Cuentos cortesanos · Capítulo real 2 de 3
CUENTO PRIMERO
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CUENTO PRIMERO.
LAS CAPSULAS DE GOPAIBA DEL DOCTOR BORRELL. I.
Don Melchor de Pimentel, Ampudia y Villarroche, era comendador de Calatrava, y no de los que ahora se usan, que se contentan con lucir la cruz y el hábito, cuando repican gordo, sino de los que á estos adminiculos, de mera apariencia, agregaban las pingües rentas de la encomienda, con las sustanciales preeminencias y señoríos anejos á ella: como que su encomienda databa de los felices tiempos del inolvidable Fernando VII. También tenia el D. Melchor los honores de Gentil hombre de mesa y boca, con la dorada llave correspondiente; y aunque no la usaba, asegurábase que estaba además
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condecorado con la cruz de la Berengena, que asi llamaban en sus tiempos los picaros negros, vulgo liberales, á la cruz de la Fidelidad, creada por el susodicho Fernando el deseado, para recompensar á los leales vasallos, sostenedores de sus derechos de rey absoluto, señor de tudas y haciendas.
Paréceme que lo dicho basta, y aun sobra, para tener y reputar á tan noble y condecorado caballero, por acérrimo realista, chapado á la antigua, católico rancio, fiel observante de los preceptos de la Santa Madre Iglesia, muy autoritario, y no ménos fiero de sus pergaminos, decoraciones y encomiendas; y en definitiva, más católico que el Papa y más realista que el rey.
Sin embargo de ser todo esto, D. Melchor no era carlista, como tantos otros tipos análogos de la vieja sociedad española; antes bien, los acusaba, empezando por D. Cárlos, de todos los males que, según él, trajo á España el imperio del picaro liberalismo.
Era realista de Isabel, como lo fué de
Fernando VII, porque, según decia, tanto derecho tuvieron Cárlos IV y el padre de aquella para abolir la ley sálica, como Felipe V para importarla de Francia; que 'si éste era rey y señor de vidas y haciendas, por derecho de herencia y de conquista, no lo eran ménos aquéllos; y allá van leyes do quieren reyes. Cuanto más, que la ley francesa no llegó nunca á ponerse en práctica, mientras la castellana restablecida, era tan antigua y nacional como la misma monarquía. Si D. Cárlos, al ver á su hermano Fernando restablecer la ley antigua, y proclamar ásu hija, con toda solemnidad, princesa de Asturias, hubiera sido el primero en rendirle pleito homenaje, haciendo saber á todos los españoles, que él era el primer subdito de su sobrina, y que estaba dispuesto, si necesario fuera, á derramar su sangre en defensa de la heredera de su hermano, en lugar de quebrantar el principio de la autoridad real, y de la absoluta soberanía de los reyes, como lo hizo sublevándose contra ella, afirmara el monarquismo en el ánimo de los españoles.
A buen seguro, anadia nuestro comendador, que la viuda de Fernando VII no se arrojara en tal caso en brazos de los liberales, que si lo hizo, fué como el que se agarra á un hierro ardiendo para no ahogarse, como su único aunque peligroso recurso, sosten y amparo contra la rebelión del Infante D. Carlos, y de sus mal aconsejados parciales. La desunión, la lucha intestina de la familia real, produjeron las de los realistas, y fueron la puerta por donde la revolución se entró, para destruir las bases de la tradicional organización teocrática, nobiliaria y absolutista de la sociedad española. ¡Oh! exclamaba algunas veces D. Melchor: ¿Cuándo llegaran los liberales al poder sin la rebelión carlista, que sólo sirvió para desorganizar, arruinar y hacerse degollar recíprocamente á los defensores del altar y del trono, pues tanto los habia entre los que morian por Isabel II como en el campo carlista? El mal, anadia, ya no tiene remedio; pero el primer responsable fué D. Cárlos. Él dió el mal ejemplo, despreciando la voluntad soberana
del rey legítimo. Cumpliendo su deber, no hubiera sido rey, mas los hombres que por él se sublevaron, mandaran con Cristina y con Isabel II, como habian mandado con Fernando VII: casáranse sus hijos con la reina y con su hermana, quedando así todo en casa; y unidas contra los liberales todas las fracciones del partido realista, murieran aquéllos de viejos en la emigración, esperando en vano una amnistía, que Cristina no les diera sin la hostilidad de su cuñado. Este pagó caro su delito, muriendo en la emigración, y legando á sus hijos y nietos el triste papel de pretendientes, de perturbadores del orden social, y España entregada á los liberales, que se han enriquecido, despojando el altar, el trono, y á sus servidores, del poder y de la riqueza.
Tales eran los razonamientos en que fundaba el comendador su adhesión á Isabel* II, por más que en nombre de ésta le hubieran dejado sin las rentas de su encomienda; y á fe de imparciales, preciso nos es convenir en que, bajo el punto
de vista de sus ideas, ni le faltaba razón, ni elevación de espíritu en sus miras.
II.
Su adhesión á la reina no implicaba el menor afecto al sistema constitucional. El comendador era dinástico, pero absolutista neto, y aborrecia, abominaba el parlamentarismo, inspirándole horror las reformas políticas y económicas que trasformaban el país, volviendo lo de arriba abajo, no menos las realizadas con todos los requisitos de la legalidad, que las decretadas revolucionariamente.
Compadecía á la reina, y se lamentaba al ver las cortapisas puestas á su soberana autoridad por los partidos liberales, lo mismo por los moderados que por los progresistas; y vivia esperando mejores tiempos, retirado en sus haciendas de Extremadura, haciendo una vida sencilla y austera; que era el D. Melchor hombre probo, recto, incapaz de cometer á sabiendas una mala acción: sus ideas
podían ser erróneas, pero sus sentimientos eran humanos é hidalgos.
