Cuentos de vacaciones (narraciones pseudocientíficas) Primera serie · Capítulo real 5 de 7
El pesimista corregido
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
Juan Fernández, protagonista de esta historia, era un doctor joven, de veintiocho años, serio, estudioso, no exento de talento, pero harto pesimista y con ribetes de misántropo. Huérfano y sin parientes, vivía concentrado y huraño en compañía de una antigua ama de llaves de su familia.
Hacia la época en que le enfocamos^ se habían recrudecido en nuestro héroe el asco á la vida y el despego á la sociedad. Descui¬ daba la clientela y el trato de los amigos, que le veían de higos á brevas, y pasaba su tiempo enfrascado en la lectura de obras cuya tonalidad melancólica casaba bien con el timbre sentimental de su espíritu. Agrada saber al desdichado que no estrenó la desdicha, y que su menguado coneepto del mundo y de la vida halló tam¬ bién asilo en cabezas fuertes y cultivadas. Compréndese bien por qué Juan se solazaba y entretenía con la lectura de Schopenhauer y Hartmann, del antipático y vesánico Nieztsche, y del adusto y profundo Gracián. Y el orgullo de coincidir con la opinión de tan calificados varones, prodújole, á ráfagas, algún consuelo, á cuyo fugitivo calor sentía deshelarse parcialmente el lago glacial de su voluntad y aliviarse un tanto su dolorosa laxitud de espíritu y de cuerpo.
Para el infortunado Fernández la vida venía á ser broma pesada y sin gracia, dada por la Naturaleza sin saber por qué ni para qué; el entendimiento, era rudimentaria máquina de calcular, que se equivoca en todas las arduas operaciones; nuestro saber, libro vie¬ jo lleno de tachones y lagunas, y cuya fe de erratas tiene más ho¬ jas que el texto; los sentidos, rudimentarios y pueriles aparatos de física, sin alcance ni precisión, buenos tan solo para ocultarnos las infinitas palpitaciones de la materia y los innumerables enemi¬ gos de la vida; el corazón, bomba frágil é indisciplinada que se agita intempestiva y dolorosamente en los trances difíciles, anu¬ blando la inteligencia y paralizando nuestras manos; y, en fin, la voluntad, algo así como vilano aéreo, fluctuante y á merced de leve ráfaga de viento, y que comete la tontería de tomar su mo¬ vilidad por libertad.
Con tales ideas y los sentimientos correspondientes, excusado es decir que nuestro doctor tenía pocos amigos y menos esperan¬ zas é ilusiones.
Era, sin embargo, bien disculpable y digno de compasión. En dos años había perdido padre y madre amantísimos; aquél, vícti¬ ma de la tuberculosis; ésta, arrebatada por una pulmonía infeccio¬ sa. A la sazón, Juan convalecía lentamente de peligrosa tifoidea, y días antes de enfermar había terminado sin éxito, pero con honra, reñidas oposiciones á cierta cátedra de la Universidad de Madrid.
Para colmo de mala sombra, hasta su novia Elvira, guapetona y equilibrada muchacha, hija de un rico é influyente industrial, comenzó á mostrársele esquiva y displicente. Y á la verdad, razo¬ nes sobradas había para ello.
Nuestro huraño doctor no fué nunca persona grata á D. Toribio (que así se llamaba el padre de la niña). Reconocía éste de buen grado, en el aspirante á yerno, despejo, laboriosidad y hasta porvenir financiero; pero le resultaban harto antipáticos é intole- • rabies su carácter taciturno y sus desapacibles y sombrías filoso¬ fías. Así es que no vió con buenos ojos jamás las relaciones de su hija con Juan, á la sazón médico de la familia (y singularmente de la madre, cuyos histerismos sabía reprimir hábilmente), dejando, no obstante, entrever á los amantes, que solo autorizaría el no¬ viazgo cuando el estudioso doctor, que se preparaba hacía tiempo para oposiciones á cátedras, adquiriese en propiedad la codiciada prebenda.
Según adivinará el lector, después del fracaso de Juan, arreció todavía la enemiga del ambicioso padre. Y la pobre Elvira, que había cobrado cariño al novio, mayormente al verle tan digno de lástima, batallaba dolorosamente entre encontrados afectos, sin atreverse á tomar resolución definitiva. Rechazar sin esperanzas al hombre á quien prometió fidelidad y rechazarle á pretexto del reciente desaire académico, constituía crueldad é indelicadeza de que se sentía incapaz; admitirle generosamente y sin reservas, equivalía á rebelarse abiertamente contra la paterna autoridad, actitud de indisciplina que ella, hija amante, sumisa y bien educa¬ da, no osaba arrostrar.
Con todo, la balanza del sentimiento se inclinaba visiblemente en contra de Juan, cuyas fervientes protestas de amor, durante los breves y furtivos coloquios con Elvira, eran incapaces de con¬ trarrestar la poderosa sugestión de indiferencia y de desvío respi¬ rada en el hogar. Tanto más eficaces resultaban estas sugestiones, cuanto que, según era de esperar, la figura moral de nuestro pro¬ tagonista, antes sublimada y poetizada por el amor, se había achi¬ cado algo á los ojos de la prudente doncella. El Juan de hoy valía, física é intelectualmente, menos que el de ayer... Temperamento frío en quien el corazón no turbaba jamás las operaciones de la inteligencia, la hija de D. Toribio advirtió por primera vez, con
ocasión de la derrota intelectual del joven, los flacos de un talen¬ to y de una cultura que imaginó insuperables. Estudiando á su novio con los ojos avizores del análisis, creyó percibir, en aquella languidez y anemia consecutivas á la enfermedad, así como en el sombrío pesimismo de sus ideas, los estigmas de un físico deca¬ dente, incapaz de resistir briosamente el fardo abrumador del tra¬ bajo, y destinado acaso á marchitarse y perinclitar, aun antes de gustar las supremas y dulces abnegaciones de la paternidad.
Tamañas desdichas y contrariedades agriaron extremadamente el carácter de Juan, entenebrecido ya por literaturas mórbidas y filosofías descorazonadoras. Y sintió que el concepto pesimista del mundo achicaba su propia personalidad. Sucesivamente fué aban¬ donando esa salvadora confianza en las propias facultades, que nos empuja á renovar valerosamente la batalla, y que, cuando llegan fracasos y decepciones, estimula piadosamente la actividad de la imaginación, forjadora incansable de hipótesis disculpadoras de nuestros yerros y alentadoras del dolorido amor propio.
Toda batalla perdida exige un traidor ó un Mefistófeles res¬ ponsable del inopinado desastre. Y cuando no le hay — según ocu-« rre generalmente - es menester inventarlo. Solo á este título, el hombre, animal de descargas motrices, logra conciliar la calma y recuperar la confianza en sí mismo. Para no romperse por dentro, fuerza es romper algo por fuera. Varios son los modos de des¬ ahogo: un Bismark despechado arroja al suelo la loza y la patea furioso; un opositor fallido debe arrojar — verbalmente se entien¬ de — al arroyo la justicia del tribunal y la suficiencia de los con¬ trincantes. ¡Ah, de cuántos males nos libra esa reacción imbécil, pero salvadora, ese soberano derivativo del despecho, en lengua¬ je de zumba llamado, derecho del pataleo!
Mas para lograr rápidamente tan saludable baldeo cerebral (el cual nos deja como nuevos, reconduciéndonos como hipnotizados y henchidos de vivificante esperanza al abandolado telar), es pre¬ ciso ser un poco sanguíneo, tener flojas las vías de la inhibición motriz y emocional, y algo turbios también los conceptos de la justicia y de nuestro propio valer.
Por su desgracia, Juan, de temperamento bilioso, poseía un ce¬ rebro emotivo, caviloso y suspicaz, tan rico en colaterales nervio¬ sas como preñado de imágenes melancólicas. Lejos de ser un egotista y un desdeñoso para el ajeno mérito, tenía clara concien¬ cia de las propias deficiencias mentales. Y en sus soliloquios, por cada día más frecuentes, exclamaba á menudo, con acento de infinita amargura:
— ¡Nada valgo . nada sé! Siéntome vencido y postrado de
cuerpo y alma. ¡Sí!.... Derrotado de alma, porque en la pasada con¬ tienda deslucieron y achicaron mi labor ausencia de serenidad, enervador insomnio é invencible fatiga; derrotado de cuerpo, porque durante mi reciente enfermedad las fuerzas defensivas estuvieron á punto de abandonarme, entregándome á los estragos
del microbio . Y si al fin salvé el honor, en la lid intelectual y
la vida en la física, hecho quedé lastimosa ruina: el cuerpo con¬ vertido en ruin comedero de gérmenes, el alma transformada en vivero de pensamientos tristes y sentimientos deprimentes .
Transcurrieron cuatro meses más. La herida del amor propio continuaba sangrando. En crescendo iban la debilidad orgánica y la desgana de vivir. Visiones fúnebres y dolientes atormentaban las noches de nuestro sombrío protagonista. Hízose por cada día más huraño é inaccesible, abandonó casi enteramente la clientela, y dejó de visitar á la indolente y vacilante Elvira, cuyo despego y frialdad le exasperaban .
En esta deplorable disposición del ánimo, escribió un libro de sentido terriblemente pesimista, intitulado Las planchas de la Pro¬ videncia , fruto de sus sombrías meditaciones. Tamaña obra, que . venía á ser algo así como manifestación tardía y sistematizada del providencial derecho del pataleo, prodújole, á intervalos, algún consuelo. Gusta siempre el caído achacar al caballo las faltas del jinete. No critiquemos esta injusticia. ¡Ella nos da fortaleza para persistir en las grandes empresas! ¡Es tan fácil cambiar de bridón!...
Con todo eso, el día en que Juan escribió la última página de su libro, cayó en profundo abatimiento. Eran las cuatro de tibia mañana de primavera. Las campanas del vecino reloj sonaban lentas, roncas, cual estertor de moribundo. A lo lejos lanzaba un perro plañideros ladridos. Oíase á grandes intervalos el aria ale¬ gre con que el gallo anuncia la venida del astro rey, del genio triunfador de la sombra y de la muerte. De vez en cuando, perci¬ bíase el estrepitoso rodar de los ómnibus madrugadores, cuyas trepidaciones, comunicadas á la estancia de Juan, hacían retem¬ blar los muebles, oscilar la luz y estremecer las cuartillas...
Aquel despertar de la Naturaleza ansiosa de luz y de activi¬ dad, aquella oleada caliente de vida trafagosa, irritaron doloro¬ samente la sensibilidad enfermiza del infortunado filósofo, quien en un arrebato de supremo desencanto, cogió tembloroso las últi¬ mas cuartillas del libro y las arrojó á la chimenea.
— ¿Para qué escribir?... Por ventura ¿puedo modificar el curso del mundo, detener la marea del protoplasma imbécil, ciegamente precipitado en el abismo del dolor y de la muerte?...
¡La gloria!... ¿Acaso es más que un olvido aplazado? La huma¬ nidad, surgida de la muerte, en la muerte ha de parar. Nos lo prueban con sus férreas fórmulas la mecánica del Cosmos y las ineluctables leyes de la entropía.
Mis estériles lamentos ¿retardarán una milésima de segundo siquiera el amanecer de ese astro insensible y rutinario que se prepara á alumbrar (cediendo la energía de su calor) las mismas
escenas de barbarie y desolación, en las cuales el individuo es implacablemente sacrificado á la especie y ésta á la corriente total de la vida? ¿Apiadaré quizás al inexorable destino, á la incom¬ prensible Providencia, que sin distinguir el genio del microbio, se complace en destruir la vida con la vida, como si no bastaran ya, para el infortunio humano, las abrumadoras fatigas del trabajo, el punzante sentimiento de nuestra impotencia y la tiranía incontras¬ table de las fuerzas cósmicas?
Y con gesto de fiero y soberbio desafío, la mirada llameante y fija en la penumbra del techo, como encarándose con un ser des¬ conocido, exclamó:
— Quienquiera que seas, Motor del universo, Genio implacable, Principio inaccesible, Naturaleza impasible, dime, ¿por qué al crear la vida la rodeastes de crueles enemigos? ¿Qué ley de amor y armonía cumplen los microbios en la economía del mundo? ¿Re¬ presentan acaso los ministros invisibles de Tu justicia? Pero entonces Tus fallos son incomprensibles!.... Admito que un Ale¬ jandro endiosado y tirano fuera en lo más esplendoroso de su gloria derribado por el Plasmodiun malarice-, comprendo que Napoleón, el furioso degollador de hombres y debelador de pue¬ blos, cayera en Santa Elena con el estómago corroído por los gérmenes aún ignorados del cáncer; me explico que Hegel, el pro¬ digioso sofista que paralizó con la toxina de la Idea el análisis fi¬ losófico positivo iniciado por Kant, sucumbiera envenenado por el bacilo vírgula del cólera; paso, en fin, porque el destino de las na¬ ciones y la suerte de la civilización misma estén á merced de la picadura de un mosquito ó del azaroso vuelo de un esporo; pero, ¿por qué escoges también Tus víctimas entre los humildes y los buenos? ¿Cómo consientes que las bacterias patógenas siembren veleidosamente la muerte en el taller, templo del trabajo regene¬ rador; en el laboratorio, santuario de la ciencia y augusto locuto¬ rio de la divinidad, y en el surco fecundo donde el labrador, mᬠgico inconsciente de prodigiosa alquimia, cuaja el rayo de sol pa¬ ra que fulgure un día en el cerebro del genio?
