Cuentos de vacaciones (narraciones pseudocientíficas) Primera serie · Capítulo real 4 de 7
LA CASA MALDITA
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
— Lee esta carta — dijo Inés, radiante de júbilo, á su padre— que acabo de recibir de Julián, mi primo de América. ¡Qué alegría! Le tendremos entre nosotros antes de un mes, y viene rico en bienes y experiencia, como tú lo deseabas .
El progenitor de Inés, conmovido por el gozo de su hija, cogió la carta, se caló las antiparras, y leyó:
«Mi inolvidable prima: Según te anuncié, mis negocios marchan viento en popa .Tanto, que creo poder contarme ya en la envidiada grey de los burgueses; y, como no soy ambicioso, he decidido repatriarme.
En las postrimerías de Junio llegaré á Nueva York, por el ferrocarril de San Francisco; á seguida me embarcaré en el vapor Bourgogne; tocaré en el Havre sobre el 9 ó 10 de Julio, y después de pasar algunos días en París, tendré el supremo deleite de vol¬ verte á ver. Si, como presumo, continúas fiel á tus sentimientos de antaño, pondré á tus pies el fruto de mis ahorros, unos misera¬ bles doscientos mil duros. Acéptalos con mi mano, pues tuyos son; porque solo tu recuerdo ha podido darme el temple de alma y la actividad necesarias para ganarlos, y la sobriedad y virtud requiridas para economizarlos.
Desea ardientemente hallarse á tu lado y abrazar á sus tíos, tu primo, Julián.»
Esta carta del novio de Inés satisfizo plenamente á D. Tomás, mayorazgo de regular patrimonio, con solar blasonado en Rivalta, y fama de linajudo y honrado en toda la comarca.
Orgulloso de la belleza y talento de su hija, tenía disculpa su empeño en casarla con varón de mérito, discreto, probo y con for¬ tuna tal, que garantizase la conservación del histórico solar y brindase para el porvenir aumentos y prosperidades.
Y á fe que el hidalgo de Rivalta tenía razón al mostrarse satis¬ fecho de su heredera. Merced á educación exquisita, habíala pre¬ parado admirablemente para la vida, inculcándola la ciencia y el
arte sin pedantería, la moral y la religión sin supersticiones, la virtud y la dignidad sin orgullo, la benevolencia y la ternura sin histerismos ni gazmoñerías.
No desconocía D. Tomás los méritos de su sobrino Julián, mé¬ dico aventajado, á quien protegió y estimuló mucho durante su carrera, es decir, antes de su emigración á Méjico; mas por aque¬ llos tiempos hallábalo demasiado excéptico, con puntas y ribetes de socialista, y, sobre todo, sin bienes proporcionados á los altos méritos de Inés.
Y aunque no era de presumir que la republicana América hu¬ biera quebrantado las convicciones democráticas y materialistas de Julián, harto sabía D. Tomás, á fuer de ducho y experimentado en las vicisitudes de la vida política, que la virulencia revolucio¬ naria y antireligiosa se atenúa mucho con el lastre de cuatro milloncejos, ó queda reducida al más anodino é inofensivo plato¬ nismo.
En cuanto á Inés, ya lo hemos dicho, se ocupaba exclusiva¬ mente en festejar con toda su alma la próxima llegada de su novio, en el cual amaba apasionadamente al hombre, sin acordarse para nada del filósofo, ni siquiera del millonario.
El corazón juvenil rara vez elige libremente. La tierra virgen acoge amorosa la primera semilla que el viento le depara, y á su expansión y florecimiento consagra todas las energías robadas al sol y al ambiente. Tal le ocurrió á Inés. ¡Qué mucho que se ena¬ morara de su primo, si éste tuvo la oportunidad de asomarse á su corazón en esos misteriosos y críticos momentos en que la niña se convierte en mujer; en que el alma femenil siéntese súbitamente huérfana y solitaria, é impulsada por previsor instinto, busca inquieta en torno suyo al compañero inteligente y fuerte que ha de ser guía y amparo de su debilidad, confidente y copartícipe de amorosos ensueños! Y aunque desde aquella hermosa alborada sentimental habían pasado muchos años, ¡cómo había de olvidar ella al fiel y cariñoso amigo de la infancia y adolescencia, con quien correteó en el prado y en la playa, é hizo fondo común de ilusiones y esperanzas....; á la gallarda pareja con quien bailó tan¬ tas veces en las giraldillas de las romerías, durante aquellos lumi¬ nosos veranos, consagrados por el estudiante á las gratas efusiones del hogar y á la confortadora vida de aire libre!.... En fin, ¡cómo no tener guardadas en el relicario de la memoria aquellas ardien¬ tes lágrimas con que Julián, acabada la carrera y á punto de em¬ barcarse para América, se despidió de su adorada prima!....
Pero digamos algo de Inés, protagonista de esta verídica histo¬ ria. Pertenecía la hija de D. Tomás á esa casta privilegiada de hembras equilibradas, serenas, sanas y robustas de cuerpo y alma, semejantes á las mujeres fuertes de que habla el Evangelio. En ella se juntaban, en feliz maridaje, los instintos piadosos y tiernos de la mujer más exquisitamente femenina, con la enérgica volun¬ tad, seriedad de carácter y aptitud al sacrificio de las grandes
heroínas históricas. Una ojeada superficial á su exterior, revelaba ya esta admirable ponderación de prendas morales: ámplia y despejada frente, nariz clásica, cejas de elegante al par que enér¬ gico trazo, ojos grandes y azules de subyugante mirar, y un andar gracioso, pero suelto y desembarazado, le hubieran dado acaso aire demasiado varonil, si las graciosas curvas de la juventud artísticamente acentuadas, la suavidad y blancura del cutis, re¬ dondez de la garganta, pequeñez de las manos y pies y dulzura y encanto de la voz, no hubieran impreso en aquel eurítmico cuer¬ po de diosa el sello de la más seductora y plácida feminidad.
Todo en ella hablaba de esa belleza interior tan celebrada por los poetas, y que no es sino la expresión de un cerebro femenino sabia y armónicamente construido. El ángel , como dicen los anda¬ luces, batía las doradas alas en sus largas pestañas, se asomaba á las negras ventanas de sus pupilas, hablaba en el oleaje de fuego de sus labios y daba suave compás al corazón.
Hembras de este género (y Julián la conocía bien), tiernas y enérgicas á la par, tan fuertes é inteligentes que el sol de la razón disipa rápidamente los vapores del capricho y de la nerviosidad, son puerto seguro del varón en las tempestades de la vida, consejo salvador en las dudas y zozobras, y la providencia del ho¬ gar, en donde reinan perdurablemente el orden, la disciplina y el amor.
Según es de presumir, su posición de professional beauty, en el sentido honesto y honroso que los yanquis dan á esta frase, crea¬ ba á sus padres no pocos conflictos, que se resolvían satisfacto¬ riamente gracias á la extrema discreción de Inés, la cual recha¬ zaba cortesmente á los golosos de su belleza, alardeando unas ve¬ ces resuelta inclinación al celibato y á la independencia, alegando otras fervorosa vocación por el claustro. Y cuando alguno, harto apasionado ó audaz, insistía demasiado en hacerla la corte, reves¬ tíase de entereza, y cortando por lo sano le decía: «Caballero, agradezco mucho sus finezas, pero amo á un hombre ausente, y, mientras mi prometido viva, he resuelto guardarle absoluta fideli¬ dad.» Gracias á esta admirable formalidad, á tan perfecta ausencia de coquetería, pudo Julián aguardar tranquilo el plazo, demasiado largo, de su dicha.
Pues, como íbamos diciendo, desde la recepción de la famosa epístola, Inés se sentía penetrada de íntimo alborozo; y sin em¬ bargo, á ratos, temblaba de emoción: el exceso mismo de su dicha causábale pena, y durante la callada noche, la imaginación enve¬ la, pintábale visiones trágicas y escenas dolorosas. Y cuando, al despuntar la aurora, huían como obscuros murciélagos los tristes presentimientos, dejaban sobre el fondo de la conciencia un tinte sombrío que prestaba tonos melancólicos á las más rientes sensa¬ ciones de la vida...
— ¡Dios mío! — exclamaba, de vez en cuando. - ¿Tendrá feliz tra¬ vesía? ¡Es tan largo y peligroso el viaje!...
Y cediendo á un sentimiento religioso, en que la mujer encuen¬ tra á menudo fuerza para su optimismo, se decía. — ¡Qué desconfia¬ da soy! Le rezaré á la Virgen para que me traiga á Julián sano y salvo. Ella me consolará...
Y rezó fervorosamente...; y sintió renacer la confianza y la fe en el porvenir; porque Inés vivía aún en esa dichosa é ingenua edad en que lá lluvia y el buen tiempo nos parecen representar, respectivamente, las lágrimas y la alegría del Padre piadoso habi¬ tador en los cielos, desde los cuales gobierna los acontecimientos del mundo con amor, previsión y sabiduría...
Pero el destino, envidioso de la suerte de los buenos, puso á ruda prueba los amorosos proyectos de nuestros enamorados. Por telegramas de la Agencia Fabra, amplia dos después por los pe¬ riódicos, supo la pobre niña que el Bourgogne, en que regresaba Julián, había sufrido terrible choque con un vapor mercante. Más de la mitad de los pasajeros habían perecido en la horrible catás¬ trofe. Los supervivientes, recogidos en un trasatlántico alemán, debían llegar de un día á otro á Cherburgo...
Terrible ansiedad devoraba á la infeliz Inés, que vió disipados en un momento todos sus hermosos ensueños de amor y de ven¬ tura.
Felizmente, la ley de la reacción sentimental, providencia sal¬ vadora del hombre, entró después en juego, trayendo á la mente imágenes más consoladoras, á cuyo benéfico influjo la enamorada niña volvió á forjar caliente y blando nido á la esperanza.
— ¡No! —pensó, avasallada por el invencible optimismo de la juventud. — Julián no ha perecido..., me lo dice el corazón, cuyos presentimientos jamás se equivocaron; me lo prometió la Virgen, que no puede engañarme...
Por fortuna, un telegrama expedido en el Havre vino á sacarla de tan dolorosa inquietud. Julián se había salvado, aunque dejan¬ do en el fondo del mar casi toda su fortuna, que traía en oro y billetes.
¡Imposible es pintar la efusión de alegría experimentada por Inés cuando, algunos días después, vió llegar á Julián sano y sal¬ vo, hecho todo un guapo mozo, bronceado por el aire del mar y más enamorado y rendido que nunca!... Ocioso es decir que el americano fué cordialmente acogido y agasajado en casa de la doncella, cuyos padres (fallecida años antes la madre de Julián) vinieron á ser sus más próximos parientes.
Entonces se reveló elocuentemente la hidalga condición y bon¬ dad de alma de la hija de D. Tomás. Cuando creyó rico á su pro¬ metido, una cierta turbación empañaba á veces su cándida ale¬ gría; es que abrigaba el temor de que las gentes, y aún el mismo
Julián, juzgasen interesada su inclinación. Además, ¡el dinero abre tantas puertas! ¿Estaba ella absolutamente cierta de no tener com¬ petidoras? Pero ahora, que veía á su novio sin fortuna, se consi¬ deró completamente feliz, y en su deseo de consolar á Julián, puso especial empeño, no solo en rendirle más que nunca su albeldrío, sino en proclamar orgullosamente su amor, persuadiendo al mun do de la profundidad y firmeza de sus sentimientos.
Con todo eso, nnestro simpático repatriado comprendió bien pronto que su situación en la casa de sus tíos variaba de día en día. Desde que el padre de Inés averiguó que toda la fortuna del náufrago consistía en sus deseos de trabajar y en unos pocos mi¬ les de duros salvados casualmente del siniestro, comenzó á mos¬ trarse frío y etiquetero con el mozo. Un fondo de hidalguía y de bondad, superior á las codicias del ambicioso padre de familia, le impidieron, sin embargo, prohibir al joven sus relaciones con Inés; pero su esposa, más resuelta y adusta, dió el desagradable paso impuesto por las circunstancias alejando al novio de la casa y notificando á su hija que en adelante se abstuviera de mirar á Ju¬ lián como á prometido.
Cayó Julián en profundo abatimiento. — Héteme— se decía — otra vez condenado á luchar contra la adversidad, á recomenzar la obra de mi fortuna. ¡Menester es que yo sea rico y que lo sea en seguida!... Pero, ¿cómo llegar rápidamente á la prosperidad? ¿Emigrar nuevamente?... ¡Imposible! Aplazar ocho ó diez años más mi codiciada ventura sería tanto como imposibilitarla. Tengo ya treinta y dos años, siete más que Inés, y el amor, de suyo impa¬ ciente, no sonríe á los viejos. ¡Qué hacer?...
Una hermosa tarde de Abril, Julián, hostigado por sombría preocupación, paseaba maquinalmente por la serpenteante carre¬ tera que, siguiendo la orilla del mar, enlaza Rivalta con Villaencumbrada, capital de la comarca. La primavera, algo tardía en aquel clima nebuloso, comenzaba á romper la monotonía del ver¬ de obscuro de bosques y praderíos, con manchas florales de bri¬ llante y variado matiz. A uno y otro borde del camino, orlado de elegantes guirnaldas, oscilaban á impulsos de suave brisa la ama¬ rillenta flor del espinoso tojo, los blancos y rosados pétalos de las margaritas y los cálices morados del lirio semejantes á pintadas mariposas. Del vecino encumbrado bosque descendía sordo cla¬ mor de savia renovada y un hálito embalsamado y tibio que sugería la alegría de vivir. Vapor tenue y azul, especie de velo de himeneo, tejido de gérmenes microscópicos, flotaba en las hondo¬ nadas, recatando del sol el acto sublime y misterioso de la conju¬ gación de plantas y animales. A la izquierda, respiraba el hirviente mar, inquieto cual fiera en la época del celo; de sus profundos
senos, preñados de protoplasma fecundo, saltaban á tierra, al com¬ pás de ronco y grave himno nupcial, millones de vidas ansiosas de oxigeno y de luz; mientras que el cielo transparente y puro, tras luengos días de plañidera lluvia, permitía distinguir, sobre el fondo azul turquí, los abruptos montes de la vecina cordillera, y allá en las lejanías, la silueta audaz y festoneada de los picos de Europa...
