Cuentos morales · Unidad 17 de 188
Unidad 17 · ;i2 LEOPOLDO ALAS
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taja de cierta modesta pensión que en el testamento de un canónigo pariente se le dejaba á aquel de nosotros que abrazare el estado eclesiástico. Mi hermano mayor era débil, flaco, enfermizo, amigo del estudio, pero no de las faldas negras que el pariente pedia como condición para su liberalidad postuma; además, mi padre no quería clérigo al primogénito; el que seguía demostró su afición á los viajes, á los azares de la suerte, y fué el que embarcó casi sin consultar con los otros; y yo, aunque era tal vez el más robusto y el más aficionado á la vida del labrador, á sus tareas y placeres^ cargué, no sé cómo ni por qué, por el despego de los demás, antes que por mi afición, con la gravísima incumbencia de cantar misa y cobrar la pensión, con la cual, por acuerdo de mis padres y hermanos, que creían, como yo, interpretar así la real voluntad del tío difunto, había de ayudar á aquellos de mis hermanos que menos amparados quedasen, y aun á mis padres si llegaran á necesitarlo.
Fui sacerdote sin gran vocación, pero también sin repugnancia, con fe bastante para tomar en serio la estrecha disciplina de mis deberes. La vida que me esperaba no me parecía muy diferente de la que de todas suertes hubiera yo escogido, y sólo en el capitulo de la carne vi un poco de cuesta arriba; pero esto ya cuando le había tomado gusto á la carrera y me había interesado muy de veras
EL CURA DE VERICUETO 33
la teología, pues aquella especie de matemáticas celestiales de Santo Tomás eran muy de mi gusto; y por defender tal doctrina, que me parecía evidente, hubiera yo andado á silogismos, y aun á cintarazos, con cualquiera. Si al principio la vida del seminario rae disgustó no poco, fué por la libertad campesina que me faltaba, no por el rigor del régimen eclesiástico; por fin, el hábito, el compañerismo, el espíritu de cuerpo, hicieron de mí un cuervo (como nos llamaban"), entusiasta, sincero, de aplicación más que mediana, si no modelo de virtudes, tampoco escándalo de la santa casa, donde había muchos como yo que, si transigían con el diablo algunas veces, rescataban los pecados con la debida penitencia, muy sincera, y no pocas veces vencían en aquellas luchas en que la tentación no era ni tan fuerte ni tan hermosa como suelen figurarse los profanos que escriben cosas de literatura á costa de los clérigos.
Nunca había yo soñado con casarme; y aun en el tiempo en que era libre y podía dejar el seminario, jamás se me pasó por las mientes echar de menos el matrimonio, y la cáfila de hijos con sus docenas de muelas, y los apuros del hambre y las carreras, y las bodas de las hijas, etc., etc. De lodo esto había visto sobrado en mi casa; y si algo sentía yo que le faltaba al clérigo que podía serle agradable, no era ciertamente el verse como yo había visto á mi buen padre, á quien nunca llega-