Cuentos morales · Unidad 113 de 188
Unidad 113 · 252 LEOPOLDO ALAS
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252 LEOPOLDO ALAS
Pero, es claro; el ayo ideal no parecía. En vano el buen señor, con perjuicio de sus negocios, cambiaba de vecindad cada poco tiempo, y de Valencia se iba á Barcelona y de allí á la corte. El Pestalozzi que él había soñado no estaba en ninguna parte. En el extranjero no había que pensar; porque Aguadet, que leía, muchos libros de pedagogía, había leído al pedagogo ilustre^ que dice que es un crimen enseñar á los niños á hablar en dos lenguas aun tiempo. La boca se le hacía agua cuando en las páginas de anuncios de los periódicos ingleses leía la oferta de ayos de exportación, señores que eran doctores, académicos, publicistas y una porción de letras mayúsculas, que Aguadet no sabía lo que significaban (v. gr. Ll D. B. A. DD. etc., etc.,) y que se ofrecían por poco dinero para casa de los padres^ como nuestras amas de cría. Un doctor inglés de aquéllos, pero vertido al castellano, era lo que él quería para sus hijos. Pero la planta no era indígena; no había por acá ayos como los soñaba Aguadet.
No faltaron pedantes de todas clases, sexos y escuelas y sectas que, al olor del buen trato que don Braulio ofrecía, acudieron, haciendo honesto alarde de sus habilidades para ingertar sabios precoces en retoños vulgares y aun silvestres. Pero Aguadet, que parecía un bendito, y lo era, en el sentido de ser una excelente persona^ no se dejaba engañar, y en seguida les encontraba el
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flaco ú los variadísimos géneros del Tartufo peda f,'úgico que se le fueron presentando. Había aprendido por observación y por curiosas lectu ras, los peligros de las enseñanzas demasiado artificiosas, y recordaba que hasta el famoso Filantropinum, que sirvió en Alemania de modelo á las reformas de la pedagogía intuitiva, déla enseñanza de cosas, etc., etc., acabó de mala manera, degenerando en una porción de ridiculas novedades latitudinarias. Conque al buen señor, que no se fiaba ni de Basedow en persona, ¡que le vinieran con insfitut rizos, como él decía, ya del género jesuítico, ya del integral ó del rousseauniano! ¡Oh, la cosa era tan peliaguda! A veces las apariencias no eran malas; pero, ¡había tantos sepulcros blanqueados por fuera!
Llegó una ocasión en que, sin esperanza ya de encontrar cosa de provecho, Aguadet trabó por accidente relaciones con un matrimonio que le había llamado la atención — era esto en Madrid— porque se les veía muy á menudo en el Real, en los estrenos del Español y de la Comedia, en butacas de orquesta, en palcos por asiento, vestidos pobremente, pero con su especie de etiqueta del harapo; muy de señores siempre, muy limpios; sin una mancha, y tal vez sin un pelo, en toda la ropa. Eran feos los dos, insignificante ella sobre to-