Cuentos escogidos · Unidad 17 de 19

Unidad 17 · LA LEYENDA DEL MANZANILLO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA LEYENDA DEL MANZANILLO

En la antigua provincia de Coro, no lejos del pueblo de Casigua, se extiende una llanura árida y triste, intermitida de trecho en trecho por peligrosos tremedales y espinosas matas de cactus. La vista no descubre ni un río, ni un arroyuelo donde apagar la sed, ni una hoja de árbol que dé esperanza de que tan profunda desolación tenga término. Sólo después de avanzar por aquel desierto se columbra en medio de la llanura, aislado y siniestro, como un fantasma que surgiese repentinamente para aterrorizar a las almas, el follaje verde de un manzanillo que el sol reseca y el viento agita con aciago murmullo; y allá en la lejanía, muy distantes, como huyendo de la tristeza y aridez de aquellas vastas soledades, las cumbres de los cerros de Taratarare y el Palmar, a modo de centinelas que atisban temerosos tanta desolación y miseria.

Y sin embargo, sesudos historiadores cumanagotos que vivieron en la Corte Caiquetía siete siglos antes de la conquista, afirman que aquelia llanura fué asiento de uno de los caciques más poderosos de los contornos, y que no hubo en toda la extensión del nuevo hemisferio terreno más fértil, ni más rico en minas de metales preciosos y de pedrería, tanto que es de suponerse que no anduvieron descaminados los aventureros que se lanzaron por tierras de Coro en busca del famoso Dorado. Empero, yo dejo la responsabilidad de tales asertos a los historiadores cumanagotos, y sigo el hilo de la narración, a fin de no alargarla con investigaciones críticas, que encomiendo a las laboriosas vigilias de nuestros historiógrafos.

Por la época de que hablo, acordaos de que hace ya once siglos, vivía en aquel lugar una india noble que gozaba de un mediano pasar con sus plantíos de maíz y de fríjoles, y sus huertas de mangos, chirimoyas y pomarrosas. Sólo tenía un hijo de pocos años, el cual era el consuelo de su soledad; y si en comparación con los señores comarcanos podía ella considerarse pobre de bienes de fortuna, era rica de corazón, generosa y humana, y no había miseria que no remediase ni dolor a que no tratase de dar alivio, de tal modo que aun los pobres animalitos hallaban en ella protección y amparo contra las malas gentes y las bestias destructoras, que casi son una misma cosa.

En tiempos tan remotos no era rara tal conducta, porque los indios habían alcanzado una

civilización tan avanzada que la guerra era ya casi desconocida, y sólo por las necesidades de la administración y del poder, o por rutina tradicional, conservaban los caciques cohortes guerreras, sin\ulacros de combates, y justas y torneos.

La ciencia había adelantado tan prodigiosamente que se había llegado a entender con perfección el habla de los animales, y aun se platicaba asimismo con seres sobrenaturales, con espíritus, hadas y duendes, que de tiempo en tiempo, cuando lo juzgaban necesario, se dignaban ponerse en comunicación con los indios, o para librarlos de algún mal, o para reprobarles alguna acción pecaminosa, y no pocas veces para anunciarles la buena ventura y protegerlos.

En medio de tan asombroso adelantamiento, con aquel comercio sobrenatural, para nada necesitaban libros de maravillas como los que forman hoy el encanto de los pensadores y filósofos, como que todo se lo sabían al dedillo, y podía decirse que le mamaban con la leche. Ellos se les hubieran reído en las barbas, y de la mejor gana, a Aristóteles y Platón, a Descartes y Bacon, a Voltaire y Comte, a Humboldt y Cuvier, a Flammarion y Edisson, y a todos los sabios de que se ufana el mundo moderno. Lo único que conservaban eran las obras de arte: los cuadros de los grandes pintores, los cantos de los poetas, los prodigios de los escultores, y las melodías de los músicos, porque encontraban en ellos solaz y deleite, y los consideraban de origen divino. Así es que, yo lo aseguro con sinceridad, aquello era una bendición de Dios, un

nuevo y más fecundo paraíso, y no era de extrañarse que hubiera seres de corazón tan noble y compasivo como Kariola, que este era el nombre de la india que gobernaba en aquel lugar.

