Cuentos morales · Unidad 14 de 188
Unidad 14 · EL CURA DE VERICUETO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL CURA DE VERICUETO
Ó he de pagar yo, nadie se acordaba de conjurar el peligro, que podía ser en daño de muchos; y los más interesados en la obra proyectada eran los más tercos. Estaban dispuestos á morir como héroes antes que soltar un cuarto al efecto de lo que el alcalde pedia.
Y así pasaron años, y el cura Celo rio cayó en cama; de modo que para su persona el peligro aumentaba. Vino el alcalde á verle para hacerle la forzosa; le dijo que reparase en el peligro que corría; que ahora no podía valerse ni echar acorrer; más es, recordando una frase que le había apuntado el médico, exclamó:
— Mire, señor cura, que con tener elpeíióncomo lo tiene constantemente, amenazándole encima de su cabeza, está usted como si estuviera bajo la espada de Demócrito.
— Bueno— repuso el cura;— pues dele expresiones á Demócrito, señor alcalde, que yo no aflojo la bolsa ni por Demócrito riendo, ni por Heráclito llorando, cuanto más por ese Damocles como otros le llaman.
Y en esta situación estaban Celorio y lo del pique, cuando yo acompañado de Higadillos, fui á conocer y tratar á D. Tomás Celorio, cura de Vericueto.
26 LEOPOLDO ALAS
No saqué de aquélla, y otras visitas, la íinpresión y el juicio que Higadillos pensaba; encontraba, lo mismo en los ojos que en la sonrisa, que en las palabras de Colorió, un fondo de delicadeza, así como vergonzante, que no se compadecía con las cualidades del tipo^ groseramente epicurista, avaro, carnal y cazurro que Higadillos pintaba en su poema y en su conversación.
Lo que yo vi_, por lo pronto, en nuestras pláticas con Celorio, es que éste se burlaba lindamente^ pero sin saña, de la ciencia valetudinaria de mi huésped y amigo, el cual, en materias filosóficas y de teología, así dogmática como histórica, estaba muy poco fuerte.
Higadillos, por ejemplo, opinaba que los católicos tenían obligación de creer que Cristo estaba en el cielo sentado á la diestra de Dios Padre; y era de ver cómo Celorio, oyendo esto, sacudía la cama de nogal con las carcajadas, y hasta un poco de tos, que el donoso disparate le producía.
— Pero, ciruelo — exclamaba en dejando de toser,— ¿cómo ha de ser literal eso de la diestra de Dios, si Dios, como no es cuerpo, no tiene derecha ni izquierda?