Cuentos escogidos · Unidad 2 de 19
Unidad de lectura 2
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Los preparativos matrimoniales y la enfermedad de Noli habían obligado a Letty a alejarse en absoluto de todo lugar público, y apenas si daba algún breve paseo por las orillas del río, o se sentaba a leer, como antes acostumbraba, en su pequeño jardín.
Aquella ausencia y el rumor del matrimonio avivaron en el corazón de Garriga la impresión que le había causado la belleza de Letty,
y de día y de noche torturaba su ingenio en el propósito de volverla a ver y hablarle.
La imagen de Letty, con sus bellos ojos negros, su cabellera rubia, su aire espiritual y digno, no se le apartaba del pensamiento, y la veía flotando en un mar de luz como la aparición aérea de un sueño de hadas. Fuera amor, o simplemente el impulso del orgullo de quien estaba acostumbrado a vencer obstáculos, es lo cierto que Antonio Garriga no se consolaba de la ausencia de Letty y se creía perdidamente enamorado de su belleza.
Al fin averiguó los más mínimos pormenores acerca de su manera de vivir, supo lo grave de la enfermedad de Noli, y resolvió ver si sorprendía a Letty en los acostumbrados paseos al campo, con ánimo de saber a qué atenerse respecto al género de afecto que él le inspiraba.
Podaba Letty sus rosales una mañana, descuidada y pensativa, cuando sintió pasos, y vio con sorpresa a Antonio Garriga que, con una escopeta al hombro, bajaba por las orillas del río.
— Buenos días, Letty, le dijo Antonio acercándose con el sombrero en la mano.
— Buenos días, señor Garriga, contestó ella ruborizándose. Me permitirá usted que me retire, pues iba ya a hacerlo y mi madre me aguarda.
— No, Letty, no, déjeme usted saludarla ya que tengo la fortuna de encontrarla por estos campos.
— Este campo, señor Garriga, es parte de la casa de mi padre.
— ¿Y cómo está su señor padre?
— Aun está mal, señor, muy mal, — dijo Letty con voz trémula y los ojos húmedos. Doy a usted gracias por su atención.
— No me dé usted gracias por eso, Letty; si supiera usted cuánto me interesa la salud de su padre, que además de ser un hombre honrado y digno, tiene para mí el mérito de haber dado a usted el sérf
— Ni aun en los momentos más dolorosos deja usted la costumbre de galantear, señor Garriga. Gracias, — dijo Letty con tono de dulce reproche.
— Me juzga usted mal, Letty, y no le he dado motivo para tanto. Verdad es que he oído decir que está usted para casarse con Gabriel Corbera, y yo no debo tener ya ninguna esperanza.
— Esperanza de qué, señor Garriga? De modo que usted no ha venido a cazar en estos campos . . .
— Dichoso yo, Letty, si pudiera cazar la única paloma que me ha cautivado.
— Tire usted más alto, señor Garriga, que las palomas caseras no son para los cazadores.
— Precisamente son las palomas caseras las que pueden hacer la felicidad y el encanto del hogar. Letty, hábleme usted con el corazón en la mano. ¿Es cierto que usted se casa?
— Pero señor Garriga, ¿qué puede eso interesar a usted?
— Mucho, Letty, ¿cómo no lo sabe usted? ¿No se lo he dicho desde el fondo de mi alma?
Desde que conocí a usted no tengo un momento de reposo, porque toda mi felicidad está en usted. Su imagen no se aparta un instante de mi pensamiento, su nombre vive en mis labios, su recuerdo en mi corazón. ¿Qué gloria mayor para mí que la de obtener su amor, vivir para usted, y consagrar toda mi voluntad a hacerla feliz satisfaciendo todos sus deseos? Pero usted ama a Corbera, usted le pertenece ya, y a mí no me queda más que el desengaño y la desesperación . . .
— Señor Garriga, es muy fácil decir todo eso, yo lo he leído en las novelas tantas veces í
— jComo se conoce que usted no se pertenece, que ama a otro, Letty í Si usted no hubiese hecho ya elección . . .
