Cuentos escogidos · Unidad 19 de 19
Unidad 19 · EL PUÑAL DE ORO
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EL PUÑAL DE ORO
— Y bien, amiga mía, todavía nada me has dicho de los verdaderos motivos de tu rompimiento con tu marido el Barón Enrique Van Degen. Cuando lo supe en Nueva York me quedé asombrada recordando el inmenso amor que os había unido.
— Es ese un secreto, Andrea, que nadie ha traslucido, y tanto más que encierra un verdadero drama de familia.
— ¿De modo que ya no somos las compañeras de colegio que no teníamos secretos la una para la otra, y Andrea González es una extraña para Marta Randolph?
Dijo esto Andrea con tanta extrañeza y tal dejo de despecho, que Marta la contempló con una mirada de profunda vacilación.
Las dos eran hermosas como un brillante ensueño: Marta rubia, de ojos azules con un fondo oscuro y turbador que recordaba la sima de un abismo, el vórtice oculto de un volcán, y de cutis deliciosamente fino que semejaba pétalos de gardenia, al través de cuya blancura parecía verse hervir la sangre con un color de rosa delicado y transparente, como deben tenerlo las alas de los ángeles; Andrea, de estatura más pequeña, esbelta como una palma, morena, pálida, con ojos negros y grandes, velados por largas pestañas sedosas.
En aquel saloncito de la quinta o hatico de Marta, entapizado lujosamente, adornado con cuadros bellísimos, algunos de Michelena y de Rojas, y otros de Gustavo Moreau, con asuntos fabulosos y escenas realistas en que la carnación encendida y la pureza del dibujo conmovían fuertemente y parecían arrastrar las almas trémulas a los altares de Venus y al paraíso de Mahoma; viendo por la rejilla abierta los altos cocoteros y la extensión azul del lago, como sembrado de brillantes y orlado de encajes a los rayos del sol y al soplo de la brisa tibia y suave que llevaba hasta ellas el aroma de los nardos y de las rosas del cercano jardín; aquellas dos mujeres, en tal momento ansiosas y poseídas de sus recuerdos, se sentían como embriagadas por las voluptuosidades de la naturaleza.
— ¿Para qué, dijo al fin Marta con ademán melancólico, para qué quieres saber esa historia, que yace escondida en lo más recóndito de mi alma? jSon tan extrañas las cosas de la vida!
— Siempre fuiste un diablillo, aun más terrible que yo. jQué de secretos tuyos no guardo en el cofre de mi alma desde que éramos colegialas! Pero te casaste tan enamorada cuando yo estaba en los Estados Unidos, que me he visto contrariada; sobre todo al saber algo de amores tuyos con Roberto Aguilera.
Los ojos de Marta relampaguearon de súbito, y con impulso nervioso la interrogó:
— ¿Y quién te dijo tal cosa? ¿Luisa Albornoz?
— Ah, querida mía, ¿conque ya di en el clavo? Yo sólo supe que él te visitaba con frecuencia.
— Y te engañas, pues no fué por eso por lo que el Barón y yo nos separamos para siempre; yo provoqué la separación absoluta.
— ¿Tú? ¿Tú misma?
— Yo, querida mía; al fin voy a contártelo todo.
— Gracias a Dios, pues ya creía haber perdido mi mejor amiga y confidente. jEs cosa tan triste, Marta, perder las ilusiones y el viejo cariño y la confianza de los seres amados í Vamos, cuenta, que ardo en deseos de conocer tu historia.
Marta permaneció un momento silenciosa y pensativa ; pero hubiera sido necesario ser muy dura de corazón para resistir a aquel acento de sirena y a aquella amistad que había sido uno de los mayores encantos de su vida de soltera.
Al fin, lanzó un suspiro, y dijo con cierto abandono :
-—Tienes razón, entre nosotras no debe haber secretos; debemos ser siempre las mismas y apoyarnos en todos los asuntos de la existencia. Cuando principiamos la vida del mundo todo lo vemos de color de rosa, cubierto de flores y como a merced de nuestros deseos, porque no sabemos que las flores tienen veneno y los deseos suelen matar. jQué tarde se adquiere la experiencia, y a costa de cuántos desengaños y dolores í
— Pero entiendo que la vida independiente que llevas te la has creado tú misma y no parece que te haga infeliz. Rica, hermosa, agasajada y envidiada, nada te falta.
— Me falta todo, porque la riqueza y la hermosura nada valen sin la fé y la tranquilidad del alma.
— Me das miedo; tal vez te ha faltado filosofía; hay que aceptar el mundo como está hecho, y pensar que no puede ser perfecto.
