Cuentos de amor y de amores · Capítulo real 3 de 5

CAPÍTULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 22 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO V

EL ORO DEL MAR

Escondido, más que escondido agazapado, en e! rincón obscuro de un cuarto, que pretendía tener honores de sala en la posada del pueblo, Joaquín pasaba las horas y los días en feroz mutismo.

Allí le habían llevado, y bien se estaba allí. Si á otra parte le llevaran, igualmente estaría.

Cuando le recogieron en mitad del camino, era un cuerpo sin vida. A! principio temían que estuviese muerto; después pensaron que borracho, y, al fin, creyeron que estaba loco; pero como su docilidad -eí dócil complacer de los que sufren — no inspiraba peligros, determinaron dejarlo en ia posada.

¡Suerte fué! Si acuerdan ponerlo en un ataúd y

MANUEL LINAR g$ RIVAS

clavar la tapa luego, no hubiera protestado. Para todas las preguntas tenía una sola respuesta:

— Igual es. Es igual.

—¿Quieres comer?

— Igual es...

— ¿Por qué no sales un poco? — Igual es...

Y todo era igual. Vivir ó morir, igual era. Si vivía, bueno; si moría, bueno...

El señor cura, un viejo y un santo, que creía en todos los milagros y confiaba en todos los hombres, había venido aquella tarde para intermediar en el asunto.

El señor Blas le suplicara que lo arreglase. La hija enfermó de veras. Joaquín estaba como poseído... Había que arreglarlo.

— Vamos á ver, hombre; ¿qué te sucede?

—Nada,..

— ¿Por qué estás así...? — Es igual, señor cura.

— ¿No comprendes que es contra Dios esa indiferencia...? — Será...

— ¿Y se condenará tu alma é irás al infierno? -Iré...

— ¡Pero es que no debes ir...! — Es igual, señor cura...

— Vamos á ver, vamos á ver, hijo... No te pido que cambies tu parecer ni modifiques tu conducta, que tus razones tendrás; pero yo merezco que

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 189

me trates con más respeto y no me hagas la injuria de caüarte cuando te hablo. — Dispense...

— Vamos á ver... ¿Te han dicho algo malicioso...? ¿Sabes tú mismo de alguna acción torpe ó deshonesta, de algo que lastime la fama limpia de esa mujer?

— Nada; pero es igual...

— ¡Caray, no lo es! ¡Y perdona que diga estas palabras, porque tú me desesperas con tanto igual, hijo! ¿Quedamos en que de honrada y de digna no hay pero contra la María Antonia, eh...?

— Quedamos...

— ¿Sabes algo de novios ó de cortejos...? —Nada...

— Y entonces, condenado de cocer, si es buena y limpia en su conducta y te quiere y la quieres, ¿por qué demonios no os queréis, hombre...?

— Porque yo no la quiero.

— Y si no la quieres, ¿por qué sufres?

— Porque es igual...

— |Y dale otra vez...! ¡No seas porrón, Joaquín...! El señor Blas consiente en que os caséis. — Bien...

— Ya no te pide casa ni barca... — Dinero traigo para ellas. — Es que no las pide, hombre. Si lo traes, mejor; pero no hay dificultad. — Bien...

— ¿Para cuándo, pues...?

— ¿El qué.-?

— La boda, porra; ¿qué ha de ser?

— Para nunca. Yo no quiero á María Antonia, ni me quiero á mí, ni quiero á cosa ni á persona que esté sobre la tierra.

— ¡Te advierto que eso es blasfemia,..!

— Es igual, señor cura...

— ¿Pero no acabarás de decirme lo que te pasa...?

— ¿Lo que me pasa...? Pronto se dice. ¡He despreciado riquezas, he pasado penalidades y sufrimientos para correr á su lado cuando supe que se consumía de amor, que se entristecía de ausencia, que penaba de ansias...! He vuelto para consolar una pena... ¿No hay tal pena...? Pues hice mal en volver.

— ¿Y no es mejor que la encuentres sana y fuerte y alegre...?

— ¡Ay, no, señor...! ¡El verla sin pena me dio una pena tan grande, que es de las que ahogan, padre cura!

El cura quedóse absorto. Aquella sutileza, aquel serpentear de la lógica, aquellas revueltas del cariño sintiendo e! bien de los seres á quienes no se desea más que el bien, pasaban los limites de sus razonamientos simplicísimos y toscos. El entendía de llevar almas ai cielo, pero se declaraba incompetente para seguir á las almas por la tierra. La primera labor era muy sencilla: ¿Almas buenas...? ¡Andando, al cielo! ¿Almas roa-

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 191

las...? jAndando, al infierno! Y se había concluí - do la complicación. Pero esta otra tarea de silogismos, de premisas y de todos esos zafarranchos que armaban los filósofos retorciendo las almas como trapos mojados para exprimir el jugo de refinamientos y de sensaciones incomprensibles... no, no; de eso vade retro, que el pecado anda muy cerca de la curiosidad.

Y acudiendo, para salir del compromiso espiritual, á la gramática parda del aldeano, de ese aldeano que hay siempre debajo de las sotanas rurales, le dijo:

—Mira, hijo; de esas monsergas y de esas cavilaciones en que te has enredado, ya iremos saliendo con la ayuda de Dios. Ahora, lo prudente es que atiendas á tu salud, y para ello no hay mejor medicina que el trabajo. Con tu licencia, y ya que traes dinero y volverás á tu oficio, yo voy á comprar en tu nombre una barca, una buena trainera que está de venta, y en cuanto sea tuya la bautizamos solemnemente y sales al mar. Después, Dios dirá...

— Es igual...

— La compro, ¿eh?

— Es iguai, señor cura.

— Pero ¿la compro, sí ó no...?

-Cómprela.

Y el bueno del cura, satisfecho, se despidió hasta el día siguiente. Un capítulo de su gramática parda, que acababa de practicar, le decía cía-

ramente que el amor de las personas vuelve con el amor de las cosas y de los sitios, y si Joaquín compraba la trainera, amaría la trainera y el sitio donde ia amarrara ó el pedazo de playa adonde la trajera, y amaría las mujeres que viese al desembarcarSi al desembarcar veía á María Antonia, á María Antonia .., etc.

Y sin saber que lo eran ni sospechar que se metía tierra adentro por los silogismos aborrecidos, el señor cura iba escalonando en su imaginación unas premisas infalibles.

Joaquín, al quedarse solo, razonó de igual manera.

Se explicó entonces el porqué de su indiferencia. Le era todo igual porque á todo podía hacer frente de momento con el dinero que guardaba en el cinto. Si tuviera que buscarse la vida, que ganarse el pan, sería menester decidirse: morir de miseria, y eso era muy largo, ó trabajar, y eso era muy urgente. Pero mientras tuviese...

Y del mismo modo se explicaba ahora con evidente claridad el porqué de su estancia en el pueblo tantos días, cuando su propósito era re-

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORCS 193

gi esar de nuevo al Anckland. Tenía ei propósito, pero no tenía la necesidad de marchar; y el cuerpo indolente, y el ánimo no sé con qué vagos é indecisos luminares, le detenían y le apresaban.

La idea de aquella barca comprada por su maquinal consentimiento, le obsesionó. Comprendía que la barca era su voluntaria esclavitud, su permanencia definitiva en el pueblo, su encuentro diario con aquella mujer que no supo penar en su ausencia...

Y comprendió también que jamás tendría valor para marcharse mientras la dura necesidad no le forzase á ello. Y ante el espanto de ceder á las cariñosas presiones, de volver á la adoración de quien no penaría en ausencia alguna, sintió tan formidable y tan trágica la imperiosa ley de su voluntad decidida, sacudiendo sus dormidas energías, que se puso en pie de un brinco.

Y á escape y corriendo, temeroso de un cobarde arrepentimiento, salió de la posada, fuése á orillas del mar, y en el mar arrojó, á puñados, tan lejos como sus fuerzas le permitieron, las relucientes y doradas libras esterlinas que constituían toda su fortuna...

Y, obligado ya por la necesidad, por el hambre que iba á llegar, por la pobreza que ya había vuelto.. , emprendió tranquilo* y reposado el camino de la ciudad para buscar vapor donde hacinarse como oveja miserable del inmenso rebaño de emigrantes.

MANUEL LWAREé RiVÁS

No quiso dar un rodeo para evitarse el pasar por delante de la casa: era su camino, y le seguía inflexible, recto...

Pero al pasar, tranquilo y reposado... ¡creyéndose tranquilo y reposado...! sintió que el corazón, aquel corazón que brincara un día de esperanzas, quería saltársele del pecho...

Y al pecho se llevó las dos manos para contenerle, y en el pecho se clavó las uñas con feroz denuedo, para que el dolor de la herida le aliviara el dolor de la ausencia.

Y, sin mirar ni detenerse, siguió su marcha. Pero apenas hubo pasado, se echó á llorar.

Y fué que en el alma se le metieron, de golpe y airadas, las tristes andanzas de un camino que iba de cara hacia el olvido y hacia el destierro...

COMO SI FUERA EPÍLOGO

Vosotros, los que leéis los cuentos escritos mirando el final, primero, para ver cómo acaba la historia...

Vosotros, los que veis en la mujer el fin de la posesión, y en la posesión el principio de toda delicia...

¡No leáis mi cuento!

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 195

Para vosotros, hombres y mujeres que os habéis creído amantes, mujeres y hombres que os lo creéis aún, para vosotros va la amorosa historia de un fiel amador...

10 Diciembre 907.

LA COBARDÍA DE LOS DIOSES

EL SEMIDIÓS

Grueso, grande, con ojos azules en su cara morena, lo que da siempre aspecto de candidez y de dulzura; con facciones rectas y abultadas, á imagen de las que se labran en los pórticos de las catedrales para esa legión de Santos que representa la corte celestial, y que producen la impresión de que están con bastante indiferencia en tan preferido lugar; con el pelo rizado, sus dos metros de estatura, manos y pies enormes, y constantemente una sonrisa bonachona por sus labios carnosos, que dejaban ver la dentadura blanca, regularizada y poderosa.

Se llamaba Juan, le llamaron Juanón por su corpulencia y por sus extraordinarias fuerzas físicas; pero como era bueno y afable y servicial, las mozas le dulcificaron el sobrenombre, y de Juan, pasando por Chanón, vino á ser y quedarse en Chanín.

