Cuentos morales · Unidad 18 de 188
Unidad 18 · 34 LEOPOI-DO ALAS
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34 LEOPOI-DO ALAS
ba el agua al sal. No, el matrimonio no era una tentación; pero es claro que una cosa es el matrimonio y otra la mujer. El clérigo renuncia ostensiblemente al matrimonio y á la mujer; pero sabe que si transig'e con el pecado, el matrimonio seguirá siéndole imposible, pero el amor posible, aunque ilícito. Yo no sé lo que pasará por los demás clérigos que no sean muy buenos; pero por mí, que era mediano, pasó esto que declaro: casi sin darme cuenta de ello, el distingo que dejo apuntado contribuyó no poco á que sin gran esfuerzo ni solemnidades de conciencia contrajera el compromiso de castidad á que me ligaba mi estado. Después, la experiencia me enseñó que no era tan fiero el león como le pintaban. Si primero hubo lucha, no muy encarnizada, y no fué siempre la victoria de la virtud, las batallas ganadas para el bien eran las más, y esto borraba el remordimiento de las pérdidas, amén del considerar que en tales alternativas de fortuna se pasaba la juventud de infinidad de compañeros míos. Del no jactarme de bravucón en tales combates con las tentaciones^ creo yo que vino la paz en que me fui viendo luego, pues encontró la concupiscencia un derivativo en el moderado afán de lucro que no podía tener en mí otra forma que la del juego. Los apuros pecuniarios que habían sido el tema constante de las preocupaciones familiares en la casa paterna, habían dado como un tinte amarillento á
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todos mis actos y deseos; mi actividad, fuerte y fecunda, se encaminaba siempre en pos de la legítima ganancia, con gran anhelo de la propia y respeto de la ajena. Las tentaciones del amor fueron pronto para mí tortas y pan pintado en comparación de las tentaciones del oro. Pero hubiera yo querido conquistarlo en franca y noble lucha con la naturaleza, en industria lícita y útil á la república. Vedábame el estado sacerdotal todo conato en tal sentido, y hube de atenerme al tresillo, al solo y... á la santina, ó sea el monte, que se jugaba en las rectorales en las noshes que seguían á las fiestas del Sacramento y otras no menos solemnes. No había para mí otro modo de dar expansión á mi deseo de leorítima sranancia.
II.
Metido en una aldea, viviendo de pitanzas, alguno que otro sermonzuco y la pensión de marras, que repartía con la demás ftimilia, vegetaba mi juventud, sin encontrar la reina de Saba en cada rincón frondoso; llevando las tentaciones de bolina; criando mucha sangre, que no se me pudría, pues se gastaba en correr de aquí para allá, madrugar mucho y servir bien en mi oficio. Pero si no me hacía la lujuria tirarme de espaldas ó de