Cuentos escogidos · Unidad 11 de 19
Unidad 11 · LA LEYENDA DEL MONJE
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LA LEYENDA DEL MONJE
Miguel y Antonio Dándolo eran hijos únicos del señor de la villa de Murano, Juan Dandolo.
Rico, noble y poderoso era este buen caballero que pertenecía al terrible Consejo de los Diez, pero como la desgracia no atiende al tamaño de la víctima, Juan Dándolo sufría siempre rudas pruebas.
La mayor de las que hasta entonces había experimentado fué tal vez la pérdida de la compañera de su vida, Andrea Riccio, muerta en la flor de la edad, dejándole, como recuerdo de sus días felices, dos hijos, Miguel y Antonio, hermanos gemelos.
Juan Dándolo la lloró mucho; mucho, porque Andrea, era una santa mujer, muy buena y
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muy hermosa; y él la había amado con el amor profundo de los que nacen al calor meridional de la Italia.
A pesar de su carácter de hierro, este hombre rígido, inflexible, que parecía nacido para las tempestades del corazón, conservaba vivo aquel recuerdo doloroso, que se le reflejaba en los ojos con un tinte de melancolía.
Por largo tiempo estuvo retirado de los negocios públicos, pensando solamente en el porvenir de sus hijos.
Miguel y Antonio tenían la belleza simpática y ardiente de los naturales del Mediodía de Europa; y se parecían el uno al otro como dos gotas de agua.
Color moreno, ojos grandes, negros, brillantes, frente despejada y labios finos y voluptuosos tenían. Con el aire regio que la pureza de líneas griegas da a las facciones, gallardos y altivos, eran los mancebos más hermosos de la nobleza veneciana.
Pero si se parecían tanto en lo físico, no se asemejaban mucho en el carácter.
Antonio, que era el mayor, tenía los caballerescos sentimientos, la nobleza de alma de Juan Dándolo, su padre.
Miguel como que había nacido para el mal.
Díscolo y egoísta, cerrando los oídos a la voz de la conciencia y a los consejos de su padre, que le educaba con cariñoso esmero, Miguel Dándolo se dejaba dominar, de niño, por las pasiones más vergonzosas.
Así, su padre, que deseaba domeñar aquel
carácter salvaje que tantos pesares le había dado, púsole en un convento de frailes; porque era en los conventos donde estaba encerrada por entonces la escasa civilización del mundo.
Pero Miguel Dándolo huía con frecuencia del convento, y las riñas y aventuras licenciosas del hijo iban a maltratar el corazón de aquel honrado padre.
— Tú eres malo, Miguel, díjole un día Juan Dándolo, y yo no quiero que deshonres el nombre ilustre que llevas.
Y le tuvo algún tiempo en estrecha prisión, hasta que sus reiteradas protestas hicieron que Juan Dándolo le pusiera en libertad y le conservase a su lado.
Antonio, por el contrario, era un noble corazón.
Respetaba en el padre al maestro y al amigo; y pasaba los ocios de su vida en un amor puro, santo, inmortal.
Amaba a María, heredera de los Bandinis, con el amor del alma.
María, que era una doncella hermosísima de ojos azules y cabellera de oro, le amaba; y César Bandini y Juan Dándolo, que eran grandes amigos, veían con placer los amores de sus hijos.
Pero Miguel los veía con envidia, y más de una vez la codiciosa mirada del desgraciado, llena de lujuria, se había fijado en los candidos ojos de aquella joven dulce y buena. Antonio no comprendía aún bastante bien el mal, ni podía saber de lo que era capaz un corazón per-
vertido en el cieno de los innpuros deseos y de las malas pasiones.
¿Quién sabe lo que guarda el destino al que viene peregrinando a este valle de miserias?
El bozo sombreaba apenas los labios de Antonio, cuando estalló la guerra contra el turco, guerra que tan alto puso el nombre de la nobilísima República.
Juan Dándolo vistió su armadura y ciñó su propia espada al hijo querido.
— Marcha, le dijo afectuosamente con digna altivez, marcha y enseña a los infieles lo que vale el corazón de los Dándolos, caballeros cristianos.
Y Antonio Dándolo marchó a la guerra empuñando el pendón de sus nobles abuelos.
El hombre que se ve presa de un deseo intenso, profundo, apasionado, y no encuentra otro medio para llenarlo que el crimen, siempre halla ideas que le justifiquen a sus propios ojos, porque la conciencia es una luz que se apaga con el aliento de las pasiones insensatas.
El corazón del hombre es tan débil que se embriaga con todas las impresiones fuertes, ya sean inspiradas por el bien, que es hijo de la virtud, ya por el mal, que nace de los espíritus depravados.
El que creó el cielo y la tierra, sabio y todopoderoso, esparció, para mejor llegar a sus
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fines, la semilla del bien y la del mal por toda la extensión de esta obra prodigiosa y llena de maravillas, que sacó de las sombras del caos.
Odiad el mal, que es Satanás.
Amad el bien, que es Dios, el espíritu de la religión cristiana, que ha instituido el perdón y la caridad, todos los sentimientos generosos, como la palabra sagrada que abre las puertas de la gloria eterna.
Haced con el alma lo que el buen jardinero con las flores encomendadas a su cuidado.
Ved que el interés personal es fuente de muchos males, y vive oculto en el fondo insondable del corazón humano, como la oruga entre los vistosos pétalos de las flores delicadas.
Si sois felices, bendecid a Dios.
Si sois desgraciados, fortificad el alma con el espíritu filosófico de la religión de Cristo, Dios lleno de misericordia, que vino al mundo para darnos ejemplo de la fortaleza del ánima.
El que se deja caer en la sima de la depravación, que conduce al crimen y a la vergüenza pública, sólo profunda lástima o inmenso desprecio, como rastro de su miseria, va dejando en el camino.
Si sois semejantes a Dios, haceos dignos de él, atravesando el valle de la vida con la conciencia tranquila y el corazón victorioso.
Así, seréis hombres.
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— Los ojos de esa mujer, se decía Miguel Dándolo al pasar una noche por el puente del Rialto, tienen algo de Satanás, porque me llegan al alma como agudo acero. ¿Por qué no ha de ser mía la heredera de los Bandinis? ¿Conque hay una mujer que no ama a Miguel Dándolo porque otro hombre se atraviesa en su camino? ¿Qué importa un hombre menos? Cuando se corre a un fin deben vencerse los obstáculos. Vamos. María Bandini será mía; mía, como la he visto en el delirio de mis sueños, con los cabellos blondos y ensortijados sobre el seno pudoroso y delicado, con los ojos azules y las mejillas sonrosadas, bañándose en el misterio de un amor voluptuoso. Mía serás, María, la hermosa doncella de la calle de los Suspiros.
Y Miguel, con el semblante descompuesto, torvos los ojos y la actitud temerosa, caminaba, envuelto en una capa, como quien lleva en el alma una resolución sombría.
Cerca del palacio Loredano, un hombre, también embozado, con el chambergo veneciano caído sabré los ojos, le salió al encuentro.
En la mirada de aquel hombre, fría y audaz, se reflejaba un alma acostumbrada a las saturnales misteriosas del crimen.
— ¿Qué me quieres, noble y poderoso señor? Heme aquí fiel a tus avisos, dijo con mues-
tras de gran respeto, si hay algo en que pueda servirte el condenado a quien un día salvaste la vida, ordénalo.
— ¿Te acuerdas, pues, de la prisión de los Plomos?
— José Maino nunca olvida. A no ser por tí, excelencia, y por la noble Gabriela, la bella cortesana del Dux de Venecia, no estaría hoy en tu presencia.
— ¿Y sabes por qué te salvaron?
— Tal vez porque la hermosa cortesana y el noble caballero podían necesitar el brazo vigoroso que iba a aniquilar el verdugo.
Miguel se estremeció silencioso y taciturno, inclinó la cabeza, se pasó la mano trémula por la frente, y apoyándose luego en el hombro de aquel criminal endurecido, le dijo con voz cavernosa y débil:
—Es esta la ocasión en que puedes demostrarme hasta dónde llega tu agradecimiento. Hay un hombre que me estorba.
— Quítalo del medio, poderoso caballero, contestó el bandido con voz firme.
— Cuando la hora llegue, yo te haré rico y noble, José Maino. Mañana partirás en las galeras que van a incorporarse a la flota de la serenísima República, de la Iglesia y de España.
— Los turcos no escarmientan.
— No; el emperador de los infieles quiere desposarse con el mar del Adriático; pero aun están frescos los laureles de Venecia sobre las aguas negras de Caffa.
— jAhí
— Partirás mañana, José, y sepultarás mi secreto en las ondas del mar. Cuando la noche llegue . . . allí hay un hombre, Antonio Dandolo . . .
— jTu hermano í
— Sí, contestó Miguel, viéndolo con los ojos de los espíritus infernales, ¿tienes miedo?
— Bien sabes tú que yo nunca he temblado, contestó José estrechándole la mano, te lo he prometido y debo cumplirlo.
Miguel Dándolo habló aún con aquel hombre de corazón de mármol; y pálido, cabizbajo, con una sensación extraña en el alma, echó luego a andar hacia el palacio Dándolo.
Al que tiene el corazón empedernido e inmundo de los desgraciados que se venden al crimen, no hay sentimientos que le detengan en el camino doloroso de la perdición.
José Maino partió al día siguiente en las galeras de la República.
Grande y gloriosa era aquella nación de hombres libres que arrastra hoy la cadena del esclavo envilecido, y besa la ruda mano que agita sobre sus espaldas el látigo de la vergüenza! (1)
Pobre león enfermo, cuyo cuerpo picotea el águila carnívora de los Emperadores de Austria,
1 Esto se escribió cuando Venecia estaba sometida al Austria.
Venecia brilló un tiempo por la gloria de sus armas en las fiestas de las naciones.
Cuando el turco osó apoderarse de la isla de Chipre, Luis Mocénigo, que con tanta prudencia y sabiduría regía los destinos de la orgullosa República, se ligó con la Iglesia y España para castigar la arrogancia de los hijos de Ma« homa.
Sebastián Venieri mandaba las galeras venecianas; Marco Antonio Colonna, las del Papa, y D. Juan de Austria las del rey de España.
Aquel Sebastián Venieri, viejo encanecido en los combates, irascible y arrojado, acababa de reemplazar en los momentos de la ratificación definitiva de la Liga, al valiente Zanne, cuyas disposiciones para la defensa de Famagusta fueron desaprobradas por la señoría de Venecia.
Marco Antonio Colonna, general romano, duque de Pagliano y de Tagliacozza, tenía el corazón fuerte y encrudecido de los antiguos hijos de aquella Roma que asombró al mundo con sus hechos de armas.
Don Juan de Austria era un mancebo que aun no había cumplido cinco lustros; pero cubierto ya de gloria, prudente y valeroso, había alcanzado la honra de que se le nombrase Generalísimo de aquellas flotas en que iban los capitanes más famosos y los más bravos soldados de la cristiandad.
Fuerte de trescientas velas y ochenta mil hombres de pelea, poderosa y llena de majestad, la armada de la Liga se halló frente a frente en las aguas de Lepanto con las fuerzas del
Gran Turco, que constaban de doscientas cuarenta galeras, multitud de bajeles menores, y ciento veinte mil hombres de guerra al mando en Jefe de Alí-Bajá, bárbaro y porfiado combatiente, y al de Uluch-Alí y el bajá Pertew, esforzados Generales.
Como en tiempo de las primeras cruzadas, aquellos ochenta mil cristianos habían oído misa y comulgado antes de marchar a la peligrosa campaña provocada por la ambición y el odio de los infieles.
Don Juan de Austria, al estampido de un cañonazo con que anunciaba al ejército cristiano la proximidad de la batalla, mandó izar en la galera real el estandarte sacrosanto de la Liga, el cual había bendecido el Papa Pío V; y Alí-Bajá al mismo tiempo levantó en la suya el estandarte de la media luna.
Pero cuando entrambas armadas, desplegando sus banderas, se dirigieron a alta mar para formarse en orden de batalla, Alí-Bajá lanzó mil maldiciones al cielo; y Don Juan de Austria, aunque con el presentimiento de la victoria, besó con religioso fervor un crucifijo que llevaba siempre consigo, porque ambos caudillos venían engañados, respecto de las fuerzas que de uno y del otro lado iban a entrar en combate, y que las siete islas Curzolares, que se levantan en aquellas aguas gloriosas, habían ocultado en gran parte.
El pavor llegó a apoderarse de algunos generales en ambos ejércitos; pero Alí-Bajá y Don Juan de Austria eran hombres de corazón de
acero y ardían en el deseo bélico de coronarse de gloria en aquella grande empresa.
Jamás había visto el mundo, ni verá, tal vez, dos armadas más poderosas dispuestas a despedazarse sobre las ondas movibles e inseguras del océano.
Don Juan de Austria, comunicando el fuego de su corazón a aquel ejército de valientes, disponía el orden de la batalla con la serenidad de los héroes.
— j Españoles, exclamaba, a vencer hemos venido o a morir, si Dios lo quiere! jNo deis lugar a que vuestro arrogante enemigo os pregunte con soberbia impía dónde está vuestro Dios; pelead con fé en su santo nombre, que muertos o victoriosos gozaréis de la inmortalidad! J Venecianos! i Hoy és día de vengar afrentas; menead, como siempre, con brío y cólera las espadas!
Y los corazones de los combatientes se inflamaban con aquellas palabras de fuego.
Iban de vanguardia seis galeazas venecianas mandadas por Marcos Querini. El cuerno izquierdo, compuesto de sesenta galeras, iba a cargo de Agustín Barbarigo. Mandaba el derecho Juan Andrés Doria, con igual número; y el centro de la batalla, con sesenta y tres galeras, el generalísimo Don Juan de Austria, llevando a sus dos lados a los generales de Roma y Venecia, Marco Antonio Colonna y Sebastián Venieri. El marqués de Santa Cruz, Don Alvaro de Bazán, quedaba a retaguardia con treinta y cinco galeras.
La flota turca, que era mucho más numerosa que la cristiana, formaba una media luna, dividida también en tres cuerpos, mandados por Mehemet-Siroko, Uluch-Alí y los bajaes Pertew y Alí, de modo que, frente a frente y cuerno a cuerno, el estandarte del Gran Turco tremolaba a la faz del estandarte sagrado de la Liga.
La naturaleza estaba tranquila. El día era hermosísimo, y las armas relucientes de ambos ejércitos, y las inscripciones de oro y plata de las banderas Turcas, y las estrellas, las lunas y los dorados fanales que servían de adorno a los bajeles otomanos, deslumhraban los ojos brillando con regio esplendor a los rayos del sol.
Era un espectáculo magnífico, grandioso, verdaderamente sublime.
Aquellos dos gigantes, midiéndose con la vista, se contemplaron por breve espacio con mutua admiración.
Bien pronto un cañonazo que disparó la galera de Alí, interrumpió aquel imponente silencio; y Don Juan de Austria contestó con otro, á tiempo que los musulmanes con inmensos alaridos se arrojaban al combate, chocando al primer ímpetu el ala derecha de los turcos con la izquierda de los cristianos, que iban mandados por Agustín Barbarigo; y la de Juan Andrés Doria con la de Uluch- Alí, quien apresó la capitana de Malta, y pasó a cuchillo a todos sus hombres de guerra y remo.
Don Juan de Austria y Alí- Bajá hicieron chocar con terrible estruendo sus galeras: pero
la Real de España hizo grande estrago en la gente de la del turco.
Peleaban los venecianos contra los verdugos de su patria con toda la saña y el indomable volor que les había dado fama de briosos guerreros.
Aguijoneados por el fanatismo, aquellos hombres se despedazaban como tigres carniceros; y acciones heroicas hubo que los hombres no hubiesen atribuido jamás ni a los héroes fabulosos.
Don Juan de Austria, que estaba en todas partes blandiendo su formidable espada, seguía con los ojos a un joven que en las galeras de Barbarigo se señalaba aun entre tantos valientes.
Con grave herida en el pecho y una bala de arcabuz en el brazo, aquel joven luchaba y luchaba, como si hubiese sido nutrido con médula de leones.
— jVenierif, exclamó Don Juan de Austria, ¿quién es ese joven tan bravo y tan hermoso?
— Es Antonio Dándolo, señor, sobrino de Nicolás, el Proveedor de Nicosia, cuya cabeza nos envió el bárbaro Mustafá.
— Es uno de los hombres más valerosos que conozco, añadió Don Juan de Austria, habréis de presentármelo, si saliere con vida de este horroroso combate.
Pero el combate se hacía cada vez más horrible y encarnizado; y aunque era de día peleaban en la más profunda oscuridad.
En medio de las sombras negras y pavorosas que había hecho nacer el humo de la pólvora, brillaban las chispas que despedían las
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espadas como fugaces relámpagos en noche de tempestad.
El mar, teñido de roja sangre, se irritaba con las evoluciones de aquellas naves como el corcel salvaje que por primera vez siente sobre sus espaldas el peso del ginete.
De vez en cuando se iluminaba la batalla sombríamente con el incendio de alguna nave, y se veía el encono y brío de los combatientes, el mar rojo y cubierto de cadáveres, abriéndose para tragar los bajeles que los cañones deshacían, y el espacio lleno de flechas y balas que se cruzaban sin descanso . . .
Temblaba ya el turco. Llevaba el cristiano la ventaja, que había arrebatado al contrario con su arrojo y su bravura, pero aun no tenía trazas de terminar la lucha.
Un soldado oscuro, un arcabucero español dio fin a la batalla, poniendo el pié en la galera real de los turcos y trayendo luego a Don Juan la cabeza del Generalísimo Alí-Bajá.
Don Juan rechazó indignado el inmundo presente y mandó arrojarlo al mar, pero la soldadesca, al grito de victoria que llenaba los aires, acuchillando a los turcos que huían, clavaron la cabeza ensangrentada del Bajá en una pica y adornaron con ella la popa de la galera real de España.
Cuando el sol alumbró aquel campo inmenso en que habían perecido más de cincuenta mil hombres, cuyos cadáveres flotaban en las ondas rojas e hirvientes del océano dando un aspecto sombrío a sus llanuras esmaltadas con
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los restos de los bajeles destrozados y las armas y los pendones de los muertos y de los vencidos, Don Juan de Austria hizo buscar el cuerpo de Antonio Dándolo, a quien juzgaba muerto por no haberle hallado entre los vivos.
¿Qué se había hecho aquel joven tan noble y tan valeroso? ¿Le habría llevado cautivo UluchAlí, que había logrado escaparse con cuarenta galeras? El cadáver de José Maino, sin cráneo porque se lo había llevado una bala de cañón, horriblemente desfigurado, estaba allí sobre la cubierta de una de las galeras de Agustín Barbarigo. ¿Habría logrado aquel desgraciado cumplir sus criminales designios, o la mano de Dios se lo había impedido?
Dios es muy grande.
Dios ha puesto en el hombre el corazón, que siente, y la conciencia, que acusa.
Miguel Dándolo tenía miedo porque los remordimientos empezaban a maltratarle el alma.
Aun había algo de bueno en el fondo de aquel corazón sombrío.
El día de la batalla de Lepanto, oculto ya el sol, cuando Don Juan de Austria inquiría el paradero del valeroso voluntario de Venecia, Miguel Dándolo, solitario, grave, pensativo, se hallaba sentado en un rico sitial, en uno de los
salones del palacio de sus antepasados, que estaba adornado con aquel lujo esplendoroso que era el orgullo de la noble ciudad.
Miguel Dándolo oyó pasos y el ruido de una espada que chocaba en el pavimento.
Temblando y dominado por una impresión desconocida, acudió a la puerta, que estaba cerrada, y escuchó una voz cavernosa que le llamaba con sigiloso misterio.
— i Abrid í respondió, sin pensar en el espanto que se había apoderado de él al timbre desconocido de aquella voz que le hirió profundamente los oídos.