— Lo que es el mundo es estúpido, porque todo se vuelve convenciones que el hombre nunca respeta.
— Estás moralizando como Ravachol.
Marta no pudo dejar de reír de la salida de Andrea, que le enlazó la encantadora cabeza y le dio un beso en la boca.
— Pícara, le dijo ésta, cuéntame tu historia y deja tu lógica para Luisa Michel.
— i Ahí santa Andrea, ojalá hubiera yo tenido el ímpetu y la audacia de un anarquista. Es que tú no sabes lo que es el orgullo lastimado
ni el amor herido. ¿ Te acuerdas de Cristina Torelli, la hija de mí madrastra?
— ¿Cómo no? Hermosa y hechicera muchacha que parecía una virgen de Murillo.
— Estás injuriando a las vírgnes de Murillo. Cristina era apasionada como una hetaira, y te-^ nía todos los diablos en el cuerpo.
— Me llenas de asombro.
— Calla y óyeme. Mi madrastra, tú la conoces, es una mujer romántica, que, además, heredó de su madre un españolismo como no he visto otro. Se empeñó en ir a España, en ver el Cristo de Burgos, la Alhambra, el Sepulcro de Santiago, la casa en que murió el Gran Capitán, la en que murió San Juan de Dios, el Escorial, y qué sé yo cuántas cosas más; y fuimos a España. Ella se embebecía en la contemplación de las maravillosas mansiones de los reyes moros y godos. Las torres magníficas, las fachadas góticas, los techos mudejares, los gallardos arcos árabes, la fina labor de los alicatados, todo lo que contemplaba la enloquecía. Yo, por el contrario, buscaba los cármenes, los bosques tupidos de grandes árboles, la senda estrecha y escarpada, los riachuelos pedregosos, la selva con su olor fresco y sano; porque siempre he tenido predilección por la naturaleza, que tiene palacios, cúpulas, techos, alicatados, ruidos y aromas que nunca igualará el hombre en sus imitaciones. Nada me complace tanto como el mar, imagen del infinito, de la hermosura y de la inmortalidad. Contemplar el lejano horizonte, las ondas azules, la espuma blanca, la reverberación
del sol que la esmalta de vivos brillantes, una vela perdida en la lejanía como un ala de cisne, un penacho de humo que se descoge como una ancha cinta de plata, y sube en espirales, y forma luego flotantes nubes que se desvanecen al soplo del viento; el ruido de las olas que se estrellan contra las duras rocas, o el de la resaca que arrastra las piedrezuelas y los caracoles; ver las bandadas de aves marinas que cruzan como un cuerpo de ejército, rasando las aguas, y se elevan y se arrojan sobre la presa aleteando de satisfacción, y se dejan mecer luego voluptuosamente por las ondas; eso es lo que a mí me distrae y me deleita. Así, de lo que vimos en España, fué Cádiz lo que más me agradó; y de Cádiz el hermoso puerto, el Campo del Sur, la Caleta, la Alameda de Apodaca, el Parque Genovés.
— Siempre la misma Marta romántica y soñadora; ¿en qué novela has leído lo que estás diciendo?
— Piensa lo que quieras, locuela, y oye. En el Parque Genovés conocí al Barón Enrique Van Degen. Era una mañana fresca, alegre y aromada, llena de ese olor suave y penetrante de las hojas nuevas y húmedas, que parece ensanchar los pulmones y darnos un poderoso soplo de vida. El cielo semejaba una inmensa cortina de zafir límpido y brillante, y el mar lo reflejaba blandamente agitado por la brisa. Yo tenía a la sazón dieciséis años, y era viva e inquieta como azogue, voluntariosa y terca: pero entonces ningún mal pensamiento ni ningún de-
seo extraño turbaba la dulce tranquilidad de mi vida. Mi madrastra, que, como sabes, es una mujer de carácter débil y bondadoso, me dejaba hacer cuantas locuras me venían en gana, y aquella mañana sentí vehementes deseos de correr por las orillas del mar, de respirar la brisa marina, y de hollar las piedrezuelas y los caracoles.
— ¿Y Cristina?
— Cristina había quedado aquí en Maracaibo con sus dos hermanos y mi padre. Si a algo le tuvo ella miedo en este mundo fué al mar; por nada de este mundo hubiera consentido en atravesarlo. Si hubiera estado conmigo es probable que no hubiera habido drama.
— Ya creo adivinar tu historia.
— No la adivinarías, ya verás. ¿Por dónde iba yo?
— Me parece que corrías por la playa como una bacante, aunque no me has dicho si llevabas pámpanos.
