Cuentos escogidos · Unidad 18 de 19
Unidad 18 · EL INGENIERO CHATILLARD
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
En medio del terreno estéril y arenoso donde había tenido asiento el lago azul, alzábase el follaje solitario y siniestro de un árbol cargado de pequeños frutos: el follaje del funesto manzanillo, a cuya sombra mortal durmieron el sueño eterno Sarare y sus guerreros.
1892.
EL INGENIERO CHATILLARD
A Achule Millien,
El Conde de Chatillard entró a su aposento, encendió una bujía, y sin quitarse siquiera el abrigo ni el sombrero, abrió una carta que acábaba de entregarle un mandadero que le* había estado esperando en la esquina.
La carta, de letra de mujer, sólo contenía dos líneas sin firma, y un billete plegado con estudiado esmero.
Las dos líneas decían simplemente:
''Al fin, va la prueba que ofrecí a usted al darle el primer aviso. Sólo usted lo ignoraba."
El Conde, pálido y trémulo, abrió el billete y leyó:,
''Luis de mi vida: ''La suerte se cansa de perseguirnos. Como el trayecto está ya terminado, él tiene que ir a T., donde permanecerá ocho días. Te espero con ansiedad a la hora convenida.
"Tu Antonia."
— jLuis, Luisí — murmuró el Conde ahogando la ira; — jLuis Fourcaud, el miserable, y la que me escribe es su mujer, María Ribagorzaí
Y el Conde, lívido y como desvanecido, se sentó a su escritorio con los puños apretados, y permaneció con la cabeza inclinada, sumido en una meditación profunda.
El Conde de Chatillard, ingeniero del ferrocarril de Moliendo a Titicaca, era uno de esos nobles franceses arruinados a quienes el deseo de rehacer su caudal perdido en las revoluciones de la patria, lanza por el mundo y principalmente por los países inexplotados de América, cuya prodigiosa riqueza los atrae poderosamente.
Desde los principios logró hacerse notar por sus conocimientos científicos, y al fin alcanzó una de las plazas principales en el ferrocarril de Moliendo.
Su posición, su juventud, su comprobado valor, y más que todo, su título de Conde, que aunque sea un contrasentido, ejerce influencia favorable entre los republicanos de la América Española, le abrieron todas las puertas, y puede decirse que era el partido más codiciado por las familias distinguidas.
Fuese por amor o por conveniencia, el Conde de Chatillard casó en Moliendo con Antonia Ruíz de Lima, heredera de una antigua y poderosa familia, a la cual pertenecían las más pingües posesiones de Titicaca, avaloradas en muchos millones.
Antonia era hermosa y casquivana, y se dejó seducir por el título de Condesa, que ostentó en los salones de París, para regresar a Moliendo más aturdida e insustancial de lo que antes era; y como además no había logrado tener hijos, no era extraño que en tales circunstancias y con aquel carácter hubiese hecho liga con Luis Fourcaud, íntimo amigo y compatriota del Conde, y mozo arrogante, audaz y astuto, cuyas aventuras amorosas le habían dado cierta celebridad.
El Conde de Chatillard, hombre de leales sentimientos en sus relaciones de amistad, estaba lejos de sospechar que fuese Luis Fourcaud, su amigo y protegido, el cómplice de su mujer; así fué que la evidencia lo hundió en una meditación intensa y dolorosa, de la cual salió al fin con una terrible resolución en el alma. Su admirable sangre fría le ayudaba a salir siempre airoso en sus proyectos.
Pensaba que quitándole la vida a él no por eso quedaba menos deshonrado; que suicidándose, les daba completa libertad para amarse; y que matándola a ella, Fourcaud quedaba impune y su honra no ganaba gran cosa, ni dejaba él tampoco de sentir la mordedura de serpiente que le sangraba el corazón; y que, por lo tanto,
debía tomar venganza más segura y provechosa. El Conde se acostó aquella noche en su aposento, pero no pudo dormir, inquieto e impaciente, anhelando ver la luz del alba.
Cuando la claridad del día penetró en su aposento, el Conde de Chatillard se puso en pié, se vistió y pasó a la alcoba de Antonia.
Antonia dormía aún, apoyada la cabeza sobre el brazo desnudo: un brazo como cincelado, muelle y blanco al modo de un copo de nieve.
Sus cabellos, negros y espesos, caían en desorden sobre el seno, y en sus labios se dibujaba una sonrisa.