Aquella contradicción entre el triste declinar de un alma y el alegre despertar de la naturaleza, entre las bulliciosas bodas de flores, pájaros é insectos, y la viudez meláncoiica de su corazón, dió á los pensamientos de Julián un tinte de infinita tristeza...
— Decididamente — se dijo — el hombre está condenado á no ar¬ monizar jamás con la sinfonía del mundo, á vivir en perpetua pug¬ na con los mandatos más imperiosos de la naturaleza, de la cual parece como que se obstina en alejarse... ¡Ah, cuán lejos estamos de aquellas dichosas edades en que los humanos, exentos de pre¬ ocupaciones y convencionalismos, gozaban la libertad de amarse al modo de los pájaros en la enramada y las flores en los pra¬ dos!...; tiempos felices en los cuales la sociedad, ruda y sencilla, desconocía el parásito social, la letra de cambio, el sobretrabajo, y sobre todo ese sombrío terror de la miseria, de tantos crímenes é injusticias responsable...; tiempos en que la hormiga humana, contenta con el afán de cada día, no había inventado aún el arte im¬ bécil de acaparar, fatigosa y dolorosamente, durante el verano de la vida, para morir en el agotamiento y en la enfermedad antes del invierno!...
Pero Julián no era de esos hombres que se abaten fácilmente. Templado para las grandes empresas, tenía inquebrantable fe en los milagros de la voluntad.
Y así, la razón, momentáneamente turbada por la emoción, se enseñoreó luego de los dominios del sentimiento, y barrió impla¬ cablemente todas las imágenes deprimentes y melancólicas. Y el alentado mancebo, en un rapto de entusiasmo optimista, exclamó:
— Desechemos la melancolía, que es el heroísmo de los cobar¬ des, y tomemos ejemplo de la Naturaleza. También ella tiene su Evangelio, predicado por flores é insectos, plantas y animales; so¬ lo que tan inatentos somos, que no nos paramos un solo instante á escuchar sus augustos y elocuentísimos preceptos. En ese incon¬ trastable afán de los gérmenes por fundir dos existencias con el ardiente beso de la fecundación...; en ese perenne y recio batallar por la luz, el oxígeno y el alimento, ella nos dice que solo hay en el mundo dos realidades serias, transcendentes, dignas de preocu¬ par á los espíritus fuertes: luchar para vivir y vivir para amar.
Luchemos , pues, con ánimo valeroso, y amemos con fortaleza, puesto que la naturaleza, nuestra madre, así lo quiere...
Ensimismado con estos pensamientos, traspuso Julián insensi¬ blemente el horizonte de la aldea, y llegó casi á la vista de Villaencumbrada. Al revolver de una apacible colina que avanzaba
mar adentro, no lejos de pequeña y pintoresca ría, divisó una so¬ berbia quinta, ó más bien aristocrático palacio, levantado sobre alegre altozano. En las inmediaciones, y separados por extensos huertos y pradeños, mostrábanse diversas construcciones acceso¬ rias: casetas para los aperos, sidrería, hórreos y henares, estufas y umbráculos... en fin, todo cuanto un colono rico, amante del con¬ fort y de la abundancia, pudiera apetecer para crearse una exis¬ tencia aislada, regalada é independiente. Por las inmediatas coli¬ nas se dilataban, en extensión interminable, labrantíos y praderas, pumaradas y castañares, dominios anejos á la lujosa quinta, según se echaba de ver por la línea de colosales eucaliptus que separa¬ ba la heredad de los vecinos predios.
Pero lo que más llamó su atención fuó que tan lujosa mansión, con ser casi nueva, parecía completamente abandonada: el orín de las cancelas, la hierba de los patios, el polvo de los cristales, mu¬ chos de ellos rotos, y el abandono de los árboles frutales que cre¬ cían á su sabor invadiendo parásitamente avenidas y paseos, denotaban que en la finca no habitaba dueño, arrendatario ni conserje.
Picado en su curiosidad, y no viendo alma viviente por allí, se adelantó á un prado lejano, donde un aldeano se ocupaba en da¬ llar hierba, y preguntó á éste por la causa de tan extraño aban¬ dono.
— ¡Cómo! ¿no sabe usted nada? — contestó el labriego, con ex¬ presión de extrañeza. — Esa es la Gasa maldita , así llamada, por que cuantos en ella han habitado han muerto ó enfermado gra¬ vemente antes del año. Muchos dicen que está embrujada, que sus salones y pasillos crían manchas de sangre, y son recorridos continuamente por duendes y almas en pena... Añaden que por la noche las ventanas del torreón se iluminan con llamas rojizas y las campanas de la capilla doblan solas á muerto, como si manos invisibles tiraran de la cuerda...
— ¡Pero esto es absurdo! ¡Cómo!... ¡Un cuento de aparecidos en pleno siglo xx! ¿Está usted en su juicio?...
— Señor, yo no sé si lo de las brujas es verdad, más como ve¬ cino de estos contornos puedo asegurarle, pues lo he visto con mis ojos, una cosa muy extraña: Sepa su merced que la desgracia no persigue tan solo á las personas que en la casa se arriesgan á vivir, sino también á las vacas, carneros y caballos apacentados en sus praderíos; en cuanto prueba la hierba envenenada, todo ga¬ nado muere sin remedio. Y puedo decir también, que en los tiem¬ pos húmedos, las calles del jardín, llenas de musgo, se cubren de manchas rojas semejantes á la sangre, y que durante las tempesta¬ des, el arroyo nacido en la finca, viene teñido en rojo, como si en sus márgenes los malos espíritus hubieran reñido una batalla-
impresionado por la estupenda historia que acababa de oir, de¬ mandó Julián más precisos y detallados informes á las gentes de los vecinos caseríos. Y contra lo que esperaba, las noticias recolec-
tadas confirmaron substancialmente el relato del aldeano, y añadieron algunos datos preciosos, que fueron para nuestro pro¬ tagonista un rayo de luz y de esperanza.
He aquí los antecedentes de la extraña Gasa maldita : Fundóla hacía diez ó doce años, un hereje ó protestante millonario, no se sabe si inglés ó alemán, llegado de las Antillas — y probablemente enfermo de paludismo — en demanda de salud, al dulce y saluda¬ ble clima de la costa Cantábrica; pero al año y medio de acabada la construcción, y cuando praderas y maizales comenzaban ó ren¬ dir pingüe beneficio, murió repentinamente, y poco después dos de sus hijos. Aterrados la viuda y el resto de la familia, en la cual había también algún enfermo del funesto mal, malvendieron la finca y emigraron del país. Compróla después un indiano opulen¬ to, asaz despreocupado, que sin hacer caso de fúnebres horósco¬ pos, se propuso avalorarla, añadiéndola nuevas tierras y edifica¬ ciones, creando, en fin, una colonia agrícola y pecuaria modelo en su género; y cuando la sidrería recién instalada, la fábrica de quesos y mantecas, el abundante ganado, praderíos y frutales estaban en plena y lucrativa producción, estalló súbitamente mor¬ tífera epizootia, que despobló, casi enteramente, cuadras y maja¬ das. Al poco tiempo, enfermaron y fenecieron también el dueño y dos hijas. La desolada viuda, único superviviente de tan desdi¬ chada familia, huyó aterrorizada de la Gasa maldita , la cual, á con¬ secuencia de semejante catástrofe, no encontró durante tres años ni comprador ni arrendatario.
Al fin, la atribulada mujer, deseosa de deshacerse á todo tran¬ ce de tan peligroso inmueble, cediólo, por la décima parte de su valor, ó cierto librepensador impenitente, esprit fort que se reía de trasgos y duendes, de aparecidos y jeüaturas ; mas por su desgra¬ cia, la mala racha continuaba en todo su auge, y, al mes de ins¬ talarse, el valeroso escéptico perdió un hijo, y él mismo cayó gra¬ vemente enfermo. Supérfluo es decir que salió escapado del dramᬠtico palacio, no sin retirar antes las vacas y caballos diezmados por la epizootia. Desde entonces la espléndida posesión quedó comple¬ tamente yerma y abandonada.
Según era de presumir, la superstición popular había bordado, sobre aquel fondo de trágicas realidades, sombrías y fatídicas le¬ yendas. En sentir de los aldeanos ignorantes é ingenuos, aquella finca, fundada por un perro protestante, estaba maldecida de Dios y servía de mansión á demonios y brujas, que celebraban en ella lúgubres ritos y danzas macabras. Ni faltaban viejas que juraban haber sorprendido más de una vez, en las ventanas del to¬ rreón, luces siniestras; mientras que de las solitarias estancias del vacío palacio salían lastimeros gemidos y horrísonos ruidos de cadenas...
No era mucho que la imaginación popular diera rienda suelta á los más inverosímiles consejos, cuando el cura mismo del pue¬ blo de Rivalta, á cuya parroquia pertenecía la casa misteriosa,
confirmaba tan disparatadas invenciones. Para Mosén Cándido, la causa de las desgracias ocurridas en Casa maldita era la cólera divina, justamente irritada contra el pueblo, por haber consenti¬ do, so color de tolerancia de cultos, que un cismático execrable, enemigo encarnizado de la Santa Madre Iglesia, fijara su residen¬ cia en la cristiana comarca y edificara, sin el menor respeto al ve¬ nerado culto de la Virgen, palacio y capilla. En vano, el cirujano, hombre discreto y tolerante, así como algunas personas razona¬ bles, solían atajar los apasionamientos del párroco, recordándole que fueron víctimas de Gasa maldita, no solo los hombres (entre los cuales se contaban sinceros católicos), sino hasta las vacas y carneros; el cura no se declaraba vencido, antes bien cobraba nuevos bríos, citando aquellas tremendas conminaciones de Jehová á los hebreos:
«Mas la ciudad será anatema de Jehová, ella con todas sus co¬ sas que están en ella... Y destruyeron todo lo que en la ciudad ha¬ bía, 12 mil, entre hombres, mujeres, mozos y viejos, hasta los bue¬ yes, asnos y ovejas, á filo de espada. . Dominó, pues, Josué todas las regiones de los llanos y montañas... y á todos sus reyes, sin quedar nada; todo lo que tenia vida mató, al modo que Jehová, Dios de Israel, lo había mandado...»
El cielo vió abierto, como suele decirse, el animoso novio de Inés, al conocer minuciosamente los siniestros antecedentes de la Casa maldita.
¡Qué fortuna— se decía — si yo lograra hacerme dueño de esta posesión!
¡Ah!— pensaba— en esos bosques y praderíos abandonados, en ese palacio señorial habitado por murciélagos y buhos, está la re¬ conquista de la riqueza y de la felicidad!
Presa de la mayor impaciencia, buscó, pues, Julián, sin pérdi¬ da de momento, á la dueña de la finca; hallóla, por suerte inme¬ diatamente, en Villaencumbrada, y después de breve discusión y regateo, cerróse el trato en 15.000 pesetas. Hecha la escritura, á los pocos días tomó nuestro protagonista posesión de una heredad que valía más de 70.000 duros, pero que, según dejamos dicho, no producía á su propietaria más que sobresaltos y remordimientos.
Al explorar, días después, los extensos y magníficos dominios de que había venido á ser legítimo señor, gracias al terror y á la ignorancia del pueblo, cogió en sus manos un puñado de tierra, y en un rapto de férvido entusiasmo exclamó:
— ¡Pobres gentes! Creen, ilusos, que tu eres la muerte, cuando en realidad eres vida y fortuna! Más aún: eres Inés, ¡la dicha co¬ diciada, el ideal perseguido!...
Pero antes de proseguir, debo al lector una presentación de
Julián. Lo pide el buen orden y claridad de esta historia, lo de¬ mandan imperiosamente sus nada vulgares méritos-
Si el lector se ha figurado que nuestro protagonista, por el he¬ cho de haberse expatriado, pertenecía á la turbamulta de médicos adocenados, buenos no más, como los Artistas para la Habana , pa¬ ra ejercer en las tierras asoladas por el vómito y la disenteria, se equivoca de medio á medio. Julián había sido en Madrid, donde hizo su carrera, un estudiante brillantísimo, acaparador incansa¬ ble de premios y pensiones. Sus estudios salieron casi de balde á su familia, gracias á los alientos y facilidades que el talento des¬ valido, pero trabajador y formal, halla en la corte. Asi pudo eco¬ nomizar á la madre, pobre y achacosa viuda de un cirujano astu¬ riano, la exigua renta destinada á conllevar una ancianidad ya muy vecina. Acabada la carrera, trasladóse Julián á Rivalta, con la mira de establecerse en el Concejo y realizar el sueño de su vi¬ da, su casamiento con Inés; más la ambición de D. Tomás, que, se¬ gún dejamos dicho, codiciaba un yerno millonario, y el deseo de ahorrar á la elegida de su corazón sinsabores y contrariedades, le obligaron á emigrar.