Kariola era viuda del cacique Parajuro, un cacique de los tiempos de paz, tan humano como su compañera y que no había tenido más ejército que una centena de labriegos que trabajaban sus campos y le habían amado y respetado, más que por su poder, que no se había hecho sentir, por su liberalidad y mansedumbre.

Kariola, pues, vivía feliz en medio de sus labriegos, en el modesto caney de sus antepasados, sin haber pensado nunca en que hubiese en el mundo mayor poderío y felicidad que los que le habían tocado en suerte durante vivió el inolvidable cacique Parajuro, desmintiendo así con su abnegación y conformidad la máxima, desconocida en aquella época patriarcal, de que el que más tiene más desea; porque a pesar de todo, la ociosidad no había parecido todavía y todos tenían algo con qué engañar el tiempo; pero Kariola veía que los años de la vejez se acercaban, y como quería entrañablente a su hijo, dio en la debilidad de todas las madres, en desear lo mejor para él, el mayor poder y la mayor riqueza, sobre que, siendo de suyo caritativa y misericordiosa, anhelaba asimismo tener medios para mayores beneficios.

A menudo suspiraba, y se decía:

— Este chico, Sarare, parece nacido para cosas de ver, y si yo pudiese proporcionarle suficiente riqueza, su poder sería tan grande o

mayor que el del señor rey de la nación Caiquetía. Si yo he sido buena y santa, y mi señor Parajuro no lo fué menos, ¿por qué el Grande Espíritu no ha de protegerme, y los genios y las hadas no han de venir un día a levantar el esplendor de mi raza?

Lo que comprueba que la riqueza ha sido siempre una gran corruptora, y la ambición una desalmada que no perdona ni a los benditos de Dios en las épocas patriarcales. De aquí colegiréis, amigos míos, que tenéis la bondad de leer esta historia, que yo no os engaño y lo que os cuento es auténtico de todo punto.

Kariola, pues, suspiraba, y mientras tanto el chico crecía y más crecía; y contaba ya seis años, y prometía ser hombre de juicio y provecho como sus venturosos padres, cuando Kariola, que tejía un manto sentada al pié de la ventana del caney, sintió un ligero ruido y creyó ver caer sobre sus rodillas una lluvia de zafiros y esmeraldas, a tiempo que oía con asombro un clamor lastimero:

— jKrré, krréí

Era el rey de los Gálgulos, quien, brillante de verde y azul, agitaba las preciosas alas y daba aquel grito tratando de esconder la cabeza entre los pliegues del manto de la india, que lo estrechó a su pecho y sintió al momento el latir del corazoncito asustado del rey.

Aquel grito quería decir J sálvame^ sálvame f y la india versada en el idioma de los Gálgulos, lo comprendió fácilmente.

El idioma de los Gálgulos, según las apun-

taciones críticas de un sabio lingüista otomaco que encaneció en el estudio de la filología de los gorriones dentirrostros, era de una sencillez encantadora. Era monosilábico, y todo su caudal se reducía a cinco sílabas: krré^ ksr re^ rek^ kerr^ entre las cuales, como se ve, no había más que tres letras, la Á> la e y la r con sonido fuerte; pero lo más admirable era cómo, por medio de diversas combinaciones, y de inflexiones fonéticas, alargando o disminuyendo el sonido de las letras y de las sílabas, formaba todos los términos necesarios para expresar el pensamiento, y hasta tenía tiempos objetivos, el aoristo y el perfecto, dos futuros como el sánscrito, y doble conjugación como el húngaro. El verbo ser no cumplía ninguna función morfológica; era, en suma, un idioma reductivo, concreto, sin que psicológicamente tuviese tendencias analíticas, diacríticas ni abstractas, en lo que se parecía a no pocas lenguas, como la mayor parte de las americanas, hiperbóreas y polinesias.

— jPobrecitoí exclamó la buena india repuesta de su sorpresa. Tu corazón palpita acelerado, y tiemblas como si hubieras llevado un buen susto.

