Cuentos escogidos · Unidad 7 de 19

Unidad 7 · EL SELLO MALDITO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL SELLO MALDITO

Cuando yo salía de la casa de Joram Huberto tambaleaba como un ebrio, loco de dolor, de soberbia y de vergüenza, sintiéndome herido en lo más vivo de mi orgullo, j Infame yankeel jCon que yo no podía casarme con Edwina, con que él no podía darme su hija en matrimonio, porque yo no era más que un pelagatos, un hombre que no tenía sobre qué caerse muerto! .. . Pelagatos! jYo, Reinaldo Castro, un pelagatos í

Aquella palabra era una serpiente que me mordía en el corazón.

Desgraciados los que se dejan seducir y embriagar por el vino de las pasiones! Mi orgullo, rebelado como el ángel de la leyenda, se había

sobrepuesto a todo y me retorcía el corazón impulsándome a la venganza.

Olvidé á Edwina, olvidé mi amor, lo olvidé todo; y no anhelaba más que oro y oro para insultar con mi fausto y mi pompa la fatal ambición de aquel viejo Joram Hubert, cuyas palabras serpenteaban a mi vista en el espacio como lenguas de fuego.

Pelagatos! . . .

En el delirio de mi dolor, caminando a la ventura, me encontré fuera de la ciudad, en la soledad de los campos, y me senté desesperado sobre una peña, a orillas del río, y oculté mi rostro entre las manos.

El sol caía; y la majestuosa soledad de aquellos campos, el silencio interrumpido por las aguas del río y por el viento de la tarde que agitando suavemente las hojas de los árboles venía a refrescar poco a poco mis sienes, reanimaron mi pensamiento haciéndome ver mi verdadera situación; y lloré con amargura.

Pero mi alivio fué pasajero porque mi dolor era muy grande; y arrastrado al fin por la vehemente ambición que el orgullo había despertado en mi alma, pensé en Satanás.

Yo sabía que Pedro el Venerable y el prior Guillermo Edeline, habían declarado haberle visto; sabía que muchas mujeres se habían acusado de haberle tenido por amante, y que el mariscal de Trivulce murió de terror combatiendo espada en mano con los diablos que llenaban su aposento, y que sólo el veía; pero yo no había podido creer nunca en Satanás. Locos, locos,

¿dónde está Satanás? Y n\is lágrimas corrieron de nuevo y quedé sumido en profundo estupor. De improviso sentí dos ligeros golpes en mis espaldas; y me incorporé lleno de asombro, porque no había sentido el menor ruido cerca de mí.

En mi presencia estaba un hombre vestido de negro, de pequeña estatura, muy bien formado, muy hermoso; pero extremadamente pálido, con una mirada que me fascinaba, y desplegando una sonrisa de benevolencia. Desvié mi vista de la suya y permanecí inmóvil, clavado, sin acertar a pronunciar una palabra, y sintiendo algo como un escalofrío por todo mi cuerpo.

Aquella situación era muy extraña para mí, porque no alcanzaba a comprenderla.

El hombre vestido de negro se sonrió de una manera visible, y me dijo con mucha finura :

— Lo he visto a usted llorando, y puedo jurarle que en mi vida he visto lágrimas más puras y hermosas. Usted tiene un verdadero tesoro.

— Cómo? . . . exclamé con terror.

— Digo que usted tiene un tesoro en esas lágrimas, y estoy dispuesto a comprárselas. ¿Qué necesita usted? ¿qué desea?

— Oro, oro, mucho oro, murmuré sin saber lo que decía.

— Pues si no es más que eso, me dijo, yo le daré lo que quiera. ¿Quiere usted la mandragora, el escudo del ladrón, la bolsa de Fortunatus y de Pedro Schlemihl?

— Mentira [exclamé chocando diente con dien-

te, esos son cuentos fantásticos, delirios de in\aginaciones enfermas . . .

Y alcé la vista para ver a aquel hombre que me parecía un loco extraño a pesar del terror que me poseía, pero tuve que desviarla prontamente porque era imposible sostener aquella mirada, y sentía que la cabeza se me perdía en un caos y el corazón me temblaba, y mis piernas flaqueaban como si el frío de la muerte me invadiese ya.