¡Si al menos, á guisa de compensación, nos hubieras otorgado sentidos é inteligencia poderosos á evitar tamaños peligros!... ¡Si para preservarnos de tales riesgos contáramos con acuidad visual suficiente á percibir los gérmenes virulentos; sentido olfatorio ca¬ paz de resguardarnos de los inodoros gases tóxicos; aparato gus¬ tativo tan previsor que nos revelara la presencia, en alimentos y bebidas, de ptomaínas y venenos!
¡Buenos están nuestros sentidos y esa humana inteligencia, de la Tuya reflejo, al decir de cándidos filósofos! ¡Ventanas del alma abiertas á un negro abismo, son ojos y oídos!... ¿Qué físico podría vanagloriarse de la construcción de unos groseros instrumentos tan falaces, que nos imponen sensaciones por ritmos, y cuyas im¬ puras y fragmentarias imágenes son modificadas y turbadas por las leyes de la relatividad, de la fatiga y del in-paralelismo de la
excitación y reacción...; tan poco sensibles /y analíticos, que, de la inmensa variedad de palpitaciones cósmicas, recogen solamente gama ruin, esto es, una octava cromática, varias de sonidos y un grupito insignificante de olores, sabores é impresiones táctiles; tan mentirosos, que el visual nos nuestra las estrellas como radiacio¬ nes, en lugar de puntos luminosos, achica los objetos distantes, presentándolos sin relieve desde los 30 metros, se fatiga y anubla antes de los cincuenta años, es decir, en plena virilidad mental; y, en conclusión, padece tantas y tan torpes ilusiones, que bastan ellas á explicar la génesis de cuantos disparatados sistemas cosmogénicos y religiosos ha sufrido la humanidad, sistemas que atra¬ saron y acaso imposibilitaron para siempre el reinado definitivo de la verdad y de la ciencia.
Y ¿qué diremos del entendimiento y de la voluntad? Que son digno coi’onamiento de un engendro infeliz, de una lastimosa equivocación...
Tan endeble es nuestro intelecto, que debate aún, como en tiempo de Jenofanes y de Pirron, la cuestión de la substancia y el criterio de certeza; la memoria tan frágil, que llegados los trances difíciles, se nubla con la emoción, y, en cambio, hace desfilar, en interminable cabalgata, sus inoportunas imágenes, durante las ho¬ ras destinadas al sueño; nuestra facultad crítica tan enteca y mio¬ pe, que confunde la verdad con la elocuencia, la demostración con la creencia, y sigue en todo caso, antes que los dictados de la ra¬ zón, el halagador señuelo del deseo.
Con ser deplorables y gravísimas las deficiencias de la sensibi¬ lidad y del entendimiento, lo son todavía más las tocantes á la vo¬ luntad.
iCuán desarmado y desvalido aparece el hombre en las cruen¬ tas luchas por la vida! ¡Miradle pálido y tembloroso en presencia del peligro! Parece débil y anonadado, cual pájaro fascinado por la serpiente. Dispone para su defensa, de ojos que atisban al ene¬ migo; de instinto defensivo, que le dicta las reacciones motrices salvadoras; de previsión, que ordena echar en la hornilla todo el carbón...; y, sin embargo, llegado el trance supremo, como si un ángel malo le fascinara, siente el corazón latir dolorosa y tumul¬ tuosamente, experimenta ansiosa opresión en el pecho, y ve con angustia que sus brazos flaquean, las piernas se doblan, y que su inteligencia, al primer embite desarmada, se obscurece y entrega.
¿Y este es el tan decantado rey de la creación? ¿Esta la imagen de Dios en la tierra? ¡Qué sangrienta ironía! ¡Qué cruel sarcasmo!...
Al llegar á este punto de sus increpaciones, fragoroso trueno resonó en la estancia, y del seno de una nube violácea que inundó de claridad misteriosa el gabinete, surguió indecisa y flotante la sombra de un anciano venerable, de luengas barbas, soberano mi¬ rar, reposada é insinuante palabra y gesto de suprema y arrolla¬ dora autoridad.
Aterrado quedó Juan al contemplar la fantástica aparición. Y creyendo ser victima de terrible pesadilla, restregóse instintiva¬ mente los insomnes ojos y sacudió su cabeza, esperando, sin duda, que la visión espectral se desvaneciera.
Mas el genio avanzó hacia el pasmaso filósofo, y después de to¬ carle suavemente en la cabeza para dar fe de su corporeidad, con acento dulce y piadoso, habló de esta manera:
— No temas, y calma las inquietudes y angustias de tu doliente corazón.
Soy el numen de la ciencia destinado por lo Incognoscible á iluminar los entendimientos y á endulzar, por suaves gradaciones, el triste sino de toda criatura viviente. Muchos son mis nombres: llámame, el filósofo, intuición; el científico, casualidad feliz; el ar¬ tista, inspiración; el mercader y político, fortuna.
Soy quien en el laboratorio del sabio ó en el retiro del pensa¬ dor sugiere las ideas fecundas, las esperiencias decisivas, las in¬ tuiciones felices, las síntesis augustas y triunfadoras. Gracias á las confidencias que yo recatadamente deslizo en el oído de los ge¬ nios, la infeliz raza humana se aparta progresivamente de los lim¬ bos de la grosera animalidad, y el grito lastimero del dolor re¬ suena por cada día menos insistente en las celestes esferas.
Bien comprendo de qué nacen ¡pobres ilusos! vuestras amargas quejas. Brotan de dos groseras ilusiones que no me es permitido todavía (exceptuados algunos espíritus escogidos) desterrar ente¬ ramente de la conciencia humana.
Creéis que en el orden del mundo, impenetrable á vuestra pequeftez, sois fines , más aún el único fin , cuando sois meramente medios, rudos eslabones de inacabable cadena, simples términos de una progresión sin fin... Y este errado supuesto os ha llevado á la manía pueril de ajustar el mecanismo del mundo al mengua¬ do modelo de vuestra personalidad, humanizando la Causa prime¬ ra y sus inescrutables medios de acción.
Vuestro segundo error consiste en suponer que el supremo Ar¬ tífice debe perturbar la augusta marcha de la evolución, supri¬ miendo de un golpe el mal, acicate del progreso y despertador del protoplasma, y anticipando, en provecho de vuestros infinitesima¬ les egoísmos, la plenitud de los tiempos y el reinado definitivo de la verdad; ¡qué desvarío!
Locura es esperar que el Principio soberano descarte el dolor, al cual la vida está ajustada como la corriente al cauce; absurdo es asimismo exigir de su infinita previsión que lance de pronto en las tinieblas de vuestra conciencia la última verdad incomprensi¬ ble hasta para el superhombre.
Si por imposible complacencia consintiera el Incognoscible en rasgar de una vez, ante vuestras retinas de topo, el sublime velo de Isis, mis palabras te serían tan extrañas cual podrían serlo pa¬ ra una mosca la audición de la Crítica de la razón pura, de Kant, ó El sistema del mundo, de Laplace. La verdad más general solta-
da de repente no destruiría el Universo, según declara uno de vuestros espirituales y paradójicos pensadores, sería sencillamen¬ te como si nada hubiese sido revelado.
El Cosmos es un jeroglífico del cual cada edad alcanzará á des¬ cifrar trabajosamente algunas frases, las correspondientes ó la fa¬ se evolutiva de la humana especie, porque el progreso positivo consiste en inspirar al sabio solamente aquella parte de la verdad total susceptible de ser asimilada sin grave daño de la vida misma.
¡El orgullo y la impaciencia! He aquí los dos funestos impulsos que debéis desterrar de vuestro corazón, si aspiráis á remontar sin lágrimas el calvario de la existencia.
La profunda piedad que tus desgracias me inspiran muévenme á recordarte algunas verdades sencillísimas, patentes á cuantos pensadores, exentos de prejuicios y de ridículos endiosamientos, estudian el mecanismo del Cosmos y la historia de la Naturaleza.
Sabe, hijo mío, que la fase de humanidad no es el molde vital más perfecto y complejo que el protoplasma animal guardó en potencia, sino el mejor posible dentro de las actuales condicio¬ nes ofrecidas por lo que vosotros llamás, con pueriles y antropomórficas expresiones, la fuerza y la materia.
Sois mucho, porque así como el microbio es la semilla del hombre, vosotros representáis el germen del superhombre. Sois poco, porque vuestra inteligencia y voluntad están rigurosamente acordadas á las condiciones cósmicas presentes, extraordinaria¬ mente hostiles á las manifestaciones más sublimes de la inteligen¬ cia y á los deliquios de la sensibilidad.
El egoísmo te traiciona. Lo que desde el punto de vista de tu interés miras como injusticia y parcialidad, representa en el fondo la suprema equidad, y la suma justicia.
Del propio modo que el principio vital, ó dígase sistema ner¬ vioso, sacrifica la felicidad y libertad de cada célula asociada á la seguridad y permanencia de la colmena viviente, así el gran Im¬ pulsor de la evolución resolvió la contradicción de apetencias en¬ tre el todo y las partes, sacrificando los individuos á las especies y las formas ínfimas y rudimentarias á los organismos de superior jerarquía vital. Para la poderosa retina de Dios no hay distancias ni rigen las leyes de la perspectiva, pues en ella se pintan con igual claridad y relieve el mar y las olas, los átomos y los astros. En su visión grandiosa, sintética y analítica á la par, se le ofrecen las vidas individuales cual moléculas perpetuamente renovadas de un piélago de protoplasma, en cuyas espumas y oleajes columbra ya las formas puras y aladas del porvenir, única humanidad dig¬ na de El, porque habrá sabido descorrer en parte la tupida cortina de Maya y podrá asomarse sin vértigos al insondable abismo de las realidades eternas.
— Si la Causa suprema — balbució Juan recobrando la serenidad — atiende en su infinito amor á la Naturaleza entera, ¿cómo con-
siente, pues, la sangrienta lucha por la vida, el asesinato como medio de alimentación, el dolor cual única reacción de la debili¬ dad contra la fuerza?
— No me es dado desplegar á tus ojos las razones últimas jus¬ tificativas del perenne conflicto de la vida obligada á escoger perpetuamente entre el hambre y la agresión, entre el anonada¬ miento individual y la muerte de los demás. Baste á tu curiosi¬ dad conocer que tamaña desdicha se relaciona con la invencible inercia de la materia y con la rutinaria tendencia de la forma á estacionarse y retrogradar. Preciso fué, para impulsar la evolu¬ ción, instituir el dolor y la muerte, únicos resortes bastante pode¬ rosos á estimular la aptitud creadora y adaptativa de la energía individual.
Y como en la Suprema inteligencia no cabe lo superfluo (por¬ que la superfluidad es un error), hizo de la inevitable muerte, es decir del muerto , escabel de la vida, ordenando que las altas for¬ mas se nutrieran de las bajas.
— Todo esto es cierto y fácilmente comprensible. Natural en¬ cuentro que el animal esencialmente consumidor viva á expensas del vegetal, principalmente productor; me explico también que los carnívoros, y aun el hombre, devoren á los animales inferiores, conquistando el refinado carbón de la máquina con la violencia con que el minero lo arranca de las entrañas de la tierra; pero es el caso que, harto frecuentemente, tan sabia ley de la progresión químico-dinámica se invierte, y, á su vez, la baja vida devora á la alta.
— De nuevo habla tu orgullo. Yeo que la infantil ilusión de que el mundo se hizo para el hombre constituye incurable obse - sión de tu espíritu. Eres semejante á esas voraces orugas que al hallar abrigo y alimento en el fruto, presumen que el jardinero lo
crió expresamente para ellas . Abandona tan grosero espejismo;
y sabe de una vez que para el Absoluto no hay elegidos ni aristo¬ cracias. Iguales atenciones y cuidados merecieron al Infinito amor la vida que empieza que la vida que acaba. Sin diferencias de in¬ tensidad llegan á las celestes alturas todos los rumores del mun¬ do vivo, y con la misma misericordia son acogidos los ayes del microbio, óvulo de futuras humanidades, que los lamentos del homo sapiens , mezquino embrión del remoto superhombre. Tu pie¬ dad, manchada todavía de egoísmo, no traspasa los límites de la humana especie; la piedad de Dios, pura, infinita é inagotable, se extiende más allá de la vida, radiando hasta en los más tenebrosos senos del mundo molecular .
Pero entiende bien....; caridad á priori, sentida cuando surgió en la mente divina la idea de ordenar la materia y de distribuir la energía, creando los altos potenciales de soles y nebulosas. Porque El no retoca su obra como el pintor su cuadro. En el prin¬ cipio, el sublime Artista dispuso la tela y los colores, animó los pinceles y dejó que el cuadro mágico del Universo se dibujara por
sí solo. Y del color negro, esto es, del dolor , puso la cantidad estrictamente precisa para estimular el pensamiento y la acción y contrapesar y hacer codiciable, el placer. Y en tanto que la excelsa obra se acaba y surgen del caos del lienzo el maravilloso edén que vuestras cándidas biblias pusieron en el principio del mundo y los seres supraespirituales y alados destinados á gozarlo y com¬ prenderlo, el augusto Pintor cifra sus glorias en contemplar cómo cada nueva forma aparecida en el fondo de la inacabable tela con¬ firma las previsiones de la soberana Inteligencia.
— Pero ¿y las basterias? — repito.
