Cuentos escogidos · Unidad 14 de 19
Unidad 14 · YULI, LA ESTRELLA DE LA MAÑANA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
YULI, LA ESTRELLA DE LA MAÑANA
Dos poraukas o guerreros conducían al gandul Hurivai a la presencia del soberbio cacique Kausinapa.
En medio de la naturaleza virgen de la Goagira, que parece agobiada por el peso de su espléndida vegetación, y al pié de los grandes árboles que sombreaban el espacioso caney del cacique, esperaba éste rodeado de sus guerreros.
A su lado se erguía el viejo piache, Aimara, cuyo rostro sombrío y profundas arrugas infundían respeto y miedo. Más lejos se distinguía un grupo de indias, que probablemente pertenenecían a las familias de los guerreros, y sobre ser hermosas estaban pintadas y ataviadas con esmero, luciendo largos mantos azules, ajorcas de oro y collares de corales y peonías.
No menos lujosos vestían el cacique y los
de su comitiva, que ostentaban pinturas, adornos y galas, entre los que llamaban la atención las bellas plumas de las tequiaras, las sartas de menudos caracoles marinos, las joyas y piezas de oro que les cubrían los brazos y el cuerpo, y el arco y las flechas y la resplandeciente macana, larga como una espada.
Un silencio imponente reinaba en torno del cacique.
El gandul Hurivai, sujeto por la muñeca al extremo de una cadena, se prosternó ante el cacique, el cual le ordenó levantarse.
— Alza, Hurivai, alza, repitió Kausinapa con voz solemne y reposada; ¿sabes por qué te conducen atado a mi presencia?
— Lo ignoro, señor; ningún crimen he cometido; no lo cometen los que saben ser fieles y guerrear como yo con el arrojo y la fuerza del caimán, respondió el gandul levantando la cabeza con altivez.
— Sí, yo lo sé; sé que tu brazo es fuerte como el pedernal, y que nadie te supera en el combate: y, sin embargo, Hurivai, te acusan de un gran crimen.
— ¿Y quién me acusa? tú sabes señor que la serpiente se arrastra para morder.
— Te acusan muchos; muchos son testigos de tu crimen . . .
— ¿Y cuál es mi crimen? ¿De qué me acusan? — i De sacrilegio!
— i De sacrilegio! exclamó el gandul con asombro.
— Sí, has sostenido que tú conoces en el
mundo algo más hermoso y resplandeciente que el dios Shoü, que nos alumbra y fecunda la tierra; y tú sabes que el sacrilegio se castiga con la hoguera.
— Y tú, poderoso cacique, ¿crees que no hay nada más hermoso que el sol?
— Sí, el Grande Espíritu, Amariba, que ha creado y gobierna el universo.
— El, Amariba, me proteja; él sabe que yo no he cometido ningún crimen.
— ¿Niegas, pues, la acusación? ¿No puedes justificarte?
— No la niego, poderoso cacique, no la niego; pero antes de imponerme el castigo otórgame una gracia.
— Habla, ¿qué deseas?
— Deseo que así que sepas que es lo más hermoso que hay en la tierra, me sometas a la prueba del fuego y la serpiente, para que el Grande Espíritu sea mi juez y diga si he cometido el crimen de sacrilegio.
— Aimara, dijo el cacique volviéndose hacia el piache, ¿puede otorgarse esa gracia?
— Sí, poderoso cacique; el Grande Espíritu está por sobre todos los dioses.
— Habla, pues, dijo Kausinapa al gandul.
Los ojos del gandul brillaron con inmenso gozo, y después de un momento de silencio, dijo:
— i Ilustre y poderoso cacique í allá, a las orillas de la laguna, en la tribu de los sabriles, vive Yulí, la estrella de la mañana, hija de Tangarala, la encantadora déla selva; ¿quién puede
haberla engendrado sino el mismo Shoú que fecunda la naturaleza? Sus ojos resplandecen como los astros; sus labios engañan a las abejas, su voz al pájaro que canta a los rayos de la luna. Más hermosa que la garza real del lago y las palomas blancas de las montañas, yo la vi y quedé deslumhrado y caí de rodillas adorándola. Si cuando tú la veas, poderoso cacique, no piensas como yo y no sientes tu corazón traspasado por la flecha, que el Grande Espíritu dé testimonio contra mí, y destruido por el fuego de la hoguera lleve Yarfá mi ánima a las profundidades llameantes del Catatumbo.
Los indios se estremecieron ante la audacia del gandul, palideció el cacique intensamente; y el piache, grave y sombrío, hizo traer un tizón y una serpiente cascabel, y agitando por sobre su cabeza el largo tizón, que arrojaba llamas, y la terrible serpiente, cuyos anillos sonaban siniestramente, los lanzó sobre Hurivai.
El tizón no quemó al gandul, la serpiente cayó a sus pies enroscándose con furor; y el gandul, ágil y animoso, tomó con presteza el tizón y carbonizó la cascabel.
Un alarido de asombro salió del pecho de los circunstantes. El gandul se alzaba victorioso de la prueba.
Yulí, la estrella de la mañana, había dado a Hurivai un talismán: la flor maravillosa del amor.
Hurivai y Yulí fueron la estirpe de una tribu de guerreros, célebres por su arrojo y hermosura.