— Mi querido señor, me dijo el hombre vestido de negro, eso nada tiene de maravilloso; son cosas muy naturales obtenidas por medio de la ciencia. Espero que usted se digne hacer el negocio que le propongo.

Y sacando del bolsillo de su frac una pequeña bolsa de cuero negro, me agregó:

— ¿Me permitirá usted tomar sus lágrimas y aceptar este pequeño obsequio?

— ¿Y no quiere usted más nada? — Más nada.

Le arrebaté la bolsa con un movimiento maquinal, súbito, increíble en el estado de postración en que me encontraba; y él se me acercó, puso un dedo de su mano izquierda en mi frente, pasó rápidamente la diestra por delante de mis ojos, como si cogiera algo volátil, aéreo, un insecto, un gas, qué sé yo, y caí desmayado sintiendo una conmoción mortal en todo mi ser. Cuando volví en mí, el hombre había desaparecido; pero de la bolsa mágica sacaba yo con una impresión desconocida de gozo y de espanto

puñados de oro, cuyo sonido al caer en la arena me estremecía.

Yo estaba como trastornado. El corazón me latía con violencia; la sangre se me subía ardiendo a la frente y mis extremidades estaban heladas. ¿Era un sueño? Me palpaba y me sentía vivir. ¿Era mío todo aquel oro? ¿Mía la bolsa encantada? Yo la tenía en mis manos, y de ella sacaba piezas relucientes del oro más puro, de todas formas y tamaños.

Ahí mis sueños se realizaban; podía ya castigar las viles pasiones y el insulto audaz de Joram Hubert.

Como sucede con todas las pasiones violentas, aquella pasión del orgullo, apoderándose fatalmente de mi corazón y de mi mente, había ahogado en mi alma todo otro sentimiento, todo otro anhelo que el de humillar al hombre que me había herido en el alma.

Lleno de satánico gozo tomé el camino de la ciudad y me dirigí a la casa de Joram Hubert.

La noche era oscura, y el reloj de la catedral y las campanas de los demás templos daban lenta y tristemente las nueve de la noche. Uno que otro transeúnte atravesaba las calles silenciosas.

Cuando llegué a las puertas de la casa de Joram Hubert, que estaba abierta, penetré resueltamente hasta la sala de recibo.

Joram Hubert estaba solo en ella, en un sillón, al lado de una mesa en la cual ardía una lámpara, y leyendo en un enorme libraco que descansaba en sus rodillas.

Parecía un viejo rabino, escapado de la hoguera, comentando el Talmud.

Al sentir mis pasos, levantó la cabeza y suspendiéndose los anteojos se quedó viéndome con asombro y disgusto.

En aquella mirada me pareció leer distintamente estas atroces palabras:

— Ehf ehl jaquí está otra vez el pelagatos!

Y me sonreí con malignidad.

— Toma, le dije, tú has querido oro, toma, come oro, bebe oro, hártate de oroí

Y vacié mis bolsillos; y saqué, saqué oro de aquella bolsa mágica hasta formar pilones inmensos; y luego, terrible, porque me había ido irritando por grados, lancé una carcajada pavorosa y di un soberbio puntapié a uno de aquellos pilones de oro, cuyas monedas se elevaron y cayeron rodando con un ruido siniestro.

Joram Hubert me miraba lleno de espanto y de terror, acurrucado en el sillón, con los ojos salientes, la lengua afuera y el semblante cadavérico.

Edwina salió corriendo al estrépito de las monedas; pero al verme se detuvo, se asió a la cruz de oro que pendía de su cuello, y lanzó un grito agudo, exclamando con voz ahogada:

— Huyef huyeí ] estás maldito, maldito! Ohf la frente í

Y cayó de rodillas.

Volví los ojos a un espejo que me quedaba cercano, y me estremecí y huí despavorido.

Había visto mi semblante intensamente pálido, y en mi frente, en el lugar en que el hom-

bre vestido de negro me había tocado, lucía una pequeñísima estrella que despedía rayos fatídicos.

i Horrible noche de terror! horrible! horrible!

