Cuentos escogidos · Unidad 16 de 19

Unidad 16 · EL PAJARO BLANCO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL PAJARO BLANCO

A Anstides Rojas.

Juana, joven y hermosa como un rayo de sol, estaba sentada en la galería del hogar y cosiendo en actitud tan triste como si presintiese terribles desgracias.

Cerca de ella, en la sombra, se hallaba un joven de gallarda presencia, reclinado en un sofá, inmóvil y silencioso, como si le devorase el fastidio.

Del patio cercano, de donde subía el olor de la hierba fresca recién cortada mezclado al aroma de las rosas y las magnolias, se alzaba el canto apagado y triste de un pájaro blanco y de alas azules que en días más alegres poblaba el contorno de notas armoniosas como torrentes de perlas que cayesen en planchas de finísimo oro.

El pájaro blanco de alas azules, prisionero en lujosa pajarera, había sido regalado a los jó-

venes esposos, como talismán de mucho precio, por un hada misteriosa que les había acariciado desde los primero años de su vida, cuando el amor comenzó a tejer para ellos sus lazos de rosa.

El hada, al llevarles el pájaro, les había dado excelentes consejos.

— Guardad este pájaro — les dijo — como un tesoro inapreciable. Mientras esté con vosotros y seáis fieles seréis venturosos porque mi espíritu le acompaña a todas partes. Tratad de vivir unidos y de tenerle bien seguro, porque tiene alas muy ligeras y gusta mucho de refrescar su cuerpo en el espacio.

Y desde aquel día el pájaro blanco de alas azules, cuya voz era un torrente de armonías, llenaba la casa de encanto y de felicidades co« mo a palacio favorito de las hadas, porque entrambos esposos le mimaban y cuidaban con esmero.

Pero este día cantaba con voz muy débil y muy triste, y los dos hermosos jóvenes estaban desolados y pensativos.

Pensaba ella que era la primera vez que su amado había entrado y no le había impreso en la frente el beso de costumbre, ni le había dicho una sola palabra cariñosa; y él, preocupado con el silencio y la tristeza de su compañera, la amada de tantos años, arrugaba el entrecejo y lanzaba el pensamiento lejos del hogar; mientras ella se clavaba distraída la aguja, o volvía la cabeza dolorosamente para enjugar una lagrima que le asomaba a los ojos.

j Bienandanzas ilusorias í J Sueños de un díaí jAyí nada, ni el amor es eterno en este mundo .. .

Con los ojos empañados por las lágrimas, pero con la sonrisa que es como la gracia del pudor, Juana alzó la cabeza, y le preguntó como para arrancarle alguna palabra:

— ¿Sabes que hora es?

— No sé, contestó él maquinalmente con expresión de hastío, tal vez las seis.

Pero de repente se levantaron estremecidos. El canto del pájaro había cesado; y al mismo tiempo un ruido sordo y misterioso se había dejado oír.

Corrió él al patio; y Juana permaneció un momento en pié y pálida, con la mano sobre el corazón, que le latía violentamente.

Cuando al fin salió ella al patio, la pajarera estaba hecha pedazos en el suelo, el pájaro había desaparecido, y su esposo tampoco estaba ya allí.

Entonces, llena de angustia, salió y se dirigió al campo anhelando encontrar el pájaro dormido en las ramas de algún rosal, porque era la rosa la flor preferida por el pájaro blanco de alas azules.

Pero la noche había sobrevenido ya, y era tan oscura que, aunque caminó mucho y encontró muchos pájaros dormidos, no pudo distinguir bien la hermosa pluma del pájaro blanco de alas azules.

Desalentada ya, y reflexionando si desandaría aquella larga peregrinación, vio a una pobre mujer que, sentada sobre una piedra a la vera

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del camino^ la miraba fijamente con dulce expresión de lástima.

— Buena mujer, le dijo, ¿no has visto por aquí un pájaro blanco con alas azules?

— jAhí jTan joven y ya la felicidad te abandona í i Entonces debes ser muy desgraciada í

— ¿Y quién eres tú, que así sabes lo que he perdido?

— Yo soy la única que puede darte aliento, contestó la buena mujer; sigúeme, si quieres, y te llevaré a un lugar oculto donde hay muchos pájaros de hermosa pluma y dulce canto. Yo no puedo hacer más por tí.

Y la buena mujer se levantó y se puso en camino con ella.

Ya desviadas por un precipicio, ora heridas por las zarzas, llegaron a un soto espeso donde oyeron el canto de un pájaro que tenía la voz muy semejante a la del pájaro blanco de alas azules, pero que cantaba con entonación melancólica y sombría.

La buena mujer supo sorprenderlo con la delicada viveza de las almas nobles; y ambas le vieron con ansiedad a la luz de la aurora que aparecía espléndida por el oriente bañando el monte lejano de claridades celestes.

Aquel pájaro era negro como la noche; y la joven se retiró tristemente, y lloró, lloró mucho en la soledad, porque aquel pájaro melancólico y sombrío era el símbolo del dolor.

La buena mujer, que era la esperanza, había desaparecido. 1872.