Cuentos escogidos · Unidad 1 de 19

Unidad 1 · THE LIBRARY OF THE

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

JULIO CALCA ÑO

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Nunca he coleccionado escritos míos de nin'^ gún género; pero htombres de letras extranjeros^ que leyeron en francés ''El Escultor Marliani" y ''El Ingeniero Chatillard^ me han exigido les remita los cuentos que haya escrito; y no te» niendo vagar ni humor para copiarlos, sólo para corresponder a su exigencia hago esta edición contentiva de algunos y limitada a pocos ejem» piares.

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LETTY SOMERS

— ¿Te acuerdas de Letty Somers, Adolfo?

— preguntó el joven inglés de Lingard a uno de sus compañeros de paseo.

— Sí que me acuerdo demasiado, pues tengo motivos para ello, — respondió el interrogado,

— pero, ¿por qué me lo preguntas?

— Yo también la conocí, aun no hace dos años; bailé con ella en casa de la señora de Rodríguez. Era una hermosa niña que tenía un corazón aun más hermoso, bueno y compasivo, enérgico y un poco sentimental.

— ¿Estás enamorado de ella? Estás haciendo un inventario de sus calidades o bienes morales,— dijo riendo el otro compañero de paseo que no había hablado hasta entonces.

— No, — respondió el inglés con tono grave, — hago su apología porque ha muerto, querido Camilo.

— ¿Ha muerto? — exclamó éste con sorpresa.

— Sí, ha muerto, — afirmó tristemente Adolfo del Pardo.

— i Qué lástima! he de hacerle una necrología, y mientras tanto, diré con Bello:

Ahí qué de marchitas rosas En su primer mañana í Ahí qué de niñas donosas Muertas en edad tempranal

Mezclados lleva el carro de la muerte Al viejo, al niño, al delicado, al fuerte.

— Oh, Camilo í — exclamó el inglés, — no te burles de los muertos.

— jBahí qué filósofo debió ser el que dijo: el muerto al hoyo, y el vivo al bollo. Pues, espantóse la muerte de la degollada!

— i Oh, señores! en las épocas de mayor corrupción y atraso se ha respetado a los muertos; y hoy, en el siglo da la civilización, se profanan las tumbas!

— Todos los ingleses querrían que el mundo fuese una máquina, cuya rueda girase eternamente del mismo modo, — dijo Camilo bostezando.

— Es porque todavía no hemos llegado, como vosotros y los franceses, a ponerlo todo bajo el dominio de la burla. Además, ¿qué hizo esa pobre joven en el mundo?

— Si queréis, — dijo Adolfo, — yo os narraré su historia que, si no muy interesante, es por lo menos conmovedora. Letty poseía una grande alma, y si en algo faltó a sus deberes no tuvo

ella la culpa. Nada hace tantas víctimas como las preocupaciones sociales.

— jEaí — repuso Camilo, — si vas a espetarnos tus máximas filosóficas, renuncio a escuchar tu historia, qué diablos!

— Tú todo lo llevas á la burla, como muy bien dijo de Lingard; pero te aseguro que no hablarás así cuando conozcas a fondo el noble carácter y la gran virtud que poseía aquella her« mosa mujer. Honda tristeza despierta en el alma el recuerdo de su vida, pero os he ofrecido algunos rasgos de ella.

— Vamos, te digo francamente que el tono con que has hablado ha picado mi curiosidad. jComo me des un buen argumento, una idea siquiera para un drama o una novela í Donde menos se piensa, salta la liebre. Te suplico que nos narres la historia en cuestión.

— Sí, sí, cuéntala, — añadió de Lingard.

— Vosotros no ignoráis que mi amigo Antonio Garriga estuvo enamorado de Letty Somers.

— Sólo he oído decir, — dijo el joven inglés, — que tales relaciones no tuvieron resultado feliz.

— Y yo — agregó Camilo, — que Noli Somers le había dado con la puerta en las narices.

— Pues no sabéis nada en el asunto. Acompañadme a casa; pero me perdonaréis os exija palabra de caballero de que el secreto de esta historia quedará entre nosotros.

— Cuenta con ello, — dijeron entrambos jóvenes.

— Y yo que pensaba escribir un drama o una

novela! — agregó Camilo — pero, bah, en cambiando los nombres . . .

Y los tres jóvenes, que habían hecho el camino en silencio, llegaron a una pequeña y lujosa casa de la calle de Lindo; y en una habitación de soltero, desordenada y llena de libros y curiosidades, se arrellanaron cómodamente en sendos sillones, después de encender una lámpara y cerrar la puerta.

Serían las ocho de la noche.

— Y bien, dijo Adolfo a sus compañeros, la historia que vais a oír no podré contarla quizá con la exactitud que quisiera, pues tengo muy flaca memoria; pero os ruego que escuchéis con atención, cuidando no interrumpirme, porque tras de ser ello fastidioso, puede hacerme perder el hilo de la narración.

