Cuentos morales · Unidad 106 de 188

Unidad 106 · 232 LEOPOLDO ALAS

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le quería; velo sobre velo, en su cerebro fueron cayendo cendales de olvido; pero olvidaba... las imágenes, la ideas; desapareció la figura de Sindulíb, en concepto de amo, el de ciudad, el de aquellos tiempos. Perro al fin, el Quin no era ajeno á nada de lo canino, y su cerebro no tenía fuerza para mantener en actualidad constante las imágenes y las ideas. Pero le quedó el dolor de su desencanto; de lo que había perdido. Siguió padeciendo sin saber por qué. Le faltaba algo, y no sabía que era su amo; sentía una decepción inmensa^ radical, que entristecía el mundo, y no sabía que era la de una ingratitud.

íQuién sabe si muchas tristezas humanas, que no se explican, tendrán causas análogas! ¡Quién sabe si los poetas irremediablemente tristes, serán ángeles desterrados... del cielo... y sin memoria!

El Quin se amodorraba; como no tenía el recurso de hacerse simbolista^ ni de crear un sistema filosófico^ ni una religión, se dejaba caer en la sensualidad desabrida como en un pozo; escogía la forma más pasiva de la sensualidad, el sueño; siempre que le dejaban, estaba tendido, con la cabeza entre las patas. Y con la paciencia de Job^ un Job sin teja, miraba las moscas y los gusanos que se emboscaban en sus lanas, sucias, largas, desaliñadas, lamentables.

Y así pasó mucho tiempo. Era el perro más soso del valle. No vivía para afuera ni para adentro;

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ni para el mundo ni para sí. No hacía más que dormir y sentir un dolor raro.

Una tarde, dormitaba el perro de lanas sobre la saltadera del muro que separaba la corrada de la llosa, por entre cuya verdura de maíz iba el sendero, que llevaba á la carretera, haciendo eses. Por allí se iba á la ciudad, y el Quin despertó mirando con ojos entreabiertos la estrecha cinta de la trocha, según instintiva costumbre, sin acordarse ya de que por allí había marchado el ingrato amigo.

De repente, sintió... un olor que le puso las orejas tiesas, le hizo erguir la cabeza,, gruñir y después lanzar dos ó tres ladridos secos, estridentes, nerviosos. Se puso en pie. Oyó un rumor entre el maíz. ¡Aquel olor! Olía á una resurrección, á un ideal que despertaba, á un amor que salía del olvido como un desenterrado... Al olor siguió una voz... El Quindió un salto... y en aquel instante, allá abajo, á los pocos metros^ apareció Sindulfo, con su pantalón canela todavía.

De un brinco el Quin se arrojó de la pared sobre su amo; y en dos pies, con la lengua flotando al aire como una bandera, se pusoá dar saltos como un clown para llegar á las barbas ralas del dueño, que reaparecía brotando entre las tinieblas del olvido de latente dolor nostálgico.

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¡Todo lo comprendía el Quin! ¡Aquello era lo que le dolía á él sordamente! ¡Aquella ausencia, aquella ingratitud, que ya estaba perdonando, en cuanto se hizo cargo de ella! ¡Perdonaba, ya lo creo! ¿Cómo no, si el ingrato estaba otra vez allí?

Saltaba el Quin, aullando tembloroso de delicia suprema... Saltaba... y en uno de estos saltos, en el aire, sintió que, como con una sierra de agudísimos dientes, le cogían por mitad del cuerpo y le arrojaban en tierra. Mientras el lomo le dolía con ardor infernal, sintió que le oprimían el pecho y el vientre con dos patazas de fiera, y vio, espantado, sobre sus ojos la faz terrible de un enorme perro danés, gigante^ que le enseñaba las fauces ensangrentadas, amenazando tragarle...

Acudió Sindulfo y libró á su pobre Quin de las garras de la muerte.

— ¡Fuera, Tigre! ¡Malvado! ¿Habráse visto? ¡Son celos, ja, ja; son celos!

Cuando el Quin volvió de su terror y aturdimiento, se enteró de lo que pasaba. Ello era que con Sindulfo venía su nuevo amigo fiel, el Tigre, un perro danés de pura raza, fiera hermosa y terrible.

No consentía rivales ni enemigos de su amo, y al ver los extremos de aquel perruco de lanas, se había lanzado á defender á su dueño ó á librarle de caricias que á él, al Tigre, le ofendían.

Si; tal era la triste verdad. El Quin había he-