Cuentos morales · Unidad 138 de 188
Unidad 138 · EL SUSTITUTO 307
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EL SUSTITUTO 307
añadiendo el pie quebrado del Toboso, por escrúpulos de veraeidad, asi tú puedes poner una nota á tus ofrecimientos líricos de sangre derramada, diciendo, verbigracia:
Patria, la sangre que ofrecerte quiero, en lugar de los cautos de mi lira, no tiene mío más, si bien se mira^ que el haberme costado mi dinero.
¡Oh, cruel sarcasmo! ¡Sí, terrible vergüenza! ¡Cantar á la patria mientras el pobre gallina se estaba batiendo como el primero, allá abajo, en tierra de moros, en lugar del señorito!
Rasgó la oda, ó elegía, que era lo más decente que, por lo pronto, podía hacer en servicio de la patria. Cuando vinieron el alcalde, el síndico y varios regidores á recoger los versos, pusieron el grito en el cielo al ver que Eleuterio los había dejado en blanco. Hubo alusiones embozadas á lo de a secretaría-, y tanto pudo el miedo á perder la esperanza del destino, que el chico de Miranda tuvo que obligarse á sustituir (.terrible vocablo para él) los versos que faltaban con un discurso improvisado de los que él sabía pronunciar tan ricamente como -cualquiera. Le llevaron al teatro, donde se celebraba la fiesta patriótica, y habló en efecto; hizo una paráfrasis en prosa, pero en prosa mejor que los versos rotos de la elegía ú oda desgarrada. Entusiasmó al público-, se llegó á entu-
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siasmar él mismo de veras; en el patético epílogo se le volvió á presentar la figura pálida de Ramón... y mientras ofrecía, entre vivas y aplausos de la muchedumbre, sellar con su sangre, si la patria la necesitaba, todas aquellas palabras de amor y sacrificio, se juraba á sí propio, por dentro, echar á correr aquella .misma noche camino de África^ para batirse al lado de Ramón^ ó como pudiera, en clase de voluntario.
Y lo hizo como lo pensó. Pero al llegar á Málaga para embarcar, supo que entre los heridos que habían llegado de África dos días antes estaba en el hospital un pobre soldado de su pueblo. Tuvo un presentimiento; corrió al hospital, y... en efecto, vio al pobre Ramón Pendones próximo á la agonía.
Estaba herido, pero levemente. No era eso lo que le mataba^ sino lo de siempre: la fiebre. Con la mala vida de campaña, las tercianas se le habían convertido en no sabía qué fuego y qué nieve que le habían consumido hasta dejarle hecho ceniza. Había sido durante un mes largo unhéroe de hospital. ¡Lo que había sufrido! ¡Lo mal que había comido, bebido,, dormido! ¡Cuánto dolor en torno; qué tristeza fría, qué frío intenso, qué angustia, qué morriña! Y ¿cómo habia sido lo de la herida? Pues nada; que una noche, estando de