En veinte leguas á la redonda trascendía su fama contándose proezas fabulosas, que la dis - tancia iba enriqueciendo de fantásticos detalles hasta convertirlas en hazañas de Romancero.

Chanín era fuerte, muy fuerte; pero á la imaginación popular no le bastaban sus arranques de hombre, y ampliándolos refería heroicidades de semidiós.

Un mozo, jayán forzudo, cogió con sus manos la mano de Chanín, estrujándole vigorosamente. Y Chanín sonreía impávido.

— ¡Eso no hace daño, hombre...!

Y el romance, en boca de ciegos y por oídos de impresionables, convirtió en piedras las manos del jayán, y lo que Chanín sostuvo, sin mostrar sufrimiento ni flaqueza, no fué la presión de las manos de un hombre,sino el peso formidable de una peña que dejaban rodar desde lo alto de un monte y que el héroe detenía en su mitad de carrera...

En una ocasión mató á un lobo, sin armas ni palos, y la leyenda hizo del lobo una manada, y la pintura callejera reprodujo el soñado esfuerzo presentando a! público asombro la escena de un hombre que luchaba y vencía, cuerpo á cuerpo, á una docena de lobos hambrientos y feroces...

Claro está que en el relato de tales andanzas no entraba nunca el cúmulo de pequeños incidentes: levantar á pulso un par de arrobas, echar para delante un carro atascado, torcer una barra

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 201

de hierro... ¡eso no contaba ni valía la pena de contarlo...!

Un día que le preguntaron si se atrevería á luchar con un león, Chanín, que de los leones no se formaba más que una idea aproximada, porque nunca vió ninguno, tuvo una contestación humilde.

— Con uno no sé... pero dos á un tiempo puede que me destrozaran.

Aquel puede, aquella posibilidad de ser despedazado, admitida modestamente por Chanín, venía en línea recta del Cid...

Físicamente era invencible. Y, como todos los que en realidad son poderosos, era pacífico. Según é! mismo decía, cada vez que le animaban á cualquier aventura con los otros mozos del lugar, tenía mucho miedo. Tanto lo dijo, que no faltó un rapaz que se atreviera á repetírselo en sus propias barbas; pero entonces Chanín se lo explicó un poco más claro:

— Tengo miedo de estrujaros si juego con vos...

Esta frase, de simplicidad homérica, voló desde Anzobre por valles y montañas. Y aldeas y parroquias y ciudades la fueron pregonando á los cuatro vientos, incluso el del mar, por toda la provincia de la Coruña y sus confines de Lugo y Pontevedra.

Y mientras la gloria, al son de sus invisibles trompetas, ensalzaba y difundía los singulares y

no imitados arrestos del héroe de Anzobre, el héroe, tranquilo é ignorante de su propia aureola, labraba sus tierras, comía borona y guiaba impasible y sereno su yunta de bueyes marelos.

EL SEMIDIÓS Y LA NINFA

Bonita lo era: eso no se le podía negar. Y que me lleve el diablo, antes de que llegue mi hora, si había en todo el contorno una rapaza más garrida, más fresca y más lozana. Era rubia, que es mucho mejor que ser morena, aunque por more na no hago memoria de haber despreciado á ninguna; pequeñita, lo que tampoco es defecto y hasta puede que sea ventaja porque resultan más manejables, aunque en eso del manejo una buena voluntad suple todas las habilidades y vence todos los inconvenientes; y siendo menuda y siendo espigada, había en su cuerpo unos salientes que eran un alabar á Dios: que no hay cosa de mejor ver que la abundancia, puesta en los sitios en donde lo que abunda no daña. Y para mayor goce de la vista, añadan los buenos aficionados que este aumento de la personalidad de la moza

204 MANUEL LINARES RIVAS

estaba tan sabiamente distribuido que modelado parecía y no casual de la Naturaleza, y cayera hacia delante ó cayera hacia atrás, nunca había de ser mortal el golpe con la Tierra...

Además de estos atractivos locales, la cara era una bendición, el andar una delicia y el habla una dulzura. Con una moza así pongan ustedes al lado á un mozo, de cualquier manera que sea, y ya tienen á todos los demonios del infierno dando volteretas de gusto, y al mismísimo Barrabás escribiendo en su libro de entradas de almas el nombre del pobre mozo.

Era una rosa... se llamaba Rosa, y la llamaban Rosiña, que pronunciado al modo gallego venía á sonar como Roxiña, con lo cual á un tiempo le daban el nombre del bautismo y el mote que le cuadraba por su tez blanca y su pelo dorado.

Bueno. Pues de esta rosa que era Roxiña andaba Chanín...

¿Van á creer que enamorado...?

¡[Pues aciertan...!! Enamorado y como un loco.

En todos los cuentos que se estiman de buenos cuentos hay un pero... Ahora sabrán ustedes cuál es el de éste, que le llamo cuento por el bien parecer de muchas personas y el respeto de muchos respetos, pero que, si me apurasen un poco, por historia y muy verdadera podría salir, dándole envidia, en lo de verdadero, á muchas que se refieren con nombres y señales, y no van ni á la zaga de este mi cuento de Roxiña y de

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 205

Chanín, con más otros personajes que á su debido momento irán apareciendo.

El pero consistía en que Chanín, que no hurtaba el cuerpo para trabajos y malas andanzas, dentro siempre de la ley de Dios y de las buenas costumbres, tenía el alma más chiquirritica que una avellana, las palabras más contadas que las pesetas en bolsa de pobre, y la voluntad galanteadora más encogida que castaña pilonga. Jamás había tenido, con mujer alguna, propósitos que no fueran cuidadosamente honestos, y si alguna vez le cabrillearon los ojos y se le fueron las manos por el huerto del pecado, por seguro ha de tenerse que siempre cayó en terreno bien labrado y de donde pudo coger todo menos primicias.

En lances de amor fué siempre de logrado y nunca de logrero, y en más de una vuelta perdió buenas fortunas por no acabar de convencerse á qué mesa le invitaban.

Añádanle á estas timideces naturales la cortedad de un amor verdadero, y fácil será comprender que sus cariños permanecían en el más recatado de los misterios y en el más discretísimo de los silencios.

Algo, y aun algos, barruntaba la moza de que su persona era muy del gusto del mozo; pero como él no se explicaba ni se ponía en camino que diera margen para sonsacarle, quedóse la cosa en tal estado meses y años, y si le daban broma, la Roxiña contestaba:

— Sí que le gusto, pero nada más.

Y en lo de nada más quedaron...

Una noche, volviendo de la Peregrina, que es romería muy sonada, de mucha devoción, y que á muchas mozas les deja recuerdo cerca de un año, estuvo á punto de saberse el enamorado aprecio de Chanín por la Roxiña.

Como digo, volvían de la Peregrina en amigable procesión varios mozos y mozas, y á uno de ellos, galán de oficio y majo por costumbre, dióle en vena cortejar á Roxiña, con tales prisas y tales exigencias, que más diríase de boda recién hecha que de cortejo recién empezado. Pero Roxiña, que á reidora y á pronta en una agudeza se las tenía firmes con el mismísimo lucero del alba, si al lucero se le antojara dejar sus luces de estrella para ponerse unos bigotes y venir de galanteador, comenzaron á cansarle los asedios de aquel guapo que pedía como si mandara y que tocaba como si ella fuera tambor y él tamborilero. Que se toque alguna vez puede pasar como descuido, pero ya para repicar hay que tener su razón, y el mozo aquel no tenía ninguna.

Entre bromas y veras, y quiero y no quiero, y se ha de ver y ya está visto, fueron agriándose las palabras de mala manera, hasta que el mozo, ni corto ni perezoso, se arrancó por derecho á uno de aquellos salientes de que antes hicimos especialísima mención, que son difíciles de ver

Cuentos de amor y de amores 207

mirando de frente, y que cogen á mano derecha según se va por el costado izquierdo.

Roxiña, ni perezosa ni corta, como primera respuesta le largó el más soberano bofetón que oyeron los montes, entre los muchos que espontáneamente da de sí el retorno de una romería, á noche cerrada y desmán abierto. El mozo, con la ofensa, que estimó en muy grande por el número de gentes que la presenciaron, y con la morrada en sí, que era de apreciar aunque nadie la hubiese visto, se olvidó de su papel de enamorado, para no acordarse mác que de sus presti - gios de jaque, y agarrándola brutalmente de un hombro, con la voz entrecortada por la cólera y el despecho, le dijo:

— ¡Agradece á la Virgen que eres mujer, que si hombre fueras te mataba! ¡Y aun mujer y todo, has de recordar de mí...!

Roxiña dió un grito. Uno dio, que más no hizo falta, porque ya Chanín estaba á su lado y en su defensa, y cogiendo al mozo en vilo como si fuera un \ erro faldero, con una mano le alzó del suelo y lo mantuvo en el aire, á pesar de sus gritos y de sus contorsiones desesperadas.

— ¡Como no estés quieto vas de cabeza contra las peñas!

El perro faldero, que antes era un galán bravucón, se estuvo quieto, y los demás mozos se aproximaron, queriendo apaciguar la contienda,

Pero Chanín, que aun no estaba satisfecho, se opuso.

— ¡No acercaros, que os daré con él...! El pobre mozo, desde los aires, aun tuvo una soberbia.

— ¡No acercaros, que me basto yo...!

Y era verdad: para estar por los aires bastaba él...

Cuando los compañeros se apartaron prudentemente, viéndose desembarazado de estorbos, Chanín, siempre con su carga, anduvo unos pasos hasta llegar al pretil del puente que momentos antes atravesaran, y extendiendo el brazo, colocó al infeliz mozo en línea recta sobre el abismo»

El mozo, con la sangre paralizada de espanto, aun tuvo arranque para decirle:

— ¡Tírame bien y pídele á la Peregrina que muera; que si salvo, con un cuchillo te he de abrir las entrañas!

El pulso de Chanín no se conmovió por la amenaza, y por su boca habló una vez más el Romancero:

— El cuchillo y tú aun seredes pocos para Juan de Anzobre.

Y como el mozo no replicara, y los demás mozos permanecieran silenciosos ante la tragedia inevitable, en la augusta quietud de la noche y de la montaña se elevó el rumor cristalino del arroyo, despeñándose juguetón sobre las rocas y

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 209

los guijarros de su cauce. Entre el murmullo del agua se distinguía perceptiblemente el canto de las ondinas que preparaban al mortal un lecho de muerte en las movibles arenas y un sudario inmaculado en la irritada espuma...

