Cuentos de amor y de amores · Capítulo real 2 de 5

CAPÍTULO PRIMERO

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO PRIMERO

DE CÓMO SE AMABAN, ESTANDO JUNTOS, MARÍA ANTONIA Y JOAQUÍN

El Cantábrico mugía imponente. La cólera de aquel mar es muy vengativa, y los pescadores, temerosos, no se atrevían á confiarse en sus estrechas barcas. Ocho días duraba ya el temporal, y aunque la pesca es el único recurso de los habitantes de aquella comarca, nadie pensaba en la temeraria aventura. Además era inútil intentarla, porque si los hombres permanecían ociosos en la orilla, los peces huían á enormes profundidades, y las redadas resultarían estériles. Era el peligro, pero no sería nunca la ganancia.

Los pescadores juraban, desatándose en improperios contra el mar que les negaba capricho-

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sámente los medios de ganarse la vida, pero ju - raban y maldecían desde tierra.

Dos traineras se habían lanzado: ninguna volvió... Quizás estarían refugiadas en algún puerto. Quizás encontrasen ya el refugio eterno...

Y pensándolo, comentando probabilidades, los hombres volvían á maldecir...

A la puerta de una casa modestísima, aprovechando los últimos rayos de un sol pálido y excesivamente enrojecido, ese contraste del sol de las tormentas qué, pareciendo abrasado, da una luz cárdena y fría, María Antonia repasaba las redes.

AI otro lado de la puerta, sentado en un banco de piedra que tenía por respaldo la pared de la casa, estaba el señor Blas, con la apagada pipa entre los labios.

Padre é hija. En las facciones correctas, en la línea juvenil y tersa de la arrogante muchacha, se marcaban poderosamente los mismos rasgos fisonómicos del viejo; pero cumpliéndose una vez más la inflexible ley de predominio que la belleza ejerce sobre la razón, era ella, la muchacha, quien llevaba el sello de la raza, y todos decían,

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sin parar mientes en el absurdo: ¿Sabe usted qu e el padre se le parece mucho...?

Es el mismo razonamiento, la misma lógica de los que dicen, mirando un boceto: ¡ Ah!, esto es de tal cuadro...

Y es al revés: eí cuadro es del boceto, la obra es de la idea y la hija es del padre; pero no hay quien sepa sustraerse á la persuasión de que lo más perfecto, lo más definitivamente acabado, no sea lo primordial.

Ella repasaba las redes; él miraba, absorto y pensativo, las olas bramadoras. — ¿Qué hora será, padre...? El viejo miró la altura del sol. — Las cuatro, hija. — ¡No puede ser!

— ¿No puede ser...? ¿Creerás tú que el sol va á mentirnos ó que yo voy á engañarme?

María Antonia quedó callada per no contradecirle, pero en el fondo de su pensamiento tenía la seguridad del error. El sol estaría donde estuviese y el señor Blas no fallaría en sus cálculos; pero las cuatro no eran, porque á las cuatro vendría Joaquiniño...

Y absolutamente persuadida de la fuerza irreductible de su argumento, se sonrió levemente, mirando, compasiva, á su padre y al sol, que de tal modo se equivocaban hoy al marcar las horas en su inmutable horario...

Sin embargo, por esta vez anduvieron acordes

el sistema solar, la experiencia y el amor. A lo lejos, siguiendo el borde del muelle, apareció Joaquín.

— Padre. .. ¡viene Quiniño...!

— Déjalo que venga; ya pasará.

— Es que hoy no va á pasar, padre... Quiere hablarte.

— ¿De qué...?

— De eso...

— ¿De qué, mujer...?

Y como no tuviera contestación más clara, interrogó con los ojos á María Antonia; pero los ojos de ella buscaban persistentemente el suelo*

— ¿De qué, mujer...? — insistió el viejo. — De eso... padre.

Y se puso encarnada, como cereza madura.

El padre se dió por enterado: Joaquiniño venía á hablar de eso que hace poner coloradas á las mujeres.

Y gruñó un poco, pero no dijo nada. Ya recordaba lo que era eso...

— Buenas tardes, hombre. — Buenas, señor Blas y la compañía... La compañía, que era solamente María Antonia, no debió enterarse del saludo, puesto que no

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contestó; quizás no le viera llegar... Verdad que en aquel momento un endiablado nudo de ia red requería su atención con tai fijeza, que ya podían pasar carros y carretas por el sendero de la pla - ya, que la mozuela no levantaba la vista. ¡Sí, sí; para que se enredase más aquel nudo condenado...!

— Cúbrete, hombre...

— Es comodidad..-

— Que el Nordeste sopla muy duro... — No le hace. ¡Somos conocidos el Nordeste y yo!...

Y el mocetón soltó una carcajada ruidosa, como si aquella amistad del viento y del hombre tuviera muchísima gracia.

El viejo se rió también* No era una ocurrencia muy chistosa, y él ya se la había oído á todos los del pueblo; pero cuando se está en buena armonía con un amigo, y el amigo se ríe, parece desaire no celebrar lo dicho.

María Antonia reía de buena gana. Conformes en que por el mundo se decían cosas mejores; pero del modo que las decía Joaquiniño, no...

Y sin mirarle, porque el picaro nudo se enredaba cada vez más, seguía afanosa el principio de la conversación, aguardando el instante en que abordara su verdadero objeto. ¿Cómo empezaría...?

— ¿No te sientas un rato, hombre? — Si no estorbo...

— ¿Quieres cargar una pipa? — No, señor; muchas gracias. — Pues yo sí.

— ¡Hace usted muy bien...!

— ¿Y por qué hago muy bien, tú...?

-—Siendo el gusto...

— Cada uno debe hacer su gusto, ¿eh...? — Sí, señor. De eso quería hablarle á usted, si no hay incomodo por lo presente. —¿De qué...? — De eso...

El viejo acabó cachazudamente de atascar su pipa. Dió una chupada enorme, y recreándose en la espesa nube de humo, entre azulada y negra, que le envolvía como un nimbo...

— ¿Conque de eso, eh?...

— ¿Sabrás con quién hablas?...

— jAy!, sí, señor. Con usted.

— Bueno, pues habla entonces, que la palabra no se le niega á nadie.

María Antonia se puso de pie; el busto, arrogante y flexible, cimbreóse al esfuerzo de recoger las pesadas redes.

— ¿Te ayudo?...

— Es mucho peso, María Antonia. — Bien puedo.

— Déjala, déjala. Si has de hablar, habla. Cada cosa á su tiempo.

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Y aunque al mozo le parecía que hablar y ayudarla pudieran ser la misma cosa y el mismo tiempo, deliciosamente invertido, quedóse inmóvil. Era el padre quien hablaba, y en las aldeas, á remembranza é imagen de las edades primitivas, la ancianidad es un título de respeto.

La moza, en tanto, había desaparecido en el interior de la casa, y quedaron solos los dos hombres.

En la desierta playa no se vislumbraba señal de vida. El mar, siempre bramador, escucharía indiferente.

Podían hablar. Y hablaron.