Esas bacterias tan execradas por tí desempeñan transcenden¬ tal misión en la economía de la Naturaleza. Y al afirmar esto, no te descubro un secreto: la ciencia humana, no obstante su imper¬ fección, ha sabido esclarecer parcialmente el problema. Los micro¬ bios hacen desaparecer los despojos de plantas y animales, devol¬ viendo al ambiente el lote de oxígeno, carbono y nitrógeno se¬ cuestrado por la materia orgánica. Merced á su capacidad para vegetar en los organismos débiles y degenerados, corrigen la diso¬ nancia, imperfección ó incongruencia de las formas superiores, y evitan, por ende, que la evolución animal se pierda en la degra¬ dación y en la impotencia.
Invisibles son los microbios, mas no perfidia, según irreveren¬ temente imaginas, sino por piedad. Llena de bondad hacia el hombre, la Suprema previsión les hizo extremadamente diminutos á fin de que la presencia de tan severos ejecutores de la divina Justicia no turbara vuestra razón, agriara vuestros placeres y en¬ gendrara el tedio á la existencia.
Cierto que la ciencia, rebelándose al parecer contra el destino, ha inventado el microscopio, con la mira de sorprender tan miminúsculos enemigos (y esto representa ya un fruto intelectual del microbio). Mal haríais, sin embargo, en vanagloriarnos de tan grosero instrumento. Juguete harto imperfecto todavía, á su capa¬ cidad resolutiva escapan millones de vidas infinitesimales, ultramicroscópicas: las bacterias de las bacterias; el impalpable polvo de miríadas vitales disperso en el aire, el agua y las tierras; las imperceptibles colonias intracelulares, especie de federaciones simbióticas, que ahora solamente comienzan á alborear, á título de arriesgadísimas conjeturas, en la mente de algunos sabios audaces.
Algún día os será lícito quizás rastrear la morfología y costum¬ bres de tan diminutas y ultramicroscópicas organizaciones confi¬ nantes con la nada, y muy distantes aún de las más groseras cons¬ trucciones moleculares. Mas para ello, fuerza os será abandonar los sencillos principios de la óptica amplificante fundados sobre el fenómeno banal de la refracción de las ondas luminosas visibles (oscilaciones bastas sobre las cuales solo ejercen influencia partí¬ culas superiores á unas décimas de a.), y recurrir á radiaciones invisibles, infinitamente delicadas y todavía ignotas, de la materia
imponderable. Pero no obstante sus incesantes progresos, la cien¬ cia no podrá agotar los dominios de la vida. Lo invisible, infinita¬ mente más importante que lo visible, os envolverá siempre, y cada edad tendrá sus enemigos inaccesibles, porque el alazán del pro¬ greso solo galopa espoleado por el calcañar de la muerte.
— Pero — repuso Juan animándose por grados— si es cierto que las vidas Infimas destructoras del hombre descienden escalonada¬ mente hasta la nada y escapan al poder de los instrumentos inven¬ tados por la ciencia; si conforme acabo de oir la misericordia y previsión divinas son infinitas, ¿qué le costaba al sublime Modela¬ dor del cerebro y de la retina, las dos más valiosas joyas de la creación, haber amplificado la capacidad analítica de los sentidos, y singularmente del visual, por donde hasta la invención del mi¬ croscopio fuera superflua?
— Porque, según he declarado ya, uno de los primores de la suprema Inteligencia consiste precisamente en proceder con espí¬ ritu de exquisita previsión y de pulcra y estrictísima economía. La considerable amplificación de la acuidad visual, sobre no ser posible en la fase actual del desarrollo de las formas (para ello fuera necesario turbar el riguroso encadenamiento de las causas instruido y respetado por Dios) constituyera superfluidad nociva; en la Naturaleza daña siempre lo que sobra.
—Con todo eso,— osó insistir Juan — no acierto á comprender qué inconvenientes se seguirían del aumento del poder analítico de mi retina .
¡Desdichado! Tanto valdría producir una monstruosidad y una desgracia. Aun cuando tus sentidos ganasen en potencia é impre¬ sionabilidad, ¿de qué había de servirte la ventaja (á los fines de ampliar tu concepción del mundo y de la vida) careciendo, como careces, de un cerebro adecuadamente organizado para registrar y combinar las nuevas adquisiciones? Cuanto más que tan excep¬ cional privilegio te convirtiría en monstruo, en ser aparte, y re¬ presentaría, en orden á tu sensibilidad, un semillero de conflictos y desventuras.
De una vez para siempre vas á perder tus candorosas ilusiones. Investido por el Incognoscible de la virtud de variar los moldes de la vida, obraré en tu obsequio prodigiosa transformación. Desde mañana, y en cuanto tus ojos se abran á la luz, contemplarás los objetos, á la distancia de la visión distinta, como si estuvieran dos mil veces amplificados. Y no siendo mi ánimo apurar demasiado tu paciencia, ni acibarar extremadamente tu vida, te anuncio que tan extraordinario don solo durará un año.
Dicho lo cual desapareció el genio de la ciencia, en tanto que Juan caía en profundo letargo.
. Cuando, muy entrada ya la mañana, despertóse Juan, llamóle la atención un fenómeno insólito. Hallábanse herméticamente ce¬ rradas las ventanas y, no obstante, la luz parecía entrar sin obs¬ táculos, filtrándose por las rendijas del balcón en áureas fajas, dentro de las cuales mariposeaban, en mareantes giros, infinidad de corpúsculos variables de dimensión y color.
Eran los unos negros, opacos y esquinados como el carbón; mostrábanse otros largos, transparentes y brillantes como hilos de cristal (filamentos de lana y algodón); en fin, no pocos afectaban formas esféricas y ovoideas, diafanidad perfecta, y semejaban á esporos de mohos considerablemente amplificados por el micros¬ copio. Todas estas flotantes partículas subían y bajaban, arremoli¬ nábanse en raudos movimientos, pasaban incesantemente de la luz á la sombra, saltaban sobre los muebles, enredábanse en la cubier¬ ta de la cama y en las barbas del asombrado filósofo, y, atrope¬ llándose en la boca y nariz, se precipitaban amenazadores en el pulmón con el aire inspirado.
Creyendo Juan ser víctima de estrafalario ensueño, levantóse súbitamente del lecho, y al cruzar por una de las esplendentes cortinas de luz, vió estupefacto su camisa convertida en algo así como un cañizo tejido de albos, cristalinos y refulgentes cilindros, y sus manos, ásperas y cruzadas de profundo^ canales, trocadas en una especie de gigantesco panal de abejas, salpicado de taladros y erizado de amarillas y transparentes vergas (los agujeros de las glándulas y el vello).
Miró hacia el lecho, lamido á trechos por varias lengüetas de luz, y descubrió en la colcha una complicada reja de barrotes de coral. En fin, al recoger una cuartilla del suelo, vióla convertida en un intrincado amasijo de carámbanos (filamentos de algodón apelmazados). ¡Era para volverse loco! Transformación tan mons¬ truosa de su cuerpo y de los objetos que le rodeaban, prodújole impresión de profundo terror. ¿Qué significaba esto?
Acordóse entonces de repente de la visión de la pasada noche, y cayó en la cuenta del origen del estupendo fenómeno. El genio no le había engañado.
Sus ojos se habían convertido en microscopios, y no en virud de alteraciones en la dióptrica ocular (imposibles, por otra parte, sin cambiar la forma y dimensión del aparato visual), sino á causa de la extremada finura de la organización retiniana y vías ópticas, y de la exquisita sensibilidad de las substancias fonogénicas resi¬ dentes en los corpúsculos visuales. Cada cono ó célula impresio¬ nable de la fovea centralis había sido descompuesta en centenares de sutilísimos filamentos individualmente excitables; y la misma multiplicación de conductores había sobrevenido también en los nervios ópticos y centros visuales del cerebro. En realidad, Juan
no veía los objetos más grandes, sino más detallados: el ángulo visual seguía siendo el ordinario, pero, en cambio, la membrana sensible del globo ocular, de resultas de la susodicha multiplica¬ ción de las unidades impresionables, gozaba ahora de la preciosa virtud de discriminar y diferenciar objetos y colores bajo fraccio¬ nes angulares casi infinitesimales. Por consecuencia de tan espupendo perfeccionamiento, percibía nuestro protagonista (situado á la distancia de la visión distinta) las cosas como si estuvieran co¬ locadas en la platina de potente microscopio. Para ver como todo el mundo, es decir, sin detalles minúsculos, debía alejarse consi¬ derablemente de los objetos, los cuales achicábanse progresiva¬ mente con sujeción á las conocidas leyes de la prospectiva aérea y de la dióptrica ocular.
Al comprobar nuestro héroe la maravillosa clarividencia de sus ojos, no cabía en sí de gozo y satisfacción. Por su alma emo¬ cionaba debió de pasar una ráfaga de esa sublime y profunda sor¬ presa que la mariposa siente sin duda al abandonar la máscara de soñolienta crisálida. El sombrío y pesimista filósofo se había bro¬ cado, al influjo de la varita magica del numen de la ciencia, en un ser extraordinario, en un genio portentoso. Roto el encanto del sentido visual, la Naturaleza se le iba á mostrar tal cual es, y no como los infelices ciegos, sus compañeros de especie, se la figura¬ ban. ¡Cuántas inapreciables ventajas ancanzaría con su excelso pri¬ vilegio! ¡Qué de pasmosos ó insólitos descubrimientos le aguar¬ daban!
De aquel profundo embobamiento sacóle al fin la desapacible voz de la vieja criada y el agrio rechinar de la puerta, que, al abrirse de golpe, lanzó sobro la cara del filósofo un vendaval de polvo y de indefinibles basuras.
— ¿Quiere el señorito el chocolate?.., ¡Son ya las nueve! — excla¬ mó la fámula, que, sin pedir permiso, entró en el cuarto y abrió inmediatamente el balcón.
— ¡Cierra, por Dios! — gritó Juan, deslumbrada la retina por la formidable claridad del sol y sintiendo el cuerpo envuelto por corriente arrolladora de partículas brillantísimas, que amenazaban obstruir sus pulmones. En su asombrada retina se pintaban las imágenes, no solo de las partículas microscópicas, sinó de las infi¬ nitas partículas ultramicroscópicas del aire que brillaban como fulgentes estrellas, sobré el fondo sombrío de la pared.
Eran los detritus de la vida alta y baja, las emanaciones infec¬ tas del arroyo; los despojos alados é invisibles de millones de seres, que, cual culebras, desprenden la epidermis arrojándola, conver¬ tida en volanderas películas, á la cloaca azul de la atmósfera; los infinitos bloques de carbón lanzados á guisa de proyectil por el cañón de las chimeneas de hogares y fábricas; las incontables briznas de seda, lana y algodón arrancados por el viento de las vestimentas del hombre; las indefinibles virutas microscópicas, en fin, con que el taller impurifica el ambiente, convirtiéndolo en
caótico pandemónium, donde se mezclan, en confusión desesperan¬ te, informes partículas de piedras, colores, metales y maderas.
Creyó el pobre Juan haber caído en pestilente ciénaga ó asis¬ tir á la disolución de un mundo cuyos elementos hubieran retro¬ gradado al caos primitivo. Y aunque sabía bien que el organismo posee defensas contra tan furiosa inundación de corpúsculos flo¬ tantes, no podía reprimir los reacciones descompasadas del instin¬ to, que le obligaban de continuo á cerrar boca y narices, y á pro¬ teger los ojos con la mano, temeroso de que algún gigantesco bloque de carbón no viniera á dislacerar la córnea ocular, menos¬ cabando el mecanismo del sorprendente instrumento de análisis.
Preciso es confesar que aquella lucha entre la nueva realidad y un organismo dispuesto y acordado para otra gama de impre¬ siones visuales, comenzaba á resultar enfadosa y mortificante.
Pudo, sin embargo, la curiosidad de Juan más que la irritación de sus nervios, y sobreponiéndose á todo, se vistió rápidamente sin mirar á la ropa; tomó el chocolate sin examinar su composi¬ ción; calóse, á fin de resguardar los sobreexcitados ojos, recias y ahumadas antiparras, y salió disparado á la calle.
El espectáculo que se ofreció á sus ojos semejaba ensueño de naturalista delirante. El mundo mosaico y el mundo de cristal!; es¬ tas dos frases resumen las insólitas y desconcertantes sensaciones recibidas por Juan al hallarse en el torbellino de la calle de Alca¬ lá y contemplar las aceras, los edificios, los árboles y las personas.
La impresión simple se había convertido en impresión com¬ puesta, y la continuidad en discontinuidad.
En vez de colores uniformes, jugosos, fundidos por suaves transiciones; en lugar de superficies tersas y unidas, mostraban doquier los objetos, mosaicos ó conglomerados de partículas co¬ loreadas y agregados de filamentos y células. Masas grises, y aún blancas, á la vista ordinaria, exhibían granizadas de motas y man¬ chas de color chillón que nadie hubiera sospechado!
Al mismo tiempo, piedras, mármoles, ropajes, árboles, etc., des¬ cubrían un fondo como de cera ó de cristal salpicado de oqueda¬ des, estalactitas, aristas, grietas y facetas, donde descomponiéndo¬ se la luz, producía vistosos, coruscantes y variadísimos reflejos.
Reseñemos menudamente algunas de las sorprendentes obser¬ vaciones hechas por nuestro filósofo, que imaginaba, en su cre¬ ciente pasmo, haber sido transplantado de repente á otra planeta.
Las hojas de los árboles parecían construidas de innumerables piezas poliédricas, opalinas y translúcidas, en cuyo espesor se di¬ visaban acúmulos irregulares de esferas verdes, ó sean granos de clorofila y otros corpúsculos incoloros.
