la cama. Antolin, que lo expiaba hasta en sus pensamientos, que pretendía leer en la expresión de su semblante, rápido como un relámpago, abrió el cajón y sacó de él una llave nada pequeña, diciendo en francés, con aire triunfante, y levantando el brazo hasta ponerlo horizontal: — ¡La voicil Hubo un instante de silencio, en el que

los tres personajes de esta escena contemplaron la llave, que el andaluz enseñaba gozoso, blandiéndola cual si fuera un martillo, y á fé que lo parecía, tal era ella de gruesa y pesada.

Inclinóse luego hacia el francés, sin oponerse ya á que se incorporase en el lecho, y hablándole en su lengua le

— Esta tarde á las cinco sale de ahi enfrente la diligencia para Bayona, y en ella se volverá V. á su tierra, á no ser que prefiera dejar los huesos en esta. En este caso tiene V. tiempo de consultarlo con su embajador, quien de seguro le dirá lo que yo. Queda V. en libertad de hacer lo que guste; mas si se queda, no pierda el tiempo y haga testamento antes délas cinco... Si se resuelve á irse, ya puede mandar por el billete, más tarde podria no encontrar asiento.

En tanto que esto decia Antolin, con voz imperativa y gran volubilidad, Arcieta se iba acercando á la puerta; y al pronunciar aquel las siguientes palabras, ya en medio de la sala: ¡Con que, lo dicho!

ambos salieron, entornando tras sí la puerta.

Al verlos salir, Mr. de la Grossem agüeite saltó de la cama y corrió al balcón, con ánimo de gritar: ¡ladrones! mas detúvose en medio de la sala, reflexionando á tiempo, que, no habiéndole robado más que la llave, cuya posesión no podria justificar ante los tribunales, si á ellos fuera, sin comprometer la honra de tan encumbrada dama, y que ésta, en todo caso, negaría habérsela dado, con lo que él seria quien por ladrón pasara, cubrióse la faz con las manos, y con el acento de la más profunda desesperación exclamó:

— ¡Desgraciado de mí!

XI.

Al bajar la escalera dió Antolin la llave á su amigo, y le dijo:

— ¿No te parece que tomemos chocolate en casa de doña Mariquita? Después yo me iré á dormir, y tú á llevar al general la famosa llave rescatada.

Así lo hicieron, y mientras se refocila-

ban con los mojicones, empapados en el espeso ungüento color de castaña, llamado chocolate con leche, decía Arcieta:

— Buena suerte hemos tenido, pero debimos dejar nuestras tarjetas al gabacho.

— ¿Para qué? No pienses más en eso. El hombre se irá esta tarde, echando pestes de España y de los españoles, diciendo que el Africa empieza en los Pirineos, que una cuadrilla de brigantes de Sierra-Morena, armada de trabucos como morteros, y de navajas como sables, le sorprendió, y que por milagro no lo descuartizaron, aunque le robaron cuanto tenia, hasta las llaves... Lo que ahora debemos ver es lo que más te conviene. En tu lugar yo no llevaria la llave al tutor, sino á la pupila, y se la restregaría por los hocicos, para que aprendiera á tener dignidad y alguna vergüenza, que mucha ya sé que no la tendrá nunca.

— Después de todo, dijo el músico, y refíexionándolo bien, no vale la pena, puesto que no he de volver á verla, al menos

á solas. Llevaré la llave al tutor, que hará de ella una arma ofensiva y defensiva contra su casquivana pupila.

Antolin no insistió, y se fué á dormir hasta las cinco de la tarde, hora en que debia asistir á la partida del francés, caminito de su tierra, si es que á tal humillación se sometía; y Arcieta llevó la llave al viejo tutor, que lo recibió amigablemente, y le invitó á almorzar, incitado por la curiosidad de saber los pormenores del lance, en cuanto el músico, sacando la llave del bolsillo, le dijo:

— Esta es la llave de dos vueltas, mi general .

Examinóla éste atentamente, y dijo, metiéndola en un cajón de su escritorio:

— La guardaré por ahora, á no ser que V. prefiera devolvérsela á aquella... que tan buen uso hace...