— A mi corto parecer, señor Blas, se me figura que lo mejor será ir derecho al asunto.

— Mientras no andes un rato, no te puedo decir si andas derecho...

— Bueno, pues usted lo verá pronto. María Antonia y yo nos queremos.

— ¿Os lo habéis dicho...?

— Bien, Joaquín. Pero eso no es quererse todavía; no es más que decírselo. — Por algo se ha de empezar...

— Así es. ¿Qué más...?

— Eüa se merece e! trono de un rey...

— Posible... pero no continúes por ese rumbo, que si á mereceres vamos, tú no podrás satisfacerlos.

— ¡Verdad, señor Blasí... Yo no tengo más que el día y la noche,

— Y aun eso no es tuyo.

— Verdad que ni eso. Con todos he de repartirlo...

— No vamos derechos, Joaquín...

— Aguarde usted á ver, señor... En la feria de la Santa Margarita, ¿habló usted de la María Antonia?...

— Puede que hablara...

— Y dijo usted que ella se casará con quien la enamore, siempre que traiga, por lo menos, una casa donde refugiarse y una barca en donde buscarse el pan.

— Quien te lo dijo, dijo bien.

— Yo no tengo casa...

— Malo, hijo...

— Yo no tengo barca...

— Malo, hijo, malo...

— Yo no tengo más que el día y la noche, repartidos entre todos, señor Blas...

— Entonces comprenderás que en la feria de ta Santa Margarita no hablé de ti.

— Lo comprendo. Pero aun queda algo por tratar. Si Dios ó el diablo no han querido que

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tuviese bienes de fortuna, otros bienes me ha dado Dios.

— O el diablo...

— El que fuere... Tengo voluntad, y tengo firmeza, y tengo ley al trabajo. —Algo es, hombre.

— ¿La chica va para los diez y ocho?...

— En Abril irá. Ponle los diez y ocho, pues.

— Yo, veintiuno. Con que yo ten gaveintitrés y ella veinte, no pone ni quita nada al cuento, se - ñor Blas.

— Es un decir que tengáis esas fechas...; pero el cuento se puede contar igual.

— Y esto es lo que vengo á proponer á usted. ¿Quiere usted que de aquí á dos años, á esta misma hora, tal día como hoy, sigamos hablando?...

— ¿Y en el entretanto?...

— Palabra de hombre, que no admitirá ésta conversación de hombre nacido.

— Mucho pides, rapaz...

— Dicen que, por el mundo adelante, el que se juega la vida puede ganarse la vida muy pronto.

— ¿Y tú quieres...?

— ¡Jugármela de una vez! La casa y la barca no valen nada, pero valen mucho. A buscarlas voy, si usted me da esa palabra de hombre que le pido.

— ¿Y después?

— Pasados los dos años, es usted libre.

— Libre soy ahora, Joaquín.

— Pero ahora tendría usted que luchar con los juramentos de María Antonia y míos.

— No hablemos del caso, que el caso no ha llegado. Si la María Antonia quiere, yo quiero. Eres honrado y eres firme. Mi palabra te doy.

— Y yo la mía. Si vuelvo con lo que busco, y ella no ha cambiado de pensar, la María Antonia es para mí; si no encuentro nada que lo valga, mi palabra es que no vuelvo. ¿Hace?...

— Hace.

— Y permita Dios que, si falto y vuelvo, con sarna vuelva.

— Tú lo dices. ¡Así sea!

— Y si usted es el que falta y me lo niega, ó antes trata de ella con hombre nacido, permita Dios...

— No jures. Que libre te doy la promesa, y nadie me obliga á ella.

— Bien hablado está con usted, señor Blas. ¿Me da usted licencia para que lo platique con la María Antonia?

— Licencia tienes, Joaquinillo.

Y la voz del viejo, reposada y fuerte y serena, se alzó vibrante y sonora:

— ¡María Antonia! ¡María Antonia!...

Asomóse la moza apresurada.

— Joaquín ha de hablarte, hija. Licencia le di para que te hable.

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— ¿Ahora ha de ser eso, señor padre? — El dirá.

— Ahora, si tú quieres... — dijo el mozo.

— Que ahora sea — mandó el viejo.

— Habla ahora, pues... — respondió la moza,

Y el viejo, sacudiendo la ceniza de su pipa y volviéndola á llenar pausadamente, añadió:

— Sopla duro el Nordeste; pero el viento es amigo de Joaquinillo... El mar está duro y bravo; pero el mar te conoce desde pequeña, María Antonia... Marchad un poco por la playa. Basta con que os oigan la mar y el viento...

Podían marchar ya. Y marcharon...

Cruzando la desierta playa iban los dos. La arena, que hace el caminar fatigoso y lento, marcaba distintas y claras las huellas. Si alguien quisiera seguirles, señal segura tenía. Y ellos mismos, al tornar sobre sus pasos, miraban, risueños, las marcas tan profundas y tan unidas.

No era más que un momento lo que se alejaban, y ya sentían complacencia y regocijo al encontrar de nuevo sus propias huellas.

¡Cuántos así, como ellos, se estremecen de alegría y de inefable contento al hallar alguien ó

algo que, en las infinitas vueltas de cada vida, conserva el rastro de lo que un tiempo fuimos!... En la movible arena, en roca firme, en una amistad ó en un amor..., ¿quién no habrá sentido la dulzura de revivir lo pasado...? ¿Quién, tan desdichado... que no supo gozar el supremo deleite de borrar en un día ó en una hora todas las horas y todos los días que pasaron desde un instante venturoso, y vivir otra vez aquella hora, despertada al conjuro mágico de un sitio que se vuelve á ver, de una voz que se vuelve á oir ó de una carta que se lee de nuevo...?

¡Malaventurados los que no saben disfrutar del sublime encanto, de la honda sacudida que hace vibrar un alma cuando, de improviso y truncando la monótona existencia, se presenta ante nuestros ojos la forma viviente de un recuerdo...!

Cuentan de un hombre, uno de esos sabios rebuscadores de antigüedades, que, practicando excavaciones en los sepulcros de Menfis, al descubrir una nueva galería, tapiada hace treinta siglos y enterrada después en la movediza tierra de los desiertos africanos, se volvió loco de espanto al encontrar, indeleble y perfectamente conservada en el polvo, la huella de un ser viviente... ¡Del último quizás que atravesó aquellos subterráneos para depositar un cadáver más^..!

Cuentan de un hombre, que arreglando, fría y decididamente, todos sus asuntos y poniendo en

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orden sus papeles, con la pistola al alcance de la mano para terminar una existencia mísera y dolorosa, se desmayó de pena y de congoja al en - contrar un cuaderno de papel rayado, con palotes y letras inseguras..., el cuaderno que llevó á la escuela de chiquillo.

Caminaban silenciosos, cogidos de las manos... De pronto se detuvieron. — ¿Por qué no me hablas, Joaquiniño...? — Te hablaré. Oyeme... AI padre le dije mis pensamientos. — ¿Y padre...?