La voz de Chanín rompió el encanto:

— Vas pedirle un dispense á Roxiña...

La voz del mozo, como un eco, repitió:

— ¡Dispense, Roxiña...!

— Vas prometerle que nunca más ha de pasar. —¡Nunca más...!

— Júralo por tu ánima y por las ánimas benditas del Purgatorio.

— ¡luro por mi ánima y más por las ánimas benditas...!

— Libre eres hasta donde esta palabra no coja.

Y libre y en tierra firme dejó Chanín al atribulado y arrepentido galanteador.

Todos se apresuraron á rodearles, separando á uno del otro. Cuando el grupo que se llevaba al mozo estuvo á unos cincuenta metros, el mozo, algo repuesto, los hizo detenerse un instante, y con todo el clamor de su voz gritó:

— ¡Chanín! [¡Chanín!! ¡Acuérdate que de ti no juré nada!

Chanín, desdeñoso, le respondió:

— ¡Si te acuerdas, en mala hora será para ti...!

Y como el otro aun insistiera, llamándole á voces, el semidiós, para cortar de una vez los aullidos de aquella bestia rencorosa y vencida,

210 MANUEL LINARES RIVAS

volvió de lleno la cara hacia el grupo, que se difuminaba ya entre las sombras, y con todo el vigor de sus potentes pulmones de gigante lanzó al viento el clásico y sonoro aturuxo de los montañeses gallegos, sosteniendo hasta perder el aliento la última vocal de la sílaba que se pronuncia, á la que indefectiblemente añaden una u, con sonido francés, entre u é i... — Calla, hom... J¡o... u...ü Y á modo de trueno, que de las nubes cae al monte y del monte al collado, y de nuevo asciende por los montes hasta perderse en las lejanías, á cada paso más débil y con menos rumor, así fué el sonido de la voz de Chanín rebrincando bramador, y los animales dañinos se azogaron en sus cubiles y las aves de rapiña despertaron inquietas en sus nidos, y por un claro de luna se vió cruzar el sendero á un raposo, que tornaba, amedrentado y fugitivo, de sus nocturnas cacerías.

Roxiña lloraba desconsolada cuando Chanín se acercó á ella. Por tácito acuerdo, los demás los dejaron caminar solos.

Juntos iban en dirección á la aldea. Para consolarla en aquella aflicción, Chanín le dijo, afectuoso:

—¿De qué lloras, mujer...? — De lo que pasó. — ¡Si no pasó náda...! — Y del juro que hizo...

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 211

— ¿Tienes miedo de mí...? — ¡Tengo...!

Por las venas del héroe pasó como una ráfaga de gozo, dejando en la sangre un vaho de delicioso calor.

— Para mí es poco un hombre.

— ¡Es que vendrá con un cuchillo!

— Eso no le hace.

— Pero, ¿y si viene?

— Se lo quito, y en paz.

La cosa era tan sencilla que no valía la pena de insistir, y ambos dieron el punto por resuelto.

Callaron, volviendo él al silencio y ella á las lágrimas. Disculpándose de hallarse á su lado en aquella soledad y en aquellos lugares, al fin dijo el héroe:

— Te acompaño, sabes, porque he oído asegurar que vieron un lobo noches pasadas...

Roxiña, con la gratitud por la defensa, encontró muy natural asustarse un poco de la historia del lobo, y se arrimó á Chanín, más de lo prudente por la hora, pero muy en su punto para persona asustada.

— ¡Ojalá no salga!

— Total, es como un perro de ganado, y aun más pequeño.

A Roxiña le pareció que era bastante para un susto.

—[No, no...!

— Y si apareciera, verías cómo se mata un

lobo: después mandaría curtir la piel y de recuerdo podías quedártela...

Aquello de la piel, recuerdo y trofeo á la par, no le encontró mal del todo: lo que no acababa de convencerla era el rato á pasar desde que el lobo se presentara, vivo y acometedor, hasta que dieran la piel á curtir... Y por si acaso, rezó tres avemarias seguidas, que dicen que son muy eficaces para ahuyentar á las fieras, pero sin dejar de mirar con el rabillo del ojo, que también es muy eficaz para enterarse de si vienen lobos...

A medida que iban avecinándose á la aldea pasábansele los miedos á Roxiña, disminuyéndosele la excitación nerviosa que la acometiera desde el lance con el osado mozo; y como además el héroe no decía palabra, limitándose á prestar el material amparo de su presencia, los pensamientos de la moza no encontraban dique para refrenarse ni distracción para llevarlos por otro rumbo, y seguía impertérrita aferrada á sus cavilaciones, suspiro va y lágrima vieneVencida á la postre por esa inmensa y desconsoladora laxitud en que terminan todas las sobrexcitaciones, sintió el cansancio, físico y moral, de la anterior tensión de sus nervios, le tambalearon las piernas, diéronle en ponerse ante los ojos extrañas sombras que bailaban inverosímiles zarabandas, y al fin vino á tierra su menudo cuerpo, y en tierra quedó como si ya no hubiera vida

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 213

El héroe mostróse perplejo ante tamaña complicación. El sabía de músculos, pero no de nervios; de peleas y de combates, pero no de desmayos: que jamás se encontrara en paso tan difícil, en donde son de más utilidad las artes endiabladas de los curanderos que el corazón valeroso de un semidiós.

Y como no sabía qué hacer, no hizo nada. Sentóse en el suelo, apoyó contra su pecho el inanimado cuerpo de la moza, para que al menos tuviera cómodo descanso, y mientras permanecía traspuesta, con la cavilosidad de que fuese cosa grave, afligiósele el ánimo á Chanín, y silencioso y consternado dió rienda suelta al hilo de su llanto.

Y así estuvieron largo rato: ella privada, y él afligido, con tan hondo desconsuelo, que más semejaba llorera de niño que pesar de hombre.

En tanto que pasaba esto de no pasar nada entre Roxiña y Chanín, acertaron á cruzar por la vereda dos mozas, rezagadas de la romería, y ya desde lejos, divisando los bultos confusos de la desmayada y de su galán sostenedor, empezaron á cuchichear.

Y una de ellas, indignada de no sé qué suposición, les gritó sin detenerse:

— ¡Eh, vosotros...! ¡[Ya podíades ser menos marranos y retozar donde no vos vieran...!!

El héroe protestó avergonzado. Pero después, para mayor vergüenza todavía, recreóse en pen-

214 MANUEL LINARES RIVAS

sarlo feliz que sería si el denuesto fuese adivinanza y no malicia solamente...

En estas y en las otras, el tiempo transcurría y el desmayo tocaba á su término. Ligeros movimientos, á modo de temblor, sacudían el cuerpo de Roxiña: el rocío de la noche, que en Septiembre ya trae manto de helada, estimuló la circulación de la sangre, y presto las pálidas meji - Has recobraron sus naturales colores.

Cuando volvió completamente en sí, pero sin noción exacta aún de lo ocurrido, al verse en el suelo, con Chanín al lado, poco le faltó para desmayarse de nuevo.

Pero la voz del héroe la tranquilizó:

— ¿Qué tuviste, mujer...?

Si él no lo sabía, poca culpa era la suya... Decididamente, se tranquilizaba.

— ¡Fué mucho miedo, Chanín!...

— Cuando llegues para casa, arrópate y duerme. Mañana estás compuesta del todo.

Y como el héroe no añadía palabra de más substancia, enfrascándose en su clásico mutismo» Roxiña, estimando que para desmayo bastaba y para silencio también, dió por concluida la aventura.

— Vamonos, vámonos, que debe de ser muy avanzada la hora y estarán ya los padres con cuidado.

Pero el deseo la engañaba y las fuerzas no respondieron á su voluntad de caminar. Apenas

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 215

anduvo una docena de pasos, otra vez flaquearon las piernas...

— No puedo andar, Chanín. Creo que le tengo calentura... Si fueras hombre de bien una miaja más, te llegabas á dar aviso.

— ¿Y voy dejarte...?

— ¿Qué remedio...?

— Para todo lo hay, salvo caso de muerte ó de condenación.

— Pues tú dirás por dónde lo hallas.

— Si no te ofendes de mis brazos, en mis brazos te llevo.

La calentura redobló por las venas de Roxiña.

— ¡¡Chanín...!!

— La Virgen de la Peregrina habías de ser y con más respeto no te portaría sobre de mí... — Entonces...

— ¿Consiéntesme tal favor...?

— ¡Y muchas gracias, hombre!

Y así fué. Como sacerdote, que en su primera misa alza por vez primera la sagrada hostia, y le tiemblan las manos con el peso de lo inmaterial y la idea de la divina transmutación que en sus manos se realiza, así Chanín alzó del suelo, respetuoso y conmovido, el humano peso de la débil moza. Ella, para afianzarse mejor, le echó los brazos al cuello...

Chanín, erguido y firme y olímpicamente orgulloso, sin más palabra comenzó su caminata. •

En una revuelta del sendero le divisó un hom-

216 MANUEL LINARES RIVAS

bre que bajaba de una vereda más alta, conociéndole por su estatura. De lejos le habló:

— ¡Oh, Chanín...! Buenas noches.

Chanín conoció la voz.

— Buenas noches, Pedro.

— ¿Qué llevas...? ¿Llevas lobo...?

— No. ¡Cordera es...!

— Pues buen provecho y buenas noches.

Y ambos dejaron mutuamente de verse, que los senderos, un breve trecho vecinos, de nuevo se apartaban en distintas direcciones.

Roxiña, que el aire y él suave balanceo espabilaban, y la extraordinaria situación sugería inacabables malicias, arrimó un poco su cara de nieve á la morena cara del héroe:

— ¡En caso de ser, el lobo serías tú, Chanín...!

— ¡No! Para eso fáítanme las entrañas.

— La verdad es que muy callado eres.

— Soy.

— Y muy de bien. — A gala lo tengo.

— Con otro no me dejaría llevar como tú me llevas.

El Cid volvió á revivir.

— Otro no sería Juan de Anzobre. Y calla, si puedes, que antes me daría con la cabeza en los peñascos que seguirte conversación de mala idea.

Roxiña se indignó.

— ¡De mala idea tuya!

— Haz cuenta de que no lo dije, pero sí de que lo pienso, que bastante quebranto es llevarte á cuestas, y con un pensamiento solo que no vaya al derecho podemos irnos todos al mismísimo Demonio.

— Si es por bien del alma, callaremos.

— Es, y calla.

