Cuentos de la selva para los niños · Unidad 18 de 37

Unidad 18 · CUENTOS DE LA SELVA Y

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

CUENTOS DE LA SELVA Y

uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac!, en dos golpes de boca se lo comió.

—¿Quién es ese? — preguntó un yacarecito ignorante.

—Es el oficial — le respondió el Surubí. — Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.

Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo de las aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y por las manchas oscuras que tiene se pa- _rece a la de una víbora, el Surubí nadó una hora pasando y repasando ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta.

58 HORACIO QUIROGA

Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje. Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas.

Pero no quieren saber nada de buques de guerra.

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LA GAMA CIEGA

Ya abía una vez una venado,—una gama-—que tuvo dos hijos me- _llizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó sólo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados.

Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al rayar el día, la oración de los venados. Y dice así:

60 HORACIO QUIROGA

Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venen03as.

YI Hay que mirar bien el río y quedarse quieto antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés. Cada media hora hay que levantar bien

alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.

Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar siempre antes los yuyos para ver si hay víboras. |

CUENTOS DE LA SELVA 61

Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola.

Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vió de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, vió muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color oscuro, como el de las pizarras.

¿Qué sería? Hilla tenía también un poco de miedo; pero como era mu traviesa, dió un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.

Vió entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apuradas por encima. | |

La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima, porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así.