Cuentos morales · Unidad 102 de 188

Unidad 102 · EL QÜIN 22f}

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EL QÜIN 22f}

La flauta de su dueño le hacía pensar en el amor, no en los amores. Para temperamentos como el del Quin, la amistad puede ser un amor tibio; sublime en la solidez de su misteriosa tibieza.

Sus amores eran su dueño. Le leía en los ojos, y en el modo de trabajar en la taracea, y, sobre todo, en el de tañer la nauta, el fondo del alma. Era un fondo muy triste, no desesperado, pero sí desconsolado. Era Sindulfo hombre nacido para que le quisieran mucho, pero incapaz de procurar traer á casa el amor, en pasando de la personalidad ínfima de un perro. Había llevado al Quin; no se atrevería á llevar una compañera, mujer ó querida.

Pero Sindulfo, como el Quin, en la paz tenía un bálsamo. Sí, se comprendían por señas, por actos acordes. La vida sistemática, el silencio en el orden, la ausencia de peripecias en la vida, como una especie de castidad; la humildad como un ambiente. Esto querían.

El cariño del Quin era más fuerte, más firme que el de Sindulfo. El perro, como inferior, amaba más. No temía, sin embargo, una rival. «No, pensaba el perro; aquí no entrará una mujer á robarme este halago. Mi amo no me dejará nunca por una esposa ni por una querida. No se atreve

con ellas.»

— Nos vamos al campo, nmigo, entró un día di-

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ciendo Sindulfo. Y se fueron. A pocas leguas de la ciudad, donde la madre había dejado unas poquí-. simas tierras que llevaba en renta un criado antiguo, Sindulfo iba á pescar, y á corregir las condiciones del arrendamiento.

Al Quin, á la vista de los prados y los bosques y las granjas sembradas por la ladera, le corrió un frío nervioso por el espinazo. Se acordó de su antiguo pensamiento: «Yo sólo podría amar en la aldea.»

«¡Si todavía podré ser yo feliz con algo más que paz y resignación dulce!» Sentir esta esperanza le pareció una soberbia. Además, era una infidelidad. ¿No se había casi prometido él, en secreto, no querer niíis que á su amo, al amo definitivof

Pero tenía disculpa su vanidad de soñar con poder ser feliz voluptuosamente, en las nuevas intensas emociones que le causaba el ambiente campesino, la soledad ¿lugusta del valle nemoroso. Con delicia de artista contemplaba ahora el

Quin los pasos de su vida: de la corte á la ciudad

provinciana, de la ciudad á la aldea Y cada

paso en el retiro le parecía un paso más cerca de su alma. Cuanta más soledad, más conciencia

de sí.

Cuando llego la noche, los caseros le dejaron en

la quintana, en la calle, delante de la casa. ¡Oh

memorables horas! Las aves del corral yacían re-