El ramillete ofrecido por cierta florista resultó un objeto tan extraño y sorprendente, que necesitó Juan algún tiempo para com¬ prender su naturaleza. Los pétalos del geranio semejaban grana¬ das abiertas, cuyos rojos granos estuvieran velados por suave tul; los cálices de las rosas mostráronse cual blancos panales de abe-
jas, henchidos de rosadas y fragantes esencias; en fin, las hojas de la azucena parecían colosales y cristalinas tulipas, rodeando es¬ pléndido joyel de topacios y diamantes. Y á esta hermosa obra de naturaleza añadía aún nuevos prestigios la luz, sembrando de es¬ trellas movibles, cual joyas tembleques, las infinitas curvas y aris¬ tas del artístico y diáfano mosaico.
Pero lo que más le sorprendió fué el insólito y desagradable aspecto ofrecido por el semblante de los transeúntes. Con el he¬ chizo del color y la lisura y uniformidad del cutis, se había des¬ vanecido la belleza. ¡Siempre el malhadado mosaico quebrando superficies y descomponiendo matices! ¡Una vez más la granizada de infinitesimales y agrios reflejos salpicando de deslumbrantes chispas los ásperos contornos! Al suave y desvanecido tránsito de la luz á la sombra había sucedido la granulosidad cascajosa, la bravia y tosca rugosidad de un epidermis que, mirado de lejos, tenía algo de la piel del erizo, y no poco del escamoso pellejo del cocodrilo. Grima daba descubrir, hasta en las más tersas y roza¬ gantes mejillas, informe masa de témpanos céreos es decir, células epidérmicas semi-desprendidas; negros agujeros correspondientes á las hediondas aberturas de glándulas; y en fin, matorrales de re¬ cias ballenas, ó sea, de vello, cuyos deshilacliados cabos, guar¬ necidos de mugre y de bacterias, columpiábanse amenazadores en el aire. Acá y allá, complicados surcos y barrancos esculpidos en el amarillento material epidérmico, accidentaban aún más las fron¬ teras de aquellas extrañas edificaciones orgánicas, que evocaban en la fantasía de Juan los monstruos gigantes de la fábula, ó los descomunales paquidermos de la fauna antidiluviana. A cada mo¬ vimiento respiratorio se removían y resquebrajaban, cual terreno estremecido por terremoto, los pliegues labiales, las ventanas de la nariz y las imponentes garras del monstruo humano, esparcién¬ dose en la atmósfera un vaho turbio, donde centelleaban al sol hi¬ los gelatiniformes de mucina, leucocitos coarrugados, láminas epi¬ dérmicas é infinidad de bacterias.
Los ojos, sobre todo, producían extraña impresión, mezcla de terror y de sorpresa, Circundada de dos movibles cortinas de cim¬ breantes bambuós (las pestañas), descubríase la córnea á modo de mosaico curvilíneo de cristal; veíase detrás el aterciopelado y po¬ lícromo tapiz del iris; y allá en el fondo el purpúreo manto de la retina bordada en rojo por el rameado vascular, perennemente agitado por el acompasado batir de los glóbulos sanguíneos.
Desconsoladora igualdad campeaba en los semblantes huma¬ nos, en los cuales habían desaparecido, como por arte mágico, las diferencias de alcurnia, de raza y de profesión. Esencialmente de¬ mocrático, el rasero de la tosquedaad había uniformado los feme¬ ninos rostros, á tal punto, que nuestro desorientado observador no acertaba á distinguir de cerca la fealdad de la hermosura, la ju¬ ventud de la madurez. Por otra parte, ¿qué podía importar á los efectos de la apreciación estética, el que aquellos avisperos, yer-
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mos y breñales cutáneos, remataran un poco más acá ó un poco más allá, ni que en aquel almendrado de carne abundaran más ó menos los rameados sanguíneos y las manchas pigmentarias? ¿Qué ganaría la luna con perder algunos cráteres ó achicar unas cuan¬ tas cordilleras?
Porque, preciso es reconocerlo, para el desilusionado Juan, to¬ das las mujeres se asemejaban al luminar de la noche, es decir, que se le presentaban salpicadas de horribles cicatrices variolosas. Por fortuna, nuestro héroe gozaba de un temperamento poco in¬ flamable. De querer emular las glorias de D. Juan, hubiérale sido necesario, para no enfriar eróticos entusiasmos, contemplar á sus conquistas á más de 100 metros de distancia; proceder amatorio harto anodino que, en orden á eficacia seductriz, fuera como re¬ quebrar á las estrellas á través del ocular del telescopio.
Gradualmente más sorprendido y desilusionado, continuó el clarividente observador su comenzado paseo. Ofuscado y azorado á causa del polvo que los carruajes y tranvías levantaban, y pro¬ tegiendo la boca con el pañuelo antiséptico, llegó á la Puerta del Sol, respiradero de todos los vahos humanos y cloaca máxima de los detritus aéreos de la villa y corte. Había franqueado apenas la calle de Carretas y cruzado trabajosamente el torbellino de insa¬ nas emanaciones desprendidas de la pobre y desaseada carne em¬ butida en el tranvía de los Cuatro Caminos, cuando sintió súbita¬ mente en el rostro la impresión de un surtidor de partículas mo¬ jadas. Era que un tísico plantado en la acera de Gobernación ha¬ bía tosido y expectorado cerca de nuestro curioso explorador.
¡Qué horror! Al recibir la inopinada rociada y contemplar des¬ pués sobre el pañuelo la infinidad de corpúsculos flotantes en las repugnantes salpicaduras, experimentó pavor en el alma y asco en el estómago. Gracias á su exquisita sensibilidad retiniana, que le permitía discriminar partículas diáfanas, solamente perceptibles para el micrógrafo en preparaciones coloreadas (1), reconoció, no sin alguna dificultad, en el esputo, discos anaranjados (glóbulos rojos); esferas trañsparentes gelatiniformes que se estremecían al contacto del aire (leucocitos); películas diáfanas, esto es, células epiteliales de la boca y fauces; fibras elásticas semejantes á látigos chasqueantes; corpúsculos vibrátiles de la tráquea, cuyos hialinos y aterciopelados apéndices vibraban acompasadamente cual espi¬ gas en campo de trigo; numerosos microbios que retorcían sus fla¬ gelos al luchar con la desecación; y en fin, la terrible bacteria de la tuberculosis cabalgando amenazadora en viscosos y transparen¬ tes glóbulos de pus.
¡Y la gente respiraba tranquila aquella niebla en que latía la muerte! ¡Y los gérmenes del pus, de la pulmonía y de la grippe,
(1) A Ün de atajar la extrafíeza del lector, recordaremos que el órgano visual de Juan, además de poseer extraordinaria potencia analítica, gozaba de exquisita sensibi¬ lidad para apreciar los más tenues contrastes de luz. En virtud de esta notable propie¬ dad, células, microbios y otros cuerpos microscópicos dotados de Indice de refracción, apenas diíerente del medio en que viven, aparecíansele con entera claridad.
saltaban de boca en boca sin que las candorosas víctimas hicieran la menor demostración de defensa ni se percataran de los terribles huéspedes á quienes habían dado confortable asilo en sus entrañas!
Con ser tan triste y lamentable la escena, había eñ ella algo que, encadenando vigorosamente la atención de nuestro héroe, le obligó á inmovilizarse en su observatorio; refiérome á la condi¬ ción campechana y esencialmente igualitaria del microbio. Para las bacterias patógenas, hombres y animales, ricos y pobres, re¬ presentan meros terrenos de cultivo y albergues por igual prove¬ chosos y codiciables-
Era de ver con qué inconsciencia respiraba cierta dama linaju¬ da el bacilo gripal recién expulsado del pecho de golfa descocada y harapienta. Descendiendo de lujoso coche y en el momento de penetrar en el ministerio de la Gobernación, vióse á un arrogante y soberbio exministro aspirar con fruición el bacilo de la tubercu¬ losis, momentos antes aventado por el ulcerado pulmón de furi¬ bundo anarquista. A guisa de serpentinas en Garnaval, fueron cortesmente cambiados varios microcos del pus entre ciertos timado¬ res y algunos inspectores de policía. Lástima daba sorprender có¬ mo hallaba lecho seguro y abrigado en la espléndida cabellera de almibarada y relaminada señorita el repugnante germen de la tiña ( Achorion Schoenleinn) desprendido del sucio pelamen de un por¬ diosero. En fin, nuestro héroe notó que dos señoritas amigas al besarse efusivamente se inocularon recíprocamente los microbios de la erisipela y del escorbuto.
¡Desolador era el espectáculo! ¡Enfrente de los enemigos invi¬ sibles, la tranquilidad y la inconsciencia! En todas partes como únicas armas de combate, la desidia, la indiferencia y la indefen¬ sión más absolutas! ¡Y pensar que los hombres supieron imaginar pararrayos contra las tempestades y fusiles contra ladrones y foragidos, es decir, contra amenazas y riesgos lejanos, eventualísimos, y no aciertan á inventar nada poderoso á preservarnos de la agresión de esos arteros y microscópicos envenenadores, que nos acechan desde lo invisible, inmolando diariamente miles de víctimas!
Apesadumbrado nuestro filósofo por tan dolorosas reflexiones, encaminó sus pasos hacia el Prado en busca de ambiente más pu¬ ro y menos peligroso, cuando, al llegar á la fuente de Neptuno, se le ocurrió la desdichada idea de visitar el Museo de Pinturas.
¡Nunca lo hubiera hecho! ¡Qué decepción! ¡Cualquiera recono¬ cía las obras maestras de nuestros grandes artistas! El hechizo del color y del dibujo se habían eclipsado por completo, ostentándose también obstinadamente allí, en toda su horrible desnudez, el abo¬ rrecido mosaico que le perseguía cual obsesión alucinatoria.
Surcos, colinas y valles, formados por el depósito irregular de un barniz ambarino quebrado con agretamientos que recordaban los generados por el sol estival en las enjutas charchas; reflejos vivos semejantes á miríadas de estrellas, atrozmente perturbado-
res del color, y emitidos por cada relieve de un mar embravecido y congelado; ramblas y aluviones de arenas y guijarros polícro¬ mos, vislumbrados al través del turbio barniz, y revueltos y amon¬ tonados en mareante confusión; tales fueron las impresiones reci¬ bidas por los asombrados ojos de Juan al contemplar las dulces y pastosas encarnaciones de las vírgenes de Murillo, ó las briosas, francas y precisas pinceladas de los cuadros de Velázquez.
Aparte del aspecto de inmenso lodazal desecado debido al bar¬ niz, la pintura, propiamente dicha, habíase metamorfoseado en grosero mosaico, construido de millones de piezas de colores sim¬ ples, agrios é incombinables. Ausentes por completo esos matices compuestos, esas infinitas y dulces gradaciones de sombra y clari¬ dad, encanto y prestigio del arte pictórico, la situación de Juan delante de un lienzo podía compararse á la de un paleto que se empeñará en examinar los famosos cuadros de mosaico de San Pe¬ dro de Roma, á la distancia de la visión distinta (33 centímetros).
Por poco artista que sea el lector, comprenderá fácilmente las insufribles incongruencias y disonancias de color, perspectiva y dibujo, que chocaron' á nuestro héroe. Tan esquemática é incom¬ pleta aparecía la paleta cromática en ciertos lienzos, que se hubie¬ ran atribuido á algún artista afectado de extraño daltonismo. En vano se buscaban en ellos matices tan importantes como el verde, violado y naranja. Sabido es que los colores compuestos suelen formarse en la paleta mezclando tintas simples: así, el amarillo y azul, componen el verde; el rojo y azul constituyen el violado, etc. Por consiguiente, reducidas las mezclas á sus componentes, claro es que brillaban por su ausencia las tintas de combinación, que representan, según es notorio, efecto de la distancia y de la visión confusa de lo pequeño.
Faltaban asimismo, conforme es de presumir, esos efectos ines¬ perados de vigor y entonación logrados por los buenos coloristas, manchando valientemente las cabezas con rayas de verde, morado y aun naranja (1), que la retina del observador, puesta á la debida distancia, debe fundir y armonizar.
Sin embargo, nuestro desorientado visitante habría conseguido recibir de los cuadros una impresión estética normal, más" á con¬ dición de alejar suficientemente su punto de vista. Por desgracia, las salas del Museo resultaban harto pequeñas para ello; ni era cosa de exigir del Estado, para comodidad exclusiva de tan estra¬ falario parroquiano, la construcción de un local de dos kilómetros en cuadro.
Del conjunto de sus percepciones plásticas y observaciones anatómicas, dedujo Juan que el arte resiste menos al análisis que la Naturaleza; toda vez que ésta nos brinda, allí donde la retina
(1) A los legos en materia de física pictórica les recordaremos que tres rayas de co¬ lor chillón muy próximas y vistas á distancia, á saber: verde, naranja y violado, dan por fusión retlnlana la sénsación del blanco ó del gris, á causa de impresionar conjun¬ tamente un solo cono retiniano.
agota su poder, formas infinitesimales frecuentemente tan bellas como las accesibles á la visión vulgar; mientras que el arte, re¬ medo de las groseras impresiones sensoriales, trabaja con elemen¬ tos toscos, informes, los cuales, á fin de producir la ilusión plásti¬ ca, deben recatarse en los obscuros dominios de lo invisible.
