Cuentos morales · Unidad 137 de 188
Unidad 137 · EL SUSTITUTO 305
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EL SUSTITUTO 305
te suya y de sus hijos, que eran cuatro, Ramón el mayor.
Pero en esto le tocó la suerte á Eleuterio, el hijo único de don Pedro^ el mimo de su padre y de toda la familia^ porque era un estuche que hasta tenía la gracia de escribir en los periódicos de la corte, privilegio de que no disfrutaba ningún otro menor de edad en el pueblo. Como no mandaban entonces los del partido de Miranda, sino sus enemigos, ni en el Ayuntamiento ni en la Diputación provincial hubo manera de declarar á Eleuterio inútil para el servicio de las armas, pues lo de poeta lírico no era exención suficiente; y el único remedio era pagar un dineral para librar al chico. Pero los tiempos eran malos; dinero contante y sonante, Dios lo diera; mas ¡oh idea feliz!
«El chico de la Pendones, el mayor... ¡justo!» don Pedro cambió la disyuntiva de marras y dijo: ó el desahucio ó pagarme las rentas atrasadas yendo Ramón á servir al rey en lugar de Eleuterio. Y dicho y hecho. La viuda de Pendones lloró, suplicó de rodillas; al llegar el momento terrible de la despedida prefería el desahucio, quedarse en la calle con sus cuatro hijos, pero con los cuatro á su lado, ni uno menos. Pero Ramón, la gallina, el enclenque sietemesino, alternando entre las tercianas y el reumatismo, tuvo energía por la primera vez de su vida, y á escondidas de su madre, se vendió, liquidó con don Pedro, y el precio
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de su sacrificio sirvió para pagar las rentas atrasadas y la corriente. Y tan caro supo venderse, que aún pudo sacar algunas pesetas para dejarle á su madre el pan de algunos meses... y á su novia, Pepa de Rosalía^ un guardapelo que le costo un dineral, porque era nada menos que de plata sobredorada.
¿Para qué quería Pepa el pelo de Ramón, un triste mechón pálido, de hebras delgadísimas, de un rubio de ceniza, que estaban vociferando la miseria fisiológica del sietemesino de la Pendones? Ahí verán ustedes. Misterios del amor. Y no le querría Pepa por el interés. No se sabe por qué le quería. Acaso por fiel, por constante, por sincero, por humilde, por bueno. Ello era que, con escándalo de los buenos mozos del pueblo, la gallarda Pepa de Rosalía y Ramón la gallina eran novios. Pero tuvieron que separarse. El se fué al servicio: á ella le quedó el guardapelo, y de tarde en tarde fué recibiendo cartas de puño y letra de algún cabo, porque Ramón no sabía escribir, se valía de amanuense, pocas veces gratuito, y firmaba obn una cruz.
Este era el Ramón que se le atravesó entre ceja y ceja al mejor lírico de su pueblo al fraguar el final de su elegía ú oda á la patria. Y el remordimiento, en forma de sarcasmo, le sugirió esta idea: «No te apures, hombre; así como D. Quijote concluía las estrofas de cierta poesía á Dulcinea,