Cuentos escogidos · Unidad 8 de 19

Unidad de lectura 8

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

El crimen pone su sello fatal sobre la frente de sus escogidos; y con los ojos de mi espíritu abiertos a la luz de la verdad, veía al fin a Satanás en el hombre poseído del espíritu del mal por la embriaguez brutal de las pasiones, y recordaba aquellas sabias palabras de Jesucristo: ''El diablo es mentiroso como su padre."

Incliné la frente, y con los pies descalzos y el báculo del peregrino, tomé resignado y humilde la vía dolorosa de la expiación. Pero el camino, muy largo, trabajoso y sembrado de espinas, me hacía desfallecer; y el hombre vestido de negro me sonreía brindándome sus brazos para sostenerme.

— Te vuelves loco buscando un fantasma^ me decía, cuando yo puedo abrirte todos los caminos.

Y después de pasar ríos helados cuyo frío penetraba mis huesos, lagos cubiertos de reptiles que hundían en mi cuerpo su acerado colmillo, arenas abrasadoras que quemaban mis plantas, al encontrar obstruido el camino por una inmensa zarza ganchosa cuyas duras púas se volvían hacia mí cuando quería marchar adelante, me gritó, riendo de una manera satánica:

— No tienes más amigo que yo, y sólo yo puedo salvarte.

Pero yo seguía imperturbable mi camino, viendo desgarrarse mis carnes y correr mi sangre. Ayí hasta cuándo? . . .

Ásperas rocas, inmensos lodazales, médanos profundos fatigaban mis fuerzas; y yo seguía y seguía marchando; pero a medida que marchaba por aquellas soledades, el terreno se hacía más blando, el aire más fresco, la obscuridad menos densa; y cobraba nuevos bríos presintiendo ya cercano el término de mi trabajosa jornada.

Mi corazón no se había engañado.

Claridades celestes que iluminaban el horizonte haciéndose cada vez más vivas anunciaban el esplendor de la luz, y el hombre vestido de negro me veía de cuando en cuando pálido y silencioso.

De en medio de las sombras de aquella larga noche de expiación, vi alzarse el sol esplendoroso iluminando los campos como un globo

de fuego. Los pájaros cantaban, las fuentes corrían mansamente, las flores abrían el cáliz perfumado, y al atavío y al ruido armonioso de la naturaleza vinieron a mezclarse músicas celestes, ruidos sobrenaturales, y el brillo mágico de una visión vaporosa que murmuró a mis oídos:

— Yo también te vi llorando y penetré en tú corazón tendiendo mis alas para protegerte. Sendas escabrosas, espinas implacables, arenas de fuego, hielos mortales, todo ha sido blando para tí porque el amor de la fe no te ha abandonado; Dios te perdona porque tu expiación ha sido larga y dolorosa.

Caí de rodillas y lloré.

Y el hombre vestido de negro, deslumhrado también y conmovido, lanzó un jayí que hizo retemblar las montañas, y huyó con un ruido pavoroso, exclamando con desesperación:

— Ayí Jsi yo pudiera amar y llorar!

Cuando levanté la cabeza me encontré ya solo; pero en mi alma reinaba una tranquilidad celestial que jamás ha vuelto a abandonarme.

1873.