En el fondo de la vida palpita todavía lo vivo; en el de las obras de arte asoma en seguida lo feo y lo muerto. Cualquiera que sea el espectador, hombre, águila ó insecto, el cuadro de la naturaleza orgánica mantendrá eternamente su misterioso presti¬ gio, es decir, un cierto escalón de organización y de conciencia inaccesibles; al paso que la obra pictórica, estrecha adaptación á nuestra mezquina percepción óptica, carece de profundidad y de universalidad (en tanto que objeto de sensación para todos los se¬ res), y perderá sus encantos el dia en que la capacidad cromática y diferencial de la retina realicen el menor avance.
Si el superhombre del porvenir gusta todavía de las fruiciones del arte ¡cuánto se reirá de nuestras rústicas y groseras represen¬ taciones pictóricas!
Arte de insectos (1) llamará sin duda á la obra de nuestros pin¬ tores algún futuro artista crítico á quien me figuro dibujando con microscopio y mojando sutilísimo pincel en anilinas de brillante matiz.
A la salida del Museo del Prado gozó Juan de un espectáculo tan imprevisto como sorprendente Durante su visita á nuestra ad¬ mirable Pinacoteca sopló un cierzo frío y húmedo, encapotóse sú¬ bitamente el cielo, y en el momento mismo en que nuestro héroe llegaba á la calle de Alcalá, comenzaron á caer gotas de agua mez¬ cladas con tenues copos de nieve.
Un poco contrariado, miró Juan en torno suyo, y se encontró de repente envuelto en una cortina de gigantes carámbanos que, privándole de la vista, le obligaron á caminar á tientas, como si le rodeara densa obscuridad. Era que, merced á su exquisita sensi¬ bilidad para percibir los contrastes de índices de refracción, el contorno de las gotas de lluvia, de los cristales multiformes de la nieve y de las burbujas de aire de lo» copos, dibujábanse con de¬ susado vigor en su retina. Diríase que el agua del cielo había per¬ dido su ordinaria diafanidad convirtiéndose en espuma.
Aunque nuestro héroe, por caminar de sorpresa en sorpresa, iba ya curándose de espanto, no pudo reprimir cierto estremeci¬ miento al ver cómo se deshacían, al chocar en su semblante y ro¬ pas, aquellos colosales conglomerados de caprichosas y elegantes estrellas de hielo, y cómo las burbujas de aire, entre ellas aloja¬ das, estallaban, á manera de pompas de jabón, enviando al cielo un último y diamantino reflejo.
¡Lástima que el oído de Juan no corriera parejas con su vista!
(1) Recuérdese que el ojo del insecto afecta la forma de mosaico, resultando la ima¬ gen total que en él se forma de la integración de gran número de imágenes parciales.
El espectáculo hubiera sido aún más sorprendente. El ruido de las descomunales gotas de agua al desparramarse en el suelo, el zum¬ bido de los copos al rozar el aire, el de las burbujas al estallar, hubieran producido eri sus oidos el efecto de infernal baraúnda, de concierto ensordecedor.
¡Y qué cosa más extraña la gota de agua! Juan creía saber lo que era un liquido. Se lo habían explicado en la clase de física, donde le hablaron de la tensión superficial , y de esa fuerza de co¬ hesión en cuya virtud la gota tiende á conservar su forma esféri¬ ca y á mantener incólume su personalidad, rechazando todas las substancias antipáticas , es decir, no humedecibles. Pero este fenó¬ meno, difícil de comprobar á la simple vista, y poco á propósito por consecuencia para causar honda impresión, mostrábase ahora ante los ojos avizores y telescópicos de Juan, con proporciones y claridad incomparables.
A fin de comprender la extrañeza y asombro de nuestro obser¬ vador, figúrese el lector una colección de enormes vejigas de cau¬ cho, semejantes á los globos que sirven de diversión á los niños; imagine algunas de ellas ancladas en una ó varias briznas de lana de la ropa, á guisa de enjambre de areostatos enredados en la copa de los árboles; suponga que al menor choque las citadas pompas gigantes segméntense, como si fueran seres vivientes, en otras pompas más pequeñas igualmente esféricas...; represéntese todas las extrañas formas de transición (estalactitas, interrogantes, etc ), adoptadas por la célula líquida, antes de rendirse á la ley de la gravedad y decidirse á abandonar el ansiado soporte; añada, en fin, la brillante imagen del cielo pintada en el curvo espejo de es¬ tas proteiformes y espesas capas cristalinas, y tendrá una idea de la impresión que debió experimentar nuestro héroe al comtemplar de cerca el reino casi inexplorado de la gota de agua, de las cé¬ lulas líquidas.
Al colmo llegó la curiosidad y extrañeza de Juan al vislumbrar en una de tales formidables bolas, cierto infeliz animalículo, mi¬ crobio quizás, que forcejeaba ansiosamente por escapar del líqui¬ do elemento, cuyas cristalinas fronteras, inconmovibles á sus an¬ siosos aleteos, debían parecerle más inexpugnables que muralla de la China. Al fin, el rudo golpe de un copo de hielo arrojó la ci¬ tada gota al suelo, en donde, por obra de la mojábilidad del gra¬ nito, y el consiguiente desparramamiento del líquido, quedó ven¬ cida la tensión superficial y liberado al fin el atribulado náu¬ frago.
No fué esta la única transformación teatral causada por el agua. El mencionado chaparrón, lavando fachadas y aceras, zóca¬ los y estatuas, expulsando el aire superficial de los objetos, barni¬ zando y puliendo, en fin, la ciudad entera, había dado faz nueva y más prestigiosa y simpática apariencia al desdeñado mundo in¬ orgánico. Al través del barniz acuoso, semejaban los zócalos de mármol espléndidas obras de orfebrería cuajadas de diamantes,
de cuyas facetas arrancaba la luz mágicos reflejos. El prosaico almendrado del granito animóse con inesperados esplendores, os¬ tentando, de mil modos combinados, las entonaciones verdosas y azulencas de la mica, los nacarinos matices del feldespato y los diamantinos fulgores del cuarzo; á cuyas bellas aguas añadíanse, por mayor gala y realce, los delicados cambiantes y vivísimos co - lores espectrales producidos por la onda luminosa al interferir en las sutilísimas capas de aire interpuestas en la mica. Y estas mági¬ cas irisaciones, invisibles á los ojos vulgares, fulguraban y se eclipsaban, como lluvia de estrellas en el cielo, á cada cambio de posición del espectador. ¡Todo un mundo de belleza abismado y oculto en lo infinitamente pequeño!
¡Quién lo diría! Hasta el arroyo se había ennoblecido!... Heridos oblicuamente por el sol, que resplandeció un momento entre nu¬ bes, centelleaban en el barro cristales de carbonato de cal, fila¬ mentos argentinos y polícromos de seda, hilos de lana compara¬ bles al tallo de las palmeras, trozos de papel parecidos á gigantes¬ cos granizados, poliédricas y verdosas células vegetales, esféricos y brillantes esporos y, en fin, elegantes y caprichosas conchas de rizópodo (formas orgánicas de la creta).
Por lo expuesto se ve que, si á influjo de los excepcionales ojos de Juan, el mundo vivo, singularmente el animal, había perdido sus hechizos, al contrario, el mundo inorgánico revelaba indeci¬ bles y no soñadas maravillas. Por consecuencia de tales descubri¬ mientos, fué poco á poco cristalizando en el ánimo de nuestro hé¬ roe una concepción nueva de la belleza y fealdad de las cosas. Pen¬ só que, en el orden de las realidades inorgánicas, lo feo, lo gris, lo amorfo, lo que ni atrae nuestras miradas ni habla á nuestra sensi¬ bilidad, representa la mezcla confusa y desordenada de elementos cristalinos, bellos en sí, pero inasequibles á la sensación; al revés, en el mundo orgánico, la impresión de fealdad y de repugnancia proviene de la intempestiva contemplación de los elementos cons¬ tructivos (células, fibras, membranas, apéndices, etc.), infinitamen¬ te menos regulares, vistosos y brillantes que los integrantes de las formaciones minerales.
En suma — continuó reflexionando nuestro filósofo: — si en el reino de las rocas descubre el análisis maravillas ocultas, en el de la vida (y en la obra de arte su remedo) deshace la belleza, que representa un efecto de la visión sintética del conjunto y de la in¬ genua ignorancia de los misteriosos hilos de la urdimbre vital. Por donde se ve que en todas las cosas hay algo bello y atrayente. Todo es cuestión de colocarse en el adecuado punto de vista, acer¬ cándose con el microscopio ó alejándose con el telescopio.
Posible es-- conjeturaba Juan— que, si en la Naturaleza se dan seres dotados de sentidos menos analíticos que los humanos, les parezcan agradables y bellos muchos de los objetos que nosotros disputamos desapacibles, inarmónicos é indiferentes. ¡Quién sabe si el insecto halla las flores infinitamente más bellas que nosotros,
y contempla en las arenas de la tierra, y en las estrellas del cielo, colores, formas y proporciones vedados á nuestra sensibilidad! ¿Qué será para el pájaro el espectáculo de una puesta de sol?...
Poco tiempo después de la exploración que acabamos de refe¬ rir, y cuando ya iba nuestro protagonista habituándose á los ex¬ cesivos resplandores de la luz y á las extravagancias y sorpresas de aquel mundo tan real como inverosímil, ocurriósele cierto día asistir á una función del teatro Real.
Llevábale al aristocrático coliseo su pasión por la música. Y como sabía bien que, desde galerías y palcos, las decoraciones, así como los rostros y trajes de los cantantes, le harían deplorable efecto, resolvió hacer caso omiso de sus impresiones visuales y atenerse exclusivamente á las acústicas, por fortuna absolutamen¬ te normales. Y no halló para ello mejor expediente que instalarse en el más obscuro y olvidado rincón del paraíso.
Finalizaba el primer acto de Carmen , y resonaban aún en la sala los ruidosos aplausos de la claque, cuando nuestro dilettanti descubrió en un palco á su antigua prometida. Sin poder contener los impulsos de su corazón (pues todavía la amaba), y resuelto al mismo tiempo á someter á su exnovia á la implacable anatomía del análisis micrográfico, abandonó su rincón y bajó á saludarla.
El paso que iba á dar no podía molestar á la familia de D. Tomás. Nuestro héroe había renunciado á ser el novio ofi¬ cial de Elvira, y esta circunstancia le daba cierta libertad para platicar con la esquiva doncella. En realidad los exnovios no ha¬ bían regañado, ni había para qué. Ocurrió sencillamente que el termómetro del afecto, que en el corazón de Elvira no marcó nun¬ ca la temperatura de la pasión vehemente, fué bajando insensible¬ mente hasta cero. Alejáronse poco á poco las almas, y la romanza del amor, cada vez menos briosa, dejó de resonar en el oído de la ingrata, cuando el corazón se negó á llevar el compás.
Pues como decíamos, Juan entró en el palco de D. Tomás, don¬ de Elvira y su madre, muy joviales, empolvadas y peripuestas, lu¬ cían elegantes vestidos, valiosísimas alhajas y espléndidos tocados.
Si la intención del protagonista de esta historia fué borrar de su memoria las imágenes seductoras que conservaba de aquella mujer serena y razonadora; si anhelaba destruir de una vez la vi¬ sión plástica de una belleza ponderada, sólida y eucrática, en tor¬ no de la cual, imaginación y sentimiento, habían alzado prestigio¬ so ensueño de amor, fuerza es confesar que halló colmadas las medidas
Completo fué el deshielo de la ilusión. A ello contribuyeron poderosamente varias circunstancias. En general, la mujer, maes¬ tra en el arte de agradar, no ha aprendido aún la ciencia de la
iluminación. En la tertulia ó el teatro escoge su asiento á la buena de Dios, sin caer en la cuenta de que hay luces que achagrinan la piel, turban la armonía del color y de las líneas, y echan diez años encima.
Tal le ocurrió á la infeliz Elvira. Sin el menor recelo instalóse junto á un foco eléctrico muy cercano, que, alumbrando dura y oblicuamente sus facciones, exageraba las incipientes y casi imper¬ ceptibles arrugas de los veintisiete años, y hacía resaltar cruel¬ mente los menores accidentes y defectos de la piel. Para colmo de desgracia, el rostro de nuestra heroína distaba mucho de ofrecer aquellos días la primaveral frescura y lozanía de otros tiempos. Deslustrábanle no poco las reliquias de reciente erisipela y los efectos irritantes del frío invernal (enemigo terrible de las encar¬ naciones delicadas y de los cutis finos). Contra su costumbre, pues, tuvo la pobre que recurrir al uso y aun abuso de los afeites.
En vano buscaba Juan, presa del mayor estupor, la correspon¬ dencia que pudiera haber entre aquel inverosímil montón de car¬ ne femenina erizado de verrugas, vergas, costras y escamas, y la poética imagen de la niña gentil guardaba en el relicario de su memoria. ¡Qué decepción! Convertida aparecía la cabeza en bos¬ que impenetrable de pardos y céreos bambúes, manchados de caspa, charcas de esencias y colonias de hongos microscópicos. En los labios y mejillas refulgía, á la luz eléctrica, un empedrado desigual de granos rojos y blancos, es decir, de partículas de car¬ mín y blanco de bismuto. Grumosas y apelmazadas por el coldcream , cubrían el vello de mejillas y frente, estratificaciones y estalactitas de polvo de arroz, es decir, de globos de almidón. Por entre los claros del bosque capilar y los témpanos feculentos, asomaban acá y allá, á guisa de enhiestos monolitos, extensas, translúcidas y abarquilladas películas epidérmicas, sobre las cua¬ les yacían agazapadas serpenteantes ristras del estreptococo de la erisipela. En fin, para completar este cuadro de fealdad, mencio¬ nemos todavía, en los párpados, la presencia de rastros fuligino¬ sos, es decir, de fragmentos colosales de carbón vegetal, que pres¬ taban á los ojos grotesca expresión de clown; y, en los labios, la de un líquido viscoso, donde, muy á su talante y sabor, gesticula¬ ban y nadaban viveros de bacterias.