Y diciendo esto miraba á Arcieta, y se sonreia con aire socarrón,

— Nada de eso, señor, replicó el otro. Me he propuesto no verla más, y sentiría tener que ir con esa embajada.

CUENTOS CORTESAN09.

— ¿Sabe el francés quién es V.? preguntó el tutor al músico.

Este reñrió entonces la aventura del rescate de la llave, con todos sus pormenores, de lo que rió mucho el general; y como un criado les anunciara que el almuerzo estaba servido, pasaron al comedor, y sentándose á la mesa, dijo el tutor á su huésped:

— Su amigo, mi paisanito, es mozo que me gusta: ha prestado un buen servicio á la casa recuperando la llave, y merece que le dé una buena colocación, en alguna de las posesiones de mi pupila. El tal Antolin tiene chispa, y es echado para adelante: así me gustan á mí los hombres. Ahora falta ver si el gabacho se larga esta tarde. De todos modos, mandaré á la calle de Alcalá quien vigile, para evitar algún disgusto, que pudiera acarrear graves consecuencias, y ya me presentará V. su amiguito, el dia que le parezca.

Cuando Arcieta se despidió del tutor, quedó con éi á partir un piñón, como suele decirse.

XII. -

Mientras los dos amigos saboreaban tranquilamente el chocolate de doña Mariquita, Mr. de la Grossemaguette, desconcertado y aturdido, vestíase apresuradamente, y corria á casa de la vieja marquesa, á quien contaba, con vivos y exagerados colores, la bellaca sorpresa de que habia sido víctima. Pensativa quedó al oirlo la arrugada Celestina, y creyendo que todo ello era una trama, urdida por el tutor, se acobardó temerosa del escándalo, y sobre todo, de las consecuencias que pudiera traer para ella.

— ¡El tutor es un monstruo, un infame, capaz de todas las maldades! ¡Desgraciadamente lo puede todo! ¡Pobre Señora]

La afligida vieja decia esto en son de amargas lamentaciones; y en tono plañidero añadió:

—Créame V., señor de la Grossemaguette, lo más prudente será aplazar por ahora sus relaciones con mi amiga, y marcharse esta tarde. Conviene que esos

picaros le vean irse, que ya haremos de modo que V. vuelva, y que á ellos se los lleven todos los diablos del infierno. Nuestros enemigos son poderosos, temibles, sí señor, y mucho, por desgracia; pero aqui donde V. me ve, hecha una pobre vieja, he de poder más qué ellos; que la paciencia y la maña vencen á la larga á la más fiera y arrogante prepotencia...

— ¡Señora mia! deciael francés; V. es mi ángel tutelar, y llena mi corazón de halagüeñas esperanzas; mas suplicóle me diga: ¿Cómo esos miserables han podido saber á las seis de la mañana, que á las dos me habia dado la Señora la preciosa llave? Por fuerza hay espías que la vigilan en su misma casa, en su propia alcoba; de otro modo fuera imposible tal descubrimiento.

Suspensa, atónita, quedó la astuta serpiente, oyendo esta justa observación del francés; pero al cabo de algunos instantes, dándose una palmada en la frente, exclamó:

— ¡José, sólo José, el maestresala, puede ser el delator! Ese picaro viejo,, falso, que

no puede verme ni pintada; y como vela en la antesala cuando la Señora se lo manda, es el único que podia llevar la noticia al tutor. ¡Ya me las pagará todas juntas!

— ¡Respetabilísima señora! decia Mr. de la Grossemaguette, con entonación que tanto tenia de sentimental como de enfática; mi honra está comprometida en este lance: yo no puedo irme asi, dejando impunes á esos brigantes, y quedando en ridiculo ante la Señora. Si esto se supiera, yo pasaria por mal caballero, por el hombre más indigno del mundo.

