Cuentos morales · Unidad 178 de 188

Unidad 178 · GONZÁLEZ BRIBÓN 309

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GONZÁLEZ BRIBÓN 309

Es el panegírico de don Insignificante de Tal.

Un buen mozo, que vive amontonado con la infiel esposa de Z. X. Y..., del crítico que peor trató el drama romántico en que González Bribón decía aquellas cosas de la luna.

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Por la noche se la veía en el ensayo, los días que no había función, que eran lunes, miércoles y viernes, ocupar, en la sombra, una butaca de quinta ó sexta fila, envuelta en su chai gris, humilde; permanecía inmóvil horas y horas, callada, sin reír cuando reían allá arriba, en el escenario, sus compañeros, que no pensaban en ella. Las noches de función solía ir á un palco de tercer piso, como escondiéndose, ocupando el menor espacio posible, y quieta, callada como siempre. No la divertía mirar al público, desconocido, indiferente, casi hostil; para ella era el mismo siempre, en todos los pueblos que iba recorriendo con la compañía: un enemigo distraído, que le hacía daño sin pensar en ella. No le miraba. Demasiado tenía que verle de frente, frío, insensible, cuando la pobre tenia que salir á las tablas y cantar sin perder el <'(inii):'i>. >;i!i .•itr.i'_:-;inf.ir><', y lin^ta oxprosando con

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gestoá y actitudes ciertas pasiones que no eran las suyas, penas que no eran las que la mortificaban. Miraba al escenario: prefería ver una vez más, después de mil, la misma escena, oir el mismo canto: á lo menos^ aquel aburrido y monótono espectáculo repetido era algo familiar, como una patria moral ambulante; la ópera viajaba con ellos. Miraba el escenario como un nómada podía mirar el carro ó la tienda que le acompaña á través de re-* giones y regiones nuevas, desconocidas. En su imaginación la escena era la tierra ñrme, el público el mar tenebroso. Esto cuando veía las tablas desde fuera; porque cuando estaba sobre ellas, el público seguía siendo el mar bravo, y el escenario era un frágil leño notante, juguete de las olas.

Iba al teatro, no porque gozara con el espectáculo, sin© por huir de la soledad de la posada, y por costumbre; por seguir á los suyos, que al fin lo eran los de la compañía, aunque para ella desabridos, fríos, distraídos, casi indiferentes. Estaba acostumbrada desde pequeña á hacer lo mismo. Su madre había sido cantante; su padre, músico de la orquesta: ella, niña, prefería quedarse á dormir^ pero sola no; iba al teatro, á padecer entre bastidores frío, sueño^ cansancio, hastío... mas todo lo prefería al miedo de verse sola en la posada, de noche. Ahora que no tenía padres á quien seguir, iba al teatro por seguir á todos los de la compañía^ por huir de la poca luz de su celda de huésped po-

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bre; del frío, del silencio, del aislamiento, que la comían el alma con sus horas de bostezos como simas.

No recordaba cómo había entrado ella en el arte. Ello había empezado por ser una ilusión de su señora madre; un día había hecho falta buscar una niña que representara cierto papel; pareció ella; la aplaudió el público, y desde entonces quedó incorporada oficialmente á la compañía. En otra ocasión, un director de orquesta, algo maestro de canto y algo aficionado á la madre de la infeliz Marcela, nuestro personaje, descubrió que la niña tenía hermosa voz; lo creyeron el padre y la madre, nadie lo negó, y la chica aprendió música y empezó, cuando tuvo edad suficiente, á cantar en papeles muy modestos en la compañía donde trabajaba su madre. Así había empezado aquello: era cantante porque nunca había sido otra cosa, ni nadie la había propuesto cambiar de oficio. Tenía apego al teatro, como se lo tienen á su tierra aun aquellos que viven en país triste^ ingrato. Teníale el cariño tibio que engendra la costumbre. Pero no conservaba ninguna ilusión de artista, hasta casi había olvidado las que al principio de su opaca^ triste carrera había tenido. El público la había desengañado poco á poco. Además, no era hermosa. Había tenido sus dieciocho años como cualquiera; pero ni laureles ni amores habían tejido para ella una corona de felicidad. Desenga-