Cuentos morales · Unidad 107 de 188
Unidad 107 · EL Q.UIN 235
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EL Q.UIN 235
cho nacer en Sindulfo el amor genérico á la raza canina; el individuo ya le era indiferente; no podía vivir sin perro, y ahora tenía otro, al cual le unían lazos firmes y estrechos. ¡Cosa más natural!
Sindulfo acarici(3 al Quin, le cató las heridas, que eran crueles; pero en el fondo estaba orgulloso y satisfecho de la hazaña del Tigre. ¡Qué celo el de su danés!
Aquella noche la pasó el Quin desesperado de dolor; con ascuas de fuego material en las heridas de sus lomos, y fuego de un infierno moral en las entrañas de perro sensible.
¡Para esto volvía el recuerdo, para esto renacía la clara conciencia de la amistad perdida! No pudo resistir su pasión.
Se pasó la horrible noche rascando la puerta del cuarto de Sindulfo; y por la mañana, cuando la abrieron, saltó dentro de la alcoba con ímpetu loco, y sin reparar en el lodo y la sangre de sus lanas miserables, se lanzó sobre el lecho en que aún descansaba el amo ingrato, saltando por encima del Tigre, que en vano quiso coger por el aire al intruso.
El Quin, tembloroso, casi arrepentido de su hazaña, se refugió en el regazo de su dueño, dispuesto á morir entre los dientes del rival odiado, pero á morir al calor de aquel pecho querido.
No hubo muertes; Sindulfo evitó nuevos atropellos; pero aquella tarde dejó la aldea, se volvió
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á la ciudad con ol Tigre, y se despidió del Quin con tres palmadas y prohibiéndole que le acompaflara más allá de la saltadera de la corrada.
Y el QiLin, herido, maltrecho, humillado, los vio paitir, al amo y al perro favorito, por el sendero abajo, camino de la carretera, de la ciudad, del olvido...
Era la hora del Ángelus-^ en una capilla que había al lado de la granja se juntaba la gente de la aldea á rezar el rosario. Iban los campesinos entrando en el templo, sin fijarse en el Quin y menos en sus penas.
El perro de lanas, cuando perdió de vista al ingrato^ dejó su atalaya, anduvo un rato aturdido, y al oir el rumor de la oración en la capilla, atravesó el umbral y se metió en el sagrado asilo. No entendía aquello; pero le olía á consuelo, á último refugio de espíritus buenos^ doloridos.. Mas cuando sentía estas vaguedades, sintió también una grandísima patada que uno de los fieles le aplicaba al cuarto trasero para arrojarlo del recinto.
«Es verdad,» pensó; saliendo de prisa sin protestar.
«¿Qué hago yo ahí? Lo que, los perros en misa. Yo no tengo un alma inmortal. Yo no tengo nada.» Y volvió á su atalaya, en adelante inútil^ de la saltadera, sobre el muro que dominaba el sendero, el sendero de la eterna ausencia.
No pudiendo con el peso de sus dolores, se dejó