Cuentos de vacaciones (narraciones pseudocientíficas) Primera serie · Capítulo real 6 de 7
El hombre natural y el hombre artificial
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
El siguiente coloquio, interesante por más de un concepto, ocurrió en París, durante la estación de las flores, desarrollándose, en la animada escena del boulevard Montmartre, sobre la ancha acera de un café al aire libre.
Junto á un velador, y bajo la protectora y polícroma marque¬ sina, hallábase cierto caballero como de treinta y cuatro años, alto, moreno, de frente despejada y ojos vivos é inteligentes. En- . tre sorbo y sorbo de café, leía distraídamente la prensa del día, dirigiendo, de vez en cuando, furtivas miradas á la porción libre del trottoir, por donde desfilaban en procesión pintoresca é inter¬ minable, hombres trafagosos, perezosos flaneurs y airosas, pulcras y bien trajeadas muchachas. Satisfaciendo la natural curiosidad del lector, diremos, desde luego, que el personaje en cuestión era D. Jaime Miralta, español domiciliado en París, célebre ingeniero y director de importante y acreditada fábrica de aparatos eléc¬ tricos.
Al alzar sus ojos del periódico, atrajo de pronto su atención la presencia, en otro velador vecino, de un forastero severamente vestido, de aire grave y solemne, y enlutado á usanza española.
—Este sujeto no me es desconocido — pensó Jaime, quien, des¬ pués de repasar sus recuerdos, acabó por reconocer en el recién llegado á su antiguo condiscípulo y contrincante del Ateneo, don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, el cual, mirando á su vez al compañero, levantóse bruscamente del asiento y corrió á saludarle efusivamente, exclamando:
—¿Cómo?.... ¿Tú por aquí? ¡Qué grata sorpresa! Cuéntame . ;
¿qué es de tu vida? ¡Seis años sin noticias tuyas! Sabía que, á con¬ secuencias de las persecuciones de que fuiste objeto, te habías expatriado....; pero te creía en América .
—Pues ya ves, querido Esperaindeo, vivo en París, y vivo tan ricamente, convertido en flamante industrial, explotador de varias patentes de invención relativas á máquinas eléctricas, y con algu¬ nos millones de francos ganados en buena lid.
Pero, ¿qué diablos te trae por París y sólo? Te suponía en Ma¬ drid hecho todo un prócer, diputado ó senador tradicionalista,
gala y ornato de los salones aristocráticos y de las corporaciones piadosas, y partidario acérrimo del principio de autoridad herma¬ nado con el orden .
—¡Mira, no me vengas con ironías, que no está la Magdalena para tafetanes!.... ¡Ah, si supieras! ¡Soy muy desgraciado ..., horri¬ blemente desgraciado!....
— ¿Cómo? ¿No eres feliz? Un joven como tú, hijo único, dueño de regular fortuna, dechado de cristianas virtudes y espejo de mansedumbre y humildad, casado quizás con santa y devotísima hija de la Iglesia .
¡No aludas, por Dios, á mi mansedumbre!.... Ella me ha perdi¬ do . Mira...., me alegro en el alma de haber topado contigo. Me
coges en plena crisis psicológica. En mi conciencia comienzan á
deshacerse muchas cosas que creí axiomáticas é inconmovibles .
Y tú vas á ayudarme....; sí...., porque solo un hombre como tú, modelado por el propio esfuerzo y dotado de poderosa individuali¬ dad y de invencible energía, puede asistirme .
— ¡Chico, me tienes en brasas!..., ¿qué te ocurre? Cuéntame y confía en mí. Bien sabes que, no obstante nuestras diferencias de temperamento mental y de gustos intelectuales, te he considerado siempre como un buen amigo...., más aún, como un corazón de oro, cuyos hidalgos impulsos no pudieron aniquilar los errores de la educación ni el veneno de la intransigencia religiosa. No olvido nunca la generosidad y celo con que trabajaste para lograr mi absolución en aquel malhadado proceso por delito de imprenta .
Pero, siéntate...., y cuéntamelo todo. Esta tarde no tengo que¬ hacer . y aunque lo tuviera! Es tan grato oir hablar de la
patria y de los amigos después de tantos años de ausencia!
— Agradezco cordialmente tus bondades. No esperaba menos de tí; pues aunque tus radicalismos políticos y desaprensiones dogmáticas te hicieron antipático á mi familia, yo siempre te esti¬ mé y admiré...., acaso porque hallaba en tu complexión moral mucho de lo que echaba de menos en la mía: entendimiento escla¬ recido y sincero, y volundad honrada, consagrada al culto de la verdad y del bien .
Quiero, amigo Jaime, referírtelo todo....; confiarte flaquezas y recuerdos que jamás salieron de mi corazón. Mi vida es una histo¬ ria clínica, que debes oir y meditar como psicólogo y como mé¬ dico, para ver si das con algún remedio salvador. Soy una pobre víctima de la mala educación, á quien el infortunio ha abierto los ojos ..., unos ojos que jamás contemplaron la realidad de las cosas. Meditando ahora acerca de mis ideas y sentimientos, me he per¬ suadido de que no soy una persona con propia espontaneidad, venida al mundo para añadir algo al acerbo común de la cultura y del bienestar sociales, sino una marioneta de cuyos hilos tiraron los vivos y los muertos, un ejemplar repetido y fácilmente sustituíble de esa grande edición del libro humano escrito por la tra¬ dición é impreso y divulgado por la rutina. Yo no soy, pues, un
yo\ soy los demás. Represento humilde manufactura donde co¬ laboraron todas las manos, excepto las mías; cera blanda, en la cual la sugestión, la autoridad y la enseñanza, impresiona¬ ron cuanto quisieron, sin que la menguada elasticidad de la primera materia fuera poderosa á borrar algunas huellas deformativas, ni á generar un pliegue original y espontáneo. Bien sabe Dios que, si mi vida ha resultado un fracaso, no es mía la culpa. Otros cargaron el cañón; yo, mera ó inerte bala, me limité á seguir la calculada trayectoria. Mas los sedicentes hábiles artilleros apuntaron mal, y en vez de dar con mi cuerpo en el soñado Paraíso, estrelláronme contra la roca. ¡Y entre tanto los flamantes educadores, tan campantes y satisfechos!
Pero, no divaguemos, y al grano. Ni te sonrías si en la narra¬ ción siguiente encuentras algún detalle harto realista.
Y Esperaindeo, después de mirar unos instantes al cielo, como para iluminar los borrosos recuerdos de la infancia, continuó:
— Pues, señor...., la fatalidad influyó hasta en el acto de mi concepción. Mi madre estéril hasta los cincuenta años, se empeñó en tener un hijo. Y en vista de que los santos no se le otorgaban, consultó á un famoso doctor, especialista en afecciones sexuales; el cual, con beneplácito del autor de mis días, propuso el empleo de la fecundación artificial. Soy hijo, pues, de mi madre y de una jeringuilla...! A fin de evitar el malogro del casi milagroso engen¬ dro tragó mi madre infinitas pócimas y asistió fervorosa á no se cuantas misas, sermones, rosarios, gozos y triduos; mas á pesar de tanta asistencia celestial, para que yo viniera al mundo hubo que recurrir á la violencia del fórceps y al cornezuelo de centeno. ¡Pluguiera al cielo que en mi cabeza no hubieran impreso sus hue¬ llas otras tenazas harto más duras y deformadoras que las del citado instrumento tocológico!
En mis primeros meses, envolviéronme en pesadas y ceñidas ropas de abrigo, que embarazaban mis movimientos; criáronme con biberón y harina lacteada; y mi madre, esclava del cuidado de su hijo, no permitió, recelosa del frío y los microbios, que res¬ pirase el aire de la calle lo menos en tres años, excepto el día de mi bautizo, en que atrapé soberbio tabardillo, y el de la confirma¬ ción, en que agarré la difteria.
En cuanto rompí á hablar y á andarme solo, los que me rodea¬ ban, en vez de despertar el dormido entendimiento con algunas noticias claras y elementales de las realidades de aquí abajo, po¬ blaron mi fantasía de conceptos abstractos y de imágenes de seres invisibles habitadores de lo alto. Entre oración y oración, fatiga¬ ban mi memoria contándome consejas absurdas, episodios demo¬ niacos, vidas de santos milagrosos....; narraciones esencialmente contrarias á los principios de la causalidad natural y las más á pro¬ pósito para creer que todas leyes del mundo son derogables á ca¬ prichos de celestes influencias.
Cumplidos los diez años, era yo un niño pálido, encanijado y
enteco, comparable á planta criada en sótano. A pretexto de evi¬ tar enfermedades y malas compañías, no se me consintió jamás ju¬ gar ni correr con los chjcos de mi edad. En esta virginidad de en¬ tendimiento y de conciencia, con la memoria atiborrada de fantas¬ mas y de conceptos místicos que escapaban á mi penetración, sin poseer una sola imagen precisa del mundo, que se me aparecía como un vago y misterioso ensueño lleno de pavorosas pesadillas, permanecí hasta los once años, en que se me juzgó en sazón para cursar la segunda enseñanza en un colegio de jesuítas. Allí apren¬ dí latín y griego, lenguas de los muertos, y menosprecié el francés y el alemán, idiomas de los vivos y verbo de la moderna cul¬ tura. En aquellas aulas, impregnadas de misticismo y de olor á rapé, adquirí un desdén aristocrático hacia las ciencias profanas, es decir, las matemáticas, físicas, naturales y biológicas, venero de riqueza y bienestar de los pueblos, y una pasión exclusiva y fanática por la retórica, las humanidades y singularmente por la teología, que Donoso Cortés, mi ídolo espiritual, proclamaba la <primera y más noble de las ciencias, la universal por excelencia, la que contiene y abarca todas las disciplinas divinas y humanas».
A la verdad, yo no penetré bien todos los ingeniosos argumen¬ tos de mis profesores, que se apoyaban principalmente en la filo¬ sofía de Santo Tamás; pero los diputé excelentes é irrefragables, pues no era cosa de sospechar que varones tan doctos y de acri¬ solada virtud pudieran engañarse y engañarme. Además, en mi naturaleza de hombre artificial y de pastaflora, dócilísimo á toda suerte de sugestiones, no iba á mostrarme exigente. Mi cabeza vino á ser una especie de garrafa que admitía inconsciente cuanto le llegaba por el embudo de la atención. Ajeno al concepto de la ley natural, mirando el mundo cual perpetuo milagro, tragábame sin el menor empacho cuantos sucesos sobrenaturales me contaban.
La amarga experiencia me ha enseñado que se desdeña ó abo¬ rrece cuanto se ignora ó no se ejercita lo bastante. Y yo, que no ejercitaba la razón, acabé por execrarla, y más cuando llegaron á mi noticia las infinitas impiedades y desatinos en que cayeron los hombres atacados de la insana manía de pensar. Después de todo, ¿para qué discurrir? me decía . ¡Es tan cómodo creer . y, ade¬
más, tan breve, tan económico de fósforo cerebral!
Tenía yo buena memoria y me la desarrollaron aún más con el continuo ejercicio Preciso es convenir en que mis preceptores procedían con lógica rigurosa. Dado su concepto transcendental de la vida — preparación para la muerte,— desarrollar en los catecú¬ menos el espíritu de independencia y el sentido crítico, ¿no es abrir puertas á 1* herejía y comprometer la eterna salvación? Al contrario, atrofiar la personalidad filosófica por la sugestión cons¬ tante de la flaqueza é improcedencia del criterio individual, en tanto que fuente de verdad metafísica, y llenar por compensación la retentiva con dogmas teológicos, con normas y preceptos de moral cristiana, ¿no equivale á preservar á los hombres de los
asaltos de la duda y de los extravíos de la voluntad? ¿No es ga¬ rantizarles inalterable calma en esta vida y perdurable beatitud en la otra? Cuanto más que, habiéndose esclarecido perfectamente, merced al resplandor de la revelación y de la filosofía cristiana, todo lo esencial del mecanismo del Cosmos y naturaleza y finali¬ dad del hombre, sumirse en el análisis y contemplación de las co¬ sas terrenas y perecederas, se me antojaba pura frivolidad y necio empeño de cijpmuscarse en el infierno. Y yo, como es natural, no quería chamuscarme. ¡Para algo tenía padre y madre cristianos, directores espirituales doctos y celosos y 8.000 duros de renta!
Sin esfuerzo adivinarás, por lo expuesto, cuán notables y rápi¬ dos progresos haría en las clases de retórica, historia, religión y psicología escolástica, y los escasísimos, por no decir nulos, logra¬ dos en las de física y química, fisiología é historia natural; cien¬ cias estas profesadas por dos reverendos jesuítas, listos é ingenio¬ sos exégetas, capaces de probar que la circulación de la sangre, los microbios y los rayos X, estaban ya puntualmente previstos, aunque en forma esotérica y para genios solos, en las relacio¬ nes del Génesis ó en las fulguraciones del Apocalipsis de San Juan.
En mi afán de lucir la memoria y de pertrechar de armas mi fu¬ tura elocuencia, me engolfaba, durante las vacaciones, en la lectu¬ ra de patrólogos, místicos y apologistas cristianos, embaulándome todos los florilegios y tópicos, imágenes y comparaciones relativos al heroísmo de los mártires, los milagros de la fe, la perennidad y misión civilizadora de la Iglesia, la profundidad y sublime clari¬ videncia de la filosofía escolástica; frases y conceptos que espeta¬ ba de carretilla y chorro continuo, declamándolos con tono enfᬠtico y altisonante.
Conociendo mis maestros esta flaqueza mía y pueril afán por las aparatosas é hinchadas peroratas, escogíanme para que llevase la voz de mis condiscípulos en las solemnes fiestas académicoreligiosas celebradas en honor de San Ignacio, á las que asistía la flor y nata de la aristocrática clientela del colegio.
Aún me acuerdo del frenético entusiasmo producido en cierta velada consagrada al Sagrado Corazón de Jesús; durante la cual largué al concurso, en menos de media hora, toda la indigesta cargazón de flores de trapo abarrotadas en mi memoria. ¡Aquello fué el delirio! Al final de mi discurso, señora hubo de las más em¬ pingorotadas y linajudas que, transportada de místico fervor, se me comía á besos, llamándome: columna de la Iglesia , vaso de elec¬ ción y esperanza de la buena causa. La verdad es que, en punto á recitar, era yo un gerifalte. Tocante á inventiva ¡Dios la dé!
Cumplidos los diecisiete años y aprobado el preparatorio, co¬ mencé en la Universidad mis estudios de abogado. El Derecho me distanció aún más de la Naturaleza. A mi creencia, en un mundomilagro se añadió entonces el fetichismo de la ley escrita. Cada
precepto legal apareciaseme como algo real é inmanente, algo que estaba por encima de las convenciones humanas y de los intereses materiales de las muchedumbres.
A través de la hoja de papel de Códigos y Partidas, elaborados por doctrinarios encumbrados en la torre de marfil de orgulloso subjetivismo, la imagen del hombre real, con sus impulsos, inte¬ reses y pasiones, se esfumaba hasta desvanecerse casi del todo. Naturalmente, supuestos mis sentimientos tradicionglistas, la ley humana me parecía simple comentario práctico de la divina, y consideraba á legisladores y jueces cual meros delegados de la Iglesia, en cuyo nombre, y no en el del pueblo ni del rey, debie¬ ran formular las leyes y administrar justicia.
Una vez concluida mi carrera, todo parecía sonreirme. Voca¬ ción y ansia de gloria lanzáronme á las lides de la palabra. Y en un principio, mientras me concreté á hacer conferencias en los Luises y demás círculos ultramontanos, hallé mi camino sembrado de flores. Por desgracia, mis maestros del colegio y de la Univer¬ sidad creyeron descubrir en mí un brioso mantenedor de la fe y un orador fogoso y sugestivo, y excitáronme, con la mejor inten¬ ción, á mantener, enfrente del racionalismo militante en Acade¬ mias y Ateneos, los principios de Syllábus y de la filosofía esco¬ lástica. Como de ordinario, para tan ardua labor mi memoria de¬ bía hacer el gasto. Mosaico de retazos hábilmente encolados para disimular las ensambladuras, eran mis oraciones; en las cuales se entretejían períodos enteros de Bonald, de Maistre, Raulica y Do¬ noso. Cortés, con frases de Balmes, Ortí y Lara, Brunettiére, Pidal, Mir, Fajarnés y Polo Peirolon. Aprendí me de coro cuantos argu¬ mentos esgrimen los citados tratadistas contra el desolador posi¬ tivismo, sin olvidar las razones y alegatos probatorios de la reali¬ dad de la revelación bíblica, del origen divino de la vida y del hombre, del carácter sobrenatural del lenguaje y de la misión re¬ dentora de la Iglesia.
Para acomodarme á mis modelos y al gusto dominante entre nuestros polemistas católicos, fingí animadversión y desdén inde¬ cibles contra Buchner, Draper, Moleschott, Vogt, Darwin, Haeckel, etcétera, amén de Bain, Herbert Spencer y Wund, que me pare¬ cían materialistas y ateos disfrazados. Y para reprobarlos según se merecían y pedía mi condición de orador grandilocuente, hice diligente acopio de los más suaves adjetivos, tales como: proter¬ vos, soeces, viles, groseros, hediondos, nauseabundos, repugnan¬ tes, concupiscentes, bajos, sensuales, execrables, abomínales . Ni
tuve que rebuscar mucho para reunir tan piadosas y humildes pa¬ labras; las hallé en las suaves y beatíficas homilías de nuestros obispos y en las oraciones polémicas de nuestros tomistas. Y, cosa extraña, cuantos esfuerzos hice para rebañar algún calificativo de este jaez en las obras de los neotomistas extranjeros (escuela de Lovaina, por ejemplo), resultaron infructuosos. Por donde vine á colegir que en materias de fe y de intolerancia, nuestros polemis-
tas cristianos están harto más adelantados que en achaques de cor¬ tesía y comedimiento.
Debo declarar que, por entonces, bajo el énfasis y la indigna¬ ción retórica del catecúmeno, tan celebrado por la galería, latía un fondo de sincera animadversión. No me era posible concebir un materialista ó librepensador, sino como un ser bajo, artero, sensual, capaz de toda suerte de crímenes y perenne candidato á cárceles y presidios Habíanme enseñado que, en herejes y des¬ creídos, las virtudes son vicios, es decir, rasgos de orgullo y de hipocresía ó efectos lejanos de la antigua levadura cristiana, y yo lo creí de buena fe. No tardó, sin embargo, la experiencia en de¬ mostrarme que la conducta individual depende, antes que del cre¬ do religioso, del carácter, grado de cultura y especialidad pasio¬ nal de los hombres.