Embargado su espíritu con las ideas recibidas desde la niñez, á las cfue rendía el culto más sincero, no comprendía el mundo moderno, ni veia más que el caos en La gran evolución social y política contemporánea, que á su vista se realizaba, entristeciendo su ánimo en lugar de regocijarlo, hasta el punto de apoderarse de él algunas veces la más negra melancolía, producida por el temor del porvenir de la pátria.
III.
Tenia D. Melchor un hijo, y preocupábale mucho su suerte; no porque su hacienda no bastara á sostener con decoro su rango en el mundo, sino por miedo á que la influencia deletérea del medio social, que á su juicio estaba más viciado cada dia, acabara por contaminarlo, pervirtiendo su espíritu. ¿Pero debía condenarle á vegetar oscuramente en un poblachon de Extremadura, alternando en
la vida de los cortijos y de la labranza, á pasar su tiempo entre gañanes? Parecíale que esto era imponer un sacrificio demasiado duro á un muchacho rebosando vida, y que mostraba precoz inteligencia, y al fin se resolvió á ir con él á Madrid, para que, á su vista, y bajo su vigilante protección, siguiera una carrera, si no para ejercerla, al menos para adquirir los conocimientos que, desarrollando su natural talento, facilitaran la satisfacción de su ambición juvenil, ya que los pergaminos habian perdido su antiguo esplendor y prestigio.
Esta resolución de hombre tan chapado á la antigua como era D. Melchor, prueba la influencia del medio social sobre los individuos, sin excluir los caractéres más enteros, que, sin apercibirse, y hasta creyendo resistirla, son arrastrados por la corriente del siglo.
El comendador de Calatrava fué á Madrid con su hijo, y consintió en que estudiara leyes en la Universidad Central.
¿No hacian otro tanto los hijos de títu-
los y los de grandes de España? ¡Qué poco hubiera pasado tal idea por su magín cuarenta años antes! En aquella época su Manolito fuera guardia de Corps, ó siguiera la carrera de la Iglesia, que,, si no el prestigio de pasados siglos, aún conservaba diezmos, primicias, y saneadas rentas, con ño poca autoridad.
IV.
En Madrid hacia el comendador vida tan retirada y metódica como en su provincia. Aunque era bien recibido en los salones de la nobleza, los frecuentaba lo ménos posible. Como no era expansivo, y sí sólo atento y cortés, lo indispensable para no parecer grosero y mal educado, sus relaciones se reducian á las de mera ceremonia. Sólo iba á los coliseos cuando se representaba alguna pieza del teatro antiguo, y una que otra vez á la ópera italiana; pero no faltaba á misa los dias de precepto, en compañía de su hijo. En carruaje ó á caballo paseaba con él, y no
era cosa rara el que le acompañara al aula.
Presentóle en Palacio un miembro de la grandeza, y fué con Manolito, que tenia ya veinte años. Recibiólos la reina con su afabilidad habitual, dignándose hacerles preguntas que revelaban la satisfacción que le causaba su visita; y el comendador, con la veneración que profesaba al principio monárquico y á sus representantes, no sólo se puso á las órdenes de su soberana, sino que presentándole á Manolito, y haciéndole doblar la rodilla ante ella, dijo á la reina:
— Señora, mi hijo es tan sumiso monárquico como su padre, y lo pongo á los reales piés de V. M., para que se digne admitir sus servicios. Él sabrá dar su vida en defensa de los derechos de V. M., con la convicción del subdito que cumple su más sagrado deber.
La sinceridad, el profundo respeto, la
adhesión más acrisolada, rebosaban en
esta manifestación del monarquismo del
comendador.
La reina alargó bondadosamente la
mano al joven, para que se la besara, lo que él hizo, tímido y cortado, levantándose al mismo tiempo, todo confuso y sin atreverse á alzar los ojos del suelo.
— Agradezco, dijo la reina, esta sincera demostración de lealtad, y puedes estar seguro de que tu hijo tendrá en mi la más solícita protectora.
La nobleza del carácter de D. Melchor, y la vehemencia de sus convicciones, dieron á aquella breve escena un tono dramático y patético, que casi rayaba en solemne.
Al salir de la real cámara decia á su hijo el conmovido padre:
— S. M. es buena, bondadosa, tiene talento y corazón. Casi se le saltaban las lágrimas mirándote á sus piés, y escuchando mis palabras. Digna representante de Dios sobre el trono que ilustra, no sólo merece nuestro respeto y obediencia, sino todo nuestro afecto y devoción. Debemos obedecer sus menores insinuaciones, servirla sin murmurar, y siempre con gusto. No creas nunca nada malo que pueda inventar contra su fama la male-
CUEINTOS CORTESANOS.
dicencia de sus enemigos, y está siempre dispuesto á sacrificarte por su augusta persona.
Escuchó Manolito respetuosamente á su padre, y cuando éste terminó su arenga le dijo:
— Estoy avergonzado de que la turbación me embargara de manera, que apenas pude articular la palabra gracias, cuando la reina, con tanta bondad, me ofreció su protección, alargándome la mano, que casi no me atrevi á besar.
— A tales cortedades y turbaciones,, respondió el comendador, están los reyes acostumbrados: que, como dice un viejo cuento, no se habla á las personas reales como á la alcarraza. Consuélate con saber que no fué menor mi cortedad, cuando tuve la honra de ser presentado al augusto y malogrado padre de nuestra excelsa soberana.
El dia de la presentación del comendador y de su hijo en Palacio, el aristo-
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orático personaje que les sirvió de introductor, dió en su obsequio un soberbio festín, al que asistieron dos docenas de damas y de caballeros, de lo más encopetado de la antigua nobleza. D. Melchor estuvo más expansivo que de costumbre, y Manolito, que parecia haberse dejado la cortedad en Palacio, fué el héroe de la fiesta.
Era el joven Pimentel mozo muy fino, bien hecho y no mal parecido; y señoras y señoritas le hallaron tan á su gusto, que pronto se encontró como Periquito entre ellas.