Recomendado por algunos amigos suyos comerciantes afortu¬ nados en Méjico, se estableció en la ciudad de Motezuma, donde, merced á su saber, ganó una plaza en la beneficencia pública, y llegó á ser, antes de los tres años, el médico á la moda, y una de las personas más influyentes y apreciadas en la población.
Lector incansable, observador concienzudo y cabeza moderna, no se contentaba con la mera exploración sintomatológica de los enfermos: afinaba más delicadamente la puntería diagnóstica y pronóstica, para lo cual apelaba de continuo al microscopio y la química. Y así, contra el hábito secular de las razas meridionales, empeñadas en resolver con discursos todos los problemas de la vida, nuestro doctor interrogaba directamente á la naturaleza. A cuyo efecto instaló en su casa magnífico laboratorio de anᬠlisis bacteriológicos, histológicos y químicos; reunió en la bi¬ blioteca las principales revistas científicas del mundo, y se en¬ tregó fervorosamente á profundas y luminosas investigaciones so¬ bre la etiología de las enfermedades infecciosas de los países cᬠlidos. Sazonados frutos de tan intensa labor fueron una cultura médica sólida y un prestigio científico tan alto é indiscutible, que nuestro protagonista pasaba en Méjico como la suprema é ina¬ pelable autoridad en materias patológicas é higiénicas.
Carecía de vicios, á menos que se cuente entre ellos la fotogra¬ fía á que rendía culto ferviente. Gran coleccionador de instantᬠneas justificaba su pasión diciendo que, dada la fugacidad de la dicha y flaqueza de la memoria, la vida solo es amable cuando se desliza entre imágenes de sensaciones placenteras y de visiones rientes. ✓
Voluntad firme y entendimiento claro y positivo, Julián vió desde el primer momento en el asunto de Casa maldita que las
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desgracias á que debía la abandonada finca su fúnebre celebridad eran simple consecuencia de condiciones naturales del terreno y del ambiente, fáciles de descartar con un poco de ciencia y buena voluntad. En cuanto á los trasgos y duendes, gemidos lastimeros y fulgores siniestros, y á toda la lúgubre leyenda demoniaca y es¬ piritista construida en torno del hecho positivo de la insalubridad de la finca, no merecían siquiera serio examen; representaban tan solo alucinaciones de pusilánimes, histéricas y superticiosos... los eternos é insconscientes fabricantes y fiadores de religiones y pro¬ fetas.
Como una bomba cayó en el pueblo la decisión de Julián, cons¬ ternando profundamente á la pobre Inés, que, en su imaginación turbada, veía ya á su novio amenazado de un naufragio más cruel que el pasado.
Los amigos del mozo trataron inútilmente de disuadirle de lo que estimaban verdadero suicidio. Hasta el Sr. Tomás reprobó una conducta que aparecía cual desesperado reto á la fatalidad y aun como audaz desafío á la Providencia.
En la imposibilidad de hablar á Julián, la tierna Iñés, incons¬ ciente causa de tan atroz decisión, apresuróse á escribir al arries¬ gado mancebo, extremándole para disuadirle las seguridades de su pasión inquebrantable y la entereza invencible de su ánimo:
«Por Dios, Julián— concluía la carta — no tientes al destino. Ten confianza en mí; yo te esperaré sin desmayos hasta que alboreen días mejores. Y, en último caso, acuérdate de que soy mayor de edad y dueña de mi voluntad. Jamás ansié, bien lo sabes, riquezas ni vanidades: me bastas tú. Y aunque me precio de buena hija, ten presente que por tu felicidad, que es la mía, me siento capaz de afrontar hasta la indignación de mis queridos padres. En fin, si en algo estimas mi sosiego, no habites la Casa maldita ni penetres en sus maléficos dominios.»
No fué perezozo Julián en contestar á su atribulada novia. De esta importante epístola, impregnada en apasionado perfume, y sugestionadora por el acento de verdad que en ella reinaba, trans¬ cribiremos únicamente algunos párrafos que interesarán quizás á los lectores, asi por su sabor científico, como por esclarecer puntos obscuros de la presente historia.
«Persuádete (de ello poseo pruebas irrecusables) de que los dueños ó colonos de la Casa maldita fueron inocentes víctimas, los unos de intermitentes perniciosas, los otros de fiebre tifoidea. Mi amigo, el cirujano del pueblo, que asistió á varios de los en¬ fermos, me ha relatado los síntomas y confirmado el diagnóstico.
»Ahora bien, de mis estudios áobre el terreno, resulta que, del trágico fin de los palúdicos, son responsables unas charcas próxi-
mas á la ría, vivero de ciertos mosquitos, los terribles Anopheles claviger, cuyas picaduras inoculan en la sangre el parásito de la malaria. Puesto que el paludismo es rarísimo en estos climas, ten¬ go por sumamente verosímil que el foco de infección, puramente local, aquí creado fué importado por la familia inglesa recién lle¬ gada de las Antillas, y fundadora, como sabes, de la Gasa maldita.
»En tiempos poco alejados de nosotros, el mecanismo de se¬ mejante importación constituía impenetrable misterio; pero hoy, merced á los trabajos de Ross, y sobre todo de Grassi y demás ilustres sabios de la escuela italiana, se sabe que un palúdico arri¬ bado á una comarca salubre puede infectar los mosquitos de la localidad, dando ocasión, por consiguiente, supuestas condiciones favorables del medio cósmico (existencia de charcas persistentes, abundancia de Anopheles , calor suficiente, etc.), á la formación de un foco malárico perenne.
»Por lo que toca á la epidemia tífica, no hay duda que fué pro¬ vocada asimismo por condiciones del terreno. Entre las aguas de estos lugares, analizadas bacteriológicamente por mí, existe una manantial (de que hacían uso casi exclusivo los colonos de la posesión), en donde se contienen el terrible bacilo tifoso, el 6acillus coli communis y otros microbios de menos importancia. De todos ellos puedo presentarte cultivos sumamente demostrativos. La mencionada fuente trae su caudal por atanores de un arroyuelo que, durante la época de las lluvias, recoge las inmundicias de los pueblos de la sierra, y se impurifica por tanto con toda suerte de bacterias patógenas.
el ganado, dirás, murió también de paludismo, ó de fiebre tifoidea? No; las vacas, caballos y carneros sucumbieron á los efec¬ tos de la hacera 6 mal del baso, afección contraída por haber pas¬ tado en un prado contaminado, en donde, sesún informes recogi¬ dos, fueron en otro tiempo enterradas caballerías muertas de la referida epizootia. Ensayada la tierra superficial de dicho prado en los conejos, han perecido éstos con los síntomás más caracte¬ rísticos del mal del bazo ó fiebre carbuncal.
Conoces, pues, las condiciones determinantes, puramente fí¬ sicas, de las desgracias ocurridas en Gasa maldita. En ellas no han tomado parte Dios ni el diablo, sino el microbio, un demonio invisible bastante más real y peligroso que todos los entes malé¬ ficos inventados por la ingenua ignorancia y supersticioso terror de los humanos.
» Conocidas las causas, descartados los efectos; y por fortuna, dichas causas son fáciles de remover sin grandes dispendios, gra¬ cias á la feliz disposición del terreno y á los recursos inagotables de la ciencia. Según cálculos que estimo seguros, el saneamiento perfecto de la finca será obra de tres meses de labor y de unas tres mil pesetas de costo. Y la empresa vale la pena.
»Ten por indudable que cuándo yo haya purgado Villa-Inés (así pienso llamarla en adelante) de los monstruos microscópicos
que la convirtieron en una especie de infierno dantesco, el inmue ble y las tierras, tasadas muy por lo bajo, valdrán 100.000 duros, con los cuales, y con el apoyo vivificador de tu cariño, espero de¬ sarrugar el ceño de tus padres y enternecer sus adustos corazones.
»Y las brujas y gnomos, fatídicos habitadores, según el vulgo, de estas misteriosas estancias, cuando no huyan cual deslumbra¬ dos buhos ante el refulgente sol de la ciencia, se disiparán al mᬠgico conjuro de un hada que tu conoces y yo reservo para reina de tan poéticos lugares.»
Condición es de la enamorada creer ciegamente en la superio¬ ridad intelectual del amante, y hallar una lógica irrebatible en los argumentos halagadores del amoroso deseo. De acuerdo con esta ley psicológica bien conocida, Inés, que no era fanática ni mojiga¬ ta, cobró alentadora confianza en la ciencia y prudencia de Julián; aunque, á decir verdad, tan alto no rayaba su fe que desechara en absoluto todo sentimiento de inquietud y de zozobra. En la balan¬ za de su razón, el platillo de la superstición religiosa, del culto á lo maravilloso, estaba tan poco sobrecargado, que bastaba el con¬ trapeso de un argumento lógico y comprensible para que el fiel se inclinase del lado de la verdad. Pero, desgraciadamente, la ba¬ lanza del juicio se apoya en el corazón, cuyos sacudimientos emo¬ cionales hacen oscilar los platillos, pareciendo en ciertos momen¬ tos como que el de la superstición alcanza la victoria.
En uno de estos instantes en que los viejos sedimentos de la tradición religiosa, removidos por la emoción, flotan en la con¬ ciencia y anublan y señorean la voluntad, Inés, recelando mil des¬ dichas, volvió á escribir á su amant§, á quien, entre otras cosas, decía:
»Todo lo que aseguras será cierto; lo creo y debo creerlo. Sabio eres y fío en tu ciencia. Pero, ¿y si antes de acabar con los invi¬ sibles enemigos que te rodean y atisban tienes un descuido y en¬ fermas? ¡Me sobrecojo de terror al considerar que pudieras caer en la lucha y permanecer en tu sombría vivienda solo y abando¬ nado de Dios y de los hombres! Sanea la finca, enhorabuena;, pon en práctica cuantas previsoras medidas tu buen juicio te sugiera; pero, ¡por cuanto más ames en el mundo, no duermás en la Casa maldita! . Solamente con esta condición disiparás algo el angus¬
tioso sobresalto en que me haces vivir...
»Me das á entender que los microbios de hoy son los diablos de ayer. Pero, ¿acaso no gobierna Dios á los microbios? ¿Estás bien seguro de que, en las catástrofes de Casa Maldita , esos gér¬ menes, tan visibles para su Creador cuanto invisibles para noso¬ tros, no fueron los ministros de la Providencia? Tú eres bueno, sin duda; pero créeme, viviría yo mucho más tranquila si consintieses en iluminar tu claro entendimiento y hermoso corazón en la pura y rende ntora llama de la fe.»
Cabalmente el tiempo y la estación favorecieron los planes, de Julián. Una sequía pertinaz, desusada en aquellas montañas per¬ mitió activar los trabajos de saneamiento, que se continuaron sin contratiempo durante los meses de verano. Asistido de una briga¬ da de trabajadores gallegos y castellanos (los del país se negaron á trabajar en la finca), comenzó por abrir cauce á las charcas pan¬ tanosas vecinas de la ría; desenterró y quemó las osamentas de las reses muertas del mal de bazo, chamuscando además la capa su¬ perficial de la pradera infectada, donde hormigueaban los esporos del bacillus anthracis. En los remansos del arroyo, así como en las exiguas marismas que resistieron al avenamiento, derramó petró¬ leo y otras substancias antisépticas, con que acabó con las nacientes larvas del Amplíeles claviger , el insidioso mosquito portador del plasmodium malarice. EL raudal de una fuente que brotaba en el hontanar de próxima colina, y cuyas aguas, admirablemente pota¬ bles y exentas de mirobios según demostró el análisis, se despa¬ rramaban sin utilidad por la ladera, fué conducido por tubería de hierro hasta un depósito del jardín donde, á má3 de alimentar una fontana decorativa y elegante, dió movimiento á artística girán¬ dula.
Más tarde, el nuevo dueño limpió las estancias del palacio; ins¬ taló un laboratorio bacteriológico en el torreón; reparó los rotos cristales de ventanas, estufas y marquesinas; atajó goteras; amue¬ bló con modestia, pero con gusto, algunas habitaciones; compró algunas vacas y caballos, que pastaron ávidamente en aquellos matorrales y terrenos vírgenes de dalla y arado; podó las pumaradas y puso, en fin, en cultivo las tierras de labor. Con los mohos y verdines se desvanecieron definitivamente las famosas manchas de sangre , que resultaron ser, conforme Julián había previsto, co¬ lonias del micrococcus prodigiossus, bacteria inofensiva productora de cierto principio colorante rojo claro, á cuyo cargo corren, por ermitas y santuarios, infinitos y estupendos milagros.
Entretanto, el pueblo de Rivalta se hacía cruces de la audacia de Julián, y ardía en curiosidad de presenciar al final de tan peli¬ grosa aventura.
El bueno del cura estaba consternado. Pavorosos vaticinios se hacían en las casis de beatos y neos. Por el contrario, los escasos y desperdigados liberales del lugar, y la cabeza de ellos, el ciru¬ jano, apostaban resueltamente por la salud de Julián, constituyén¬ dose en entusiastas heraldos de su buena fortuna. Gracias sobre todo á la incansable actividad y optimismo de D. José — así se lla¬ maba el cirujano, tranquilizáronse un tanto los amigos y parien¬ tes del arriscado Julián, y señaladamente la tierna Ines, cuyo áni-
mo, enervado por sorda lucha entablada en el hogar, estaba harto necesitado de alientos y esperanzas.
De este modo transcurrió todo el verano, durante el cual nues¬ tro héroe trabajó sin punto de reposo en la conquista é higienización de los extensos predios de Villa-Inés. Y las gentes vieron con asombro que ni Julián enfermaba — antes bien engordaba y se for¬ talecía con la vida de aire libre y la continua ocupación — ni su¬ frían accidentes y contratiempos obreros y ganados.