— ¡Ay, señor! yo me pongo en su lugar, y veo lo que debe sufrir en esta ocasión persona tan distinguida como V.; pero créame, el mal por ahora no tiene remedio. La llave estará ya en manos del general, y mi desgraciada amiga, víctima de ese perverso ambicioso, no es dueña de su casa ni de sus acciones. En todo caso no tome V. resolución alguna antes de que yo la vea. Ahora mismo voy á mandar enganchar el coche é iré allá: véngase V. entre una y dos de la tarde: y en diciendo esto se levantó, despidióse del

francés, y voló á casa de la Señora, mientras él volvía á la suya.

Tratándose de damas tan encopetadas, la palabra no parece muy pulcra, ¿mas por qué, siendo tan gráfica, dejaríamos de decirla? y es que la camisa no le llegaba al cuerpo á la ilustre zurcidora de voluntades, pensando en el berengenal en que la habia metido su amiga, dando al franchute, su protegido, la malhadada llave de dos vueltas.

— ¡Vamps, si al diablo se le ocurre cosa igual! iba diciendo para sus adentros, mientras el coche rodaba hácia el palacio de la Señora: Aquel viejo zorro es capaz de pedir á mi amiga que me separe de su lado, en cambio de la llave; y como la soga se rompe siempre por lo más delgado...

Al verla entrar, la joven Señora corrió al encuentro de la señora vieja; echóle los brazos al cuello, llena de gozo, excla-

mando, con la efusión más cariñosa y sincera:

— ¡Cuánto te debo! ¡Qué gran servicio me has prestado! ¡Me has reconciliado con Francia!...

Diciendo esto, la entusiasmada dama besaba y daba achuchones á su amiga, añadiendo, con la volubilidad - que le era característica: España no tiene más remedio que reconocer, que los franceses están en todo mucho más adelantados. ¡Ah! ¿sabes? le he dado mi llave, y esta noche entrará sin hablar con nadie, sin llamar la atención, ni que lo anuncien. La pasaremos deliciosa, toledana, y cenaremos juntos y solitos; á menos que tú quieras ser de la partida, y testigo de mi felicidad... ¿Pero qué tienes? ¿estás mala?...

Miraba la vieja á la joven sin pestañear, irresoluta, cariacontecida, pareciendo temerosa en responder á su amiga, hasta que, al fin, sacando fuerzas de flaqueza, le dijo pausada y gravemente: — Esta noche estará camino de Francia...

— ¿Quién? pregunto sorprendida la Señora.

— El señor de la Grossemaguette, respondió con débil voz la dueña dolorida

— :¡Im posible! ¡No saldrá de Madrid, porque yo no quiero! ¿Acaso no ha quedado contento de mí? ¿Tan vieja, tan fea, tan sin atractivos y sin gracia soy yo que asi me planta? ¿Sus febriles ternezas, las protestas de amor que me ha hecho, serian falsas? — ¡No, eso no puede ser; te han engañado!

— ¡Ya lo creo que ha salido de aquí más enamorado que entró! No se va por su voluntad; pero aunque vos no queráis que se vaya, y él esté dispuesto á exponer la vida por quedarse, se irá hoy mismo, á las cinco de la tarde, en la diligencia de Bayona, dijo la dama de compañía.

— ¡Pero Señor! ¿Cómo puede ser eso? ¡En mí nadie manda más que yo, y en él soy yo quien manda, puesto que me ama, me idolatra, y se haria matar por mí!

Decía esto la Señora, conmovida y sobreexcitada.

— Mucho siento desengañaros, replicó

ia vieja, pero contra la evidencia no hay sentimientos ni subterfugios que prevalezcan. Vuestro tutor lo ha dispuesto de otra manera. Enterado, no sé por quién, aunque lo sospecho, de que anoche disteis la llave de dos vueltas al señor de la Grossemaguette, ha mandado á su casa, al rayar el dia, una cuadrilla de asesinos, que lo han sorprendido, amenazándole con estoques y navajas; le han quitado la llave, y le han dicho que lo matarán si no se va esta tarde á Francia.

