Cuentos de vacaciones (narraciones pseudocientíficas) Primera serie · Capítulo real 3 de 7

EL FABRICANTE DE HONRADEZ

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

El doctor Alejandro Mirahonda, español educado en Alemania y Francia, doctor en Medicina y Filosofía por la Universidad de Leipzig, discípulo predilecto de los sabios hipnólogos doctores Bernheim y Forel, solicitó y obtuvo, de vuelta á su patria, la titu¬ lar de la histórica, levantisca y desacreditada ciudad de Villabronca, donde se propuso ejercer su profesión y desarrollar de pasada un pensamiento que hacía tiempo le escarabajeaba en el cerebro.

Mas, antes de referir las hazañas del prestigioso personaje, de¬ bemos presentarle á nuestros lectores.

Comencemos por declarar que hay ministerios tan elevados y solemnes, que no pueden realizarse con un físico cualquiera. Un cirujano aspirante á la celebridad debe tener algo de atleta, de guerrero y de inquisidor. Al comadrón le caen pintiparadas manos suaves, afiladas y femeniles, estatura liliputiense y carácter, * untuoso y apacible. Pero el médico alienista metido á sugestiona¬ dos fracasará como le falten el solemne coram vóbis del profeta y la barba y ojazos de un Cristo bizantino.

Afortunadamente, en el doctor Alejandro Mirahonda casaban maravillosamente la figura y la profesión. Poseía aventajada esta¬ tura, cabeza grande y melenuda, donde se alojaban pilas nerviosas de gran capacidad y tensión, barbas tempestuosas de apóstol ira¬ cundo, ojos enormes, negrísimos, de mirar irresistible y escudri¬ ñador, y de cuyas pupilas parecían salir cataratas de magnéticos efluvios. Eran sus cejas gruesas, largas, movibles, serpenteantes; parecían dotadas de vida autónoma; diríase que, al fruncirse con expresión de suprema autoridad, amarraban entre sus pliegues al interlocutor, fascinándolo y reduciéndolo á la impotencia. Tenía además, voz corpulenta, con honores de rugido, que sabía domar transformándola, según las circunstancias, en música suave, dul¬ císima y acariciadora; y labios carnosos, bien proporcionados, de ordinario inmóviles, para dar, por acción de constraste, mayor efi-

cacia á la expresión de los ojos y á los relampagueos del pensa¬ miento, y para imitar también la augusta y misteriosa quietud de la estatua de Apolo en Delfos.

Añadamos á estos atributos físicos, una palabra arrebatadora, colorista, que fluía sin esfuerzo alguno del inagotable depósito de su memoria, voluntad férrea é incontrastable..., y se tendrá idea de todo el enorme ascendiente que Mirahonda ejercía sobre sus amigos, deudos y clientes.

Para él, imponer ideas ó suprimir las existentes en las cabezas dóciles; causar en las histéricas, y aún en personas sanas y en es¬ tado vigil, alucinaciones negativas y positivas, metamorfosis y di¬ sociaciones de la personalidad, fenómenos motores y sensitivos. ., en fin, cuantos estupendos milagros se atribuyen á santos y mag¬ netizadores..., era cosa de juego. Bastábale para ello una mirada imperiosa ó una simple orden verbal.

Durante los primeros meses de su estancia en Villabronca, de¬ dicóse exclusivamente á preparar el terreno de la estupenda ex¬ periencia que meditaba. Prestaba casi de balde al vecindario sus cuidados médicos; asistía con su señora— una espléndida rubia alemana que subyugó para siempre con una mirada - á todas las reuniones y saraos; inscribióse como socio en los dos casinos de la ciudad (el de los burgueses y el de los obreros); contribuyó con largueza al socorro de los menesterosos, y, en fin, á fuerza de cien¬ cia, de amabilidad y de llaneza, captóse de tal modo las simpatías y admiración de sus convecinos, que no alcanzaban éstos á imagi¬ nar cómo un hombre de tanto mérito y de tan peregrinos talentos se había allanado á vivir en tan apartado y rústico rincón.

Conforme les ocurre á todos los grandes iluminados, en aquel concierto de simpatías destacaba la sonora y amorosa voz de las mujeres, á quienes turbaba y embobaba la presencia de tan arro¬ gante y viril ejemplar del animal humano. Es que la mujer, según t afirmó Madame Necker de Saussure, «posee un yo más débil que el del hombre»; un yo que se siente flaco y busca instintivamente la fuerza y la voluntad. Obedeciendo sin duda á un mandato pre¬ visor de naturaleza, la hembra verdaderamente femenil se estre¬ mece de placer y se siente deleitosamente esclava, al aspirar de cerca el aura del tirano viril y triunfador, del prototipo de la energía y de la inteligencia, del hombre .

La admiración contenida y respetuosa en las señoritas hones¬ tas, adoptó, en algunas casadas ardientes y Magdalenas sin arrepentir, tonos poco decorosos y actirudes harto provocativas... Una de las más atrevidas y propasadas con el doctor fué la esposa del Registrador, graciosa morena que se aburría y marchitaba entre escrituras y mamotretos; más nuestro sabio, fiel á su principio de que el fascinador no debe nunca ser fascinado, so pena de perder todos sus prestigios, cerró los ojos y los oídos ante aquella ola amenazadora de amor pecaminoso. Además, digámoslo en su ho¬ nor, amaba demasiado á la dulce Roschen Baumgarten, é la her-

mosa y gallarda hija del Norte, á la opulenta heredera que en un arrebato de pasión puso su belleza y sus millones á los pies del ardiente hijo del Mediodía, para no evitar á su cara mitad el me¬ nor pretexto de reproche.

Ocioso es decir cuanta fué su reputación profesional. Muy pron¬ to la fama de sus curas maravillosas trascendió del término de la ciudad y se extendió á toda la provincia. Parecía su casa iglesia en tiempo de jubileo; y tan alto rayó su crédito de diagnosticador infalible, que se juzgaba torpeza insigne ó imperdonable negligen¬ cia el morirse sin haber oído de sus labios ql ardua, la definitiva sentencia.

Mas no se crea que la esfera de su influencia se circunscribía á los dominios patológicos ó higiénicos. Hombre de talento y de só¬ lida cultura, que había viajado mucho y leído* más, aspiraba á ser y lo consiguió rápidamente, el amigo de confianza y el obligado consejero de sus convecinos. Respondiendo á tan meditado propó¬ sito, dió en el Casino una serie ae conferencias, acompañadas de demostraciones, sobre una porción de temas á cual más interesan¬ tes para un puebjo eminentemente agrícola é industrial: higiene doméstica y popular; enfermedades de las plantas; el pauperismo y el problema obrero; las instituciones de caridad y cajas de aho¬ rro; los abonos minerales; la industria pecuaria, etc. En cuyas con¬ ferencias, además de embelesar á los oyentes con los primores de una forma impecable cuajada de imágenes felices, lució erudición pasmosa y espíritu práctico extraordinario.

Nada tenía de extraño, pues, que, granjeada tan grande autori¬ dad, acudieran á Mirahonda en demanda de luces el alcalde y el juez, el agricultor y el obrero; los cuales aceptaban de buen grado su dictamen, porque nuestro héroe sabía convencer sin humillar, y adjudicaba generosamente á cada cual la parte de ciencia y de razón que le era debida, descartando hábilmente de todo mal ne¬ gocio ó yerro evidente el factor ético é intencional, y atribuyendo el daño al azar, á la fuerza mayor, á las circunstancias ó á la in¬ consciencia. La gente del pueblo, á quien impresionaban por igual su ciencia y su figura, llamábalo el Cristo.