— Conformes y á una hemos quedado.

La moza rebrincó de contento, y echándose,

amorosa, en los brazos de Joaquín, no sabía sino

decirle:

— ¿Sí, Joaquiniño, sí?... ¿De veras que sí..., Joaquiniño...?

El mozo, primero la estrechó fuertemente contra su pecho en uno de esos abrazos intensos y ansiosos en que se busca el alma á través del cuerpo; después la rechazó suavemente.

— No, María Antoniña, no...

—¿Que no?... Y entonces, ¿cómo quedasteis á una?

— Fué en el separarnos.

— ¿Separarnos, Joaquín...?

Y, como si la palabra solamente llevara en sí el temeroso poder de alejarlos, María Antonia retrocedió, espantada, queriendo buscar en la distancia material la explicación de aquella idea inconcebible.

Los ojos desmesuradamente abiertos; la mirada fija é interrogadora; la respiración rápida y anhelante... Así permaneció, inmóvil, María Antonia.

Pálido, sonriente, con la sonrisa de los deses perados, contraída la boca, que en el centro de los labios simulaba reir, y en los bordes, caídos y plegados como en prematura arruga de vejez, acusaba dolor y sufrimiento. Así estaba Joaquín, inmóvil y callado.

— ¿Separarnos, Joaquiniño?... ¿Y cómo podrá ser...?

— Padre quiere una casa y una barca. ¡No las tengo! A buscarlas voy... — Aquí podrás ganarlas.

— Sí. Trabajando muchos años, y con suerte, al final podría tenerlas. Pero no se trata del final, sino del principio; la barca y la casa no me importan... ¡es que sin ellas no te alcanzo á ti...!

— Yo esperaré gustosa lo que sea menester.

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— ¡Yo, no!

— ¿Eres ambicioso?

—De ti» Te quiero, María Antonia, con el querer de mi vida; pero no es tu amor únicamente lo que busco.

— ¿Qué buscas más?

— A ti, á ti misma y todo lo que hay en ti. Tu alma, para acogerme voluntaria, y tu cuerpo, para cogerlo yo amoroso.

— ¡Joaquín...!

— No puedo decirle al tiempo: ¡tú y yo aguardaremos por ella!... Que el tiempo, gastando tu hermosura, se burlará de nosotros. Joven y guapa te quise; tengo derecho á que vengas á mí con juventud. ¡No podemos esperar...!

Y tenía razón. El divino rubor que encendiera las mejillas, el respirar fatigoso que levantaba, acompasado é inquieto, el turgente pecho de María Antonia, hablaban de juventud, y sería torpeza irreparable permitir que !a juventud se marchitara sin rendirle al amor su inmortal tributo.

La voz del mozo volvió á alzarse, firme y decidida:

— Debo marchar... Pasaré dos años trabajando donde el peligro sea mayor y la ganancia más grande. En cuanto reúna lo preciso, volveré. ¡Te lo juro. .!

Y como si no bastara á su promesa solemne y leal la presencia de María Antonia, el mozo le-

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vantó los ojos al entoldado cielo, invocando por testigo al invisible Creador de la creación entera.

— ¿Volverás...?

— ¡Lo juro! Padre me dió su palabra de no torcer tu inclinación en esos dos años que le he pedido.

— ¡Es que moriré de pena si no vuelves...!

El mozo se estremeció de irremediable angustia al escuchar aquella evocación al pavoroso fantasma de la muerte, pero sonrióse, complacido. Morir de amor no es morir, es amar. ¡Era mozo y creía...!

¿Quién á los veinte años no habrá pensado que debe ser muy hermoso morir de amor?... Después, cuando la experiencia nos hace incrédulos, cuando encontramos por el mundo adelante á aquella que debió morir... y no murió, aun renace del olvido y de la indiferencia misma una mirada de afecto. No ha muerto, pero un día creyó que pudo morir... Por la buena fe de aquel día merece hoy la bondad de una mirada.

La que pasa es una mujer ajada; el que pasa es un hombre caduco ya... ¿qué importa?... Creyeron que se amaban, y eso basta para la rápida impresión de amor.

¡En todo, creer es más que ser...!

— ¿Volverás...?

—Volveré si encuentro lo que me exigen; si no? mi promesa es no volver.

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—¿Es decir, que hoy, ahora, este minuto, puede ser el último en que nos veamos? — Dios no lo querrá; pero puede ser... — ¡Moriré, Joaquiniño...!

Y el grito de la moza debió llegar tan adentro y sonar tan hondo en las entrañas, debió creer tanto en la verdad de aquel acento desesperado, que el hombre mismo se impregnó de dolor, y faltándole la palabra consoladora, por todo consuelo abrió los brazos; y cuando la moza, en el irresistible impulso, llegó á ellos, los brazos volvieron á cerrarse, potentes y acariciadores...

Y como la arena es movediza, en ella se afianzaron mal, y sobre ella cayeron...

La noch 5 había caído también...

La obscuridad y el silencio y el amor les envolvieron en su adorable manto...

Arena movediza; arena dócil, que tan pronto marcas las huellas y tan pronto cedes para moldear los cuerpos que te oprimen, ¿por qué fuiste aquella noche falsa y traidora contigo misma...?

Arena traidora y falsa... si cayeron dos cuerpos, ¿por qué en ti no se ha marcado más que la huella de uno solo...?

CAPITULO II

DE CÓMO SE AMABAN, SEPARADOS, MARÍA ANTONIA Y JOAQUÍN

Había pasado un año.

Huyendo de aquellos lugares adonde la emigración se dirige en grandes masas y en donde, por consecuencia, la vida se hace casi tan difícil como en el punto mismo que se abandona por miseria, Joaquín se embarcara en un trasatlántico inglés, y como oveja de aquel rebaño que infecta los sollados de los grandes buques, hacinado y miserable, pero animoso y resuelto, encontróse una mañana con otros dos compañeros de infortunio que escucharon sus atrevidos consejos, en la bahía de Anckland, en la Nueva Zelanda.

Aquello no era aún su destino. Con el escaso vocabulario de palabras inglesas, aprendidas en los diversos vapores, le bastaba para hacerse entender, y, apenas orientados, emprendieron nuevo rumbo en busca de los famosos bosques de

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kauris, los gigantescos pinos cuya madera es tan conocida en Europa.

Para persuadir á sus compañeros de que le siguiesen en la temeraria empresa, á luchar contra los hombres, el clima, la diferencia de idioma y el penoso trabajo, había exagerado su propia seguridad. Oyéndole, parecía que los bosques vírgenes le guardaban, ansiosos, su virginidad...

El sobrecargo del Novara, el navio en que hizo su última travesía, en una de esas conversaciones soñadoras de los emigrantes y burlonas de los marinos, le había comprado el primer cargamento de kauris, puestos en el muelle.

Joaquín se lo había vendido.

— Del quince a! veinte de Septiembre estaré en el puerto...

— Del ocho al diez esliarán los pinos en el muelle.

— Y lo dicho. Una libra más barato que en el mercado, y lo compro.