¡Quién pudiera pintar y describir la desesperación que se apoderó de la Señora! Al oir esto, gritó, lloró, pateó, mordióse las manos, rompió muebles, y sus voces eran descompasadas. Las palabrotas de carretero, los apostrofes más bajos y groseros, los decia á gritos, cual pudiera una Maritornes de posada. Alarmáronse los criados, y acudieron á las habitaciones inmediatas á escuchar, entre curiosos y atemorizados, los desaforados gritos de su ama, quien, como loca, fuera de sí, exclamaba: — ¡Cómo se entiende! ¿Ya no soy ama en

mi casa? ¡Pues haré lo que me salga de aquí, que nadie manda en mi gusto! ¡Sí, sí, haré lo que me dé la real gana! ¡No se irá, porque no quiero; no quiero; no retequiero!.,.

La exaltación de la contrariada joven llegó al paroxismo, y cayó en un sofá, retorciéndose los brazos, y toda convulsa.

Llamaron en aquel momento cautelosamente á una puerta, y corrió á ella la vieja, trémula y asustada, la entreabrió, y una voz melosa dijo desde fuera:

— El reverendo confesor de la Señora, desea hablarle, y pide su vénia.

— ¡Dile á ese viejo chocho que se vaya noramala! gritó con ronca voz la Señoras ¡Para confesores estoy yo! ¡A ver como no me llevan todos los diablos! ¡Ay Señor! ¡Dios mió! decia apretándose la frente con las manos:

— ¡Estoy loca; ni sé lo que hago, ni lo que digo, ni lo que pasa por mí!... ¡Me siento mala, muy mala; échame agua en la cabeza!... ¡me va á dar algo!...

Mientras la Celestina le aplicaba en la frente un paííizuelo, empapado en agua y

sales, la Señora le decía con voz quejumbrosa:

— Tú tienes la culpa; ¿por qué me traes tan malas nuevas?... Y después de una pausa, cambiando de actitud, con tono plañidero, y llorando, añadía:

— j Jesús mío! ¡Qué desgraciada soy! ¿Por qué me pruebas así? ¡Yo haré una novena á tu santísima madre la Virgen déla Paloma!... Di, ¿cómo haremos para que no se vaya? ¡Querida mia, inventa algo para que se quede Mr. de la Grossemaguette!

La Señora llevaba al cuello un escapulario de la Virgen del Carmen, y sacándolo, lo contempló y besó varias veces, con devoción y recogimiento.

— ¡La religión es un gran consuelo en las aflicciones! decia entretanto, con seráfica unción, la taimada vieja: Si no existiera habría que inventarla. Y luego, con gesto diabólico, inclinándose, como para decirle algo en secreto, trasformando la expresión de su arrugado rostro y de sus ribeteados ojillos, de seráfica, en la de bruja, que en el Aquelarre solicita las ca-

ricias del macho cabrío, vulgo cabrón, en lenguaje de brujas, añadió con voz melosa:

— Toda Francia no se encierra en un francés... y por la puerta que este sale otro mejor entrará, sin necesidad de la llave de dos vueltas.

Fijáronse una en otra, con tal intensidad, las miradas de la joven y de la vieja, y se produjo en el pensamiento de ambas cambio y relación tan profundos, compenetrándose tan recíprocamente como si hablaran, que al fin, la joven, atraída cual la avecilla, fascinada por el aliento del Boa constrictor, se incorporó lentamente, con el semblante jubiloso, radiante, y sin decir palabra besó y abrazó á la bruja con ardorosa emoción.

— Solo pido á Dios una cosa, dijo la vieja, haciendo un pucherito, sin desasirse de los brazos de la joven, ni apartar su rostro del de ella; y es que no me dó el disgusto de separarme de vos durante los pocos años que me restan de vida...

— ¿Y quién nos habia de separar? dijo la Señora, apartando sus brazos del cuello

de la afligida amiga, y mirándola sorprendida.

— El diablo con sus malas artes, que es como si dijéramos ese monstruo, bárbaro y feroz, que hoy os separa de la persona que habiais invitado á cenar esta noche, dijo la bruja vieja, mirando á la otra con aire compungido y apenado.

— ¡Ser mayor de edad y estar bajo tutela, es cosa insoportable! replicó la joven; pero ayúdame, que te aseguro no descansaré hasta deshacerme de ese tutor, que tiene más de tirano que de protector mió.