Con todo eso, los supersticiosos creyentes en brujas y diablos no se dieron por vencidos, ni pusieron en duda la proximidad é inexorabilidad de la catástrofe, profetizándola unos para la caída de la hoja, otros para las postrimerías del año.
Y trascurrieron el Septiembre y el Octubre, meses palúdicos por excelencia en otras comarcas, y los colonos ¡sanos que sanos! y el ganado ¡gordo que gordo! De fiebre tifoidea ni asomos. Llegó el invierno con su inevitable cortejo de nieblas, temporales y es¬ carchas; laváronse las tierras; limpiáronse los arroyos de gérme¬ nes é inmundicias, y desaparecieron de regatos y marismas hasta los cadáveres de los mosquitos. En condiciones tales, recelar de la salubridad de Villa-Inés hubiera sido el colmo de la pusilanimidad. No dudó, pues, Julián un momento, después de tranquilizar á su novia, en instalarse definitivamente en el palacio, donde ocupó va¬ rios departamentos orientados al Mediodía y con espléndidas vis¬ tas al mar. Más como la emoción del pueblo continuase aún, y na¬ die se prestase de buen grado á asistirle de criado, se vió en la necesidad, durante aquel invierno, de aceptar los servicios do¬ mésticos y cocineriles de cierto peón gallego, á quien por haber sido asistente y ranchero, se le alcanzaba algo en achaques de co¬ mistrajos y aseo de ropa y calzado. Sin embargo, más adelante, en¬ trada ya la primavera, tuvo la fortuna de ajustar, á título de coci¬ nera y doncella, á una anciana forastera, sorda como una tapia y la cual, por razón de este defecto físico, ignoraba la fúnebre le¬ yenda de la casa.
Así transcurrió apaciblemente el primer año. Bajo el aspecto económico, la próxima añada se presentaba mejor aún que la an¬ terior. En vista de que los tristes augurios no se cumplían y los asuntos de Julián marchaban viento en popa, acudieron trabaja¬ dores de los vecinos pueblos. Merced á este refuerzo, pudo aquel extender el área de los cultivos, segar completamente los prados, recoger las manzanas y el maíz, y acrecentar en fin sus vacadas, que se multiplicaban que era una bendición.
Puso, además, en explotación algunas industrias auxiliares, ta¬ les como la fabricación de queso y sidra y la molienda de granos, para lo que habilitó una azuda y molino arruinados, y aún llegó á planear, dejando su realización para más adelante, magnífica fᬠbrica de luz eléctrica movida con turbina.
Inaugurábase bajo los mejores auspicios el tercer año de ex¬ plotación de la magnífica colonia agrícola y pecuaria, cuando un accidente casual sufrido por Julián renovó temerosos augurios y llenó de jactancia y satisfacción profesional á los Calcas de sa¬ cristía. Y fué que, al recorrer los montes anejos á la posesión ca¬ ballero sobre potro fogoso y asustadizo encabritóse éste súbita¬ mente, despidiendo con ímpetu al descuidado jinete, que resultó con fractura de la clavícula y algunas contusiones. Renqueando trabajosamente, recogióse el asendereado y maltrecho caballero á Villa- Inés, donde, después de explorado el sitio del mal, pudo cer¬ ciorarse que se trataba de una fractura sin complicaciones.
A toda prisa fué llamado el cirujano D. José, quien redujo hᬠbilmente la ruptura y aplicó el adecuado vendaje contentivo. Y el enfermo, que ardía en deseos de proseguir los trabajos agrícolas, se vió obligado á rigurosa quietud durante un mes.
La cosa nada tenía de particular; más tan vulgar y ordinario percance bastó, sin embargo, para que se desataran las lenguas de las comadres de Rivalta, se abultaran los hechos y se lanzaran á los cuatro vientos pavorosos horóscopos. Y, según es de presumir, la desfigurada noticia del suceso llegó á oídos de Inés, la cual, creyendo poco menos que moribundo á su amante, fué presa de la mayor desolación. Por fortuna, los informes de D. José y una car¬ ta tranquilizadora de Julián, trajeron la calma y el consuelo al ánimo de la acongojada doncella, aunque no fueran poderosos á disipar enteramente inquietantes cavilaciones y sobresaltos.
Apenábale, sobre todo, la triste situación del enfermo, huérfa¬ no de maternal ternura, á merced de torpes y mercenarias manos, solitario en sombrío é imponente caserón, en donde por fuerza ha¬ bían de faltarle esas exquisitas y cariñosas atenciones de que úni¬ camente las esposas y las madres son capaces. ¡Ah!, si tiranías del qué dirán no se lo estorbaran, ¡con qué piadoso entusiasmo volara ella al lado del elegido de su corazón, constituyéndose en volun¬ taria y abnegada enfermera!...
Así transcurrieron quince días, que á la pobre Inés, desfalle¬ ciente de impaciencia, parecieron siglos, pues durante estas dos mortales semanas no recibió noticias de su novio ni pudo hablar con D. José, ausente per entonces de Rivalta. Punzante y atormen¬ tadora ansiedad la consumía... Y por su mente, donde renacían antiguas y borrosas preocupaciones, cruzaban, cual obscuras aves de mal agüero, pensamientos tristes y visiones trágicas.
— ¿Habrá recaído en su dolencia? — se decía.— ¿Me confesaron él y D. José toda la verdad? ¿Habrá sobrevenido imprevista y gra¬ ve complicación? ¿Qué es de él? Yo quiero saberlo... yo debo sa¬ berlo y lo sabré...
Pagando tributo al inmoderado afán de originalidad que á to¬ dos nos trastorna, debiera yo callar aquí una resolución generosa y abnegada de nuestra heroína, resolución mil veces atribuida por poetas y noveladores á los sendos protagonistas de sus fábulas; mas los fueros de la verdad, superiores á toda preocupación lite¬ raria, me obligan á referir sin velos el suceso; y más tratándose de un arranque pasional susceptible de sublimar y enaltecer la figura moral de la simpática Inés.
Consignemos, pues, sin más preámbulos, que, transcurridos que fueron veinte días sin recibir noticias del hombre adora¬ do, la animosa doncella, que había agotado las lágrimas y la paciencia, rompiendo con vanos escrúpulos, cierta noche abanabondonó sigilosamente el paterno solar. Vaciló un instante al trasponer temblorosa el dintel de la casa; pero sacando fuerzas del inagotable depósito de su pasión, se lanzó resueltamente á la calle, saliendo del pueblo por la puerta del mar, punto de partida del camino de Villaencumbrada. Minutos después, á la dudosa cla¬ ridad de la luna, abandonaba la carretera y se aventuraba animo¬ samente por angostos senderos, sombreados por gigantascos cas¬ taños; y en fin, habiendo llegado cerca de la solitaria residencia del amado, tuvo energía para imponer silencio, en un supremo arranque, á los tumultuosos latidos de su corazón, y llamar vale¬ rosamente á la cancela de Villa-Inés. A pesar de lo avanzado déla noche (sería la una de la madrugada), vió luz en las habitaciones de su novio y aún le pareció divisar á éste al través de las vidrie¬ ras... Oyóse enseguida rechinar de puertas y el fatigoso y jadean¬ te paso de la vieja camarera, la cual, después de abrir la verja y de colmar á la visitante de exquisitas atenciones, la condujo in¬ continenti al gabinete de trabajo de Julián, á la sazón despierto y al parecer abstraído en hondas Sspeculaciones científicas...; pero en realidad aguardando á Inés, de quien conocía la ardorosa im¬ paciencia, y presumía la inminente visita...
El picarillo de Julián, estremecido de júbilo, rebosante de salud y robustez, y con el brazo todavía en cabestrillo, adelantóse á re¬ cibir á su idolatrada Inés, quien, al ver á su novio tan rozagante y alborozado, casi se desvaneció por el exceso de la alegría.
Estaba en aquel momento soberanamente hermosa. Con su ves¬ tido claro y vaporoso, cuyos pliegues contaban, discreta y recata¬ damente, las espléndidas y arrebatadoras curvas de la estatua; con su rostro arrebolado por la emoción, el dorado cabello en artístico desorden, el talle cimbreante y el andar majestuoso, semejaba so¬ brenatural aparición, el numen del amor que venía á traer, al so¬ litario y doliente enamorado, la salud y la ventura...
— ¿De veras estás bien, Julián? — exclamó Inés con trémulo acento.
— Mejor que nunca; puesto que tengo la dicha de verte.
—¡Ah!. . ¡qué gran peso me quitas del corazón! ¡Ingrato!... ¿por¬ qué no me escribías? ¡Qué días más amargos me has hecho pa-
sar!... Sabía que eras enérgico, dominador, obstinado .. ¡pero igno¬ raba que eras también cruel!...
— Inés de mi alma, perdóname la cándida estratagema. Ansia¬ ba contemplarte de cerca, poner á prueba tu cariño...; averiguar hasta que punto este amor, para mí más precioso que la vida, sa¬ bría sobreponerse á los frívolos convencionalismos sociales, á las vulgares é insulsas cortapisas impuestas á la mujer por eso que se llama buena educación... Quería, ¡egoísta de mí! ofrecer á mi sen¬ sibilidad sobreexcitada por la clausura la regalada fiesta de con¬ templar tu belleza, destacada sobre el misterioso fondo de la no¬ che, é iluminando la sombría soledad de mi retiro, que desde hoy quedará impregnado de tu aliento y perfumado y ennoblecido por tu espíritu...
—Te perdono... — repuso Inés, transfigurada por la alegría y mirando á su novio con dulcísimo embeleso — ; pero ¡por Dios, no apeles más á recursos tan poco piadosos!... Me he escapado de ca¬ sa aprovechando el profundo sueño de mis padres y debo regre¬ sar antes del amanecer... ¡Qué terrores me agitaban durante el arriesgado viaje! A cada paso creía tropezar con gentes conocidas ó, lo que es peor, con esos pavorosos espectros habitadores, al de¬ cir de las gentes, de esta malhadada mansión. Solamente el ansia invencible de verte me ha podido prestar alientos para llegar hasta aquí...
—¡Inés mía!... Calma tu emoción y siéntate á mi lado... No te inquiete el regreso...; yo mismo te acompañaré hasta el pueblo antes del amanecer... Ni temas que este paseo altere mi salud: es¬ toy casi curado y no me hace daño el relente.
Y el tierno dúo de amor continuó en crescendo... Un doble y cruzado surtidor de ideas y sentimientos remansados por la au¬ sencia y oprimidos por la distancia puso en comunicación — mejor dicho — en sublime conjugación, sus almas, sedientas de cariño.
Relatar menudamente las efusiones de nuestros amantes sería empresa superior á nuestras fuerzas. El diccionario de la emoción es más pobre que el de las ideas. Faltan símbolos para los innu¬ merables ritmos, espasmos y aleteos de músculos, entrañas y de nervios; faltan, sobre todo, para narrar debidamente los íntimos estremecimientos de las células nerviosas, las cuales, al recibir las vibraciones brotadas en los ojos del amante, centellean de inspi¬ ración cual bandada de marinos y fosforescentes Noctilucos sacu¬ didos por la potente hélice dél navio.
Ciertamente, en los libros místicos, en esos admirables tratados de Fray Luis de Granada, de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, hallaríamos una gama del lenguaje sentimental, si no completo y fiel, lo bastante rico para traducir los sublimes y sobrehumanos arrobos de la carne exaltada por el amor, mas ¡ah! por desgracia, ese idioma de fuego, único digno de la pasión de nuestros héroes, excede del poder de nuestra inexperta y desmayada pluma. Y así; pues somos médicos, aunque modestos, séanos permitido usar aquí
(por ser el único que conocemos algo), el desvaído ó incoloro es¬ tilo de las descripciones fisiológicas.
Hecho notorio es que la retórica del amor obedece á una pro¬ gresión emocional y expresiva que va desde la mera alegación verbal, con tendencias sugestivas, hasta la insuperable y soberana elocuencia del gesto y del contacto.
Obedeciendo inconscientemente á esta ley, comenzaron su plᬠtica los amantes, repitiéndose mil veces cuán grande, íntima y perdurable era su respectiva pasión. Pero no tardaron en sentir la insuficiencia expresiva de la palabra humana, de esa vibración sutil portadora de símbolos abstractos, buenos tan sólo para evo¬ car lo más grosero y material del sentimiento y de la idea; agui¬ jados, pues, por un impulso dialéctico incontrastable, renunciaron á Ja palabra y apelaron á los magnéticos efluvios de la mirada, y sobre todo al violento y apasionado contacto de las manos.
En este lenguaje táctil, que el hombre comparte con el insecto y los seres más próximos al estado de naturaleza, hallaron ya su¬ perior elocuencia; las sacudidas intermitentes de los músculos graduaban bien la creciente vehemencia de los sentidos; y con el vehículo de calor comunicado, sintieron penetrar hasta el fondo de sus entrañas efluvios íntimos, auras embriagadoras...