— i Ya lo creof contestó el Gálgulo ya más tranquilo; si no hubieras tenido abierta la ventana por donde me precipité, ¿quién sabe lo que habría sido de mí? porque ya carecía de fuerzas.

— ¿Y qué peligro te podía amenazar, a tí tan lindo y tan manso?

— ¿Qué peligro? jPuesí El viejo mago, el

viejo solitario de las montañas, Caricari, con su pico corvo y sangriento . . .

— Alguna maldad le habrías hecho, angelito.

— ¿Yo? ninguna. Yo soy el rey de los Galgulos, tributario de Nahila, el hada de los pies de rosa, soberana de los lagos azules.

— jAyí i tan grande eres y te asusta el Cari cari í

— i Ahí verás túí Los magos son tan poderosos como las hadas, y Caricari es el mago de las montañas que asuela nuestros hogares.

— Caricari tendrá algún resentimiento de vosotros.

— ¿Qué si lo tiene? j Pues no ha de tenerlo!

— A ver, cuéntame eso.

— Es muy sencillo. Caricari estaba loco de amores por Nahila, y Nahila, que odia la maldad como todas las hadas, lo despreció, y casó luego con el emperador Colibrí, por lo que Caricari ha jurado destruirnos a todos.

— Pero buen trabajo tendrá luchando con un hada tan poderosa.

— Ya lo creo; y yo hubiera burlado su persecución si el miedo no me hace olvidar la palabra que me dio Nahila.

— ¿Conque Nahila tiene facultades tan maravillosas?

—¡Y tanto í

— jQué feliz fuera yo si pudiera tenerla por amiga y recibir sus favores!

— Pues no es difícil. Ella te quiere porque sabe que eres buena, y ahora te querrá más porque me has salvado.

— ¿Tú se lo vas a decir?

— jY cómo noí y si quieres haré que venga a verte. jYa verás pue poderosa y magnánima esí

La buena india sintió ensanchársele el corazón, y le dio gracias al rey de los Gálgulos, que después de prometerle volver con Nahila, echó a volar y desapareció como por encantamiento.

Nahila no se hizo esperar mucho.

jQué hada tan preciosa y tan delicada era Nahila í De estatura como que no medía más que dos pulgadas, pero sus formas eran correctas, delineadas admirablemente, hermosas y mórbidas, y su cutis era al modo de pétalos de lirio recién abierto; su cabellera podría darle color y brillo al oro, y sus ojos eran garzos y lucían como un astro. Venía en un carro que semejaba un pétalo de rosa, vestida con finísima tela blanca hecha de hilos de nieve, y ceñía corona de perlas que parecían gotitas de rocío por el fulgor que despedían. Del carro tiraba el rey de los Gálgulos, y fijaos bien en esto, porque debía ser prodigioso el poderío de aquel hada cuando todo un rey le servía de carrucario, y atravesaba los aires con majestuosa pompa, precedida de seis vistosos trompeteros, y rodeada como una papisa de coquetos cardenales vestidos de púrpura con mantos azules, birreta negra, y capelo rojo en forma de penacho.

Cuando la india oyó el sonar de los trompeteros y advirtió el kerr^ kerr, del rey de los Gálgulos, acudió a la puerta llena de curiosidad

y esperanzas, y quedó suspensa ante el maravilloso espectáculo.

Nahila descendía del carro, creciendo, creciendo, hasta desplegar espléndida hermosura con las más bellas formas esculturales que haya podido concebir la imaginación soñadora de los poetas orientales.

— Grande honra recibe hoy mi casa, dijo Kariola con voz trémula.

Nahila le tendió la mano con gracia y dignidad.

— Yo he sabido de tu buen corazón y de tu mansedumbre, contestó Nahila, y tus buenas obras me han obligado a darte testimonio de mi aprecio y gratitud.

— La gracia de las reinas regocija el corazón de sus vasallos y los esclaviza, dijo Kariola haciendo entrar a Nahila en el caney.