Aqui llegaba el diálogo de aquella insigne pareja, cuando fué interrumpido por un lacayo, que anunciaba al tutor.

— ¡El ruin de Roma! exclamó la Señora.

— ¡Dios nos asista! respondió la bruja, elevando las miradas al cielo, y cruzando las manos, con ademan suplicante.

— Que espere un instante en el salón, dijo la Señora al lacayo, que se habia quedado en la puerta, y que cerró ai irse»

— Nada temas, continuó la joven, dirigiéndose á su amiga. Ya estoy serena;

23S

seré dueña de mí, y engañaré á ese viejo pelucon, como á un chiquillo.

La Señora dijo estas palabras, con el aplomo y la seguridad de quien está acostumbrado á salirse con todos sus caprichos.

— Si necesitáis que os ayude me quedaré; si no, vuelvo á casa, que ya debe estar allí, para despedirse y recibir mis últimas instrucciones, Mr. de la Grossemaguette, respondió intencionadamente la taimada bruja.

— ¡Ah! exclamó la Señora, dile tantas cosas de mi parte. Procuraré escribirle y mandaré á tu casa el billete.

Mientras esto decia, mirábase al espejo, pasaba por la cara la esponja y la brocha, con los polvos blancos, arreglaba con ágiles dedos el descompuesto moño, y se ponia en estado de presentarse al adusto tutor.

XIV.

Al volver á su casa Mr. de la Grossemaguette, encontró en ella al viejo maes-

tresala, que lo esperaba hacia ya rato. Hízole entrar en su habitación, y entonces le dijo el viejo:

— ¿Tengo el honor de hablar al señor de la Grossemaguette?

— En efecto, yo soy,, respondió el francés.

El otro se inclinó, y dijo, con respetuoso y deferente ademan.

— La Señora me manda para preguntar á V. si ha pasado bien la noche, y para entregarle esta carta y esta cajita; y puso al decirlo ambas cosas en manos del francés.

El gal,an leyó el billete, y no pudiendo contener la impresión que le causaba, decía mientras iba leyendo:

— ¡Admirable! ¡Admirable! ¡Sublime! Apenas acabó la lectura, le dijo el maestresala:

— Dispense V., señor de la Grossemaguette, yo le agradecerla tuviera la bondad de darme dos líneas para la Señora...

— Ciertamente que sí, caballero, respondió el interpelado, que examinaba entre-

tanto, con la mayor atención, el contenido de la cajita. Supongo, decía para su coleto, que no vendrán á quitarme estas joyas como la llave ¡Futre! ¡Ahora no me cogerian por sorpresa! Estos diamantes bien valen diez mil francos. ¡Lindo regalo!... ¡Qué lástima; tener que dejar tan pronto viña que dá tan opimos frutos!

Embebido en la contemplación de la& alhajas, habíase el francés olvidado de responder al portador; pero volviendo en si le dijo, con faz risueña y aire de excusa:

— Dispense V., señor caballero; y sentándose ante un velador, en el que habia con qué escribir, se dispuso á acusar la recepción á la Señora; pero la cosa era más peliaguda que lo que habia imaginado. ¿Cómo decirle que le habian quitado la llave, y que debia partir dentro de breves horas? Además, la marquesa lo esperaba á la una, que estaba para dar, y su resolución pendia de lo que ella le dijese. Hechas estas reflexiones, levantóse y dijo al hombrecito:

— La verdad es, caballero, que ahora

no tengo tiempo de escribir, porque debo ir á una cita urgente.

El caballero no se desconcertó, y le dijo con el más melifluo acento:

— Muy bien , señor de la Grossemaguette; pero si no manda V. la respuesta á la Señora por mi conducto, tenga al ménos la bondad de darme un papelito, para atestiguar, al volver á casa, que le entregué los encargos, y V. dispensará esta molestia.

El francés, por toda respuesta, escribió lo que le pedia, y dándoselo dijo:

— ¿Es esto lo que V. quiere?

— Exactamente, y mil gracias por su bondad, respondió el maestresala, que se retiró, haciendo profundas reverencias.