Como se ve, en torno de aquel hombre singular y extraordina¬ rio formábase dorada leyenda, digna de los felices tiempos apos¬ tólicos; lo que prueba — dicho sea de pasada — que no obstante los fulgores de la ciencia, una gran parte de la sociedad actual vive todavía en la ingenua y sombría edad en que hablaban los dioses, aterrorizaban los demonios y se hacían milagros.

Distaba mucho de ser Villabronca modelo de pueblos pacíficos y morigerados. De día en día cundían el desorden y la liviandad, sobre todo desde que la ciudad, enriquecida con el arribo de opu¬ lentos emigrantes, se había hecho eminentemente industrial. A

despecho de los sermones del párroco y de los enérgicos bandos del alcalde, la creciente marea de robos, borracheras, riñas, desa¬ catos á la autoridad, depravación de costumbres, subía que era un desconsuelo. El alcoholismo hacía estragos entre los obreros. Ni bastó para atajar la pública inmoralidad la creación de un peque¬ ño cuerpo de guardias de orden público y el aumento del contin¬ gente de la guardia civil.

Aquello no podía continuar así. Celebróse en el Casino Junta de clases directoras, de honrados padres de familia, justamente alarmados ante el creciente desorden. Animados de los mejores deseos, cada cual propuso su receta. Se discutió mucho y acalora¬ damente..... Pero los individualistas sacaron el Cristo Habeas Cor¬ pus, del derecho al alcohol . y no se acordó nada.

Entretanto Mirabonda se frotaba las manos de gusto. El mo¬ mento de la experiencia psicológica se acercaba . y había que

preparar aprisa los cubiletes.

Cierto día convocó á lo principal del pueblo en el Casino, y anunció, con voz entrecortada por la emoción, que acababa de descubrir, por un azar felicísimo de laboratorio, #un suero de ma¬ ravillosas virtudes.

«Este suero.... — decía el doctor— ó dígase antitoxina, goza de la singular propiedad de moderar la actividad de los centros ner¬ viosos donde residen las pasiones antisociales: holganza, rebeldía, instintos criminales, lascivia, etc. Al mismo tiempo exalta y vi¬ vifica notablemente las imágenes de la virtud y apaga las tenta¬ doras evocaciones del vicio .

Permitidme que os cuente en breves términos el resultado de los experimentos recientemente emprendidos con el referido suero en el hombre y en los animales. Una gota del estupendo licor transformó un lobo furioso en can sumiso, leal y apacible. Con la mitad de la dosis un águila hambrienta aborreció la carne, y un gato olvidó el odio secular á los ratones .

En el hombre son menester dosis mayores para producir efec¬ tos constantes de trasmutación psicológica. Y aunque las experien¬ cias efectuadas en este dominio abarcan un corto número de per¬ sonas y de moralidades pasionales, los resultados han sido tan sorprendentes que no resisto ó la tentación de referirlos.

Inyectados, bajo la piel de un alcohólico, cinco centímetros cúbicos, perdió el paciente toda afición á las bebidas fermentadas. La misma cantidad aplicada respectivamente á un ratero profesio¬ nal y á cierto matón de oficio, abolió definitivamente en ellos la impulsión del delito y los convirtió, en pocos días, en personas morigeradas é inofensivas. Con parecido tratamiento han llegado á olvidar sus antipáticos hábitos un morfinómano y una ninfomaniaca.

En vista de tan elocuentes hechos, de cada día más numerosos y convincentes, espero no juzgaréis quimérica una esperanza, hace tiempo acariciada *por mí é isnpiradora de porfiadas y laboriosísi-

mas investigaciones: conseguir, por el empleo de medios exclusi¬ vamente materiales y nada coercitivos, la purificación ética de la raza humana y la conversión de los viciosos y criminales en perso¬ nas probas, decentes y correctísimas. Abrigo la firmísima convic¬ ción de que una dosis suficiente de mi suero antipasional , inyecta¬ do bajo la piel del cráneo, transformarían impecable al facineroso más empedernido.»

E, incontinenti , el avisado doctor, que sabía bien que las cabe¬ zas fuertes no se persuaden con relatos ó menos verosímiles, sino con pruebas de visu, irrecusables, procedió á las demostraciones, hizo seña á sus ayudantes, los cuales trajeron, de una cámara pró¬ xima, las personas y animales sometidas á experiencia. Con asom¬ bro de la concurrencia, hasta entonces fría y un tanto escéptica, quedaron plenamente patentizadas las aseveraciones de Mirahonda.

¡No era posible dudar! ¡El estupendo suero antipasional había hecho perder á los animales carnívoros sus sangrientos instintos. Y los hombres se habían transfigurado como si una ráfaga de fe hubiera iluminado y elevado sus almas! La prueba resultó tanto más brillante y abrumadora, cuanto que, las personas en trata¬ miento — un alcohólico, un fumador, un jugador y un camorrista — eran bien conocidas del público. Y cuando por las referencias de las respectivas familias y amigos se persuadió la concurrencia de la realidad de la transformación psicológica. ..; cuando vió á los tratados rechazar con horror el aguardiente, el tabaco y la bara¬ ja....; cuando supo por los capataces de las fábricas que aquellos viciosos regenerados no habían faltado durante el mes un día á la labor...., entonces un aplauso cerrado, entusiasta, ensordecedor, resonó en la sala, llenando de íntima satisfacción al ilustre confe¬ renciante!

Al día siguiente vió nuestro doctor, á la hora de la consulta, duplicada su habitual clientela. A los enfermos físicos se añadie¬ ron los enfermos morales. Histéricas enamoradas de su criado, muchachos díscolos é incorregibles, maridos borrachos y penden¬ cieros, calaveras corrompidos y noctámbulos, estudiantes gandu¬ les mujeriegos, etc, etc., traídos casi á la fuerza por sus respecti¬ vas familias, desfilaron en procesión inacabable para someterse á la famosa vacuna moral.

Transcurridos dos meses de la inolvidable conferencia, el entu¬ siasmo y la convicción de las clases directoras de Villabronca fueron tan grandes, que el Ayuntamiento en masa, asesorado por la opinión del Juez, del Registrador, del presidente del Casino, del Maestro y el Cirujano, declararon, en un bando célebre, la nueva vacuna obligatoria para todas las personas mayores de doce y me¬ nores de sesenta años, sin distinción de sexo ni de condición so-

cial. Aquellos previsores ediles estimaron sin duda que harto va¬ cunadas están, la vejez con su debilidad y la infancia con su candor.

Al principio, según podrá presumirse, los salvadores acuerdos del cabildo chocaron con algunas dificultades. Los habituales del vicio, y particularmente los viciosos esporádicos, es decir, los que se complacen en echar de vez en cuando una cana al aire, protes¬ taron indignados. En fogosas arengas declararon aquella medida atentatoria á los más sagrados derechos del ciudadano, y hasta ofensiva á la inmaculada dignidad de Yillabronca; toda vez que envolvía el supuesto, á todas luces injusto, de la inmoralidad co¬ lectiva, y medía con el mismo rasero la probidad y el libertinaje, el respeto á la ley y la violación del derecho.

Tan delicada cuestión fué llevada á las columnas del único pe¬ riódico local, un semanario titulado El Citribal de Villabronca, que redactaban el empresario de recreos del Casino, un contratista de carreteras aprovechado, un comandante retirado por no ir á Ultra¬ mar, dos estudiantes legistas suspensos á perpetuidad y un abogadete sin pleitos Estos tales — los intelectuales , como ellos se llama¬ ban — discutieron desde varios puntos de vista la manoseada cues¬ tión de la ilegitimidad de las medidas preventivas, al principio con formas moderadas, después con apasionamiento sectario. Se¬ mejante campaña, emprendida ó inspirada por perillanes y liber¬ tinos incorregibles, arreció coincidentemente con la subvención otorgada á El Cinibal por los dueños de timbas, tabernas y casas de lenocinio, cuyos industriales recelaron, no sin lógica, una con¬ siderable baja en sus vergonzosos negocios si prevalecían los pro¬ yectos de Mirahonda.