Así razonó el alma del héroe, templada en prudencia.

Todo acaba en, este mundo: acabó también la deliciosa jornada al divisar la aldea de Lañas, cuna y mansión de la Ninfa.

Roxiña, despidiéndose, retenía la mano de Chanín entre las suyas.

— Portástete como muy buen hombre...

— -Amarrado estaba por mi palabra, pero juróte que pasé más de un buche amargo.

La inocencia de Roxiña resplandeció.

— ¿Y por qué fué lo amargo, tú...?

— ¿Y por qué había de ser, ladrona, más que por ti misma...?

— Ay, si lo sé, bajo antes...

— Y si la Virgen no lo remedia, voy soñar contigo...

— Peor sería una enfermedad...

— No lo creo.

-¿Por...?

Chanín iba á decir algo; pero se le puso un nudo en la garganta, y, no encontrando forma de romperlo, contentóse con mirar á Roxiña.

— Quédote muy obligada y muy amiga tuya, Chanín.

Aquello de la amistad era un término muy decente, y á él se agarró Chanín.

— Y yo soy tu amigo, y para servirte, y has de mandarme fatigas, y fatigas pasaré, y mandarásme condenaciones, y en menos que lo digas, condenado has de verme, y muy á gusto.

— Eso dices ahora...

— Y siempre. ¡Mala centella me coma si no me dejo hacer pedazos por una voluntad tuya!

— Ya alcanzas que yo no te mandaré judiadas.

— Pues de eso viviré.

— ¡Buen amigo eres, Chanín!

Chanín se atragantó otra vez...

— Soilo, y á prueba.

Callaron de nuevo. La moza, viendo que no llegaba aquella confesión de amor que presentía, temió engañarse presuntuosamente, y por pudor no insistió; aunque tal estaba su corazón, de agradecido y de revoltoso, que en el pecho no le cabía...

— Entonces.», ¿buenas noches...?

— Buenas noches, Roxiña.

Y ella fuése y él quedóse inmóvil, y de lejos vió cómo llamaba á la puerta de la casa y cómo abrían y cómo entraba, y cómo, de goipe, cayó la noche sobre la noche y se obscureció el ánimo del héroe en las sombras de la soledad...

Pasó un breve rato; una de las ventanas se ilu-

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 219

minó con una movible luz, que temblaba al paso de quien ¡a conducía... Después se vió una silueta, gentil y airosamente recortada, extender los brazos, adelantando el busto, y cerrar las contras, sumiendo el hueco en su anterior obscuridad.

Y el semidiós, agobiado por el peso de su grandeza y pensando quizás en que son más logradores los hombres que los héroes, tuvo un instante de amargura, y sus labios sintieron el sabor de la hiél; pero venció al cabo su alma rectilínea y pura, dando lo hecho por bien hecho y lo no logrado por bien perdido.

Y entonces, sintiendo por iodo su cuerpo la inefable serenidad de una acción honesta, renació en el héroe su infantil alegría, y encarándose con la ventana, en donde momentos antes brillara la luz y destacárase la silueta adorada, como si fuera un canto de triunfo después de una declaración de amor piadosamente acogida, con todo eí vigor de sus potentes pulmones de gigante lanzó al viento el clásico y sonoro aturuxo...

— ¡¡Roxiña... o... u... u... uü

Y una mano, de mujer que se persignaba en aquel momento para decir la oración al acostarse, tembló al oirío...

Pero no de espanto, que los ojos reidores y los burlones labios desaaentían al miedo...

EL SEMIDIÓS, LA NINFA Y LAS ONDINAS

Después del lance con aquel mozo 'logrero, todos se apartaron de Roxiña, creyéndola en amores con Chanín, y ella misma, en espera de una declaración, mantuvo á sus cortejos en prudentísimos desdenes; pero íos días pasaron, pasaron los meses, y Roxiña se convenció de su error, clasificando definitivamente á Chanín entre sus amigos, y aguzando de nuevo los oídos para las palabras de los otros hombres.

Chanín, en tanto, seguía adorándola; pero su amor de héroe no encontraba jamás la ocasión, y aunque todos los días levantábase dispuesto á decirlo, todas las noches se acostaba sin haberlo dicho. Dejó pasar la oportunidad, y luego, vien do á Roxiña reir con los otros mozos, y á los otros mozos asediando á Roxiña, tuvo celos, y de celoso se transformó en más huraño, ya que en más tímido era imposible. Y por toda deci-

sión se juró á sí mismo que hablaría en la primera noche en que de nuevo la salvara de algún peligro...

La gente que duerme poco vive más tiempo. Calculen ustedes lo que vivirá el Diablo, que no duerme nunca, y si tendrá horas y más horas para discurrir diabluras en que vayan á enredarse, á tropezar y á caer los desprevenidos mortales.

Y ahora van á saber lo que tramó el Diablo, ¡á quien Dios confunda, amén...!, para perder el alma de aquel honestísimo mocetón, héroe valeroso é inocentísimo hombre que dio fama y prez y nombradla al dulce rincón de Anzobre.

Chanín no era persona de mucha conversación; pero desde que por los adentros del alma se le metiera el querer á la Roxiña, con nadie hablaba y de todos huía, encontrando mayor agrado en ir á suspirar por las fragas, embebecerse con el murmurio de las ondas ó lanzar formidables aturuxos en los solitarios montes. Un hombre cualquiera ya le habría dicho á la moza el porqué de tanto suspirar, á ver si á lo menos suspiraban juntos, que no es remate despreciable en algunos casos; pero Chanín era un héroe, y los héroes, cuando no hacen heroicidades, suelen hacer tonterías...

En uno de estos frecuentísimos viajes á lo

MANUEL LINARES RIAAS

Ideal, vino Chanín á dar con su cansado cuerpo á orillas del Ivia, que es un río muy decente y que lame los terrenos cercanos á Anzobre, siguiendo la costumbre que tienen todos los ríos de lamer algo...

En sus momentos y sitios de mayor expansión el Ivia llega bien á los tres ó cuatro metros de anchura; pero ya en cuestión de fondo no se luce tanto y hay que escoger los remansos para encontrar sus sesenta ú ochenta centímetros de profundidad, lo que es de sobra para recreo de las truchas* pero no lo es para bañarse un cristiano pudibundo, si no quiere dejar al aire más de una mitad de su desnuda personalidad.

A Chanín, que volvía fatigado por la jornada y por el calor de aquel día de Agosto, le tentaba la idea de entrar en aquella corriente, cristalina y mansa; pero le detuvo su pudor de héroe y sus dimensiones de gigante, que dejarían al descubierto, no la mitad, sino los dos tercios..., y en esos dos tercios eran más que evidentes los ataques á la pública moral, por cualquier lado que el asunto fuese visto.

La tentación seguía, el calor abrumaba, el lugar era desierto... Y á tanto incentivo se unió la juiciosa reflexión de que no importaba la altura del agua, puesto que siendo transparente, que hasta el fondo del río se veía, lo mismo daba, salvo el detalle de la humedad y para el detalle del pudor, que el cuerpo estuviera más ó menos

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 223

metido. Decidióse al fin; escogió las cercanías de una peña, que algo ocultaría en caso de súbito descubrimiento de curiosas, pues de los curiosos le preocupaba algo menos, y después de cerciorarse repetidas veces de la soledad, quitóse las ropas y entró decididamente en el agua.

El propósito del héroe no pasaba de remojarse; pero la temperatura era tan deliciosa y la sensación de placidez tan intensa y le enervaba tanto, que dejóse estar, con la cabeza recostada en la peña, minutos y minutos...

El canto del agua le adormecía, y al entornar los párpados notaba ei suave roce de los cuerpos de ias ondinas, que se deslizaban jugueteando en la corriente. Su alma de niño, forjada en candideces y en leyendas, creía, como en las cosas materiaies, en la tradición de brujas y demonios, que eran el reino malo de lo invisible, y en las Hadas y gnomos, que eran el reino bueno. Y no encontraba imposible, ni siquiera difícil, que las diosas de las aguas rindieran un fugitivo tributo al mortal que en sus dominios se adormía confiado...

Y como percibía el roce ligero, escuchaba igualmente, claro y distinto, el cascabelear de sus escamas y el arpegio de sus risas, que al mismo son del agua asemejaban, aunque fueran más agudos y más tenues...

El héroe, para no asustar y desvanecer la deliciosa presencia de las ondinas, aparentaba dor-

mir del todo, sabedor de que al abrir los ojos desaparecerían, bastándole el encanto de sentirlas en torno suyo.

¡Cuántos mortales serían más felices si se conformaran con la ilusión y no buscasen la deleznable realidad de las muchas cosas que huyen y desaparecen al abrir los ojos y querer detenerlas...!

Una de las varias veces que las ondinas pasaban y volvían á pasar cerca del héroe, oyó que una de ellas le llamaba:

— Chanín...

Pero el héroe templó su deseo de ver en el temor de asustarlas, y permaneció inmóvil.

La ondina, con la voz más clara, insistió en llamarle:

— ¡Chanín... Chanín...!

Y entonces el héroe abrió los ojos.

Y no viendo nada, comprendió que habían huido. Pero la voz insistía:

— [Chanín... Chanín...!

Chanín se puso de pie súbitamente, un poco asustado él mismo, recordando las historias de hombres arrastrados por una fatal pasión al palacio de las ondinas, y como buen cristiano decidió resistir á la tentación, empezando para ello por persignarse devotamente.

Pero la voz continuaba llamando:

— ¡Chanín... Chanín... Soy yo, Roxiña...! ¿no me conoces la voz...?

Y Roxiña era, que hablaba desde el otro lado de la peña.

Pasado el primer espanto, y convencido ya de que la fatal pasión de las ondinas no se realizaba todavía á expensas suyas, el héroe se tranquilizó :

— ¿Qué, qué quieres...?

Pero antes de que la moza contestara, ya volvió el héroe á zambullirse. Si el espanto de lo misterioso le hizo alzarse, la voz humana le reverdeció el pudor, y temeroso de que le sorprendieran en tan completa desnudez, acogióse al manto de las aguas. ¡Santo y honesto pudor: bueno es siquiera que en los héroes resplandezcas...!

Roxiña continuaba hablando.

— ¿Prométesme obediencia, Chanín...?

Chanín, sin enterarse aún de lo que debería obedecer, se apresuró á contestar:

—Sí, prometo, mujer.

— jjúralo por tu Santo Patrón!