Y los dos se rieron; pero el sobrecargo se reía burlón y Joaquín reía de gozo. Allá adentro, donde las ilusiones viven y crecen, había nacido una esperanza...

Le faltaba la madera, los pinos vendidos, pero ya tenía comprador...

Y así desembarcó. Y así emprendieron los amigos la penosa marcha en busca del trabajo y de la fortuna. De día caminaban; de noche, los blandos y mullidos heléchos, tan abundantes en

aquella región y tan espesos, que pueden servir de cómodo descanso y de blanda cama...

A los quince días estaban en la montaña abrupta, en la provincia de Nelsón, entre los bosques seculares, y desde allí la marcha se hizo más penosa aún; era preciso abrirse paso con el machete y no apartarse nunca de la cresta del monte, pues apenas se desciende un poco la vegetación es tan enmarañada y tan tupida que se encuentra el caminante envuelto en densas sombras, como si de repente se nublara el día y reinase la obscura noche.

Pero en cambio de estas dificultades materiales, podía avanzarse sin temor alguno á malos encuentros. El hombre pakelia ó maori no es agresivo, y los animales no son temibles, pues sólo se conocen diversas clases de pájaros, y algunos raros, rarísimos avestruces, que huyen al ruido insólito de las voces humanas.

En aquel año de estancia lograron la amistad de unos indígenas, y juntos emprendieron la tala de pinos, que llevaban ai borde de un barranco, despeñándolos desde allí, y luego, aprovechando el cauce natural del río, los conducían hasta poblado, vendiéndolos á buen precio.

Era una labor enorme, de fatiga y de riesgos; pero la ganancia respondía al esfuerzo, y el cin~ turón de cuero, henchido ya de relucientes libras esterlinas, les animaba continuamente. Trabajaban desde que el alba pintaba las blancas nubes;

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comían con sana frugalidad, al tiempo que descansaban, y otra vez, alegres y ufanos, volvían á ¡a áspera tarea con el pensamiento fijo en la patria lejana y en el rincón adorado, donde el cielo era más dulce y el amor prometía más venturas.

Un año había pasado. Quedaban aún diez meses para redondear la pequeña fortuna que se proponían reunir, con la absoluta seguridad de lograrla, y por aquellos días preparaban una nueva expedición, intentada con el concurso de más gente, y de la que esperaban pingües é inmediatos beneficios.

Aquella mañana era de más gozo y de más doradas ilusiones. El correo, traído por un indígena, les aportara á todos buenas nuevas del suspirado hogar, y con la visión resplandeciente de los seres queridos, disfrutaban ya por anticipado de las futuras dichas que el porvenir les reservaba.

Cuando la hora del breve reposo volvió á reunirlos un momento, su primer recreo fué el de leer las cartas de nuevo, y después, con cariñosos y apasionados comentarios, ir descifrando noticias y palabras. Cada línea decía una cosa, pero además quería decir... y en este campo abierto de las intenciones se desbordaban los deseos y los afanes de cada cual.

— ¿Qué te escriben, Quino?

— Que me quieren, que me aguardan... ¿Y á ti, Pascual?

— Lo mismo. Que aguardan, que no olvidan...

—¿Y á ti, Melchor?

— Que aguardan también, pero que el tiempo se hace largo.

— Eso no tiene arreglo. Hay que trabajar de firme y no pensar en volver hasta que la fortuna esté hecha. ¡Con menos de cinco mil duros en oro yo no vuelvo!

—¡Ni yo!

— Yo, sí.

— Tonto serás, Joaquín.

— No. Es mi palabra que ha quedado allá abajo, y á recogerla he de ir.

— Bien dices. Tú tienes que marchar... En mi carta hay algo que te cumple, Quino.

— ¿Que me cumple, Pascual? ¿De mí te hablan?

—De ti, de la María Antonia... — ¿Se habrá cansado ésa de esperar...? — preguntó Melchor. — ¡No lo digas...!

Y para que no lo dijera, poniéndose en pie de un salto, agarró febril la afilada hacha...

— ¡És un suponer, hombre!

— ¡Pues no lo supongas!

Pascual intervino, conciliador.

— Lo contrario me avisan.

— ¿Y cuál es la contra...? ¡Habla, hombre!

— Que te quieren más que nunca, que la mi Josefa parló con la tu María Antonia, que le dio

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contento vería tan amorosa, pero que le dio pena mirarla tan desmejorada, como si el mal de amor ia consumiese...

— ¿Eso dice...? ¿Dice eso de veras...?

— Míralo tú...

Y Joaquín cogió la carta como antes cogiera el hacha, sólo que.no era un arma contra otro, sino como puñal que contra el mismo Joaquín iba á clavarse...

El bronceado rostro había palidecido; las manos, temblorosas, sacudían nerviosamente el pliego de papel...

— Siempre son malas las noticias de mujeres, Pascual.

— Peor es no recibirlas, Melchor.

^— Con ellas todo es peor. Queriendo, dan ansias; no queriendo, dan angustias. Cierto es, pero yo no sé de nada mejor que de ellas mismas.

—Ni yo.

— Púas entonces, á conformarse con lo que de ellas venga.

— Y alabado sea Dios...

Joaquín no leía ya. Inmóvil, espantado, temeroso de lo que el párrafo aquel pudiera significar de horrenda verdad y de separación eterna, en su espíritu iba formándose una suprema y enérgica decisión. Devolvió la carta á Pascual; pero en seguida, arrepentido:

— ¿Me ia dejas...? — suplicó.

— Si te alivia en algo, déjotela...

— Gracias.

Quedóse un rato en silencio. Respetándolo, Melchor y Pascual no hablaron tampoco.

Al fin Pascual, tocándole afectuosamente en el hombro, dijo:

— No pienses en ello. ¡Será lo que ha de ser...! Anda, vamos á trabajar.

— Es la hora.

— Para vosotros. Para mí terminaron ya. Mañana marcho. — ¿Estás loco? — ¡Mañana marcho!

Y para convencerse á sí mismo de que aquel propósito repentino era ya una determinación irrevocable y decisiva, él solo seguía gritando: "¡Mañana, mañana...! ¡Mañana marcho!"

Los otros callaban; sin darse cuenta precisa de lo que pasaba por el alma combatida de su compañero, adivinaban con su rudo instinto de peleadores y de solitarios que algo muy profundo sufría el desgarrón del implacable destino; que alguna rama de ese árbol misterioso que se llama voluntad y energía azotaba furibundo otras ramas de otros árboles, que en el corazón tienen su copa y sus raíces...

— ¡Marcharé mañana...! — repetía inconsciente, como si las mismas palabras tuvieran mayor sentido y explicación más clara únicamente por pronunciarlas muchas veces.

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— Es un desatino; piénsalo...

Y el asombro de Joaquín fué tan enorme, tan confundido quedó con aquella réplica, que no supo ni rechazarla.