En cuanto á los proletarios, hallábanse divididos. La mayoría de ellos, sugestionados por la autoridad y generoso altruismo del doctor, y sobre todo por el ascendiente de las mujeres (que Mirahonda tuvo buen cuidado de ganar á su causa), se decidieron por el novísimo tratamiento moral; pero algunas malas cabezas, anar¬ quistas enardecidos, rechazaron redondamente el suero, temerosos sin duda de que esta medicina amortiguara la saña del proletaria¬ do hacia la odiosa burguesía, templara en las épocas de huelga la entereza de los trabajadores, y retrasara, en suma, la fecha del triunfo — según ellos cercano — de la tremenda revolución social.

Pero quien con más arrogancia y celo rompió lanzas contra la novísima panacea psicológica fué el padre de almas. En sermones atestados de latines, de lugares de los santos padres y de apoteg¬ mas de filosofía moral, intentó probar que las famosas experien¬ cias del médico eran artimañas y tentaciones del demonio, compa¬ rables en el fondo á las manipulaciones y experimentos de magnetizadores y espiritistas. Y añadía que, aun en el supuesto caso de que, en la producción de tan insólitos fenómenos, no tu¬ viera Lucifer arte ni parte, siempre resultaría incuestionable que el famoso suero obraba directa y selectivamente sobre las miste-

riosas fuentes del libre albedrío, restringiendo, por consiguiente, el cauce de la libertad moral y haciendo, por ende, punto menos que ilusoria la responsabilidad civil y el mérito y demérito de las acciones.

Pero nosotros, rindiendo culto á la verdad, diremos que la verdadera razón, no confesada, de esta inquina sacerdotal, era que el fervoroso varón se sentía humillado y molesto al ver cómo un mediquillo advenedizo, ayuno en teología y sagrados cánones, se intrusaba descaradamente en los dominios espirituales, tirando á inutilizar una de las altas y transcendentales funciones de su augusto ministerio: la purificación de las conciencias y la enmien¬ da de vicios y pecados-

Por fortuna, la exquisita cortesía del doctor, quien lleno de afabilidad y tolerancia discutía amistosamente con todos; el re¬ suelto apoyo de los ediles y padres de familia; el fervor casi reli¬ gioso de las mujeres, y singularmente, lo demostrativo y brillante de las experiencias, aplacaron progresivamente la irritación de los ánimos é impusieron silencio á las conciencias meticulosas. Además, Mirahonda, sabedor del origen y finalidad de ciertas cam¬ pañas, subvencionó con fuerte suma á El timbal de Villabronca, cuyos desahogados intelectuales pasaron con armas y bagajes al contrario bando, convirtiéndose en lo sucesivo en tornavoces de los éxitos del doctor y eficacísimos auxiliares de sus regenerado¬ ras campañas; hizo sotto voce donación de algunos miles de pesetas al comité anarquista local, á título de generosa contribución al fondo de huelgas ; y, en fin, no olvidó á la Iglesia, á la que dejó una gruesa manda para misas y limosnas» de cuya inversión y reparto quedó exclusivamente encargado, con facultades omnímodas, el celoso pastor de almas. Con estas y otras habilidades, si no consi¬ guió persuadir enteramente á los recalcitrantes, logró hacerles ca¬ llar, que era cuanto Mirahonda deseaba.

Había llegado el día de la suprema experiencia. Durante la mañana los ayudantes y la esposa del doctor dispusieron con dili¬ gente esmero la mise en scene: la mesa con los instrumentos anti¬ sépticos; las jeringuillas de Pravaz; la misteriosa redoma donde se guardaba el filtro mágico; un biombo chinesco destinado á res¬ guardar de las miradas profanas el brazo de las damas extrema¬ damente pudibundas; vendajes y otros medios auxiliares de las curas para la eventualidad poco probable de ligera hemorragia ó excesivo escozor. Nada se escapó á la previsión de Mirahonda, quien para fortalecer la acción sugestiva del experimento psicoló¬ gico, pidió y logró que éste se verificase en el salón de las Casas Consistoriales, bajo la presidencia del Alcalde, el Párroco y las personas más distinguidas de la villa. Y como para mover la vo¬ luntad no está nunca de más alegrar un poco el estómago, cierto

acreditado repostero de Madrid, llamado expresamente al efecto, dispuso en las oficinas de la Secretaría, anejas al salón de vacuna¬ ción un bien servido y espléndido lunch. Por último, de amenizar los entreactos se encargó la charanga del Hospicio, ejecutando trozos escogidos de música grave, solemne, monótona y adorme¬ cedora .

Más, antes de referir el resultado de la memorable vacunación moral, fuerza es aclarar algunas dudas que seguramente habrán asaltado la mente del lector. Para disiparlas por completo, permí¬ tasenos reproducir un substancioso diálogo de sobremesa, soste¬ nido minutos antes de dar comienzo á las regeneradoras inyeccio¬ nes, entre el eximio doctor y su tierna y un tanto escamada es¬ posa:

— Estoy contento, satisfechísimo de mi obra— dijo Mirahonda acariciándose sus apostólicas y borrascosas barbas. — Hoy vamos, por fin, ó recoger el fruto de dos años de siembra fecunda y de constante laboreo...

— Motivo tienes, en efecto, para alegrarte; también yo, colabo¬ radora á mi manera en tus transcendentales investigaciones, me siento dichosa. Soy feliz porque tú lo eres; pero además tengo una razón personal reservadísima para regocijarme .

—¡Adivino!... ¡Oh, las mujeres! ¡Sois siempre las mismas!... ¡Ve¬ nir ahora con una pequeña historia de celos á arrancarme del cie¬ lo de mis triunfos científicos! Para vosotras, fervientes adoradoras de lo particular, de lo individual, ¿qué son la humanidad, la cien¬ cia, la gloria misma, ante la menuda satisfacción de la vanidad ó del amor propio?

— Te equivocas. También adoro la gloria; pero ¡bien lo sabes!, mi gloria principal eres tú. Tan grande es tu imagen en mi alma, que apenas columbro la humanidad. Además, mi sentimiento com¬ pensa tu inteligencia. Tú eres la fuerza centrífuga, yo la centrípe¬ ta. Gracias á mí tus facultades soberanas, que libres se desatarían en un altruismo loco, son encauzadas hacia el hogar y aprovecha¬ das para el saludable egoísmo de nuestra mutua conservación y felicidad...

Y lo que calificas desdeñosamente de miserable satisfacción de la vanidad y del amor propio, no es sino la alegría de conservar tu amor... ¡Atrévete á detestar este egoísmo!

— Querida Roschen -permíteme que te diga, aceptando tu pun¬ to de vista personal, que esa íntima fruición á que aludes— por cierto harto semejante á sabrosa venganza— se justificaría si la grandiosa experiencia de esta tarde viniera á interrumpir com¬ placencias ó debilidades pecaminosas; pero, ¿tienes por ventura, algo que reprochar á tu marido?

— No. Temo únicamente por el porvenir... Perdona mis celos: comprendo que me hacen ridicula... atrozmente antipática, pero no puedo remediarlo. Voy á serte sincera. ¿Quién me garantiza que alguna de esas ardientes y hermosísimas morenas que desfa-

ilecen de amor en tu presencia — la mujer del Registrador, por ejemplo, que se finge histérica para verte diariamente, y la cual no ha perdido ninguna de tus conferencias, oídas con místico arro¬ bamiento, — no llegue al fin á impresionarte y robarme tu cariño?

