Cuentos de la selva para los niños · Unidad 16 de 37

Unidad 16 · CUENTOS DE LA SELVA 5l

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ustedes — respondió el Surubí, de mal humor.

Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:

—¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo, el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!

Al oir esa voz conocida, el surubí salió de la gruta.

—¡ Ah, no te había conocido! —le dijo cariñosamente su viejo amigo.—¿Qué quieres?

—Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro, y lo echó también a pique. Los pescados se han ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos a pique a él.

El Surubí, al oir esto, pensó un largo rato. Y después dijo:

—Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicie-

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ron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo? | Ninguno sabía, y todos se callaron. —Está bien — dijo el Surubí con orguMo—yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso. Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros; de la cola del uno al cuello del otro; de la cola de éste, al cuello de aquél, formando así una larga cadena de yacarés que tenía más de

una cuadra. El inmenso Surubí empujó

al torpedo hacia la corriente, y se colocó bajo él, sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que estaban atados los yacarés uno detrás del otro se habían concluído, el Surubí se prendió con los dientes dc la cola del último yacaré, y así emprendieron la marcha. El surubí sostenía al torpedo, y los yacarés tiraban, corriendo por la costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana siguiente, bien temprano, llegaban al lu-

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gar donde habían construído su último dique, y comenzaron en seguida otro, pero mucho más fuerte que los anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos bien juntos uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.

Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco del dique, cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y los ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los troncos y asomaron la cabeza del otro lado.

—¡Eh, yacarés! — gritó el oficial.

—¡Qué hay!—respondieron los yacarés.

—¿Otra vez el dique?

—¡Sí, otra vez!

—¡Saquen ese dique!

—¡Nunca!

—¿No lo sacan?

—¡No!

—Bueno; entonces oigan—dijo el oficial. —Vamos a deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos. No va