El Conde se detuvo, a pesar suyo, y contempló con admiración la hermosura de su mujer, que suspiró y murmuró: te amo.
El Conde se estremeció; pero dominándose inmediatamente, la despertó.
Estaba pálido, si bien tranquilo y sonreído, con toda la cortés amabilidad de un parisiense de la vida elegante.
— i Ahí ¿es usted? exclamó Antonia ruborizándose.
— Soy yo, amiga mía; no he querido irme sin despedirme y avisar a usted que por fin será esta tarde cuando iremos a Titicaca.
— Verdad es que ustedes los franceses se mueren por una cacería.
— Si usted no quiere pasar unos días con sus padres, iremos solos Luis Fourcaud y yo.
— No, Conde, no lo decía por eso; crea usted que lo acompaño con sumo placer; con usted iría hasta el extremo del mundo.
— No lo dudo, dijo el Conde asombrado de la tranquilidad y disimulo de su mujer; puede ser que cualquier día hagamos juntos un viaje bien largo.
— ¿A la China? preguntó Antonia riendo.
— O más lejos, repuso el Conde con abandono.
— ¿A qué hora partimos hoy? — A las dos; debo avisar a Luis. — Estaré lista, amigo mío.
— Hasta las dos, pues.
Y el Conde estrechó la mano muelle y suave que le tendía Antonia, y salió.
El Conde hizo avisar a Fourcaud, preparó un tren expreso que dijo de paseo y quiso guiar él mismo, y a las dos el silbido de la locomotora anunciaba la partida de nuestros viajeros.
No era esta la primera vez que en tales excursiones tenía el Conde el capricho de dirigir la máquina, con gran contentamiento de Fourcaud y de Antonia; pero sí la primera vez que hacía uso de frenos automáticos, de aire comprimido, que había hecho construir por la Sociedad Westinghouse, y cuya fuerza retardatriz, permítase la palabra en gracia de la precisión, aumentaba proporcionalmente a la velocidad adquirida, de modo que podía pararse el
tren en las tres cuartas partes de la distancia necesaria con los frenos comunes.
— Con estos admirables frenos, les dijo el Conde sonriéndose, no hay peligro, y todo se me hace inútil, por lo que he hecho salir hasta al fogonero. Es un ensayo magnífico ; ya lo verán ustedes.
Fourcaud, sin embargo, sintió helársele el alma al considerar su situación respecto al Conde, y lo desigual y peligroso de aquella línea boliviana, que atraviesa enormes alturas y extraordinarias pendientes; pero Antonia se sonreía y lo tranquilizaba.
— No sabe nada, le decía, ¿y cómo lo adivinaría? Luego, él va con nosotros.
El tren llevaba una velocidad extraordinaria; se conocía que estaba recargada de vapor la máquina; trepaba ya la cumbre, y Fourcaud y Antonia comenzaban a sentir el soroche o mal de montaña que en aquellas increíbles alturas se apodera con intensidad de los viajeros no acostumbrados a la influencia fisiológica que produce tan sensible descenso en la presión atmosférica. Y fué en aquellos momentos de angustia, de dolores neurálgicos y desfallecimiento de fuerzas, cuando el Conde de Chatillard en pié, imponente, soberbio, con la cabellera en desorden batida por el viento de las montañas, se sonrió con ferocidad y, asomándose a la puerta del wagón, arrojó a los pies de Antonia el papel que ella había escrito a Fourcaud, y le dijo:
— Ahí va el pasaporte, ya vamos en el largo viaje, más allá de la China.
Antonia arrojó un grito de desesperación, y cayó desmayada; y antes que Fourcaud, lleno de súbito asombro y de terror, pudiese volver en sí, el Conde de Chatillard, aprovechando una curva de poco radio en la increíble pendiente de aquella parte de los Andes, echó mano al contrabajo y precipitó violentamente el tren, con tal ímpetu, que saltando sobre los rieles fué a caer despedazado en el abismo.
Dos días después el diario de Moliendo daba noticia de la terrible catástrofe, y agregaba:
^No se sabe a qué se debe tan lamentable suceso; probablemente el maquinista se hallaría en estado de embriaguez.
'^ Ignórase el número de víctimas, pues hasta ahora sólo se han podido recoger tres cadáveres, horriblemente desfigurados. Créese que dos de ellos son los del señor Conde de Chatillard y su amante esposa."