— ¿Qué uso hará de este papel ese zorro, que se ha ido tan deprisa? pensaba el galo, medio arrepentido de habérselo dado: Pero ¡bah! haga lo que mejor le parezca. Y tomando el estuche en que estaban las alhajas, se acercó al balcón, y volvió á examinarlas unaá una, minuciosamente^, con fruición, con deleite extremados.

— i No diez mil , veinte mil francos valen! ¡Este regalo es digno de una reina!

El reloj, que daba la una, le sacó dé su arrobamiento, y exclamó:

— ¡Sapristi! ¡Es la una, y ya debía estar en casa de la vieja!

Cerró el estuche cuidadosamente; lo metió en una cartera de viaje, que también cerró con llave, y la puso en el baúl, y cerrándolo salió del cuarto, y bajó corriendo las escaleras; tomó un coche y voló á casa de la marquesa.

La entrevista fué corta, pero muy zalamera por ambas partes. Él se deshacia en demostraciones de sumisión, de agradecimiento y de afecto; y ella en elogios del señor de la Grossemaguette. Recíprocas fueron las protestas y propósitos de reanudar relaciones tan bruscamente interrumpidas, alimentando la esperanza de que pronto se volverían a ver.

Díjole la vieja, que no tenia más remedio que partir: que el tutor habia echado á la Señora una peluca por lo de la llave, amenazándola con no devolvérsela mientras conservara á su laclo á la antigua

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amiga: La amiga soy yo, yo; yo misma, decía la bruja. ¡Figúrese V. que ese matamoros me tiene miedo!

— ¡Y no teméis! exclamó el francés.

— Primero matarán á la Señora que separarla de mí.

Dijo la vieja estas palabras con un tonito, que revelaba la más completa confianza; y después de un instante añadió:

— Yo seré, yo, quien dará á ese fanfarrón la zancadilla, cuando ménos lo espere.

Pidióle Mr. de la Grossemaguette consejo sobre la carta que debía escribir á la Señora antes de partir, suplicándole al mismo tiempo, con muestras de mucho encarecimiento, que se hiciera intérprete para con su amiga de sus tiernos sentimientos, y del profundo pesar con que se ausentaba de Madrid, solo por evitar un escándalo, que pudiera comprometer su honra; pero que dijera una palabra, una sola, y se haria matar por ella.

— Eso, eso es lo que V. debe decirle en la carta, respondió la vieja: Aquí mismo puede escribirle. Sus sentimientos son hi-

dalgos, levantados, y gustarán mucho á mi amiguita.

Sentóse nuestro hombre y escribió más mentiras que palabras, y dio luego la carta á la dueña, que le ofreció entregarla aquella misma noche; y él se despedia, besándole la mano respetuosamente, y casi con lágrimas en los ojos, cuando quedaron suspensos oyendo en el zaguán el ruido de un coche, y viendo, algunos instantes después, abrirse la puerta del salón y entrar á la Señorcí.

La dueña y el francés quedaron estupefactos. Ella exclamó: ¡Imprudente, se pierde y me pierde!

Él corrió al encuentro de la Señora, que se arrojó en sus brazos hecha una jalea.

La vieja salió apresuradamente, y dió orden para que entraran el coche de la Señora del zaguán al patio, á fin de que no pudiera ser visto desde la calle, y dispuso que prepararan un lunch, en el gabinete contiguo á la sala.

— Para nadie estoy en casa, dijo por último, y se entró en un gabinete, á esperar

el fin de la tierna despedida de Mr. de la Grossemaguette y de su amiga, diciendo entre dientes:

— Con tal que ahora esa loca no se empeñe en que se quede en Madrid...

XV.

Al salir el maestresala de casa del francés corrió á la de los dos amigos de la calle de las Veneras. Dormia el andaluz, y Arcieta componia música; despertóse aquel, y sin darle tiempo á que se desperezara preguntóle el viejo: —¿Y la llave?

— ¡Quién se acuerda ya de la llave! respondió el interpelado levantándose. Muchas horas hace que está en poder del tutor.