Pero á su vez agotóse la eficacia expresiva del contacto. El recio epidermis de las manos alejaba todavía demasiado las al¬ mas^. Imponíase urgentemente un contacto más íntimo, un verda¬ dero engranaje nervioso, al través de cutículas de extrema diafa¬ nidad y delgadez. Por momentos cundía la ansiedad y el desaso¬ siego orgánicos. En aquel enajenamiento de la carne exasperada de amor había algo así como ebulliciones de protoplasma fecundo, clamores sordos de células vírgenes de actividad, impulsos cen¬ trífugos irresistibles... Diríase que todas las unidades vivientes, ciegamente atraídas con sus homónimas contrasexuadas, pugna¬ ban por acercarse á flor de piel, asomarse á ojos y oídos, y saltar, en fin, enloquecidas y frenéticas, el abismo del espacio, para fun¬ dirse en ósculo eternal con sus hermanas. Y en medio de aquel tumulto celular, todavía sobresalía el clamor de las enardecidas fibras cardíacas, que aceleraban vertiginosamente su ritmo y gol¬ peaban con inusitada furia la jaula de carne y hueso, como si anhelasen hacer nido común en el caliente pecho del amante. Hasta el cerebro mismo, tan morigerado de suyo, azotaba impa¬ ciente las sienes; y sin duda habría descargado en una explosión suprema toda su electricidad acumulada, si las austeras y subyu¬ gadoras imágenes de la virtud y del honor no pusieran freno á pecaminosos arranques.
Poco después, la tensión y el malestar orgánicos aumentaron aún, y el ansia infinita de explicarse llegó al paroxismo. Hubo en¬ tonces tregua salvadora, calma augusta y solemne, durante la cual los inquilinos de la colmena viviente, persuadidos de la imposibidad de abrazar personalmente á sus homónimos de allende el
aire, delegaron prudentemente en las células labiales el cumpli¬ miento del amoroso y colectivo deseo. Por fin, el cerebro, fiel servidor de la comunidad, vistos los antecedentes y leyes para casos análogos establecidas, ordenó á los músculos fisionómicos la ejecución del acuerdo salvador...
Sumisas y obedientes, acercáronse las células labiales respec¬ tivas... y de repente sonó en la estancia un beso magnífico y ro¬ tundo...; beso fragoroso como el rayo, y como el rayo pacificador de contrapuestas amenazadoras energías ..
Al frenesí del amor sucedió en seguida una calma suave, dul¬ císima, inefable. ¡Era que las almas y los cuerpos se habían expli¬ cado al fin! Y la demostración decisiva, irrefragable, había sido dada en una dialéctica absolutamente persuasiva, en la del tacto íntimo lenguaje universal é infalible de la vida. Porque sólo la presión y el contacto ponen en mutua presencia las substancias, trayéndonos con el engranaje de los nervios el verdadero tono del sentimiento y las calientes y hondas palpitaciones de la carne...
Y ahora, no sin cierto escrúpulo, vamos á referir un episodio inopinado, que de seguro producirá estupefacción en el lector.
Apuntado dejamos más atrás que Julián era apasionadísimo de la fotografía y cultivador impenitente de la instantánea. Rodear la vida, durante sus harto frecuentes fases de desilusión y aba¬ timiento, de imágenes rientes y alentadoras; vivir y saborear mil veces con la contemplación del pasado dichoso los instantes lumi¬ nosos y bellos de la existencia, era una de sus manías. Con tales ideas ¿iba nuestro protagonista á desaprovechar la ocasión de servir sus gustos artísticos y de rendir culto á aquella su filosofía un poco triste, puesto que consideraba la felicidad episodio pasa¬ jero y fortuito? ¿Consentiría él, que tan tiernísima y sincera esce¬ na de amor, decisiva y solemne para dos seres, se desvaneciera en la nada del pasado sin dejar sino la huella borrosa é infiel del recuerdo? Ante semejante perspectiva todos sus sentimientos de poeta y amante se sublebaban; y así haciéndose superior á las cir¬ cunstancias y á la emoción del momento, puso en práctica un pro¬ yecto largamente acariciado y preparado. Y ocurrió que en el instante mismo en que el augusto silencio de la noche fuó brutalmente turbado por aquel ósculo fragoroso, épico, sínte¬ sis de todos los besos celulares, un relámpago deslumbrador y violáceo rasgó súbitamente el ambiente de la estancia, envolvió en cárdenos destellos á la gentil pareja, y, saliendo por las entre¬ abiertas ventanas, iluminó, con pálidos y misteriosos reflejos, bosques, caseríos y montañas.
Terror trágico sacudió los nervios de la pobre Inés, cuyos grandes ojos abiertos contemplaban atónitos los de Julián; mien¬ tras que éste, sin inmutarse en lo más mínimo, seguía cubriendo de ardientes besos las adorables manos de su amada...
¡Qué es esto!...— exclamó la aterrada doncella, sintiendo en sus espaldas el soplo de lo sobrenatural.
— No te asustes, ¡hija mía!— se apresuró á contestar Julián, un poco arrepentido de la broma. - Ese poderoso resplandor no es la llama del infierno, sino la antorcha de la ciencia... Perdóname la sorpresa y no me guardes rencor, porque mi loca fantasía haya osado profanar el solemne momento de la efusión de nuestros corazones con una inocente fotografía á la luz del magnesio.
Y volviendo á estampar apasionado beso en los pálidos labios de Inés, que salía gradualmente de su enajenamiento, continuó: — ¿No sabes que soy algo fotógrafo? Al aproximar á mis codiciosos labios tu hechicero rostro, encendido por la emoción, aparecías tan divina, tan radiante de pasión y de hermosura, que no he po¬ dido resistir á la tentación de copiar una escena de ternura y felicidad, que será, andando el tiempo, el embeleso de mi memo ria y el consuelo de mi vejez. Si alguna vez llegara á penetrar en mi alma la ola fría del pesimismo, la contemplación de este re¬ trato me serviría de confortativo moral y me reconciliaría con la humanidad y la vida
— ¡Dios mío, qué cosas tienes! Y lo peor es— añadió Inés con acento de indulgente ironía — que todavía debo agradecerte el susto. ¡Me parece tan delicadamente galante y espiritual tu capri¬ cho fotográfico!...
— Ven, hija mía repuso Julián—, al gabinete rojo .. Revelare¬ mos el cliché... y conocerás el soberano placer de asistir á un ver¬ dadero acto de creación..., á la formación de dos seres que se di¬ bujan progresivamente en el caos de la gelatina, como debió sur¬ gir el primer hombre bajo el sublime Fiax lux del Criador.
Y cogiendo de la mano á la ya sosegada doncella, la condujo al gabinete rojo, donde dispusieron los baños necesarios para el desarrollo de la imagen.
Mientras nuestros simpáticos amantes desenvuelven la virginal película de bromuro argéntico ( honny soil qui mal y pense), per¬ mítase al autor un desahogo lírico-biológico.
(¡Oh, madre Naturaleza, creadora de la vida, á la que empujas, con la suavísima palanca del amor, hacia playas remotas y des¬ conocidas! ¡Cuán calumniada eres! ¡Los que hacen profesión de admirarte y cifran su dicha en contar las innumerables estrellas que tachonan tu manto y en escrutar los misteriosos é invisibles hilos que entretejen tu cuerpo, no pueden menos de caer á tus plantas rendidos de férvido entusiasmo, anonadados por tu pro¬ funda sabiduría!... ¡Cuán ciegos é injustos son aquellos que, sin haber tendido una mirada al conjunto armónico de tu obra, te motejan de cruel, porque has puesto, al término de flaca y trémula
(1) Para atajar la estrañeza del lector lego en materias fotográficas, consignaremos que el objeti¬ vo. de antemano preparado y abierto, enfocaba el lugar de la escena, y que Julián puso en conflagra¬ ción la pólvora magnésica á favor de una corriente eléctrica.
ancianidad, el sueño de la muerte! No imaginan, que, gracias á la fugacidad de la existencia individuaí, prosperan las especies, varían sus tipos y se promueve el progreso.
Siendo ii*realizable quimera la beatitud absoluta — porque vivir es ansiar... apetecer algo que está fuera del sujeto, y resulta in¬ dispensable para la renovación de la materia y la forma — , fuiste tan piadosa que compensaste el hambre con la hartura, el dolor con el olvido y la muerte con el amor...
Seguro estoy de que si tu poder no fuera limitado, si la inercia de la materia y leyes cósmicas ineluctables no hubieran atajado tus píos designios, habrías otorgado generosamente á la vida el divino don de la inmortalidad. ¡Sin duda un hado infausto esteri¬ lizó tus paternales anhelos! Mas en justo desquite y para vengarte del adverso destino, nos concediste el amor..., perfume de la vida, garantía de la perdurabilidad de las especies, iris de paz y de concordia entre los hombres...
Mas como el amor, á despecho de tu infinita bondad, represen¬ ta la delicada flor de un día, meteoro fugaz que fulgura un instan¬ te en el cénit de la forma y de la fuerza, tu has sabido hacer tole¬ rable el resto de la vida, hermoseando la adolescencia con la dulce esperanza de amar y ennobleciendo la vejez con el recuerdo de haber amado...
Al crear el amor, ¡oh alma Naturaleza!, has justificado nuestra existencia y nos has consolado de la muerte.
¡Qué digo! ¡Sólo mueren los que no aman! Non omnis moriar. En su rigurosa contienda con las implacables fuerzas destructivas, nuestro piadoso demiurgo salvó la inmortalidad de los gérmenes, que nos fué otorgada como precioso gaje del amor (1).
¡Pobres egoístas! ¡Cuán triste suerte os aguarda! Estirpe caduca de un pasado sin porvenir, el destino os reserva absoluto aniqui¬ lamiento. ¡Condenados están vuestras reliquias á errar perdurable¬ mente, cual fragmentos de un astro extinguido, por las eternas tinieblas de la inconsciencia!
Desechemos, pues, sombríos pesimismos. Y amemos el amor, porque amar es persistir, vencer la tiranía del tiempo, salvar de la nada, con la porción imperecedera de nuestro ser, algo que no nos pertenece: la herencia sagrada de millones de vidas extingui¬ das, el germen fecundo de futuras y acaso mejores humanidades...
Amar... es algo más grande y augusto que poseer una hembra... es entrar en comunión espiritual con toda una raza. En las entra¬ ñas de la mujer viven y palpitan, con ansia de resurección, millo¬ nes de antepasados que perecen saludarnos é implorar nuestra
(1) Doy por supuesto que mis lectores conocen la doctrina vulgar de la inmortalidad potencial de las células gérmenes ó seminales por oposición al carácter perecedero de las células somáticas ó formadoras del resto del cuerpo, así como las ideas de Weissmann, Hertwig acerca de la pre-existencia en el núcleo del óvulo, bajo arreglos físico-químicos todavía desconocidos, de representaciones completas ó incompletas de la serie de antepasados. Merced á esta teoría explícase tanto el parecido de los hijos á los padres, como el atavismo, ó sea la reproducción de tipos morfológicos que vivieron en remotas edades.
ayuda desde los remotos confines de la historia. Rito funerario es el amor.
Acerquémonos, pues, á la amada como á un templo sagrado... y recibamos sus besos con el íntimo recogimiento y fervorosa un¬ ción con que elevamos á Dios nuestras plegarias... Consideremos que en los ojos de la mujer nos miran temblando las almas de los muertos...
¡Loor al amor que ennoblece y vivifica! ¡Hosanna á la pía Na¬ turaleza que nos otorga, siquiera sea por un momento, el sobera¬ no don de crear y resucitar!
VIH
Al dia siguiente reinaba profunda emoción en Rivalta. Unas pescadoras que muy de madrugada regresaban al pueblo de vuel¬ ta de la venta de sardina en Villaencumbrada y aldeas inmediatas, vieron, suspensas y asombradas al pasar cerca de Villa-Inés, una llamarada terrible que inundó de fuego las habitaciones del pala¬ cio é iluminó con siniestros fulgores el mar, colinas y maizales. Simultáneamente, retumbó pavoroso trueno, y pareció esparcirse por la atmósfera punzante olor de azufre, el favorito aroma de los diablos...
Mudas de estupor las aldeanas, suspendieron su caminata, es¬ perando sin duda que Casa maldita , sacudida por legiones de demonios, estallara en pedazos y á temerarios habitantes sepultu¬ ra. Y el terror llegó al paroxismo cuando del torreón del palacio vieron salir una luz roja como la brasa, y divisaron minutos des¬ pués dos ensabanados fantasmas que, trasponiendo recatadamente la verja del jardín, se internaron á buen paso en los intrincados senderos del vecino castañar.
La noticia del espantable episodio corrió rápidamente por el pueblo, y fué durante un mes la comidilla obligada de comadres y desocupados. Hiciéronse los más encontrados y disparatados co¬ mentarios. Prevaleció, sin embargo, la opinión de que los días de Julián estaban contados, á menos que el imprudente mozo tuviera hecho pacto con el demonio..., que todo podía esperarse de la am¬ bición desapoderada y de la ausencia de religión.
El cura, sobre todo, bañábase en agua de rosas al ver confir¬ mados, en parte, sus lúgubres vatinicios. Aquellas señales fatídi¬ cas anunciaban sin duda la próxima catástrofe, el truculento cas¬ tigo que la Providencia reservaba al escéptico audaz que osó de¬ safiar la cólera celeste...
En casa de Inés la alarma y preocupación fueron muy hondas.
— ¿Lo ves, hija mía? - decíale á Inés su candorosa y supersti¬ ciosa madre. - ¡Y tú que pensabas que la ciencia y la previsión de Julián habían conjurado el peligro! No; el señor cura tiene razón; en aquella funesta casa reina el ángel de las tinieblas, y todo el
74 LA CLÍNICA MODERNA
que la habite ó tenga trato con sus inquilinos acabará de mala muerte.
Mas por esta vez las fúnebres leyendas de brujas y aparecidos no inquietaron en lo más mínimo á la hermosa doncella. Ella sa¬ bía bien á qué atenerse...
Pero, con ser general la preocupación, en ninguna parte se co¬ mentó con más calor y se discutió con más vehemencia el miste¬ rioso suceso que en la rebotica de Rivalta.