En suma, y para definir en pocas palabras la fisonomía moral del ingenuo paladín de la fe en el Ateneo, me bastará consignar que era católico por sugestión y costumbre, ultramontano por im¬ posición, procaz é intemperante por imitación, y orador retórico y florido por recetas.
Pues, como te decía, no todo el monte fué orégano. Los prime¬ ros disgustos y desengaños me los trajeron mis discusiones del Ateneo; y tú, no obstante la moderación y exquisita cortesía con que me trataste, me pusiste, con tu fría, acerada y robusta crítica, en gravísimo aprietos.
— ¡Bah! Allí era yo tan doctrino como tú. Ya te contaré ....
— Toda esta parte de mi vida la conoces perfectamente. Recor¬ darás que fué puesta á discusión, por la Sección de Ciencias mo¬ rales y políticas, una Memoria intitulada Inanidad del positivismo y evolucionismo , de que me constituí en voluntario y arrogante mantenedor.
¡Nunca lo hubiera hecho! Aquello fué un desbordamiento de rencores, de sañas de escuela, de inauditas violencias de lenguaje. Nube amenazadora de individualistas, racionalistas, materialistas, positivistas, kantianos, anarquistas, socialistas y hasta oportunis¬ tas y conservadores-liberales pidieron la palabra, no sin apostro¬ farme y vociferar como energúmenos; y concedida que les fué, enfocaron por turno, y en sucesivas sesiones, los puntos flacos de mi discurso: las inocencias paradisíacas, las omisiones intenciona¬ das, las deficiencias científicas y filosóficas, hasta las petulancias y osadías de forma...., dando en tierra con la artificiosa y flamante fábrica retórica, y prodigando de paso al mantenedor las más des¬ deñosas ironías y las más despectivas reticencias.
Aquellas acritudes de lenguaje eran, por desgracia, motivadas; respondían, según suele acontecer siempre (traspasando un poco la medida del ataque), á una serie de imprudentes retos y de pun¬ zantes invectivas, enderezados por mí á librepensadores y maso¬ nes en general y á materialistas en particular.
Falto de serenidad, y ardiendo en santa indignación, replicaba
yo á vocee, 'apelando á todas las bellas frases y lugares comunes conservados en mi memoria; pero desgraciadamente el almacén se me agotaba, viéndome obligado á usar argumentos recalentado^, mientras que el de mis adversarios parecía siempre repleto y re¬ novado. Y, según suele acontecer, á falta de buenas razones y de sólida ciencia, pretendí salir del paso apelando á los arranques del sentimiento y á las profecías jeremiacas y terroríficas. Y un día, con ademán heróico y gesto trágico, erguime en el sitial y en¬ sarté de carretilla todas las frases hechas de que me acordaba, declarando: que las doctrinas positivistas y evolucionistas escar¬ necen y desgradan al hombre, rebájándole á la condición del bru¬ to; apagan la noble sed del ideal, norte de la existencia; aniquilan la esperanza de los pobres y desdichados; entronizan la maldad hábil, la más odiosa de las maldades; destruyen las bases de la moral que radican, no en el bajo terreno de la utilidad, sino en la sumisión á los divinos preceptos del Decálogo; y, finalmente, conducirían, de erigirse en normas de la vida práctica, al desbor¬ damiento general de las pasiones antisociales, á la total anarquía de las voluntades, al estado de abyecto salvajismo, del cual, si¬ glos hace, nos remidiera la creencia en la divinidad y la vivifican¬ te luz del Evangelio.
Mis flores de trapo, increpaciones y arrogancias, fueron caluro¬ samente aplaudidas por los clericales y tradicionalistas; pero ¡ay! estos aplausos no me convencieron. A pesar de mi facundia y del entusiasmo de los correligionarios de la buena causa, un hecho quedó plenamente patentizado: que la mayoría de las objeciones asestadas por anarquistas, materialistas y darwinistas contra la autoridad de la Biblia, divinidad de Jesús, infalibilidad del Papa y de la Iglesia, superioridad de la moral cristiana sobre la de las demás confesiones religiosas, armonías de la ciencia y revelación, proclamación de la caridad como única solución del problema so¬ cial, etc., quedaron en pie ó muy débil y flojamente refutadas.
Mi ingenuidad natural, superior á las alegaciones del amor propio, no me consentía hacerme ilusiones. Privado de esponta¬ neidad crítica, y preparado con una labor de pura erudición filo¬ sófica y apologética, mi intervención en aquellas discusiones re¬ sultó un fiasco completo. Conmigo hubieron de reconocerlo tam¬ bién, pasado el hervor de la lucha, algunos amigos leales, a quie¬ nes la fe robusta y sincera no anublaba la serenidad del juicio. Notorio era que los paladines del dogma sabíamos menos de cien¬ cia que los librepensadores de religión.
¡Y qué variedad de estrategias para el ataque y cuánta riqueza de argumentos! Jamás creí que la labor demoledora de la moder¬ na filosofía alcanzara tanta extensión y profundidad. Para cada objeción prevista por nuestros caros textos de controversia, salían á relucir mil reparos originales tomados del campo, siempre re¬ novado, de la geología, la física, sociología y hasta de la psicolo¬ gía y metafísica contemporáneas.
Asi, por ejemplo: negábamos la posibilidad de que la vida, en¬ tregada á sí misma, hubiera conseguido formar, por evolución, el sublime instrumento del lenguaje; y nos atajaban alegando la existencia de idiomas fonéticos rudimentarios en el mono, perro y muchos animales, mostrándonos las transiciones de expresión entre el civilizado y eJ salvaje, y citándonos tribus humanas, tan degradadas y rudas, que su léxico consta de unas cuantas voces, carecen de palabras abstractas y no cuentan más que hasta 5 ó 6. Declarábamos arrogantemente la universalidad de la creencia en Dios y en la inmortalidad del espíritu, y sacaban á relucir infini¬ dad de nombres raros de pueblos primitivos, africanos ó america¬ nos, entregados exclusivamente á la vida vegetativa, sin sombra de religión ó embrutecidos por el más abyecto fetichismo. Entonᬠbamos fervorosos himnos á la infinita sabiduría del Creador ó á las inefables armonías y bellezas de la Naturaleza, y salían á nuestro encuentro describiendo no sé cuantos animales simplifica¬ dos por parasitismo ó adaptación: ojos que no ven, músculos que no funcionan, monstruosidades increíbles, atavismos estrafalarios; y en fin; las tenias, hidátides y microbios, cuyo triste ministerio consiste en inmolar al Rey de la creación después de infringirle cruelísimas torturas. Formulábamos un solemne mentís contra el evolucionismo, exigiendo á darwinistas y hekaelianos nos mostra¬ sen las transiciones morfológicas entre las actuales especies, el tránsito, por ejemplo, entre el reptil y el ave ó entre el orangután y el hombre; y nos respondían echándonos en cara nuestra igno¬ rancia, y describiendo, con todos sus pelos y señales, un extraño bicha rraco fósil, el Archaeopterix macrurus, especie de lagarto con plumas en posesión de caracteres mixtos de pájaro y reptil, y el hombre-mono de Java (I), con un cráneo intermedio entre el orangután y el malayo. Defendíamos la unidad de la conciencia y la doctrina del libre albedrío, y nos mareaban refiriéndonos mu¬ chedumbre de casos de histéricas con doble y triple personalidad y trayendo á colación una legión de fisiólogos y filósofos, cuyas experiencias demostraban el poder soberano de la sugestión hip¬ nótica y la posibilidad de abolir completamente el ejercicio de la voluntad. Proponíamos, en fin, cual redentora y universal medici¬ na para los males y desigualdades sociales, la caridad de los ri¬ cos y la resignación de los pobres, y nos replicaban que, remedios fracasados durante mil ochocientos años de empleo, no son reme¬ dios, sino sarcasmos, y que la verdadera panacea no consiste en la piedad, sino en la justicia .
—En efecto, me acuerdo bien de los apuros que pasábais para defenderos de adversarios á quienes no detenía ningún respeto. Pero séame lícito decirte que vuestra derrota no dependió tanto de la debilidad de la posición dogmática cuanto de la errada tác¬ tica adoptada. ¿A quién se le ocurre combatir á darwinistas y po-
(1) El Pithecanthropus erectus , mono fúsil descubierto en 1849, por Dubois.
sitivistas con argumentos de Santo Tomás? Desde el momento en que, en una controversia se descartan los textos revelados y se recusa á la tradición, en tanto que fuente de certeza para esclare¬ cer los problemas científicos, hay que abandonar el terreno de la escolástica y descender á la arena de la investigación biológica. Las tesis científicas solo se combaten con hechos ó inducciones científicas. Vosotros hubiérais, sino triunfado, adoptado más ai¬ rosa actitud, pertrechándoos en el inagotable arsenal de los he¬ chos paleontológicos, zoológicos, embriológicos y fisiológicos, donde hay armas para todos los gustos y argumentos á la medida de las más contradictorias teorías .
— Pero yo no podía, desgraciadamente, descender á ese terreno que desconocía por completo. Para saber escudriñar la Naturaleza y sentir sus revelaciones hay que amarla, y mi temperamento mental, deteriorado por la educación, me inclinaba precisamente á lo contrario. Harto hacía yo, durante aquellas inolvidables con¬ tiendas, con saber de coro mis clásicos y recitar sereno la prosa elocuente del P. Mir ó del obispo Cámara. Además, hablando con franqueza, creo que es arduo empeño, aun para cabezas sólidas, originales y bien organizadas, rebatir el evolucionismo, doctrina inspiradora á la hora actual del pensamiento de casi todos los sa¬ bios, y que ha renovado y transformado desde la geología hasta la sociología.
— Razón tienes de sobra, y aun me adelanto á pensar que la empresa resultará de cada día más difícil. Cultivada la ciencia por miles de espíritus elevados é independientes, acrecienta incesan¬ temente el caudal de sus datos positivos, y con ellos sus recursos de combate; mientras que la fe, atenida á vetustas inflexibles fór¬ mulas, permanece estacionaria, esgrimiendo todavía la mellada tizona de la lógica aristotélica y escolástica, especie de espada de Bernardo que los modernos científicos y pensadores miran con
olímpico desdén, ya que no con mal disimulado regocijo . Pero
prosigue tu relato y perdona mis interrupciones .
Pues, como decía, poco satisfecho de mi apostolado tomista, empresa harto superior á mis exiguas fuerzas, y falto de iniciati¬ vas para descubrir nuevos horizontes polémicos, lancéme al esta¬ dio de la política, afiliándome naturalmente en las huestes ultra¬ montanas. No fui en ellas mal recibido. Mi aureola de caballero andante del ideal y mi cristianismo de acuñación antigua, sin ta¬ chas ni herrumbres liberales, abriéronme las puertas de los ce¬ náculos clericales y la mansión de cierto elocuente y linajudo prohombre, en cuya tertulia se concertaban benevolencias, se otorgaban distritos y preconizaban obispos. Este personaje, que no tiene pelo de tonto, debió calar en seguida mi nativo candor y condición sumisa y corderil y pensando sin duda, hacerme ins¬ trumento suyo, me trajo de diputado cunero por un distrito rural.
Aquella generosa protección me convirtió en maniquí del con¬ sabido cacique. Estaba de Dios que no había de salir nunca de
textos y tutelajes. Antes calcaba mis discursos en los pasajes de Fr. Ceferino y del P. Cámara; ahora veíame obligado á tomar el santo y seña de boca del jefe, el cual se dignaba pla¬ near las minutas de mis discursos, llevando su bondad al ex¬ tremo de componer expresamente para mi, períodos rotundos y grandilocuentes, frases intencionadas y maquiavélicas, y hasta hábiles alusiones personales.
Según recordarás mis campañas del Congreso constituyeron una nueva equivocación. Expositor solemne, de frases pomposas y contextura rígida, desconocedor de los hombres y de sus menu¬ das insidias y pasiones, era yo incapaz de plegadme á los culebreos y marrullerías de la táctica parlamentaria. Perdida la fe en los grandes ideales, las luchas del Parlamento no se encaminan hoy á los fines de la utilidad social ó engrandecimiento de la patria, sino á los egoístas del medro de un partido y de la prosperidad personal. Para el orador de oposición, escollo y rémora de los go¬ biernos parlamentarios, el objetivo inmediato consiste en desacre¬ ditar á los ministros, cualesquiera que ellos sean; y con tal de lo¬ grar sobre el leader ministerial alguna ventaja, y la consiguiente turbación en la mayoría, impórtale á aquél un ardite que el tor¬ neo degenere en riña y que el noble florete sea sustituido por la trapera navaja.
Tal ocurrió con ocasión del primer discurso doctrinal que, en apoyo del programa del Gobierno y del grupo parlamentario acaudillado por mi jefe, pronuncié en el Congreso. Los oradores demócratas, recordando sin duda mis intransigencias del Ateneo y mi significación acentuadamente clerical, convirtiéronme en blanco de sus sañudos ataques; y al objeto de aturdirme y hacer¬ me perder los estribos recurrieron á la mordaz invectiva, al após¬ trofo insultante, á la interrupción sistemática y obstruccionista. ¡En vano agitaba el presidente la campanilla para mantener á ra¬ ya á los alborotadores y sacar á flote mi coreado y entrecortado discurso!... Yo perdí la paciencia y lo eché todo á rodar. Arrebola¬ do por la emoción, turbado y balbuciente por la ira, descompues¬ to, en fin, me senté en los escaños, sin acertar siquiera á fulminar contra mis crueles interruptores alguna frase envenenada, ni adoptar el bello gesto del gladiador caído. Desde entonces perdí mis entusiasmos por la política, tercié rara vez, y siempre con miedo, en las discusiones, y acabé por anularme por completo.
— Tamaña desazón la sufriste, no por falta de aptitudes orato¬ rias, sino á causa de haber navegado siempre por las aguas tran¬ quilas de la exposición dogmática, jamás turbadas por el tumul¬ tuoso oleaje de las pasiones humanas y el choque de la oposición. Desconocías al hombre con sus intrigas, arterías y bajos apetitos, y, de improviso y sin preparación moral alguna, te encontraste de frente con el político profesional, una de las más funestas produc¬ ciones de la civilización europea. Tu situación en aquel ambiente borrascoso del Parlamento era comparable á la del cazador, que
sin haberse aventurado nunca en la selva, ni haber visto más fie¬ ras que las pintadas en las estampas de los libros infantiles, se lanzara de pronto á luchar con un tigre feroz sin otras armas que un grácil bastón.
Convendrás conmigo fácilmente en que el método esencialmen¬ te profiláctico seguido en tu educación, método basado en la abs¬ tención sistemática del conocimiento de las acritudes y perfidias del mundo, no era el más apropósito para hacer de tí un orador político. Salvadas rarísimas excepciones, quienes generalmente prevalecen en las lides parlamentarias, son los que desde la ado¬ lescencia, se adiesfraron para la lucha verbal, buscando adrede la hostilidad y la oposición de las gentes, con la mira, no de persua¬ dirlas, sino de adquirir soltura, agilidad de ingenio y de dicción; apagando al mismo tiempo esa nativa y funesta emotividad que restringe el campo del pensamiento, inutiliza y desordena las me¬ jores prevenciones de la memoria y del estudio, y nos reduce, en los más graves y rigurosos trances, á la condición de un animal puramente reflejo, á una especie de rana decapitada: Sólo contra¬ diciendo y soportando contradicciones en la edad juvenil llegan á adquirir los grandes polemistas esa flexibilidad de expresión y de entendimiento que les permite adaptarse rapidísimaraente á los mil incidentes y fases de un debate, improvisando brillante recti¬ ficación con ocasión de una frase escapada al impaciente adversa¬ rio, y desconcertando, en fin, al interruptor con hábiles y fulmi¬ nantes respuestas. A la manera del buen piloto, el tribuno de casta debe conservar su serenidad ante las olas embravecidas, y, semejante al cazador de perdiz, ha de saber tirar instantáneamen¬ te al vuelo sin pararse á apuntar la pieza. En suma, todo es cues¬ tión de práctica y de adaptación. Y tú, por lo visto, mal hallado en aquel hervidero de concupiscencias y perfidias, no quisiste adaptarte y perseverar...
— No, Jaime...; creo firmemente que jamás habría prosperado en la política. Hay algo, innato en la arrogancia y 'desahogo del tri¬ buno. Menester es ser superior para sentirse superior. El arte y la educación son parte, sin duda, á encauzar y domesticar esa fuerza de la personalidad desbordante, esa voluntad imperativa y casi sa¬ tánica del conductor de hombres, pero son incapaces de crear un átomo de energía moral. Además... en los medios pestilentes sólo se refocilan los microbios. Avergonzábame mi triste condición de esta¬ fermo político y repugnaban á mi delicadeza las complacencias, lisonjas ó indignidades con que, en el bajo mercado del parlamen¬ tarismo, suele comprarse el medro personal.
Pues, prosiguiendo mi relato, después de tan desdichados ensa¬ yos parlamentarios, sobrevinieron en mi familia graves contra¬ tiempos. Mi padre perdió en la Bolsa buena parte de nuestra for¬ tuna, harto mermada ya con los generosos donativos á las fundaciones piadosas. Y para colmo de desgracia, meses después, un administrador en quien mi familia tenía puesta toda su con-
fianza, se fugó á América con el importe de productiva finca, la única que nos quedaba. En posesión de poderes que le autoriza¬ ban para efectuar la venta, el bribón dió el golpe en ausencia de mis padres, á la sazón trasladados en fervorosa peregrinación á Lourdes, y ocupados en implorar á la Virgen amparo y proteccién en nuestras tribulaciones.
Arruinados quedamos con semejante desastre. Mi padre, muy anciano y achacoso, sucumbió del disgusto; mi madre, desgarrada por la pena, buscó consuelo en la religión, y yo, convertido ino¬ pinadamente en jefe del hogar y agobiado con el peso de las obli¬ gaciones de la casa, me vi compelido á trabajar, cosa en que ja¬ más había pensado. Puesto que tenía un título de Doctor en Derecho, parecióme lo mejor abrir bufete y consagrarme á las ta¬ reas del foro.
—Muy bien hecho. ¿Y supongo que tus amigos, ricos é influyen¬ tes en su mayor parte, te dispensarían cordial protección propor¬ cionándote pleitos?