Pasé aquella noche víctima de impresiones mortales, incorporándome sobresaltado a cada instante, desvelado, necesitando llorar para desahogar mi pecho de un dolor sobrehumano, y sin encontrar una sola lágrima en mis ojos. Al fin lució la aurora. ¿Era una pesadilla fatal todo lo que me había acontecido?

El espejo me dejaba ver mi rostro cadavérico; y en mi frente, en la cual no brillaba ya aquella luz fatal, advertí con terror una estrella negra, como un lunar imperceptible. La toqué, la froté, y al frotarla, observé que despedía chispas luminosas. Me cogí la cabeza con desesperación, grité, me exalté, y observé que con mi exaltación crecía el brillo de aquel sello fatal.

i Y no podía llorar!

— Es decir, exclamé frenético, que Satanás existe !

Y cogí la Biblia para buscar aquella caída de los ángeles, que yo nunca había leído ni alcanzaba a comprender.

El Génesis no decía ni una sola palabra de esa falsa rebelión* ni de caída de los ángeles.

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La Biblia sólo llama ángeles a los enviados de Dios, y el salmista dice: ''Señor! tú haces tus ángeles de las tempestades y tus ministros de los fuegos rápidos."

E Isaías: ''¿Cómo caíste despeñada al suelo, estrella luminosa de la mañana?"

Y el mismo Jesucristo: "Yo he visto a Satanás caer del cielo como el rayo."

¿Es decir que Satanás es una fuerza de la naturaleza, un enviado de Dios, una luz, un fluído, la electricidad, el fósforo, que obra sobre el hombre sirviendo a los fines inescrutables de Dios?

La Biblia no me decía más, y recurrí a la ciencia; y la ciencia y todos los hombres de la ciencia me gritaron que era impía, blasfema, sacrilega esa monstruosa personificación del espíritu del mal, que han creado los ignorantes y que ha dado tantas armas a los enemigos de la religión del Crucificado.

Y un sabio, uno de los sacerdotes de las ciencias ocultas, Eliphas Lévy, me dijo al oído;

— "No creas en esa personificación del espíritu del mal. No creas en ese ángel bastante altivo para juzgarse Dios, bastante valeroso para comprar la independencia al precio de una eternidad de suplicios, bastante bello para haber podido adorarse en plena luz divina, en presencia de la belleza infinita de Dios; bastante fuerte para reinar todavía en medio de las tinieblas y del dolor, y para hacerse un trono de su inextinguible hoguera.

"No creas en ese supuesto héroe de las

eternidades tenebrosas, calumniado de fealdad, disfrazado con cuernos y garras.

''No creas en ese rey del mal, como si el mal fuese un reino í

"^ En ese diablo más inteligente que los hombres de talento, que temen sus decepciones.

''En esa luz negra, en esas tinieblas que ven. En ese poder que Dios no ha querido, y que una criatura caída no ha podido crear.

" En ese príncipe de la anarquía servido por una gerarquía de espíritus puros.

"En ese maldito de Dios, que, como está Dios en la tierra, en todas partes estaría, y más visible, más presente al mayor número, mejor servido que Dios mismo.

"En ese vencido al cual daría sus hijos el vencedor para que los devorase.

"En ese artesano de los pecados de la carne para quien la carne no es nada, y que por consecuencia no sabría ser nada para la carne si no se le supusiese creador y dueño de ella como Dios. En esa inmensa mentira realizada, personificada, eterna í

"En esa muerte que no puede morir í

"En esa blasfemia que el verbo de Dios no haría callar.

"En ese envenenador délas almas que Dios toleraría por una contradicción de su poder, y que conservaría entre los instrumentos de su reino, como los emperadores romanos habían conservado a Locusta!

"En ese supliciado siempre vivo para maldecir a su juez y para tener razón en contra de él, supuesto que jamás habrá de arrepentirse.

