Cuentos morales · Unidad 103 de 188
Unidad 103 · EL QUIN 225
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EL QUIN 225
cogidas en el gallinero, y allá lejos se oían sus misteriosos murmullos del sueño perezoso. El ganado de cerda, en cubil de piedra, dormitaba sonando, con gruñidos voluptuosos; el aire movía suavemente, con plática de cita amorosa, las bíblicas y orientales hojas de la higuera; la luna corría entre nubes, y en toda la extensión del valle, hasta la colina de enfrente, resonaban como acompañamiento de la luz de plata, que cantaba la canción de la eterna poesía del milagro de lá creación enigmática, resonaban los ladridos de los perros, esparcidos por las alquerías. Ladraban á la luna, como sacerdotes de un miedoso culto primitivo, ó como poetas inconscientes, exasperados y tenaces en su ilusión mística.
El Qnin se sintió unido, con nuevos lazos, de iniciación pagana, á la madre naturaleza, al culto (le Cibeles... y á las pasiones de su raza... De los castaños de Indias se desprendía un perfume de simiente prolíñca; amor le pareció un rito de una fe universal, común á todo lo vivo. De la próxima calleja, sumida en la obscuridad de los árboles que hacían bóveda, esperaba el Quin que surgiera la clave del enigma amoroso.
El alma toda, con las voces de la noche de estío, le gritaba que por aquella obscuridad iba á presentarse el misterio; por allí debía de aparejr... la perra.
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216 LEOPOLDO ALAS
bultos Eran dos mastines. Dos mastines que le
comían al Qtdn las sopas en la cabeza.
El Quin ignoraba las costumbres de la aldea. No sabía que allí, los perros como los hombres, iban á rondar, á cortejar á las hembras.
Aquellos mastines eran dos valientes de la parroquia que habían olido perro nuevo en ca el Cutu, y venían á ver si era perra.
Olieron al Quin con cierta grosería aldeana, y, desengañados, con medianos modos le invitaron á seguirles. Iban á pelar la pava, ó, como por aquella tierra se dice, á mozas, es decir, á perras.
¡Oh desencanto! La perra, en el campo, como en la corto, como en la ciudad, vivía on la poligamia.
El Quin, sin embargo, no resistió á la tentación; y más por la ira del desengaño, que por la seducción de la noche de efluvios lascivos, siguió á los mastines; como tantos poetas de alma virginal, tras la muerte helada del primer amor puro, se arrojan á morder furiosos la carne de la orgía.
El Quin-Rollá pasó aquella noche al sereno.
Siguió cá los mastines por la calleja obscura, sin saber á punto fijo adonde le llevaban, aturdido, lleno de remordimientos y repugnancia antes del pecado. Le zumbabcín los oídos. Pero iba. Era la