— Yo no he hecho elección, señor Garriga; yo creo que la felicidad de una mujer es cosa muy seria y está toda en el cumplimiento del deber. Mi deber es obedecer a mis padres y querer lo que ellos quieran, por que ellos sí me aman; y esto no me cuesta trabajo, porque yo no he sentido por nadie ese amor de que se habla en las novelas.
— De modo, Letty, que si sus padres me aceptasen por yerno . . .
■—Yo no digo nada, señor Garriga.
— Me autoriza usted para que hable con su padre?
— Mi padre se halla muy grave, señor; no está él para tratar de esas cosas.
—Pero bien, Letty, ¿me da usted alguna esperanza? ¿Puedo esperar que mañana, si logro
vencer en la porfía, su corazón de usted me pertenecerá?
— Yo no puedo decir eso; yo no prefiero a nadie; yo haré lo que Dios disponga.
— Letty^ ¿querría usted verme morir?
— Dios míoí déjeme usted partir. Es tarde; buenos días, señor Garriga.
Y Letty desapareció por la puerta de campo, antes que Antonio Garriga pudiera darse cuenta de que estaba solo.
La pobre Letty había huido ansiosa y triste, y por sus mejillas rodaba una lágrima.
Dos días después, Noli se agravaba aun más y recibía los auxilios espirituales, y queriendo morir en completa tranquilidad, bendiciendo a sus hijos, presenció antes de expirar el matrimonio de Letty con Daniel Corbera.
El alma de aquel justo voló a otras regiones con la serenidad del que no ha hecho mal en el mundo, y creyendo dejar asegurada la felicidad de su hija.
Dolly sobrellevaba el pesar de la muerte de Noli con la triste conformidad de las mujeres profundamente cristianas, que están persuadidas de que la muerte no determina más que una separación temporal, y que los elegidos se reconocerán en otra vida, donde ya no hay dolores y se goza de una felicidad inefable. Tornóse gra-
ve y melancólica al imperio de los recuerdos de una vida llena de alegrías y de satisfacciones; pero no cambió de costumbres, y cuando la memoria le lastimaba el corazón, buscaba y hallaba pronto consuelo en la santidad de una oración alentada por la fe y la esperanza, pensando que cada día que pasaba la acercaba al instante de volver a ver al que había amado en la tierra.
Pero Letty, que no había querido separarse de ella, por lo cual habían instalado a Corbera en el aposento de Noli, Letty no manifestaba tener la resignación de su madre; estaba triste y pálida, había desmejorado notablemente, y a veces se le veían en los ojos huellas de lágrimas. ¿Lloraba por la muerte de su padre? ¿Padecía algún dolor secreto que hacía infeliz su vida? Nadie lo sabía. Cumplía sus deberes con serenidad; cuidaba de Corbera como Dolly había cuidado de Noli; y con él iba al templo, con él bajaba a la playa, con él leía por la noche, y cuando él faltaba, por sus acostumbradas labores, era cuando se la veía sola y melancólica regando sus flores, o sentada con un libro, como en otros tiempos, a la sombra de los bucares que adornan las orillas del río, a las puertas de campo de su casa; pero cuando en el silencio de la noche, como sucede en nuestros pueblos rurales, resonaban las notas tristes de una guitarra y el canto melancólico del tocador, sentía una impresión de honda tristeza, y con frecuencia se le humedecían los ojos.
De Antonio Garriga no sabían nada con cer-
teza las autoridades y familias del pueblo, pues días después de la muerte de Noli, desapareció, sin que se sospechase siquiera el rumbo que había tomado.
Sólo los revolucionarios sabíamos con seguridad lo acontecido, y no sé cómo no se observó en aquellos momentos que el desaparecimiento de Garriga coincidió con la llegada de fuerzas revolucionarias de Aragua, y con la alarma y la inseguridad del pueblo.