— ¡Ay, amigo mío!— Aquellas duquesas que me aplaudían calu¬ rosamente en los Luises, aquellos correligionarios acaudalados que tanto celebraban mis arrestos y campañas contra los socialis¬ tas y librepensadores, dejaron de visitarme desde que averigua¬ ron nuestra ruina. Ante mis solicitudes de protección, encogíanse de hombros y continuaron encargando sus demandas, informes y pleitos á los picaros y aborrecidos liberales: á Salmerón, Canale jas, Montero Ríos, Maura, Dato y Silvela, y tal cual profesional de la toga. Hasta nuestros ultramontanos más recalcitrantes escogían para defender sus negocios ante los tribunales, á los exministros ó á los caciques influyentes en vísperas de ser elevados á los con¬ sejos de la Corona.
En vano, pues, me inscribí en el Colegio de Abogados, y me enfrasqué en la lectura de las obras de Alcubilla, Sánchez Román, Pacheco, Mittermaier, Martínez del Campo, etc.; inútil fué el en¬ cargarme de la defensa de no sé cuántos pobres ni que solicitara ahincadamente recomendación y amparo de los príncipes de la toga y del foro. Nada...; no caía un mal pleito de pan llevar, ni una miserable consulta para ir tirando!...
¡Aquello era desesperante! Ciertamente, no me faltaban entu¬ siastas elogios, sinceros al parecer, de mis amigos, que se hacían lenguas de la brillante forma de mis defensas y de la copia doc¬ trinal de mis informes. Ponderaban sobremanera las citas clásicas con que exornaba mis oraciones, sazonadas con definiciones de Santo Tomás y decretos de los Concilios; así como la rectitud y tino con que solía interpretar y traer al caso el correspondiente texto legal. Pero el éxito positivo, el que se cotiza en pingües ho¬ norarios y fama bien cimentada . , ese no llegaba jamás.
Pienso ingenuamente que aquí marró también mi educación. Aparte del talento, el abogado listo suele ser — en cuanto profesio¬ nal de la toga — un ente esencialmente amoral á quien la condición
ética de sus defendidos le tiene sin cuidado. Si el litigante resulta un bribón, bueno; si inocente, mejor. Pero á mí, criado en el odio y en la ignorancia de todo lo pecaminoso y reprobable, repugnᬠbame extraordinariamente defender litigantes temerarios ó cana¬ llas, y faltábame la frescura, sans faQon y arte teatral necesarios á pintar un foragido como un ángel de bondad y de inocencia. A que se añadía el carecer de espontaneidad, malicia y flexibilidad indispensables para sacar partido, en pro de la defensa, de los mil incidentes sobrevenidos durante la interrogación del reo, y con ocasión de las vaguedades y contradicciones de los peritos. Y así, para no violentar mi natural rectitud, ni turbar mi meticulosa ortodoxia, sólo defendía á inocentes, ó por, lo menos áreos de menor cuantía favorecidos por circunstancias atenuantes. En con¬ diciones tales, mi oratoria emocional, de tonos patéticos y líricos, alcanzaba algún lucimiento.
— ¡Tiene gracia!... ¿Nó veías que con semejante conducta te ale¬ jabas de la realidad é ibas á un fracaso seguro? ¿Qué dirías tú de un médico que tratara exclusivamente enfermos curables?.
Hay que tomar las cosas como son y no como debieran ser. En todos los adversos trances de la vida conviene recordar esta máxi¬ ma de Feuerbach: «acepta el mundo que nos es dado». El mundo quiere que el ejercicio de la abogacía sea á menudo ficción y co¬ media; seamos, pues, comediantes, ó abandonemos el oficio. Quien no pueda matizar ni complicar un poco su psicología moral, sea padre de almas y no defensor de reos. En el espíritu del juriscon¬ sulto debe haber algo de las marrullerías del zorro, de las insidias del splex y de la impetuosidad y nobleza del león. Por algo no registra el santoral ningún santo abogado, á no ser de la peste...
• Además, en esto como en todo, el prestigio del arte redime de la culpa. Hay gloria y soberano placer en transformar, al conjuro del ingenio, la falacia en demostración, en rodear de sombras los hechos criminosos, en desconcertar, en fin, con la vistosa prestidigitación de la palabra, la recelosa circunspección de jueces y jurados. A semejanza del médico, la suprema aspiración del abo¬ gado ha de ser reintegrar á la sociedad una vida perturbada, sin pararse á averiguar si detrás de ella se esconde un criminal ó un inocente. Recuerdo á éste propósito el dicho de Aristóteles, quien motejado por darle limosna á un bribón, respondió: «la doy á la humanidad, no al hombre». El defensor de un reo puede decir también: defiendo á la humanidad desgraciada, no á un hombre, que puede ser ó no criminal.
— Tienes razón, sin duda, pero yo era un ingenuo, un carácter sin dobleces, sombras y articulaciones. La impersonalidad y fic¬ ción constantes del ministerio forense me eran sumamente antipᬠticas. Idealista incorregible, hubiera yo querido desenvolver no más el lado noble y generoso de la misión del abogado, practi¬ cando aquellas bellas cosas que escribe Castro en sus Discursos críticos sobre las leyes: «Ellos (habla de los abogados) son los que
con rectas decisiones apagan el fuego de las ya encendidas dis¬ cordias, los que velan por el sosiego público. De ellos pende el consuelo de los miserables; pobres, viudas y huérfanos hallan contra la opresión alivio en sus arbitrios; sus casas son templos donde se adora la justicia, sus estudios santuarios de paz, etc.»
— Cierto es; pero Castro, abogado al fin, se olvida del reverso de la medalla y se expresa como poeta más que como definidor. Porque con la misma razón podrían invertirse sus encomios, di¬ ciendo: «Ellbs son los que con torcidas decisiones convierten en hoguera el fuego de las ya encendidas discordias; los que velan por el desasosiego público. De ellos pende la desesperación de los miserables, etc.»
— Cabal; mas los derechos de matrícula obligaban siquiera á que nuestros profesores nos revelaran la verdad en lo tocante á los fines de la profesión.
— Ignoro si será á causa de cierta exagerada acomodación á la realidad, ó de un resto de hegelianismo que ha resistido en mi mente á los embates de la ciencia positiva; pero ello es que pro¬ pendo constantemente á ver alguna finalidad real y útil hasta en las más imperfectas y defectuosas producciones de la Naturaleza y del espíritu. Tal me sucede cuando reflexiono sobre la utilidad social de la gente de toga.
Al modo de los microbios de la fermentación me parece que la misión del abogado es desdoblar. Gracias á su acción enervadora y disolvente, se derrumban las más insolentes y mal amasadas fortunas, nivelándose en lo posible el haber colectivo: por ella el feroz homo sapiens, exantropoide esencialmente, golpeador como el gorila, ha abandonado la espada por el papel sellado y conver¬ tido sangrienta lucha en suavísima querella Adiestrados por tan hábil domador, los sencillos litigantes acuden ahora al terreno, no á cruzar balas mortíferas, sino vistosos billetes de Banco, que naturalmente recogen los padrinos. Con lo cual lógrase, entre otros beneficiosos efectos, administrar saludable sangría al apo¬ plético é imponer cristiana humillación al soberbio, encauzando de paso el dinero, harto distraído y torpe, hacia el bolsillo de los listos y de los despiertos.
¡Grande, providencial y niveladora obra para la cual, justo es reconocerlo, prestan abundantísimas armas y copiosas ocasiones nuestros sabios códigos civiles! Fabricados por abogados, tiran, naturalmente, al provecho de la clase. ¡Sí!...; de la hojarasca de esa selva impenetrable de la ley, cuyas ramas exuberantes se im¬ brican, entrelazan y oponen de mil modos, roen los jurisperitos oomo la oruga de la col. ¡Pobres de ellos si la lógica y el sentido común, después de oir la voz de la Naturaleza, se metieran á co¬ rregir y simplificar nuestras leyes!
Pero prosigue tu narración, querido Espera indeo, y perdona una vez más mis impertinentes reflexiones.
—Paso ahora á contarte lo más penoso.. , el bochornoso suce-
so que ha dado ocasión á nuestro providencial encuentro... Y dis¬ pénsame si, al referírtelo, callo detalles del oprobioso ultraje, cu¬ ya evocación conmueve é irrita dolorosamente las fibras más ínti¬ mas de mi ser...
Contrariada mi pobre madre por la tardanza de mis éxitos fo¬ renses, y apremiando por momentos las insatisfechas necesidades de la vida material, resolvió casarme con una rica heredera. Claro es que yo, virgen en el ejercicio del derecho de elección, no había de salir entonces por el registro de escoger novia á mi'gusto. Con¬ traje, pues, matrimonio con una señorita huérfana, fea, histérica y antojadiza, pero dueña de pingüe dote en títulos de la Deuda. Tan brillante partido nos fué proporcionado por el padre Zahori, con¬ sejero de mi madre y director espiritual de mi prometida.
Pronto me desengañé y se desengañó mi progenitora. En aque¬ lla casa, que no era nuestra, vivíamos como huéspedes No dispo¬ níamos de un c.éntimo. Las considerables rentas de mi mujer con¬ sumíanse entre sus lujos, caprichos y dádivas piadosas. Criada en un convento y emparentada con las familias más beatas de la Cor¬ te, mi esposa compartía su tiempo y actividad en prácticas devo¬ tas, en asistir á las fiestas y oficios religiosos, en celebrar juntas benéficas y visitar frailes y conventos. De higos á brevas la veía¬ mos en casa. Cuando mi pobre madre, torturada por la amarga decepción, la amonestaba suavemente por sus despilfarros y el in¬ justo desdén con que me trataba, estallaban incoercibles sus his¬ terismos, y sin la menor delicadeza nos echaba en cara nuestra pobreza, acabando por decir «que de lo suyo gastaba».
Yo debí haberme mostrado enérgico, constituyéndome en jefe efectivo del hogar y en administrador de los bienes de mi cónyu¬ ge; pero mi blandura de carácter y un resto de mal entendida dig¬ nidad me lo impidieron.
Magdalena — que así se llama mi mujer — estimábame como se estima un cuadro de mérito ó un caballo de buena estampa. Lu¬ cíame á guisa de trofeo en iglesias y paseos. De afecto verdadero ni asomos. Su corazón, saturado al parecer de amor divino, era incapaz de sentir el amor terrenal. Durante nuestras íntimas plᬠticas y querellas domésticas, sentíase vibrar detrás de aquella al¬ ma frívola una voluntad viril, extraña á los intereses del hogar, que se obstinaba en contrariar todos nuestros consejos y de¬ signios.
A fin de refrenhr un tanto sus altanerías y derroches, recurrí á la autoridad decisiva del padre Zahori; pero éste se inhibió del negocio diciendo que él no quería meterse en discusiones domés¬ ticas y asuntos de conciencia. Mi cuitada madre estaba desespera¬ da; la hija solícita y cariñosa con que soñara, la que debía aten¬ der y cuidar los achaques de su doliente ancianidad, ¡le había resultado una egoísta y una ingrata!
Y ahora viene el doloroso y tremendo desenlace. Cuando yo menos lo esperaba, pues nos habíamos reconciliado relativamente,
Magdalena, la esposa mística, el dechado de virtudes cristianas, abandona el hogar, huyendo al extranjero. ¡Y con qué odiosas y repugnantes circunstancias! La pérfida y desleal, aprovechando una ausencia mía, negoció los títulos de la Deuda constitutivos de toda nuestra fortuna, llevóse consigo sus alhajas, y partió de Madrid en compañía de cierto caballerete romántico, vate melenu¬ do y cofrade fervoroso de la Sociedad de San Vicente de Paul.
Y héteme aquí, en París, deshonrado, miserable, sangrando el corazón por la reciente pérdida de mi madre, y en busca de la adúltera, cuyo paradero necesito averiguar para entablar pleito de divorcio y recabar, ¡vergüenza me da decirlo!, la parte de sus rentas que, según ley, me pertenece. Limosna vil, deshonrosa, cuya demanda lastima infinitamente mi amor pi'opio . que recha¬
zaría con altivez si yo supiera hacer algo..., si yo fuera capaz de trabajar con éxito y alcanzar esa independencia económica, sin la cual decoro, dignidad y satisfacción del sentimiento de la pro¬ pia estima son vanas palabras. ...
Pero yo no sirvo para nada . Tengo la memoria atiborrada
de bellas frases, de fórmulas, de definiciones y clasificaciones: ¡pa¬ labras, palabras y palabras!....
Pero en la sociedad moderna no se medra con tropos ni se co¬ tizan las bellas cosas que se pueden decir, sino las cosas útiles que se saben hacer. Y lo más triste es que, para consolarme, no me queda ni siquiera la fe, casi naufragada ante el desolador abando¬ no de mis amigos y correligionarios, los más disimulados desde¬ nes de mis confesores y la indiferencia general de la sociedad. Para colmo de amargura y desencanto, ciertos datos recientemente adquiridos acerca de la vida y milagros del reverendo Padre Zahori me hacen sospechar (¡Dios me perdone la malicia!) que sus familiaridades con mi mujer no se concretaban puramente al orden espiritual .
He terminado mi narración Con el alma te ruego vengas en mi ayuda. He declarado que estoy en crisis de ideas, en pleno deshielo de preocupaciones. Aprovecha esta favorable disposición de mi ánimo, si es que juzgas posible aún la regenerabilidad de un cerebro que jamás pensó ni quiso nada por sí. Asísteme en la obra de demoler las sugestiones del orgullo, las construcciones fantásticas levantadas en mi alma por la traición, el ejemplo y la enseñanza. Haz de mí un trabajador, un hombre útil y moderno. Siento todavía dentro algo vivo...., algo que protesta contra el triple yugo del dogma filosófico, el privilegio de casta y la rutina de pensamiento. Créeme....: el autómata ansia moverse por sí, y está pronto á echar enhoramala á cuantos maeses Pedros maneja¬ ron los hilos de su voluntad y de su acción.
— Has sido víctima — respondió Jaime — de la artificialidad de la educación. Mas, por fortuna, tu mal tiene remedio. La crítica atinada con que has juzgado las causas de tus fracasos y desgracias
testimonian que, por milagro extraordinario, el daño no ha llega¬ do á comprometer lo más íntimo y vital de la máquina del pensar. Las cabezas, como los molinos, producen en razón de lo que se les da. Te alimentaron con ficciones y elaboraste fantasmas. Has vivi¬ do hasta hoy en tinieblas, como los hombres de la caverna de Platón, desterrado de los dominios de la verdad, y solo has co¬ menzado á ver la realidad cuando ella misma ha llamado recia¬ mente á las puertas de tu conciencia. La experiencia directa del mundo, más fuerte que todos los convencionalismos de la educa¬ ción, ha barrido en tu alma los ebúrneos castillos de la tradición y las pintadas bambalinas de la fe.
¡Bello y excelso es el ideal religioso! Podría compararse á esos llamados hilos de la Virgen , sutilísimas hebras de plata con que, durante el otoño, anuda y entreteje la araña las frondas y troncos linderos de sendas y caminos. El artista se detiene ante el frágil obstáculo y contempla arrobado cómo de tan nítidos, cristalinos y oscilantes hilos arrancan los rayos del sol muriente áureos relám¬ pagos, y cómo al través del mágico y luminoso tul se esfuminan y obscurecen árboles y montañas; pero ¡ay! de improviso llega el arrollador automóvil del progreso y cae para siempre la fulgu¬ rante cortina, con tantos esfuerzos levantada, descubriendo sin piedad la realidad implacable y escueta.
Aplaude de todas maneras tus desventuras. Sin ellas seguirías todavía dormido. Y puesto que tus facultades críticas no han nau¬ fragado, yo procuraré robustecerlas. ¡Y el día que seas hombre y abandones para siempre el error y el parasitismo, dos tiranos que parecen muy amigos de nuestra sensibilidad, siendo en realidad sus más insidiosos enemigos, verás qué intensa, noble y soberana fruición experimentas! Cuando des libre desarrollo á tu personali¬ dad y á tus talentos....; cuando todas las células cerebrales, entu¬ mecidas par el desuso, incorporen sus vibrantes expansiones y entonen himno clamoroso al trabajo redentor, entonces compren¬ derás todo el sublime orgullo y soberano deliquio que hay en esta frase profundamente religiosa: «Libre soy, vivo de mis obras y, gracias á mi labor, la humanidad tendrá un poco más de placer y algo menos de dolor . »
Pero, antes de proponerte el plan que necesitas, voy á contar¬ te, según te ofrecí hace poco, mi propia vida, de la cual no cono¬ ces sino en algunos pocos episodios. En ella encontrarás, si la meditas sinceramente* una lección y un camino.
Nací en una aldea del Pirineo, de padres humildes, modestos pejugaleros, que no pudieron dar á sus hijos otra instrucción que la de la escuela municipal.
En cuanto supe leer y escribir, la dura necesidad obligó al autor de mis días (pues tenía seis hijos más), á acomodarme de
zagal en las majadas de un rico ganadero del lugar. Y cátate á un rapaz, de once años escasos, que había entrevisto en la escue¬ la el luminoso cielo del saber, reducido al humilde oficio de guiar por los puertos y prados comunales un rebaño de hasta 300 reses, en tanto que padre y hermanos sudaban la gota gorda en la lla¬ nada, laboreando campos de pan llevar, huertos y frutares.
Desde entonces, mi vida y mi pensamiento se modelaron en la bravia Naturaleza. Lo poco que aprendí en la escuela, esto es, algunas nociones de aritmética, geografía, historia y literatura, bastáronme para mantener vivo en mi espíritu el afán de cien¬ cia, la nostalgia de la verdad infinita acerca del mundo y sus causas. Y resolví en mi corazón que aquel mi ruin estado sería interino, y que tarde ó temprano, con industria y labor perseve¬ rante, me emanciparía de la ignorancia y del embrutecimiento, terribles males anejos á la pobreza.
Por fortuna, en mis alentadoras esperanzas y ambiciones de una vida más intelectual y conforme á mis gustos, me socorría y confortaba á menudo el maestro, cazador infatigable y excelente varón, que al encontrarme en el monte solía decirme, después de regalarme algún librejo:
—«Jaime, sabes que te estimo y he cifrado siempre en tí las mejores esperanzas. Mira .. no pierdas, por Dios, la costumbre de leer, ni te amodorres en esa bestial inadmiración de las cosas, á semejanza de tus infelices camaradas de aprisco. Ten presente que naciste — yo te lo fío — para ser algo más que zafio pastor. Poco he de poder ó acabaré por hallar persona que se interese por tu suerte, y te costee una carrera. Espera, pues, sin impacencia, y trabaja entretanto. Vivir entre rocas y árboles no es vivir solo. En torno tuyo se extiende el infinito, es decir, la realidad eterna, con sus inagotables maravillas. Explora este pequeño mundo, aunque al principio caigas en groseras ilusiones. Lo esencial es que adquieras el hábito de mirar y de escuchar, de atender y de abstraer, de ver lo grande en lo pequeño, y referir los efectos á sus causas.»