— Cálmate, hija mía, — repuso dulcemente el doctor, cogiendo amorosamente una de las manos de Róschen. — Eso no ocurrirá jamás, bien lo sabes. Arden en mí dos grandes pasiones: la gloria y tú; para una tercera no me restan ni corazón ni cerebro.. ..

Pero hablemos de otra cosa.. .. Comentemos el próximo y trans¬ cendental acontecimiento. ¿No es verdad que hemos preparado hábilmente la carnaza? Sin duda morderá el pueblo entero.

— Tienes razón. Fuerza es confesar que te has mostrado previ¬ sor y obstinado, y no has regateado ningún medio conducente á tu

propósito . Pero vas á permitirme una pregunta. No comprendo

cómo Mirahonda, hipnotizador extraordinario, Presidente de la Sociedad de estudios psíquicos de Leipzig, inventor afortunado de nuevos y eficacísimos procedimientos de magnetismo animal, sugestionador capaz de producir, en estado vigil, á personas absolu¬ tamente sanas toda suerte de fenómenos nerviosos..».; no concibo, repito, cómo ha renunciado en este caso particular á su método habitual y recurrido ó una inocente superchería.

— Querida, ¿olvidas que la experiencia moral que nos ocupa en este momento es extraordinaria y harto más difícil que las tri¬ viales prácticas de hipnosis individual con fines terapéuticos?

Ya conoces perfectamente mis ideas filosóficas y pedagógicas.

Mil veces he declarado que si el cerebro humano, en vez de desenvolverse en esa tibia, movediza y frívola atmósfera moral, formada por borrosas y contradictorias sugestiones de padres, maestros y amigos, se desarrollara en un austero ambiente psico¬ lógico, fuertemente recargado de autoridad; si el modelamiento definitivo de los centros del pensamiento se realizara de modo autocrático, por hábiles y enérgicos hipnotizadores encargados del doble cometido de limpiar la herrumbre de la herencia y la ruti¬ na, y de imponer ideas y sentimientos conformes con los fines de

la sociedad y de la civilización . . amenguarían rápidamente todas

las lacerías que atormentan la miserable raza humana (la holganza y el vicio, la cobardía y la crueldad, el egoísmo y el delito), y el proceso de la redención física y moral de nuestra especie habría dado un paso de gigante.

Para lograr tan brillante resultado, fuera preciso que férreos profesores de energía emprendieran desde la niñez la labor de atrofiar las esferas cerebrales de los instintos antisociales compar¬ tidos con la más baja animalidad, hipertrofiando, por compensa¬ ción, los focos inhibidores y los órganos encargados de evocar las

imágenes de la virtud y del deber . Amor á la patria hasta el

sacrificio, pasión por la ciencia y la verdad hasta la locura, incli¬ nación á la virtud hasta el martirio . ; tales son las sugestiones

conducentes á fabricar el hombre perfecto, refinado, preciado

fruto de la educación científica, invencible en la guerra y en la paz, piadoso civilizador de razas inferiores y glorioso escudriña¬ dor de todos los arcanos .

Nuestra actual experiencia no representa — fuerza es confesarlo — más que un ensayo mezquino (dado que debemos actuar pasada la fase educativa y limitarnos á la inhibición de los malos instin¬ tos) de este grandioso sistema de transformación humana. Así y todo, sus resultados serán preciosos para la teoría hipnopedagógica y constituirán el primer jalón plantado en esta fecunda y lumi¬ nosa vía .

— Pero, arrebatado por tu generoso entusiasmo, no me has ex¬ plicado aún el principio en que se basa tu nuevo procedimiento de reeducar la voluntad.

— Es verdad me olvidaba. Ello es cosa llanísima. Atiende

bien: En una reunión de cien personas, reunidas al azar, solo ca¬ torce ó dieciséis son hipnotizables y susceptibles de sufrir, previa sugestión, amnesias, parálisis, contracturas, mutaciones emociona¬ les, alucinaciones, etc. Un hipnólogo de gran prestigio, que sepa herir vivamente la imaginación del público, ampliará esta cifra hasta el veinticuatro, quizás hasta el treinta; pero á pesar de to¬ dos sus esfuerzos, le quedará todavía un 70 por 100 de gentes dis¬ traídas, despreocupados, refractarias á la creencia en lo maravi¬ lloso, y por tanto irreductibles á la sugestión.

Ahora bien; en una población grande, como Villabronca, y tra¬ tándose de una sugestión colectiva sin acción de presencia, el número de refractarios será muchísimo mayor. Y, sin embargo, para que el éxito corone nuestra empresa, es de toda necesidad la conquista de las cabezas fuertes, de esas que se rien de los mila¬ gros de la fe, pero creen en los de la ciencia. Menester es, por tanto, alejar de los cerebros rebeldes la idea de una acción taumatúrgica ó magnética (que despertaría inmediatamente el sentido crítico) y disfrazar hábilmente la sugestión con la capa de la inspiración ó del genio. Ni hay que desdeñar á los místicos. El magnetizador avisado debe pasar por santo á los ojos de los creyentes y por sa¬ bio á los de los incrédulos. De este modo la imposión se acepta por¬ que se ignora que lo sea. Y el inocente público cae en la singular ilusión de achacar al sabio ó al santo un fenómeno obrado por su propia imaginación.

Y llego ahora á la justificación de la superchería que tanto excita tu curiosidad. Entre los varios modos de dorar la píldora sugestiva y de adormecer el sentido crítico, ninguno tan eficaz como el asociar la sugestión al acto banal de tomar una medicina ó de ingerir un suero terapéutico. Si el prestigio científico del doctor es grande, despístase la razón del sujeto que, obedeciendo á natural y lógico impulso, clasifica inmediatamente el fenómeno misterioso en el orden de los posibles. En el caso actual, nues¬ tro esprit fort, sabedor de que existen sueros antitónicos contra la difteria, el tétanos, etc., ¿cómo no ha de persuadirse de la realidad

del suero antipasional, sobre todo si ha visto, por sus propios ojos gentes radicalmente curadas con unas gotas del mismo? Por donde se infiere que el auxilar más eficaz del ortopedista mental es la crasa ignorancia del vulgo acere# del poder soberano de la suges¬ tión, las múltiples formas que esta reviste, y la deplorable facili¬ dad conque el cerebro mejor construido acepta sin critica cual¬ quier dogma, por absurdo que sea, impuesto por la sabiduría, el genio ó la santidad.

Según eso, ¿hasta las cabezas mejor organizadas, serenas y reflexivas, serían accesibles á la acción sugestiva?

— ¡Quién lo duda!.... Pero con la condición de que el hipnotiza¬ dor sepa eclipsarse detrás del hombre de ciencia, y provocar fenó¬ menos que traspasen el círculo de los hechos naturales conocidos por los espíritus d’ élite. Por fortuna esto no es difícil. Educados en el erróneo dogma del libre albedrío, creemos casi todos que las convicciones religiosas, filosóficas ó políticas, representan cons¬ trucciones lógicas erigidas por la razón, cuando, según es bien notorio, no son otra cosa que el fruto de la imposición, sin prue¬ bas, de inconscientes sugestionadores religiosos, pedagógicos y políticos.... Además ¿qué persona, por poco superticiosa que sea no conserva en el fondo de su espíritu alguna ruina medioeval, propicia á la evocación de fantasmas y milagros?

Pero, hija mía, con nuestras divagaciones hemos olvidado la obligación.... Son las dos . Partamos .

La función — llamémosla así— se efectuó á la hora prefijada y en medio del mayor orden.