— ¡Magnifico! exclamó el vejete, frotándose las manos; y añadió, haciendo aspavientos: ¡Jesús! ¡qué peso me ha quitado V. de encima!

Reflexionó un momento, y añadió, encogiéndose de hombros, como si dijera

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para sí; ¡qué me importa! y dió á Arcieta el recibo del francés.

— ¡Qué es esto! dijo el músico, mirando maquinal mente el papel.

— ¡Pues ahí es nada! respondió el maestresala: Es el recibo que me ha dado el señor de la Grossemaguette, de la carta y de la cajita que para él me dió esta mañana la Señora, y que acabo de llevarle.

— Veamos, dijo Antolin, examinando el papel; y añadió estrujándolo: ¡Qué sinvergüenza! ¿Y qué le ha dado en albricias ese gabacho?

— Ni las gracias; ni yo recibiera nada de él, aunque me diera un Potosí, respondió el maestresala, levantándose sobre las puntas de los piés, é irguiendo la cabeza.

— ¡Bravo, D. José! ¡Bravísimo! dijo Antolin, dándole una palmada en el hombro; y luego añadió: Supongo que no daréis este recibo á la Señora, porque le desagradaría que lo pidiérais al señor de la írrossemaguette.

— Antes bien se lo pedí para enseñárselo, con tanto más motivo, cuanto que él

se lo dirá la primera vez que la vea, respondió el cauto hombrecito.

— ¡En cuanto la vea! ¿Cómo la ha de ver si toma el portante esta misma tarde á las cinco en punto? dijo Antolin, en tono que revelaba la más completa seguridad, y con aire de triunfo.

— ¡Es posible, señor! exclamó el viejo admirado.

^¡No, sino que no se irá él! replicó Antolin: andandito tomará las de Villadiego, sin decir oste ni moste. De seguro que irá volviendo la cara atrás, temeroso de que le quiten las alhajas como la llave de dos vueltas. , Y malo será que se me ponga entre ceja y ceja, porque soy capaz de sacárselas con el redaño; pero no, que se las lleve. Después de todo, si no son para ese amolador francés, serán para algún torero ó cantaor flamenco... Con el susto de esta mañana tiene bastante.

Mientras así hablaba, vestíase Antolin, poníase los guantes, y empuñaba un grueso bastón; y acercándose á la mesa, llena de papeles de música, ante la que su amigo estaba sentado, le dijo:

— Chico, buena inspiración, y hasta lueguito.

Marchóse el joven andaluz en diciendo esto, haciendo el molinete con su garrote; pero mientras bajaba la escalera, Arcieta dejó su música, vistióse apresuradamente, y dijo á D. José, que estaba con la boca abierta, sin saber qué hacer:

— Ese calavera es capaz de cualquier locura; voy á seguirle, sin que me vea.

— Hace V. muy bien, señor; sobre todo nada de escándalo, aunque no sea más que por aquella pobre Señora...

En tanto que esto decia el maestresala, bajaban ambos la escalera, y se separaban al llegar á la puerta de la calle.

XVI.

Aún no habían dado las cinco en el reloj de la antigua casa de Correos, cuando Antolin llegaba á la calle de Alcalá, y empezaba á pasearse delante de la fonda Peninsular, de la que salian las diligencias de la carrera de Francia.

Grande era en aquella hora el moví-

miento de carruajes y de gente. Algunas fachas siniestras, tipos de matones, que así podian ser pinchos de garitos ( tabernarios, como agentes de la policía secreta, rodaban por ambas aceras, mezclándose y confundiéndose con ociosos y transeúntes.

Desde la Puerta del Sol subían conversando, en dirección al Prado, Venturita y Miguel, y éste, al ver á Antolin le

— ¿Que haces aquí, armado de ese roten formidable?

-—Espérense cinco minutos y lo verán, le respondió el andaluz.

— ¿Vas á dar alguna paliza, y quieres que seamos testigos? le preguntó Venturita.

— Bien pudiera ser, replicó Antolin. Cargaban entre tanto el enorme vehículo, en el zaguán de la fonda: los pasajeros, provistos de todos los adminículos del viajero, andaban atareados de uno á otro lado: unos se despedían de sus familias y amigos; otros, preocupados solo de sus personales comodidades, arreglaban

2a0 CUENTOS CORTESANOS.