¡Oh, el excelente amigo y pedagogo! ¡Las lágrimas se me sal¬ tan al recordar aquel recto y hermoso corazón, aquel admirable vivificador de estatuas humanas! ¡Sin sus alentadores consejos, acaso vegetaría yo, convertido en rudo y miserable gañán, en el corazón de aquellos riscos!
Por suerte, sus cariñosas advertencias cayeron en un alma despierta y ambiciosa. Y así le prometí cordialmente no enmohe¬ cer mi naciente entendimiento y consagrar mis ocios á la obser¬ vación de la Naturaleza. A fin de anotar mis impresiones diarias, compré, con el importe de la primera añada, abundantes lápices y papel, fabricándome tres gruesos cuadernos.
El campo es, según decía el maestro, á la vez museo y biblio¬ teca, y en él pueden hallar sabrosa ocupación y noble empleo todas las facultades del espíritu. Mi escenario era un valle eleva-
do, encuadrado de cimas abruptas coronadas de perpetuas nieves. Hacia arriba, divisábase el cielo de azul obscuro, angostado y re¬ cortado en la línea del horizonte por las sinuosidades de los picos gigantes; mientras que allá en lo hondo, es decir, hacia el mundo habitado, desataba el río sus mugidores raudales, que fecundaban prados y huertos, y lamían los pobres y pardos caseríos del bru¬ moso lugar.
Acabo de decir que mi encumbrado y apacible valle era una biblioteca-museo, y añado que constaba de tres anaqueles pinta¬ dos de color diferente. El anaquel superior ó azul contenía los libros y mapas que tratan del cielo, nubes y meteoros atmosféri¬ cos, de los astros y de sus órbitas. El anaquel pardo ó intermedio representado por las montañas, revelábame en láminas murales gigantescas la composición y propiedades de las rocas y fósiles, la forma y origen de heleras, ibones y regatos En ñn, el anaquel verde ó inferior extendía ante mis ojos polícromas estampas, don¬ de se representaban al vivo bosques y praderas, campos y aldeas, es decir: el suave y misterioso encanto de la vida vegetal, el he¬ chizo de las aromosas flores, el raudo girar de pájaros y maripo¬ sas, el hombre, en fin, con sus instintos y pasiones, su razón y su inteligencia.
De las cosas que se ofrecían á mi atención, unas se movían y otras no. Eran estas últimas las rocas, cristales y fósiles, á las cua¬ les consagré el menor de mis cuadernos. En cambio, las estampas del estante superior ó inferior, del cielo y de la vida, estaban en continua mutuación, y me obligaban á anotar día por día sus extrañas metamorfosis. Dos gruesos cuadernos llenaron mis ob¬ servaciones rudimentarias sobre el orto y ocaso de los astros, las épocas de floración y fructificación de las plantas, las fases evo¬ lutivas y curiosos instintos de insectos, pájaros y cuadrúpedos. Poco á poco se abrió camino en mi espíritu la ley soberana de la eterna rotación de las cosas, del perpétuo ir y venir de los astros en sus órbitas, del perenne peregrinar de la vida, que se concen¬ tra y recata en el germen cuando las condiciones cósmicas le son adversas, y se dilata y espande en vistosas y maravillosas cons¬ trucciones, en cuanto el tibio soplo primaveral derrite la nieve y desentumece la tierra.
Como consecuencia de tan primitivas pero insistentes obser¬ vaciones, despertóse en mí el gusto por la Naturaleza, y fué pro¬ gresivamente desenvolviéndose la memoria organizada ó lógica y el espíritu crítico. Reflejo fiel de la realidad viva y palpitante, mis percepciones é ideas clasificáronse y asociáronse según las relaciones normales de los objetos del mundo exterior. Los fenó¬ menos que en éste se ofrecen ligados según leyes constantes de sucesión y coexistencia, vinculados quedaron también en mi cere¬ bro (en cuanto ideas) y enlazados por vías nerviosas tan robustas que nada podía romper. Preocupado de continuo con el registro y roturación del mundo objetivo, no sentí nunca esa vaga necesi-
dad, esa indefinible nostalgia del ensueño metafísico, tan pertur¬ bador de las legítimas asociaciones interideales. El incesante la¬ boreo de la observación, junto con la efervescencia de conceptos objetivos á que daba lugar, desarrollaron en mi cerebro una lógi¬ ca sencilla, monolateral sin duda, pero firme y segura de sus fuerzas. Cuando ejercitaba la inducción, jamás vino á mis mentes la idea de substantivar las leyes fenomenales, convirtiendo la ca¬ sualidad eficiente en causalidad metafísica. Veía en la flor obli¬ gado antecedente del fruto; en el huevo, indeclinable condición del desenvolvimiento y eclosión del polluelo. Para explicar estos fenómenos, ó mejor dicho, para concebir su explicación como posible, en vez de recurrir á un ente ó fuerza especial distinta de la organización, parecíame harto más sencillo suponer en la ma¬ teria viva la existencia de resortes materiales íntimos, misteriosos que la ciencia llegaría á esclarecer con el tiempo, como habría esclarecido, reduciéndolo á condiciones geométricas, el admirable mecanismo planetario.
Tan solo para la esfera moral, para los difíciles dominios del libre albeldrío, se me presentaba el espíritu como una hipótesis plausible ó por lo menos razonable. De todas maneras, de existir un alma, parecíame forzoso admitirla también en los animales. El hombre rudo, sencillo, que yo diariamente contemplaba, esta¬ ba tan poco alejado todavía del reflejismo déla animalidad, que toda diferencia esencial en orden á la categoría del pritnum movens me resultaba injustificable privilegio.
Los frutos logrados durante aquellas ingenuas y primitivas exploraciones por el campo de la Naturaleza me han persuadido después, coincidiendo con educadores ilustres, de que no hay más que un buen método pedagógico: conducir al alumno á la con¬ templación directa de la realidad, guiándole por el mismo camino (salvo las abreviaciones y simplificaciones reclamadas por los apremios del tiempo) recorrido por la evolución histórica de . lá ciencia. En mi sentir, solo la realidad es fuente de ideas luminosas, de ideas fecundas, capaces de dar fruto de acción. Y tengo por in¬ superable al maestro que, desenvolviendo las facultades de ob¬ servación del educando, sabe infundir en éste la ilusión de haber logrado descubrir en las cosas algún parvo detalle escapado á la sagacidad de los primeros exploradores. ¡Cuántas veces el cándido error de haber añadido una nueva estrella al cielo del saber, ha convertido en sabios á los curiosos y dilettantisl Cuando, merced á las pesquisas bibliográficas ó por virtud de las noticias del maes¬ tro, sepa el novel observador que sus pretendidas conquistas obra son de genio ilustre antepasado, lejos de desanimarse cobrará confianza en sus fuerzas. Y podrá ser que discurra de este modo: «Si hoy he coincidido con un investigador pretérito, bien podrá suceder que otros investigadores, contemporáneos ó futuros, coin¬ cidan conmigo. ¡Manos, pues, á la labor! Vasto es el campo; infi-
nita la obra. Para todos hay. En nuestra voluntad está el conver¬ tir la nebulosa de hoy en la constelación del mañana».
Claro es que de todas mis ideas y sentimientos de adolescente era incansable y suavísimo promotor aquel excelente maestro de que antes te hablé, D. Enrique Fernández, un filósofo que, por ha¬ ber quedado huérfano y sin recursos al promediar la carrera de Cieocias, se vió obligado, para subsistir, á revalidarse de maestro y arrinconarse en un pueblo. Pero él había cobrado cariño á su espiritual ministerio y lo ejercía como el más augusto de los sa¬ cerdocios. «Ya que yo no he podido ser sabio, quiero hacer sa¬ bios», nos decía. Prendado de mi seriedad y del interés y profun¬ da atención con que oía sus lecciones, habíame cobrado un afecto más que paternal. Y así, no se pasaban dos semanas sin que, á pretexto de las liebres ó de los sarrios, no viniera á visitarme á mi selvático retiro.
Grande era la satisfacción de mi progenitor intetectual cuando, al curiosear mis notas y cuadernos, advertía cómo se desarrollaba progresivamente en su discípulo predilecto el culto sincero á la Naturaleza, y el gusto por las observaciones precisas y ordenadas. Admirábase de que un rapazuelo pastor, sin más profesores que la luz, ni otros modelos que los objetos naturales, hubiera aprendido á dibujar bastante regularmente. Y para alentarme en esta vía fecunda, solía decirme; «que dibujar es analizar, disciplinar la atención errabunda, observar corrigiendo y meditando».
Siempre me acordaré conmovido de su última visita á la maja¬ da. Acababa de hacer brillantes y victoriosas oposiciones á una plaza de profesor en la Escuela Normal de la capital de la pro¬ vincia, y debía abandonarme acaso para siempre.
Estábamos sentados en lo alto de un estribo granítico, desde el cual se descubría en lotananza el brumoso valle del lugar, y allá, en las violadas lejanías, la sierra de Gratal, que separa la fría y verde región de las montañas pirenáicas de las tibias y do¬ radas llanuras donde verdea la vid y fructifica la higuera. Una sombra de esa misteriosa y solemne tristeza que exhala el decli¬ nar de las cosas y la separación irremediable de los corazones, anublaba los ojos del maestro.
—Hijo mío — exclamó tomando paternalmente una de mis ma¬ nos entre las suyas y poniendo en su voz inflexiones de infinita ternura — :yo me voy á la ciudad á recoger el fruto de mis afanes, pero no te abandono. Desde allí velaré por tu educación; te en¬ viaré libros científicos y trabajaré para sacarte de la penosa si¬ tuación en que te encuentras. Con el interés y calor que puedes suponer, te he recomendado al alcalde y al médico y he interesa¬ do en tu favor al diputado del distrito: Milagro será que entre tantos valedores no acertemos á hacerte hombre, poniendo, al fin, de acuerdo tu vida y tu vocación.
Entretanto no pierdas el tiempo. La obscuridad en que vege¬ tas no es tiniebla atrofiadora de los ojos del alma, sino negrura
del suelo donde el árbol de la inteligencia extiende y nutre en silencio sus raíces, haciendo provisión de savia para proyectar después al cielo su penacho.
Continúa estudiando y estudia por tí. Haz caso de lo que di¬ cen los libros; pero ten en más lo que dice la Naturaleza, modelo de los libros. Considera que tu porvenir depende del grado de independencia y originalidad con que juzgues de la realidad del mundo. En la máquina social hay que ser motor, no rueda; perso¬ nalidad, no persona. Sé tú, no los demás.
Evita la credulidad excesiva y aparta de la imaginación dia¬ blos, duendes, fábulas y consejas. A la hora de pensar ó de dis¬ cutir, sabe que la posición más fuerte es la del escéptico. No ad¬ mitas como oro de ley las teorías de los libros. La época de las . teorías será más adelante, cuando tu juicio, fortalecido y despo¬ jado de la sugestiona bilidad juvenil, haya alcanzado todo su vue¬ lo crítico. La Naturaleza y la lógica aconsejan de consuno este orden en la adquisición de los conocimientos: primero los hechos, es decir, el registro de las percepciones según las relaciones con que llegaron á la conciencia; luego las leyes generales empíricas; en último término las hipótesis y teorías.
Presumo durará poco tu aislamiento. Mas si, contra lo que espero, se prolongara varios años, correrías dos riesgos graves, contra los cuales deseo prevenirte: la torpeza verbal por desuso, y el individualismo egoísta y cerril.
Contra el riesgo primero, apela sin temor al monólogo, á la lectura en voz alta, en fin, á la ficción de conversaciones, confe¬ rencias y polémicas. Supón que tus cabras son concurso de gente y esta peña sitial de donde les diriges la palabra, exponiendo tus observaciones y progresos en las ciencias físicas y naturales. Ni tengas inconveniente en platicar y discutir con tus compañeros de aprisco y con los carabineros y contrabandistas que frecuen¬ tan estas soledades. Hasta la contradicción necia y la obstinación ignorante pueden sugerir ideas luminosas. El hombre es un ser social cuya inteligencia exige para excitarse el rumor de la col¬ mena. No hay ser más solitario ó individualista que el infusorio, y sin embargo, necesita de vez en cuando conjugarse con otro ejemplar de su especie para no perecer. Así son los entendimien¬ tos: si no se conjugan languidecen y mueren. En fin, escríbeme á menudo, no solo para consultarme dudas, sino al propósito de ejercitarte en la composición y soltarte en la sintaxis. No olvides que en la ciudad, la fortuna y el señorío pertenecen al que habla ó al que escribe. La estimación granjeada depende, antes que de saber, de persuadir que sabemos Hay que hablar bien para que nos quieran bien, y, sobre todo, para inspirar confianza. El hom¬ bre excesivamente callado, cuando no pasa por tonto, infnnde recelo; en su enigmático silencio vemos algo del amenazador re¬ poso de la víbora ó del engañador espejismo del agua mansa.
Tu segundo riesgo consiste en el individualismo arisco y dis-
plicente, en el endiosamiento antipático Combate semejante ten¬ dencia como á tu mayor enemigo. Jamás olvides que tus talentos no valen sino por la sociedad y para la sociedad; piensa que, á pesar de tu aparente aislamiento, eres una célula del organismo nacional que te sustenta, educa, ilumina y protege. El actual ex¬ trañamiento de la vida civilizada y superior representa fase ne¬ cesaria de tu evolución espiritual. Larva eres que tejes el intrin¬ cado capullo de un cerebro pensante para volar mañana por el libre ambiente de la ciencia y de la acción. Considerándolo bien, no cabe pensar siquiera que estés desterrado de la sociedad; á la manera del buzo sumergido en- el fondo del mar, un amplio tubo te enlaza con la región de la luz y del aire; por él recibes el oxígeno del amor paternal, el resplandor de la cultura y las pal¬ pitaciones del calor de humanidad, entre las cuales las mías no son ciertamente las menos vivificantes y confortadoras.
Termino, hijo mío, é insisto una vez más en mi tema. Careces de fortuna; has venido al mundo cuando ya el planeta estaba repartido. Pero no desfallezcas; si positivamente vales, si hay en tí algo de esa energía del conductor de pueblos ó dispertador de almas, no faltarán gentes que cultiven tierras, tejan estofas y ele¬ ven palacios para tí. Como los soldados de Napoleón, tú llevas también en la mochila el fajín de general. Mas para que la socie¬ dad te alce sobre el pavés, hay que crear algo grande é indiscuti¬ ble; es preciso luchar y vencer. Y antes que requerir las armas contra el mundo, vuélvelas contra tí mismo convertidas en herra¬ mientas de escultor. Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees. Careces de campos que cultivar y de jardines en que solazarte; laborea, pues, el campo del entendimiento y adorna y engalana el jardín de la fantasía. Riquezas son estas que no podrá arrebatarte nunca la codicia humana. Procura, pues, ser un Creso en ideas; sobrarán personas que te las compren. Cuando no el in¬ terés y la industria, Ib las solicitarán la bobería ó la holganza, pues todavía no se han resignado los hombres á parecer lo que son. Y baste por ahora con lo dicho. — Adiós, hijo mío».
Y el noble anciano, en un transporte de paternal ternura, be¬ sóme en la frente, y después de enjugar una furtiva lágrima, des¬ apareció por el empinado sendero. Al través de mi emoción, parecióme que la cabeza del maestro adquiría al alejarse nimbo de luz, y declinaba en el horizonte cual lucero de la tarde. En cuanto su imagen se eclipsó, escribí afanoso sus consejos indele¬ blemente grabados por el entusiasmo en mi memoria. Por eso los recuerdo hoy tan puntualmente...
— Tal como la pintas, la figura de tu preceptor resulta altamen¬ te simpática y conmovedora. ¡Vaya por el alma antigua y el pe¬ dagogo novísimo! ¡Bien aprovechaste sus sabias lecciones! A la legua se vé que esta tu primera educación, en plena naturaleza y al calor de tan solícito despertador de inteligencias, modeló y templó el ánimo del futuro investigador, desarrollando sana y
CUENTOS I)E VACACIONES
robusta lógica y voluntad enérgica y perseverante.
— Sin esponjarme con tus benévolos juicios, inspirados por la amistad, pienso que aquellas luminosas enseñanzas fueron decisi¬ vas para mi porvenir. Gracias á los alentadores preceptos de mi mentor y á la fortuna de haber librado el cerebro, durante la ni¬ ñez y adolescencia, de toda insana y vigorosa sugestión, pude ad¬ quirir, con la aversión á las hipótesis supernaturales, cierta intui¬ ción ó sensibilidad crítica que me permite discernir, casi al primer golpe de vista, los conceptos demostrados ó verosímiles de los disfraces retóricos de la verdad, es decir, de las artificiosas y alambicadas alegaciones del prejuicio de escuela, del sórdido in¬ terés ó del candoroso sentimentalismo. Al revés que tú, estudié primero las cosas, luego los libros; con que éstos ilustráronme sin sugestionarme y torcerme. Cuando llegó la época de los sistemas científicos ó filosóficos ocurrió lo predicho por el maestro: la ra¬ zón vigorizada y suficientemente preparada pudo reaccionar cons¬ cientemente en contra ó en favor de los mismos. Sabido es que las hormigas rojas ó esclavistas, cuando salen á campaña, pillan los hormigueros de sus homónimas negras, arrebatando y secuestran¬ do á las infelices larvas que, al desarrollarse en el ajeno nido, se eucuentran esclavas sin sospechar siquiera que nacieron para li¬ bres. Gracias doy á la fortuna y á mis maestros por haberme de¬ jado ser lo que Naturaleza quiso que yo fuera, preservando mi voluntad del secuestro que imponen para siempre en la vida men¬ tal, ora las hormigas rojas, ora las hormigas negras. .
—¡Brava comparación que á mí, ignorante hasta de los rudi¬ mentos de las ciencias naturales, no se me habría ocurrido!