— Por San Juan te lo juro.

— Y por alguna Virgen también, que no sobrará.

— Por la Peregrina, ¿te parece...?

— Bueno, por la Peregrina te lo juro. — Pues entonces te diré el caso. Estoy aquí, al otro lado de la peña, bañándome.

El héroe tuvo una pregunta de hombre. -¿Voy...?

— lüNoü!

El hombre volvió á ser héroe.

— Quieto me quedo: sigue.

— Ya iba á salir cuando tú llegaste. Porque no me vieras, aguardé una miaja, pero tardas mucho en salir y ya no puedo estar más en el agua, que tirito de frío...

El héroe se angustió, como de costumbre.

— ¿Y yo qué le voy á hacer, Roxiña...? ¿Friegas no querrás...?

—No. Quiero que me dejes salir y vestirme, y que no salgas tú hasta que yo te dé una voz.

— Pues hazlo con calma, que jurado va. — Dios te lo pague. — No lo merece...

Y como oyera chapotear, preguntó: —¿Sales...?

— Sí. Estáte quieto, ¿eh...? — Estoy, mujer, estoy.

Y la Ninfa se vistió apresuradamente, confiada en la sobrenatural quietud de los nervios de los héroes.

Y después de vestida, fué á cumplir su palabra, y á dar el grito de aviso para que Chanín saliera á su vez del largo baño; pero antes de avisarle cruzó por sus labios una sonrisa maliciosa, y desistió de cumplir lo ofrecido.

— Este hombre merece más agua todavía.

Y sin decir palabra, y lo más quedamente que

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 227

pudo, alejóse de la orilla, emprendiendo el regreso á su casa.

El héroe, en cambio, cumplió escrupulosamente su promesa, y cuando al cabo de una hora salió del río, transido y tembloroso, ni sombra de moza vió.

Mientras procuraba secarse, murmuró: — ¡Si otra vez la cojo, ha de pagarme ésta...! Los héroes siempre dejan las ocasiones. Eso explica por qué las mujeres dejan á los héroes...

EN DONDE SE ENTERA, Á LOS QUE NO SON GALLEGOS, DE LO QUE TODOS LOS GALLEGOS SABEN

Anzobre (1) es un Pazo señorial. Contando por lo más cerca, Lañas es el poblado, Arteijo el pueblo y la Coruña la ciudad.

El Pazo tiene, amén de su buena huerta y de sus tierras productivas, un gran caserón, formado de varias casas, por efecto de sucesivas ampliaciones, y unido á la tradicional capilla, rematada por un airoso templete, de doble arcada, una para cada campana, que repican alegres cuando el señor del Pazo lo dispone, y aunque no lo disponga voltean — es un decir, lo del volteo... — cuando llega San Manolo, un Santo que no es Santo, porque es el mismísimo Dios Nuestro Señor, Rey del Cielo y de la Tierra, á

(1) Libre y absuelto del inicuo proceso, de este Pazo salió el inmortal poeta Curros Enríquez para emprender su peregrinación y morir sin tornar á su patria .

CUENTOS DÉ AMOR Y DE AMORES 229

quien en el Cielo reverencian todos los días y en la Tierra glorificamos el primero de año, sin perjuicio de ofenderle en ese día y en los demás del año, aunque yo no estoy muy convencido de que allá arriba sean ofensas todas las que por tales nos enseñan aquí abajo...

El propietario actual del Pazo, que es el literato de más substancia y el cocinero de más literatura de estos reinos de Castilla, vive allí patriarcalmente, rodeado de caseros y colonos, considerado y apreciado en la ciudad lo mismo que en el campo, siendo hombre que con la pluma sabe lo que escribe y con la caña sabe lo que se pesca, por más que con la escopeta no sepa á dónde tira, lo que es bueno para las perdices y malo para los acompañantes del simpático señor del Pazo de Anzobre.

Pues en una de las tierras de este Pazo y de un humilde casero — que en Galicia se llama así al que lleva en arriendo un lugar con casa — nació Chanín, el héroe y el semidiós, que por sus estupendas acciones había de traer la fama y el universal renombre para Galicia, quedando sus proezas á la par de otras no menos gloriosas, como la batalla de Elviña, y la memoria del buen obispo de Santiago de Compostela, aquel buen Diego Geímírez, que gobernaba á sus diocesanos con la lanza cuando ellos no le corrían á pedradas... [que así vienen las cosas de este mundo de inverosímiles y de compensadasl

230 MANUEL LINARES RIVAS

Y este mismo origen modestísimo del héroe nuestro cuadra bien con la protección de los dioses, que no suelen elevar grandes prosapias, y así eí primer hombre fué hecho de barro, lo que no puede ser más modesto ni más frágil, y el primer combate se realizó con una quijada de burro, y el primer canto épico de la Humanidad fué para perpetuar la cornada espiritual que Agamenón le dió á tres Troyanos para vengarse, con las armas que le pusieron Elena y Paris, de sus malas venturas conyugales...

Estos hechos, é infinitos más que pudieran citarse, demuestran plenamente que no es absurdo, antes bien, lógico y corriente, el que las Divinidades se hayan complacido en favorecer al ignorado hijo de unos labradores con la potente fuerza de Hércules, con el valor de Aquiles y con la timidez de un seminarista predestinado. Circunstancias todas que resplandecían deslumbradoras en Chanín de Anzobre, poblado de Lañas, feligresía de San Pedro de Armentón y Ayuntamiento de Arteijo, en la provincia de la Coruña.

UNA MOZA, UN MOZO, OTRO MOZO Y EL DIABLO QUE ENREDA CON TODOS

Lañas tiene un Casino. No digamos que es como el de Ostende ó como el de San Sebastián, que eso pudiera parecer exageración para los que no conocen la localidad y estupenda mentira para ios que la conocen; pero el hecho real y positivo es que tiene un Casino en donde los mozos se reúnen, juegan, beben y disputan, sin perjuicio de murmurar del prójimo y de la prójima. La sala de fiestas, caleada recientemente por un artista de la Coruña, bien tendrá sus cinco metros en cuadro, lo que ya es una señora dimensión, sobre todo considerando que es la única pieza que los señores socios utilizan. El suelo es de tierra^ lo que es muy fresco en el verano, y de piedra, lo que es muy duro en todo tiempo; el techo luce tres buenas vigas de castaño, no muy rectas, pero si muy resistentes: hay

una ventana, no tan grande que pueda asomarse una persona, pero más que sobrada para que éntre el aire, y á veces un poco de claridad; el mueblaje es de pino del país y se compone de dos mesas y cuatro bancos; luz eléctrica aun no la posee, pero la van á poner, y mientras instalan esa mejora hay dos candiles colgados de las vigas, que, cuando encienden los dos, iluminan la sala perfectamente; además existe un aparador para el servicio de comestible, con su buen vino del Rivero, otro poquito del agrio de Betanzos y gran cantidad de boliches de limón y de naranja efervescente. Todo ello propiedad del señor Bartolomé, llamado en confianza, y con notoria falta de cortesía, Bartolo el de las cirolas, aunque hacía ya muchos años que no las usaba, sino un magnífico pantalón de pana verde, delicadamente descolorido, y con aplicaciones de pana más nueva, y por consecuencia más fuerte de color, en el sitio de más desgaste, y que en los barcos se llama la popa.

Este Bartolomé había sido casado, y aún, cuando el vino ayudaba á las ternuras, el recuerdo de la difunta le conmovía.'Quedó solo, sin familia, y las veladas eran interminables y tristes: para distraerse, jugaba un tute con un amigo, y del tute, acudiendo más amigos, pasaron al honesto esparcimiento de la malilla. Como nunca tenía prisa para cerrar su puerta y no faltaba nunca una botella, naturalmente por su precio,

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 233

los hombres dieron en acudir, las mujeres fueron algunas veces para buscar á los hombres, é insensiblemente se formó el Casino, aunque el Abad, desde el pulpito, tronó contra el relajamiento de las costumbres y el abuso del boliche. El propietario-director del Casino, deseoso de cortar aquella campaña, le envió unas cuantas botellas al señor Abad; éste las probó, no las encontró desagradables y aun puede ser que las estimara como digestivas, y siguió tronando contra el relajamiento de las costumbres sociales, pero suprimió al boliche del número de los pecados capitales.

En la primera época de ^formación de este centro recreativo, el señor Bartolomé no se resignaba á que le llamaran Bartolo, encontrándolo un poco deprimente para el dueño de la casa, y corregía siempre la familiaridad, añadiendo la sílaba que dejaban por pronunciar.

Los mozos decían:

—¡Bartolo...!

Y él aumentaba: -Mé.

Pero como los mozos prolongaban la sílaba, en lugar de nombre resultaba balido de oveja... y era peor.

— ¡Bartolo...!

— ¡¡Mé...ü

— Mé...eee...

Y al fin conformóse, aunque á regañadientes,

234 MANUEL LINARES RIVAS

limitándose á presidir la tertulia y á servir á los parroquianos, con su panza de hombre feliz, sus patillas blancas y sus ojillos grises, de ratonil vivacidad, apreciando cuerdamente que más valía quedar de Bartolo que de borrego.

Pues en este Casino, y en la noche de San Miguel, que cae allá para fines de Septiembre, y que es un santo muy famoso, aparte de su descomunal combate con el dragón, por los higos migueliños, de memorable y detonante digestión, estaban reunidos varios mozos, jugándose plácidamente unas perras gordas con una baraja que ya no tenía señales á fuerza de tener todas las cartas señaladas. Además de que, conociéndolas todos, el juego vuelve al nivel y ninguno lleva ventaja...

Alrededor de la otra mesa, terminada ya la partida y vacíos ios jarros, charlaban varios hombres. El señor Bartolo, utilizando la luz del tercer candil, que le servía para sus idas y venidas al interior de la casa, echaba sus cuentas, en un rincón de la mesa, apuntando en un mugriento papel, y con lápiz, el trasiego del día y las deudas de la noche, no cobrables hasta primeros del mes entrante. A la puerta, de pie, y respirando el aire puro y vivo, grato después de haber permanecido una hora en la atmósfera viciada del Casino, estaba Chanín, sosegado é indiferente.

De pronto, volvióse rápido hacia los habladores.

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 235

— ¿De quién comentadles...? — De tu amiga, de la Roxa. — ¿A cuento de qué...? — De sus amores. — ¡Mentira!