No parecía aquello la angelical compañera de hombre, sino un paquidermo gigantesco y desaseado, un animal antidiluviano de especie ignota, capaz solamente de inspirar lástima y repugnan¬ cia. ¡Qué tremenda desilusión!
— ¡Y á esto se reduce, en el fondo — pensaba Juan para sus adentros — la tan decantada belleza femenil, la eterna Elena sub¬ yugadora del hombre y principio y causa de tantos desatinos, desvarios y crímenes! ¡Y todo para recibir, cual galardón supre¬ mo, en nuestros codiciosos labios, la ola nauseabunda de los mi¬ crobios salivales y sentir en la piel el rudo contacto de una cru-
giente epidermis que se desconcha y de un escobillón de cerdas que se dobla!....
Después de dirigir á las damas del palco algunas palabras vulgares y corteses, al objeto de disimular el infinito desencanto de su corazón, Juan levantóse para despedirse. Y en el momento en que Elvira, con la sonrisa en los labios, modulaba, con voz dulce y acariciadora, un «hasta la vista, Juan», algunas microscó¬ picas gotas de saliva, proyectadas de la adorable boca, vinieron á rociar el rostro y tersa pechera de nuestro protagonista. El cual, sin parar mientes en la desatención que cometía, limpióse rápida¬ mente la cara y manos, como si sobre ellas hubiera caído algún líquido corrosivo.
¡Era que en las salpicaduras del aliento de su amada, otro tiempo aspiradas con deleite, había creído divisar, cual vagas y amenazadoras sombras, las cápsulas del diplococo de Frünkel, del temible agente infeccioso de la pulmonía! (1)
La altiva Elvira sorprendió aquel gesto descortés, y en su des¬ pecho, hizo proposito de no olvidarlo jamás.
La vida del cuitado Juan se iba haciendo por cada día más difícil.
Cierto que su clarividencia portentosa le permitía evitar los microbios; pero tal ventaja no había influido en su sensibilidad, de cada vez más susceptible, y ajustada, ab initio, para otra gama de sensaciones visuales.
A causa de esta inarmomía entre la excitación y la reacción, cobró repugnancia al vino, al agua, á la carne..., á todo. Pasaba los mayores apuros á la hora de comer, y no obstante intervenir él personalmente en las faenas cocineriles, esterilizando, filtrando, analizando y limpiando primeras materias, le ocurría á menudo sorprender en los alimentos y bebidas bichármeos ó bacterias que le asqueaban el estómago y le quitaban el apetito. En virtud de un fenómeno psicológico difícil de explicar, aun los manjares más limpios y saludables causábanle repugnancia y escrúpulos.
Porque á sus ojos, la carne no era carne, sino paquetes de cin¬ tas rojas y contráctiles (las fibras musculares estriadas); el tocino parecíale como un montón de globos enormes, semejantes á bom¬ boneras repletas de un líquido aceitoso y de cristalizaciones radia¬ das (células adiposas y cristales de margarina); el pan presentábasele cual conglomerado de granos almidonosos, empotrado en una ganga transparente (el gluten), donde destacaban toda suerte de inmundicias; el queso se le antojaba asqueroso criadero de micro-
(1) Recuerde el lector que el germen de la pulmonía habita íi menudo en la boca, fauces y fosas nasales de sujetos sanos.
bios, arca de Noó palpitante de vida inmunda, nauseabunda carro¬ ña capaz de levantar el estómago de un difunto. Más de una vez, al hallarse en el comedor rodeado de apetitosas viandas, figurábase estar en un laboratorio histológico, ocupado en devorar, impulsa¬ do de extraña aberración, una colección de preparaciones micros¬ cópicas. Los sesos, particularmente, inspirábanle supersticioso terror.
— ¿Quién se atreve á comer — exclamaba— una célula nerviosa erizada de brazos suplicantes, que parecen vibrar todavía con el dolor del golpe mortal asestado por el matarife?
Por de contado, aborreció también el agua común, donde hor¬ migueaban, entre otros gérmenes, el insidioso bacilo tifoso y el bacillus coli communis; repugnó el vino, frecuentemente impurifi¬ cado con el micoderma aceti y el torula cerevisiae, y la leche, don¬ de pululaba el bacilo de la tuberculosis, amén de tal cual bacteria de la fermentación; y acabó por no beber sino agua hervida y pre¬ viamente esterilizada con la bujía de Chamberland. Infinitas eran las precauciones tomadas por el receloso Juan en el aseo y esteri¬ lización de platos, vasos, botellas, manteles, cuchillos y tenedores. Con tales rarezas y meticulosas aprensiones, excusado es decir cuál sería el humor de la infeliz cocinera. Pensó sencillamente que su amo había perdido el juicio.
Y en efecto, poco le faltó á nuestro protagonista para dar al traste con su razón. Ante sus ojos asombrados, había huido el en¬ canto de la existencia Desvanecíanse esos tenues y rosados velos con que la piadosa Naturaleza disimula la punzante acritud de las cosas y la ruda contextura del mundo.
Y en punto á desconciertos y á impresiones desagradables, allá se iban el campo y la ciudad. Así, cuando nuestro héroe paseaba por las afueras, veíase rodeado de enjambre bullidor de tenues partículas, las cuales, imponiéndose por su tamaño en los prime¬ ros términos, robábanle la vista de las azules lejanías.
Mayor tortura experimentaba aún al aventurarse en el tráfago y estrépito de la ciudad. Perdido y desorientado á causa de la ex¬ trema impureza del ambiente, en vano pretendía enfocar, á leja¬ nas distancias (es decir, en las condiciones en que sus ojos hubiéranle proporcionado imágenes normales de los objetos), edificios y monumentos, carruajes y personas: una cortina de indefinibles impurezas, continuamente estremecida por el viento y hasta por las palpitaciones del sonido, esfuminaba los contornos de las cosas y exageraba la distancia de los últimos términos. Comparable á un viajero sorprendido en el campo por furiosa nevada, sólo á rápi-, dos intervalos vislumbraba el horizonte Unicamente al declinar la tarde, cuando la luz del cielo bañaba la tierra en dulce y maci¬ lento claror, comenzaban á eclipsarse los inoportunos y mareantes polvos atmosféricos, y hallaba Juan tregua á la dolorosa fatiga de sus ojos.
Por esta razón se le veía á menudo, durante el crepúsculo, dis-
currir ó barzonear solitario por las recónditas veredas del Retiro, bajo las obscuras frondas de los pinos, entregado á sus reflexio¬ nes. Allí, al menos, libre del turbulento oleaje de las sensaciones diurnas, podía pensar, recobrar la posesión de sí mismo, buceando
en el revuelto mar de sus recuerdos . ; en el cual ¡ay! necesitaba
remontarse muy atrás, recorrer casi enteramente el registro de la juventud, para topar con alguna grata remembranza compensado¬ ra del amargo presente y confortadora de sus desmayos.
Adagio popular es que el que huye del peligro en él perece. El pavor que inspiraban á nuestro héroe las carnes y bebidas con¬ taminadas y el hálito envenenado de los hombres, le compelieron á huir de la sociedad y adoptar un régimen de vida basado en el uso de la alimentación vegetal y del agua pura de fuente.
Cierto día, tras de frugal merienda campestre, tuvo la desdi¬ chada ocurrencia de beber en un manantial del parque, á cuyo oxidado caño momentos antes un pordiosero, recien salido del Hospital de epidemias, había posado sus impuros labios. Y el cui¬ tado Juan, cuyas citasas bactericidas y fagocitos protectores deja¬ ban bastante que desear, cayo enfermo de gravedad. Había con¬ traído nada menos que el terrible tifus exantemático. Avisada la inspección de Sanidad del nuevo caso de la reinante epidemia, no hubo más remedio que trasladar al enfermo al hospital.
Triunfó al fin, de esta nueva prueba, la juvenil naturaleza de Juan, quien no se dió cuenta, gracias al sopor y al delirio, de la gravedad de su estado. Mas resuelta la crisis é inaugurada la con¬ valecencia, comenzó para él un nuevo tormento. Gracias á la vir¬ tud maravillosa de sus ojos pudo contemplar asombrado los innu¬ merables gérmenes del ambiente hospitalario. Como ejambres de mosquitos suspendidos sobre metílica marisma así se cernían en torno de cada lecho, miríadas de bacterias saprofitas unas, y pa¬ tógenas las más, entre las cuales campeaban amenazadoras las de la gripe, tuberculosis, erisipela, gangrena hospitalaria, fiebre ti¬ foidea, pulmonía, reumatismo, endocarditis y hasta del chancro blando y de la sífilis.
Aquello era un paraíso de microbios y un infierno de hombres. Afligía y llegaba al alma el ver como infelices enfermos convale¬ cientes de un simple catarro ó de afección reumática, eran presa del insidioso bacilo de la tuberculosis ó del diplococo de la pul¬ monía. Avidos de hospedaje, los parásitos no aguardaban turno ni hacían antesala ante el agente patógeno en activo servicio; antes bien impacientes por devorar nueva presa, colábanse de rondón en aquellas averiadas organizaciones humanas, que no abandona¬ ban ya sino barridos por los gérmenes de la putrefacción, los tris¬ tes y hediondos comensales de la muerte En aquella atmósfera densamente constelada de gérmenes cada resquicio de ventana ó puerta se traducía por una faja de aire relativamente puro, com¬ parable á la estela del manantial que mezcla sus límpidas cristales en el turbio torrente.
Al fin abandonó la mansión del dolor; pero el recuerdo de aquel paraíso microbiano y de las lamentables escenas de conta¬ gio presenciadas persiguiéndole en lo sucesivo, como angustiosa obsesión.
Cansado Juan de exploraciones tan curiosas como descorazonadoras, y apercibiendo el ánimo á más viriles y serias empresas, dijose un día:
— Réstanme todavía seis meses de maravillosa clarividencia. Aprovechémoslos, pues, en bi6n de la humanidad, es decir, en el cultivo de la ciencia, en el esclarecimiento de los arcanos de la vida. En mis manos, microscopio y telescopio, aumentarán estu¬ pendamente su alcance, rindiendo amplificaciones jamás soñadas por los físicos. ¡Qué de portentosos descubrimientos voy á hacer! ¡Excelsa será mi gloria! Ante los presentes y venideros, asombra¬ dos de mis soberanas conquistas, pasaré sin duda por genio ex¬ traordinario, por un demonio del análisis, por un monstruo de pe¬ netración, de intuición y de lógica .
Y lleno de férvido entusiasmo puso manos á la obra.
Comenzó por buscar recomendaciones para los sabios del Ob¬ servatorio astronómico; cultivó la amistad de su director, quien, lleno de cortés benevolencia, le permitió, durante las claras no¬ ches estivales, escudriñar con poderoso anteojo los insondables abismos del cielo. Y tuvo la fortuna de descubrir astros nunca sospechados, cometas invisibles, nebulosas, cuya pálida llama bri¬ lla en negruras del espacio jamás exploradas; resolviendo de pa¬ sada los más arduos problemas de física, química y biología pla¬ netaria: la atmósfera de la luna, la habitabilidad de Júpiter, la cuestión de los canales de Marte, la composición química de las estrellas, etc. Porque es de notar que, á sus ojos, la banda lumino¬ sa del espectrocopio estelar revelaba rayas cromáticas y de absor¬ ción absolutamente invisibles para todos los astrónomos.
No contento con tan estupendas revelaciones, montó en su ca¬ sa un laboratorio micrográfico y bacteriológico. Y multiplicando la potencia del microscopio por la maravillosa acuidad de sus ojos, escrutó tenazmente las enfermedades de causa ignota, teniendo la suerte de poner en evidencia los gérmenes ultra microscópicos de la vacuna, viruela, sarampión, sífilis, de los tumores ... ¡qué se yo!
En su afán de originales verdades, no se contentó con hallar nuevos agentes patógenos y esclarecer el mecanismo íntimo de la infección. Llegó á más. Su clarividencia pasmosa, en combinación con el microscopio y ultramicroscopio, instrumentos que perfec¬ cionó muy felizmente, le llevaron á determinar los microbios de los microbios , esto es, ciertos organismos infinitesimales, que llamó bionas, las cuales viven también autónomas y en incalculable nú-
mero en aguas, tierras y alimentos. A favor de métodos ingenio¬ sos, logró cultivar dichas bionas parásitas, cuya virulencia hacia sus huéspedes naturales, exaltó, imaginando además un completo plan de defensa, que bien manejado había de conducirnos á la to¬ tal extinción de los microbios y por consiguiente de las enferme¬ dades infecciosas.
De camino, y como quien juega, resolvió otros transcendenta¬ les problemas biológicos, y muy especialmente el arduo y sobe¬ rano de la generación espontánea.