—Cuanto más reflexiono sobre el problema de educación, más me persuado de que el cerebro humano no está construido para ajustarse á los libros, sino á las cosas. Atenido á la copia macilen¬ ta del mundo estampado en la hoja de papel, el niño retiene y comprende mal, porque la atención, mordiente ó fijador de la idea no obró con el vivo resplandor de la percepción directa, sino con el pálido claror de los símbolos y de las fórmulas abstractas. Al través de las cabezas humanas se ve el hombre, no la realidad ob¬ jetiva -del Cosmos. Tengo para mí que entre el concepto vivo, au¬ tomática y gallardamente surgido en la mente por la contempla¬ ción directa de los fenómenos, y el provocado por las desvaídas y mutiladas descripciones de los textos ó de los profesores, existe mucha más diferencia que entro una fotografía del natural y una fotografía de fotografía. Perdido el contacto con la Naturaleza, la máquina cerebral trabaja con ecos y sombras, y así salen de fal¬ sas, entecas é incoloras sus construcciones. Si no temiera abusar de las comparaciones, de buena gana compararía yo al cerebro á una asamblea legislativa, en la cual cada diputado, es decir, cada célula ó grupo de células nerviosas, representa á un distrito del Cosmos. En las cabezas bien construidas y administradas, en aque¬ llas en que, según diría Spencer, la coordinación entre las rela-
ciones externas é internas se estableció legítimamente, cada re¬ presentante conoce y traduce fidelísima mente las aspiraciones é intereses del distrito; más á semejanza de los Parlamentos corrom¬ pidos y amañados, en las cabezas mal educadas los representantes ó neuronas son todos diputados cuneros, desconocedores de la circunscripción que simbolizan, sin más ciencia política y social que la reflejada por el programa del jefe ó santón, texto vivo por obra y gracia del cual recibieron la investidura parlamentaria. Por donde resulta que, cuando esta especie de obispos in pariibus creen abogar por las legítimas aspiraciones y necesidades de los pueblos, abogan en realidad por la ambición, codicia y medro personal del cacique.
Pero basta de enfadosos símiles. Con tu permiso prosigo la narración. ,
Frisaría yo apenas en los catorce años, cuando cierto día visi¬ tó mi amo sus corrales y ganados. Noticioso de las extrañas afi¬ ciones de su zagal curioseó, en ausencia mía, los citados mamo¬ tretos, y quedó sorprendido al repasar tantas descripciones y dibujos. A mi regreso del puerto me preguntó, señalando los abul¬ tados cuadernos:
— Muchacho, ¿quién te ha enseñado estas cosas?
— Me las enseñaron, en primer término, el maestro, algo los li¬ bros y un poco la experiencia.
— Pero ¿como ha nacido en tí curiosidad tan impropia de tu edad y oficio?
— ¡Toma!... ¿Acaso cielos y montañas, árboles y flores, no se criaron para ser admirados y conocidos? En la soledad de la sie¬ rra ellos parecían mirarme como quien desea ser interrogado, y yo les interrogué, logrando, á fuerza de paciencia, entender un poco su lenguaje de gestos y entrever algunas páginas de su vieja y maravillosa historia...
En conclusión, mi amo, á la sazón alcalde del lugar, y á quien había prevenido mi querido maestro, me sacó de la majada, con¬ siguiendo poco después, con gran regocijo mío y de mis padres, que el Ayuntamiento acordara costearme una carrera literaria.
Deseaba yo escoger la de ingeniero ó de médico; pero, desgra¬ ciadamente para mis gustos, el amor maternal, tan grande y ab¬ negado como celeso, intervino torciendo mi vocación. Mi madre, nostálgica de ternura filial (á la sazón compartida con varias nue¬ ras, pues mis hermanos eran casados), quería hacer de su Benja¬ mín un eterno célibe, esto es, un sacerdote, á fin de vivir en su compañía y acaparar su corazón. Y así, torciendo mi rumbo, in¬ gresó en el Seminario conciliar oscense; y lo hice con todas las apariencias exteriores de la sumisión, pues por nada de este mun¬ do habría dado á mis protectores el triste espectáculo de una re¬ beldía filial. Acariciaba, empero, la esperanza de emanciparme más adelante, en cuanto se me deparase circunstancia favorable.
¡Qué alegría cuando cayeron en mis manos los libros de His-
('t'KNTOS DE VACACIONES
toria natural, de Física, Química y Matemáticas! Y ¡cuán noble y legítimo orgullo al hallar en sus páginas plenamente confirmadas mis rudimentarias observaciones, y resueltos de admirable mane¬ ra mil problemas interesentes inaccesibles á mi inexperta inteli¬ gencia! Era toda una brillanta legión de muertos ilustres que aban¬ donaba sus tumbas para conversar conmigo; la humanidad pen¬ sante de los siglos que venía á otorgarme, con generosa mano, el precioso fruto de sus meditaciones!... Fiesta deleitosa del espíritu fué, durante tres años, la asimilación febril y emocionante de tan¬ tas y tan admirables verdades, leyes y teorías astronómicas, físi¬ cas, químicas y biológicas. Ni me contentaba con los textos, harto sucintos por lo común; devoraba también las obras magistrales, á cuyo objeto, además de frecuentar la biblioteca del Seminario y la copiosísima del Instituto provincial, saqueaba sin compasión las de mis camaradas de los últimos años, y sobre todo la librería de mi maestro, el carísimo amigo y confidente del espíritu.
Mi fervor por las obras de Teología, Historia Sagrada y Filo¬ sofía dogmática, fué menos vivo. Ciertamente hallé en ellas exce¬ lentes doctrinas morales, trozos de elocuencia arrebatadora, inge¬ niosísimos artificios dialécticos para conciliar los postulados de la experiencia con la verdad revelada; arranques sublimes del amor místico desdeñoso de la tierra y orientado como las flores hacia la celeste luz; pero me sorprendieron también ideas y tendencias que causaban mal con la tonalidad intelectual y afectiva de mi es¬ píritu. Parecíame que la mayoría de los filósofos y moralistas cristianos amaban poco la vida y el mundo, y miraban con cierto aristocrático menosprecio los hechos y conclusiones de las cien¬ cias físicas y naturales. Sin desconocer el sentimiento profunda¬ mente altruista que la inspirara, sonaba mal en mis oídos la frase de San Pablo «la ciencia hincha y la caridad vivifica». Tampoco era de mi agrado la doctrina de San Agustín, cuando en su ardor místico reprobaba el afán de gloria «cual una impureza que impi¬ de asemejarse á Dios»; como si el Supremo Hacedor no hubiera creado el mundo para su gloria, y como si el arte y la ciencia, es decir, cuanto de grande y de luminoso hay en el mundo, no repre¬ sentara la obra de los enamorados do la fama y el holocausto más digno rendido á la divina sabiduría.
La esquivez notoria; aunque inconfesada, de los dogmáticos hacia la verdad científica, junto con su desconfianza excesiva en las fuerzas de la razón individual, llenábanme de confusiones. «Porqué recelar de la ciencia, interpretación lógica y humana de la obra de Dios y desconfiar de la inteligencia del hombre, reflejo de la divina? Al fin y al cabo, también la lógica es una revelación de lo Alto, una Biblia universal innata, anterior y posterior á to¬ das las Biblias!...
Sí, pero habrás de convenir en que esa Biblia tiene una lectu¬ ra bien difícil y peligrosa ..
—Es verdad; más yo, que adoraba la incomparable moral del
Evangelio, alimentaba entonces la candorosa ilusión de cimentar¬ la en el terreno firmísimo de' la ciencia.
Mas pronto vino el desengaño... Tenían razón mis profesores: la obra de Dios, interpretada por la razón, es inconciliable con los dogmas proclamados por la Iglesia .. Mi espíritu, de cada día más turbado, fué teatro de terribles combates, de los cuales surgió la luz como el rayo de la tempestad. Gradualmente la chispa fugitiva é intermitente se convirtió en antorcha esplendorosa, y surgió en mi alma la convicción desoladora de que el hecho fundamental sobre que se basa todo el rutilante alcázar del cristianismo, es de¬ cir, la inspiración divina de las Santas Escrituras, constituye una formidable equivocación, causada por la tendencia innata del hombre— instinto esencialmente defensivo y utilitario — de persis¬ tir y de sobrevivirse. Desde aquel solemne despertar todas las grandes religiones adquirieron á mis ojos el mismo valor filosófi¬ co y ético, presentándoseme cual esfuerzo laudable, pero prema¬ turo, encaminados á esclarecer los tremendos enigmas del mundo y de la vida. Nacidas en la infancia de la ciencia y de la lógica, ¡cómo habían de atinar con la solución del formidable arcano!
— ¿Te alegrarías, sin duda, de emancipar tu razón de las cade¬ nas de la fe?
— Todo lo contrario... Al recibir el choque de tan inesperada revelación v una gran tristeza se apoderó de mí. Me había converti¬ do de hecho en otro hombre, en un ser aparte, puesto que me era imposible compartir las ilusiones y esperanzas de los demás. En semejante estado emocional, la risa socarrona de Voltaire habríarae parecido impía profanación, algo así como grotesca carcajada de clown en un entierro. Contemplábame desvalido, caído y des¬ terrado del cielo, abandonado á la muerte y á la nada, rotos, en fin, los dorados y misteriosos hilos que juntan, al decir ingenuo de la fe, todas las criaturas al corazón infinitamente misericordio¬ so de Dios... ¿Cabe mayor amargura?... Desde entonces erré desola¬ do, paseando mis melancolías por las orillas del Isuela, viviendo en la soledad de mi corazón, cual náufrago, en Isla desierta é- in¬ hospitalaria. ¿Acaso tenía yo derecho á arrebatar á mis inocentes camaradas, grata y alentadora ilusión, á interrumpir cruelmente, con un brutal despertar, sus rosados ensueños de beatitud y eter¬ nidad?
Pero mis lágrimas no brotaron solamente por reacción del or¬ gullo humillado y del encanto de la existencia desvanecido; lloré sobre todo la miseria y pequeñez de la frágil razón humana, la cual, á despecho de las clarividencias del genio y de las brillantes artes de la lógica, había sido y continuaría siendo, durante mu¬ chos siglos, víctima de las más groseras ilusiones... ¡Pobre huma¬ nidad, que no puede vivir en paz sino á condición de esperar la inmortalidad, ni soportar las acritudes del mundo sino soñando con los deliquios de un mundo mejor!...
Gradualmente, lo más sano y robusto de mi ser mental reac-
cionó contra tan enervadoras y deprimentes cavilaciones. Y pasó la grave crisis psicológica... Vuelto al amor de la vida, acabé por hallar en esos grandes espejismos de la religión y de la filosofía cierta lógica profunda, la lógica del error necesario, del error edu¬ cador.
La Naturaleza— me decía — cultiva, impone y hermosea el error. Incúbalo nuestro cerebro más amorosamente aún que á la verdad; el corazón le enciende alegres luminarias; la conciencia social lo consagra y dignifica. Hondo sentido palpita en este extra¬ ño consensus unus de la naturaleza y del espíritu, de los sentidos y la inteligencia. Fuera rarísima cosa que una tendencia tan ínti¬ ma, arraigada en las profundidades mismas del instinto, no cum¬ pliera ningún fin utilitario. ¡Quén sabe — pensé -si las hipótesis ilógicas no son comparables á esos órganos rudimentarios y en vías de desaparición que desempeñaron, sin embargo, un día provecho¬ sas y transcendentales funciones en la economía de los organis¬ mos! Con relación al porvenir, preñado de estupendos descubri¬ mientos y de inesperadas rectificaciones, el hombre actual es toda¬ vía un niño ingenuo para quien el ensueño constituye alimento indispensable. Privarle de repente de sus bonitos juguetes y sus¬ tituir los mágicos cuentos de nodriza por los severos apotegmas de la ciencia ¿no equivaldría á estorbar quizás su ulterior y gran¬ dioso desenvolvimiento? Si la Efémera sospechara su inminente caducidad, ¿celebrara gozosa al sol nupcias fecundas? Después de todo, ¿qué sabemos, ¡pobres de nosotros!, del objeto de la vida? ¿Hacia dónde camina esa corriente de protoplasma, salpicado de cuajadas espumas— las células—, de la cual el hombre representa el postrer remanso? ¿Fué su cauce obra de la inteligencia ó del acaso? ¿Vamos hacia la verdad ó hacia la felicidad? ¿Somos fines ó instrumentos? ¡Quién sabe!...
Afortunadamente, por extensas y densas que sean las nieblas de la filosofía, no suelen descender del cerebro á las manos. Si á la hora de pensar dudamos, á la de obrar sentimos claro que, sea cual fuere el Principio rector del Universo y de la vida, este Prin¬ cipio no pude abominar de su obra ni dejar de mirar con propi¬ cios ojos cuanto tienda á impulsarla hacia el amor, el progreso y la paz. Por donde se colige que amar á los hombres, disculpar y comprender sus yerros, esclarecer su inteligencia, vale tanto como secundar el pensamiento del Incognoscible, querer lo que quiere Dios...
Y al meditar en esta hermosa y redentora empresa, pronto eché de ver que la hipótesis religiosa tenía aún una gran misión que cumplir: fundar la democracia sobre el supuesto inverosímil, pero salvador, de la existencia é igualdad esencial de los espíritus; consolar al desgraciado, ínterin llegan los tiempos venturosos de la justicia humana; disipar los sombríos terrores de la muerte con la bella ilusión de una espléndida y definitiva aurora; dulcificar progresivamente, mediante la sugestión constante de la caridad y
el altruismo, los fieros impulsos heredados por el hombre de las más bajas formas de la animalidad; conservar, en fin, la vida fuer¬ te, jovial y serena hasta que alboreen los dichosos días en que sea instinto infalible el bien, tendencia innata la justicia y poesía y belleza excelsas la verdad...
— Estoy verdaderamente maravillado de que tú, asistido exclu¬ sivamente de las fuerzas de la razón, llegaras á dudar de la ver¬ dad revelada, cuando filósofos insignes, entre ellos Renán, necesi¬ taron para ello muchos años de investigaciones históricas, arqueo¬ lógicas y lingüísticas...
— Mi precocidad, en clase de racionalista, no tiene, querido amigo, nada de extraordinario; fuó mero efecto de higiene mental. Si yo hubiera, á semejanza del ilustre escritor francés, respirado durante mi niñez y adolescencia el incienso de iglesias y conven¬ tos, en vez del aroma acre y bravio de la libre Naturaleza, por seguro tengo que jamás logrará desincrustar de mi cerebro las irisadas cristalizaciones del ideal religioso ni las formaciones car¬ boníferas del dogma. Pero cuando, escapado de mis riscos, caí en la Iglesia, mi sentido lógico estaba ya, según presumió mi maes¬ tre, harto fortalecido y resistente para ser vaciado en la turquesa de la tradición.
Aparte de esta feliz circunstancia y del innegable influjo que en ella tuvo mi preceptor, es indudable que existen naturalezas instintivamente refractarias ó muy poco inclinadas á la creencia en lo sobrenatural. No me jacto de pertenecer á esta grey de ca¬ bezas fuertes, insugestionables, obstinadas en mirar eternamente á la tierra; pero ello es que desde mi niñez sentí extraña repug¬ nancia hacia las doctrinas difícilmente compaginables con las en¬ señanzas de los sentidos y los dictados de la experiencia. En prue¬ ba de lo cual, te diré que á los diez años reíame de diablos y de brujas; y cuando mis camaradas, los zagalones de la aldea, ponde¬ rábanme la eficacia de las rogativas para aplacar la ira de los elementos, ó ensalzaban la virtud mirífica de santa Orosia de Jaca para sácar los demonios del cuerpo de las histéricas, me era im¬ posible reprimir un gesto de incredulidad. Menos acertaba á ex¬ plicarme aún ese profundo pavor que inspira á los pebres aldea¬ nos la cólera divina, pareciéndome que si, según consigna la filo¬ sofía tradicional, lo Absoluto Gobierna el mundo según leyes físicas invariables, el miedo á la ley representa una desdichada é inútil derivación del sentimiento y de la energía reaccional, que serían harto mejor empleados en el análisis valiente y penetrante de la ley misma.
— Según esto, proscribes el culto, es decir, el espíritu mismo de la religión, que representa, por encima de todo, un lazo moral entre el hombre y su Creador. ¿Para qué rezar, si no ha de modi¬ ficarse un ápice el curso preestablecido de las cosas? Implorar equivale á sugerir en vano la violación de una ley universal...
— Ciertamente, y por eso precisamente estimo que, en presen-
cia de leyes invariables, nuestro papel se reduce á estudiarlas y cumplirlas con el menor daño de la vida y de la evolución, inte¬ grando piadosamente, según te dije antes, nuestro personal esfuer¬ zo en la corriente común de la Naturaleza, y convirtiéndonos, de ruines pordioseros que fuimos, en sublimes colaboradores del pen¬ samiento divino. Y, en todo caso, soportemos valerosamente la verdad, porque solo este valor traerá la tolerancia y la calma, la fortaleza del cuerpo y la serenidad del espíritu. Unicamente por el optimismo animoso y activo logrará quizás algún día sobrepo¬ nerse el hombre á esas dos tremendas fatalidades de la evolución cósmica: la muerte individual y la ruina del mundo...
Si el símil no pecara de asaz vulgar y grosero, compararía yo de buena gana las criaturas humanas á los tábanos, siempre sobre¬ saltados é inquietos sobre la piel del solípedo de que se alimen¬ tan. Compréndese que el insecto, incapaz de pensar, huya miedo¬ so y aturdido de acá para allá, en vez de estudiar serenamente las leyes de la sensibilidad y de los reflejos musculares del huésped, al objeto de prever los coletazos; ¡pero que el hombre proceda del mismo modo!...
Pues, como te decía — y vuelvo á la narración — , mi fe, que no fué nunca la del carbonero , perinclitó completamente al sorpren¬ der las singularidades, contradicciones y errores de los libros santos, y al meditar sobre los ingeniosísimos pero imposibles es¬ fuerzos de Santo Tomás para conciliar el dogma con los principios de la filosofía aristotélica y los fueros de la razón natural. Fuera de que mi patriotismo de celtíbero montaraz y cerril, atenido á los viejos amores de la raza, miraba de reojo á todas las religio¬ nes impuestas por pueblos exóticos. Siempre pensé que, si en ma¬ terias filosóficas estamos condenados á errar perpetuamente, pre¬ ferible es una mentira nacional á un error forastero, así venga aseverado y sublimado por la elocuencia de San Crisóstomo ó el talento filosófico de San Agustín.
Hallaba además rudas, primitivas y esencialmente materialis¬ tas la teodicea y la moral del pueblo judío. Por demás antipáticos é intolerables me parecían en esta raza su pretensión de ser la na¬ ción escogida de Dios, sus veleidades y apostasías, su desdén alta¬ nero hacia las demás naciones, su bárbaro aborrecimiento de la cultura egipcia y griega, y por encima de todo su falta de ternura y de piedad...
¿Cómo es posible — me decía - que, durante la edad contempo¬ ránea de las florecientes y espirituales civilizaciones egipcia, judía y griega, el adusto Jehová escogiese, como vehículo de su verbo y pedestal de su gloria, pueblo tan loco, furioso ó inhumano? ¡Y pensar que de semejante horda de neuróticos inadaptados hemos copiado servilmente los europeos — es decir, la raza aria, la inte¬ lectual por excelencia, la inventora de la lógica y de la crítica, la descubridora del planeta, la creadora de las ciencias y de las ar¬ tes, la redentora generosa de todas las esclavitudes — los más gro-
seros mitos y leyendas, erigiéndolos en norma de nuestra conduc¬ ta, ideal de nuestro espíritu y consuelo de nuestro corazón!...