— Un desatino, sí. No encontrarás vapor hasta primeros del mes próximo, y por consecuencia, nada adelantas paseándote por el muelle. En cambio pierdes tontamente las ganancias de esta expedición, ya preparada. Termínala con nosotros; el veintiséis ó veintisiete podemos despacharla, y el treinta estás libre, si persistes en marchar...

— No. ¡Mañana! Puede haber algún barco de cabotaje que me Heve á sitio de donde salga vapor para Europa, y si adelanto ocho días siquiera, ésos llevo de vida y de salud á María Antonia.

— ¿Y renuncias á un negocio tan brillante como el que se presenta?

— Renuncio. No lo necesito. Llevo en el cinto cerca de mil duros, más de lo necesario para la barca y la casa que me exigen; el resto era ambición.

— Haz lo que te parezca. De esta corta reservaremos tu parte... ¿No es verdad/ Melchor...? — Verdad es, Pascual.

— Y te la enviaremos; que entre amigos ésa es la ley.

— ¡Gracias! No os abandono por flaqueza ni por odio, sino por caridad y por cariño. ¿No comprendéis bien vosotros que si esa mujer

muere de amor, es el amor el que debe correr á salvarla...?

— Así es, Joaquín.

— Dímelo tú, Pascual, y tú, Melchor... ¿No sería ingrato yo dejando consumirse de pena á quien puedo yo librar de ese martirio...? Si la María Antonia me dijese de tu Josefa una desdicha igual, ¿no correrías tú á su lado...?

— ¡Más razón tienes que los santos, hombre!

— Y si por quedarme aquí más tiempo y ganar más dinero llegase allá cuando no fuera tiempo de socorrerla, ¿para qué me serviría ese dinero que llevaba de más?

— No me prediques, que contigo estoy. Marcha.

— Y aun si me dijeran que enfermó de fiebres, de un mal aire, de una de esas enfermedades á que los señores médicos alcanzan y ios demás no servimos, quizás lo pensara un poco, pues la distancia es tan grande, ¡tanto!, que tai vez yo mismo no arribara más que para llorarla.

— O para verla sana, ¡carayl

— O para verla sana, Melchor; pero en ningún caso llegaba para serie útil.

— Hablas como un libro...

— ¿Pero diciéndome que se consume de amor? ¡Eso dice la tu Josefa, Pascual!

— Eso dice.

— ¡Y de amor por mil Siendo yo la salvación y la medicina, ¿tendría perdón de Dios si la dejase morir..,?

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— No lo tendrías. Esa es la fija, Joaquín. — ¿Y entonces...?

— Marcha, hombre, marcha, y cuando escribas cuéntanos la boda.

— Es que se muere de pena, ¿sabéis...? — Sabemos.

— Y de pensarlo nada más, me moriría yo también...

— Pues marcha de una vez. — Mañana.

Y al decir mañana se echó á llorar.

Y fué que en el alma se le metieron, de golpe y por sorpresa, las andanzas venturosas de un camino que iba de cara hacia el amor y hacia la patria...

CAPÍTULO III

TIERRAS Y MARES

Waikatomi, es decir, oriundo ó natural de la tierra montañesa del Waikato, se llamaba el guía. En su rostro, de negro bronceado, se veían indelebles las huellas que el tatuaje marcara como señal de su noble origen: una serie de líneas grabadas en la frente y en la mejilla izquierda. La derecha, libre de toda marca, denotaba que pertenecía á la rama sagrada de los descendientes de Ngatiroisangio, el primer hombre divino que había pisado el suelo de Nuiterein, lo que se llama hoy Nueva Zelanda.

Su estirpe gloriosa no le impedía ser ahora un miserable trabajador. Las guerras, en que los suyos fueron vencidos, y después la invasión inglesa, apropiándose las islas con el nombre modes-

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to de colonias, habían quebrantado su raza y destruido su poderosa línea de guerreros y de jefes maoríes... Ahora no era más que un miserable despojo humano, ganándose el sustento mezquinamente y llevando además sobre sí la miseria de una estirpe inútil...

El y Joaquín caminaban á buen paso, aunque con las naturales precauciones por encontrarse ya á las orillas del río Waikato, y á una y á otra margen los matorrales cubren grandes extensiones de légamo, en donde el suelo, reblandecido y sin mezcla alguna de toba, cede á la presión más insignificante, y muchos han encontrado una muerte horrible en aquel fango, que va dejando sitio para que el cuerpo se hunda y es implacablemente resbaladizo para impedir que el cuerpo se alce y se salve.

Sin levantar la voz ni detenerse en la marcha, Waikatomi no hizo más que volver un poco la cabeza para que le oyeran mejor.

— Antes de una hora pasaremos por la gran caverna.

— Camina y pasaremos.

— El Espíritu Pálido vela allí por los míos. Si quieres detenerte, verás los sepulcros de los jefes y leerás su historia, escrita en las piedras con rayas iguales á las que tengo en la frente y en la mejilla.

— No puedo detenerme; camina.

— Desde aquí se ven ya ; las nubes de fuego

que le rodean. El Gran Espíritu de los muertos

se enojará sí pasamos y no se le rinde homenaje.

—Te engañas, Waikatomi; el fuego sale de la tierra abrasada, y el espíritu de los muertos no está más que en el recuerdo de los vivos.

— ¿Tú no crees?

— Haces mal. El Espíritu te castigará. En una hora podemos llegarnos é invocar su protección para que el viaje nos sea propicio.

— No puedo perder esa hora. Voy muy lejos.

— No me desoigas, Joaquín. Sobre ti vendrá la desgracia.

— Te engañas otra vez. La desgracia no vendrá más que deteniéndome; es preciso que llegue.

— ¿Qué te importa, en tantas jornadas, retrasarte unos minutos?

— ¿Tú no sabes que voy á buscar el amor...?

— ¡Pues que el amor te defienda de la cólera de los dioses...!

Y Waikatomi se echó en tierra y la besó tres veces, pidiéndole perdón al Espíritu Pálido; luego cogió tres piedras, y echándolas en dirección al lugar que la caverna ocupaba, por tres veces lanzó el grito de guerra, repitiendo después la salutación á los dioses: ¡Whakapono! ¡Whakapouo! ¡Whakapono!

Creyendo ya calmado el enojo del dios, sonrió tranquilo y corrió á reunirse con Joaquín, que había seguido camino adelante.

— He pedido al Espíritu Pálido que nos perdone. Por mí, te perdonará. — Gracias.

— El ya sabe que vas en busca del amor. — Bueno es que lo sepa... — Pero haces mal en olvidar á los dioses por una mujer.

— Calla y camina. — Ya callo, Joaquín. — Pues camina.

Y en silencio caminaron, bendiciendo á la vida al borde del amarillentp y escondido légamo que atrae á la muerte.

Tres jornadas más. Habían llegado al llano. Waikatomi encontró pronto quien le alquilara dos caballos y quien le acompañase hasta la ciudad.

Cuando Joaquín, despidiéndose, le estrechó la mano fuertemente, Waikatomi la llevó á su frente y le dijo:

— Si vuelves, bien venido. Si no vuelves, que la paz sea contigo.

— Gracias...