— Pero ya verás como apareció el sátiro. Corría y saltaba, cuando resbalé en las piedrezuelas húmedas y amontonadas, y caí violentamente. Al tratar de incorporarme con presteza, porque ya una ola se me venía encima, volví a caer: pero en el instante sentí dos brazos vigorosos que me suspendían y me salvaban. Imagínate mi sorpresa y confusión en aquella ridicula caída al encontrarme en brazos de un joven hermoso, blanco, rosado, con ojos de un azul profundo, y cabellos rubios y ensortijados como los de una cabeza de Pedro Pablo Rubens.
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— Claro, era tu Barón Van Degen.
— Aquel incidente me pareció tan singular y me preocupó tanto que lo juzgué obra del destino; y más tarde, cuando él me habló de la pasión que decía haberle inspirado yo, le creí ciegamente y le abrí confiada mi corazón, sin pensar si lo que le había cautivado era mi belleza o la riqueza de mi padre.
— ¿Por qué no había de ser tu hermosura? — Era un noble flamenco arruinado.
—i Ahí
— Mi padre quiso conocerle, y exigió que la boda se efectuase en Maracaibo, a lo que él nada objetó. Yo estaba loca de contento; era una ventura que no había soñado; sentía una cosa extraña, inesperada, una sensación desconocida de placer, como si hubiese cogido el cielo con los manos . . . Pero ya tu recuerdas lo que decía Casandra indignada, que la prosperidad del mortal le causaba más lástima que su desventura.
— Sí, por ser vana imagen brillante que oscurece una sombra y desvanece una gota de agua.
— Una ilusión que engendra el desengaño y el dolor. Pero en aquella época en que el mundo resplandecía a mis ojos, yo creía en todo, hasta en los combates de los enanos con las grullas que hacía reír tanto a nuestro maestro de literatura. Enrique era de una belleza extraordinaria, como pintan a aquel Aquiles, hijo de Júpiter y de Lamia, que provocó los terribles celos de Venus. Cristina, a quien tú comparas
con las vestales, y que era en verdad una vestal como Claudia, de hermosura sobrenatural, morena, esbelta, apasionada y audaz, tenía una singularidad excepcional, los ojos, ojos hermosos, centelleantes, de color azul oscuro o gris, rayados de amarillo, y que parecía variar como un caleidoscopio; ojos felinos, parecidos a los del tigre o a los de la gata, cuya molicie y voluptuosidad tenía ella en sus movimientos.
— Me causas sorpresa; el poeta Yepes me dijo de ella en cierta ocasión: j hermosa mujer í pero nunca me casaría con la que tuviera esos ojos y esa mirada tan penetrante y sombría. ¿Por qué? le pregunté; me daría miedo, repuso.
— Y ya verás que le sobraba razón, observó Marta reclinándose muellemente en un almohadoncillo de seda bordado en flores. Desde el día de nuestra llegada a Maracaibo observé la impresión que Enrique hizo en Cristina, y la admiración con que él contempló su hermosura; pero lo creí natural y no me preocupó gran cosa, pues la belleza extraordinaria de Cristina llamaba la atención de todos, y hasta los viejos taciturnos y trémulos la seguían con mirada codiciosa, sintiéndose revivir al recuerdo de la juventud y del amor. Nuestro regreso fué festejado con bailes y jiras, y el matrimonio quedó convenido entre mi padre y el Barón para aquellos mismos días. Cristina hizo, sin duda, cuanto pudo para arrebatarme el corazón de Enrique. Yo sólo observaba que ella palidecía, buscaba la soledad y se tornaba meditabunda y triste, tanto que a las veces me inspiraba lástima, bien que fre-
cuentemente al meditar en su conducta sentía germinar en mi alma ciegos impulsos de odio: y ello que yo no sabía lo que pasaba, ni de todo lo que era ella capaz.