Sorpréndenmg tus palabras. presumía que, á semejanza de todos los racionalistas, tu eras entusiasta de los judíos y admira¬ dor de su saber.
— Te equivocas de medio á medio. Yo pongo por eneima de mi cabeza á los judíos ilustrados emancipados de la sinagoga, incor¬ porados moral y materialmente á.la patria en que viven; á los que colaboran en la gran empresa de domeñar las fuerzas natura¬ les y escrutar los hondos secretos de la vida...; pero á los otros... á esos que se consideran todavía raza superior y continúan espe¬ rando su Mesías vengador, y, hostiles á la sociedad de que forman parte, se someten á ella exclusivamente para ser sus gerentes y cajeros, sus orondos ó inaprensivos burgueses. . á esos... téngolos por una letra de las nacionálidades europeas.
— ¿De modo que hallarías de perlas su antigua expulsión de los dominios españoles?
— Creo que si las avaricias, sordideces y egoísmos antipatrió¬ ticos de que se les acusaba fueron ciertos, prudente y acertada medida social fué su destierro; empero se cometió un error inex¬ cusable y de gravísimas consecuencias económicas al no haber promovido con tiempo entre los españoles de casta la afición al comercio y á las industrias monopolizadas entonees por los israe¬ litas con que una nube de comerciantes, banqueros y contraban¬ distas flamencos, genoveses y franceses, cayó sobre la nación, ex¬ plotando nuestro necio orgullo de hidalgos manirrotos y dejándo¬ nos sin blanca...
Pues, según te contaba, mi estado de alma vino á ser inconci¬ liable con la profesión sacerdotal. Repugnaron siempre á mi con¬ ciencia las ficciones; que solo la sinceridad hace perdonable y hasta simpático el extravío. En las tinieblas de la teología dogmᬠtica, donde cada predicado encierra una contradicción irremedia¬ ble, mi razón alicortada se ahogaba. Sentía algo de esa opresión que debe experimentar el pez acomodado á la luz y al oxígeno y que, por accidente, cae en las negras profundidades del mar, sin poseer la salvadora fosforescencia de la fauna abisal ni el hábito de. las grandes presiones. Para navegar sin peligro en aquél piéla¬ go tenebroso del dogma faltábanme el faro de la fe y la docilidad á los grandes empujes morales. Por lo cual, al finalizar el cuarto curso de latín y de filosofía, resolví valientemente ahorcar los hᬠbitos de clérigo en ciernes; y procedí á ello sin ruido, evitando polémicas enojosas y alardes de incredulidad rebelde y petulante.
A todos oculté, pues, mi designio, despidiéndome con pena de aquellos camaradas tan buenos y cariñosos, así como de mis ve- a. nerados profesores, quienes, llenos de ingenua bondad, veían qui¬ zá en mis aficiones filosóficas y aplicación celosa al futuro predi¬ cador y ardoroso catequista.
Naturalmente, mis padres, llenos de enojo, condenaron energi-
camente mi resolución. En vano intentó convencerles de que el médico, el ingeniero ó el abogado, laboriosos y honrados, suelen ganar bastante más que un obscuro sacerdote de aldea, y pueden ser, por tanto más espléndidos y generosos con los suyos. Ni fué tampoco poderosa á aplacar el enojo paterno la sentida carta de mi antiguo preceptor y maestro, en donde se justificaba el cambio de orientación con mil razones persuasivas y se hacían felicísimos presagios para el porvenir. Sin embargo, mi entereza, superior á las sugestiones del sentimiento, no se doblegó; antes bien, resuelto á no perder el tiempo en vanas disputas, al final de aquel verano incorporé al Instituto las asignaturas cursadas en el Seminario, y, aprovechando la libertad de enseñanza adquirí el diploma de ba¬ chiller.
Entretanto, ocurría en el lugar grave contratiempo. El alcalde, árbitro del Ayuntamiento y generoso protector mío, falleció súbi¬ tamente, y el tacaño del cabildo, á pretexto de que yo era un re¬ botado y una mala cabeza, me suprimió la pensión. Pero mi rum¬ bo estaba trazado. Provisto de una carta de recomendación del maestro y del dinero estrictamente preciso para el viaje, plantóme en la Corte decidido á cursar como Dios quisiera la carrera de ciencias ó de ingeniería.
Héteme pues en la villa del Oso, dueño absoluto de mi perso¬ na y de unos treinta reales sobrados del camino. Por fin, no sin pena y sin lucha, había descartado para siempre todas las suges¬ tiones que me esclavizaran á la familia y protectores. En adelante iba á ser lo que los ingleses llaman un self made man, un hombre que se hace á si mismo. Mas como sea imposible tallar almas sin alimentar cuerpos, debí preocuparme inmediatamente de la nu¬ trición del mío.
Perdido, á mi arribo, en el torbellino de la Puerta del Sol, contemplaba atónito aquel mar de gentes humanas indiferentes y trafagosas: el desierto de hombres que vió Descartes en Holanda. Para ellas, mi insignificante persona representaba algo así como un cuerpo inorgánico, especie de bloque errático caído en la co¬ rriente, del cual se apartaban con más despego que la onda, que ésta al menos lame y acaricia el guijarro. Al topar conmigo, mi¬ rábanme todos — si esto es mirar — con esa región periférica de la retina en que estampamos las imágenes fugitivas é indiferentes, las impresiones condenadas á eterno olvido. ¡Felices los que al arribar al ansiado puerto se sienten enfocados en la foseta central de la membrana visual, en el augustó y luminoso pórtico de la atención y del amor!...
Pero yo no tenía derecho á menospreciar á aquellas gentes hoscas y bullidoras. Algunos quizás de los que esquivaban desde¬ ñosos mi provinciano chaqué y mi sombrero de antigua hornada, guardaban en su bolsillo las dos generosas pesetas que yo nece¬ sitaba para vegetar un día. Forzoso era, pues, ponerse en contacto con aquel oleaje humano, en donde bien podía haber, á despecho
158 LA CLÍNICA MODERNA
de la frialdad y calma aparentes, algún calor de humanidad y compasión.
Excusado es decir que yo ansiaba trabajar, vivir la vida noble, la vida grande, la que paga espléndidamente su ración con la rui¬ dosa vibración de los músculos ó ol callado susurrar del pensa¬ miento. Merecía, sin duda, protección y amparo, porque no llega¬ ba al campo común del trabajo cual microbio parásito, sino como semilla humilde, traída por los azares del viento, y que implora de los miles de plantas humanas acaparadoras del suelo y de la luz, un terroneito libro donde esponjar los cotiledones de su cuer¬ po, y un portillo angosto para mirar al cielo y elevar la modesta flor de su alma...
La carta de recomendación do mi mentor surtió algunos bue¬ nos efectos. El director del colegio de 1.a y 2.a enseñanza á quien iba dirigida, tenía completo el cuadro, do profesores y solo pudo proporcionarme un modestísimo puesto de acompañante do los externos de familias ricas y algunas lecciones particulares que me produjeron extrictamente lo preciso para vivir. Menester fué bus¬ car en otra parte el dinoro necesario para costear matrículas y comprar libros de texto. A fuerza do explorar y preguntar, y des¬ pués do pasar meses do verdadera angustia, topé al fin con un mo¬ desto industrial que necesitaba precisamente un tenedor de libros sin pretensiones. Ajustéme con él por el módico salario de ocho duros al mes, pero á condición de que el trabajo había do efectuar¬ se por la noche, cuando yo hubiera satisfecho mis demás obliga¬ ciones.
Viento en popa marcharon mis asuntos durante el segundo año. Aprobado y con premio ol curso preparatorio, en los siguientes ahorré ol dinero de las matrículas. Progresivamente aumentaron mis ingresos. Mi aplicación y docilidad hallaron gracia á los ojos del Director del colegio, quien me confió una plaza de profesor interino de Física y Matemáticas, con 25 duros mensuales Poco después ganaba por oposición en la Universidad el modesto pero útilísimo puesto de Ayudante do clases prácticas. ¿A qué seguir?...
Baste saber que, á los seis años de estancia en la Corte acabé dos carreras, la de Ingeniero y la de Ciencias, con excelentes notas; habiendo tenido la dicha de granjear la estimación de mis maestros, que se hacían lenguas de mi entusiasmo por la observación y de mi celo docente nunca desmentido. Se me señalaba ya como uno de los maestros de las futuras generaciones y como una legítima esperanza de la investigación científica.
Yo debí seguir el rumbo marcado por mi vocación y mis apti¬ tudes: estudiar y resolver, en la medida de mis fuerzas, los arduos problemas de la Mecánica, de la Física y de la Química, en sus re - laciones con la industria, esa hada prestigiosa á que deben su ri¬ queza y poderío todas las grandes naciones; más, ¡ay! los irresisti¬ bles atractivos de la vida social, el culto sensual á la mujer, en¬ fermedad esencialmente española desconocida casi do los fríos y
laboriosos hombres del Norte, y la manía enciclopédica que este¬ rilizó siempre el esfuerzo de nuestros más altos pensadores, dis¬ persaron mi actividad apartándome del sano, del útil, del regene¬ rador camino do la producción científica é industrial.
Luego que regularicé mi situación económica con un honroso puesto en el profesorado, fué mi primera preocupación completar mi cultura con el estudio de la filosoiía moderna y singularmente del positivismo inglés y evolucionismo científico. Tales lecturas fuéronme altamente provechosos, siquiera ine distrajeran de mis habituales tareas, yaque refinaron y fortalecieron mis facultades críticas; lo malo estuvo en que me trajeron una convicción, y caí según suele suceder; en la ridicula manía de inocularla á los de¬ más, entablando al efecto apasionadas polémicas en Revistas, Círculos políticos, y Ateneos. A tales campañas de propaganda contribuyeron no poco ciertos amigos harto oficiosos que deplora¬ ban ó fingían deplorar el que un expositor de mis alientos, y do¬ tado además de sobresalientes aptitudes oratorias — en sentir de ellos naturalmente— vegetase obscurecido entre libros, redomas y chirimbolos do física. «Los sabios, me decían, deben descender al gran público y hacer obra do transcendencia social.»
Yo tuve la debilidad de oirlos. Y en consecuencia, y con mo¬ tivo de la discusión de la famosa Memoria del Ateneo á que tú aludías «Inanidad del positivismo y evolucionismo», me declaré partidario acérrimo del positivismo crítico y evolucionismo espenceriano. Fortuna grando fuera para mí haber fracasado desde el primer discurso en aquellos memorables debates, tan comenta¬ dos por la prensa; mas contra todas mi presunciones y convenien¬ cias, produjo impresión en el público y coseché — ¿á qué negar¬ lo? — algunas satisfacciones do amor propio. ¡A quién no embriagan los calificativos hiperbólicos del periodista amigo y los plácemes calurosos de la galería!
— Modestia aparte, debes reconocer que en aquella ocasión al¬ canzaste brillantes triunfos de expositor y de polemista. Tu dia¬ léctica dura y fría como el acero, pero flexible y acomodada al estilo de cada impugnador, levantaba ronchas y tondigas. .
— ¡Bah! Peso al pasajero aturdimiento de los aplausos y á los halagos de la amistad y do la coterie, el juicio sereno me desen¬ gañó bien pronto do la vanidad é infecundidad de aquellos visto¬ sos torneos oratorios.
— ¡También tú... el formidable dialéctico!
Sí ..; yo he sido siempre un carácter formal y sincero; y si como físico profesional lamento la dispersión y (tospüfarro d0 la ener- j gía cósmica, como hombre abomino también la dispersión é infe-¡ cundidad de la energía intelectual. Verdad que por entonces abri- \ gué la candorosa esperanza de persuadir á los irresolutos, de conmover y adoctrinar á los neutros, y de hacer patente la vacui¬ dad é impotencia do los recalcitrantes; pero, créeme, aún antes de finalizar la empeñada polémica, había perdido todas mis ilusiones
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de propagandista. ¿Porqué ocultarlo? La victoria real, la efectiva, la que se mide por las adhesiones conseguidas y pertinacias quebrantadas, había sido nula. Cuando el resumen presidencial cerró con llave de oro los debates, allí so estaban altaneros y so¬ lemnes en sus sendos escaños, sin haber modificado un ápice sus respectivos credos, los oradores del centro, de la derecha y de la izquierda...
— Creo que tienes razón.
— Por primera vez hirió dolorosamente mi espíritu el tristo fe¬ nómeno de la impenetrabilidad de las cabezas humanas á la verdad; entonces fué cuando caí en la cuenta de que la convicción, en tanto que fenómeno fisiológico, no es un proceso dinámico inodificable por los embates de la lógica científica, sino algo estático y orgánico, especie de construcción cerebral rígida y firme, erigida en la época juvenil, y dotada de vías tan amplias y de rodajes tan robustos que nada ni nadie puede conmover. A cuya fatalidad orgánica se juntan todavía, en contra de toda sugestión renovado¬ ra, los reparos y murallas que, en torno del sistema preconcebido, alzan, en estrecho consorcio, el interés y el sentimiento. Aquella atrevida frase de los anarquistas «dime cuánto dinero tienes y te diré las ideas que profesas», es, por desgracia, triste y profunda verdad.
Por donde se ve que, á los fines de la vida práctica, lo útil, y todo caso lo posible, no es transformar los hombres maduros, sino explorar y conocer sus reacciones intelectuales, afectivas y mus¬ culares para evitarlas ó aprovecharlas.
— Sin embargo, en aquella famosa controversia parecióme, y así lo creimos los oradores de la derecha, que el público impar¬ cial, señaladamente el de las tribunas, sintió los efectos de tus elo¬ cuentísimas razones.
— ¡Ca!... Por ventura, ¿crees en la imparcialidad y neutralidad de los públicos? Querido Esperaindeo, siento arrebatarte esta ilu¬ sión. Sólo hay un público educable y transformable... el de la es¬ cuela. El noble y grave Senado que puebla Congresos y Acade¬ mias es una colección de cristales de caliza ha tiempo salidos del sono del agua madre y cuyas aristas pueden romperse pero no modelarse. Además, eso que llamamos «el público», constituye una mezcla muy heteroclita donde entran elementos de muy diverso valor antropológico. Un somero análisis permite distinguir en ella los siguientes tipos psicológicos: l.° El curioso , es decir, el que desea simplemente divertirse y solazarse oyendo las peregrinas co¬ sas que se les ocurren á los contendientes, particularmente cuando, llegado el hervor de la lucha, descienden al bajo terreno de las personalidades; este apreciable dilettanti cifra su orgullo en co¬ nocer y tratar á los jefes de secta y pandilla, á quienes felicita con entusiasmo en los pasillos, de igual modo que, en el teatro, alar¬ dea de conocer y tutear á los cómicos, y de frecuentar el boudoir de las artistas; por lo demás, incapaz de pensar, todas las opinio-
nes le tienen sin cuidado. 2.° El sectario mudo, que parece toleran¬ te é imparcial, porque no habla ni comenta en los- pasillos las fra¬ ses de los oradores; pero que posee, en realidad, un credo filosóíico ó político anquilosado y defendido por triple barrera de pre¬ ocupaciones; al acudir á las sesiones, su principal objeto consiste en regodearse y esponjarse al ver cómo sus vulgares y adocena¬ das ideas son defendidas y sustentadas por personas de talento y viso, lo que no puede menos de lisonjear el sentimiento de su amor propio. 3.° El amigo oficioso y agradecido (acaso el ejemplar más conocido y abundante), á quien no quitan ciertamente el sueño las eternas disputas de sabios ni las quimeras de la fi¬ losofía, pero cuyas aspiraciones y medros le obligan á aplaudir al prócer en ciernes, futuro dispensador del turrón oficial. 4.° En fin (y este es el tipo más raro, como que falta casi siempre en los audi¬ torios solemnes de Ateneos y Circuios), el pensador indeciso que, estimulado por el amor á la verdad, asiste á las discusiones doc¬ trinales en busca de razones que inclinen definitivamente la ba¬ lanza del juicio; acaso vive en la luna de miel del catecúmeno, y demanda á los paladines de su bando, aliento y amparo para su fe, por nueva, harto quebradiza y medrosa.
¡He aquí, amigo Esperaindeo, la pobre cosecha á que puede aspirar el sincero polemista!... Convendrás conmigo en que no es tarea muy gloriosa persuadir á persuadidos, evangelizar á obscu¬ ros solitarios cuyas creencias tradicionales se deshicieron por el lento socabar del autodidactismo, y la piqueta demoledora del es¬ píritu crítico. Aunque padezca nuestra vanidad de oradores ver¬ bosos y ocurrentes, fuerza es confesar que, en los asuntos filosófi¬ cos, religiosos y políticos, y cuando se trata de públicos maduros, el tan celebrado triunfo de los expositores grandilocuentes se re¬ duce no más á sustituir, en el ánimo de poquísimos y preparados oyentes, el pálido fulgor de la sospecha, de la indecisa y vaga conjetura, con la antorcha purificadora y luminosa de la convicción.
Otro de los motivos que más contribuyeron á hastiarme’de las infecundas lides de la palabra fué la habitual é irremediable insin¬ ceridad de los peroradores de oficio. Contra lo que yo suponía, el \ orador suele ser, no el pensador ni el científico, sino el abogado. \ En sus labios, dioses y almas, materia y fuerza, evolución y regre¬ sión, error y verdad, representan pleitos que hay que ganar á to • do trance. Únicamente á infelices doctrinos como nosotros podía ocurrírsenos contender de buena fe é indignarnos de verdad con tan aprovechados vividores. ¡Insigne bobería en ronquecer y con¬ gestionarse á fuerza de apóstrofes y de gritos, cuando notorio era que los jefes de escuela representaban ridicula comedia! Porque en aquella parodia de Concilio definidor, los cucos y desenfada¬ dos que eran los más, jamás se propusieron otra cosaque lucir in¬ genio y facundia, solicitando de paso de los padres graves de la política (que se dignaban sonreír á la juventud desde los escaños), codiciada diputación á Cortes ó pingüe sinecura.
— Efectivamente; mas la docta casa en el pecado llevó la peni¬ tencia Precisamente por el exceso mismo de exhibición y do pose ningún partido político recluta hoy sus oradores en el Ateneo.
