Cuentos morales · Unidad 12 de 188

Unidad 12 · EL CURA DB VERICUETO 21

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EL CURA DB VERICUETO 21

muchos ricos, cuando les hablan de curar males crónicos y de muerte con gastos exorbitantes.

; Mudarse! Ahi es nada. ¿Y adonde habían de ir? — El cura Celorio era el primero que encontraba descabellada la idea de abandonar la parroquia. Sería una especie de traición. Además, la costumbre del peligro se lo había hecho ver tan remoto que, en el fondo, los naturales de aquella altura amenazada ya no teníaix miedo. En tiempo de sus padres y de sus abuelos ya amenazaba caer la Muela, que así llamaban al peñón, no sé por qué; y no había caído. ^;No tiraría una generación más? Nadie negaba que había desprendimientos de tierra, que la peña se ladeaba más cada pocos años, que la defensa de cuerdas, maderos y tierra era pobre cosa, cada día más inútil... Pero el peligro, que en buena filosofía, en pura lógica, nadie negaba, no los tenía asustados. El cura veía que era algo así como las amenazas de los castigos eternos^ ó muy largos y duros^ de la otra vida, que nadie por allí negaba , y sin embargo hacían en los feligreses poca mella. Nadie desconocía que al malo le espera el infierno ó el purgatorio, á buen dar; y con todo... se vivía como si el fuego eterno, ó secular por lo menos, fuera cosa de la semana que no traía jueves. Lo mismo sucedía con lo del peñasco.

Celorio era de los que más claro veían el peligro, pero también de los que, generalmente^ me-

nos miedo tenían á la catástrofe, para él indefinidamente aplazada. «No será en mis días», pensaba con cierta esperanza, parodiando sin saberlo, la famosa frase de un diplomático, también con órdenes mayores.

En los gastos que ocasionaba la pobre defensa que de tantos afios tenía fabricada Vericueto para que la peña no se le viniera encima, comenzaron las disensiones y reyertas entre los vecinos, y principalmente con el cura; reyertas y disensiones que envenenaban la vida de la aldea harto más que el miedo á la común desgracia que no acababa de venir. Para algunos escépticos era una superstición, aunque ellos no le llamaban así, el miedo á la Muela; estos empíricos exagerados, como no pocos sabios, no admitían que lo que no había sucedido en tantos y tantos años fuera á suceder el mejor, ó más bien, el ijeor día. Lo de desplomarse^ y hundir el lugar, el berrueco, era para ellos como la metafísica para ciertos boticarios científicos. «¡Muy largo nos lo fiáis!» venían á pensar^ como decía el don Juan Tenorio de Tirso.

El cura no era de éstos; pero él creía que los gastos de la reparación de cuerdas, trabajos en los estribos y puntales, etc., etc.^ que contenían la Muela, debían estar repartidos á proporción del miedo de cada quisque. Otros opinaban que más debía gastar el que más tenía que perder; pero el cura á esto replicaba que secundum quid. El, bie-