Cuentos de la selva para los niños · Unidad 17 de 37

Unidad 17 · 54 HORACIO QUIROGA

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a quedar ni uno solo vivo—ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos, ni jóvenes ni viejos—como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca.

El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo:

—Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero sabe usted qué van a comer mañana estos dientes? —añadió abriendo su inmensa boca.

—¿Qué van a comer, a ver? —respondieron los marineros.

—A ese oficialito — dijo el yacaré, y se bajó rápidamente de su tronco.

Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran con cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Así lo hicieron. En seguida los demás yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.

De repente el buque de guerra se llenó de

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CUENTOS DE LA SELVA 5h

humo, y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos.

Pero el Surubí estaba alerta, y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:

—;¡Suelten el torpedo! ¡Ligero, suelten!

Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.

En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntó con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque.

¡ Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo, y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo de dique.

Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombres que estaban en él, lo vieron; es decir, vieron el remolino que hace en el agua

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un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara.

Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó. |

No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo. Reventó, y partió al buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.

Los yacarés dieron un gran grito de triunfo y corrieron como locos al dique. Desde allí vieron pasar, por el agujero abierto por la granada, a los hombres muertos, heridos y algunos vivos, que la corriente del río arrastraba.

Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados del boquete, y cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con las patas.

No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo cuando pasó