Con gran espectación del público abrióse la sesión con una breve y discreta alocución del alcalde; siguió después un discurso elocuentísimo, fogoso, soberanamente subyugador de Mirahonda, quien apartando modestias y remilgos retóbeos, impropios de su misión evangélica, se declaró inspirado por Dios en el portentoso hallazgo de la vacuna antipasional, llamada á redimir á la especie humana de su degradación física y moral; ejecutó la charanga una marcha solemne henchida de cadencias reposadas y melancólicas: y, en fin, procedióse á la vacunación, comenzando, según prescribe la cortesía al uso, por la aristocracia de la sangre; del talento y del dinero.

La operación se llevó á efecto sin accidentes y en medio del más religioso recogimiento. El primer día fué inoculada algo más de la tercera* parte de la población de ambos sexos comprendida en el bando municipal; en los siguientes inyectóse el resto, salvo una novena ó décima parte, que pretextó enfermedad ó ausencia, á fin de sustraerse á los efectos sedantes del referido suero, y mo¬ nopolizar, por consiguiente, vicios y picardías.

Sumiso y dócil el bello sexo en estado de merecer, acudió bu- *

Uieioso á la comunión de la virtud , sacrificando, en aras de la corr¬ eo rdia y de la paz de los hogares, íntimas satisfacciones de la vanidad y el refinado deleite de la coquetería y del flirteo. Menos entusiastas las casadas frívolas, adivinábase fácilmente en el tem¬ blor nervioso con que acogían la jeringuilla, su repugnancia á en¬ cadenar, acaso para siempre, un corazón caprichoso y tornadizo.

La traviesa y provocativa mujer del Registrador que, según dejamos dicho, había tenido la desgracia de enojar y encelar á Mad. de Mirahonda, abandonó también su sonrosado cutis al bra¬ zo secular de la ciencia, bien es verdad que á regañadientes. Si de ella hubiera dependido, se habría quedado muy á gusto en la ori¬ lla; pero no se lo consintió el adusto consorte, harto escamado del fervoroso entusiasmo de su cara mitad hacia el famoso doctor.

En el grupo de vacunadores trafagosos destacaba la arrogante figura de Mad. de Mirahonda, cubierta la rubia cabellera por blan¬ quísima cofia y envuelto el flexible talle en elegante y antiséptico guardapolvo. Ella era la encargada de inocular el suero á las se¬ ñoras y señoritas más distinguidas y remilgadas, y á fuer de pre¬ visor y sabio intérprete de los designios de Mirahonda, graduaba

la cantidad de licor . al parecer en proporción con la robustez

de las olientes, pero en realidad en armonía con lo peligroso de las femeninas seducciones. Excusado es decir que la pizpireta re¬ gistradora recibió, con gran contentamiento de su marido* dosis doblada.

Fiel á su método, nuestro doctor reforzaba la influencia suges¬ tiva, encomiando, con acento de profunda convicción, las maravi¬ llosas virtudes de la vacuna, y prometiendo á todos, sin perjuicio déla salud más robusta y de la plena y libre satisfacción de los institutos saludables, la inhibición, es decir, el reposo inalterable de los impulsos pasionales, la renuncia definitiva á las ideas ten¬ tadoras y, en fin, el perdurable olvido de todo estímulo inmoral, criminoso y anticristiano. Para cada caso sabía variar la fórmula sugestiva, en relación con la historia y pasiones dominantes del diente. Y de vez en cuando, un grupo de mansos, es decir, de re¬ generados, cruzaba casualmente, con ademán contrito y expresión seráfica, por entre las filas de los candidatos á la virtud, subrayan¬ do la imperativa elocuencia del doctor y decidiendo á los descon¬ fiados é irresolutos-

El experimento salió á pedir de boca. Un huracán, de virtud, una locura sublime semejante á la que siglos atrás llevó á los hom¬ bres á morir por la cruz, estremeció, los corazones villabronqueses, penetrando hasta en los recónditos tugurios del vicio y del peeado. Por todos lados asomaban, tocados al parecer de sincero re¬ mordimiento, golfos y calaveras, borrachos y jugadores. Nadie quería pasar plaza de vicioso incorregible.

La escena final del último día fué grandiosamente conmove¬ dora. Un grupo de hermosas pecadoras, arrastradas por el conta¬ gio general, avanzaron resueltamente hacia el estrado y rindieron

el suave cutis, todavía manchado por coloretes y aromatizado con los acres perfumes de la víspera, á la redentora jeringuilla de la

ciencia . . ¡entre el asombro y aplauso de la concurrencia, que no

daba crédito á sus ojos!

Estupendos fueron los resultados de la vacuna moral, exce¬ diendo los cálculos más optimistas. Cesé enteramente la crimina¬ lidad: huidos para siempre parecían el vicio, la codicia y el delito. Las tabernas, antes vivero de borrachos y hervidero de penden¬ cias, semejaban ahora apacibles y saludables refectorios, en los cuales hallaban los jornaleros alimento reparador y sobrios refrigerios. Febril, ansiosamente, como en combate enardecido por la conquista del bienestar, se trabaja en las campiñas, fábri¬ cas y obradores. Reinaron en los hogares el orden y la economía, con sus naturales frutos, la salud, la alegría y el sentimiento ar¬ tística Cerráronse á cal y canto timbas y lupanares. Jamás se re¬ monté más cerca del eielo el penacho de humo de la fábrica, ni resoné más recio y ensordecedor el sublime himno al trabajo vi¬ vificador, en graves y augustos acentos cantado por dinamos y locomóviles.

No menos grandes fueron los progresos mi la esfera del senti¬ miento. Purificóse el amor. El hogar, antes frío por la ausencia del padre y el egoísmo de los hijos, convirtióse en delicioso nido, donde aleteaban mirando al cielo la fidelidad y el candor. ¡Era la edad de oro que retornaba á la vieja y gastada tierra, trayendo, no la ñoña y ruda sencillez del hombre primitivo, sino la amarga pero sabia y fecunda experiencia del hijo pródigo!

Habían transcurrido tres meses más do la memorable expe¬ riencia. Las autoridades locales, así como la pedida, estaban en¬ cantados de una tranquilidad que les permitía dormir á pierna suelta, y con todo eso, en medio de aquel sosiego y bienandanza, no faltaron espíritus cavilosos y descontentadizos que se mostra¬ ron inquietos por el porvenir. Aquella paz octaviana les asustaba. Temían que los habitantes de Villabronca hubiesen sido transfor¬ mados en autómatas, en máquinas morales, incapaces de sentir el estimulo del pecado, pero impotentes también para los grandes arranques de la generosidad y del patriotismo.

Poco tiempo después, la vida comenzó á ser harto unifórme y aburrida. Algunos estudiantes y militares, llegados de la Corte á principios de la eaníeula, deploraban amargamente tan desoladora atonía. En vano pedían amores, más ó menos irregulares, á solte¬ ronas y casadas. ¡Cuánto echaban de menos la antigua y graciosa coquetería, tan rica en dulces promesas y en sabrosos peligros!

Fieles ahora á sus sagradas obligaciones, las casadas bellas y jóvenes, más seductoras que nunca gracias al irriesistible atractivo del pudor, desesperaban á los ricachones y calaverones no vacu¬ nados, cuya única prafesión y razón de existencia fuó siempre la galantería. Abolida en las tertulias la chismografía, sobrevino el hastío. El género chico hacía dormir en el teatro de verano á unos cuantos viejos caducos, solitarios devotos de Talía y de Terpsícore. Cesó en los cafés el encanto de la conversación, porque huyeron de los corrillos y cenáculos la envidia y maledicencia. Vióse en¬ tonces cuál difícil es hacer reir sin molestar, quedando patente que los tenidos por ocurrentes y graciosos no eran en puridad sino unos desahogados: en cuanto no pudieron herir hicieron bostezar.