El sarao estuvo concurrido y brillantísimo, aunque la concurrencia algo mezclada con gentes de baja estofa, levantadas en los zancos de la política moderada, hasta codearse y entrometerse con las más aristocráticas familias de la rancia nobleza. Hubo música, canto, y, sobre todo, la gente joven bailó hasta cerca de las dos de la mañana, sin que D. Melchor, que estaba embobado con el éxito que alcanzaba su heredero, se atreviera á decirle: Vámonos, que ya has bailado bastante.
El chico bailó coa todas, jóvenes y viejas; contrajo relaciones y amistades, recibió invitaciones para comidas y saraos, y hasta para partidas de caza, á la que era muy aficionado. Y héteme aquí al joven caballero D. Manuel de Pimentel, Ampudiay Villarroche, lanzado en loque los papanatas llaman el gran mundo, en la más alta sociedad de la corte de todas las Españas.
Vi.
Entre las invitaciones que el joven Pimentel recibió aquella noche, contábase la de una vieja marquesa, cuya influencia rivalizaba con la de los más poderosos personajes politicos, aunque ella, con solapada hipocresía, aparentaba no tenerla. Por consejo de su padre, esta fué una de las primeras visitas que hizo Manolito, por parecerle que sólo bien podia prometerse de tal amistad. La marquesa lo recibió con el cariño que pudiera una tierna madre. Hizo el elogio de la gallarda
apostura del mancebo, y le predijo que seria el hombre de las buenas fortunas entre las damas de la aristocracia madrileña, dándole buenos consejos para que se curara en salud.
Tan complacido salió el joven de las atenciones de la bruja gazmoña, que no tardó en repetir la visita, y pronto se estableció entre la vieja y él muchacho la íntima confianza del guía experto, que ama al novicio á quien enseña el camino tortuoso y desconocido, y la del discípulo agradecido para con el maestro que lo trata, más con la franca igualdad del compañero, que con la fria y severa rigidez del pedagogo. La dueña supo insinuarse tan diestramente en el ánimo de D. Manolito, que pronto fué su confidente más íntimo, y sin que él se diese cuenta de ello, la inspiradora de sus ideas y de sus acciones.
Tenia esta astuta serpiente por a migota, una encumbrada dama, por la Señora conocida; como si no hubiera otra digna de esa calificación, cuando no hay vendedora de tomates ó escabeche, en las
plazuelas de Madrid, que no se llame la señora Fulana, ó la señora Mengana; pero sea lo que quiera de ello, el caso es que llamaban la Señora á la amigota de la marquesa, y que Señora la llamaremos, sin meternos en más dibujos ni averiguaciones, que nada importan para la mayor claridad ¿inteligencia del cuento.
Esta Señora, pues, habia visto á Manolito Pimentel, y no debió parecerle saco de paja, sino cajita de meloso mazapan de Toledo; y confiando ásu vieja amiga el secreto de sus concupiscentes ansias, le propuso que le facilitara en su casa cómoda ocasión para verle y hablarle. No era la marquesa capaz de negar nada á su amiga, tanto más, cuanto que sabia, que la resistencia á sus caprichos bastaria para trocar en implacable rencor y enemiga la antigua amistad.
Era la Señora toda una jembrade tomo y lomo, bien que pecaba más de obesa que de gran estatura; y aunque apenas
llegaba á lo jamona, parecíalo, y áun pasada, según estaba de blanducha, tanto, que sus carnes se asemejaban en esto al jaboncillo blando.
Estaba, no obstante, vistosa, como lo son generalmente las mujeres gruesas, siquiera no le fuese del todo aplicable el antiguo proverbio que dice: «Dame gordura y te daré hermosura.» Y como el volumen y exceso de peso de su cuerpo estaban contrapesados con lo liviano y fútil de su estrecho cerebro, contrastaba la fachada de matrona con sus propósitos de mujerzuela irreflexiva, pareciendo más grilla, por palabras, acciones y ademanes, que respetable matrona por su sólida apariencia, volumen y pesadumbre. No eran sus muchas carnes obstáculo á la desenvoltura de sus movimientos, y menos aún á la viveza de sus palabras, agudas, mordaces, desvergonzadas y hasta bellacas, que solian desdecir de su encumbrado rango. Ella era, en resúmen, una de esas mezclas de dama y de manola, con ribetes picarescos, de que tantos tipos nos ofrecen las familias de la más
antigua aristocracia castellana; y, á no nacer en tan elevada cuna, ocupara bien su puesto, y aun por lo chispeante descollara, entre aquellas criaditas verdes, zumbonas y retozonas, que tanto abundan en las comedias de capa y espada del teatro antiguo.
Casada niña aún, y mal casada, con un maridillo adocenado, que no servia ni para descalzarla, no tardó en emanciparse, disponiendo á su antojo de su personita, á la faz del mundo, y sin el menor recato , haciendo , como vulgarmente se dice, de su capa un sayo, ó un sayo de su capa, y de su honra tiras y talabantes.
Después de todo, y bien mirado y retevisto, la culpa no era toda suya. No se casó, la casaron; y no con un hombre, sino con un ente, que para mujerzuela sirviera acaso, y que se hallara como en su centro en las ciudades bíblicas, sobre las que llovió fuego del cielo, según reza la historia sagrada.
Sin más que darse la pena de nacer hija de sus padres, hallóse dueña de in-
mensos bienes, de rentas enormes; y sobre todo esto, y para acabar de perderse, recibió la más pésima educación imaginable. Vióse desde la cuna rodeada de malos ejemplos, y enseñáronla á pensar que no debia consideraciones á nadie, y que todo el mundo á ella se las debia. ¿Qué criatura femenina puede resistir á tantas causas de perdición, y más si la naturaleza la dotó de ardiente temperamento, de pasiones vehementes, y de menguado juicio?
VIII.