Cada día llegaba alguna noticia alarmante; los labriegos tomaban el fusil o el machete y se incorporaban a las guerrillas revolucionarias; y como se peleaba en la montaña, y los sucesos del Centro obligaron a la autoridad de Puerto Cabello a pedir la guarnición del pueblo, el vecindario se alarmó extraordinariamente, porque los periódicos pintaban a los revolucionarios coino verdaderos crin\inales; y hubo lágrimas y desesperación, y fué necesario establecer una recluta rigurosa y organizar un cuerpo de milicias con todos los propietarios y personas hábiles para tomar las armas. Gabriel Corbera, que había servido en las guerras del 53 y del 54, y tenía fama de valeroso, fué puesto a la cabeza de una Compañía.
El jefe que comandaba las fuerzas revolucionarias de Aragua y que en tal espanto ponía a aquel pueblo pacífico, era en verdad terrible por su impetuoso valor y su astucia y actividad.
Aquel guerrillero. Cura de almas de una de las parroquias del Llano, se llamaba D. Beltrán Larrea.
Alto y vigoroso, de ojos pequeños y vivos, nariz aguileña, cuello ancho y carnoso, cara redonda con las mandíbulas inferiores muy desarrolladas, de movimientos bruscos y voz de trueno, revelaba energía y arrojo; y era de verle en su macho, con gran sombrero de palma, la sotana metida dentro de los pantalones, de botas de campaña, el sable colgado al uso llanero, y un par de pistolas de dos cañones al cinto, que era lo mismo que ver al diablo con un Santo Cristo al cuello.
En cuanto estalló la guerra, se lanzó con un puñado de lanceros y combatió en La Victoria; y lejos de desalentarse con las derrotas, cobró mayores bríos y se hizo guerrillero en las montañas.
Pronto supo que la autoridad eclesiástica le había suspendido en sus oficios, y sin quejarse por ello, atribuyólo a la tiranía de los gobernantes, y exclamó:
— Canallas! ya nos pondrán arcos, y me harán Arcediano u Obispo cuando triunfemos!
Si le motejaban por su espíritu belicoso, decía que Dios mandaba combatir a los tiranos, y que el mismo Apóstol Santiago había bajado a pelear por la patria.
No se crea por esto que el padre Larrea, que había alcanzado ya el grado de Coronel, lo que era mucho en aquellos tiempos, fuese un soldado cruel; que, lejos de eso, se contaban de él rasgos de humanidad, y su dureza se iba casi siempre en palabras, por lo cual la tropa lo adoraba y lo seguía ciegamente.
Nada sabía él de táctica griega ni romana^ alemana ni napoleónica; se hubiera reído de quien le hubiese hablado de rombos y cuadros, de tro-- pas móviles, o de centros y alas. Bisoño él y bisónos sus soldados, su táctica se reducía a su ingenio natural, a su astucia, actividad y arrojo, en combates que podían llamarse individuales, sin que por esto, cuando se veía obligado a combatir en masa, le faltase talento para disponer sus fuerzas, ocultar sus movimientos, apoyar sus fusileros en la caballería, y caer como un rayo sobre el contrario sin aventurar toda su tropa ni descuidar el escogimiento de sus posiciones, que no hay mejores maestros que la práctica y la necesidad. El Coronel Larrea hubiera sido un gran guerrero, si hubiera alcanzado la necesaria instrucción militar.
Cuando invadió a Choroní tenía sólo cuarenta fusileros y diez caballos, y con aquella fuerza hizo milagros, como que llegó vez en que con treinta hombres, bien colocados en la montaña, detrás de las peñas y los árboles, sorprendió y derrotó a cuatrocientos veteranos.
Su fuerza se había aumentado ya, como resultado de estas victorias, y montaba a doscientos hombres y treinta caballos.
Antonio Garriga había pasado a su campamento y desempeñaba las funciones de Jefe de Estado Mayor.
La tropa, sucia y casi desnuda, estaba ya acostumbrada a aquella vida errante y azarosa. Los mejor vestidos eran cinco o seis indias, que peleaban a las veces, y a las veces alentaban el
valor de los soldados, rasgueando en medio del combate el guitarrillo o vihuela de cinco cuerdas, tocando las populares maracas y cantando estrofas llaneras, que revivían en los combatientes la memoria del hogar. Estas indias estaban mejor vestidas, y llevaban collares, sortijas y cintas con la divisa revolucionaria, porque su sexo y su astucia las favorecían para pasar con frecuencia a los poblados.