^En ese monstruo aceptado como verdugo por la Omnipotencia divina, y que, según la expresión de un antiguo escritor católico, puede llamar a Dios el Dios del Diablo, presentándose a sí mismo como el Diablo de Diosí

^Ohí ¡quitadnos ese fantasma irreligioso que calumnia la religión, ese ídolo que nos oculta a nuestro Salvador! j Abajo el tirano de la mentira! i Abajo el Dios negro de los maniqueosí j Abajo el Arimanes de los antiguos idólatras! jViva Dios único y su Verbo encarnado Jesucristo, el Salvador del mundo, que ha visto a Satanás caer del cielo! y viva María, la madre divina, que holló la cabeza de la serpiente infernal!"

La voz del sabio llegó a mi corazón y me sentí más tranquilo; pero recordé los acontecimientos de aquella noche fatal, y me estremecíf y creí escuchar a mis espaldas una carcajada burlona.

Me volví lleno de terror, pero no había nadie. Sin duda yo deliraba. Busqué la bolsa, allí estaba. Me vi en el espejo: la estrella estaba en mi frente. Quise llorar, y no pude, y permanecí como aletargado mucho tiempo!

La fama de mi riqueza se había extendido por toda la ciudad y era el tema obligado de todas las conversaciones, bien que yo fuese muy lares

go en dádivas, porque tenía la vanidad y el egoísmo de mi fortuna.

Mi palacio, de mármol parió y oro, era la admiración de los curiosos y había sido levantado con una rapidez extraordinaria.

Aquella fachada de delicados encajes, con pilastras que al tocarlas resonaban como vasos de cristal, era el asombro de los mismos arquitectos que la habían fabricado.

El oro, las perlas, los brillantes, los brocados, las maderas más esquisitas, los frescos más admirables, los más bellos surtidores de diamante, las flores más raras, los pájaros más vistosos, hacían de aquel palacio una maravilla; pero sobre todo el oro, el oro maldito estaba por donde quiera, en la techumbre, en el piso, en las paredes y hasta en las velas, pues yo había hecho fabricar éstas con la más rica esperma perla y finísimos polvos de oro.

La pechera y los puños de mi camisa, mi chaleco, mis zapatos, todo mi traje estaba sembrado de brillantes, más que por ostentación, porque no había encontrado otro medio de neutralizar el efecto de aquella estrella, de aquel sello misterioso, que despedía rayos de luz siempre que perdía la calma, y que hacía que todos me viesen con terror llenando mi alma de inauditos sufrimientos.

Así, con aquel lujo espléndido, las invitaciones llovían sobre mí, por lo cual no me causó extrañeza alguna el recibir una amable esquela de la distinguida señora de X invitándome para un sarao en su casa, aunque, dicho sea de paso^

jamás se había dignado fijar sus hermosos ojos en mi humilde persona antes de que aquel río de oro viniese a darme importancia, celebridad y grandeza.

Sin embargo, nada de esto hacía mi felicidad, pues en medio de mi angustia y mis sobresaltos recordaba con tristeza mi antigua vida tan tranquila, tan llena de compensaciones, mi hogar modesto, mis dulces amores y la paz de mi alma; y quería llorar y no podía, pareciéndome oír entonces la risa burlona del hombre vestido de negro, al cual hubiera querido encontrar de buena gana para deshacer aquel negocio extraño, que me hacía el efecto de una pesadilla insoportable.

Cuando entré a los salones de la señora de X, ya el sarao había principiado.

Las damas más hermosas y los más elegantes caballeros de nuestra sociedad ocupaban aquellos salones, lujosamente amueblados, espléndidos de luz, de aromas y armonías.

Las jóvenes bailaban alegremente, bailaba también la señora de X, y en los sofás y en los mecedores las viejas mamas y las viejas verdes comentaban los trajes, las bellezas y las incidencias que ocurrían entre las parejas.

La señora de X se detuvo al pasar cerca de mí, me saludó cariñosamente y se perdió de nuevo en el torbellino del vals.

Era una joven viuda encantadora, dulcemente simpática, alta, esbelta, de cutis transparente, de labios bellísimos, de poderosos ojos negros que me causaron una impresión muy parecida al amor.

Tomé asiento en un mecedor sin poder apartar los ojos de la hermosa viuda, que me sonreía como si me diese las gracias.