El desprecio de la pública opinión, la inmoralidad, los vicios, la corrupción de las costumbres, la crápula y desenfreno licenciosos, se desencadenan en los dos extremos de la escala social: en los que tan pobres son y miserables que nada tienen que perder, y sobre todo que esperar del mundo, y que imaginan no vale la pena de guardarle la menor consideración, ni dejar de hacer lo que se les antoje por temor al qué dirán, y en los que están
tan por encima de la sociedad, gracias á su rango ó inmensa fortuna, que tampoco esperan nada de ella, porque más que les dió ya no puede darles. Estos desprecian y aborrecen la pública opinión, ó lo que por tal toman, sea que se postre á sus pies, aplaudiendo servilmente sus vicios y excesos, cual si fueran virtudes, sea que con catoniana severidad los critique y condene: aquéllos la desprecian y aborrecen, porque ni por honrados ni por viciosos esperan más que desden, desprecio y ultraje, añadidos á su irreparable abyección y miseria. Asi vemos que, unos por excesivo aprecio de sí mismos, por el engreimiento de la superioridad, en que les hace creer la bajeza de cuanto les rodea, embriagándolos de orgullo, y desvaneciéndolos; otros por el desprecio con que el mundo les mira, y que concluye por infiltrarse en sus almas hasta despreciar se á sí propios, los extremos de la opulencia, de la nobleza y del poder, y los de la más abyecta miseria, se tocan y confunden en la misma inmoralidad y desvergonzado desenfreno, perdiendo toda
noción del respeto que á sí mismos y á la sociedad deben. ¡Qué dirán! ¿Y qué se me da á mí? responden al unisón, así el que ya no tiene nada que esperar, porque recibió, sin merecerlo, más que pudieran darle, como el que nada tiene que perder, ni esperanza de tenerlo.
En ambos extremos acaba la humana criatura y comienza el bruto irracional, la fiera sin entrañas, reemplazando el instinto al sentido moral.
¡A cuántos infelices, sumidos en los abismos de la miseria, y en la depravación con ella, bastó para morigerarlos, para regenerarlos, física y moralmente, la esperanza de mejorar su estado, de merecer el respeto y el aprecio de la sociedad! ¡Cuántos que descendieron desde las deslumbrantes alturas sociales, de los goces, que alcanzaban sin el menor esfuerzo, de la inmensa 'riqueza y de la irresponsabilidad del poder, con sus engreimientos endiosadores, á una modesta y laboriosa medianía, fueron tan buenos y honrados, como corrompidos y despre^- ciadores del «qué dirán» habían sido an-
tes, cuando veían la sociedad postrada de hinojos á sus piés!
En los extremos se engendran y desarrollan el desenfreno de las facultades morales, el desprecio de la opinión pública, y con él el de la propia dignidad; y en los términos medios, por el contrario, el respeto recíproco y el de sí mismo. Verdad es que en estos se desenvuelve la hipocresía; pero, ¿qué es la hipocresía más que el homenaje rendido por el vicio á la virtud?
Para juzgar las faltas, las liviandades y vicios de hombres y de mujeres con imparcialidad y rectitud, deben tenerse en cuenta las circunstancias y condiciones en que nacieron y se educaron, cosas que la opinión pública y las leyes, á nuestro juicio, tienen en cuenta mucho menos que debieran.
Hacemos estas reflexiones, que acaso parezcan fuera de lugar, porque sobre parecemos justas, prueban que no podemos abrigar la menor inquinia ni mal querer contra la heroína del cuento, á quien sinceramente compadecemos, cual víctima
de esta sociedad, que no puede, como Pilatos, lavárselas manos, en este como en tantos otros casos, por ser ella la primera responsable de las faltas de los individuos á quienes condena, echando la culpa á la perversidad de las humanas pasiones: y por último, concluiremos diciendo como Cristo, cuando defendia á la mujer adúltera de los judios, que la perseguían y apedreaban:
«El que no haya pecado, que le tire la primera piedra.»
IX.
Volvamos ahora al cuento y á la vieja tercera, que bastan, y aun creemos sobran, las anteriores filosóficas reflexiones, y digamos que cuando esta creyó al joven Pimentel suficientemente preparado, y capaz de guardar el secreto de su tercería á su austero y rígido padre, y aun á todo el mundo, comunicóle la inesperada dicha que le aguardaba, con circunloquios propios para excitarle y envanecerle, al mismo tiempo que para discul-
par el papel de complaciente Celestina, que en aquella ocasión con tanta frescura y consumado arte representaba.
Pintóle con deslumbradoras tintas la fortuna que se le entraba por las puertas; abierto el camino de los honores y de encumbradas posiciones, pues, nada, según ella decia, podia resistir á la influencia que en la corte ejercia la Señora; y, sobre todo, le encareció, que sólo por el maternal cariño que le profesaba, se habia resuelto á consentir en que su enamorada amiga fuera aquella misma noche, de tapadillo, á tener con él una entrevista en la habitación en que la conversación pasaba.
Habíase espabilado mucho Manolito Pimentel con el trato de la aristocracia madrileña, emancipándose de la tutela, y lo que es más grave, de las ideas que su padre procuraba inculcarle, por más que ante él, en palabras y acciones, continuara siendo el mismo joven timorato, reser-
vado y sumiso á la autoridad paterna, que era á su llegada á Madrid. Empezó por tener secretos para él, por disimular y ocultarle la verdad, y acabó por mentir, respondiendo á sus preguntas con falsedades; pero la noticia que le daba la bruja, lo dejó desconcertado. — ¡La Señora enamorada de mí hasta el punto de olvidar sus deberes!
Parecíale que tocaba el cielo con las manos, que se realizaba lo imposible, y que se remontaba á otras esferas, á un ideal, en el que su mente juvenil hasta entonces no habia soñado.