— No te asombres del afecto que te profeso, porque las almas buenas como la tuya tienen derecho a ser amadas y protegidas. Di lo que deseas.

— i Oh felicidad í jLa excelsa reina Nahila, quiere proteger a su esclava í La esclava envejece ya, pero tiene un hijo, y por él y para él quisiera poder y riquezas.

— No está la felicidad en el poder y la riqueza, Kariola, y antes son ellos origen de infinitas desgracias?

— Pero son lo que me falta para considerarme feliz. ¿Por qué habríamos de temerlos si no somos indignos de ellos.

— Pues eso es todo lo que deseas, yo te lo

daré; y si un día tienes necesidad de mí, para librarte de alguna desgracia, llámame.

Y Nahila dio con el piesecito en tierra, dio tres veces, y Kariola sintió un mareo, como si la tierra diese vueltas en torno de ella, y cuando volvió en sí contempló con grande admiración maravilloso prodigio.

Nahila y su corte habían desaparecido; el caney no existía, y Kariola se encontraba en un palacio gigantesco, de pórfido, mármol y oro, con preciosos jardines, muebles riquísimos, baños y surtidores, y cuanto pudiera imaginarse para la comodidad y el lujo.

Kariola creía estar soñando. Su manto era de púrpura, y Sanare estaba vestido con una pequeña clámide de brocado bordado en perlas y oro.

Asomóse, impulsada por la curiosidad, a uno de los balcones; y su asombro levantó de punto hasta el extremo de frotarse los ojos para asegurarse de que estaba despierta. ¿Quién no iba a creer que era un sueño lo que la india estaba viendo? Quintas suntuosas, alamedas, plazas, y vegas y huertas, con frondosos árboles y plantas no conocidas, alrededor de un hermoso lago azul; y allá, en la lejanía, el mar que batía las rocas y las playas con sus aguas espumosas, el mar que aunque sólo distaba una legua nadie lograba ver antes, por lo bajo del valle. Los árboles estaban cargados de fruto; los duraznos parecían de oro; los hicacos hermosas perlas; gigantescas esmeraldas las manzanas. Los pájaros revolaban cantando, y las mariposas revolo-

teaban entre los tomillos, las rosas y los mirtos. Y como en las vegas culebreaban al viento las espigas de los trigos, sólo allí conocidos por merced de Nahila, y amarilleaban los maizales y se erguían los cocales, el estupor de Kariola no tenía límites, porque tal paraíso y tanta riqueza y esplendor, eran más de lo que ella había soñado.

— i Bendita seas, Nahila! exclamó al fin, y cayó de rodillas.

Kariola vivió aún algunos años más, y fué muy feliz porque vio acrecentarse sus bienes y su poder, crecer a Sarare en el ejemplo de sus virtudes, y extenderse la población merced a sus beneficios y a la fertilidad y grandor de sus dominios.

Muerta ella, el poder pasó a Sarare, que llegó a ser poderoso entre los más poderosos caciques de la nación Caiquetía. No había magnate que no solicitase su alianza, o le rindiese tributo de respeto, o atendiese a sus recomendaciones; pero, con la edad y el brío, el carácter de Sarare se fué endureciendo, y la ambición y la avaricia anidaron en su corazón, como sucede casi siempre a los potentados a quienes la ociosidad corrompe y exaspera.

Los graneros del cacique no acudían ya al remedio de las necesidades del pueblo, y mientras más atesoraba el cacique más anhelaba, como si sus almacenes fuesen el tonel sin fondo de la leyenda. Con la ambición vino la guerra, con la guerra las victorias, y sus dominios se ensancharon a costa de sus vecinos. El nombre

de Sarare hacía temblar a todos los reyes y caciques del Continente, y como las continuas guerras lo habían adiestrado, se coligaron todos contra Sarare y asolaban a cada paso sus pueblos y sus posesiones, lo que irritaba cada vez más el corazón del tirano, que en su soberbia no se acordaba ya de Nahila ni de los sucesos a que debía su poderío.