— Tengo para mi que el aludido mal no aqueja solamente á las Corporaciones literarias y políticas; es más hondo y general. A despecho de siglos de cultura refinada, el hombro, y señalada¬ mente el intelectual moderno, conserva todavía la cerril psicolo¬ gía del ancestral mamífero de presa, sintiendo añoranzas do caza¬ dor salvaje, por instinto enemigo del trabajo acompasado y rudo. Advierte, si no, cómo en casi todos los actos de la vida social, el caíador intelectual procura, antes que inquorir la verdad y pro¬ clamarla do buena fe, afirmar y ostentar su personalidad, anun ciando de paso, con pavoneos y arrumacos retóricos, al público pagano que cuente para lo sucesivo con un parásito más, inofen¬ sivo y agradable si se le mantiene bien, patógeno y disolvente si se le desdeña ó se le obliga á las fatigas y prosaísmos de la labor intensa y cuotidiana.
— Yo de mí sé decir, después de abundar en tus juicios, que nada me sacaba de quicio en las discusiones doctrinales como ese perpetuo escamoteo de la cuestión y esa especie do toreo acadé¬ mico, consistente en desviar hábilmente al auditorio de los flacos de la argumentación con el trapo rojo do la retórica sentimental.
— Tan socorrida táctica, indispensable á los mantenedores de tesis falsas, recuerda la ridicula prueba de los llamados lances de honor. «No estoy seguro — le dice el marido ultrajado al D. Juan burlador — de que hayas rendido la virtud de mi mujer, pero hay un medio de resolver las dudas y zanjar la cuestión, y es probar delante de cuatro imbéciles que soy tan bravo como tú y tan ca¬ paz de morir en despoblado de hemorragia ó parálisis, como el más salvaje de los hombres». De igual manera el orador grandi¬ locuente, desarmado por el toro de la lógica, parece decir: ignoro si los hechos en que so funda la teoría tal ó cual son verdaderos ó falsos; mas cuento con un recurso expedito para disipar mi in¬ certidumbre y la del público, y es demostrar que soy muy elo¬ cuente, que manejo lindamente la cuerda sentimental, y que sé de memoria muchas bellas frases absolutamente extrañas á la cues¬ tión, pero que puedon llevarme cualquier día á los rojos escaños dol Congreso ó á una socorrida subsecretaría.
Más enhebrando el hilo tantas veces roto de mi historia, segui¬ ré contando que un año después del desencanto oratorio, mi aten¬ ción, de suyo inquieta y tornadiza, fué atraída vivamente por algo más serio y digno que metáforas y sinécdoques; refiérome al espectáculo del dolor y de la miseria de las clases desheredadas. Al ojear febril y conmovido los olocuentes libros de los apóstoles de la justicia social de C. Marx, Lassalle, Kropotkin, Bakounine, Reclus, Grave, etc., mi espíritu sufrió recia sacudida moral sola¬ mente comparable con la recibida años antes durante mis lecturas del Seminario.
En las contradicciones de la fllosoiía había sorprendido la po¬ breza de la mente humana condenada á perderse entre nubes; en las briosas y ardientes reivindicaciones de los oprimidos, impre¬ sionáronme la sequedad y egoísmo invencibles del corazón de los poderosos. Y con profunda pena advertí que, de igual manera que dos mil años de libre meditación filosófica no fueron parte á li¬ brarnos de la tiranía de los ingenuos mitos religiosos, varios si¬ glos de régimen político liberal y de estudios sociológicos serios no han sido poderosos á redimirnos de la injusticia. Por vez pri¬ mera mi razón, embotada por la costumbre, sorprendió, al través de la decorosa apariencia de u'na organización democrática y 'al¬ truista, las crueldades é insidias del barbarismo ancestral, del in¬ dividualismo cerril y anárquico, en cuya virtud cada voluntad • pugna por satisfacer egoísticamente sus apetitos más innobles, sin miramiento alguno con los débiles y desvalidos, sin distraerse un momento para conspirar por la armonía y felicidad del conjunto. Más que células de un organismo superior, el fuerte y el rico re¬ presentan microbios del cuerpo social, parásitos harto más onero¬ sos que los descritos por la zoología; porque al fin éstos, al objeto de ahorrar molestias excesivas al huésped, sacrifican por atrofia algunos órganos inútiles (aparatos de reptación, de masticación, de protección, etc.); mientras que la tenia humana no prescinde de ninguno y con todos se agarra y devora. .
No voy á referirte menudamente esta parte de mi vida, pues la conoces tan bien como yo. Recordarás que do entonces datan mis propagandas socialistas en mitins y sociedades obreras, así como mis campañas políticas y anti-individualistas en la prensa. Ni habrás echado en olvido que á raíz de grandes reveses y des¬ dichas nacionoles, fundé un periódico regenerador. Pero como na¬ die quería regenerarse, entre otras razones porque todos medían su salud moral por su prosperidad económica ó su indiferencia patriótica, mi pobre diario murió, no sin concitar las iras de los doctrinarios liberales que no podían perdonarme los duros y sañu¬ dos ataques enderezados al individualismo. En su procacidad y apasionamiento, llegó algún insolente hasta decir que yo «no tra¬ taba sino de regenerar mi bolsillo»...
¡Me había equivocado una vez más!... No se levanta quien halla placer en arrastrarse! y el más grave signo de decadencia de un pueblo no está en sus derrotas, sino en la placidez y candor con que la mayoría de sus estadistas toman pústulas por lunares, blan¬ dos linfatismos por musculares turgencias .
De todos modos, mis vehemencias y desapoderamientos de en¬ tonces no podían acabar en bien. Según recordarás, la excesiva irritabilidad de las autoridades y los enérgicos comentarios de mi periódico con ocasión de la cruel represión de una huelga, dieron con mi cuerpo en la cárcel, donde me hubiera podrido si tus bue¬ nos oficios y la generosidad de un ministro no hubieran venido en mi socorro.
— Por cierto que llamó mucho entonces la atención, el que los próceros liberales de la Universidad, amigos tuyos al parecer, permanecieran en la más absoluta pasividad, dejándote en las as¬ tas del toro, como suele decirse.
—No te asombre .. Nunca fui persona grata en determinados cenáculos donde se cultivaba la libertad de pensamiento... de los maestros. Venero y pongo encima de mi cabeza á los sabios varo¬ nes de cierta Institución, los cuales en tiempos de obscurantismo se entregaron á la libre especulación filosófica, y siquiera comul¬ garan en una doctrina fantástica, síntesis prematura y falsa, tu¬ vieron el raro mérito de hermanaf estrechamente el espíritu crí¬ tico con la rectitud y elevación moral; pero estos tales constituían al fin una escuela, y la escuela, al par de toda cosa organizada y viva, sólo ama á sus hijos. Y yo tuve la desgracia de formarme lejos de sus enseñanzas, llegando á la vida de las ideas cuando ya el flamante sistema apriorístico caía en delicuescencia.
Además, tanto los insignes pedagogos de la aludida cofradía como los abanderados de la democracia militante, profesaban un individualismo absoluto, cerrado y dogmático, y ño podían mirar con buenos ojos mis protestas, quizás harto vehementes y apasio¬ nadas, contra las exageraciones, en mi sentir, conducentes al pre¬ dominio del clericalismo.
— En efecto, mal rumbo tomaste para congraciarte con los fla¬ mantes y autoritarios definidores de la democracia española, quienes por espíritu de imitación, ó acaso por las amargas ense¬ ñanzas del destierro, escogieron siempre por modelo político-eco¬ nómico á la individualista Inglaterra. Justamente, cuando apare¬ ciste arrogante en la palestra, los librecambistas y autonomistas del Ateneo comentaban y rumiaban con delectación los especiosos y bien trabados argumentos del libro de Demoulins, escritor que, cegado por el odio á Alemania (minada en su opinión por el fun¬ cionarismo y socialismo), atribuye resuelta y exclusivamente, al carácter acentuadamente individualista y particularista de la raza anglosajona, los triunfos y prosperidades de la orgullosa Albión.
— He aquí — amigo mío— un libro que parece escrito ex profeso para distraer á franceses y españoles del atento examen de los positivos términos del problema. Nadie negará ciertamente que la educación encaminada á forjar personalidades fuertes, omnilaterales y capaces de enérgicas iniciativas, constituye importante fac¬ tor de la superioridad de las razas del Norte; pero sería pagarse demasiado de sencillas fórmulas, menospreciar ó desconocer otras harto más decisivas condiciones eficientes, entre las cuales no va¬ cilo en señalar el solidarismo nacional, esto es, el culto fanático á la colmena, sentimiento conservador y eminentemente organizante, por desdicha nuestra débil y oscilante en los anárquicos, incons¬ tantes y vocingleros países latinos.
Cosa excelente es desenvolver, merced á una cultura integral y supraintensiva, la personalidad humana en todas las posibles
direcciones, para que, bastándose á sí misma, pueda emanciparse de la tutela moral y económica del Estado; pero si el gigante Briareo de los cincuenta brazos no consagra unos cuantos de éstos al servicio y defensa de la patria; si no siente hacia la persona colectiva la misma intensa afección que se rinde á sí mismo, la raza de titanes sabios será siempre vergonzosamente arrollada por las legiones de pigmeos solidarios, ó de bárbaros heroicos, como le ocurrió á la individualista, escéptica y refinada Grecia al chocar con el patriotismo romano, y cual, en recientísimos tiempos, ha estado á punto de acontecerle á la mismísima Inglaterra, á la cul¬ ta, patriótica y liberal Albión, durante su contienda con el semi¬ bárbaro, pero formidablemente heroico y sinérgico pueblo boer. Llena está la historia de ejemplos semejantes,
— ¿De modo que, en tu opinión, la supremacía intelectual y política de la raza anglosajona se debe perfectamente al culto fer¬ viente del solidarismo, figurando todos los demás resortes antro¬ pológicos y geográficos muy en segundo término?
— Cabal. ¿Qué sería actualmente de Inglaterra sin el esfuerzo y abnegación de sus insignes guerreros, navegantes y sabios? El triunfo glorioso de Nelson y Wellington contra Napoleón, ¿se de¬ bió al individualismo ó al patriotismo?
Quizás no existe pueblo más individualista, más particularista, más kabilista que el nuestro, y ya ves el pelo que nos luce. En la mecánica social, como en la mecánica física, el trabajo útil repre¬ senta el efecto, no de las fuerzas dispersas, sino de la energía en¬ cauzada y dirigida hacia un fin previsto.
— Si ello es así — y tus razones son irrebatibles — , ¿á qué causas obedece el funcionarismo ó la empleomanía, enfermedad incurable de los pueblos mediterráneos?
— Por lo que hace al funcionarismo , opino que no se relaciona directamente con la tendencia socialista ó individualista de las razas, sino que representa sencillamente la triste consecuencia de la miseria nacional y el fruto amargo de la ineducación y de la incultura.
• Se me argüirá quizás que la hipertrofia física y mental del ciudadano conduce necesariamente al culto del rebaño y al civis* mo heroico y desinteresado. Natural parece que la mayor poten¬ cia productora del individuo determine superior capacidad tribu¬ taria; mas ¿traerá necesariamente esta prosperidad económica la aptitud para el sacrificio personal? En un pueblo donde la vida sea harto fácil y agradable ¿no se engendrará la pusilanimidad y la poltronería, amén de la indiferencia política? Quien pueda pres¬ cindir del Estado ¿se sacrificará por el Estado? ¿Sabrán morir los que también aprendieron á vivir?....
He aquí el arduo problema de la educación, que no consiste únicamente en fabricar grandes productores, sino productores pa¬ triotas. Por seguro tengo que si contemporáneamente con el culti¬ vo intensivo del animal humano, no acertamos á infundir en éste
un vivo sentimiento de afección hacia el terruño y patrimonio in¬ telectual y moral de la raza; si con la libre expansión de sus acti¬ vidades no sugerimos á la juventud, por sabio y prudente contra¬ peso, la religión del deber y do la disciplina...., algo, en fin, de ese sentimiento comunista tan antipático á nuestros demócratas, ob¬ tendremos quizás copiosa cosecha de eruditos, de dilettantis de la política y de la ciencia, de orondos y salutíferos burgueses, pero nada parecido á un cuerpo social robusto y sinérgico, susceptible de reaccionar viril y triunfalmente contra todo linaje de agre¬ siones exteriores.
En conclusión; la grandeza y esplendor de un pueblo represen¬ ta la síntesis augusta de las abnegaciones y heroísmos individua¬ les, el sublime florecimiento de una planta tan delicada y exigente que solo prospera regada con la sangre de los héroes, é iluminada con el cerebro de los sabios. Las patrias prepotentes surgen y cul¬ minan en la historia como del fondo del mar emergen las islas del coral, coronando robusto pedestal labrado secularmente por in¬ numerables y abnegadas existencias.
—Tus reflexiones me sugieren la explicación de un fenómeno que jamás acerté á comprender satisfactoriamente: la poca fortuna de nuestros sabios y pensadores en el campo de la investigación personal. Saben pensar, pero se fatigan pronto, porque les falta sin duda el alimento dinámico de las santas obstinaciones, á saber: anhelo de gloria y amor á la patria. Porque presumo — y*á tu ex¬ periencia apelo— que en lo tocante á las dotes del espíritu, nues¬ tros maestros compiten ventajosamente con los más eximios sa¬ bios europeos.
—Y presumes bien; y te lo fia quien, por razón de oficio, ha tenido ocasión de tratar íntimamente á no pocas lumbreras de la ciencia internacional. Sabe, caro amigo, que los intelectuales espa¬ ñoles son tan listos, ¿qué digo? mucho más listos que sus cofrades ultrapirenáicos, y aun me adelantaría á decirte, si no temiera abu¬ sar de tu credulidad, que, por pasarse de perspicaces y de 'prácti¬ cos, recogen escasos laureles en el jardín de la investigación. Mis estudios sobre la psicología de los sabios me han persuadido de que, para consagrar la existencia á una idea grande y triunfar en las lides de la civilización, es menester ser lo bastante avisado y hábil para olfatear el hecho nuevo é inducir su ley, lo suficiente¬ mente ingenuo y candoroso para sacrificar la existencia persi¬ guiendo cosas tan vanas y quiméricas como el humo de la gloria y la gratitud de los hombres. Esa mezcla singular de idealismo y de candor infantil, do sagacidad y de vanidad, propia del conquis¬ tador científico de casta, es casi desconocida entre nuestros profe¬ sores, que — y dispensa lo crudo del diagnóstico — ó se pasan de largos, ó se pasan de bobos.
— Estimo que nos perjudica también la sobra de imaginación.
— Creo más bien que somos demasiado equilibrados y pruden¬ tes para que la loca de la casa haga de las suyas. Y suponiendo
que superemos á los extranjeros en imaginación — cosa harto im¬ probable, dado que las más grandes creaciories de la literatura y ae la filosofía constituyen entre nosotros artículos de importación —no nos daña el exceso de tal facultad, sino el mal uso que de ella hacemos, utilizándola en urdir frases pomposas en vez de em¬ plearla en forjar hipótesis fecundas. Tan necesaria es á los sabios, que con razón se ha repetido hasta la pesadez, que en el campo de la Naturaleza solo se encuentra lo que se busca; y lo buscado repre¬ senta casi siempre una visión anticipada de la verdad, una lumi¬ nosa imagen de la imaginación constructiva, á que los hechos acaban por ajustarse. Ni el culto á la belleza empece á la religión de la verdad. El sabio, como la alondra, debe saber volar y can¬ tar... Sí...; volar muy alto y muy lejos, para descubrir los nuevos horizontes. Por desgracia, el talento español recuerda demasiado al faisán, ave de porte gallardo y de corto y fatigoso vuelo...
Pero arrastrado por el automatismo de la asociación de ideas me he desviado de mi camino, y debo volver á él.
— De lo que me considero principal responsable, pues he inte¬ rrumpido tu relato con inoportunas y enfadosas interrogaciones. Perdona mi indiscreta curiosidad... y prosigue.
— Pues, según te decía, con sor mi programa socialista asaz mi¬ tigado, inofensivo y parsimonioso, me procuró la enemiga de las escuelas liberales turnantes en el poder. Mi última y más reñida campaña (que debes tener presente, porque te di ocasión para romper gallardamente una lanza en defensa de la Iglesia), versó sobre la libertad de enseñanza.
Sí, ya caigo...; aquel artículo tuyo tan acerbamente comentado por la prensa rotativa.
— Y, sin embargo, persisto en creer que me asistía la razón, por lo menos desde el punto de vista de la defensa del Estado li¬ beral.
Afirmaba yo que, dentro del régimen democrático, todas las libertades son sagradas menos una: la de negar la libertad, todos los actos colectivos legítimos menos éste: el suicidio de la clase directriz. Sabido es que la colectividad social, al modo de los in¬ dividuos, encierra dos personalidades: la actual , dotada de dere¬ chos y deberes, y la potencial, es decir, la persona futura que solo tiene derechos. Lo que, hablando en romance, quiere expresar que la nación, encarnada en la clase soberana, debe garantizar con igual esmero y pulcritud los privilegios de los ciudadanos contemporáneos que los privilegios de los ciudadanos del porve¬ nir, en cuyo nombre ejerce piadosa é inalienable tutoría. Ahora bien — discurría yo— el deber más sagrado hacia toda criatura en curso de evolución es el respeto á la evolución misma, la plena seguridad de que el cerebro y las energías mentales del niño no serán sometidos durante el proceso ontogénico á la perturbadora sugestión del dogmatismo, y podrán, por ende, alcanzar libremnte el máximo de eficacia crítica y de potencia productriz.
¿Se logra esto resultado pedagógico entregando la educación de la raza á una sola parcialidad política, precisamente á la que, alardeando de poseer la verdad, niega el derecho del libre exa¬ men é impone norma invariable á la facultad de pensar? ¿Dónde está el perro que abandona al lobo sus cachorros?
— Sin embargo, querido Jaime, te confieso que en aquella dis¬ cusión parecióme que la verdad estaba de parte de tus impugna¬ dores. Tu argumentación hubiera sido impecable, á mi juicio, si los Institutos religiosos se arrogasen el privilegio exclusivo de educar y adoctrinar á la juventud; pero ¿acaso no queda el cam¬ po libre á la concurrencia laica? ¿Quién puede estorbar á la inicia¬ tiva privada la creación de instituciones de enseñanza regidas por seglares ó por preceptores católico-liberales? A la verdad, si, con¬ forme se afirma, católica es la inmensa mayoría de los padres de familia, no se me alcanza cómo pueda evitarse, sin caer en los excesos y violencias de un jacobinismo contrario á los principios democráticos, el que aquéllos confíen la educación de sus hijos á las corporaciones religiosas.