— Si mis ojos te ven, bendeciré á la luz. Si no

t,e ven más, en el corazón llevaré tu amistad.

— Gracias...

— Y al pasar entraré en la caverna donde los míos reposan, y pediré por ti y por tu amor al Espíritu Pálido.

— Gracias, Waikatomi. Yo tampoco olvidaré tu amistad...

Los caballos, dos animaluchos flacos y raquíticos, pero que semejaban cebras por las pintadas rayas, estaban prestos. Montaron Joaquín y su nuevo guía, y como el ansia de Joaquín llegó en seguida á la punzante espuela, partieron ambos veloces por la senda polvorienta.

Waikatomi quedóseios mirando mientras la vista pudo seguirles; luego volvióse pausado, emprendiendo otra vez el rumbo á las montañas donde los maoríes han nacido, donde van muriendo y donde muy pronto, con permiso de Dios y mediación de los civilizadores, se habrán extinguido...

El cielo, entoldado y de fresco ambiente por la mañana, habíase tornado lívido y cárdeno; el aire pesaba ya...

— ¿Amo...?

— ¿Qué quieres...?

—Sería prudente acogerse á poblado.

— La tormenta está encima.

No importa. Tengo prisa. ; — ¿Tú np conoces aquí la tempestad?..,

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— La conozco, pero tengo prisa. — ¿No le temes al rayo? — Le temo, pero más aún temo á la distancia que me separa de lo que busco. — ¿Qué buscas tú, amo? — El amor.

— ¿De una mujer?... Puesn o espolees más, que á cualquier hora que llegues, llegarás á tu hora. — No. Sigamos.

— Piensa que la tempestad es más segura y el rayo más certero.

— No importa; sigue, sigue...

— Los caballos se espantarán si truena...

— Mejor. Correrán más.

— Y podemos morir...

— Dime dónde no podemos morir, y allí me quedo. ¡Sigamos! ¡Sigamos!... — Lo que tú mandes, amo. Y siguieron.

Gruesas gotas caían ya. La atmósfera, completamente cerrada por nubes negras y con el vaho de la tierra haciéndola irrespirable, denotaba la tremenda lucha que iba á entablarse.

Los dos hombres se envolvieron en sus gruesas mantas de campo; los caballos, jadeantes por la apresurada caminata, tendían el cuello fatigados, y con las narices levantadas y las fosas enrojecidas, respiraban ansiosos las emanaciones húmedas que del cercano mar traían las ráfagas de viento,

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Y así anduvieron un rato más, liasta llegar á un grupo de chozas. —¡Amo!... — ¿Qué quieres? — De aquí no paso. — Yo, sí.

Algunos indígenas, asomados á las puertas, les gritaban: jHaeremai!, ¡haeremai!, que á un tiempo es saludo é invitación, animándoles á refugiarse en sus chozas.

— ¡Ven! ¡ven! ¡Haeremai! ¡haeremai!...

— ¿No los oyes, amo?

— ¡Necesito llegar!

— ¡Pero es locura! ¡Aguarda á que el cielo se calme!

— Será de noche entonces y no querrás marchar. — ¡Refugiémonos, amol ¡No desafíes el poder de las visiones infernales!

— Quédate si te espanta. -¿Y tú?

— Yo continúo. —¿A pie?

— No, á caballo. — ¡El caballo es mío!

— Mío. Hasta que llegue á Anckland, te lo he alquilado.

— Pero, ¡qué afán tienes tan ciego, amo!

— Me dijeron que hay un buque en el puerto. Puede zarpar de madrugada, y es menester que llegue para embarcarme.

— Llegaremos, te lo prometo.

— No. En el fuerte, á la guardia, dejaré tu caballo. Recógelo mañana.

— Pero, ¿qué genio malo te atormenta?...

— ¡Es el amor que me llama, es el amor que muere sin mí!... No puedo detenerme. Perdona, hermano.

Y aguijó el caballo y partió á escape tendido. — ¡Amo, amo!... — gritaba desesperado el pobre guía.

— ¡Haeremai, haeremai! — le decían á voces desde las chozas.

Y el agua á torrentes, y las nubes á truenos y á rayos, y los hombres á voces, acompañaron un instante al férreo sonido de los cascos batiendo rápidos los guijarros del sendero.

Después, en la obscura sombra de !a tarde, hecha noche por la tempestad, no se oyó más que el airado choque del agua y el rugiente bramar del trueno...

El vapor estaba allí, pero no zarparía hasta dentro de dos días. Consumido de impaciencia y de ansia febiil, que templara antes la agitada y presurosa marcha, pero que ahora, inactivo,

sentía desbordarse por su cansado cuerpo, enseñoreándose del alma como dueño y señor de sus pensamientos lodos, Joaquín miraba las tranquilas ondas de la bahía de Anekland, una de las varias que forman la entrada del golfo Hauraki en el archipiélago neozelandés. Aquellas ondas le trajeron esperanzado, entusiasta, decidido á la conquista de lo que él en su pobreza consideraba como una fortuna, y aquellas mismas ondas le llevarían con un pequeño capital ganado ya. En cambio, volvía desasosegado, inquieto, temeroso de aquel fantasma que al otro lado de los mares se erguía amenazador sobre la salud y la vida de lo único que amaba en este mundo.

E imaginándose que el pavoroso espectro, que el Espíritu Pálido pudiera vencer á la enferma de amor antes que el amor llegara á confortarla, sentía correr por sus nervios el angustiado y frío temblor que causa lo irremediable.

Y maldecía de la distancia, maldecía del lento vapor que no acababa sus preparativos de marcha, maldecía de los hombres que no se apenaban con el penar de otro hombre, y en su ánimo contristado todo eran sufrimientos, impaciencias, maldiciones...

Ensimismado en sus propias amarguras, no advirtió que alguien se acercaba, hasta que una palmada vigorosa le hizo brincar, arrancándole de la vida imaginativa para traerle á la realidad de la vida.

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— Joaquín, hombre, ¿no quieres ver á los amigos?

Era el sobrecargo del vapor costero en que hizo su viaje de arribada.

— Perdone, señor Hugard; no miraba.-. — Pues mirá. ¿Cómo te ha ido? — Bien.

— ¿Y de libras esterlinas? — Bien.

— Me alegro. No te buscaba, porque maldito sea yo si mis pensamientos iban por tu borda; pero ya que te encuentro, como sé que tú eres un bravo mozo, te convido á beber un poco de Wisky.

— Gracias; no bebo.

— ¿Que no bebes...?

— No, señor.

— ¡Y, sin embargo, eres un bravo mozo...!

Y el señor Hugard lo dijo con la infinita tristeza del que descubre un lamentable defecto en una persona á quien se aprecia.

— Pongamos que no bebes, pues; pero hablar, sí hablarás, ¿eh?

— Poco...

— Pues escucha. El señor Stugars, el armador mío, ha montado aquí una fábrica de aserrar maderas. El negocio es muy hermoso y los sueldos muy grandes. Anda tras de un capataz que sea honrado y listo: de listos ya tiene un puñado...; de honrados aun no se mostró ninguno. ¿Quieres

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tú hacerte rico en media docena de años...?