El mozo quedó un momento sin responder ante lo inesperado de la réplica; después repuso calmosamente:

— ¿Tienes tú interés, Chanín...?

— Interés sí tengo; ligadura con ella, no.

— ¿Qué eres...?

— ¿Suyo...? Amigo.

— ¿Nada más...?

— Nada más.

— ¿Ni fuiste nunca cosa mayor...? — Tampoco.

— Entonces dígote que no es mentira, que es verdad y de las probadas. — ¿Quién lo afirma...? — Yo, y más éste, y más éste, y todos.

Y el dedo de! mozo, señalándolos, fué recorriendo en círculo la dirección de todos los presentes. Bartolo, que era hombre de palabras definitivas, se encogió de hombros:

— De antaño es, que no de ahora.

— ¡Pues yo no lo sabía...!

— Cuando empiecen á contarte todas las cosas que pasan por este cochino mundo, y que tú no sabes, mucho vas á pasmar, Chanín...

Y satisfecho de este supremo raciocinio, que

MANUEL LÍNARKS RIVAS

á su entender cerraba toda discusión, Bartolo enfrascóse de nuevo en la mugre de su papel de apuntes, enriquecida por el abundante cuspe que al lápiz prestaba su propietario en cada apuntación.

Por los azules ojos del héroe pasó una ráfaga de inquietud, y su mirada vagó errante por las cosas vecinas, sin verlas ni apreciarlas, mientras el pensamiento le preguntaba á otros pensamientos si tendría resistencia el corazón para averiguar toda la verdad que comenzaba á esclarecer. Así Dante, cuando Virgilio le prometió guiarle por el Infierno y por el Purgatorio, le preguntaba angustiado si tendría su espíritu fuerza bastante para no desfallecer ante las miserias y dolores que presenciaría... Y como la sombra del divino poeta de Mantua respondió al divino poeta de Florencia, así el pensamiento leal y valeroso de Chanín contestó á sus dudas, diciéndole: ¡No seas cobarde, hombre, y sigúeme...!

Y Dante siguió á Virgilio, y Chanín siguió á la Verdad, y los dos, el Poeta y el héroe, entraron decididos por la ciudad de los dolores, en cuya puerta hay que dejar, para cruzarla, toda esperanza...

El héroe mismo reanudó la conversación, procurando que su voz resonara indiferente:

—Pues no sabía lo de la Roxa... ¿Y quién es él...?

— Ambrosio, el de Cambre, el que está en la Fundición.

— Poco hombre parece...

—No es como tú, pero como otro cualquiera sí lo es. Y más pronto que muchos porque lleva pistola y dispara en seguida: ya probó en Monelos que no tiene frió en los ojos ni le tiembla el pulso.

El héroe sonrió desdeñoso.

— ¿Y va de veras...?

— ¿Con la Roxa...? Barruntóme que sí, porque él viene todas las fiestas, y como viene de noche y la Roxiña está pálida al otro día, malo será que algo malo no haya...

El semidiós no se inmutó, pero la sonrisa fuésele de los labios.

— ¿Tú eres amigo del Ambrosio...?

— Loque se llama amigo, no; pero conocimiento, sí.

— ¿Quieres hacerle un favor...?

— Si se puede buenamente, quiero.

—Pues dile á Ambrosio que en donde mé vea, y sin ver más, saque la pistola y me dé en sitio que mate al momento, que si me deja lugar no le alcance ni la Extrema.

Con el encargo brincó el mozo.

— ¿Hablas formal...?

— Pon lo que se te ocurra, y por eso que pongas, te lo juro dentro de la Iglesia.

— ¿Pero tú tienes algo con la Roxiña...?

— Nada. Es decir, nada, no... le tengo amor.

Y la voz del héroe dijo amor como antes dijera muerte, calmoso y pausado.

— Cuesta trabajo creerte las dos cosas, Chanta. ..

El héroe, que jugaba mecánicamente con una jarra vacía, sin darse cuenta de su acción la apretó un poco más, y la jarra se deshizo en cincuenta pedazos, y algunos se le clavaron en la mano, y de la mano salió la sangre...

— ¡Mal agüero, Chanín...! La sangre te busca.

La sonrisa volvió á los labios del héroe.

— Para el aprecio que le hago, ya puede correr hasta la última gota.

Y desentendiéndose de cuantos pretendían curarle aquellos rasguños, volvió la espalda y encaminóse hacia la salida de la habitación. En la puerta, aun miró al mozo parlador...

— Si eres su amigo, dile que mate, y díselo confiado: los signos van contra mí...

Y el dintel de la puerta, un momento nublado por la presencia del cuerpo del gigante, volvió á iluminarse con una rayóla de Luna que, bajando desde el cielo, quería mansamente fisgonear cómo son las cosas de la TierraBartolo tuvo la palabra final:

— Por sí ó por no, adviértele al Ambrosio, que no está de más que lo sepa, y en estas cosas en que anda una moza, un mozo, otro mozo, y el diablo que enreda con todos, el diablo suele llevar la razón.

Y desahogado su espíritu del peso de tan profunda sentencia, largó una buena dosis de saliva

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 239

al lápiz, y con él en ristre acometió al papel de la contabilidad, apuntando en las partidas del debe:

— Chanín de Anzobre: una jarra rota... cinco perras grandes.

No valía más que tres, pero en momentos de turbación no está uno seguro de los precios, y en la duda es preferible errar por perra de más...

LA PALABRA DE UN SEMIDIÓS

Cuando á Roxiña le refirieron el retador mensaje de Chanín para Ambrosio, Roxiña apuróse por la vida del elegido. De muerto acababan las ansias y de matador empezaban las angustias, y cualquiera de las dos soluciones afligía su ánimo, porque el amor peligraba despeñándose ya en abrupta sima, y la honra ¡base camino de murmuraciones, si el tiempo confirmaba lo que el malestar del cuerpo predecía.

En tan rudo embate ¡as lágrimas llegaron á secarse, á fuerza de tanto llorar; los labios permanecieron quedos, con el cansancio de tanto rezo, y por el espíritu entróse una mortal resignación, hecha de fatalismo y de supersticiones. ¡Ya verían lo que pasaba, y de lo que pasara ya verían lo que para todos quedaría...!

La salud para Roxiña no podía venir por Am-

brosío, que el galán no iba á estar siempre huido y agazapado, suponiendo que á tal afrenta se amoldase, y por Chanín no la esperaba, que el héroe no se dignó acudir á parlar con la moza, por más que la moza le enviaba avisos y súplicas, y las comadres andaban y desandaban inútil - mente el camino de Lañas á Anzobre y de Anzobre á Lañas.

El segundo día aún fueron las nubes más negras: el mozo que llevó el recado pendenciero volvió de Ambrosio para Chanín con una respuesta desconsoladora.

— ¡Dile al Chanín que haré como él quiere que se haga!

Así hablaban los Espartanos.

* — De parte de mi Señor, el Rey Jerjes de Persia, que entreguéis las armas.

u — Dile que venga á buscarlas."

Y fué precisa la traición para que los Persas cruzaran el desfiladero de las Termopilas y derrotasen á Leónidas y sus trescientos hombres.

Como la concisa respuesta de Ambrosio traía aparejado el descomunal encuentro entre el héroe y el rapaz, al rapaz dieron por muerto, que muy certera había de ser la bala para no dejar al gigante espacio y tiempo de sobra...

A Roxiña se le heló la sangre ante la imponente realidad, y sin habla y sin acción estuvo ho« ras y más horas, mirando con espantosa fijeza arder y consumirse la vela rizada que encendie-

ran manos piadosas al pie de una estampa de la Santísima Virgen de los Remedios.

Y pasó un día, y otro, y el de la fiesta llegó. Y entonces, la calma y la apatía trágica de Roxiña se convirtieron en un desesperado ir y venir, sin objeto y sin rumbo, y por la sola imperativa necesidad de moverse y de cansar los nervios, á ver si con la fatiga se calmaban.

Pero no se calmaban, ¡nol Cada vez más inquietos y más tendidos y más brincadores, tenían á Roxiña en excitación de neurótica y en temblor de epiléptica. Y llegó el momento en que no pudo dominarlos, y dejándose arrastrar por ellos, con el irreducible afán de intervenir por sí misma en la tragedia que por ella se cernía, fuése corriendo, como si loca fuera, desde Lañas hasta Anzobre. Allí se detuvo jadeante, y mirando siempre á la casa del héroe, aguardó á que el héroe apareciera.

Tres veces trajo el viento horas distintas; más de tres veces le preguntaron sien algo podían servirla, y más de veinte oyó sin oir que alguien daba afectuoso las buenas tardes; pero Roxiña, inmóvil y sin tornar los ojos, no respondía á los saludos, ni en nada buscaba que la sirvieran, ni hacía aprecio del Tiempo ni del lejano son que lo marcaba...

Por fin apareció el gigante, lento y pausado, como conviene á un héroe...

Roxiña se plantó en mitad del sendero.

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 243

— Buenas tardes, Chanín. ¿Puedes dar una palabra...?

El héroe trató de esquivarse.

— Dispensa... Llevo prisa.

— ¡Mas que la lleves...! ¿Oyesla ó no...?

— Si pudiera ser en otra ocasión, te lo estimaría...

— ¡Nol ¡La ocasión es esta!

— Pues tú dirás...

— ¿Y sabes lo que digo, Chanín...? Que de vergüenza no tienes lo que pesa una onza, que buenos sentimientos no los conoces, y que todo tú no vales ni el pan que comes contra Diosl

El héroe sintió el peso del Olimpo entero desplomándose sobre su cabeza y aturdiéndole del golpe; pero aun quedaban más piedras que descargar, porque Roxiña continuaba su capítulo de franquezas.

— Eso es lo que no eres, y lo que eres también lo vas á saber por mi boca. Eres falso, eres embustero y tienes mala entraña de hombre malo, que ni en el Infierno te querrán, como no te puede querer nadie por la Tierra!

El semidiós, de escarlata habíase tornado en lívido, y otra vez volvía al color rojo, de indignación y de sorpresa. Por toda disculpa, balbuceó*-

— [Dices, porque yo en ti no he de poner la mano...!

Pero Roxiña no se apaciguó por la humildad.

244 MANUEL LINARES RIVAS

— Ya respondes de bruto y con la fuerza, que de alefante te la das y no de persona.

Alefante ó elefante, era un detalle, y ninguno de los interlocutores paró mientes en tal nimiedad. Pero lo de bruto resultaba más claro, y en defensa propia acudió Chanín...