Formaban allí amena y pacífica tertulia casi todas las noches: D. José el cirujano, Alian Kardec el espiritista, Ramascón, viejo capitán de navio y distinguido naturalista, dos americanos rica¬ chones, D. Timoteo el carlistón y algunos dueños de fábricas de pescado en conserva.
Referiremos puntualmente parte de la empeñada polémica en¬ tablada por aquellos días entre Alian Kardec , D. Timoteo, D. José y Ramascón.
— Alian Kardec (así llamado por apodo, según costumbre astu¬ riana): En verdad les digo que están ustedes muy atrasados de no¬ ticias en achaque de manifestaciones de los espíritus. Sepan uste¬ des que hombres de ciencia tan ilustres y prestigiosos como William Crookes, el descubridor del tallo; Vallace, el émulo de Darwin y coautor del principio de la selección natural; los astró¬ nomos famosos Flammarión y Zoellner; el bacteriólogo P. Gibier, y hasta el mismísimo materialista Lombroso, han confirmado, á favor de rigurosos procederes experimentales, la existencia de fuerzas sobrenaturales, así como la maravillosa propiedad que ciertas personas llamadas médiums poseen de provocar, con el concurso del alma de los muertos, levitaciones, aportes , transes, apariciones de personas fallecidas ó ausentes, desencarnacio¬ nes momentáneas, posesiones, adivinaciones y predicciones estu¬ pendas...
Y en lo concerniente al suceso que nos ocupa, no es lícita la menor duda. Precisamente ayer un ínclito varón, el espíritu del ilustre Jovellanos, invocado por un médium escribiente y parlante de nuestro Círculo, nos dió todas las explicaciones... Sepan uste¬ des que Casa maldita fué y es asilo favorito de una falange de es¬ píritus antiguamente desencarnados, reforzada quizás por algunas almas pertenecientes á las personas en la quinta fallecidas... A las manifestaciones físicas de todos estos difuntos, entre quienen do¬ minan sin duda sujetos de la más baja ralea moral, se deben los ruidos siniestros, las luces misteriosas, las apariciones de fantas¬ mas y de sombras espectrales, que se disipan como vapor y atra¬ viesan sin obstáculos paredes y techumbres...
— D. José : ¡Nada! ¡Que Villa-Inés es una sucursal del infierno, y que son con nosotros, á pesar de cinco siglos de civilización y de estupendos progresos, todos los terrores, preocupaciones y som¬ brías leyendas de la Edad Media! ¡Qué delirios!
CUENT08 DE VACACIONES
— Alian Kardec : Yo le probaré á usted que la intervención de los espíritus constituye hecho real...
— Ramascón (con acento de zumba): ¡Por Dios Alian, déjese de duendes y de cuentos tártaros!.., Falta todavía que ustedes los es¬ piritualistas no prueben la existencia del alma... Desengáñense: los espíritus se van... La ciencia ha demostrado hace tiempo que eso que ustedes llaman alma no es sino una reacción química compli¬ cada de los proteidos , y que la muerte representa simplemente la definitiva cesación de tal reacción. Solo á los salvajes se les ocurre explorar el ánima del fusil después del disparo, para ver si hay un genio dentro...
— Alian Kardec (interrumpido): Muchas gracias.
— En otros tiempos, prosiguió Ramascón, los naturalistas creían que los movimientos electivos con que los infusorios buscan y de¬ voran la presa eran dirigidos por un alma; ahora dichas reacciones motrices, aparentemente intencionales, se refieren á meros efectos de la quimiotaxis y variaciones de la tensión superficial del protoplasma... Lo mismo sucederá, créanlo ustedes, con la psiche del hombre...
—Alian Kardec: Ramascón, ¿olvida usted que el hombre no es un infusorio?
— Ramascón: ¿Qué más da infusorio que colonia de infusorios?
Alian: Es que...
— D. José (interrumpiendo): Dejemos esto y volvamos al caso. Quería decir que, aun admitiendo la teoría espiritista, no se escla¬ recen suficientemente los fenómenos de Villa-Inés, puesto que para que pudieran realizarse haría falta un médium poderoso, excepcionalísimo, médium de materializaciones, á la manera de los David Home, Katy King, y, en nuestros días, Mr. Schlade y la famosa Eusapia Paladino, la famora pécora napolitana tan mal¬ tratada por los sabios. Ahora bien, ¿cuál es el médium permanente de Villa-Inés?
Alian Kardec: La cosa es clara...; el médium poderoso, aunque inconsciente, es el mismo Julián. A expensas de sus grandes ener¬ gías nerviosas se nutren y materializan espíritus inferiores nos¬ tálgicos de los placeres de la carne, y ansiosos de comunicarse con los vivos; para lograr lo cual roban á Julián el fluido durante la noche y se entregan á toda clase de toques de atención, desde el ruido y mosca rdoneo del duende frappeur hasta los más visto¬ sos y sorprendentes fenómenos de aportes y materializaciones. Por cierto que todo ello acabaría rápidamente si el inquilino de Villa-Inés se resolviera á entrar en franca y leal correspondencia con los habitantes de ultratumba, y llamara en su ayuda, contra la caterva maleante de espíritus burlones, á algunas almas escla¬ recidas y de superior jerarquía moral...
— D. José: ¡Cuánto desvarío!...
¿Quién le ha dicho á usted que Julián es médium? Y aunque lo fuera sin saberlo, ¿para qué diablos habían de entretenerse los
espíritus en golpear puertas, jugar á los fantasmas y hacer fuegos artificiales en casa de un hombre que ni cree en aparecidos, ni les ha de hacer nunca el menor caso?
— Alian Kardec: Vayamos por partes, D. José. En primer tér¬ mino ha de saber usted que los muertos no por haber abandona¬ do su vestidura material, dejan de ser hombres, con sus vicios y pasiones, sus excelencias y frivolidades; y así, hay espíritus bue¬ nos que nos consuelan en las tribulaciones, nos alientan en el áspero camino del deber, nos prestan inspiración y energía para triunfar en el palenque del trabajo ó de la obra científica y litera¬ ria; y hay espíritus malos, aviesos, frívolos, que se complacen mortificándonos ó sugestionándonos sensuales apetitos y pecami¬ nosos y bajos pensamientos.
Ni debe extrañar que los muertos deseen comunicarse con los vivos, pues el acto de la desencarnación no rompió, antes bien, estrechó sublimándolos y espiritualizándolos, esos lazos de amor é interés que ligan la humanidad pasada á la presente.
En segundo lugar: no niego el escepticismo de Julián; tan no lo niego, que encuentro precisamente en su obstinado materialis¬ mo, en su audaz y franco descarte del orden sobrenatural, la causa del persistente llamamiento de los espíritus.
Tengo para mí que el sabio doctor, á pesar de su decantada ciencia, languidece de una amarga dolencia desconocida de nues¬ tros mayores: el temor melancólico de la muerte, la indefinible y penetrante tristeza causada por la certeza del no ser. Esa desilusión de reyes desterrados, de dioses caídos...; ese vago é infinito mal¬ estar que se acrecienta en la soledad de la vejez y en la proximi¬ dad del terrible desenlace... no han pasado desapercibidos para los espíritus nobles y escogidos evocados en Villa-Inés (entre quienes se cuentan los fallecidos padres de Julián); los cuales, ar¬ diendo en bondadosa piedad hacia la pobre criatura extraviada, han resuelto iluminar su razón con las sublimes verdades de ul¬ tratumba..., con las alentadoras y vivificantes doctrinas de la inmortalidad del espíritu y de la pluralidad de mundos y exis¬ tencias.
— D. José: Está usted elocuente, verdaderamente sugestivo... ¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza! Porque la ver¬ dad que la de buena tinta, es una cosa muy vulgar.
Sin discutir el fondo de la doctrina espiritista, pues sobre ella hemos hablado hartas veces; sin recordar una vez más que los hermosos temas literarios y los buenos y honrados deseos no fue¬ ron jamás demostraciones filosóficas, me dispensará usted le haga notar que cuantos fenómenos sorprendentes han acaecido en VillaInés, inclusos los más recientes, se explican perfectamente por causas absolutamente naturales. Tengan ustedes por seguro, y esto lo se por testimonio del propio Julián, que los fuegos fatuos de las pasadas noches, así como el temeroso ruido que tanto asustó á las pescadoras, no fué sino el efecto, visible á lo lejos, del re-
lámpago magnésico, de que el dueño de Villa-Inés, un poco capri¬ choso y raro en sus cosas, se sirve de costumbre para tomar fotografías en el interior de su laboratorio... En cuanto á la sinies¬ tra llamada roja del torreón, que las gentes tomaron por resplan¬ dor del infierno, era la luz rubí de la linterna usada habitual¬ mente por los fotógrafos para alumbrar el cuarto obscuro durante la revelación de las placas..
Por lo que hace á las antiguas desgracias, harto estoy de repe¬ tir que obedecieron á condiciones naturales, algunas pasajeras y todas modifi cables. Los ingleses, importadores del paludismo, fallecieron de sus resultas; otros colonos murieron ó enfermaron de fiebre tifoidea; el ganado sucumbió al mal del bazo y á la viruela.
En cuanto á ruidos, luces, fantasmas, duendes, etc., todo ello representa la obra alucinatoria del terror supersticioso y de la insana creencia en la inmortalidad del espíritu...
Bamascón (con sorna, al ver un poco cortado al espiritista): Paréceme, D. Alian, que se ha quedado usted un poco esférico; á semejanza del amibo cloroformizado que retrae sus pseudo-podos y suspende sus gesticulaciones.
— Alian Kardec (pensándolo un poco y cambiando de táctica): ¡No sea usted zumbón, que la cosa es muy seria!... Pues iba á ex¬ poner que... si las manifestaciones de Villa-Inés constituyeran mi¬ lagros únicos y sin precedentes en los anales de lo maravilloso, yo mismo convendría con ustedes en buscar su explicación en leyes puramente naturales. Mas es el caso que sucesos análogos vienen narrados, con las mayores garantías de exactitud, en los tratados modernos de espiritismo. Lean ustedes, por ejemplo, lo que se cuenta sobre el origen de esta grandiosa y redentora religión, creada, en 1847, por la familia Fox de Hydesville (América del Norte); entérense ustedes además de los prodigios operados por Home y Katy King en el laboratorio del Dr. W. Crookes; de las es¬ tupendas experiencias de Asakow, Zóllner y P. Gibier... y atrévase usted después á poner en duda el carácter sobrenatural de algu¬ nos de los episodios desarrollados en Gasa maldita.
— D. José: ¡Soberbio argumento!... Según la peregrina lógica de usted, porque en ciertos casos se cometiera el error de atribuir á los habitantes del otro mundo alucinaciones, supercherías y frau¬ des de vivos (¡y tan vivos!), estamos obligados á incurrir en la mis¬ ma disparatada interpretación cuantas veces se nos presenten fe¬ nómenos análogos. ¡Por vida de!... ¿No es mucho más natural y conforme á razón pensar precisamente lo contrario? Puesto que en el caso particular que nos ocupa, ustedes los espiritistas han erra¬ do, ¿no resulta infinitamente probable que haya errado también, en ocasiones semejantes, esa caterva de sabios ilustres, los cuales tengo para mí que, fuera de la ciencia especial en que ilustraron sus nombres, son tan capaces de alucinarse y meter la pata como cualquier hijo de vecino?
— Bamascón: ¡Y que lo diga usted, D. José! A propósito de errores de sabios, recuerdo que, hallándome en Londres hace al¬ gunos años, pude ver en un teatro, ejecutados por hábiles ilusio¬ nistas, todos los estupendos fenómenos espectrales contados por Crookes. De quien supe, hablando del caso con fisiólogos y natu¬ ralistas, que, en su ingenuo espiritualismo, había sido engañado por una cáfila de embaucadores.
— D. Timoteo: Con la venia de ustedes voy á echar mi cuarto á espadas en la discusión. En mi concepto, y sin prejuzgar el carác¬ ter de los hechos, resulta indiscutible que Villa-Inés ha sido tea¬ tro, al menos en otras épocas, de manifestaciones sobrenaturales. Los ruidos y gemidos percibidos por infinitas personas; las man¬ chas sangrientas de paredes y avenidas, que yo mismo he tenido ocasión de observar; el espontáneo doblar de la campana, y en fin las funestas é incomprensibles desgracias ocurridas en la finca (desgracias tanto más extrañas cuanto que hirieron exclusivamen¬ te á los habitantes del maléfico lugar), no se comprenden bien si¬ no apelando al concurso de inteligencias invisibles.
Mas, con permiso de ustedes, declaro que ambas teorías, la fí¬ sica y la espiritista, se me antojan absurdas é inaceptables.
Insuficiente é inadmisible me parece la hipótesis física, porque al pie de la letra tomada y erigida, según hacen los materialistas, en criterio de exégesis bíblica y en principio de crítica histórica, implicaría la negación de los milagros y de todos los numerosos casos (registrados por las Sagradas Escrituras y apologías de los santos), de comunicación entre los hombres é inteligencias supe¬ riores tales como: Jehová, los arcángeles y ángeles, los serafines y en fin, los demonios, incansables tentadores de la raza humana é inventores de toda suerte de cultos supersticiosos. Ahora bien; precisamente sobre tales hechos de inspiración divina ó angélica, de milagrosas apariciones celestes, hasta de posesiones demonia¬ cas, atestiguados por muchedumbres fervorosas, aunque indoctas, están basados la autoridad de los libros santos y el grandioso edi¬ ficio de nuestra sacrosanta religión...
