Cuentos morales · Unidad 179 de 188
Unidad 179 · 404 LÉOPOI-DO AI, AS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
404 LÉOPOI-DO AI, AS
ños vulgares, sordos, en todo. En la compañía en que estaba ahora, había permanecido años y años por vínculos de amistad de sus padres difuntos con los directores de la empresa; y porque Marcela llenaba huecos, lo aguantaba todo, no tenía pretensiones, no hacía sombra á nadie y se contentaba con un sueldo inferior á su categoría de cartel. Nunca había trabajado más que en provincias. Los gacetilleros, mal vestidos y no siempre bien educados, que ejercían de Aristarcos del hel canto, la trataban ordinariamente con un desdén provinciano que hay que conocer para apreciarlo en toda su humillante amargura. La perdonaban la vida. Cuando más, decían que no había descompuesto el conjunto; pero lo más común era afir, mar que la señorita Marcela Vitali (Vidal) había hecho laudables esfuerzos para dominar la emoción que visiblemente la embargaba. Sí, esto era verdad. Tenía un miedo cerval, invencible, al público; un miedo que no se le quitaba con los años. Sus protectores^ los amos del cotarro, se fueron acostumbrando á tolerarla como una carga de caridad, si no de justicia. Por evitarla á ella disgustos y por no comprometer las obras más de lo que otros las comprometían, iban prescindiendo, más cada vez, de Marcela. Seguían pagándole su corto sueldo, y ella, que comprendía que apenas lo ganaba, callaba, humillada, triste, pero casi agradecida. En general, los demás cantantes ni la
LA REINA MARGARITA 405
querían ni la odiaban; la miraban como un apéndice inofensivo de la compañía. Pero donde el egoísmo y la envidia nada tienen que aborrecer, la malicia burlona todavía tiene algo que decir, gracias á su horrible düettantismo. No se sabe quién inventó para Marcela un apodo, que fué en adelante el nombre que tuvo para los de casa. Se la llamó la Reina Margarita.
Fué por esto. Cada día se le manifestaba el público á Marcela menos favorable en todas las óperas, por insignificante que su papel fuese; pero con una excepción. En cierta obra clásica, muy aplaudida en todas partes, la Vitali tenía á su cargo el personaje de una Reina Margarita, más ó menos fantástica; una Reina que no gobernaba; lo más constitucional posible; porque en todo y por todo dejaba pasar delante y eclipsarla á otra primera tiple, que sin ser duquesa tal vez siquiera, la obscurecía á ella, ala Reina, por completo; la comía la voz cuando cantaban á un tiempo, y le quitaba un amante que la Margarita amaba en secreto. Todo el mundo mandaba allí, menos la Reina, que en el tercer acto desaparecía, después de perdonar varias felonías á una porción de coristas, y no volvía á presentarse en escena. Era una majestad triste, modesta, apocada, que oía en pública audieucia una porción de arias, romanzas, dúos y