— El sueldo es de quinientas libras, ¡muchacho! — Aunque sea.

— Y en toda expedición, el veinte por ciento de las ganancias. Si yo no ganara otro tanto, ya estaba pidiendo el puesto de rodillas.

— No puedo, señor Hugard. Es forzoso que vuelva á tierra.

— ¿Enfermo?

—¿Rico?

— ¿Cansado?

— Y entonces...

— ¡Es que en mi tierra se muere una mujer!

— Déjala. A la tierra irá.

— ¡Es que se muere por mí!

— Una enfermedad que yo no sospechaba. Quizás te equivoques tú.

— ¡No, señor! ¡Se muere, se consume, se acaba de mal de amor y de ausencia! ¡Y si no voy pronto, no llegaré á verla viva...!

—¿Tú crees en las mujeres...?

— ¡Creo!

— ¿Y no bebes...? — No bebo.

—Allá tú. Pero en mi sentido, te engañas en las dos cosas...

— No lo tome usted á desprecio... ¡Es que yo mismo padezco de ese mal...! — Bueno, bueno...

— Y si quiere usted favorecerme, un favor me puede usted hacer. — Dilo.

— ¿Conoce usted al capitán del Schawik?

— Háblele por mí. — ¡Andando!

Y sin más palabra, echaron hacia la escalerilla del muelle; un bote les llevó al costado del Schawik.

— ¡Salud, mi capitánl

— ¡Hola, Hugard! ¿A quién traes?

— A un español.

El capitán le miró de arriba abajo. —¿Español...? ¿Qué más...? — Enfermo de mal de amor. — ¿Qué es eso? — Enamorado. — Llévale á buscar mujeres. — No quiere más que á una. — Pues dile que no sea tonto. — Ya se lo he dicho. —Pues podéis largaros los dos. — ¡Espera, hombre! Es mi amigo y desea ir en tu barco. — ¿De qué...?

Como el capitán le miraba, Joaquín contestó:

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— De cualquier cosa, — ¿Qué sabes hacer? — Todo.

— ¿No será mucho...?

— Y no sabiendo de nada, para barrer los suelos ó echar paladas de carbón ya serviré. — Tú lo que pretendes es viajar de balde...

— No, señor. Quiero viajar y ganar.

— ¿Cuánto?

— Lo que den.

— ¿Eres callado?

— ¿Eres sufrido?

— No, porque sufriendo voy.

— ¿Te mareas?

Joaquín no pudo contener una sonrisa desdeñosa.

— Eso en el mar lo veremos.

— En el mar estás.

— No. El Océano Pacífico es un río.

— ¿Y á qué llamas tú mar...?

— Al mío. Al Cantábrico, al que tiene olas como montañas, y bravuras como un gigante, y nieblas como sudarios...

— Quédate en el barco.

— Gracias.

— Ganarás lo que valgas. Ya dispondré de ti. Y ahora, señor Hugard, que está usted com-

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placido, beberemos una botellita de Jamaica. —A falta de Wisky... — Y que le den una copa á este mozo... — No bebe. —¿Que no bebe...? — No, señor.

— No bebe y padece de mal de amor...

—Es lástima, muchacho. Si no tuvieras este vicio y tuvieras el otro, llegarías á ser un hombre de provecho.

Y mirándole compasivo, no sé si por el vicio que tenía ó por el vicio que le faltaba, el capitán se encogió de hombros filosóficamente. Luego llamó con un gesto al contramaestre y, ya con el acento severo é imperativo del superior, le dijo.

— Jonnás... Llévese este hombre y empléelo en algo. Si para algo sirve, déme cuenta; si no, prescinda usted de hablarme de él hasta que arribemos á puerto.

Joaquín saludó ya con respeto. Era el jefe ya: la disciplina rigurosa é inflexible, que sólo al mar se tributa y que sólo el mar se merece...

CAPITULO IV

EL DOLOR DE LA AUSENCIA..

AI hombro un palo y en el palo un hatillo con a ropa. Bien ceñida á la cintura la oculta tira de cuero con ías relucientes libras esterlinas, palpadas de vez en cuando y muchas veces al cabo del día, para persuadirse de que no le abandonaba :>u tesoro, ¡y hala camino arriba por la montaña, para bajar luego al valle...!

Temblaba de gozo y ciG espanto. Dentro de una hora, de menos, que el paso se hacía más firme á medida que la distancia se acortaba, la vería...

Y á la sola evocación, al conjuro mágico de aquella presencia de la mujer idolatrada, le enardecía el alma y le mitigaba el cansancio.

Verdad que por ella sacrificara la fortuna, ía suerte, el bienestar futuro; verdad que por ella

corriera peligros y afrontara sinsabores y humillaciones...; pero ¿qué suponía todo ante el alborear dichoso de aquella felicidad que se acercaba?...

— ¡Soy yo..., yo..., que vuelvo, que traigo el amor, y la salud, y la dicha!... ¡Soy yo!...

Y fingiendo ya en alta voz la conversación que iba á tener con María Antonia, Joaquín deliraba de alegría y de contento.

¿Cómo la encontraría?... ¿Consumida, devorada de fiebre y de pena, flaca, macilenta..., desfigurada tal vez?...

Pero, ¿qué importaba?... La salud venía con él y volvería á ella, y de nuevo tornaría á ser la moza garrida y sana y arrogante que en un tiempo fuera; que esos milagros y más hace el divino amor para curar de la amorosa pena.

El ansia de llegar, el afán de ver, la dulzura de oir, todo separado y todo junto en la esperada contemplación de su María Antonia, le hacían vibrar el corazón con tan descompasado impulso, que más parecía punzada que latido.

Y llegando ya, á sí mismo se culpaba por la mortal torpeza de no haber llegado antes. Si María Antonia no se salvaba, si moría, él era el matador; él y la ausencia eran los verdugos... Y, al pensarlo, se entristecía y se le nublaban los ojos, como si ya una mano piadosa quisiera ocultarle, con el lloroso velo? la fatídica visión del Espíritu Pálido.

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Por el camino iba encontrando grupos de aldeanos con sus trajes domingueros, en que copian burdamente las modas señoriles, complaciéndose en apartar de sí las alegres y clásicas tocas del país, para caer en la monótona y enojosa uniformidad de las grandes ciudades. Todos llevaban la misma dirección, hacia el mismo lugar iban todos, y, á medida que los adelantaba en su marcha más presurosa, oía otra vez el mismo pastoral saludo:

— Buenos días...

— Buenos días dé Dios y la Virgen...

Y con estas solas frases, amorosas en el sonido y dulces en el acento, revivían potentes los aromas todos de la patria y de la tierra.

Y caminaba más ligero, más ligero, más ligero siempre. Al fin llegó.