La solución hallada por nuestro protagonista representa lógi¬ ca derivación del descubrimiento de las humas. Según nuestro fla¬ mante investigador, la doctrina de las unidades fisiológicas ele¬ mentales, defendida en el terreno teórico por Spencer, Niigeli, Weissmann, Verworn, etc., es un hecho objetivamente confirmado. Congregadas dichas bionas por los lazos de la adaptación recípro¬ ca y de la división del trabajo, forman las células esas colonias de elementos simbióticos incapaces de vida independiente. En seme¬ jantes seres colectivos, comparables á estados ó naciones muy perfeccionados y complejos, no existe ni puede existir la genera¬ ción espontánea. Pero en cambio, esta génesis sin padres, se da constantemente en las bionas telúricas ó independientes, las cuales brotan por síntesis y organización de un grupo de moléculas car¬ bonadas. El puente destinado á juntar los reinos orgánico é inor¬ gánico (puente presentido por los monistas de todos los tiempos) constituye, pues, hecho real; solo que está más hondo de lo que se imaginaba. Arranca, no de la célula ni del microbio, sino de la biona , ó mejor dicho, de la archibiona, esa última y rudimentaria forma fisiológica, cuyo descubrimiento (que sabrán confirmar y justipreciar debidamente los sabios del porvenir) será el mejor timbre de gloria de nuestro afortunado investigador.
Cual preciado fruto de tan fecunda labor publicó, acerca del mundo de lo pequeño y del mundo de lo grande, sendas, sorpren¬ dentes y luminosísimas monografías que renovaban el pensamien¬ to científico y abrían á la futura investigación espléndidos ho¬ rizontes ....
Pero ¡ay! tan admirables hallazgos chocaron con un pequeño obstáculo . No fueron de nadie creídos.
Decían los astrónomos, un poco molestados en su dignidad so¬ lemne de sabios oficiales: ¿cómo vamos á tomar en serio á un ilu¬ so que asegura distinguir á simple vista los satélites de Urano, las tierras y nubes de Júpiter y las estrellas de 16.a magnitud?
Por su parte, los histólogos y bacteriólogos, exclamaban, ¿qué fe vamos á prestar á las descripciones de un mentecato que se jac¬ ta de divisar á simple vista los glóbulos de la sangre y el bacilo de la tuberculosis, los microbios de los microbios y cuyos estram¬ bóticos hallazgos nadie ha conseguido confirmar?
Aquel escepticismo universal tan cruelmente mortificante para su amor propio; el creciente desvío de los amigos que le diputa¬ ban por loco de remate; la aversión progresiva á los hombres y á las cosas, hizo caer á nuestro filósofo en sombría desesperación. El mirífico y sobrehumano don que juzgó nuncio de gloria y de ventura, habíase convertido en manantial inagotable de amargu¬ ras y desencantos. Como ocurre á menudo, los ciegos juzgaban al vidente. Quien debía compadecer era compadecido. Una vez más el genio pasaba por demencia y recogía, en pago de su humanita¬ rio y abnegado esfuerzo, ingratitud é ignominia.
Grave riesgo corre de enloquecer quien por loco pasa á los ojos del vulgo: que la razón humana es tan quebradiza y enteca, que, para evitar extravíos, á cada paso necesita de la aprobación de tontos é ignorantes. Faltándole, pues, á Juan esta sanción — y ello era cosa irremediable dada la incomprensión recíproca entre el pensador y el ambiente moral— sus facultades mentales, antes vigorosas y firmes, comenzaron á turbarse realmente.
Ni es maravilla que esto ocurriera, dada la multiplicidad y so¬ brecarga de las novísimas impresiones visuales y de las angustio¬ sas emociones que las acompañaban. Con todo eso, fuerza es con - venir en que en el caso de Juan obedeció también el desequilibrio á condiciones orgánicas especiales é inevitables.
Y fuó que por consecuencia de la consabida multiplicidad de los conos retiñíanos y del correlativo incremento de los conducto¬ res ópticos, las cintas ópticas y cuerpo geniculador externo, al¬ canzaron volumen extraordinario, suscitando en importantes re¬ giones de la base cerebral presiones y atrofias gravemente per¬ turbadoras. A su vez y en virtud del inusitado desarrollo de las citadas vías diferenciáronse sobre manera los centros visuales de la corteza occipital así como las esferas conmemorativas ó asocia¬ tivas subordinadas del lóbulo parietal, ahogando y oprimiendo los departamentos donde las ideas y recuerdos acústicos, táctiles y motores son registrados y evocados.
Rompióse, por tanto, merced á esta tiranía de las esferas vi¬ suales, la armonía de las ideas y flaquearon cuando no perinclitaron los centros extraños á la custodia y asociación de aquel mara¬ villoso y novísimo caudal de adquisiciones del mundo ultramicroscópico.
Al pronto no se dió Juan cuenta cabal del cambio mental ope¬ rado; pero sus amigos advirtieron alarmados anomalías psíquicas harto significativas; empobrecimiento progresivo del léxico; debi¬ lidad del recuerdo de fechas y sucesos históricos; paresia muscu¬ lar, y hasta debilidad del sentimiento de la continuidad del yo. A semejante proceso de demolición y atrofia de vías nerviosas
preexistentes, siguióse por compensación la creación de rutas y focos asociativos nuevos, especie de vegetaciones neuronales pa¬ rásitas que produjeron una personalidad enteramente original y esencialmente patológica.
Según era de presumir, á esta singular organización corres¬ pondió en el orden psicológico una visión especial y extravagante del universo y de la vida, especie de filosofía que venía á ser re¬ edición con puntos de vista estrafalarios, de la doctrina atomista de Leucipo y Demócrito y del dinamismo y electronismo de los modernos físicos. m
La preocupación continua del átomo, de la partícula infinitesi¬ mal, consecuencia obligada de su clarividencia visual llevóle á considerar los cuerpos vivos cual constelaciones de mundos don¬ de cada unidad material trazaba órbitas tan regulares como las recorridas por los astros en el espacio. Y ulteriormente la pertur¬ bación intelectual transcendió también á la esfera moral. El hom¬ bre á sus ojos no era más que una constelación coordinada de electrones de átomos, de moléculas y de bionas; es decir, uno de tantos ritmos complejos pero subordinados á leyes invariables, danzados por la materia. ¿Qué importaba deformar fugazmente la órbita recorrida por aquellos conglomerados elementales ó sepa¬ rar violentamente algunos grupos atómicos? Juan estaba bien se¬ guro de que por ello no había de turbarse la dinámica universal ni retrasar en lo más mínimo la evolución de la vida; cuanto más que la supresión de alguna nebulosa humana imperfectamente construida podría apresurar un tanto el perfeccionamiento de la especie.
Con estas seguridades ocurrió lo que era de temer. Una de tan¬ tas colonias de electrones, es decir, cierto pedante tuvo el mal gus¬ to, con ocasión de una polémica sobre la constitución de la mate¬ ria, de llamar iluso y mentecato á nuestro héroe. El cual montan¬ do en ira y considerando que su reacción muscular, sobre no al¬ terar las ecuaciones generales de la dinámica, podía apresurar la evolución, suprimiendo un tanto de la escena, requirió un garrote y desagregó á su contrincante algunas pléyades celulares, que no volvieron á coordinarse con el resto de la colonia personal.
Movióse el consiguiente escándalo; intervinieron en el conflic¬ to intermolecular los guardias de orden público, y, tras el inevita¬ ble proceso y dictamen médico-forense, ingresó nuestro infortu¬ nado protagonista en el Manicomio provincial, donde durante tres ó cuatro meses funcionó, muy á su pesar, de caso clínico con gran regocijo de cierto doctor alienista que topó por fin con la tesis ori¬ ginal que buscaba pára escribir el discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina.
En las primeras notas tomadas por el citado doctor leíanse es¬ tas palabras, síntesis del síndrome clínico: «J. N . Paranóxico.
Variedad nueva con delirio amplificador ú optomicromanía. Cree poseer ojos capaces de ver objetos microscópicos y de discernir
meléculas, átomos y electrones. Alucinaciones visuales continuas; hiperestesia retiniana. Signos degenerativos evidentes; asimetría cefálica, lóbulos parietales hipertróficos, etc.»
Haremos gracia al lector de largo y penoso calvario sufrido por nuestro protagonista en la casa de orates. Baste decir que después de bordear las fronteras de la demencia, mejoró notable¬ mente y pudo por fin abandonar el establecimiento. Hay que con¬ fesar que el Director del Manicomio provincial estuvo inspirado planteando un tratamiento eminentemente racional, que consistió en someter al enfermo á la obscuridad absoluta con algunos inter¬ valos de iluminación antifotogénica (luz roja ó verde).
No es cosa de discutir aquí la influencia del reposo retiniano, sobre el trofismo del los centros visuales, ni pretendemos escati¬ mar el mérito contraído por el médico de cabecera, dilucidando hasta qué punto pudieron colaborar en el éxito otras condiciones no determinadas por él; bástenos consignar por ahora que la hi¬ pertrofia de las esferas visuales se aminoró progresivamente, res¬ tableciéndose en parte la nutrición harto comprometida de los de¬ más focos encefálicos, y restaurándose la sensibilidad táctil y mo¬ vimientos voluntarios.
No desperdició la ocasión el citado médico alienista, quien ufa¬ no con su ruidoso triunfo profesional, apresuróse á redactar el consabido discurso de ingreso, que rotuló: Sobre una forma nueva de delirio. Curación, etc.
A la solemnidad académica á que asistieron las sumidades mé¬ dicas de la Corte, sólo faltó el enfermo, confinado por prescrip¬ ción facultativa (y muy hábil precaución oratoria del disertante) en una casa de campo.
Pero no seamos maliciosos. Confesemos que Juan, sino estaba enteramente curado, se había aliviado mucho. Recobró buena parte del léxico y de sus antiguos conocimientos, aunque no al¬ canzara la indispensable tranquilidad de espíritu ni la alegría de vivir. De sus negras melancolías sólo habría de librarse más ade¬ lante, cuando caducara aquel don fatal que le convertía en un mónstruo genial incomprendido y desgraciado.
Cierta tarde otoñal, tibia y serena, paseaba Juan por las um¬ brías alamedas del Retiro, no lejos de la glorieta del Angel caldo. Maquinalmente, y cediendo al reflejismo de sus músculos, sentóse á la orilla de un seto, bajo los pinos gigantes y enfrente de un cla¬ ro del ramaje, especie de locutorio al cual llegaban, vigorosos y vibrantes, el rechinamiento de los carruajes, las conversaciones de los hombres y las argentinas carcajadas de las muchachas.
Declinaba el sol lentamente, enrojeciendo las copas de los ár¬ boles, dorando y espiritualizando el rostro de las mujeres. Sentía-
se llegar poco á poco esa hora melancólica y dulce en que la Na¬ turaleza se obscurece y las ideas se encienden; en que las pompo¬ sas frondas del boscaje, engalanadas un instante por el sol, cam¬ bian su rico matiz anaranjado verdoso por el azúl violáceo; en que la claridad nos abandona como si la tierra cayera en antro pro¬ fundísimo. De las alturas de la atmósfera, serena é inmóvil, des¬ cendía un silencio augusto que parecía apagar el rumor de las ho¬ jas y el estridor de los carruajes. A intervalos, batían el aire con sus obscuras y mudas alas los murciélagos, semejantes á almas en pena.
Extremadamente sensible al desfallecimiento de las cosas vi¬ vas, el espíritu de Juan se puso al unísono con el ambiente, sin¬ tiéndose penetrado de esa indefinible melancolía que parece irra¬ diar de la vida vegetal cuando es abandonada del sol, su Dios y su fuerza.
Después de tender nuestro héroe una mirada distraída por el horizonte, á trechos perceptible por entre los troncos de los árbo¬ les, fijóse un momento en el cielo, hacia occidente, maculado por una larga pincelada fuliginosa. Era el humo de una fábrica eléc¬ trica que se disponía á iluminar la ciudad.
— Ese humo negro — exclamó Juan — está ligado á la luz como
el dolor al pensamiento. También yo he ansiado luz, mucha luz .
y conseguí, sin duda, alumbrar mi inteligencia; pero ¡ay! el humo de la llama entenebreció mi corazón y empañó el cielo de mi dicha .
Poco después emergía por el oriente el astro de la noche, rojo y amenazador como un espectro trágico. Miróle Juan obstinada¬ mente. Una vez más contempló sus mares desecados, sus montañas abruptas y peladas, sus cráteres vacíos é inertes, sus grietas co¬ losales .
— ¡He aquí — se dijo —la fiel imagen de nuestro aciago destino! También la pálida luna tuvo un corazón lleno de lava derretida, y vivió rebosante de fuerza y de actividad, engalanada con la pom¬ pa de la vegetación, animada por el correr de los ríos, ceñida por el cerúleo tul de la atmósfera y embellecida por la dorada diade¬ ma de las nubes. Por ley ineluctable de la evolución, hoy la her¬ mosa Diana no es más que la calavera de un mundo Sus órbitas gigantes están vueltas á la tierra, á cuya pujanza y vitalidad diri¬ gieron, sin duda, sus últimas y envidiosas miradas. De igual modo, nuestras órbitas vacías quedarán también un día orientadas hacia los astros, pero no serán ¡ay! atravesadas por el pincel dorado de la luz .
Al llegar á este punto de sus cavilaciones, cayó Juan en pro¬ funda postración. Lo triste evoca lo triste. A su mente acudieron en tropel dolorosas remembranzas: la prematura muerte de sus padres; ensueños de gloria desvanecidos; amores sin esperanza. Al exceso de emoción intensa y angustiosa sucedió un estado de sub¬ conciencia, durante el cual percepciones é imágenes lucían, á in-
tervalos, como llama próxima á extinguirse. Haciendo, empero, un poderoso esfuerzo interior, á fin de encender de nuevo la luz del pensamiento, continuó:
— Veo negro y siento frío. Me parece que una ola tenebrosa de la noche estelar penetra en mi alma; que la temperatura glacial de los espacios interplanetarios me empapa como al errabundo aero¬ lito; que las células de mi cuerpo pugnan por dispersarse como enjambre de abejas enloquecidas .