La vieja lo sacó de la turbación en que su revelación le habia sumido, diciéndole á media voz, como si temiera interrumpir lo que creia ser en él éxtasis deleitoso:
— Voy á mandar recado al Sr. D. Melchor, diciéndole que te quedas á comer conmigo.
Y sin darle tiempo para responder, tiró del cordón de la campanilla y dió la orden, pidié ndole luego permiso para escribir un billete. Escribiólo y lo mandó á
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su destino, diciendo al lacayo que lo llevaba algunas palabras al oido; y antes de que sirvieran la comida, volvió el lacayo con la respuesta. La marquesa entonces dijo al joven en voz baja, 'y con ademan misterioso:
— Nuestra amiguita vendrá esta noche entre nueve y diez...
— Todo esto me parece un sueño, señora, dijo al ñn Pimentel, cual si volviera en sí de profunda alucinación, y confieso á V. que no sé si alegrarme ó entristecerme de ventura tanta. Es demasiado inmerecida...
— ¡Hijo mió! dijo la vieja zaina, tú te lo mereces todo, y nada tiene de extraño que la Señora te ame y se derrita por tí, hasta el punto de no poder resistir al afecto que le inspiras. Mira si le habrás trastornado la mollera, si su corazón palpitará á impulsos del amor, que á todo se expone, todo lo atropella, saltando por encima de las barreras, respetos y consideraciones sociales, para venir á verte aquí esta misma noche.
— ¡Pero señora! exclamó Pimentel con-
movido, ¿y si se descubre? ¡Tiemblo al pensarlo! ¡Me mataría, si por mi causa se viera deshonrada! ¡Oh, qué horror!
— No temas nada, respondió la bruja riendo, y con sorna, que el incauto joven no comprendió: una cosa es la exposición y otra el peligro real. Además, el amor no conoce obstáculos, y es maligno el dios que protege á los enamorados. Yo perderia también, y me comprometeria más que lo que puedes imaginar; pero ¿qué me importa? Los amigos se deben á los amigos; y quien como yo lo es tan de veras de la Señora y tuyo, algo ha de arriesgar por tener el gusto de verlos felices. Por otra parte, hijo mió, tan maldiciente y malo como es, el mundo acaba por acostumbrarse, llegando con frecuencia á aplaudir y sancionar lo que antes condenó. La envidia es el sentimiento dominante en la vil multitud, y hagan lo que quieran, bueno ó malo, las personas de nuestro rango, son aborrecidas y calumniadas, atribuyéndoles iniquidades, aunque sean virtuosas y benévolas. No es el escándalo público, sino el que se sien-
CUANTOS CORTESANOS.
tan heridos otros intereses, por lo fuertes temibles y respetables, lo que las personas de nuestra categoría debemos tener presente para evitar choques peligrosos...
Confusa parecia al joven Pimentel toda esta jerigonza filosófica de la aristocrática dama; pero un lacayo anunció que la mesa estaba servida, y la vieja, soltando el hilo de su discurso y tomando el brazo de su huésped, entró con él en un comedor, lujosa y espléndidamente decorado é iluminado.
XI.
Era suculenta la comida, los vinos exquisitos, y la conversación versó sobre los asuntos más diversos. Pidió permiso la marquesa á Manolito, á título de ser convidado de confianza, para llamar al ama de llaves, y hablar con ella de los asuntos caseros de su incumbencia.
Entró la dueña, y preguntóle su ama si habia mandado su encarguito á las
monjas de Santo Domingo, y la ropa de desecho á la directora de la sociedad de San Vicente de Paul, para que la repartiera entre los pobres.
— La religión, decia, sirviendo al joven una pechuga de capón, es la luz que ilumina las almas, mostrándoles el camino de la virtud. ¡Qué seria del mundo sin nuestra sacrosanta religión! Ella nos inspira la caridad, que es la más cristiana de las virtudes. ¿Aún no eres miembro de la hermandad de los Paules?
— No, señora, respondió tímidamente el mancebo.
— Pues es menester que lo seas. Yo tendré mucho gusto en presentarte. Todas las personas de sentimientos religiosos, y de las clases más elevadas, forman parte de ella. Es una institución caritativa, y que por medio de la limosna procura el sostenimiento de la religión y de sus máximas piadosas en la plebe miserable. Las buenas obras dan sus frutos, y son semilla que produce ciento por uno. Todavía no se ven en España los efectos religiosos de nuestra asociación, pero no tar-
darán en verse, y entonces el altar y el trono se levantarán con toda su autoridad, esplendor y magnificencia; pero, amiguito mió, ¿no bebéis? Servid Burdeos á este caballero, añadió, dirigiéndose al enguantado doméstico, que estaba tras la silla de Pimentel.
Sirviéronle y bebió Burdeos, y luego Montilla, después Alicante añejo, y por último, Pedro Jiménez. Poco á poco fué animándose Pimentel, hasta ponerse un si es no es alegre, y á los postres habló tanto como la vieja á los principios.
XII.
Terminada la comida, la marquesa condujo á su huésped á un gabinetito elegantemente decorado, mandando que allí les sirvieran el café; y cuando estuvieron solos y sentados en el sofá, con un velador delante, sobre el que, en dos tazas de China, humeaba el aromático Moka, la vieja sacó una preciosa petaca, la abrió y presentó á su discípulo, invitándole á que to-
mará uno de los magníficos cigarros que contenia.
Al ver esto, exclamó Manolito, sorprendido, y entrecortado:
— ¡Señora!... Seria abusar de su bondad fumar aquí, y en vuestra presencia...
— ¡Ta, ta, ta! dijo la bruja, tomando una breva de la Vuelta de Abajo y dándola al mozo; y cogiendo un trabuquito, se lo puso en la boca, encendiólo con mucha destreza en una bujía, y añadió:
— ¡ Yo también fumo, caballero Pimentel! Manolito no volvía en sí de su asombro. La aristocrática y devota dama echaba por las ventanillas de la encorvada nariz dos columnas de humo, cual fumador consumado.