Todo esto parecerá extraño, pero así acontece en nuestras guerras civiles, y no pocas veces, más que el toque del pífano y del tambor, alientan a nuestros soldados el fandango, la marisela y la guaraña, tocados y cantados por estas indias, como si para soldados e indias la guerra no fuese sino un juego, y el morir cosa que no tiene mayor importancia.
Cuando Antonio Garriga llegó al campamento e instruyó al coronel Larrea del estado de la plaza, y de que antes de enviar la guarnición a Puerto Cabello le iban a atacar con ánimo de destruirlo, para lo cual organizaban las milicias y contaban pararle hasta quinientos hombres, no tuvo límite el contento de Larrea y de la soldadesca.
— Santerreí . . . — exclamó el Coronel con su voz de trueno — j demonio de Ayudante! . . . Santerreí
— Aquí, mi Coronel,^ — dijo un oficial presentándose y cuadrándose con la mano en la visera.
— ¿Está ya racionada la gente? — Ya, mi Coronel.
— ¿Para cuántos días tenemos raciones?
— Para dos días.
— Pues es necesario que por lo menos las tengamos para ocho. Ordene usted al capitán Torres que esta noche penetre hasta Playa Grande con cincuenta hombres, y se traiga todas las vacas, cerdos y gallinas que encuentre.
Santerre hizo un saludo, y se retiró.
— jEaí venga usted acá, ¿por qué se va? Diga usted í
— Mande usted, mi jefe.
— ¿Cuántos prisioneros tenemos? — Diez.
— Diez . . . son un estorbo . . .
— Si mi Coronel lo manda, los podemos fusilar.
— Quite usted alláf nosotros no fusilamos sino a los que fusilan a los nuestros. Garriga, mande usted a internar los prisioneros en el bosque, bien amarrados y con una guardia. Debemos estar libres de estorbos. Puede usted retirarse, Santerre.
Desde aquel momento Larrea tomó todas sus disposiones, y se preparó a esperar a los gobiernistas a la entrada del bosque, con el mar a la derecha, una marisma fangosa a la izquierda, y al frente, no lejos del río, una ancha zanja que abrió por la noche y cubrió con hojas de plátano ocultas con tierra y espinas de cardo. Municionó a sus soldados, y se dio a alentarlos con la perspectiva del hogar, las glorias del triunfo y los beneficios de la paz.
Aun no habían transcurrido cuatro días desde la llegada de Garriga, cuando los espías de La-
rrea le avisaron de la aproximación de los gobiernistas.
Comenzaba a amanecer cuando al pasar el angosto río el ejército del Gobierno, fuerte como de quinientos hombres, se replegó sorprendido por una lluvia de balas, y vio la vanguardia casi desorganizada.
Era el primer saludo del Coronel Larrea. Trabajo costó a los gobiernistas rehacer sus fuerzas y emprender el combate, como que la mayor parte de los soldados eran reclutas no acostumbrados al fuego.
La gente de Larrea, en lo áspero del bosque y resguardada por árboles y peñas, hacía un fuego mortífero, sin que los contrarios pudiesen avanzar a pesar de los esfuerzos de sus jefes.
Larrea, en su brioso macho, se multiplicaba pasando de un punto a otro sin temor a la lluvia de balas que penetraba en el bosque.
Entre el estruendo de la fusilería y del tambor y el pífano y la corneta de los gobiernistas, se oía el rasguear de los guitarrillos y maracas de los revolucionarios, y los cantares de las indias, para quienes el combate era como una fiesta.
Una de estas indias, hermosa y muy engalanada, parecía complacerse en encender el ánimo del Coronel Larrea y ver la brusquedad de sus arranques.
La india, sin cuidarse del peligro ni de los ayes y gritos de los heridos, cantaba con voz llena y sonora:
Confesé con un cura Que era un tronera; Me dio de penitencia v
Que lo quisiera; Y yo lo quise, y yo lo quise, Porque la penitencia (Ah caramba, caramba!) Debe cumplirse.
— Calla, demonio! exclan\ó Larrea con su bronco acento, calla, si no quieres que te mande a dar cuatro tiros!