Por infnndada tengo también la hipótesis espiritista, que peca además contra aquel sano apotegma de lógica tan conocido: «No multipliques los entes sin necesidad». Porque, venga usted acá, amigo Alian: poseyendo como poseemos tan rica jerarquía de cria¬ turas espirituales susceptibles de influir en la conducta de los hu¬ manos; estando hasta la saciedad probado que Satanás y otros es¬ píritus maléficos pueden por permisión divina sugerir malos pen¬ samientos, atormentar y aun penetrar en el cuerpo de las mujeres, á quienes prestan el don de lenguas, fuerzas sobrenaturales y vir¬ tud de obrar extraordinarios milagros, ¿para qué diantres necesi¬ ta usted de las almas de los difuntos, ni de médiums y periespíritus ni de todas esas estrafalarias concepciones de la metempsicosis y de la pluralidad de los mundos?
— Alian Kardec: Poco á poco, D. Timoteo; ¿quién le ha dicho á
usted que los fenómenos espiritistas son obra del demonio?
— D. Timoteo: Me lo diría la razón, si antes no me lo hubiera revelado la Iglesia.
— Altan Kardec : Pues salvando todos los respetos, afirmo que la Iglesia se equivoca de medio á medio... Mil razones hay en pro de la interpretación espiritista de los fenómenos de posesión, apa¬ rición, movimientos de mesas y aportes de toda clase. Una de ellas es el testimonio mismo de los espíritus evocados, los cuales se de¬ claran á menudo parientes ó amigos de los presentes, y exponen detalles de su vida carnal, que, por ser de la familia solamente conocidos, garantizan en absoluto su identidad.
Otra es que en sus escritos y comunicaciones orales revelan estrictamente el carácter, las pasiones y hasta las ignorancias y preocupaciones de los humanos, cuyo talento y saber jamás sobre¬ pujaron.
Y en fin, la más decisiva, á mi entender, consiste en la elevadísima y altruista doctrina moral contenida en las referidas mani¬ festaciones, la cual no es sino la proclamada en el Evangelio, bien que depurada de algunos errores y bajas supersticiones con que el barro humano afeó y bastardeó las sublimes máximas de Jesús. ¡Ah!... si usted tuviera la paciencia y la tolerancia de asistir á nues¬ tras reuniones familiares, y oyera á nuestras médiums parlantes y posesivos defender elocuentemente la unidad y sabiduría de Dios; inculcar calurosamente la caridad y amor al prójimo; sublimar y ennoblecer la humildad y la pureza del corazón, y proclamar muy alto el dogma de la expiación y remuneración, graduales y ultra¬ terrestres, de nuestras culpas..., dudo mucho que usted, con toda su altiva y ferviente ortodoxia, osara atribuir al espíritu satánico tan excelsas y consoladoras doctrinas!
— D. Timoteo : ¿Pues no había de atreverme? ¡No, que el diablo es tan tonto que, de primera intención, les va á presentar á ustedes la cédula de vecindad y á confesar ingenuamente sus fines inicuos! Latet anguis in herva ... Justamente en esos alardes de pseudocristianismo...; en ese culto, hipócritamente fervoroso, á la divinidad; en ese modo solapado y sutil con que, á título de acatar y cumplir las más puras y elevadas máximas evangélicas, introducen uste¬ des en el dogma proposiciones á todas luces heréticas..., descubro yo la negra garra de Satanás...
— Ramascón: ¿Se me permite una atrocidad?
—D. José: Dígala sin empacho, que siendo de usted, nadie la echará á mala parte.
— Ramascón: Bueno...; pues iba á decir que si las almas desen¬ carnadas conservan las ignorancias, pasiones y defectos propios de los vivos, el más lerdo deducirá que los autores de ruidos, co¬ municaciones escritas y orales, fenómenos de posesión, etc..., no son otros que los mismos médiums alucinados y autosugestionados. Paréceme que á los espiritistas les pasa lo que á esos perros
que se ponen á ladrar delante de un espejo, sin caer en la cuenta de que se ladran á sí mismos'...
— Alian Kardec (un poco amostazado): ¡Qué cosas tiene usted!...
— D. Timoteo-. Pues, bromas aparte — y reanudando el hilo de lá conversación — permítanme V V. que explane mi parecer sobre la moral relativa de deístas, espiritistas y filósofos.
En mi humilde sentir, semejante renacimiento de espiritualidad y de virtudes cristianas en el seno de sociedades ha tiempo aparta¬ das de la comunión de la Iglesia, no es obra de la filosofía ni im¬ posición de la experiencia, sino eco lejano de la verdad religiosa, vibrante todavía en nuestras almas, á pesar de siglo y medio de escepticismo y de crítica demoledora. Sin duda, el hálito helador de la ciencia y de la libre especulación filosófica enfrió el volcán de la fe; más la solf atara permanece en actividad: ese humear constante del semiobstruído cráter; esas grietas que remueven per¬ petuamente el terreno; esa ansia inacabable de misterios que os persigue, ¿qué son sino claras señales de que la erupción se ave¬ cina y que la llama de la fe, más espléndida que nunca, coronará bien pronto la cima de la conciencia humana?
— D. José: Bien por D. Timoteo... Y lo más triste es ¡que tiene usted razón!... El germen de la inmortalidad del alma, inoculado en la humanidad siglos hace, rebrota sin cesar en nuestra mente, á despecho de las reiteradas podas de la crítica y de los expurgos implacables de la ciencia experimental.
— Ramascón: Sí; ¡es verdad!... La idea del alma es un parásito tenaz que nos hace desgraciados. ¡Ah!, y si fuera siquiera un mi¬ crobio inofensivo ó huésped simbiótico!... Porque sabéis bien que en la Naturaleza existen asociaciones simbióticas útilísimas, por ejemplo: la tan conocida de las algas y liqúenes, ó las establecidas entre la hidra y sus cloroblastos, ó entre las raíces de las legumi¬ nosas y los bacilos nitrogenantes (bacillus radicóla ); más, por des¬ gracia, el bacilo espiritual, como los demás microbios ó entes in¬ cubados por la metafísica, gozan de poderosa toxicidad y son bue¬ nos solamente para sus hábiles y aprovechados cultivadores...
Y eso que el miorobio psíquico, á la manera del bacillus anthracis cultivado á la luz, se ha atenuado mucho bajo la influencia del sol de la ciencia... Hubo un tiempo en que sus ptomaínas en¬ loquecieron á la humanidad, produciendo en el orden intelectual la alucinación metafísica, y el moral las temibles guerras religio¬ sas y las iniquidades de la Inquisición... Pero aún es de temer la regresión á la antigua virulencia; todavía, en momentos de fatiga y desaliento, nos escarabajea dolorosamente en la conciencia, evo¬ cando visiones trágicas, sumiéndonos en sombríos terrores, y pa - ralizando el arado en el surco y el microscopio en el laboratorio... ¡Ah! si estuviera en mi mano, bien pronto cortaría yo la infección barriendo implacablemente de las aulas á los embaucadores; imi¬ tando á Ptolomeo Filadelfo, de quien se cuenta que prohibió en sus estados, por perturbadora y perniciosa, la enseñanza de la in-
mortalidad del espíritu, doctrina inventada, al decir de Cicerón, por cierto desocupado... un tal Fereces de Siria...; á cuya perdura¬ ble memoria todas las confesiones religiosas del mundo debieran erigir colosal pirámide fabricada con las osamentas y cenizas de las innumerables víctimas de la fe, desde Ifigenia hasta Servet.
— Don Timoteo: ¡Cuántos errores y apasionamientos!
— D. José: Yo no voy tan lejos como Ramascón...
Estimo una lamentable equivocación la creencia en agentes sobre¬ naturales; convengo en que la humanidad ha sido muchas veces adormecida y envenenada por el dogma; pero un sentimiento de caridad y de tolerancia superior á los dictados de mi razón me in¬ piden llegar á radicalismos de acción y á prohibiciones por lo general contraproducentes.
Aunque en este coro de intolerancias disuene mi voz, pienso y he pensado siempre que la ilusión y el error son tan respetables como la verdad; y creo, con Lange, que el misticismo y el ensuego son frutos cerebrales tan naturales y legítimos cual puedan serlo la ciencia y el arte. Lejos de mí la tentación criminal de arrancar al hombre los mitos piadosos y alentadoras leyendas, en las cuales encuentra beleño para el dolor, fortaleza y constancia para el trabajo, resignación y valor ante la muerte. Antes, al con¬ trario, si de mí dependiera encerraría en las bibliotecas (para uso exclusivo de las cabezas fuertes y de los entendimientos cultiva¬ dos) todos los libros filosóficos y críticos capaces de apartar á las gentes sencillas del divino Jesús, del insuperable maestro de mo¬ ral, como afirma Renán... Porque veo con dolor que está muy lejos aun el día glorioso en que la razón, emancipada de la reve¬ lación y del sentimiento, apague exclusivamente su sed devoradora de luz y de verdad en los raudales puros é inexhaustos de la ciencia.
¡Sí! El Universo, á pesar de las grandiosas conquistas de la as¬ tronomía, de la geología, de la química y de la biología, conti¬ núa siendo enigma impenetrable. Y mientras el tenebroso ar¬ cano no se esclarezca; mientras la biología, ciencia de las ciencias, iluminando el obscuro problema de la herencia y evolución del protoplasma, no descarte de la raza humana la deformidad, la de¬ bilidad y la degeneración; mientras la psicología y la fisiología experimentales no acierten á dirigir las tendencias instintivas, poniendo freno á deseos irrealizables, apagango malsanos misti¬ cismos, creando, en fin, amor y resigación á la muerte, las religio¬ nes positivas subsistirán y avasallarán las conciencias porque sa¬ tisfacen inextinguibles apetitos, atávicos y primitivos quizás, pero naturales é imperativos en la mayoría de los hombres.
— Ramascón : ¡Buen paladín del progreso está usted! ¡Según eso debemos cruzarnos de brazos...; dejar que la ola negra del fa¬ natismo ahogue la razón y arrolle la ciencia...; abandonar nues¬ tros hijos en la tenebrosa caverna de la fe para que salgan de allí, como el Proteus anguinis, sin ojos y sin entendimiento é inútiles,
82 LA CLÍNICA MODERNA
por tanto, para las vibrantes y por cada día más rigurosas con¬ tiendas de la vida!
También soy yo tolerante, pero con los tolerantes. También proclamo el derecho á la tontería, mas á condición de salvar el de¬ recho á la verdad. Y la Iglesia odia la verdad y reivindica y rei¬ vindicará siempre para sí el odioso privilegio de deformar y en¬ tontecer los cerebros de nuestros hijos al objeto de que no pue¬ dan descubrirla...
Esa cobarde resignación pregonada por usted no la encuentro en ninguna parte. Miro á la Naturaleza y no veo piedad, sino lu¬ cha encarnizada. Alta ó baja, intelectual ó vegetativa, la vida to¬ lera únicamente los comensales y parásitos inofensivos; contra el enemigo macroscópico y microscópico guerrea sin cuartel. ¿Por ventura, el hombre, suma y compendio de todo lo grande, pero más aún de todo lo pequeño, es decir, de las insidias, estratage¬ mas y egoísmos del mundo vivo, perdona alguna vez? La vida es la muerte, ha dicho 01. Bernard. Toda idea que surge en la con¬ ciencia y aspira á vivir intensamente se ve obligada á destruir. Mata el que cree, no por el gusto de matar, sino por dar vida y gloria á lo creído.
Raspad un poco en la corteza del creyente y aparecerá el sal¬ vaje; arañad algo más y surgirá el tigre; en fin, llegad al tuétano y se mostrará el terrible Sphex (1), que paraliza los ganglios de la presa entregándola inerme, viva y palpitante, durante meses, á la voracidad de la prole.
¡No, D. José! está usted equivocado. Tolerar es morir... Matar es vencer... es progresar; que la exquisita flor de la civilización, como el microbio de la gripe, sólo prospera en terreno abonado con sangre.
¡Guerra, pues, al Sphex clerical! ¡Abajo los conventos, vivero de los Trypanosomas (2) causantes del mal del sueño de que sucum¬ be la enervada juventud española!
— D. Timoteo (interrumpiendo): ¡Jesús, qué atrocidades! ¡Es us¬ ted un energúmeno!
— Alian Kardec: Es usted un inquisidor de la otra banda... de la banda laica, mil veces más terrible que la religiosa!
D. José (con aire reposado y tranquilo): ¡Raraascón!... ¡Bien se ha despachado usted! ¡A la legua se conoce al viejo marino!... ¡Lleva usted en el alma la bravura y la inexorabilidad del mar! Pero el navio de la fe es todavía demasiado fuerte y está bien go¬ bernado...
La inlolerancia con los poderosos, más que coraje se llama ino¬ cencia y torpeza. Usted que gusta de tomar ejemplos en el campo
(1) Alude á un himenóptero (fam. Fossoria), el Sphex fiavipennis , el cual, á semejanza de otras especies de su familia, asegura la vida de sus larvas cazando para ellas diver¬ sas orugas é insectos adultos á quienes envenena y paraliza, clavándoles el aguijón en los glanglios nerviosos.
(2) Protozoario flagelado que habita en la sangre y líquido céfalo-raquídeo de los negros del Africa Central y Occidental, provocando en ellos la mortífera enfermedad del sueño. La especie aludida es el Trypanosoma Castellana
de la zoología, debiera inspirarse no en los arrestos y gallardías del león, sino en la admirable paciencia del galápago ó en los sal¬ vadores alardes del puerco espín.