■sus engorrosos chismes en las bolsas y correas de los compartimientos del coche, que no tardó en salir á la calle para dejar sitio á otro que llegaba. En esto, el criado de la casa de huéspedes del número 10, salió cargado de baúl, maleta y saco de noche, y un lio de paraguas y bastones, y Iras él un caballero, equipado como pudiera el perfecto viajero, sin que le faltara tilde ni aditamento. Ambos atravesaron la calle, dirigiéndose al coche, y al verlos exclamó Antolin:

— ¿No lo decia yo? ¡Se vá! ¡Buen viaje! ¿La del humo, amigo!

El señor de la Grossemaguette, pues no era otro el viajero, miraba en torno suyo, entre desconfiado y curioso de ver si andaban por allí los dos importunos visitantes de por la mañana; pero los grupos, que obstruían la acera, y la gente, que iba y venia en opuestas direcciones con rápido movimiento, le impedían descubrir al andaluz, que no lo perdía de vista.

En aquel momento se incorporó Arcieta á sus tres amigos, el francés montaba

en el coche, y Antolin, señalándole con el bastón á Miguel, Arcieta y Venturita, les dijo en voz, aunque baja, clara y enérgica:

— No haya miedo que trasnoche como anoche el desdichado, conejo recalentado también cenando esta noche: ¡vedlo: ya monta en el coche!... Amuelas con mucha maña; pero el deseo te engaña, que son súcips tus primores, y sobran amoladores de... tijeras en España.

La despedida te doy; anda donde mal no hagas; si llevas pupas ó llagas, cúratelas con Le Roy...

Sin duda hubiera concluido el andaluz su segunda improvisada décima, que estaba de vena, y queria probar á los poetas que lo escuchaban, que también á él le soplaba la musa picaresca; pero al arrancar la pesada diligencia, partiendo al trote de sus diez jamelgos, con estrepitoso fracaso, subia de la Puerta del Sol, con no menor estruendo, S. M. la Reina doña Isabel II, en carretela descubierta, precedida y escoltada por dos docenas de coraceros,

que, espada en mano, galopaban desempedrando la calle con arrogante desembarazo.-

Imposible le fué al improvisador, en medio de aquel atropellamiento de gentes, carruajes y caballos, concluir la segunda décima; y él y sus compañeros se abrieron paso, y colocándose en el linde de la acera, vieron pasar á S. M. la Reina, y se descubrieron y la saludaron con reverenciosa genuflexión.

Cuando se amortiguó el ruido, ya el verbo se habia enfriado, la musa no soplaba al andaluz, y la segunda décima quedó en redondilla.

XVII.

Él Ermitaño de las Peñuelas tiene el sentimiento de decir al curioso lector, que nunca supo si Arcietase mantuvo en el casto propósito de no volver á ver á la Señora de la llave de dos vueltas, ni si el viejo tutor recompensó al andaluz, como habia ofrecido á Arcieta, por haber recuperado la llave con tanta audacia, y tan

á poca costa; ni tampoco si aquel inocente instrumento volvió á manos de la Señora, cosas todas ellas interesantísimas para dar al cuento feliz remate. En cambio, lo que el Ermitaño no ignora, y puede asegurar, para satisfacción y solaz del curioso, que haya tenido la paciencia de leerlo hasta aquí, es que la Señora conservó la afición á la música y á los músicos, nacionales y extranjeros; que siguió despepitándose por oir y tocar instrumentos nuevos; y que si el gruñón y cascarrabias del tutor no le devolvió la llave, maldita la falta que le hizo, porque se acostumbró á musiquear á puerta abierta, y hasta á dar conciertos vocales é instrumentales al aire libre: de manera, que si no llegó á ser artista de profesión, tomándolo por oficio, fué porque podia pagarse el gusto de ser la primera, la más renombrada y famosa aficionada de todas las Españas y de sus Indias.

PIN DEL CUENTO TERCERO.

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