— No tengas cuidado, dijo de Lingard.

— Convenido, y comienza, — agregó Camilo.

Y entrambos encendieron sus cigarros. Adolfo dio principio a la narración:

Sin duda no ignoráis que Letty Somers, que venía por temporadas a Caracas, había nacido y moraba en el pintoresco pueblo de Choroní, verdadero paraíso popularizado por las estrofas románticas de Maytín.

Fué allí donde la conocí, en una alegre no-

che de Navidad, así como a casi todos los que figuran en esta historia.

Leticia Somers era hija de Oliverio Somers, ciudadano norteamericano, y de Dorotea Puigblanch, natural de Barcelona, en el reino o provincia de Cataluña.

Inglés o americano, que no estoy muy seguro de su nacionalidad ni importa ello gran cosa. Oliverio Somers, había llegado joven al país, y a fuerza de trabajar y ahorrar, que en esto nos ganan todos los extranjeros, logró poseer al fin una pequeña arboleda de cacao que le daba para el sostenimiento de su familia, pues los tiempos que le habían tocado en suerte no eran para alcanzar mayor prosperidad, como que la guerra aniquilaba el corazón de la República, y agricultura y comercio languidecían por falta de brazos y de mercado.

Choroní era uno de los pueblos que menos habían sufrido por el azote de la guerra, lo que se debía a circunstancias que no son del caso indicar.

Oliverio Somers casó desde temprano con Dorotea Puigblanch, que no le había dado más que una hija, Leticia, a la cual siguiendo la costumbre inglesa llamaban cariñosamente Letty. Por el mismo motivo, Oliverio era muy conocido con el nombre de Noli, y había transformado a Dorotea Puigblanch en Dolly Somers, que así creía él encontrarse en las montañas de su país.

Dolly Somers no sólo había cambiado de nombre con la compañía de Noli, sino aun de carácter y costumbres, que tal es el destino del

matrimonio en este punto, que la unión lleva los cónyuges a semejarse en lo moral y hasta en lo físicO; cuando el amor y la paz los estrechan con el lazo de la felicidad.

Al contemplar aquel hogar, tranquilo y feliz, donde el aseo, la comodidad, y la práctica de las virtudes morales y religiosas, hacían amable la pobreza, podía decirse con toda propiedad que Noli Somers había trasladado consigo sus dioses penates al seno de nuestra turbulenta República.

Noli, Dolly, Letty, una anciana cocinera, una chica que fregaba y barría, y un perro escocés de pelo azul, eran los únicos habitantes de aquel hogar bienaventurado.

Noli era un hombrón, de anchas espaldas y prodigiosos músculos que contrastaban con la dulzura de sus ojos azules, la suavidad de su acento y la sencillez de sus maneras; oía misa todos los días, pasaba luego al campo, donde por sí mismo dirigía los trabajos, y regresaba al hogar a la caída de la tarde.

Dolly le guardaba lo mejor, y allí encontraba él siempre la mesa limpia y blanca, la sopa humeando, caliente el pan, fresco el pescado, y la carne y las papas y la leche y el café provocando a devorarlos. Raro era que después de comer saliese a dar un paseo, que por lo regular era a las orillas del mar, o que fuese a hacer alguna visita, pues comunmente charlaba con su mujer y su hija, leía algún libro útil o recreativo, y después de rezar en familia se retiraba a descansar.

La vida de Doliy se había acomodado a la de Noli, como que era la más propia en una población rural como aquella, y no había mujer más de su casa que ella, que no pocas veces decía, cuando la tachaban de casera: la mujer casada, la pierna quebrada y en casa.

Dolly era pequeña, regordeta, de rostro abierto y franco, y de índole apacible; y tenía tal aire de dignidad que a la vez que imponía respeto inspiraba cariño y confianza. Sentada en su sillón de esterilla, con su vestido de zaraza, su pañuelo de cuadros y sus zapatos de cordobán, y con su mesa de costura por delante, revelaba en todo su ser la satisfacción y conformidad con que aceptaba su destino.

Ni ella ni Noli tenían otro pensamiento que la felicidad de Letty, muchacha de una belleza encantadora y de un natural dulce y obediente.

Al ver los hermosos ojos negros, candorosos y tiernos de Letty, sus largos y sedosos cabellos rubios, la finura de sus facciones, su talle delgado y esbelto, y su continente lleno de dignidad y de modestia, se recordaban las princesas graves y delicadas de las leyendas rusas; y como en aquella vida austera y retirada, educada por sus padres, había adquirido desde temprano costumbres circunspectas y una obediencia pasiva, no había quien no la admirase, y cuando asistía con sus padres a los saraos del pueblo o a los paseos por las orillas del mar, era como una reina que arrastraba todas las miradas.