Con lo cual no pretendo decir que la ciencia, ínterin alborea el día de su reinado, deba cruzarse de brazos- Antes bien imagino que tiene una gran misión que cumplir. Consiste en sembrar con¬ vicción de flaqueza para recoger fruto de tolerancia, es decir, en demostrar la imperfección y fragilidad del cerebro humano, dócil á toda dase de sugestiones: en inculcar que el hombre no es un ángel caído y degradado, sino un simio regenerado y ennoblecido que aspira á ser ángel y desea perder los colmillos de la crueldad y las uñas del fanatismo; en ensanchar constantemente la esfera de lo conocido á expensas de lo ignoto, región tenebrosa donde todas las teogonias levantan sus cielos y alzan sus dioses; en rei¬ vindicar para la razón los dominios de la moral y de la filosofía, patentizando con el ejemplo que la virtud es fruto exquisito de un espíritu equilibrado y culto, y no privilegio de ninguna secta re¬ ligiosa; en extirpar suave y gradualmente (previa cloroformiza¬ ción si es preciso) la espina del dogmatismo, y finalmente en hu¬ manizar á los hombres , según definen los chinos la educación.
Labor larga, inacabable, diréis... Cierto que será larga, pero no tanto como se cree. Por mil señales adivino la próxima seculari¬ zación de las conciencias, y temo que las religiones positivas se eclipsen en el corazón de los pueblos antes que la ciencia, sufi¬ cientemente adolantada, pueda ventajosamente sustituirlas.
— D. Timoteo (con acento de indignación): ¡Eso no!... ¡La nave de la fe podrá ser combatida por vientos contrarios, agitada por el oleaje de la impiedad y de la heregía, pero al fin arribará glorio¬ samente y sin averías al ansiado puerto! Dios nos ha anunciado en el Apocalipsis: «llegarán tiempos en que la tierra será un solo re¬ baño y tendrá un solo pastor». La Iglesia es imperecedera porque es la obra de Dios, y contra la voluntad divina se estrellarán siem¬ pre la maldad de los hombres y las malas artes del demonio.
— D. José: Y sin embargo, á pesar de tan consoladoras profe¬ cías, la religión se debilita, y todo anuncia que está próxima á morir... Y cuando llegue su hora no la matará, como afirma Zola, el libro del texto del bachillerato, denunciador de las ignorancias y errores de la Biblia relativos al mecanismo del mundo y de la vida. La matará la experiencia individual de los hombres, mil ve¬ ces más demoledora que los libros científicos y las críticas despia¬ dadas de Voltaire, Straus y Renán; la cual nos muestra en toda su desconsoladora desnudez la imperfección, la injusticia y la impa¬ sibilidad reinando en la Naturaleza. La destruirá sobre todo esa desdeñada biología que, á la chita callando y sin vociferaciones sectarias, ha suprimido el demonio, convertido los • milagros en alucinaciones, descubierto la neurosis de la santidad y del misti¬ cismo, y está en camino, cuando acabe de roturar las ignotas tie¬ rras cerebrales, de fijar todas las condiciones físico-químicas de
la emoción y del pensamiento, del ensueño y del error, del senti¬ miento antropomórfico y del incurable espejismo de lo absoluto.
Pero no hablemos del porvenir y atengámonos al presente. Y la obra actual debe ser labor de ilustración y tolerancia. El que todo lo comprende, todo lo perdona, ha dicho, creo que Yictor Hu¬ go. Comprendamos, pues, para perdonar, y perdonemos para amar...
— El Boticario: ¡Señores!... Es ya tarde... y hemos disparatado bastante. Retirémonos...
Y desfilaron tristemente los polemistas, llevándose cada cual íntegro su credo, y las manos á la cabeza para disipar intensa ce¬ falalgia...; porque, pese á nuestra excelsa naturaleza espiritual, el discurrir da dolor...
Al siguiente día volvieron, como si tal cosa, el médico á sus enfermos, el espiritista á sus besugos (era fabricante de conservas) Ramascón á sus algas é infusorios, y D. Timoteo á sus pleitos. Y nadie se acordó de sus odios, ni volvió á preocuparse de la exis¬ tencia del alma, Dios sabe en cuanto tiempo.
Desgraciadamente para la causa de la verdad, el homo sapiens solo filosofa á ratos perdidos. Demasiado bajo todavía en la esca¬ la de la intelectualidad, y harto dominado por los reflejismos del estómago, en su cerebro el pensamiento es ave de paso, huésped molesto que viene á interrumpir el trabajoso acarreo del interés ó de la codicia.
Así transcurrieron algunos años más.
Poco á poco las preocupaciones y recelos de las gentes con re¬ lación á Villa-Inés fueron disipándose. La realidad se impuso. Has¬ ta aquellas personas cuya ignorancia y prejuicios les impedían ver claro, comenzaron á dudar de los fúnebres horóscopos, al con¬ templar á Julián de cada día más fuerte, animoso y emprendedor y rodeado de un enjambre bullidor de criados, pastores y jorna¬ leros.
La prosperidad de nuestro protagonista iba en aumento, como si sobre sus fincas hubiera caído la bendición del cielo. De año en año ensanchábanse los trojes para contener las crecientes cose¬ chas, y los corrales y majadas para albergar los prolíficos reba¬ ños. Medíanse el maíz, el centeno, el trigo y las habichuelas por miles de fanegas. En los prados, era un gozo ver triscar centena¬ res de tiernos recentales y corretear bulliciosamente potros y ter¬ neras. Durante el buen tiempo, la vieja sidrería, henchida de an¬ churosos táñeles, así como la aneja esplanada reservada, según añeja costumbre de la tierra, al juego de los bolos, eran el punto de cita de todos los bebedores de la comarca. Ellos fueron los pri¬ meros que tomaron á broma los fatídicos augurios, no acertando
á creer que el diablo hiciera de las suyas en una heredad que criaba la mejor sidra del país.
El fruto de las enseñanzas de Julián no tardó en trascender de los límites de su hacienda. En vista de los brillantes resultados lo¬ grados por éste en materia de saneamiento y de industria pecua¬ ria, aquella parte más avisada y culta de la población aldeana juntó su modesto capital y aunó sus esfuerzos, para encauzar y purificar aguas potables, montar aceñas y molinos eléctricos, hi¬ gienizar marismas y combatir epizootias y enfermedades de las plantas.
Para cuyas regeneradoras campañas, Julián, apóstol abnegado de la ciencia, ofrecía generosamente su consejo y daba toda suerte de facilidades. Sus enseñanzas eran teórico-prácticas. Comenzaba por resumir del modo más llano, claro y gráfico posible, el estado de la cuestión científica, y conducía después á los discípulos — rús¬ ticos lugareños en su mayoría— al laboratorio, donde les enseñaba el funcionamiento y manipulación de los aparatos higiénicos, les re¬ velaba al microscopio los terribles parásitos del hombre, animales y plantas, y les mostraba prácticamente los medios de recono¬ cer, cultivar, destruir y prevenir gérmenes morbosos tan funestos.
Hermosos frutos de tan alto civismo fueron la salud y la pros¬ peridad de toda la comarca. Desaparecieron del país la fiebre ti¬ foidea, el paludismo, la bacera del ganado, así como la glosopeda, el mal rojo de los cerdos, etc. Allí donde la campaña de sanea¬ miento no alcanzaba, llegaban los salvadores sueros y vacunas fa¬ bricados en Villa-Inés y vendidos por Julián á precios irrisorios. Para cuyos importantes y delicados menesteres educó y pensionó á dos jóvenes médicos aventajados, que se pusieron al frente del laboratorio bacteriológico y seroterápico.
En fin, y para colmo de felicidad y buena fortuna, aquel to¬ rrente de rocoso y profundo cauce, que según la leyenda popular aparecía tinto en sangre durante las tormentas, puso á Julián so¬ bre la pista de riquísimo criadero de mineral ferruginoso. Anali¬ zadas las tierras metalíferas y practicadas diversas calicatas que revelaron la inagotable abundancia de los yacimientos, formóse una sociedad explotadora de las minas. Ocioso es decir que nues¬ tro héroe, principal propietario de las pertenencias, fué nombrado Director y gerente, con amplios poderes.
Al principio, para no comprometer demasiado capital, montᬠronse, movidos por el agua de la antigua azuda (que se reforzó y convirtió en elevada y potente presa) lavaderos de mineral y mᬠquinas trituradoras; y tiempos después, cuando el capital social alcanzó cifra respetable, instaláronse altos hornos y talleres anejos de construcción de maquinaria.
Aquellos campos, antes solitarios y envenenados por el hálito de la muerte, cubriéronse rápidamente de una colonia rumorosa y activa de ingenieros, contramaestres y obreros, pueblo feliz que miraba á su glorioso fundador como á una segunda Providencia.
A los cinco ó seis años de explotación, el capital de Julián pa¬ saba de cinco millones de pesetas, sin contar el valor de las tie¬ rras, bosques, sembrados, ganados y fábricas. Y antes de tocar las fronteras de la vejez, vino á ser el animoso doctor, no solo la fir¬ ma más prestigiosa del mundo financiero, sino el señor indiscuti¬ ble del país, el tirano paternal y piadoso, el cacique científico y patriota que tanta falta está haciendo á nuestros ignorantes, fanᬠticos y desvalidos lugareños.
— ¿Qué fué de D. Tomás y de la tierna Inés? — preguntará el lector, extrañando sin duda nuestro silencio sobre la simpática é interesante protagonista de esta verídica historia.
Fácil es adivinarlo. En cuanto Julián, pasado el Calvario de los primeros tres años, consiguió á fuerza de laboriosidad é inteligen¬ cia poner en explotación la vasta hacienda de Villa-Inés, y tan luego como los primeros espléndidos rendimientos prometieron á su dueño seguridades y bienandanzas para el porvenir, los senti¬ mientos del mayorazgo D. Tomás hacia su sobrino cambiaron ra¬ dicalmente. Rindiéndose á la evidencia, reconoció al fin en el res¬ taurador de Villa-Inés voluntad firmísima, talento esclarecido y honradez y laboriosidad acrisoladas.
Tales prendas, unidas á le buena fortuna, bien merecían que se olvidasen los pujos revolucionarios y la desaprensión dogmática de Julián; convicciones platónicas é inofensivas, después de todo, pues nuestro doctor respetuoso con las ideas de los demás, jamás alardeó de propagandista ni aspiró á ser jefe de secta.
Por otra parte, D. Tomás, en calidad de padre amantísimo, no podía desconocer que la pasión de su hija, lejos de remitir, iba en aumento. Ni se le ocultaban, dado el tesón y entereza de la donce¬ lla, los graves disgustos que podían seguirse, contrariando sin motivo suficiente un afecto profundo nacido en la niñez, arraigado en la adolescencia y fortalecido y acrisolado en la desgracia...
Y así, después de meditar largamente y de consultar el caso con la familia, cierto día presentóse el mayorazgo en Villa-Inés, donde causó la gratísima sorpresa que es de suponer; abrazó afec¬ tuosamente á su sobrino, á quien pidió mil perdones por las pasa¬ das injusticias... y quedó concertada la boda.
En la naturaleza humana, la felicidad como la desgracia, repre¬ sentan accidentes imprevistos eminentemente revolucionarios, pa¬ ra los cuales no está ajustado el diapasón del sentimiento, ni acor¬ dado el perezoso ritmo del corazón. '
De tamaña y triste verdad fué buen testimonio Julián, cuya profunda alegría, robándole el sueño, quitándole el apetito, pro¬ vocando en su cerebro efervescencias ideales rayanas en el deli¬ rio, estuvo á punto de terminar en las decadencias y enervamien¬ tos de la neurastenia. En lo cual tuvo no poca responsabilidad la
picarilla de Inés. Porque en las amorosas pláticas con su novio, se mostró tan jovial, tan derretida y apasionada, tan divinamente cautivadora y codiciable, que el pobre Julián se vió obligado á re¬ currir, á fin de calmar un poco sus sobresaltados nervios, al tan acreditado bromuro de potasio!..
Pasado el hervor sentimental de las primeras semanas; agota¬ do el depósito de las dulces ternezas; tornado el corazón, tras lar¬ ga algarada de palpitaciones y aritmias, al reposado compás de la salud, Inés y Julián pudieron ya, con el sosiego y atención indis¬ pensables, preparar las briznas, plumas y algodones del conforta¬ ble y caliente nido de amor, y escoger al propio tiempo las fron¬ dosas ramas y hermosas flores que habían de darle grata sombra, protección y fragancia.
Y se casaron...; y fueron felices...; y tuvieron bellos, fuertes é inteligentes hijos...; y llegó la tierna pareja á la ancianidad sin que, durante tan largo camino, sufrieran eclipses su dulce y leal afec¬ to, ni su serena alegría..., esa alegría que es inagotable manantial de fuerza y de salud.
Y cuando Julián, decrépito y solitario ya, desaparecida la ad¬ mirable compañera á quien debía toda la dicha posible en este bajo mundo, diseminados y casados sus hijos, sentía estremecido el corazón por una ráfaga de frío escepticismo y el alma bañada por la onda enervadora de la melancolía...; entonces abría el ál¬ bum donde conservaba, cual preciosa reliquia, la confortadora escena de la visita nocturna .., aquel tiernísimo y consolador epi¬ sodio en que Inés, henchida de unción amorosa, arrebatadora de emoción y hermosura, la frente pálida como el rayo de luna y los ojos lánguidos y desfallecientes, condensó en un beso toda la for¬ midable carga de pasión acumulada desde la adolescencia... Y á la vista de tan sublime cuadro, disipábanse rápidamente las lágrimas de los ojos y las nieblas de la mente. Y exclamaba:
— ¡Sí;... la vida es buena y la felicidad existe, solo que.... duran tan poco!