Cuentos morales · Unidad 185 de 188
Unidad 185 · LA REINA MARGARITA 417
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LA REINA MARGARITA 417
Fausto rompía su pacto con el diablo del arte, y se marchaba á Grijota, donde le esperaban los sacos fructíferos de su tío Romualdo. La Reina le dio la enhorabuena con voz trémula; y ya en toda la noche habló poco. Feliciano se creyó en el caso de acompañarla hasta la posada, cuando ella le dijo que se retiraba, porque no se sentía bien. Por la calle, obscura, húmeda, triste, no hablaron tampoco apenas. Al llegar al portal de la pobre vivienda donde tanto se había aburrido Marcela, se detuvieron, cortados los dos, mudos.
Xo sabían cómo despedirse...
— ¿Y usted? — dijo por fin Fausto.
— fYo? Mañana en el tren de las siete sale la Reina Margarita, en tercera; ocho horas de viaje, y por la noche en Z... función... La Reina Margarita se presentará al respetable público... y procurará no descomponer el conjunto!
Y entonces Fausto Candonga, que dejaba el teatro principalmente por no saber adorar á Margarita (la plebeya) como era debido, en la escena de la ventana; Fausto Candonga, como pudo, tartamudeando, ofreció á la Reina su blanca mano, y su blanca harina^ y los sacos del tío Romualdo.... y todo lo que él podía valer en Grijota. En ñn, se declaró, metiéndose en harina; y la dicha de aquella luna de miel que ofrecía, se cifraba en la ganancia legitima, segura, lejos de las baterías del escenario, lejos del público, de las lentejuelas y de
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las imponentes figuras de los violoncelos y de la tiránica batuta del director de orquesta....
Algunos años después se celebraba en Grryota la proclamación del diputado provincial don Romualdo Candonga, y hubo gaudeamus, fuegos artificiales y su poquito de teatro. Y lo mejor de la función fué que, nada menos que el señor don Feliciano y su digna esposa doña Marcela Vidal, salieron al tablado que se levantó en el Ayuntamiento á cantar como ángeles, vestidos con trajes que ni los cómicos de la corte. Habia que ver al rico mercader de harinas y á su señora la hacendosa doña Marcela, cada cual por su lado, y sucesivamente, hacer las delicias de sus convecinos, con unos gorgoritos y unos suspirillos cantados que daban gloria. Candonga pisaba de tacón, como siempre, y el traje de Fausto que le había hecho su mujer, lo vestía como lo hubiera vestido uno de aquellos quintales de harina de ñor que tenia en su casa; pero cantar era un prodigio. Y cantaba solo, sin Margarita que le estorbase.
Y después salió la Reina Margarita, con el traje de su propiedad, que había conservado. T rayó á-gran altura, sin que la eclipsara nadie.
Al día siguiente, los músicos del pueblo sostenían que era una lástima que el feliz matrimonio