Bailaba con un hombre alto, seco, de largos bigotes, que le hablaba con calor y que de cuando en cuando me dirigía miradas escudriñadoras, y que me hacían palidecer porque en aquel semblante creía yo ver a Joram Hubert, pero Joram Hubert transfigurado, como un cadáver que se hubiese levantado de la tumba.

Aquel hombre estaba enamorado de la viuda, y apenas me hube sentado me convencí de ello; pero oyendo nombrar no lejos de mí a la señora de X apliqué el oído.

Un grupo de jamonas y de mamas se vengaba de las injurias de la edad ejerciendo la chismografía.

— Mira, Clotilde, dijo una de aquellas amables rezagadas, jqué escote tan vulgar el de la señora Xí ¿No te parece algo como un fantasma que deja ver los huesos?

— Verdad, Antonia, pero lo que es el General está vendado.

— Qué, niñaí exclamó una bizca de ojos pequeñitos y escondidos, es que el General está aprendiendo escultura con González y gusta de los modelos. Sin duda quiere cincelar alguna bacante.

En este momento se acercaba la señora de X, conversando graciosamente de brazo con el General.

Las adorables comentadoras callaron, sin duda por prudencia, y al pasar la pareja se oyeron claramente algunas palabras:

— Es posible í decía el General admirado.

— Entrego mi corazón al que me traiga mañana una flor de mayo.

— Pero si estamos en diciembre.

— Es un capricho, General, y para el amor no hay nada imposible, como decía usted, repuso la señora de X riendo con coquetería.

— Qué te parece, Antonia?

— Que el General anda en dos pies por gracia de Dios.

— Y que ella se burla de él ¿no es verdad?

— Pero de uno sé yo a quien no le sería difícil traerle la flor de mayo.

— ¿Cómo así? ¿y quién es él? — Reinaldo Castro.

Me estremecí y presté mayor atención. Tan extraña encontraba aquella ocurrencia.

— ¿Y quién es ese Reinaldo Castro? preguntó una nueva interlocutora.

— Jesús, niña, ¿cómo, no le conoces? j se dicen tantas cosas de élí

— ¿Ese Reinaldo Castro no es el novio de Edwina Hubert?

— ¿Y tú no sabes el drama que ha tenido lugar en esa casa?

— Cuenta, cuenta, pico de oro, pues yo sólo sé que el tal Castro es riquísimo, que tiene en

SU jardín las flores más raras, y que sin duda se casará con Edwina porque el viejo Joram Hubert fué encontrado muerto en su sillón, sin saberse cómo ni cuándo murió.

— Pues sabe que Edwina ha muerto loca acusándose de haber tenido amores con el diablo.

— ]Ave María purísima! ¿Y se acusa a ese hombre de todo eso?

Yo me levanté estremecido, hondamente impresionado, y con un disgusto supremo que hasta entonces no había experimentado, porque ignoraba la muerte de aquella pobre niña de quien no había vuelto a acordarme, y cuya desgracia había causado involuntariamente; pero al levantarme me encontré frente a frente con el hombre vestido de negro.

Aquella eterna sonrisa se ostentaba en sus labios, y en la mano tenía una flor de mayo hermosísima.

— j Apártate, le dije, yo no te he pedido flores í

— Pero yo sabía que la necesitabas y te la he traído.

— No la necesito, no la quiero, grité frenético, dame mi tranquilidad, y recobra tu bolsa maldita.

El hombre vestido de negro se echó a reír a carcajadas, y me dijo:

— Mira, el General ha desaparecido; pero todo lo que tu quieras, agregó en voz baja, es muy fácil de obtener si me entregas tu alma.

Me estremecí de horror y di un grito. La

señora de X y la multitud que me rodeaba huyeron pálidos y trémulos gritando:

— Misericordia, misericordia!

El sello maldito brillaba en mi frente; y arrojando con furia la bolsa mágica al hombre vestido de negro, huí desatentado.

Adonde iba yo? Abandonado de todos, rechazado por la sociedad como una planta maldita y perseguido sin tregua por aquel hombre fatal vestido de negro, entré poco a poco en mí y rompiendo con poderosa voluntad las nieblas que ofuscaban mi mente, comprendí la inmensidad de mi infortunio, y mi corazón se llenó de arrepentimiento y de tristeza.