Transcurrieron dos meses más. Las quejas tímidamente apunta¬ das por los descontentos se convirtieron en descaradas protestas. Por cada día la nube del enojo se cargaba de electricidad, amena¬ zando estallar ruidosamente.

Los hombres orden, ó mejor decir, los que viven del orden, comenzaron á trinar contra un estado de cosas que amenazaba, según ellos, conmover los cimientos de la sociedad y la felicidad de sus estómagos. Lamentábanse los caciques, así republicanos como monárquicos, de la indiferencia de las masas, y entreveían, llenos de pavor, días aciagos en que ellos, los paternales y previ¬ sores caudillos del pueblo, tendrían que trabajar para comer. Sin vicios y sin malas pasiones, con salud, economía y trabajo, ¿qué les importaba á los villabronqueses de credos políticos y salvado¬ res y panaceas sociológicas infalibles?

Sin embargo, hasta entonces las quejas y murmuraciones no transcendieron ó la prensa ni al púlpito. La protesta pública, con escándalo y ruido, inicióla el párroco (del cual se recordará que declinó la vacuna y se dignó solamente autorizarla con su presen¬ cia), quien, en un fogoso* y antisugestionante sermón, fulminó terribles anatemas contra el doctor. A la verdad, motivo tenía para indignarse al contemplar cómo se había entibiado el fervor religioso de sus feligreses, cómo de día en día eran menos fre¬ cuentados los sacramentos y las ceremonias del culto. El mismo desconsolador descenso acusaban mandas piadosas y esos gene¬ rosos auxilios consagrados por la devoción al adorno de los alta¬ res y al esplendor y decoro de las fiestas religiosas. Una vez más se confirmó que el pueblo solo se acuerda de Santa Bárbara cuan¬ do truena, ¿Para qué pedir á Dios lo que el trabajo y la sobriedad proporcionaban? Por otra parte el exceso de bodas no compensa¬ ba la merma de los entierros y de los derechos de pie del altar. Si las cosas seguían por este camino llegarían tiempos nefastos, en los cuales el rebaño emancipado del dogma se pasaría sin pastor...

Aunque no se diese cuenta cabal del mecanismo psicológico de su odio, ello es que el santo varón odiaba cordialmente á Mirahonda, el audaz revolucionario. Era sin duda parte á esta aversión

la desconsoladora ruina de las temporalidades, pero entraban ade¬ más en juego más hondas causas. Quizás la voz secreta del instinto le decía que el exótico doctor era el apóstol de' una religión rival que venía á robarle, en nombre de no sé qué privilegios de la ciencia profana, el monopolio de las conciencias. Y el instinto no le engañaba. ¡Ah, si el párroco hubiera leído las revistas psicoló¬ gicas é hipnológicas! ¡Si por acaso conociera las obras de Mirahon¬ da, publicadas en Archivos y Gentralblats, á qué extremos de in¬ dignación habría llegado en sus excomuniones! Porque Mirahonda era precisamente autor de un célebre libro titulado La suggestión religieuse et politique, en el cual presentaba á los sacerdotes como sugestionadores de absurdos dogmas y de prácticas fetichistas gro¬ seras, para cuya imposición se servían, entre otros medios auxilia¬ res, del terror del infierno, de los deliquios de la gloria, de la fas¬ tuosidad del culto, de la misteriosa penumbra del templo, de la monotonía adormecedora del rito y de los lánguidos acordes del órgano. Según la teoría de nuestro doctor, la sugestión religiosa obraba provocando en el cerebro la impresión profunda de la fór¬ mula dogmática, y atrofiando todas las vías de asociación circun¬ vecinas, de las cuales se sirve precisamente el sentido crítico. Para Mirahonda, el dogma religioso-filosófico viene á ser un catón ideal hermético, absolutamente desligado de los principios de la razón y de los datos de la experiencia; algo semejante á bloque errático arrastrado á la llanura por colosal y prehistórico glacier y sin re¬ lación ninguna con el sistema orográfico y petrográfico del país. Limpiar las circunvoluciones cerebrales de tan gigantescos mono¬ litos que interrumpen el curso del pensamiento y estirilizan la la¬ bor reflexiva debe constituir, según el citado reformador, la prin¬ cipal preocupación del pedagogo.

Pero volvamos á los volubles feligreses del párroco, entre los cuales no cundía menos el descontento, aunque por motivos harto más terrenales y groseros. Algunos picapleitos, á quienes el doc¬ tor se olvidó de subvencionar, ponían el grito en el cielo al ver que durante un año no había ocurrido en el término ni una estafa, ni un homicidio misterioso, ni un miserable pleito de pan llevar. Desolado y echando pestes de Mirahonda, recorrió el diputano del distrito figones y tabernas, fábricas y campiñas. Según costumbre, no anduvo parco en promesas: supresión de las quintas, abolición del impuesto de consumos, construcción de no sé cuantos puentes, carreteras y pantanos . pero nadie le hizo caso. (Aquello era ho¬

rrible!

Los comerciantes de artículos de lujo advirtieron, con terror, creciente baja en los ingresos. A ojos vistos arruinábanse joyerías y sederías. Cerrado el camino de la corrupción de solteras y casa¬ das, ¿quién había de comprar ajorcas, anillos y pendientes? Sin culto la envidia y la vanidad, á qué la seda, las plumas y cinta jos? Como notas chillonas destacaban, en aquel coro de descontestos, las amargas quejas de los libertinos, inconsolables al verse obli-

gados á llevar, en plena juventud y lozanía, morigerada vida de cuartel. Gran tanto más ¿olorosas sus forzadas abstinencias, cuan¬ to que las sacerdotisas de Afrodita habían abandonado el culto y refugiándose en la santa y regeneradora religión del trabajo.

Entre los impenitentes corruptores de esta ralea, señalábanse particularmente dos:. un capitán de la reserva, vanamente empe¬ ñado en resucitar el amor con que la casquivana mujer del síndico en pasados tiempos le regalara, y cierto mayorazgo petimetre, sensual y degradado, que entraba en frenesí al verse desdeñado de infelices domésticas, sobre las cuales había ejercido á mansalva el histórico y sabroso derecho de pernada.

¡Quién lo diría! Hasta las personas más austeras y de probidad más acrisolada se sentían inquietas y como humilladas al verse privadas de repente de la veneración y respeto que el vicio tribu¬ ta á la virtud. En un pueblo de santos, ¿qué podía valer la honra¬ dez? En fin, el maestro y el juez, antes acérrimos defensores de Mirahonda y entusiastas del celebérrimo experimento pedagógico, fueron también ganados por los alborotadores y sediciosos.

VIH

Al año y medio de la experiencia, el clamoreo de los explota¬ dores se extendió á la masa neutra. Acaso el efecto del suero se había en todos debilitado; quizás la bancarrota pudo más que la virtud, y el estómago venció al cerebro. Ello es que la insubordi¬ nación se hizo general. En la sorda tempestad que amenazaba la cabeza del doctor sonaban ya apóstrofos violentos y relámpagos de ira.

Para evitar posibles atropellos, las autoridades tomaron cartas en el asunto. Celebróse Junta magna en las Casas Consistoriales; cambiáronse pareceres; oyéronse pretendidos agravios. Al cabo, el respeto á la ciencia y al prestigio de Mirahonda impuso tempe¬ ramentos de templanza. Se acordó nombrar una comisión encar gada de rogar al doctor, en nombre de la villa y su cabildo, des¬ hiciese aquel angustioso encanto, aquella desconsoladora parálisis, devolviendo al pueblo, dormido por el pecado, el pleno goce de su albedrío, y por ende la libre expansión y ejercicio de sus malos instintos.