No gustaba Noli de que frecuentase las ter-

tulias de las familias del lugar, porque decía que en los pueblos pequeños todo era mal interpretado, y lo más sencillo y natural daba pasto a la chismografía de las personas desocupadas y de las malévolas, que eran las más. Así es que el mayor placer de Letty en sus horas de ocio era el de sentarse a leer en la puerta de campo o cuidar sus flores que cultivaba cerca de ésta, no lejos de las orillas del río; ello cuando Noli, lo que acontecía los días de fiesta, no las llevaba a la cumbre de la montaña, llena de trapiches y de haciendas de café, y desde donde se alcanza a ver un panorama como no lo tiene tal vez ningún otro país: a un lado el valle de Choroní que se dilata hasta el mar, que se ve como un inmenso espejo azul; y al otro, los extensos valles de Aragua con sus ríos, montañas, plantíos, pueblos pintorescos, rebaños de cabras y hatos de ganado mayor, mostrando en todo, una naturaleza lujuriante y embriagadora. En aquellas cumbres, el frío es intenso y seco, y sin duda por esto gustaba tanto Noli de aquel paseo, donde respiraba a pleno pulmón el aire sano y perfumado de las montañas.

A este paseo solía acompañarles un pariente de Dolly, Gabriel Corbera, mozo como de treinta años, cachazudo y no mal parecido, que había fincado toda su felicidad en el amor de Letty.

Corbera se había atrevido a pedir a Noli la mano de Letty, y Noli le había dicho sencillamente: todavía es muy joven para pensar en eso, después veremos.

Noli no veía con malos ojos tal inclinación, y Dolly parecía favorecerla, porque Corbera era un buen muchacho, sin familia, trabajador y honrado, y no carecía de algunos cuartos. Poseía en el pueblo una pequeña casa de dos ventanas, con balaustres cuadrados de madera, y un corral con diez vacas lecheras, un par de bueyes y numerosas gallinas, y en la playa un gran cocal y una huerta, todo lo cual le daba, limpios de polvo y paja, alrededor de trescientas pesetas mensuales. Entre trabajar, tomar su tazón de leche y su cocido, y fumar o dormir reclinado al pié de un bucare o de un cocotero, se le iba el día; y por la noche, o asistía a la tertulia del boticario, o visitaba a Noli, o echaba una partida de bolos en casa de su médico, alemán muy aficionado a tal juego; porque lo que es el beber y otros vicios mayores eran desconocidos en aquella población laboriosa.

Cuanto a Letty, no podía asegurarse que se hubiese fijado ni mucho ni poco en las prendas y conveniencias de Corbera, pues ningún apasionamiento se veía en ella, aunque ya se había leído y releído el Romeo y Julieta de Shakespeare, la Juana Shore de Tomás Rowe, el Tancredo y Sigismunda de Jaime Thomson, y otras piezas inglesas que hallaba entre los libros de Noli, y hubieran podido despertar su sentimiento; pero sí le trataba desde la infancia con cariño, y diríase que, fuera por indiferencia, por costumbre o por complacer a su madre, hallaba como cosa natural aquel noviazgo, y nada decía en contrario cuando las amigas le daban

broma o él se atrevía a requebrarla con su natural timidez.

Todo, pues, marchaba a las mil maravillas en el hogar de Noli, cuya felicidad era envidiable y digna de las virtudes que había puesto en práctica.

La revolución que hacía como un año había estallado, era poderosa, y cada día alcanzaba mayor número de prosélitos en todas las clases sociales. Al principio pareció que el Gobierno, fuerte de recursos y de un ejército numeroso y disciplinado, con jefes bizarros y entendidos, lograría dominarla y dar la paz a la República; pero el sistema de opresión que había puesto en práctica, errores políticos graves, y el desbordamiento de una prensa turbulenta, por una parte, y, por la otra, el derecho de insurrección ejercido por hombres que no querían resignarse al papel de parias en el seno de la República, o al de proscriptos fuera de la Patria, y su tenacidad, su inteligencia y asombrosa actividad, habían logrado cambiar la fortuna, que iba ya como atada a sus banderas.

Se habían dado al fin varios combates y una gran batalla en que la revolución había alcanzado la victoria. El ejército vencedor ocupaba ya el Centro de la República, y por donde quiera se levantaban nuevas partidas, nuevos

guerrilleros que con su astucia y su audacia mantenían en alarma las poblaciones y desesperaban al Gobierno, que tenía que dividir sus fuerzas, y temblaba de un completo fracaso.

En el propósito de obtener este resultado, los directores de la revolución no descansaban en la empresa de conmover los pueblos y mantenerlos en continua alarma. Así fué que enterados de que los jefes revolucionarios de Choroní y Ocumare, derrotados y sometidos, habían entregado su espada, dieron orden de enviar a aquellos puntos una partida revolucionaria de Aragua, y comisionaron para alentar a los agitadores de aquellos pueblos, a Antonio Garriga, mozo inteligente, valeroso, y de arranques verdaderamente nobles.