— Eso de bruto será... y puede que no sea tanto como tú sostienes.

— ¿Y lo de mal hombre es como yo lo digo...? ¿Y no es más todavía...?

En este particular, la conciencia del héroe se repuchaba un poco...

— Perfecto ya sé que no soy...

— ¿Y con qué derecho vas tú á matar á nadie...?

Chanín recordó al Cid.

— Que mate él primero. Eso le mandé decir.

— ¿Y por qué ha de pasar de ese modo, si él no te roba ni le robas tú...?

Chanín quedó perplejo. La lógica le aplastaba otra vez.

— ¿Y por qué os habéis de querer de enemi gos — siguió Roxiña implacable — si él no se llevó bien de ninguno, y el que goza ahora no es tuyo ni lo quisiste tú cuando por ti aguardaban...?

La lógica y el Olimpo, los dos pesos que le abrumaban, se alzaron súbitos, y agobiando al infeliz Chanín, no quedó más que una tenue pero inefable claridad, que se parecía al amor perdido sin haberse parecido nunca al amor logrado...

Y le tembló la voz y le tembló el cuerpo y se le nublaron los ojos para atreverse á preguntar:

— ¿Por mí aguardabas, Roxiña...?

— ¡Por ti, claro! Y viendo que no llegabas ni querías llegar, que dos años pasaron en la espera de tus palabras, por otras voluntades me fui. ¿Qué ofensa te hice...?

El héroe Ja miró á los ojos, suspiró profundamente como si quisiera barrer y disipar todas las timideces nativas, y cuando hubo reunido una dosis enorme de energías, preguntó:

— ¿Y ahora, Roxiña...?

— Ahora es tarde, Chanín.

— ¡No, mujer!

— Sí. Tiéneme el Ambrosio. — ¿Por el amor...?

— Y más por la honra. Del Ambrosio ya no me salgo, Chanín...

El héroe volvió á temblar, pero de ira.

— ¡Yo mataré al Ambrosio, Roxiña!

— No harás tal, que entonces daré en aborrecerte, Chanín de Anzobre...

— ¡Sí haré, por ladrón!

— No lo ha sido, que de mi consentimiento llevó la parte.

Chanín se atrincheró en su último baluarte.

— Sí lo haré, que rni palabra di de prestado y he de recogerla.

Roxiña se irguió resplandeciente.

— Si tu palabra cuenta, libre seré yo de esU

246 MANUEL LINARES RIVAS

agonía, y libre se verá Ambrosio de tu muerte y tú de la suya, que tu palabra tengo, y tú me la diste, y mala centella ha de comerte si no te dejas hacer pedazos por una voluntad que de mí salga. ¿No recuerdas que lo dijiste tú la noche que fui en tus brazos y sobre ti...?

Y la noche y el recuerdo envolvieron á Chanín...

Y como Roxiña insistiera en decirle:

— ¡Recuérdalo! ¡recuérdalo...! — en el héroe se hizo la memoria luminosa y de ella brotaron, con precisa consistencia, las mismas palabras de la misma noche:

"Y yo, Chanín de Anzobre, soy tu amigo, Roxiña de Lañas, y para servirte, y has de mandarme fatigas, y fatigas pasaré, y mandarásme condenaciones, y en menos que lo digas, condenado has de verme y muy á gusto..."

Y la ternura de aquel momento pasado, que revivía en el momento presente, ablandó las entrañas del héroe.

— Mándame la condenación, mujer, que de ti la recibiré...

— ¡Perdónalo, Chanín!

— Perdonado va, y yo reiré cuando me diga palabras de risa, y he de saludarle cuando pase junto de mí, y no tocaré á un pelo de su ropa, y si en la cara me pusiera la mano, con la ofensa habré de quedarme... ¡¡y mala centella me coma si contra él me vuelvo,..!!

También las entrañas de la moza se conmovieron ante el sacrificio, y deseosa de pagarle con algo la inmensa alegría que le inundaba, echóse en sus brazos:

— ¡Gracias, Chanín, gracias!

Pero el héroe rechazóla blandamente.

— Perdona, perdona... Para condenarme sí tengo ánimo; ¡para abrazarte, no...!

Y siguió camino adelante por el camino en que le detuvieron un momento la voluntad de los dioses y el amor de Roxiña.

Y Roxiña fuése otra vez camino de Lañas, gozosa y contenta, pensando únicamente en Ambrosio; que el amor, en donde no es de su amor, se detiene poco, y el rosal, en donde no es rosa, todo él es de espina...

¿DE DÓNDE ES EL QUE YA NO ES?

Lañas andaba revuelta, y su tranquila atmósfera, que sólo los elementos conmovieran, sin vislumbre de suceso digno de especial mención, palpitaba hoy con la fiebre de los grandes acontecimientos. De una parte, la anunciada tragedia entre el semidiós de Anzobre y el mozo de Carnbre, que en aquel mismo día, por ser el primero de fiesta después del reto enviado y recogido, habían de encontrarse frente á frente; y de otra parte, la extraordinaria y emocionante presencia de una fiera, que traía á los hombres pensativos, á ios muchachos maravillados y á las mujeres espantadas.

Conviene apresurarse á decir que la tal fiera estaba enjaulada, y sólo á través de los formidables barrotes de hierro podían verla; pero esta circunstancia, que contribuía á la seguridad personal de los honrados y pacíficos vecinos, no

mermaba en nada el espanto de los unos, la admiración de los otros y la curiosidad de todos. Era un oso gris, enorme, con sus dos metros de alto y casi uno de ancho, que se pasaba las horas inmóvil, como replegado, en un rincón de la jaula, indiferente á los curiosos. Cuando alguien se acercaba demasiado, el oso daba un salto, iniciando un zarpazo... ¡Aun no se acostumbrara á la esclavitud...!

Como por Galicia no suelen verse esos animales, pues sólo pasan los zíngaros y gitanos con aquelhs pobres fieras, desmedradas y amarillas y hambrientas y cansadas, que inspiran más piedad que temor, y más risa que espanto con su nariz taladrada por el anillo y su danzar á palos, los aldeanos no se forman idea de la grandiosidad de esas corpulentas y bravísimas fieras, á quien la constante persecución y exterminio no permite adquirir su completo desarrollo. Por eso, ante el que veían, quedábanse paralizados de sorpresa.

La historia, referida por los dos hombres que iban exhibiéndolo por las aldeas, mientras llegaba el vapor que lo conduciría á Montevideo, comprado para el Jardín zoológico, contaba que en el invierno había matado á tres personas, un hombre y dos mujeres, y que á principios del Octubre actual le dieron caza, dejándolo tendido de un balazo. Que en el mismo mente lo vendieron á otros cazadores, y que éstos, al observar

250 MANUEL LINARES RIVAS

que aun vivía, trataron de conservarlo vivo, con sus correspondientes cadenas, para revenderlo después, pero que un día destrozó al encargado de cuidarlo y entonces mandaron hacer la jaula. — ¿Y de dónde es...?

— No sabemos. Las fechorías las hizo por Pajares, pero allí no se le conocía antes. Debe ser algún solitario, que son los más temibles, expulsado de su cueva y de su rincón por alguna causa reciente, que le habri hecho huir. Puede que sea del mismo Asturias, que allí los hay.

Y un filósofo, quizás Bartolo, remató la sentencia:

— Era una fiera y ya no lo es, por los hierros.

Pues ya no es nada. Y en este picaro mundo,

maldito lo que importa saber de dónde es el que

ya no esEra una reflexión, pero podía haber sido un

epitafio.

VIH

EL COMBATE DE UN HOMBRE CON UN DIOS

La yunta de bueyes uncida al carretón, sobre el carretón la jaula, y en la jaula el oso. Alrededor y contemplándole, hombres, niños y mujeres, mientras los conductores remojaban su gaznate en el hospitalario Casino de Lañas, propiedad de nuestro antiguo conocido Bartolomé, llamado Bartolo el de las cirolas.

Aunque había aún luz natural por los cielos, en la sala encendieron ya la mitad de la iluminación acostumbrada, con lo cual dicho se está que ardía la mecha de un candil y que la del otro aguardaba su turno. En torno de las mesas la concurrencia era, si no más escogida, más numerosa que habitualmente, no sólo por ser día de fiesta, lo que ya es un motivo, sino por comentar, entre trago y trago, la cautividad de aquel prisionero de la civilización y la ausencia de aquel mozo de Cambre, que tan bravamente res-

pondía á los retos, aunque después lo pensara mejor y no compareciera al desigual palenque,

Ambrosio, cuando recibió el recado de Roxiña en que le animaban á venir sin recelo y como siempre, se alegró sinceramente porque no sentía odio y era preferible no arriesgarlo todo en juego que no reportaba nada; pero al enterarse de que no se trataba de un cambio de opinión, ni de ceder á prudentes consejos, sino de un rasgo de piedad y de modesta conmiseración por las súplicas y los lloros de Roxiña, sintió la bestia del orgullo rebelarse airada, y rechazando la paz que se le brindaba misericordiosa, dispúsose para volver las tornas y llevar á cabo el singular encuentro, siendo Ambrosio ahora el retador y el osado, pues juzgaba con muchísima razón que en el ánimo de la moza habría de quedar algo, para él muy depresivo, si aceptaba aquella limosna de la vida que el gigante consentía en perdonarle. Y para que nadie estorbara sus designios, n¡ hiciera flaquear su resolución, aguardó por la hora de la noche sin acercarse á Lañas.

En el Casino, el Rivero había desatado las lenguas, y el señor Bartolo, copartícipe en las libaciones y único en la ganancia, tuvo un rasgo de esplendidez y encendió el segundo candil, completando así el efecto luminoso, por más que el humo, denso y negro, del infernal tabaco, un poco amortiguaba al susodicho efecto.

Las cuchufletas, á costa de Ambrosio, menú-

deaban. £1 héroe, impasible, ni las alentaba ni les ponía coto. ¡Allá ellos que dijeran...!

Un mozo, bravucón en el nombre del vino trasegado á su insignificante personalidad, desafiaba á todos los ausentes; lo que, sin dejar de ser arriesgado, lo es siempre algo menos que provocar á los presentes.

—Y yo os digo que los de Cambre son unos gallinas y que no hay más hombres que los de Lañas.

En la puerta apareció Ambrosio.

— Buenas noches á los hombres de Lañas. A ver eso que tú dices viene uno de Cambre.