Marta calló por un momento; respiraba con ansiedad y sus mejillas se coloreaban, como si aquellos recuerdos le mordiesen el corazón. Luego continuó con un impulso violento:
— Voy a abreviar el relato, porque me hace mal recordar tales sucesos. Sábelo de una vez. A los dos meses de nuestro matrimonio, cuando yo no veía a Cristina sino muy rara vez, porque sentía en mí una repulsión instintiva al verla y hablarle, recibí de ella el golpe más rudo que puede anonadar el corazón de una mujer. Era ya tarde de la noche. Yo había llegado a amar con locura al Barón. Su hermosura, sus maneras corteses, su caballerosidad, que llevaba hasta la exageración, y el amor que parecía tenerme, me habían cautivado, y me tenían orgullosa y feliz, pues nada sospechaba de él. Aquel día se había embarcado con rumbo a Europa, asegurándome que regresaría dentro de dos meses, pues sólo un asunto urgente de familia le obligaba al viaje. Yo había llorado mucho y sentía ya con desesperación no haberme empeñado más en acompañarle, cuando recibí una carta de Cristina Torelli. La carta rasgó la venda que me cubría los ojos, y me partió el corazón en dos pedazos. Andrea, Andrea, tú no conoces la vida, tú no sabes de lo que es capaz una mujer loca de amor, impulsada por los celos y trastornada por la voluptuosidad, por el delirio solitario de lar-
gas noches de insomnio torturadas por imágenes y sueños diabólicos í ]Ahf cansada a las veces de la monotonía de nuestras costumbres^ yo había deseado en mi vida de soltera que me sucediese alguna cosa singular, alguna aventura sorprendente que sacudiese mis nervios y ocupase mi corazón^y mi pensamiento, y creí en Cádiz que aquel deseo, originado por el fastidio de nuestras noches maracaiberas, se había realizado. jQué malo es abrigar esos deseos vagos que parecen un presentimiento! Cristina me escribió pidiéndome perdón. Penetrada de la caballerosidad del Barón, ella misma le escribió con nombre supuesto solicitando una cita en la propia morada de Enrique, si él le ofrecía no levantarle el espeso velo que llevaría, ni tratar de averiguar quién era ella. jAyí aquella noche, la loca le envolvió en una atmósfera de perfumes, de encajes vaporosos, de encanto y de misterio, y de realidades terribles. El conocía demasiado el mundo y respetó el incógnito, pero ella no pudo resistir al propósito de no volver, y volvió una y otra vez, aun la víspera de mi matrimonio. ¿Por qué aquel infame no rompió su compromiso conmigo? Ella no tenía mi riqueza y él contaba con tenerme engañada ... Y lo hubiera conseguido si Cristina no cambia de estado y no tiembla entonces al pensar en el escándalo, en la furia de sus hermanos y en la deshonra de su familia. Ahora lo veía yo todo con espantosa realidad. El Barón había huido . . . Yo me sentí enloquecer con la lectura de aquella carta . . . ¿Perdón? . . . jqué fácil es pedir
perdón í ... El cuerpo me temblaba, mis extremidades estaban frías, y toda la sangre se me agolpaba a la cabeza. Creí morir; y cegada por la ira y el dolor, pensé en matarla, y corrí a la sala. El escudo de armas del Barón sólo tenía por timbre un puñal, y con tal motivo teníamos en la sala un puñalito de oro en una caja de cristal. En vano lo busqué, la caja estaba en su lugar, pero el puñal había desaparecido . . . Llena de estupor caí sobre el sofá, y un torrente de lágrimas, que tuve como una fortuna, me alivió el corazón, que me ahogaba y parecía querer estallar. No era el amor, no; era el orgullo herido, era la traición lo que me desesperaba.
Después de una amarga noche de insomnio, pálida, trémula, sin darme cuenta de lo que iba a hacer, fui a casa de mi madrastra. Cristina aun no se había levantado. Entré a su alcoba, entró conmigo la luz al abrir la puerta, y al verla en el lecho, sentí helárseme la sangre en las venas. Envuelta hasta el cuello en un cobertor de seda, tenía la inmovilidad y la palidez de un cadáver, los ojos abiertos y con una fijeza extraña. Acercóme, levanto el cobertor, y me siento desfallecer. Su mano derecha empuñaba aún el puñalito de oro clavado en el corazón . . . j Muerta í . . . J muerta! . . . Parecía habérselo clavado con una lentitud estoica.
Marta, pálida y con los ojos húmedos, inclinó la cabeza, como absorta en algún pensamiento que la martirizaba.
— ¿Y Roberto Aguilera? le preguntó Andrea, breves momentos después, con la mirada fascina-
dora de la boa que va a engullirse un cordero. — jQuéí . . . contestó Marta con desprecio, cuando el Barón oyó decir que Cristina había muerto de una congestión cerebral, me escribió habiéndome de su regreso; y entonces le escribí a Luisa Albornoz que le dijese, como cosa suya, que yo lo sabía todo, que nada quería con él, y que Roberto Aguilera me visitaba diariamente. Ya puedes comprender que no volverá nunca.
1902.
FIN
yin
ÍNDICE
ÍNDICE
Páginas
Letty Somers 5
El Escultor Marliani 39
Hojas de Mirto 49
El Sello Maldito 59
Las Lavanderas Nocturnas 7 7
Tristán Cataletto 83
La Leyenda del Monje 97
Yulí, la Estrella de la Mañana 131
La Danza de los Muertos 135
El Pájaro Blanco 143
La Leyenda del Manzanillo 147
El Ingeniero Chatillard 163
El Puñal de Oro 171