— Asi justamente discurren, en harto significativo consorcio, demócratas y clericales. Idas si hemos de entendernos alguna vez en materias de libertad de enseñanza, disipemos antes un equi¬ voco.
Por de contado en España, pese á las alharacas y pretensiones de los que hablan constantemente de conciencia nacional cristiana y de clases neutras conservadoras , la opinión liberal es la domi¬ nante. Mas vengamos á cuentas: los partidos liberales reunidos aventajan notablemente á los reaccionarios de todos los matices; pero no suman en junto la poderosa hueste que, para fines mera¬ mente educativos y de acción social, pueden, en un momento dado, juntar el tradicionalismo y el clero, aliados con la mujer que, por causas sobrado conocidas, representa una gran fuerza clerical. Abdicación bochornosa sería en los gobiernos liberales permanecer indiferentes ante esa peligrosa liga moral, cuya fina¬ lidad, harto visible, consiste en preparar generaciones ciegamente entregadas al culto del pasado y hostiles á las modernas liber¬ tades.
Al inapreciable socorro de nuestras caras mitades (cuyo impe- 1 rio espiritual sería plausible si por deficiencias de la educación I no estuviera la mujer dos siglos rezagada respecto del hombre), 'añade la enseñanza confesional ventajas de orden económico que \ imposibilitan la competencia de las escuelas oficiales y que traen í su origen tanto en las facilidades y privilegios de la vida conven¬ tual, como en la inagotable generosidad del bello sexo hacia las Instituciones religiosas.
Desengañémonos; mientras la esposa continúe siendo el emba¬ jador del cura en el seno de la familia; mientras el clero regular no viva sujeto á los mismos sacrificios morales y necesidades mate¬ riales que el resto de la nación; en fin, mientras no se ponga coto
CUENTOS DE VACACIONES 169
á la libertad absoluta de testar de viudas y solteronas enloqueci¬ das con el terror del purgatorio, los partidos liberales y democrᬠticos cometerán la- más insigne de las torpezas mostrándose gene¬ rosos y débiles con la alianza femino-clerical y consintiendo que dirijan y eduquen á la juventud parcialidades políticas desprovis¬ tas de fuerza y de opinión para gobernar y civilizar. Los ingenuos demócratas, detenidos en tan magnas cuestiones por escrúpulos de monja, deben tener presente que hay algo por encima de todos los principios y de todas las leyes, y en cuyo nombre es lícita hasta la tiranía, á saber: el interés y prosperidad del Estado y fomento y el esplendor intelectual de la raza.
Ocioso es decir que mis campañas políticas resultaron tan in¬ fecundas y baldías como las filosóficas. Empresa titánica es com¬ batir preocupaciones y desimantar cabezas obstinadamente orien¬ tadas hacia una estrella ha 'tiempo eclipsada en el cielo de la razón, pero á cuyo influjo se forjaron grandes intereses y se crea¬ ron poderosísimas instituciones. Arrojado de sus últimos baluar¬ tes, mi candoroso redentorismo acabó por persuadirse — ya era hora— de que este bajo mundo, apenas preparado para la filosofía, no está maduro para la justicia, y de que, á despecho de las más elocuentes y generosas propagandas, réstanos todavía unos cuan¬ tos siglos de egoísta individualismo y de parasitismo á todo trapo. ¿Qué vale la acción de un hombre, por grandes que sean su abne¬ gación y poder, para transformar la psicología colectiva?
Fuerza era, pues, si no quería esterilizar por completo mi vida, cambiar resueltamente de rumbo. Aún era tiempo; tenía la acome¬ tividad de los veintisiete años y aguijábanme, con el ansia de glo¬ ria, ganas furiosas y de edificar algo serio, definitivo, capaz de desafiar los ultrajes del tiempo y los vaivenes del gusto y de la moda. Claro es que tan ambiciosos anhelos solo en la ciencia po¬ dían hallar plena satisfacción. Y á la tarea científica me di, con la paciencia del benedictino y la entereza y ardor de los héroes de la voluntad.
Poseía, según te conté, algunas disposiciones para el cultivo de la física experimental, cuyas verdades me encantaban, tanto por la precisión y . luminosidad de su forma matemática, cuanto por sus admirables y fecundas aplicaciones al aumento, comodi¬ dad y espiritualización de la vida. Además, fatigado y hastiado de las interminables controversias á que, por ley indeclinable, están sujetas las verdades del orden moral y sociológico, me subyugaba la idea de trabajar en un terreno neutral, donde las conquistas del espíritu— si yo tenía la suerte de triunfar— fueran obligadamente aceptadas hasta por las indoctas muchedumbres. ¿Quién discute el teléfono, el análisis especial, el dinamo ó locomotora, ni regatea á sus ilustres descubridores el tributo de la admiración? Por dicha suya, ni el físico y ni el químico necesitan apelar, á diferencia del filósofo ó del artista, al juicio no siempre sereno y justo déla pos¬ teridad; solo para aquellos se digna Apolo aguijar sus raudos cor-
170 LA CLÍNICA MODERNA
celes, coronando al íeliz triunfador antes de que el frío de la se¬ nectud y el pavor de la cercana muerte aparten de los sedientos labios el áurea copa de la fama...
En fin, tras dos años de íntimo recogimiento mental y de obs¬ tinada labor de laboratario, tuve la inefable dicha de sorprender, en el inagotable dominio de la electricidad y de la radiología, al¬ gunos hechos nuevos, susceptibles de importantes aplicaciones in¬ dustriales.
Satisfecho quedé del ensayo de los aparatos construidos en pe¬ queña escala, pues comprobaron plenamente la exactitud de mis previsiones. Mas tales ensayos agotaron pronto los recursos de un modesto profesor atenido á la ruin nómina oficial. Vime, pues, obligado á solicitar apoyo del Gobierno para construir, en grande y definitivamente, mis máquinas eléctricas y radiográficas; más, según suele ocurrir en tales demandas, solo conseguí enredarme en las mallas de inacabable expedienteo y perder vanamente el tiempo y la paciencia. Ni fueron poderosos á procurarme la sub¬ vención oficial el dictamen lisonjero de cierta docta Academia, ni el voto de calidad de un ilustre ingeniero. A la indiferencia mi¬ nisterial y morosidad administrativa contribuyó quizá el recuerdo de mis inhábiles campañas socialistas, sin contar con que en Es¬ paña el patriotismo y la generosidad fueron siempre esencialmen¬ te guerreros. Para que las bolsas se aflojen y los corazones se enardezcan hay que inventar máquinas mortíferas capaces de vo¬ lar una ciudad ó de echar á pique un acorazado; y, por desdicha, mis pobres artefactos, provechosos sin duda á la industria de la transmisión y transformación de la energía, no brindaban por el momento sensacionales aplicaciones al arte de matar en grande...
Marchitas mis esperanzas y agotadas mis economías, obligado me vi á emigrar al extranjero en busca de calor y amparo para mis proyectos. Y después de devorar no pocos desaires y amar¬ guras por mi calidad de español - todos me calificaban á priori de iluso — fijé últimamente mi residencia en París, cuya célebre Aca¬ demia de ciencias estudió y acogió de buen grado mis invencio¬ nes. Al fin llegó mi Domingo de Ramos Alentado con el execuatur académico y ayudado en mis planes por una mujer de corazón, hoy mi esposa, di clima á la empresa de construir los modelos de¬ finitivos y de patentizar á todo el mundo su originalidad y uti¬ lidad.
Pronto dispuse del dinero necesario para convertir las fanta¬ sías de mi espíritu en criaturas industriales robustas, prolíferas, pregonadoras de la laboriosidad y de la honradez intelectual de su creador. Y levanté extensa fábrica, instalando en ella potentí¬ simos motores y bien provistos talleres.
Y lancé al mercado internacional nuevos tipos de dinamos, acumuladores, contadores, generadores de radioactividad, etc., los cuales recorren hoy triunfalmente el mundo pregonando el crédi¬ to de la casa y rindiendo pingües ganancias.
Lejos de amainar, crecen de día en día la importancia y pros¬ peridad de mis negocios. Triplicada la capacidad de la antigua fábrica, se extienden ahora, en torno de mi labora torio, multitud de blancas casitas, donde habita rumorosa y alegre población obrera, que se alimenta de las ideas de mi intelegencia como el bosque de las radiaciones del sol. Y soy feliz, porque he realizado el sueño dorado de mi vida, que consistía en pulir y decorar con personal estilo, en ese poliedro de infinito número de caras que se llama mundo del saber, una faceta minúscula donde la posteridad agradecida inscriba mi modesto epitafio.
— ¡Admirable!, amigo Jaime . Me dejas atónito . Bien es ver¬
dad que yo jamás puse en duda la perspicacia y elevación de tu talento. Hay algo, sin embargo, en tus excelsas victorias que en¬ tristece mi corazón de español, y no sería leal ni franco contigo
disimulándolo . Me da pena pensar que, para hallar justicia átus
méritos y pedestal á tu gloria, te has visto obligado á dejar tu país. Dime, en el dorado destierro en que vives, ¿perdiste acaso el amor de la patria?
— Eso nunca A pesar de mi larga permanencia en Francia
jamás pasó por mi ánimo la idea de renunciar á la nacionalidad española. Además, ¿qué son mis modestas invenciones sino el fru¬ to de sincero y ardiente patriotismo? Sacrifiquen otros en el altar del alma mater las víctimas de la guerra y del odio internacional; entonen en su loor los poetas himnos altisonantes y declamatorios; yo tengo por mejor ofrecerla, con mis creaciones científicas, y á guisa de místico incienso, mi propio cerebro, fatigado y vibrante del intenso pensar, y consumido y abrasado del enérgico querer.... Ni pienses que el voluntario destierro en que me hallo ha mitiga¬ do un punto mis sentimientos de acendrado españolismo; que, á los ojos nostálgicos del hijo ausente, la adorada imagen de la pa¬ tria en vez de achicarse con el alejamiento, se engrandece y her¬ mosea, al modo de esas pardas y mediocres montañas que, mira¬ das de tejos, hierguen gallardas sus cimas y con los matices del cielo se engalanan.
— ¡Bravo, querido Jaime!.... Me enardecen y confortan tus elo¬ cuentes acentos, que suenan en mi oído como las notas vibrantes de la Jota 6 las estofas de la olvidada Marcha de Cádiz Oportuní¬ simos llegan á mi alma donde tantas cosas, hasta las más santas, se han derrumbado á impulsos del infortunio . ..
Hace poco, en momentos de dulco expansión muy agradecidos por mí, has hablado del ansia de sobrevivirte.!, del ferviente anhe¬ lo de dejar en la posteridad una estela luminosa. Y en virtud de inevitable asociación de ideas, tu generoso arranque me ha produ¬ cido un sentimiento de penetrante melancolía...
Y Esperaindeo, después de breve pausa, acusadora de la inde¬ cisión que reinaba en su ánimo, continuó:
— Bulle en mi mente un pensamiento molesto que no debo ma-
nifestarto, porque cometería con ello grave irreverencia y hasta manifiesta indiscreción.
— Habla sin miramientos...; yo te satisfaré en cuanto mis fuer¬ zas alcancen.
— Pues bien, alentado con tu venia, me atrevo á exponerte esta duda: Dime, ¿cómo aciertas á conciliar tan elevadas aspiraciones á la gloria con tu creencia irrevocable en la muerte personal y en el aniquilamiento fatal del mundo y de la vida?
— Y ¿qué dirías si yo te confesara, lleno de rubor intelectual, , que amén del sentimiento patriótico, la triste convicción de que no existe vida de ultratumba ha contribuido pederosamente á mis éxitos científicos é industriales? ¿Cómo juzgarías de mi intelecto si te hiciera la confidencia de que, durante los desfallecimientos del ; laboratorio, cobre á menudo alientos con este anodino cordial?: «Si mi alma está condenada á morir, sálvense al menos sus ideas; tra¬ bajemos, pues, para crear algo vivo y perdurable, algún concepto i germen que, á semejanza de la llama de la vida, salte de genera¬ ción en generación nutriéndose y creciendo incesantemente á ex¬ pensas del humano cerebro.»
— Confieso no comprender qué especie de grata sensación puede provocar en una vacía calavera el eco de los aplausos póstumos.
— Hijo mío, estamos en presencia de una de tantas paradojas y | contradicciones de la vida; el instinto imponiéndonos el deseo de j perdurar y la razón contradiciendo tan locas ilusiones. Guardémoi- nos, empero, de analizar tales impulsos, que al par de otros mu¬ chos, no menos absurdos apuntan antes á la utilidad de la especie que á la prosperidad del individuo; y limitémonos á sentirlos y i cultivarlos, pues solo obrando así será nuestra labor provechosa á la humanidad y alcanzaremos en este bajo mundo toda la felicidad compatible con el conocimiento de la verdad.
Y por si la posteridad nos olvida, apresurémonos á conquistar el presente. Bien será, pues, empuñar la mancera en plena juven¬ tud antes que el frío de los años modere el vigor y apague, los en¬ tusiasmos. Lo importante es hacer más fácil y agradable la vida de los hombres, conquistar un rincón en las almas y en los libros, donde gozosas aleteen nuestras ideas; emerger, en fin, de la masa anónima del pobre rebaño donde se cuenta por millones para in¬ gresar por derecho propio en 1 • brillante legión en que se cuenta por unidades. Ardua es la labor, grandes. los contratiempos y sin¬ sabores de la lucha; pero, ¡cuán hermosa y halagadora la victoria! ¡Qué alborozo sentirnos por primera vez enfocados desde abajo por miles de ojos curiosos y acariciadores!... Y luego se eslabonan otras mil satisfacciones, resultantes de la transcendencia científica y social de la obra, de la gratitud, de la miseria redimida, del so¬ berano orgullo de pensar que, al venir al mundo, no hemos fati¬ gado en vano la fragua de la Naturaleza...
— Sigue, no te interrumpas, por Dios; tus entusiasmos son para mí la mejor de las medicinas.
— ¡ Si vieras qué sumo deleite es transformar al conjuro del in¬ genio, un puro y abstracto pensamiento en vivero de humanidad Sirviente, en archipiélago espiritual donde desborda la vina y son¬ ríe el bienestar ! ¡ Ah, cuán poco podría importar á las naciones desgraciadas la pérdida de sus colonias, si sus hijos, ardiendo en santo patriotismo, se esforzaran por ensanchar la geografía moral de la raza con estas radiantes islas de la inteligencia, santificadas por el trabajo y la paz, por igual inaccesibles á la defección y á la conquista !...
Pero basta de enfadosos y trasnochados lirismos. He termina- 4o, mi querido amigo, la pesada narración. En ella he intentado reflejar mí vida como en claro espejo. Tú decidirás si te conviene ajustarte al modelo, ó si prefieres errar por los infecundos pára¬ mos de la teología ó de la política.
— Echáda está la suerte. Tus sanas y vivificantes exhortaciones acaban de transformarme en otro hombre. Renuncio en absoluto á la vida parásita, á la humillante y vergonzosa protección de mi mujer. Estoy á tus órdenes.
— Pues acepta desde ahora un puesto de secretario particular con 10.000 francos. Por algo se empieza...
Y el buen Esperaindeo, en un arranque de viva gratitud, se abalanzó hacia Jaime y exclamó, mientras le abrazaba tierna y efu¬ sivamente:
— ¡Eres todo un amigo... un alma antigua!... ¡Plegue á Dios pueda corresponder algún día dignamente á tu generosidad!...
— ¡Deja!...; ¡no vale la pena!... Yo hubiera preferido confiarte la plaza de administrador gerente, cargo harto más importante y lucrativo; pero lo desempeña cierta persona á quien, fuera, de la vida, debo cuanto soy. ¿Adivinas?
— ¿Tu incomparable maestro?
— El mismo, D. Enrique Fernández. El cual, no obstante su an¬ cianidad y repugnancia á dejar la querida tierruca, consintió al fin en trocar sus 10.000 reales mal contados de profesor normal, por los 20.000 francos que yo le doy. No hago sino satisfacer una deu¬ da sagrada ; fuera de que el concurso de hombre de tal valía en la dirección del complicado mecanismo de la fábrica, me es singu • larmente provechoso.
— Con tan acertada designación revelas tan buen corazón como sentido práctico.
— Mi querido Esperaindeo... las horas han pasado suavemente durante nuestro agradable coloquio... Es ya muy tarde. Pongá- . monos en marcha hacia la fábrica. No está tejos...: veinte minutos
de ómnibus, que tomaremos aquí á la vuelta, en la plaza de la Bolsa, y un cuarto de hora de ferrocarril metropolitano. A nuestra llegada te presentaré á mi familia, conocerás al maestro y te in¬ formaré puntualmente de tu cometido, no muy complicado ni fa¬ tigoso por ahora...
Momentos después se instalaban ambos amigos en el interior
de un ómnibus. Gradualmente, el cansancio y laxitud subsiguien¬ tes al derroche verbal pusieron fin al animado diálogo: un senti¬ miento de dulce serenidad pareció bañar el alma fatigada de los interlocutores. Y mientras Jaime, apoyado el brazo en la ventani¬ lla, miraba distraídamente el ajetreo de los transeúntes y el raudo desfilar de los carruajes, ocupábase su compañero en contemplar embebecido la cabeza leonina del sabio, cuyo gesto de luchador enérgico y noble perfil subrayaban con líneas de oro los últimos arreboles de la tarde. Evocado por el contraste entre lo actual y lo pasado, acudió á la mente de Esperaindeo el recuerdo del Jai¬ me de otros tiempos... de las sabias y vehementes peroratas dej ateneísta, de las humanitarias y redentoras arengas del apóstol. ¡Lástima de tribuno!, pensaba. ¡Cuán pocos, y sin embargo cuán necesarios, son en la pobre España caracteres de tal temple, polí¬ ticos viriles y patriotas como Jaime!... Al fin, cediendo á la tensión de sentimientos é ideas que pugnaban por exteriorizarse, rompió el solemne silencio exclamando:
— Amigo Jaime, ¡quién te ha visto y quien te ve!... ¡Quién di¬ jera que tú campeón invencible de la lógica, orador de múltiples recursos, apóstol abnegado de los desheredados y de los caídos, tribuno lleno de noble ambición, habías de recogerte, en plena ju¬ ventud, en la tranquila playa de la ciencia y de la industria !
— No te extrañe... Ha poco te decía que el mundo no está en sazón para la filosofía ni para la justicia. Triste es reconocerlo..., pero eilo es que, á pesar de la tan decantada tolerancia de los mo¬ dernos tiempos, sólo le dejan á uno ejercitar el sentido común en el apacible campo de la ciencia. Laboremos, pues, en él, puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu.