Cuentos escogidos · Unidad 12 de 19

Unidad de lectura 12

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

La puerta se entreabrió, sin ruido, con una lentitud asombrosa, que ponía miedo en el alma de aquel infeliz; y un caballero, armado de todas armas, densamente pálido, con los ojos fijos, profundos y sin brillo, con la ropilla ensangrentada y una anchurosa herida en el cuello, apareció a su vista.

De cuando en cuando goteaba sangre la herida, cuyos labios cárdenos temblaban.

— ]Mi hermano!, gritó Miguel Dándolo con extraño estremecimiento y ahogándosele la voz en la garganta.

— Sí, tu hermano, tú has mandado a quitarme la vida, pero yo te lo perdono; anda, Miguel, anda, y arrójate a los pies de tu padre, que Dios no quiere que vivas para el crimen.

Y su voz era grave y profunda como el ruido lejano que anuncia las tempetades.

— jOhí perdóname, exclamó el infeliz ca-

yendo de rodillas, y asiendo de la mano al generoso compañero de su infancia.

Pero aquella mano estaba helada con el frío de los muertos, y el guerrero se iba desvaneciendo lentamente como las nubes que cruzan el espacio impelidas por el viento.

Miguel Dándolo lanzó un gemido que desgarraba el corazón, y con el pelo erizado y los ojos abiertos desmesuradamente, trémulo y aturdido, dio con la cabeza en el pavimento como si todas las fuerzas se le hubiesen escapado.

Luego reinó un silencio terrible, únicamente interrumpido, a las veces, por las olas del lago que se rompían sobre la arena.

Al otro día, ya avanzado el sol, cuando Juan Dándolo estaba a la mesa con algunos amigos, Miguel abrió los ojos con la mirada del asombro y se precipitó fuera del salón arrojándose a los pies de su padre, que tenía el corazón inflexible y duro para los que faltaban a la justicia y al temor de Dios.

— j Señor í exclamó ciego con la visión espantosa que no se le quitaba de la vista, he asesinado a mi hermano, y el castigo debe venir detrás de los crímenes que horrorizan al mundo. Mandad a darme la muerte, señor, que soy un miserable que no debe volver a contemplar la luz del día, mandad ... y las lágrimas, brotando del corazón del infeliz, no le dejaron proseguir.

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Juan Dándolo escuchó perplejo, con terribles ojos, la noticia que le hería dolorosamente en su corazón de padre. Los caballeros estaban asombrados, porque en Venecia no se concebía el fratricidio, que derrama la propia sangre en desprecio de la naturaleza y del poder infinito que la rige.

En seguida, el desgraciado padre, combatido pos encontrados dolores, inclinó la cabeza fijando su severa mirada, con ira y con repugnancia, en el rostro descompuesto del hijo infeliz que le despedazaba las entrañas.

Al verle la faz enérgica, los ojos ocultos bajo espesas cejas, la frente despejada, la nariz aguileña y los labios desdeñosos bañados de una expresión poderosamente grave y de un dolor inmenso, Miguel Dándolo sintió que le flaqueaban las piernas y prorrumpió en quejas que hubieran ablandado a corazones de piedra.

— Esto es terrible, murmuró entre dientes César Bandini.

Pero Juan Dándolo no oía; y con el semblante cubierto de espantosa palidez alzó la cabeza con orgullo, y exclamó imperiosamente dirigiéndose a su hijo:

— i Sigúeme í

Miguel le siguió humilde, con las manos entrelazadas, a una pieza inmediata, que en otros tiempos había sido la sala del tormento.

Los caballeros permanecieron inmóviles; pero César Bandini, que presentía algo extraordinario, se fué tras ellos y pretendió hablarle a

Juan Dándolo, que le cortó la palabra en los labios.

— Calla, que marcharé sin desviarme hasta cumplir mi penoso deber; aquí no está el padre sino el juez.

Bandini tembló ante aquella alma que habia visto, ya noble y tierna hasta parecer débil, ya severa e inexorable hasta la crueldad.

Juan Dándolo indicó un puesto de honor a César Bandini, y luego sentándose con majestuosa calma, dio orden de que se buscase al verdugo.

El dolor y la indignación del padre arrancaron al juez palabras que hacían temblar por la severidad y el sentimiento que encerraban.

Miguel Dándolo desfallecía; y cuando vio que el verdugo que le iba a cortar la mano, se dirigía hacia él, hizo un movimiento repulsivo y se arrodilló a los pies de Juan Dándolo; de Juan Dándolo, noble y terrible como la justicia de Dios.

— Perdón, murmuró el infeliz, que ya no tenía fuerzas.

— Tú no le tuviste para aquella víctima inocente.

— lOK señor í dijo bañado en lágrimas y arrastrándose a sus pies, perdonadme como perdonará Dios, no me quitéis el honor í

— jEl honor, el honor í exclamó Juan Dandolo, ¿te acordaste de él cuando lo hundiste sin pertenecerte? jEaí tanta debilidad me irrita, e hizo una señal al verdugo, que apoderándose

del joven lo sacó arrastrando de aquella pieza sombría.

Insensible hubiérase creído a Juan Dándolo a no ser por una palidez tan mate que parecía que le arrancaban las entrañas.

A poco un grito salvaje, un alarido lastimero vino a romper el silencio que reinaba, y César Bandini, que con mano trémula contenía los latidos de su corazón, que no le dejaba respirar, quiso adelantarse; mas un gesto de imperio que cruzó la cadavérica cara del malhadado padre le mantuvo inmóvil.

Abrióse al fin la puerta y el verdugo apareció .

— i He aquí la mano de Miguel Dándolo, dijo, la justicia humana está satisfecha I y arrojó una sangrienta mano al suelo.

Juan Dándolo se dirigió a la puerta del salón, la abrió, y gritó:

— Señores, venid a ver la justicia hecha en la persona del asesino de Antonio Dándolo.

Era el último triunfo que el deber del juez arrancaba al corazón del padre.

Pero cuando se acercaban al lugar en que Miguel había sido ajusticiado, escucharon una detonación que les hizo estremecerse.

Aquel desgraciado, inmóvil, bañado en sangre, estaba tendido en el suelo, al pié de un tajo, con un arma de fuego en la mano.

Juan Dándolo, más pálido que la muerte, señalándole con honda conmoción, dijo al ayuda de Cámara:

— Vestidlo cual corresponde a su clase; ha rauerto como debía morir; era un Dándolo.

Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla del anciano, a quien la desgracia perseguía.

Pálido, frío, inerte, y cerrado de negro estaba Miguel Dándolo, tendido en su lecho con la majestad de la muerte.

Cerca de él, el Superior de San Pablo y algunos sacerdotes más rezaban en voz baja las oraciones de los difuntos.

Muy tarde era ya; pero la caridad les mantenía en su puesto dando testimonio de la grandeza de la religión cristiana.

Rezaban los sacerdotes, viéndole con ojos de conmiseración, cuando Miguel Dándolo hizo un pequeño movimiento con los hombros.

Los sacerdotes se levantaron y poniendo las manos en la boca y sobre el corazón del infeliz, esperaron llenos de curiosidad y asombro.

A poco, Miguel Dándolo hizo otro movimiento y abrió los ojos fijándolos con insistencia y miedo terrible en el rostro del Superior de San Pablo, que le contemplaba con profunda lástima.

— Sin duda estoy ya en el otro mundo, murmuró sin saber lo que decía.

— No, le respondió el Superior de San Pablo, Dios quiere que permanezcas aún en latie-

rra, para que des testimonio de su infinita n\isericordia y laves tu corazón en el agua de la virtud, que quita los pecados del mundo.

— Si, yo voy a arrojarme a los pies del Padre Santo y a vestir el hábito de los descalzos de San Francisco.

— Dios te perdonará, hijo mío, porque el arrepentimiento y la caridad abren las puertas del cielo.

— Rogad por mí, padre, porque mis pecados son horribles; horribles como el espíritu de la maldad. Ya arrepentido, lleno de la humildad de Jesucristo, Satanás me impulsó con la soberbia a arrebatarme la vida; pero Dios se ha compadecido de mi miseria y me ha dejado ver todo el horror de mis pasiones criminales.

— Vive, hijo mío, vive para la salvación de tu alma y para gloria de Dios misericordioso, á quien tanto has ofendido.

Y el plebano de San Pablo, con palabras llenas del espíritu de San Agustín, que fortalecían el alma de Miguel Dándolo, examinó las heridas, que no eran graves, dio orden de que se impusiese de todo al noble anciano, mandó a buscar médico, y se sentó tristemente a la cabecera del enfermo, quien había vuelto a quedar silencioso e inerte a causa de la sangre que había perdido.

Marco Antonio Colonna había entrado en Roma como los antiguos triunfadores; había subilla

do al Capitolio y consagrado una columna de plata al altar de Nuestra Señora en la Iglesia de Aracoeli. El pueblo le victoreaba con frenético entusiasmo, y el gobierno mandaba erigirle una estatua de mármol.

Por medio de aquella regocijada muchedumbre del pueblo romano, descalzo, cubierto de un hábito pobre y raído, llevando un rudo cilicio, con la cabeza inclinada, respirando humildad y mansedumbre, atravesaba un joven que venía de muy lejos, durmiendo a campo raso y comiendo únicamente, cuando ya el sol había desaparecido en el horizonte, pan duro y agua que llevaba en unas alforjas miserables.

Aquel desdichado era Miguel Dándolo, que iba a obtener el perdón del Papa, cuya fama de santidad había dado la vuelta al mundo.

Pío V, aquel Papa que condenó a Baius, duro, lleno de rigor con los herejes, tenía el corazón de cera cuando le hablaban en nombre de la religión cristiana con el amor de Dios y el arrepentimiento en el corazón.

A tiempo que el Papa salía del Vaticano, Miguel Dándolo se arrodilló ante él, en el pórtico en que los penitentes hacían sus confesiones públicas.

Pío V, modelo del famoso Sixto Quinto, animado de un celo ardiente por la fe cristiana, rígido para el castigo, pero humano y misericordioso con los arrepentidos, dejó caer su mirada poderosamente grave sobre el miserable penitente, y oyó con calma la relación de sus trabajos y de sus crímenes, que horrorizaban.

— Levántate, le dijo, horribles han sido tus crímenes, y espantosa fuera la maldición que en nombre de Dios hubiese arrojado sobre tu cabeza, si él, que es todo amor y misericordia, no hubiera abierto tus ojos a la luz de la fe. Levántate, Miguel Dándolo, levántate y marcha a vivir en la penitencia y la oración para que Dios te perdone tus inmensos pecados.

— jTú tienes las llaves del cielo, oh Papa, bendíceme I exclamó Miguel con el abatimiento de la desesperación.

— Anda, le respondió Pío V, que el espíritu malo se aparte de tí y que Dios te perdone.

Y Pío V marchó seguido de los cardenales del Sacro Colegio y de la lujosa comitiva que siempre le acompañaba.

Miguel Dándolo se levantó, triste y meditabundo, y volvió a tomar camino por entre el gentío, que le abría el paso con respeto y con lástima.

Juan Dándolo no durmió la noche aciaga en que supo la muerte del hijo que había sido su más hermosa esperanza.

Sentado en un sitial había permanecido dos días, abrumado con el peso de sus dolores.

Al tercero sintió el alborozo de la ciudad, que celebraba la victoria de Lepanto, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Al cuarto oyó gran ruido de armas a las puertas del palacio.

Hacía aquel ruido Sebastián Venieri, a quien Don Juan de Austria había encargado de conducir una carta y el cadáver embalsamado del bizarro joven, que halló al fin en las mismas aguas de Lepanto.

Momentos antes, Juan Dándolo hubiera dado todas los años que le quedaban de vida por poder estrechar sobre su corazón aquel frío cadáver.

El anciano sintió un gozo extraño, y estrechó entre sus brazos, con religioso silencio, a Sebastián Venieri.

¿Qué mezcla desconocida de severidad y dulzura, de crueldad y de sentimiento, había en el corazón de aquel hombre?

Cuando Juan Dándolo quedó solo junto al cadáver de Antonio, rogó a Dios, con las lágrimas en los ojos, que perdonase aquel crimen y diese luz al alma del hijo que le había llenado la vida de lágrimas y desesperación.

El nombre de Miguel Dándolo había muerto para el mundo.

Nadie había vuelto a acordarse de aquel infeliz a quien enloquecieron las pasiones y Dios tocó con su dedo misterioso.

¿Había muerto? ¿Llevaba, lejos del mundo, la vida de los escogidos del Señor, o impaciente y desesperado había vuelto a enfangarse en la carrera del crimen?

Juan Dándolo lloraba al recordarle, sin que se supiera si eran lágrimas de dolor, o de arrepentimiento por no haberlo perdonado; y María Bandini, retirada del bullicio del mundo, rogaba a Dios le perdonase sus crímenes.

Si el mal no se mostrase en todo su horror no podríamos apreciar nunca toda la hermosura del bien.

Los sacerdotes y los monjes de Venecia vivían por aquel tiempo en medio de los goces mundanos, con tal escándalo de la religión cristiana que a exigencias de muchos prelados el dux expidió un edicto dando plenos poderes a los visitadores apostólicos para castigar rigorosamente y sin piedad a los eclesiásticos que faltasen a sus deberes.

Miguel Dándolo había huido a las soledades, lejos de las pasiones mundanas y de aquel clero indigno de sus altísimos fines.

En las montañas cisalpinas vivía, en una humilde casa que a fuerza de paciencia y de trabajo había fabricado con sus propias manos.

Difícil hubiera sido reconocer en aquel mon-

je austero, de larga barba y grave semblante, que pasaba los días en el estudio y la oración, al joven imberbe, alegre y licencioso, de los casinos venecianos.

Al vestir el hábito de los descalzos de San Francisco, queriendo echar espeso velo sobre su vida pasada, abandonó su nombre y tomó el del fundador de aquella virtuosísima orden.

La fama de sus virtudes y de su elocuencia se extendía por todos los pueblos de Italia, atrayendo gran número de gentes que deseaban escuchar sus palabras y besar sus miserables ropajes.

Era el amparo y el consuelo de todos los desgraciados, y el terror de los malos sacerdotes y de los impíos, cuyos errores denunciaba a la cólera del cielo y al desprecio de los hombres.

Y sin embargo, el monje, cuya vida de virtudes asombraba, tenía miedo de predicar en las ciudades y se negaba a las repetidas instancias de los que querían oirle desde lo alto del pulpito.

Pero un día el plebano de San Pablo vino a arrancarle del retiro en que pensaba pasar el resto de sus días.

En vano rogó y clamó el pobre monje que le dejasen tranquilo en medio de sus buenas gentes, retirado del centro en que hierven las pasiones.

— Ven conmigo, le contestó el plebano, son los malos los que necesitan de la palabra de Dios, y no hay mayor gloria para los corazones cristianos ni mérito mayor a los ojos del Ser

Supremo que el vencer en lucha abierta a los espíritus infernales.

Y el monje inclinó la cabeza y siguió silencioso al plebano de San Pablo.

Desde la altura de la cátedra del Espíritu Santo, en la hermosa iglesia de San Pablo, la voz inspirada del monje de las montañas cisalpinas tronaba contra los abusos y la depravación de las costumbres.

Llevaba a las veces el miedo y el espanto al corazón de los impíos; y a las veces les hacía derramar lágrimas con el poder de su elocuencia, impregnada de la fe católica.

Su voz resonaba clara y sonora bajo las bóvedas de la antigua iglesia; y sus grandes y poderosos ojos negros se elevaban al cielo como para tomarle por testigo de la sinceridad de su palabra.

Acostumbrado ya a la muchedumbre que llenaba siempre la iglesia, a los ojos que seguían sus más pequeños movimientos, su tranquilidad era admirable, y enseñoreábase del auditorio, que le contemplaba trémulo y cabizbajo en el más profundo silencio.

Eran muchos los conversos y penitentes, y muchos los que buscaban la paz del alma en el secreto de la confesión, después de oir su

palabra que caía sobre ellos como azote de lo alto.

Cierto día al bajar del pulpito vio arrodillada a su paso a una mujer hermosísima que le suplicó la oyese sin retardo en confesión.

Aquella mujer era Gabriela, una de las más bellas y célebres cortesanas de Venecia, cuyas aventuras recordaban las de la antigua Speronella.

Pastor cristiano, él no podía negarse a enseñarle el camino a la oveja descarriada que quería volver al redil ; mas antes de dar comienzo a la confesión oró de rodillas rogando a Dios que no le desamparase, y le diese valor para vencer el espíritu malo, que podía perderle para siempre.

Las escandalosas aventuras de la hermosa cortesana, que parecía inspirada por Satanás; sus ojos fascinantes, y el veneno de las palabras que le caían de los labios, hicieron que el pobre monje, olvidando su carácter y ministerio, volviese con el pensamiento a aquel mundo que había abandonado, y ella pintaba con vivos colores de seducción; mas, sobreponiéndose al fin con poderoso esfuerzo de voluntad, pintó a Gabriela con tal elocuencia la fealdad de sus pecados, de tal modo le conmovió la imaginación y el corazón con la imagen de los tormentos

eternos, que la cortesana tembló espantada, y al cabo lanzó como enloquecida un grito nervioso, y dio con el cuerpo sobre las frías losas.

Sola estaba ya la iglesia, y alumbrábala únicamente la lamparilla que nunca se apaga en los templos.

Lleno de temor, de un miedo desconocido, el monje la llamó pronunciando su nombre, trémulo de conmoción. Pero su voz se perdió en las bóvedas de la grande iglesia, sin que obtuviese respuesta.

Luego aplicó el oído a todas partes; el profundo silencio que reinaba le sobrecogió fuertemente, y cayó de rodillas:

— J Señor, Dios míof exclamó, no me abandones, ten piedad de mí, y dame fuerzas para sufrir tantas pruebas! j Señor, Dios mío, óyeme í entra en mi corazón y purifícalo con tu santo aliento. Acuérdame, Señor, la paz y el reposo de mi conciencia; déjame perseverar en la virtud para alcanzar el perdón de mis horribles pecados. jNo me abandones. Señor, sálvame, y sé un juez lleno de misericordia conmigo í

Con mayor confianza en sí, después de haber invocado el favor de Dios, adelantóse el monje y desató los lazos del corpino de la cortesana para que respirase con desahogo. Pero aquella belleza infernal, sonreída con la gracia y la dulzura de los ángeles, permanecía inmóvil, como si hubiese dejado de existir. Tendida sobre las baldosas, con los cabellos negros, espesos y brillantes esparcidos sobre el seno blanco y des-

nudo, parecía una herniosa estatua griega caída de su pedestal.

El monje se estremeció intensamente, y juntando las mano, quedó, a pesar suyo, como en éxtasis contemplando arrodillado la hermosura espléndida de Gabriela.

Súbitamente brilló una gran luz roja iluminando de lleno la iglesia.

El monje levantó la cabeza poseído de una impresión imposible de describir, y vio de pies, grave y sombrío, en la puerta de la sacristía, al plebano de San Pablo con una hacha de luz en la mano y rodeado de los sacristanes y bedeles de la parroquia.

El monje se levantó bruscamente y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó de una manera desgarradora:

— i Piedad, piedad. Dios míoF

— Impío, mal cristiano, espíritu infernal que te vales de la religión para saciar tus inmundas pasiones, tú serás castigado horriblemente.

Y a una señal del plebano, el infeliz monje, que no opuso resistencia, fué despojado de sus hábitos e insignias cristianas y arrastrado a una oscura prisión, en donde le dejaron solo con pesados hierros en los pies.

Al siguiente día, los prelados, unánimemente y sin piedad, condenaron a Miguel Dándolo a ser encerrado en la Chebba hasta el fin de sus días.