Cuentos morales · Unidad 16 de 188
Unidad 16 · 30 LEOPOLDO ALA^
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piedad, le obligarán á satisfacer este deseo mío, que tantas veces le tenido manifestado. Si Higadillos no estuviere presente, leerá mi coadjutor, y á falta de éste la persona de más respeto entre los presentes; y no creo que á esto se fal#, pu(!S muchas veces se lo tongo pedido á Ramona CencHlo, mi ama de llaves, á quion buen chasco espera, ítl coadjutor D. Sancho Benítez y á varios feligreses que serán los que probablemente rodearán mi lecho cuando yo expire.
Para explicar cómo t uniendo yo fama de rico, gracias á la usura en que viví más de veinte años, muero tan pobre como pronto verán los que otra cosa esperan, dejo aquí escrita parte de mi historia, toda la que hace al caso para mi disculpa. También la escribo para que con ella adquiera mi heredero algo de más provecho que los papeles adjuntos, pues más que esos papeles y más que cuantos bienes materiales pasaron por mis manos, vale la lección que el filósofo Higadillos puede sacar y disfrutar aprendiendo á no juzgar á los hombres por las apariencias, ni el fondo de los corazones por la exterioridad de ciertos hábitos; que el hábito no hace al monje.
Y sin más preámbulo, empiezo ya á decir quién soy yo y cómo y por qué vine á parar en tan económico administrador de los viles intereses de que fui por poco tiempo á manera de depositario.
Nací en una aldea, no lejana de estos contor-
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nos, en casa que tenía escudo sobre la puerta, recuerdos de antigua bienandanza y de sempiterna honradez, y al venir yo al mundo mermadas rentas, ni con mucho bastantes á mantener, con el decoro necesario á la hidalguía nuestra, á ocho hijos que éramos, entre varones y hembras; diez bocas, contando á los padres, y catorce incluyendo á toda la servidumbre indispensable para ayudarnos en el cuidado de las tierras y ciertas industrias caseras y aldeanas que nos ayudaban no poco. No era yo el primero ni el último de los cinco hermanos varones, ni el mimo de mis padres, ni un estropajo en la casa; se me quería como á todos; pero un buen natural ó lo que fuera, seguramente la gran repugnancia que me causaban las reyertas y el dolor propio ó ajeno, y sobre todo, el horror á la injusticia, al mal reparto de lo que á cada cual corresponde^ me hicieron siempre ceder antes que otros en mis pretensiones, por no reñir, por no molestar, por no ser injusto. Grave problema era en la casa el de ir despachando la competencia de los dientes, es decir, colocando tanta herramienta de consumir la hacienda donde menos daño hiciera ó ya no lo hiciese; y los expedientes para lograr este anhelo constante de la familia consistían en casar hijas ó meterlas en un convento, y en mandar á la Habana á un hijo á que hiciera fortuna, si Dios era servido; buscarle á otro un empleo y aprovechar para alguno la ven-