Cuentos escogidos · Unidad 13 de 19

Unidad de lectura 13

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Rodeado de penitentes negros y enmascarados que marchaban a sus lados llevando fúnebres antorchas y cantando las oraciones de los muertos, sacaron aquella misma noche a Miguel Dándolo de su miserable encierro.

En medio de aquellas dos filas imponentes que infundían pavor al pueblo, iba el infeliz humildemente, con paso grave y taciturno.

La procesión tomó la vía de la Piazzetta y al llegar al frente de la puerta del palacio ducal llamada Porta della Carta^ hicieron que el monje pasase por entre las columnas de la justicia, que son dos pilares de granito en que se hacían las ejecuciones por mano del verdugo. (*)

Siguiendo aquella carrera ignominiosa fué conducido a la plaza de San Marcos.

Del altísimo campanario de aquel magnífico templo pendía una larga y fuerte cuerda que sostenía una caja de madera cuadrada, hueca, con barrotes de duro palo, y asegurada con hierro en sus extremos.

* Alfonso Royer, al describir el horroroso suplicio de la Chebba, dice que en la Biblioteca de Venecia se conserva un antiguo grabado que representa el impuesto a un sacerdote, llamado el padre Agustín, en cuya boca ponen el siguiente 'lamento:"

Prima mi misser fra le due colonne della giustizia ben stretto ligato. Imperator senza imperio m' han fatto. Sopra del tribunal della giustizia altri con allegrezza, io con mestizia fui corónate senza darmi il scettro.

(Entre las dos columnas de la justicia me han puesto, estrechamente ligado. Emperador sin imperio me han hecho. Sobre el tribunal de la justicia me han coronado, llenos de alegría, a pesar de mi tristeza, sin darme el cetro.)

El monje estaba impasible, resignado. Daba miedo la conformidad de aquel hombre.

Encerrado en la estrecha caja, con un pedazo de pan negro y un vaso de agua, fué izado a una altura considerable, en donde, suspendido entre el cielo y la tierra, debía esperar a que la muerte fuese a arrancarle de aquel bárbaro suplicio.

Al verse en estado tan miserable estalló la desesperación en el pecho del infeliz, que creyó volverse loco.

Al fin hubo de calmarse el pobre monje, que arrodillándose con cristiana resignación imploró el favor de Dios y le dio gracias por haber fijado en él sus ojos probándole duramente.

Abandonado a las inclemencias del tiempo, abrasábale el sol; y el frío délas noches le causaba horribles padecimientos.

Así permanecía, aceptando aquel martirio por la salvación de su alma, hasta que un día halló, al extremo de la cuerda con que acostumbraban a subirle el vaso de agua y el pan negro, un paquete voluminoso que desplegó ansiosamente por entre los barrotes de la caja.

Era una ancha vela de navio, gruesa y fuerte, y unas tijeras en que estaba grabado el nombre de Gabriela, hermana reclusa del convento de Santa Zacarías.

El monje oró dando gracias a Dios por la conversión de la cortesana y el fin que daba a sus horribles padecimientos.

Llegada la noche el monje hizo largas y fuertes cuerdas con la vela de navio, atólas unas

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con Otras, y aseguró uno de los extremos a los más gruesos barrotes de la caja.

De éstos rompió luego otros para poder pasar el cuerpo; y sigilosamente, para que los m guardias de la torre no le advirtiesen, empezó M a descolgarse contando con verse libre sobre las losas de la plaza.

Pero el desgraciado, con el gozo de salir de aquella miserable prisión, no había calculado la distancia que le separaba del suelo, y se encontró al fin de la cuerda con un inmenso abismo debajo de los pies.

Como loco trató el monje de volver a aquella horrible caja; pero fueron vanos sus esfuerzos y cayó dando un grito de desesperación sobre las baldosas de la plaza.

Aquella misma noche murió el monje, Miguel Dándolo, el fratricida, asistido por las hermanas de la caridad y pidiendo cristianamente a Dios la remisión de sus culpas.

1866.