Cuentos morales · Unidad 9 de 188
Unidad 9 · El. CURA DE VERICUETO 15
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
El. CURA DE VERICUETO 15
misa, absolvía Celorio á las hijas de confesión que acudían a) pie de su lecho en busca de la gracia.
Lo mismo que la cura de almas y consiguientes derechos de estola y pie de altar^ dirigía y cobraba D. Tomás, sin salir de la cama, sus negocios y ganancias temporales: pues dijeran lo que quisieran allá en palacio, era el párroco de Vericueto tratante en una porción de artículos de consumo, y ejercía en el mercado de la próxima villa de Sua veces una especie de hegemonía económica, que no era monopolio, pero sí supremacía lucrativa. Con gran descaro, y sin miedo á denuncias, Celorio ganaba honradamente, pero con olvido de las leyes eclesiásticas, muy buenos réditos de un capital esparcido en multitud de pequeñas industrias y comercios, tales como la cría de cerdos, las vacas en comuña ó aparcería, venta de legumbres, frutas, gallinas y hasta pañuelos de seda en una tienda del aire, ó sea puesto ambulante, de baratijas, en que, junto á los colorines de la seda indiana, brillaban las piedras falsas de la joyería rústica, pendientes y collares mezclados y confundidos con rosarios, escapularios, cintas tocadas al Santísimo Cristo de Cueto, y medallas procedentes de Roma y bendecidas por el Papa.
Si á todos estos anzuelos del industrioso párroco acudían los ochavos que con tanto sudor ganaban los aldeanos del contorno, debíase, no á malas artes, ni menos á imposiciones hierocráticas, sino
1() LEOPOLDO ALAS
á la lealtad y honradez de las transacciones, á la baratura de los productos, á la parsimonia con que Celorio procuraba cierta ganancia en cada trato, en cada venta; siendo su afán, no el lucro excesivo, fabuloso^, en cada caso, sino la muchedumbre de negocios. Su lema era no consentir cohecho ni perdonar derecho; todo lo suyo para él, pero nada más que lo suyo.
«El ojo del amo engorda el caballo», era otra máxima popular que le sirvió de guía y norte mientras pudo andar por su pie. Aunque es claro que, descaradamente, él no se ponía en el mercado detrás del mostrador lun banco portátil) de su tienda á vender arracadas y cintas del Cristo, rondaba por allí cerca; iba, además, de un puesto á otro; de las berzas, repollos y remolachas á la cesta de fruta, y hasta se le veía en el mercado de cerdos, saltar entre los menudos lechoncillos con la sotana un poco levantada, presenciando, como al descuido, pero muy atento, las transacciones que le importaban harto más que al encargado de la venta. A veces olvidaba todo disimulo, y cuando sus intereses estaban amenazados por exigencias excesivas del comprador, el cura, con toda su actividad y pericia, terciaba en el trato; y hasta llegaba á declararse propietario de la cosa en venta cuando se ponía en duda el mérito de los productos. Solía esto suceder tratándose de lechugas, tomates y pimientos, que eran el orgullo del