Al volver el recodo de la montaña, cortada á pico, y encontrarse de lleno con el embravecido mar, la playa desierta y el grupo de casas, entre las que estaba la habitada por Blas y su hija, el corazón, aquel corazón que brincaba de esperanzas, quedóse de súbito parado, y, á pesar de todos sus afanes, tuvo que detenerse un instante para que la respiración volviera á darle aliento y fuerza, y el corazón, aquel corazón que brincaba de esperanzas, volviera á latir esperanzado...

Lento, pausado, con la eterna duración de los segundos que se cuentan, Joaquín fué acercándo se á la casa.

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Cerrada la puerta; cerradas las ventanas... Llamó. Y volvió á llamar.

Y llamó de nuevo, golpeando los tableros con frenético empuje de sus lastimados puños. Y nadie respondía...

Y entonces sintió que al corazón, aquel corazón que brincaba de contento hacía unos minutos, le llegaba como una ola del mar, destrozadora y amarga; como un vaho cálido y ponzoñoso...

Y pensó en el Espíritu Pálido. Y con mortal congoja se cubrieron las sienes de sudor frío, y tembló su cuerpo todo en invencible sacudida de espanto...

— ¡María Antonia! ¡María Antonia!...

Y como si el silencio le hablara de sombríos presentimientos, confirmados ya, volvió á lanzar sobre la puerta su robusto brazo en descompuestos golpes, gritando desesperado:

— ¡María Antonia! ¡María! ¡María! ¡María Antoniaaa!...

Asomóse una vieja en la casa inmediata.

— ¿Qué le pasa, señor?

— ¿No vive aquí el señor Blas?

— Vive.

— ¿Y su hija?

— Vive, sí, señor. Los dos viven aquí; pero le van en Santa Margarita, que le hay romería.

Joaquín echó á correr, mientras la vieja, espantada, seguía gritando:

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— Pero ¿qué le pasa, hombre?... ¿Qué le pasa?...

Adivinaba una historia, una noticia interesante para las comadres, y no creía decente que se marchara sin contarla. Que tuviera penas, bueno; pero que las contara...

Es probable que ella no se las aliviaría; pero, al menos, le quedaba el gusto de ser la primera en referirlas. Por haberle informado de! paradero del señor Blas, bien merecía conocer el secreto.

Y, refunfuñando y gruñendo, cerró la ventana.

— Qué poco galanes son los hombres de hoy... No eran así en mis mocedades... ¡Válgame el Señor y su Santísima Madre, lo que cambian los días!...

Y tenía razón. Los hombres no eran así antes.

Verdad que tampoco lo era ella.

Que era moza y garrida... y hoy... ¡Válgame Dios y su Santísima Madre, cómo mu-dan los tiempos!. ..

En el soto, bajo los espléndidos y añosos castaños, celebrábase la tradicional romería, mezcla exótica de creencias religiosas y costumbres paganas. El santo, y la devoción que le tienen, es el pretexto para reunirse los romeros; pero, una

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vez reunidos, suele hacerse casi todo — y algunos hacen todo — , menos rezarle.

Si el santo agradece aquella congregación de fieles, ha de verse muy apurado en sus celestes recomendaciones. Suponiendo que la fiesta se celebrase en honor del Diablo, no sé qué más diabluras harían los devotos...

Y es que la gente va alegre y la alegría acaba siempre en pecado.

Salvo en los casos en que ya por el pecado empiecen...

En dos ó tres leguas á la redonda no quedaba mozo ni viejo, ni vieja ni moza, excepto los impedidos ó los enfermos, que no acudiesen á contarle al santo sus cuitas y que no procurasen, ínterin que el santo las aliviaba, irlas aliviando ellos con unas horas de jolgorio.

Joaquín, desviándose del soto, en donde se aglomeraba el gentío bullidor y retozón, siguió vereda arriba hasta la capilla.

Aquellos gritos, aquellas carcajadas, aquel sonar tristón de la gaita y aquel clamoreo ruidoso de los bailarines, dominado á trechos por el eco estridente de algún cornetín desafinado, le causaba hondo malestar, como si en todo el bullicio hubiera una burla y una ofensa á los hondos pesares de un hombre que venía de muy lejos buscando á una mujer, consumida de pena, que á los pies de la venerada imagen imploraba por el ausente.

Pero, de pronto, quedóse sobrecogido de aterrador desmayo...

Allí mismo, á pocos pasos, estaba María Antonia. La amada, la amante, la elegida... estaba allí.

Allí estaba María Antonia, la que penaba de amor y se devoraba de ausencias; la triste, la desconsolada, la que el Espíritu Pálido había escogido, señalándola con la raya negra de los que no van á vivir...

Pero allí estaba María Antonia rebosando de vida y de salud y de contento... Las mejillas encendidas, los ojos fulguradores, el busto espléndido y provocativo, marcando en su ceñido traje las arrogantes curvas de su adorable cuerpo juvenil, y los menudos pies siguiendo rápidos y acompasados el fatigoso esfuerzo de un pobre gaitero que intentaba estérilmente arrancar de su gaita, majestuosa y melancólica, los insólitos acordes de una muiñeira disfrazada de mazurca.

Allí estaba... pero no estaba allí. No era ella... era otra ya.

Y Joaquín, aterrado, inmóvil, silencioso, sintió que por su alma caía, destroz ándola cruelmente, la ilusión de su vida. Le pareció que alguien, iraplacable y sañudo, había alzado el dolor como si fuera una ciclópea maza y con ella se recreaba en ir aplastando indiferente los ensueños y los amores que por el alma iba encontrando..

Así caían, con fragoroso estrépito, desde lo alto

de las montañas por los barrancos inaccesibles, aquellos pinos corpulentos que el hacha de Joaquín había cortado.

Ellos cayeron: él caía. Era su turno: ese turno fatal de la existencia, que, inexorablemente, ha de cumplirse. Y se resignó.

Vino á consolar una pena y la pena no existía. ¿Para qué vino entonces?

Y preguntándoselo á sí mismo, tristemente se alejó de aquellos lugares con la calmosa sangre fría del que marcha hacia un punto adonde le es igual llegar pronto, ó llegar tarde, ó no llegar.

Marchaba cabizbajo, sonriendo, con la absurda pasividad de todo el que recibe una sacudida moral enorme é inesperada y en los primeros momentos no acierta á darse cuenta.

Y por una extraña remembranza de sus pensamientos, por esa lógica misteriosa que encadena y enlaza los hechos triviales á los hechos horrendos sólo por la circunstancia de habérsenos presentado á la par, Joaquín llevaba en su oído, destacados y precisos y sonoros, los acordes de la gaita que acompañaba en su baile á María Antonia.

E inconsciente, sin percatarse de que lo hacía, Joaquín caminaba vereda abajo tarareando aquella mazurca que el pobre gaitero no supo darle aire distinto de su clásica muiñeira.

Y unas mozas, que en la vereda se cruzaron con Joaquín, le dijeron al oirle cantar:

— ¡Contento vas, hombre!

Joaquín las miró desconcertado.

Ellas siguieron. El siguió también; y con rabia, con ira, enojado consigo mismo, tornó á tararear más fuerte su mazurca amuiñeirada.