El comisionado había sido escogido con el mayor tino, porgue Antonio Garriga, que pertenecía a una de las familias más notables de Caracas, tenía en Choroní valedores acaudalados y la influencia que le daba su parentesco con ellos.

Era hermoso, de elegantes maneras y fuertemente simpático, al extremo de aparentar que no servía para cosas de guerra, bien que, adamado y todo, lo mismo era para un fregado que para un barrido.

Como acontece en los pueblos pequeños, la llegada del caraqueño en son de paseo alborotó el vecindario, y llovieron los bailes, las comilonas y las giras a Colombia y Playa Grande, a orillas del mar, o a £7 Encanto y El Paraíso y las demás haciendas de las montañas.

Estos festejos, y su natural disimulo, le fa-

cuitaban el mejor desempeño de su comisión; y por lo mismo trataba de que el fuego del entusiasmo no se extinguiese.

No pudo Noli negarse a que Letty asistiese a algunos de los saraos que con este motivo se dieron en el pueblo; pero temeroso a causa de la hermosura y el mérito de su hija y de su posición relativamente inferior, y sabiendo que las muchachas tenían los cascos calientes con la visita del caraqueño, acompañó a Letty y no la perdió de vista en instante ninguno, aunque de alia estaba tan seguro como de sí mismo.

Antonio Garriga se sintió impresionado por la belleza y la dignidad de Letty Somers desde el primer instante en que la vio, bailó con ella, la obsequió, le dijo algunas galanterías, y quedó hechizado por la dulzura y reserva de Letty, que al parecer tomaba aquellas cosas como ligeras bromas de quien tiene la costumbre de encontrarse entre mujeres hermosas.

Noli, sin embargo, creyó prudente esquivar en lo posible las invitaciones de las tertulias que se habían organizado, y al día siguiente llamó a Letty a su aposento.

— Siéntate, Letty, hija mía, aquí a mi lado, le dijo acercándole una silla. Mucho parece que te divertiste anoche.

— No más que otras veces; el baile me gusta cuando la música es buena, y la de anoche no podía ser mejor.

— El baile es bueno como ejercicio, cuando es moderado, pero no siempre conviene asistir a

tales reuniones cuando los que a ellas asisten no son todos iguales en posición y fortuna.

— -Tiene usted razón, y muchas veces me he dicho lo mismo.

— Ya habrás notado que en los pueblos pequeños como éste, la gente y principalmente las mujeres, pierden la chaveta con los forasteros, y de ahí han acontecido muchas veces escándalos y dolores muy grandes, porque es locura fiar de personas a quienes no se conoce o que se creen superiores a uno. Los de las grandes ciudades, Letty, por mucho que tratan de disimularlo, ven siempre con cierto menosprecio a los nacidos en pequeñas poblaciones, y a quienes califican de gente de gallaruza o rústica.

— Y usted cree . . .

— Creo que todos los hombres son lo mismo o, por lo menos, que es avisado suponerlos a todos iguales en determinados casos. A ver, dime, el joven que bailó anoche la segunda contradanza contigo, ¿no es el caraqueño Garriga?

— Sí, señor.

— Y qué te decía? de qué te hablaba él?

— Al principio me habló de lo delicioso que era Choroní, luego del baile, y por último de amor.

— De amorf ya lo ves; estos jóvenes de Caracas creen que no tienen otro oficio; a todas les hablan de lo mismo; creen que todas están enamoradas de ellos y que a todas las engañan fácilmente.

— Y eso es verdad? ...

— No te lo dijera yo si no lo fuera, Letty;

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pero tú eres una mujer de juicio, buena y cristiana, para saber darles su lugar a todas las cosas. Bueno será no caer en la necedad de los demás asistiendo con frecuencia a tales saraos y paseos.

— Yo haré siempre lo que usted quiera.

~No digas nada de esto a Dolly para no mortificarla. Tú sabes que ella desea que te desposes con Gabriel, porque cree que ese matrimonio te hará tan feliz como lo es ella conmigo.

— Si, ella es muy feliz.

— -Y tú lo serás también, hija mía.

Desde aquel día Noli se resolvió a aceptar por yerno a Gabriel Corbera, y llegó a decir a Dolly que le parecía ya tiempo de casar a la muchacha, y aun la autorizó para hacer los preparativos y prevenir al novio, que al fin tuvo con él la obligada conferencia, y salió de ella como quien había logrado coger el cielo con las manos.

Pero los preparativos hubieron de suspenderse, porque la fiebre, la traidora fiebre de la costa que acecha a los extranjeros, había hecho presa de Noli, y era necesario esperar a que él recuperase la salud.