Bartolo ejerció inmediatamente funciones diplomáticas.

— Buenas noches. Haz el favor de aceptar una copa que te brindan los de Lañas.

— Para aceptar vengo. Trae la copa, y gracias. — Siéntate primero. — También se acepta.

Sentóse, bebió la copa, lió un cigarro, y escupiendo antes de la primera chupada, lo que es grave señal de preocupación entre los paisanos, para romper el silencio embarazoso que su entrada produjo en la tertulia, dijo:

— Un amigo llevóme un recado. ¿Fué mentira ó fué verdad, Chanín de Anzobre....?

Todas las miradas buscaron al héroe.

Bartolo intervino nuevamente.

— No hay que hacer caso de chismes...

— Por eso pregunto lo primero. Chanin de Anzobre, ¿fué verdad ó fué mentira?

El héroe respondió, sin moverse de su sitio:

—Verdad fué el día en que te lo dijeron. Mentira es en el día de hoy.

— Dime por qué es el cambio y agradecido te quedaré.

El héroe enrojeció antes de replicar. Le repugnaba la mentira; pero no tenía derecho para exponer la verdad.

— Dios sabe por qué varían los hombres y las cosas y los tiempos.

Ambrosio volvió á escupir en el suelo.

— Dios lo sabe, cierto; pero de este particular también lo sé yo.

El héroe callaba.

— Y, á mi parecer, tu mudanza viene del corazón. ¿Es ó no es...?

— De tus palabras no tengo que responder yo.

— jTampoco respondes de las tuyas!

Y Ambrosio se puso de pie, aguardando el ataque, después de lanzar el insulto. Bartolo, que era persona de más exquisita prudencia, miró hacia la puerta interior para escabullirse discretamente en cuanto la pelea comenzara. Los demás se limitaron á esperar: luego recogerían los pedazos que sobraran de Ambrosio, de aquel gozquecillo que ladraba al mastín. Pero el mastín no dió señales de cólera: lo despreciaba...

Ambrosio volvió á sentarse.

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 255

— Sabía que eras fuerte, Chanín de Anzobre. Ahora ya puedo decir que eres además cobarde.

El semidiós, horriblemente calmoso, contestó desde la diestra de Júpiter:

— Dilo, pero no te creerán, que por el corazón de Chanín de Anzobre aun no pasó el miedo.

— Y entonces, ¿por qué no peleas...?

— Porque mi voluntad no lo permite.

— Si el lugar no te conviene, saldremos.

— ¡Pues de cochino te quedarás no dándome satisfacción! — Quedaré...

Ambrosio se levantó, escupiendo un par de veces más.

— Ahí te dejo. Testigos sois vosotros, hombres todos de Lañas, que Ambrosio de Cambre vino adonde le llamaron y que aquí no le respondieron, por más que de cobarde y de cochino lo tachó. Que Dios vos guarde á todos, y á tí, Chanín de Anzobre, para la rueca y el huso, que mujer eres y no hombre.

Y le miró desafiador...

El héroe contestó:

— Vé con Dios, Ambrosio de Cambre, y di que de cobarde quedo. Dilo: no te lo creerán... — ¡¡Pues si así es...!! — Será. Vete con Dios. — A junto la Roxiña voy. — Si es gusto de ella, no te prives.

— Es gusto de eüa y es mío. — ¡El tuyo vale menos! —¡¡Igual!!

El héroe, que para contestar que valía menos tuvo la firmeza en la voz, recogióse de nuevo en la mansedumbre para añadir:

— Igual. Tienes tú razón...

Ambrosio esperó un minuto más: nadie le dijo nada. Y fuése.

Y así terminó, por complacencia de los dioses y para burla de los hombres, el fiero y anunciado combate de un hombre y un dios...

EL HOMBRE SE DISCULPA, EL HÉROE LO DEMUESTRA, EL SEMIDIÓS RESPLANDECE Y EL CUENTO SE ACABA.

Apenas hubo desaparecido Ambrosio, en el Casino se elevó un murmullo, que más cerca andaba de griterío que de conversación.

— ¡Mal quedaste, Chanín!

— ¡Y por ti quedamos todos mal!

— ¡Fué una vergüenza para los de Lañas!

El héroe se levantó. En su faz morena y desencajada centelleaban los azules ojos como si rayos lanzasen y no miradas.

— No callé por miedo, ¿sabedes...? ¡Que callé por una razón...!

Bartolo, ante ¡a afrenta local, desbarró en su sabiduría y olvidóse de la prudencia.

— Siempre hay una razón para tener miedo, y el tenerlo ya es razón sobrada...

— ¡Y si no tuviera la conciencia ligada por un voto, pedazos lo hago!

— Mejor es que lo asegures después de marchar el otro...

— ¿Pensades por lo firme que tuve miedo, que fui cobarde...?

— ¿Y no hemos de pensarlo...? ¡De ésta no te levantas...!

El héroe se irguió cuan alto era, sostenido en las férreas columnas de sus piernas; hizo girar por el aire sus brazos de gigante como si luchara con invisibles enemigos y con todo el vigor de sus potentes pulmones lanzó al viento un formidable aturuxo...

¡¡¡O... u... u... u...ü!

Y al salvaje y espantable grito temblaron las paredes de la casa, resonando infernal en el ámbito reducido de la sala, y temblaron los hombres que allí había, ensordecidos del estrépito, y de fuera, como un eco respondedor, se oyó el gruñido del oso, que espantado y enfurecido sacudía las barras de hierro tratando de troncharlas.

Y el héroe, al sentir á la fiera, lanzóse decidido á la jaula, retorció la ca4ena del candado, dobló hercúleo la barra en que se apoyaba la cerradura, y haciéndola saltar, abrió la puerta de golpe y dejó en libertad al oso.

El oso, que ya había sentido el olor de la sangre en los rasguños que hizo en el brazo del hé-

CUENTOS DE AMOR Y DE AMORES 259

roe, á través de los barrotes y mientras le franqueaba la salida, se lanzó de un brinco al suelo. Del primer zarpazo destrozó el anca de un buey de los de la yunta, y el buey, con el dolor horrendo, mugió desesperado y arrancó á correr, arrastrando al otro buey, que dió también en correr, y los dos llevaron por la calle abajo el carro y la jaula dando botes hasta que por fin chocaron en una revuelta, volcando y cayendo en horrísona confusión mezclada con los gritos clamorosos de los chiquillos que huían, de las mujeres que se desmayaban y de los hombres que cerraban á golpazos las puertas de las casas...

El héroe, en tanto, había echado sus forzudos brazos al cuello del oso, pretendiendo tumbarlo; pero el oso se volvió rápidamente y clavó sus uñas en el hombro del héroe, desgarrándole á un tiempo ropa y carne. Desatendiendo el hombro, Chanín procuró colocar su cabeza debajo de la boca del oso, para evitar que mordiera, y cuando lo hubo conseguido echó las dos manos al cuello y apretó, apretó, apretó... sin cuidarse de si á él le herían ó no, hasta que el oso, ahogado, cayó por tierra.

Y en tierra siguió Chanín apretando, apretando... apretando... ¡¡Y cuando lo sintió muerto, alzóse todo ensangrentado, con el traje en jirones y el respirar fatigoso. Sacó fuerzas de flaqueza, y como suma y compendio y gala de su victoria, lanzó al aire el formidable aturuxo...

— ¡¡O... U... U... U...U

AI grito victorioso, atreviéronse á salir los hombres...

Cuando le rodeaban, alabando su portentosa hazaña, el héroe se volvió á uno de los mozos, testigo de su anterior escena con Ambrosio, y le dijo, con la épica sencillez de todas sus palabras...

—¿Cobarde no soy, verdad...?

— ¡¡Quita, hombre; qué has de ser...!!

—Pues si basta con esto para que no lo ereyades, quedádevos con Dios...

— ¡Aguarda que te miren, hombre... por si es de* cuidado algo!

— Vosotros aguardaréis, yo voime...

Y camino de Lañas para Anzobre fuése el héroe, vencedor de fieras, descendiente de los dioses y predilecto de la Fama inmortal... malherido de malos zarpazos y malherido de un puro y desdichado amor...!

Pazo de Palavea.

La Coruña, 20 Septiembre 19 i 0.

QUERER Y NO QUERER

(CUSNTO DIALOGADO)

Hace mucho tiempo — no sé bien si fué hace un siglo ó un día, que las cosas pasadas van todas al mismo despeñadero de lo olvidado, aunque uno se figura que siempre ha de conservarlas en los remansos, felices ó dolorosos, de la frágil memoria...— hace mucho tiempo, digo, que rondaba por mi voluntad el deseo persistente de referiros un lance de amor.

Es una historia vulgar, que tiene la inmensa grandiosidad de lo que á todos nos ocurre, por más que á todos no nos haya ocurrido. Fué en otro, pero pudo ser en uno mismo...

Pertenece al número de esas infinitas narraciones que, una vez oídas, quizás sin concluir de contarlas, le sugieren á uno un cuento parecido. Eso me recuerda lo que me pasó á mí...

Entre lances de amor... y amores de lance... ¿quién no tendrá un cuento en que el héroe sea un olvido...? ¿Quién no tendrá un olvido en que uno se avergüence de ser el héroe...?

Leed mi historia: cambiadle luego — ó antes — algún nombre, y ya veréis cómo se parece á la

vuestra; que en el andar de la vida, y más aún cuando la vida ya va andada, la historia de todos es la historia de uno mismo.

Por eso los viejos saben tantos cuentos, que nadie les ha contado... y es únicamente porque saben el suyo; que toda la sabiduría de la vida se reduce á haberla vivido.

Y sin más prefacio, que lo mucho huelga y lo breve se apetece, vamos con el sucedido, narración, leyenda ó lo que fuere, que yo mismo no estoy muy seguro de lo que fué.

Para seguir un método — y para que brinquen páginas los amadores de la acción y los fervientes de los hechos, que desprecian detalles y comentarios— dividiremos este episodio en tres capítulos, que podrán titularse: el escenario, los tipos y el cuento. Un capítulo para enteraros en dónde pasó, otro para conocer entre quiénes pasó; y el último para que sepáis, por fin, lo que pasó... ó lo que no pasó, con grave riesgo de incurrir en censura de los hombres prácticos, que suelen ser, en lo escondido de sus intimidades, los más románticos soñadores de ese sueño que se llama poesía, y de ese ideal que se llama el puro amor...