— No te admire, dijo la fumadora, el verme fumar. En mis tiempos todas las señoras fumaban, y las viejas hemos conservado esa maña, por no decir gusto, que fué moda hasta que se perdieron las Américas.
— ¿Y por qué, preguntó el joven, la pérdida de las Américas hizo que las señoras dejaran de fumar? •
La vieja fumadora miraba en tanto su reloj, y levantándose dijo:
— Dispénsame, hijo mió;, pero aplazo la respuesta: son cerca de las nueve y debo ir á buscar á nuestra amiguita, según lo tengo concertado con ella. No te aburrirás mucho tiempo; antes de media hora estaré de vuelta, y en buena compañía. Y diciendo esto daba al joven palmaditas en la mejilla. Apretóle luego cariñosamente la mano, y salió del gabinete.
¡Quién pudiera decir aquí todo lo que pasaba por la imaginación de Manolito, que andaba á grandes pasos, cuando se vió libre de la venenosa influencia de aquella culebra de cascabel, y hasta de campanillas! Renunciamos á la empresa, porque seria demasiado largo para un cuento. Los más contrapuestos pensamientos se sucedían en su exaltada mente con rapidez tan vertiginosa, que el taquígrafo más diestro no pudiera seguirlos. Baste saber que él mismo no podía darse cuenta ni de lo que le pasaba, ni de lo que p ensaba, ni de lo que debia hacer. Estaba tan sobrexcitado y aturdido, tan trastor-
nado, que su cabeza era un volcan, cuyo fuego, cual lava ardiente, se derramaba por todas sus venas.
XIII.
Tenia la Señora convidados, y se levantaban de la mesa cuando llegó su amiguita íntima. Entraron todos en un salón, y las dos amigas cambiaron algunas palabras en voz baja al saludarse, procurando no llamar la atención; mas la Señora, llevóse luego las manos á la cabeza, quejándose de que le dolia, y dijo con voz plañidera:
— Me va entrando la jaqueca, y voy á ver si puedo descansar. Esta pobre cabeza mia anda descompuesta, no puedo sufrir el dolor: y dirigiéndose á su amigota añadió: Querida mia, haz por mí los honores á la sociedad; volveré luego si me encuentro mejor. ,
Despidióse en diciendo esto, aparentando malestar, y todos los tertulios se apresuraron á decirle que estaba dispensada de volver, que se recogiera, y que
esperaban seria pasajera su desagradable indisposición.
Acompañóla la vieja hasta la puerta, y le dijo en voz baja, sin que los demás se apercibieran:
— Allí queda en el gabinete verde, amartelado, hecho un ascua de amor; está derretido, en punto de caramelo. Tomad mi coche, que está al pié de la escalera de servicio, y cubrios bien, no os conozca algún importuno.
Marchóse la Señora, y volvió la marquesa al salón, diciendo con ceremoniosa actitud á la compañía:
— Señoras y caballeros, espero que será pasajera la indisposición de la querida Señora, que es irreemplazable, sobre todo por mí.
Diciendo esto sentóse en un sofá, en torno del que tomaron asiento hasta una docena de damas, damiselas y caballeros. Todas y todos hablaron á un tiempo, mostrando la más viva simpatía por la Señora, y el deseo de que desapareciera la jaqueca que le molestaba. — Suele padecer de la cabeza, decia la
vieja bruja; pero con los remedios que yo le propino le pasa pronto.
— ¡Oh, señora marquesa! decia una talluda solterona: ¡cuánto le agradeceria me diera la receta, porque le aseguro que también padezco mucho de la cabeza; la jaqueca me mata!
— Descuide V., vizcondesa, le respondió la vieja gazmoña; que yo se la daré, y le aseguro que la encontrará eficaz, y muy de su gusto.
— ¿Piensa V. que la Señora no volverá al salón esta noche? preguntó á la vieja una señorita.
— Creo, hija mia, que pasada la crisis descansará, porque cuando le da uno* de estos ataques queda fatigadísima. Además, no tiene tiempo para nada, no se pertenece á sí misma. Dejémosla descansar de las fatigas que está pasando, que bien habrá menester luego tranquilidad y reposo.
— ¡Es tan buena la Señora! dijo un señoron grueso, que estaba aplastado en un sillón, y que se daba mucha importancia, según la prosopopeya con que hablaba,
que si pudiera gobernar su casa con entera libertad, aún haria más bien que el que hace.
— ¡Ya lo creo! exclamó la marquesa. Nadie sabe como yo el bien que hace, y el que le impiden hacer.
/—¡Es además tan amable, recibe con tanta gracia, y es tan aguda y chispeante hablando!
— Como que tiene muchísimo talento, y es muy entendida en todo.
— Además, dijo el caballero importante, tiene una dicha inapreciable en la amistad, y en el celo de la señora marquesa, que, sin adulación sea dicho, le presta servicios, que sólo su consumada experiencia, y el mucho afecto que profesa á la Señora pueden explicar.
La marquesa inclinó la cabeza, como dando las gracias al gordo señor, y respondió en el mismo tono usado por él:
— Yo no tengo más que mucho cariño y gran voluntad á mi amiga, á quien quiero cual si fuera mi hija; pero estoy segura de que muchas, y áun muchos, podrían prestarle más auxilio que yo, por tener
aptitudes y costumbres que me faltan; mas, en fin, yo hago lo que puedo, y mi conciencia está tranquila y satisfecha. Por otra parte, las nobles cualidades y altas dotes de la Señora, son tales, que bien pudiera dar lecciones á los que pretendieran dárselas.
— Tiene V. muchísima razón; la Señora ha sido ricamente dotada por la naturaleza, respondió el grueso señorón con el mismo retintín con que habia comenzado.
— Y sus virtudes, añadió la vieja, eclipsan sus altas dotes intelectuales.
— Es un dechado, un modelo de todas las virtudes, repitieron en coro varias señoras; y el caballero que antes hablara se inclinó en muestra del más completo asentimiento.