Pero la india, que sabía lo que valían las amenazas del Coronel cuando iban dirigidas a ellas, guiñó los ojos a sus compañeras, y continuó imperturbable:
San Antonio bendito, Tres cosas pido: Salvación y dinero Y un buen marido; Y él me responde, y él me responde, No puede ser muy bueno, (Ah caramba, caramba!) Si ha de ser hombre.
La verdad era que aquella música y aquellos cantares daban un valor rabioso a los soldados, porque ellos les recordaban las fiestas del pueblo, y reavivaban sus amores y los afectos de familia.
Cuando la india terminaba el último verso, Larrea ordenó fingir una retirada, y el ejército gobiernista creyéndose vencedor avanzó con celeridad; y fué de ver cómo todo el cuerpo de
vanguardia, ginetes, caballos y fusileros, tropezaron y cayeron en la inmensa zanja. Avanzó entonces Larrea al frente de los suyos, cargó con impetuosidad, y desconcertados y maltrechos tocaron retirada los gobiernistas, fusilados por la infantería y alanceados por los llaneros.
En la persecución alcanzó a ver Garriga a Gabriel Corbera combatiendo con un llanero; y llevado de los nobles impulsos de su corazón, dijo a Larrea:
— Coronel! aquel es un buen muchacho, padre de familia; vayamos a salvarlo!
— Vayamos! Ea! ea! gritó Larrea al llanero, no lo mates, no lo hieras!
El llanero no atendió a la voz del Coronel, y el Coronel se lanzó violentamente y atravesó el macho entre los combatientes, con riesgo de su vida.
El llanero, embravecido por la resistencia de aquel simple oficial de milicias ciudadanas, quitó la lanza del asta, y por sobre el cuerpo del Coronel la arrojó y clavó en el pecho de Gabriel Corbera.
Volvióse Larrea como un león, y descargó su sable sobre la cabeza del llanero, que se retiró bañado en sangre y refunfuñando, si bien no sin decir antes a Corbera:
— Blanquito, no se trompiece conmigo, que por onde lo encuentre tendrá usté que paga el machetazo que me ha pegao el pae Larrea, y lo zamparán en el joyo.
Con ayuda de Garriga cargó Larrea a Gabriel Corbera en su propio macho, y lo trasladó
al campamento^ donde Garriga le hizo la primera cura y le vendó la herida.
Al día siguiente, con aquiescencia del Coronel, que tenía en grande estima a Garriga, dos de las indias condujeron a Gabriel Corbera en una hamaca hasta la casa de Letty, a quien una de ellas le entregó una carta de Antonio Garriga.
La derrota de las fuerzas del Gobierno y el número de hombres notables muertos o heridos había llenado de consternación a Choroní. El pueblo estaba resuelto a no dejar salir la fuerza veterana, y la fuerza tampoco quería abandonar el pueblo, por lo cual se ofició al Gobierno enterándolo de la situación.
La llegada de Corbera herido, con fiebre y desfallecido, fué un lamentable acontecimiento; y aunque desde los primeros momentos los médicos anunciaron que sanaría, por no tener dañado ningún órgano importante, las lágrimas y las visitas no cesaban.
Dolly estaba inconsolable; pero Letty no lloraba. Grave y triste, se conocía que aquella joven delicada y dulce, padecía de tiempo atrás un dolor secreto, y acaso una enfermedad terrible, debida tal vez a un poderoso esfuerzo sobre sí misma para combatir una idea o un sentimiento, porque sus pómulos, rojos en ocasiones,
estaban hundidos, sus ojos como excavados, y enflaquecido su cuerpo.
Cuando pudo ya encontrarse sola, abrió y leyó la carta de Garriga.
No contenía más que dos palabras: ''Letty:
''He logrado salvar la vida de Corbera; pero aconséjele usted que no vuelva a tomar parte en estos asuntos, porque la revolución está triunfante. Ya que no pude alcanzar la felicidad de que usted fuera mía, quiero tener la de velar por la de usted, aunque sea desde lejos, para que usted viva tranquila y dichosa y conozca mejor mi corazón.
''Perdone usted a su amigo,