Al ruego debía acompañar una instancia, cuyo texto, escrito en lenguaje nada burocrático, remataba con estos párrafos, henchidos de calurosa sinceridad:

«Movéos á compasión. Apartad de nuestras almas esas odiosas anteojeras, que no nos permiten observar sino el recto y polvo¬ riento camino del deber. Poned en los adormecidos ojos de nues¬ tras mujeres un poco de gracia y de lascivia. Haced agradable la vida, amenizándola con la envidia y los celos, la vanidad y la soberbia, la insolencia y el crimen. Devolvednos el dolor, estí¬ mulo de la ciencia y acicate del progreso. Infundid en este limbo

gris y silencioso, donde el hastío nos enerva, una chispa del espí¬ ritu de Lucifer con una ráfaga del aliento de Dios. Lograremos así que la virtud tenga precio, la religión culto y pan y bienestar todos los infelices manirrotos que, cual las setas, engordamos sin fatiga en la podredumbre, es decir, explotando las ignorancias, demasías y locuras del rebaño humano . »

Ante semejante unanimidad de ptyeceres, Mirahonda, recono- a\ ciendo por el estado de los ánimos ser imposible una segunda va- \ cunación, cedió; y cedió sin pena, casi con alegría, porque presu¬ mió que si la experiencia pasada había sido interesantísima, no le iría en zaga la nueva, es decir, el acto de la contrasugestión, el, cual iba á aflojar de repente y sin transición todos los frenos que durante más de un año habían sujetado las conciencias.

Decidido, pues, á llevar su experimento psíquico hasta las últi¬ mas consecuencias, convocó Junta de notables y les habló de esta manera:

«Deferente á vuestro ruego, y en vista de que, contra todas las previsiones, el orden, la salud y la virtud os son al presente into¬ lerables, voy á suspender radicalmente los efectos — un tanto debi¬ litados ya en algunos temperamentos excesivamente fogosos— de mi suero antipasional. Precisamente una felicísima coyuntura pie ha permitido descubrir cierta substancia, la contraantitoxina pa¬ sional , que neutraliza por completo el principio activo del mencio¬ nado remedio, retrotrayendo el cerebro exactamente á las mismas condiciones anatomo-fisiológicas de las cabezas no vacunadas.»

Y presentando un frasco lleno de un licor transparente, añadió, con el acento de la más-profunda certidumbre: «He aquí el precio¬ so elíxir. Todo el que beba un centímetro cúbico de él recobrará antes de diez minutos su primitivo ser y estado.

»Mas, antes de poner á vuestra disposición el misterioso filtro vivificador de las pasiones, no debo disimular un vaticinio moral poco lisonjero. La antigua antitoxina ó panacea ética no destruye los centros encefálicos donde el alma evoca las imágenes pecami¬ nosas, y saborea por anticipado la tentadora fruición del placer prohibido; limítase no más á dejar sin efecto las representaciones y codicias malsanas, inhabilitando, digámoslo así, las vías nervio¬ sas que asocian las esferas de evocación del pecado antisocial, con los focos motores encargados de su ejecución.

¿Semejantes vías, entorpecidas en los villabronqueses por lar¬ ga inacción, quedarán ahora llanas, expeditas, ansiosas de reivin¬ dicación y desquite .

»Temed, por tanto, que la carga atrasada de apetitos no satis¬ fechos, de imágenes de actos más ó menos reprobables suprimidas alcance de súbito tensión tal, que sea poderosa á romper todos los salvadores diques levantados en la conciencia por la dignidad, la religión y la ley .

»A1 tener el sentimiento de anunciaros como probable un des¬ bordamiento general de las pasiones, descargo mi conciencia pro-

fesional de un peso agobiador, y correspondo lealmente á la hidalga confianza que todos vosotros, patricios y proletarios, poderosos y humildes, depositasteis en mí al someteros, llenos de fervor y entusiasmo, á los efectos de la regeneradora vacuna mo¬ ral. Apercibid pues, sin demora, vosotros los que ejercéis autori¬ dad, esos llamados resortes de gobierno : aumentad y disciplinad la fuerza pública, enervada y enmohecida por inacción prolongada. Acaso con tales previsoras medidas podáis garantir todavía el sosiego póblico, la honorabilidad del hogar y el respeto de la ley. Pero si, según yo recelo, no conseguís restablecer la normalidad de la vida, se desvanecería de mi conciencia un escrúpulo inquie¬ tante. Yo os debo algo .... algo que no he pagado aún. Yo estoy obligado á restituir lo perdido á todas aquellas profesiones socia¬ les que, por triste ó implacable destino, asocian su bienestar al desorden, al vicio ó al delito. Afortunadamente, el próximo desen¬ freno me permitirá saldar con usura deuda tan sagrada . ¡Quiera

Dios que no os arrepintáis!»

Acto continuo los ayudantes del doctor dispusieron sobre las mesas grandes matraces llenos del misterioso licor. Como se ha dicho, bastaba beber media copa de él para sentir el ánimo limpio de toda sugestión moralizadora.

• Excusado es decir que los asistentes, incluso el alcalde, sordos á las lúgubres profecías del doctor, se abalanzaron sedientos á los garrafones, y saborearon con infinita codicia aquel filtro pasional que prometía la punzante dulzura del fruto prohibido. Agotados pronto los matraces, hubo que poner otros. Pero como la demanda del licor del mal crecía por momentos, establecióse una sucursal ó expendeduría en la plaza pública, custodiada por guardias. En procesión interminable desfilaron ante ella los fervorosos devotos de Baco, de Venus y de Mercurio. En bandadas y atropellándose acudían las mujeres, y pudo verse cómo la esposa del Registrador, la del Síndico y no pocas señoritas tan distinguidas como desocu¬ padas, forzaban la dosis bebiendo, en su sed de pecar, no á copas, sino á vasos .

Afortunadamente, la milagrosa medicina resultaba económica: ¡como que era agua clara! Y no ocurrieron desórdenes ni atrope¬ llos, gracias á los guardias, que regularon severamente el turno en la impaciente é interminable cola .

Conforme había previsto Mirahonda, tocáronse luego las tristes consecuencias de la imprudente contrasugestión. Comprimidas un año, estallaron violentamente las pasiones. Exhibióse el vicio con inaudito descaro y desvergüenza. Durante un mes, los habitantes de Villabronca vivieron en plena bacanal. Vertiginosamente corrió

el reloj de la pasión, sonando la hora fatal de la caída casi simul¬ táneamente en todas las flacas voluntades.

Para que se forme idea del desenfreno y relajación reinantes, citemos algunos ejemplos: La esposa del Síndico, sorda durante un año á la tentadora sugestión del capitán, se abandonó al impu¬ dor con tal descoco, que la intriga fué rápidamente descubierta, y el candoroso marido se vió en la necesidad de encerrar á su livia¬ na mitad en un convento de arrepentidas. A su vez, desfallecida de amor y de impaciencia, la casquivana esposa del Registrador escribió á Mirahonda ardiente y voluptuosa carta pidiéndole una cita. Con general sorpresa se supo que la casera del cura, robusta y frescachona aldeana, se había escapado con el saoristán, quien, jara preparar la fuga y ponerse á buen recaudo, limpió en una lora los cepillos de las ánimas, vendió de una vez el aceite de las Amparas y arrebató inestimables joyas largamente codiciadas. Proponiendo negocios inverosímiles á cuantos encontraban, co¬ rrían por las calles, como llevados del diablo, los usureros. Las señoritas honradas eran atropelladas á la vista del público por cuadrillas de libertinos enfurecidos y enajenados por la lujuria. Coqueta hubo que cambió en una semana siete veces de traje y de sombrero, y derrochó un dineral en afeites, flores, joyas y cintajos. En las tabernas, abiertas ahora toda la noche, hormigueaban borrachos y camorristas. Solamente en tres días ocurrieron cuatro asesinatos, diez heridas graves y una infinidad de ataques á la propiedad. Todos los atrasos del amor, todas las deudas del odio, de la vanidad, de la envidia y hasta de la pasión política, fueron saldadas en un un momento, con escándalo de las personas honra¬ das, que huían en tropel de la ciudad envenenada .