En este tono y sobre el mismo tema giró la conversación durante la media hora que se prolongó la tertulia; y cuando damas y galanes se retiraron, deseando elfpronto alivio de la Señora, y prometiéndose mandar por la mañana á informarse de cómo habia pasado la noche, la vieja
marquesa, ya sola, en pié, en medio del salón, enderezándose cuanto se lo permitía su flaco espinazo, y extendiendo los brazos hacia la puerta por donde los visitantes salieron, con los puños cerrados, babeando de rabia atrasada, y recalentada por lo contenida, exclamó en alta voz, y toda descompuesta: — ¡Canallas! ¡imbéciles! ¡miserables! Desahogado su pecho con estas imprecaciones, llamó al maestresala y le preguntó si su coche habia vuelto; y como le dijera que sí, dióle sus órdenes reservadas en voz baja, y tomó la vuelta de su casa, á todo el galopar del soberbio tronco atigrado que arrastraba su vehículo.
Subió y acercóse cautelosamente á la puerta del gabinete verde; aplicó la oreja, sonriéndose maliciosamente, y escuchó durante algunos minutos; y con las mismas precauciones, haciendo el menor ruido posible, se retiró á otro contiguo. Sentóse junto á una mesa, calóse las antiparras, tomó un librito y leyó.
¿Qué libro era aquel?
CUENTOS CORTESANOS. 49
El más á propósito en aquella ocasión fuera el Baroneito de Faublás, ó los Cuentos de Bocado, cuando no La Celestina; pero no, por casualidad sin duda, era La Llave de oro, del padre Claret, á la sazón muy en uso entre los devotos y beatas de su calaña.
Los ribeteados ojillos de la vieja se cansaron pronto de leer la prosa sublime, sabrosa y amena del célebre prelado catalán, confesor por aquel tiempo de su Majestad la Reina, y dejando el libro, quitóse las antiparras, sacó de una cajita, que sobre la mesa estaba, un rosario, y se puso á rezar entre dientes, Padres nuestros y Ave Marías, pasando cuentas á medida que rezaba.
XV.
Aquella noche entró en su casa D. Manolita Pimentel á las tres de la madrugada. Habiale esperado su padre hasta las once y media dadas, y por la mañana supo la hora intempestiva á que se había recogido. Fué á su cuarto, y encontrándo-
SO CUENTOS CORTKriAxVOS.
le durmiendo como un bienaventurado, dióle lástima de despertarle; dejóle dormir tranquilo, y se retiró sin hacer ruido, pensando, no sin pesadumbre, que acaso, después de comer con su respetable amiga la marquesa, se habria ido á picos pardos con otros estudiantes, encontrados por casualidad.
«Preciso será que lo vigile más de cerca, pensaba D. Melchor. Este Madrid es una madriguera de lobos y de zorras, capaces de devorar y de pervertir aunque sea á un santo de piedra, cuanto más á un joven inexperto y crédulo. Hay tanta buscona, tanta mujer perdida, ansiosas de atrapar en sus redes á los jóvenes incautos, para ensuciar sus cuerpos y sus almas, mientras les limpian los bolsillos... ¿Cómo podria librarse de sus asechanzas este pollo, que sale ahora del cascaron? Hablaré con la marquesa á propósito del chico. Ella tiene ascendiente sobre él, y le dará buenos consejos. Más vale esto que reprenderle yo, porque se acostumbrará á mentir y me perderá el cariño, si no el respeto.»
A la hora de almorzar levantóse el señorito, y ya en la mesa, preguntóle su padre por la marquesa, y él le respondió diciendo:
— Nunca vi señora tan amable y buena: es muy piadosa y caritativa; pertenece á la hermandad de San Vicente de Paul, y me ha propuesto entrar en ella. Se lo digo á V. por si me da su permiso.
— No sólo te lo doy, sino que me inscribiré yo también. Todo lo que sea contribuir al socorro de los pobres, y á conservar la religión de nuestros padres, es un deber sagrado para los españoles bien nacidos.
Dijo esto el comendador sin la hipócrita gazmoñería que acostumbra la gente devota; con la mayor naturalidad; y después de breve pausa añadió levantándose:
— Ya veo que la señora marquesa te da tan buenos consejos como ejemplos, y me felicito de que no dejes de frecuentar su casa; yo lo haré en adelante más á menudo que hasta ahora. Es una digna y venerable dama, á cuyo lado no puede ménos
de ganarse en sana doctrina y piadosas costumbres; pero ten cuidado de no extraviarte á la entrada ó á la salida...
Hablando así D. Melchor, miraba fijamente á su hijo con aire severo, y en cuanto dijo la última palabra salió del comedor, sin esperar la respuesta de Manolito á indirecta tan directa.
El joven, por su parte, ha.bia escuchado á su padre sin levantar las miradas del suelo.
XVI.
No pasaron quince días sin que todo Madrid supiera las relaciones del hermoso mancebo extremeño, D. Manolito de Pimentel, Ampudia y Villarroche, con la Señora, amiga de la vieja marquesa, solo el padre del amante lo ignoraba; lo que no puede explicarse más que por la vida retirada que hacia, y por su carácter reservado y austero, que no le permitia familiarizarse ni tener intimidad con sus iguales.
Donde iba la Señora, al 1 i estaba Mano-
CUE NTOS CORTESANOS.
lito Pimentel, hecho un Adonis, de puro acicalado y derretido.
Aquellos eran sus primeros amores, su primera ilusión juvenil, y ya puede suponerse si estarían embebidos, absortos en ellos, todos sus sentidos y potencias. Si la Señora se habia prendado de él, ella lo habia hechizado; Manolito era todo suyo.
