Cuentos morales · Unidad 10 de 188
Unidad 10 · EL CURA DE VERICUETO 17
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EL CURA DE VERICUETO 17
buen párroco, hortelano de vocación. Sabía él que declarar la procedencia de aquellos frutos era tanto como hacer su apología, pues la huerta del cura de Vericueto tenía fama muchas leguas á la redonda.
En ocasiones, cuando todos eran de casa, es decir, no había en el mercado gente forastera, Celorio se despojaba de todo disimulo y se sentaba sobre una cesta volcada, entre sus repollos y berzas; y miejitras se comía una cebolla que iba remojando en agua, pesaba y repesaba, cobraba la calderilla y entregaba al comprador los cogollos rozagantes, orgullo y amor del buen Columela tonsurado.
Que de estos y otros parecidos excesos llegaban soplos al obispo, ya lo sabía él; pero también le enseñaba la experiencia que el obispo hacía oídos de mercader, porque profesaba á Celorio un carifio cogido allá en la adolescencia, en el seminario, á la edad en que las amistades se ingertan para no separarse en la vida.
Siempre le había repugnado la idea de que el lícito comercio estuviera vedado á los clérigos. Parecíale esta prohibición especie de estigma que para siempre deshonraba la industria más universéil y necesaria. «Mientras tenga la Iglesia por cosa mala para sus sacerdotes el cambio leal y justo de las mercancías por dinero, los mercaderes se creerán autorizados para ser algo ladrones.
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Si el comercio estuviera sólo en manos de quien recibe al Señor en su cuerpo todas las mañanas, y lo recibe dignamente, mejor andarían los negocios; iría el crédito como una seda^ se evitarían pleitos, gastos, policía, cien y cien trabas, obra muerta, muy cara y embarazosa, de la vida económica. Quédese para lo^ paganos tener el mismo dios para el robo y para el comercio. Si Jesucristo arrojó del templo á los mercaderes fué por vender en el templo; pero al mandarnos pagar.el tributo, que es el precio de la paz y el orden que debemos al Estado, bien nos dijo el Señor que en comprar y vender no hay pecado.»
Más aún que tales teorías, la irresistible necesidad del lucro legítimo mantenía á Celorio en aquella situación algo irregular de pastor que convertía á su rebaño en consumidores de sus productos; de párroco que convertía á sus feligreses en parroquianos.
Pero no bastaba ganar, era necesario ahorrar, gastar lo menos posible. Celorio vivía como un cenobita, no por penitencia, no por mortificar la carne, que de todos modos en él prosperaba, gracias al buen natural y á la vida morigerada é higiénica; vivía con muy poco por guardar mucho; y á tanto llegó en él este espíritu de economía, que le sacrificó hasta el instinto de conservación, como lo demostró en el asunto que se llamaba áQ\ pique, el cual vamos á ver, por ñn, en qué consistía.