La guerra trajo al fin el hambre y la peste, y miles de hijos del pueblo perecían, y ancianos y niños clamaban favor y auxilio; pero Sarare permanecía sordo y ciego porque estaba ya acostumbrado a mirarles como esclavos, que en esto paran siempre el espíritu de los tiranos y el servilismo de los pueblos.

Un día el sacerdote del Grande Espíritu, Mature, varón de gran virtud, condolido de la miseria que asolaba la población, tuvo una larga conferencia con el cacique en el propósito de conmover su corazón e impulsarle a abrir sus graneros para aliviar el hambre devoradora del pueblo, pero sus esfuerzos fueron infructuosos.

— Mis graneros, le dijo Sarare, han disminuido hasta inspirarme el temor de verlos pronto exhaustos. Yo tengo que sostener mi guardia, Mature, y que ver por el porvenir.

— El porvenir, dijo el sacerdote con aire sombrío, sólo corresponde al Grande Espíritu; el hombre es polvo que el viento de su cólera arrastra, y mucho me temo que todo esto que pasa no sea más que un castigo.

— i Castigo! ¿y de qué? j Castigo f ¿y por qué? exclamó el cacique lleno de ira, ¿porque no de-

jo morir también de hambre a mis guerreros? que el que quiera se retire y busque trabajo donde pueda encontrarlo.

— ¿Y el Grande Espíritu?

— jMatureí

— Soy sacerdote del Grande Espíritu.

— Y eso salva tu cabeza; pero si crees que la miseria es obra suya, pruébalo y aplaca su ira.

— Tu soberbia era la que debía aplacar, murmuró entre dientes el sacerdote.

Al fin convinieron entrambos en hacer ofrecimientos al Grande Espíritu; pero, en vano.

En vano se dirigieron en procesión expiatoria al hermoso lago azul, santuario consagrado al sol por la fe de los indios; en vano arrojaron en su seno saquillos de oro y paladas de esmeraldas y de perlas; en vano inmolaron vírgenes y salpicaron con la sangre las piedrezuelas de las orillas, y arrojaron al fondo los cuerpos en medio de cánticos y lamentaciones; y en vano esperaron largos días. El lago permaneció impasible, y el Grande Espíritu mudo e inexorable.

Y al fin estalló la cólera del pueblo, persuadido de que sus dioses lo habían abandonado, y se dirigió tumultuado al palacio del cacique, y pidió a voz en grito trabajo y pan para sus hijos; pero el cacique permaneció sordo al clamor popular, y se preparó con sus guerreros a rechazar el tumulto.

Contenía aún al pueblo el respeto tradicional a sus señores y el terror sapersticioso a lo desconocido, de tal modo se hallaban ligadas la autoridad y la religión, cuando Mature, revesti-

do de sus insignias sacerdotales, les arengó despechado.

—Todo ha sido inútil, les dijo; Sarare no tiene entrañas y los dioses le han abandonado. Disponed, pues, de todo, haced como yo para salvaros,

Y dando ejemplo al pueblo, el sacerdote extendió el brazo, y de la rama de un manzano tomó una fruta y la mordió.

Pero el cacique, dominado por la soberbia y la ira, y antes que la multitud, llena de estupor, volviese en sí, ordenó colgar al sacerdote y arrojar el cadáver al lago.

— i Miserable! exclamó Maturo cuando los guerreros lo conducían a la horca; permita el Grande Espíritu que te veas hundido en la miseria a que has reducido a tus subditos, y que el viento esparza tus cenizas.

— ¿Yo? exclamó Sarare estremeciéndose aterrorizado, ¿yo? ... y tratando luego de reírse mandó lanzar el cadáver al lago.

Se sintió como un ligero temblor; huyó el pueblo espantado; y Sarare, rodeado de sus guerreros, vio con asombro extenderse sobre el lago y la ciudad nieblas frías y espesas como si fuesen las alas poderosas del Grande Espíritu; y cuando se disiparon viéronse todos a las caras sobrecogidos de espanto.

Palacios, árboles, plantas, lago, todo había desaparecido. Las aves cruzaban huyendo como perseguidas por un mal genio, y se escuchaba la lamentación lejana y triste del rey de los Gálgulos.