Aquella locura que se apoderó de Villabronca se iba haciendo tan agresiva y amenazadora, que el doctor Mirahonda, temiendo un serio disgusto, huyó á uña de caballo, llevándose consigo á su mujer, salvados los más importantes efectos é instrumentos cien¬ tíficos.

Y en la Memoria que, meses después, sosegado el espíritu, escribía el sabio doctor con destino á la Zeitschrift für Hipnotismus , de Berlín, consignó, á guisa de conclusión, estas interesantes declaraciones:

«En resumen, la posibilidad de reeducar al pueblo mediante la sugestión, es un hecho firmemente establecido. El mandato impe¬ rativo del médico, cuando acierta á rodearse de los altos presti¬ gios de la ciencia y de la piedad generosa, suspende ó debilita la acción de los estímulos pecaminosos, otorgando á la razón, en los conflictos de conciencia, fácil y decisiva victoria. Abrigamos la se-

guridad de que, si nos hubiera sido dable revacunar, es decir, renovar cada dos 6 tres meses la acción sugestiva, acentuándola enérgicamente sobre las voluntades más rebeldes, el éxito hubiera sido completo y permanente.

»No considero, por tanto, irrealizable utopia el logro de una ortopedia mental capaz de corregir las aberraciones funcionales del cerebro; al contrario, juzgo posible que, desvanecidos ciertos prejuicios, la fisiología, asistida de los métodos de la hipnología psico-física y pedagogía científica, aniquile ó reduzca á un mínimo despreciable los impulsos antisociales, inaugurando una era de paz y relativa bienandanza.

»Soy incapaz, empero, de disimular una torturante duda que me asalta. Demuestran mis experiencias la posibilidad de abolir la delincuencia y de imponer, sin luchas ni protestas, resignación á la miseria y al trabajo y robusta disciplina social. Mas, semejante estado de cosas ¿es conveniente al progreso? ¿Estamos seguros de que la finalidad de la raza humana consiste en vegetar indefinida¬ mente en el sosiego y la mediocridad? La suavidad y armonía de las relaciones sociales ¿no acabarían por forjar una humanidad es¬ tática y rutinaria, linfática y anodina, ahita de fórmulas y prece¬ dentes, incapaz de todo punto para las vibrantes luchas de la civi¬ lización? La supresión del mal, ¿no implicaría quizás el mayor de los males?

»Un poco de dolor y miseria social parece indispensable: tem¬ pla los caracteres, aguza el entendimiento, destierra la molicie, crea el heroísmo y la grandeza de alma, mejora, en fin, moral y físicamente la raza humana.

» También es provechosa la injusticia. Ella ha sido el buril mo¬ delador de las instituciones políticas progresivas. Sin la crueldad é injusticia de los fuertes, el hombre no habría pasado del período de la tribu y del estado de naturaleza. Hasta los grandes críme¬ nes históricos han servido á la causa del progreso. Nadie ignora que la instauración de la gloriosa y civilizadora república romana debióse á la lascivia de un rey. Los irritantes abusos é injustos privilegios de la nobleza francesa trajéronnos el reconocimiento de los derechos del hombre y la emancipación del pueblo. Sin el tráfico inmoral de las indulgencias y la locura artística de un Pa¬ pa, ¿hubieran surgido el protestantismo y el libre examen, padre fecundo del renacimiento filosófico, literario y científico? Por ven¬ tura, las hogueras de la Inquisición, ¿no iluminaron la conciencia humana? En una palabra: el héroe, el santo y el sabio, las flores más exquisitas de la voluntad, ¿abrirían su cáliz fuera del punzan¬ te espectáculo de la miseria y en el ambiente gris y tibio de la paz, de la molicie y de la abundancia?

»Todo hace creer que el dolor, la pobreza y la injusticia son leyes inexorables de la vida, íntimos resortes de la ascensión pro¬ gresiva del espíritu á las cimas del ideal. Y de presumir es que la lucha de clases continúe siglos y siglos, aun cuando los pueblos.

iluminados por la caridad y la ciencia, lleguen á regular, sabia y prudentemente, la producción y la natalidad , dos transeendentalísimas funciones sociales hasta hoy abandonadas al azar, y respon¬ sables, según es notorio, de la mitad por lo menos de las miserias, delitos y crímenes.

«Puesto que, según resulta de lo expuesto y corrobora mi ex¬ periencia de hipnosis social, no es conveniente, desde el punto de vista del progreso, la supresión de la injusticia y del delito, ¿cuál será en la rigurosa lucha á que la humanidad vive cotidenada el papel de la ciencia?

«La ciencia tiene el deber de suavizar la bárbara contienda, de humanizarla de suerte que desaparezcan para siempre la san¬ gre y el dolor. El palenque de la lucha cambiará: de las calles y campos pasará á la fabrica, al laboratorio del sabio y al gabinete del sociólogo. Ciertamente la civilización no evitará nunca en ab¬ soluto que el fuerte arrolle al débil; pero conseguirá que el asesi¬ no del porvenir sea tan impersonal é incoercible, tan dulce y ex¬ quisitamente piadoso, que la víctima reciba el golpe de gracia con un gesto de suprema resignación, más aún: con el orgullo sublime del héroe ó del santo; porque sabrá que su personal é irremedia¬ ble sacrificio representa para la especie ó la raza un grado supe¬ rior de altruismo, de prosperidad y de cultura.

«Aún entreveo en las azules lejanías del porvenir una humani¬ dad semidivina, cuya soberana razón, indiferente á toda suerte de bajas concupiscencias, gravite hacia la verdad con la impasibili¬ dad y desembarazo del astro hacia el sol .

«Cuando lleguen ésas esclarecidas edades en las cuales verdu¬ gos y víctimas se reconozcan armónicos órganos de un mismo todo vital, la semisugestión misma, hoy practicada en sus modalidades filosófica, política y religiosa, habrá desaparecido para siempre. Entonces la raza humana, purificada y sublimada por la ciencia, que habrá descubierto el modo de eliminar las cabezas débiles, salvajes ó desquiciadas, comprenderá que el hien es función de la verdad . ; que el egoísmo y la delincuencia son lamentables equi¬ vocaciones . ; que, en fin, la poca felicidad que al hombre le es

dado gozar sobre la tierra representa el fruto de la discreta apli¬ cación á los dominios de la vida de las gloriosas conquistas del espíritu.

«Mas en tanto alborean tan remotos ideales; mientras las tres cuartas partes de los hombres sean pobres, salvajes, tontos é igno¬ rantes, la semisugestión de la autoridad, de la religión y de la dis¬ ciplina, será indispensable para refrenar y calmar á los deshere¬ dados del cerebro ó de la fortuna. Así lo ordena la Naturaleza, la cual, atenta á sus primordiales fines evolutivos, odia el desorden, y, puesta á escoger entre dos males, prefiere la organización tirᬠnica á la anarquía libre, y la crueldad conservadora y vigorizante á la piedad indulgente y relajadora.

»En resumen: mientras el animal humano sea tan vario, y com¬ parta las pasiones de la más baja animalidad, será necesaria, para que el desorden no dañe al progreso, la sugestión política y moral; mas esta sugestión, ni deberá ser tan débil que no refrene y con¬ tenga á los pobres de espíritu y salvajes de voluntad, ni tan enér¬ gica ó imperativa (cual lo sería la sugestión hipnótica) que menos¬ cabe y comprima en lo más mínimo la personalidad ética é inte¬ lectual de los impulsores de la civilización.»