¡Lástima que la muerte suspenda la. conciencia, sin transferirla del cerebro á la célula, y de ésta á la molécula! Momento felicísi¬ mo debe ser para los átomos de carbono y de nitrógeno encarce¬ lados en los albuminoides del protoplasma, el de la liberación de¬ finitiva y su libre expansión en los amplios dominios de. la atmós¬ fera. ¡Qué placer más grande sería sentirse disolver en la nada; ocultarse de la luz, aleteando sin rumor, como el murciélago que se refugia en la caverna; caer en el abismo, á semejanza del barco zozobrado en las tinieblas, sin producir espumas ni remolinos vi¬ sibles; sin dejar, en fin, en ningún corazón, el amargor de un sen¬ timiento!
Sudor viscoso y frío bañó el rostro de Juan. Cesaron pensa¬ miento y palabra. Su piel estremecióse con ese intenso calofrío que traduce las sensaciones obscuras, pavorosas é indefinibles. La¬ tíale el corazón rápida y descompasadamente, y la sangre, huyen¬ do del frío periférico, concentraba su calor en las más nobles é importantes entrañas. El hilo, cada vez más sutil de la percepción consciente, amenazaba romperse. En tan angustiosos momentos, y á guisa de suprema despedida del mundo ingrato, tendió Juan una postrera y desmayada mirada á los seres alegres y bulliciosos que, á pocos pasos de distancia, representaban la poderosa y obstinada corriente de la vida vulgar, por igual indiferente al pensamiento y á la gloria... Y ¡oh cruel ironía! En aquel desfile de cuerpos sin al¬ ma creyó ver ó vió realmente á la desdeñosa é insensible Elvira.
¡Sí . ¡era ella! Venía sobre lujosa carretela; la cabeza ilumina¬
da á contraluz; con el cabello dorado y como incendiado por los últimos arreboles del cielo; con la frente serena y ennoblecida por los azules reflejos del oriente; ardientes y arrebatadores los ojos negros; los labios, semejantes á pétalos de geranio, rizados por espiritual sonrisa. Lucía talle adorablemente femenino, donde . resaltaban las graciosas y rotundas curvas juveniles, triunfadoras de la curiosidad sensual de los hombres y de la inquisición mali¬ ciosa de las mujeres. En fin, la impecable estatua aparecía adorna¬ da con un soberbio traje de terciopelo verde obscuro que, por sa¬ bio y artístico contraste, además de dar al cuerpo aspecto de ca¬ pullo, sonrosaba hechiceramente el nácar de una garganta de dio¬ sa y de unas manos marfilinas irreprochablemente dibujadas.
'Sí...., ¡no cabía duda!; era la Elvira de siempre....; la virgen fuerte, equilibrada y serena que meses antes, en un día aciago,
habla sido deshecha y envilecida por el implacable escalpelo del análisis; pero contemplada ahora á la debida distancia, es, decir, á la distancia de la ilusión, acariciada por luz suave y armoniosa, alzada, en fin, sobre el cristalino pedestal del espacio, merced al cual los soles pierden sus manchas y las lunas sus cráteres.
Y cuando el casi espirante filósofo, mudo de estupor por la so¬ brenatural aparición, fijó los ojos en la radiante estrella y sor¬ prendió una de sus ardientes miradas, sintió de repente que una dleada de sangre caliente le inundaba el cerebro, y que su cora¬ zón, reconfortado, volvía á latir con el ritmo solemne y brioso de la salud. Sin duda que las células de la colmena vital, antes ansiosas de libertad y expansión, estrechaban de nuevo el nexo de la solidaridad y de la sinergia orgánicas. Con el retorno de la es¬ peranza, le pareció ahora la vida, miserable y todo, digna de ser viva. Y la estupenda resurrección operada fué en una décima de segundo, el lapso de tiempo estrictamente preciso para sentirse enfocado por unos ojos piadosos, subyugadores, impregnados de nupciales promesas .
Cumplióse al cabo el plazo señalado por el genio. Cierto día, tras sueño letárgico y restaurador, los ojos y el cerebro del afligi¬ do filósofo recobraron su normal modo de ser. Al contemplar por primera vez, después de un año de análisis despiadado, los seres vivientes con sus matices continuos y estructuras veladas; al vol¬ ver á hallar el aire, el agua, los alimentos y vestidos limpios de asquerosos detritus y de amenazadores microbios, creyó haberse remontado á un planeta nuevo, presidido por algún Dios paternal, benéfico y misericordioso.
Progresivamente recobró nuestro protagonista la antigua in¬ genua serenidad, y .curó de sus rebeldías y pesimismos. La dura lección recibida le hizo más justo con los hombres y más severo consigo mismo. Una gran luz surgió en su inteligencia, y como consecuencia de sus nuevas reflexiones, se propuso variar radi¬ calmente de conducta.
En adelante, fué su más firme resolución ajustar estrictamente su acción y su pensamiento á las incontrastables leyes de la evo¬ lución moral ó intelectual de la vida, sin contrariarlas en lo más mínimo, antes bien sacando de ellas normas y principios de con¬ ducta individual y social. Su divisa fué la de Epícteto: «¡ph Natu¬ raleza! yo quiero lo que tú quieres».
Por de contado, abandonó para siempre la satánica manía de hacer responsable á la Providencia del mal físico y moral, consi¬ derándolos ahora como indeclinable consecuencia de la flaqueza é imperfección del mecanismo cerebral. Comprendió que el dolor y la desgracia, irremediables en el fondo, en cuanto arrancan de
la esencia y contextura misma de la máquina orgánica, solo pue¬ den paliarse educando á los pueblos en el altruista amor del or¬ ganismo colectivo, y sugiriendo á los hombres la firme convicción de que son células hermanas y equivalentes de una unidad vivien¬ te superior, Nación ó Estado, cuya prosperidad y felicidad repre¬ sentan la suma de las abnegaciones y sacrificios individuales.
Fué tolerante con el error, y singularmente con el filosófico y religioso, en los cuales, cuando la sinceridad los santifica y enno¬ blece, veía ahora meras reacciones ideales compensadoras del irifortunio, ó consoladoras leyendas destinadas á llenar, con el per¬ fume del ideal, el desierto de una mente sin conceptos y el vacio de uncorazón sin amores. Y cuando el error, por no afectar á lo íntimo de la sensibilidad ni asociarse á un sistema de ideas com¬ pensador de la realidad dolorosa, podía y debía ser desvanecido, procedía á su extirpación con la suavidad y miramiento con que se limpiaba la mancha que afea delicada y preciosísima estofa.
Hasta las propias desgracias presentáronsele ahora bajo un as¬ pecto nuevo y singularmente alentador. Descubría en ellas una como providencial advertencia de la debilidad creciente de su ra¬ za y de la necesidad inaplazable de vigorizarla física y moral¬ mente.
Y ya en el camino de la justicia y de la sinceridad, cayó en la cuenta de que, en los desdenes y pretendidas injusticias de los hombres para con él, palpitaba un gran fondo de sabiduría y pre¬ visión social. Lo que, apreciado desde el punto de vista del yo egoístico, parecía crueldad, mirado desde la serena cima de la utilidad colectiva, transformóse en caridad bien entendida.
Convertido gradualmente de esta suerte al culto fervoroso de la especie, fué pío é indulgente con sus adversarios; pues echó de ver que no pocos de los impulsos, al parecer antipáticos y egoís¬ tas de los hombres, representan, detenida y serenamente analiza¬ dos, sagradas é imperativas exigencias de la continuidad y pros¬ peridad de la raza.
— Bien hicieron mis jueces— decía— en desairar á un opositor, estudioso y despierto sin duda, pero exaltado, desordenado y agrio. Razón tenían también mis amigos en desdeñar á un camarada pedante y enfático, que cifrara su vanidad en acibarar, con sombrías y desoladoras filosofías, el optimismo y la fe necesarios á la lucha y á la felicidad. No menos prudente y razonable se mos¬ tró Elvira al interrumpir toda relación de afecto con un hombre débil, enfermo y, por añadidura, estrambótico y malhumorado. En sus frías repulsas, intolerables entonces para mi egoísmo, hablaba, sin duda, el genio de la especie.
Por irreverente que parezca á los mantenedores del individua¬ lismo militante, preciso es reconocer que, en el contrato del amor, la humanidad por venir es un testigo con derecho á ser oído y á oponer su veto, si el presumible resultado de la unión conyugal contraría las sacrosantas leyes de la evolución. Ese testigo de car-
go habla á menudo en la mujer desde el fondo del inconsciente. Atento al equilibrio de la forma y al progreso de la inteligencia, él fué, sin duda, quien transmitió á la conciencia de Elvira la sorda protesta de miles de gérmenes inmaturos recelosos de no ver la luz, el lamento agorero de toda una futura humanidad amenazada de morir en agraz ó de arrastrarse acaso en las ignominias de la degeneración ó de la locura.
Habían transcurrido dos años más. Juan era ya otro hombre. Trocada su psicología, corregida su conducta, el fruto no se hizo esperar.
Ganó por oposición una plaza de la Beneficencia provincial. La clientela, de cada vez más copiosa, rendíale pingües beneficios. Sus amigos, ahora muy numerosos y sinceros, rodeábanle con amor y se hacían lenguas de su bondad, discreción y talento, y hasta de sus simpáticas flaquezas y defectos. Porque Juan, de acuerdo con la sentencia de Gracian: «ten veniales descuidos y defectos para que la envidia se cebe en ellos y no se atreva á lo mejor», fué por primera vez en su vida jovial, incorrecto, desaliñado, abandonan¬ do cierta solemne tiesura de la dicción y del gesto, así como cier¬ to nimio y meticuloso cuidado de la sintaxis que, sobre darle un aire de pedantismo enfadoso, robaban á sus palabra la espontanei¬ dad y la gracia, la afabilidad y la llaneza, encanto y primor de la conversación familiar.
Nadie se acordaba ahora de sus antiguas extravagancias y lo¬ curas, que las gentes, piadosamente pensando, atribuyeron al tre¬ mendo choque moral producido por la muerte de sus padres ido¬ latrados.
Y como cerebro y corazón sanos y tranquilos constituyen los mejores tónicos de la nutrición, nuestro desengaño filósofo mejoró también de naturaleza física. Era á la sazón un apuesto mozo de treinta y dos años, alto, fornido, elegante, con aire bondadoso é inteligente.
Elvira, la equilibrada y seria Elvira, no se había casado aún. Deseaba D. Lucas unirla en matrimonio con cierto rico comer¬ ciante amigo suyo, joven y enamorado, aunque sin cultura ni ta¬ lento; pero la avisada doncella no daba fácilmente su brazo á tor¬ cer. El pretendiente distaba mucho de realizar el tipo del intelec¬ tual, de voluntad firme y claro talento, que ella anhelaba para guía y amparo de su vida y prudente freno de su femenil nervio¬ sidad. El Lohengrin esperado debía reunir las cualidades que un célebre autor diputaba indispensables en el hombre de genio: el espíritu soñador, la cultura y altruismo de D. Quijote, y la sereni¬ dad, robustez y positivismo de Sancho; y hasta entonces, el vigía
124 LA CLÍNICA MODERNA
del corazón no había columbrado el misterioso y encantado es¬ quife.
Por fortuna, la circunspecta Elvira topó un día con su antiguo novio, el loco y doliente Juan, el joven ojeroso y pálido, á quien más de una vez sorprendió paseando su» melancolías por las umbrías del Retiro. Y quedó, al contemplarlo, agradabilísimamente sor¬ prendida y, más que sorprendida, subyugada. Un fuerte aldabonazo del corazón anunció á la alborozada doncella que había, por fin, pisado la tierra de promisión.
Conocía, ciertamente, los triunfos y prosperidades de su anti¬ guo amante, pero no pudo sospechar nunca la transfiguración ad¬ mirable operada en su físico, la expresión de seráfica dulzura de la mirada, la calma y jovialidad encantadoras de su espíritu. Y el genio de la especie, sonriendo satisfecho, rectificó antiguos presa¬ gios. Y como frisaba Elvira en los treinta años, y no era cosa de perder el tiempo en transiciones retóricas; visto, además, que Juan se las daba, con razón, de ofendido, resolvió la valerosa doncella acortar las distancias y derretir de una vez el hielo con una impe¬ tuosa oleada de sangre enardecida. En consecuencia, Juan recibió un día esta breve y expresiva epístola:
«Olvida lo pasado y atente al presente. Y el presente es que tú eres el hombre soñado por mí, y que te amo. No me pregun¬ tes el porqué del cambio, ni te engolfes en disquisiciones psicoló¬ gicas. Yo misma no lo sé. El corazón ha hablado; he aquí todo. ¿Quieres saber lo que dice? Te espero esta noche en el Real».
— Buena señal — exclamó Juan al recibir la expresiva epístola; —el genio de la especie se ha reconciliado conmigo.
Y sin que por un momento sintiera la menguada tentación de de echar en cara á Elvira antiguos desdenes, acudió á la cita y reanudó, con más ilusión y cariño que nunca, las interrumpidas relaciones.
Y se casaron, siendo felices. Y cuentan las crónicas que el ge¬ nio de la especie no tuvo motivo de arrepentirse al contemplar, años después, la hermosa y robusta prole.