Mas, ¡oh fragilidad, ó instabilidad de las dichas humanas! Aún no habían pasado dos meses desde su primera entrevista nocturna, en casa de la Celestina titulada, aún duraba el primer entusiasmo de la Señora, encantada con su pollito extremeño, como ella le llamaba Á solas con su amigota; todavía estaba en su cuarto creciente para Manolito la luna de miel, cuyos trasportes imaginaba serian eternos, cuando repentinamente rodó desde el radiante empíreo de su dicha al negro abismo del dolor, del desencanto, de la rábia y de la desesperación. Trocáronse en un momento su amor en odio, su estática adoración . en el más repulsivo desprecio: su copa de ámbar oloroso y trasparente no fué ya á sus ojos más que
vaso de barro grosero y sucio; un demonio su ángel.
La revolución que sufrió su espíritu fué tan súbita fé intensa, que estuvo á punto de suicidarse.
Dejó de visitar á la Señora, y de concurrir á los sitios públicos en que acostumbraban verse, y no volvió á poner los piés en casa de su amiga, la respetable, benéfica y piadosa marquesa. Encerrado en su cuarto pasaba los dias y las noches entregado á la más negra melancolía. Perdió su rostro varonil los sonrosados y frescos colores: profundas ojeras dieron á su pálido semblante un aspecto enfermizo, y de tristeza á sus hundidos ojos; enflaqueció rápidamente, de tal modo, que de puro demacrado estaba desconocido.
Tomando á desprecio la brusca retirada y el obstinado silencio de su antes amoroso amigo, la Señora bufaba, despechada de indignación y de celos. Su femenino orgullo, herido en lo más vivo, se sublevaba á la idea de que un hombre pudiera despreciarla públicamente, hacien-
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do alarde de altiva, de desdeñosa indiferencia.
— ¡Yo no puedo tolerar esto! esclamaba la Señora, ronca de cólera, hecha una furia. ¡Esto no puede quedar asi, y no quedará! ¡Yo me vengaré! ¡Despreciarme á mi! ¡Pagar mi cariño con groserías; no responder á mis cartas! Vamos, esto es demasiado; no puedo, no quiero sufrirlo, y no lo sufriré.
XVIÍ.
Alarmado D. Melchor con el estado en que veia á su hijo, y temeroso de que le pasara algo grave, que no se atrevia á confesarle, por miedo á su severidad, le instaba con la más paternal solicitud para que se distrajera, obligándole á ir con él á paseo, á visitas y ai teatro; hasta que, viendo que nada de esto bastaba á disipar su tristeza, que rayaba en misantropía, recurrió á la vieja marquesa, para que le ayudara á descubrir el secreto de su Manolito.
C U E a TOS COR T ¡ i S A N OS.
Guardóse bien la taimada braja de decirle lo que pudiera, aunque en realidad nada sabia del por qué su joven discípulo dejó de visitarla, pues no se habia dignado responder á sus cartas, ni á las de su intima amiguita.
Viendo el comendador que su Manolito apenas comia, y que respondia con monosílabos á sus preguntas, encerróse un dia con él en su aposento, y le dijo con el tono del más acendrado cariño:
— Algo grave te pasa, que no te atreves á confesar á tu padre, y haces mal, porque yo soy tu mejor, y acaso tu único amigo. Dime la verdad, sin temor y sin rodeos. Yo también he sido joven, y mi juventud no fué tan irreprensible como debiera, aunque nunca hice nada contrario al honor; pero sé por experiencia que á tu edad las pasiones nos dominan, arrastrándonos más allá de donde quisiéramos, y de lo que nos conviene. ¿Estás enamorado?
Manolito, sentado frente á su padre, no levantaba la vista del suelo; y como no respondia, el comendador continuó en el
mismo tono cariñoso con que había comenzado.
— A tus anos, la pasión que más suele dominarnos es el amor; si amas, no temas que me oponga á tu felicidad, aunque tu amada sea de clase inferior á la tuya, que yo sé bien que ante el amor, como ante Dios, no hay clases ni posiciones sociales. Con tal que sea honrada la mujer que amas, yo me tendré por muy feliz en tenerla por hija, que, en Castilla, dice el refrán, el caballo lleva la silla.
— ¡Padre mió! exclamó Manolito, cogiéndole una mano y besándosela con ardorosa efusión: y mirándole con ternura, y con lágrimas en los ojos añadió: — ¡Si los hijos eligieran padre, yo no escogiera otro que vos!
Creyó D. Melchor haber puesto el dedo en la llaga, y esperó la confesión de los amores de su hijo; pero viendo que guardaba silencio, dijo:
— Si me equivoco; si el triste estado en que te veo no procede de un amor desgraciado; habla, explícate. ¿Tienes deudas que no puedes pagar? Las pagaremos, y á
la enmienda pecadores. De todos modos no debes continuar estudiando: nos iremos á Extremadura, y el aire y la vida del campo te devolverán la salud y la alegría.
— Haré lo que V. me mande, respondió el joven; pero si V. no se opone, preferida acabar mis estudios. No me pregunte V. mi secreto: le confieso que, en efecto, tengo uno que me atormenta; mas no es mió, ni puedo revelarlo sin faltar al honor. V. mismo me condenaría si cometiera la debilidad de comunicárselo. No es la honra de V. ni la mia, es otra la que comprometerían mis palabras. Haré un esfuerzo para sobreponerme al abatimiento que me domina, y espero reponerme física y moralmente, sin salir de Madrid. Viva V. tranquilo; ni estoy enamorado ni tengo deudas.
Suspenso quedó el comendador oyendo á su hijo, que hablaba con entereza, y como quien ha tomado una resolución definitiva; y después de breve pausa, dijo levantándose:
— Enhorabuena: respetaré tu secreto,
puesto que me aseguras no ser tuyo: pero acuérdate siempre de que, ayuda, consejo, lo que necesites para quedar en todo caso como debe un Pimentel, no los encontrarás como en tu padre. Ahora vístete, y saldremos á dar un paseo en carretela, para esparcir el ánimo.