Cuentos morales · Unidad 184 de 188

Unidad 184 · 414 MÍOPOLDO ALAS

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tor de orquesta no exigía silencio absoluto. Otras veces oían la música cou religiosa atención, contentos con oiría así, tan cerca uno de otro. Coincidían en sus opiniones acerca del mérito de las óperas y del mérito de los cantantes que á ellos les tenían de reemplazo. Coincidían en estar exentos de envidia. Y era un nuevo placer delicado, lleno de consuelo, aquel dúo de caridad, de justicia, en que su ánimo estaba tan armonizado. Admiraban las mismas bellezas y perdonaban los mismos agravios.

De lo que más hablaban era de ellos mismos. Marcela, singularmente, encontró una delicia desconocida en contar á otra persona sus tristezas, la monotonía gris de su existencia. No era, en apariencia á lo menos, muy poética su conversación. Los catarros que martirizaban á la pobre cantante eran tema de la mayor parte de sus diálogos, al empezarlos por lo menos. Por acuerdo tácito, llegaron á tomar por costumbre el comunicarse ' lo que habían hecho' y lo que habían padecido ó gozado durante todo el día. Hablaban muy bajo, con cierta mística entonación que parecía concierto de amores, del frío, de la helada, de la humedad, de la poca ropa que daban en la posada para la cama, de otras nimiedades tristes de la vida ordinaria. Supo Candonga que Marcela se pasaba las horas muertas haciendo solitarios con una baraja sobada. El la ofreció una nueva. Candonga, por su parte.

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jugaba mucho al dominó en un café de las afueras.

De lo que no hablaban jamás era del arte con relación á las propias miras; parecía que para ellos no había porvenir, ni bueno ni malo. Candonga, alma sincera, creía firmemente que aquella muchacha tan simpática sabía poca música y cantaba muy medianamente. Hubiera partido con ella una peseta y un puchero de garbanzos, pero era incapaz de adularla, de engañarla. Marcela, que creía ver en Feliciano un músico aceptable, comprendía más cada día, que aquel hombre tan natiiral, tan bueno para en casa, nunca sería lo... farsante que se necesita ser para dominar las tablas. No; no veían porvenir, y no hablaban de él. Si Marcela insistía en tratar de asuntos teatrales, pero siempre refiriéndose á los demás, no era por gusto, sino porque no sabía nada de otras cosas.

Un día notó Candonga con asombro que Margarita, la Reina, no sabía á punto fijo quién era Martínez Campos. No sabía nada del mundo, que para ella todo era público, público hostil;, juez implacable. Cuando se agotaba el tema de las vicisitudes de sus aburrimientos, fríos, catarros y demás tristezas cotidianas, Feliciano iba poco á poco renovando la conversación mediante referencias á otros horizontes de vida desconocidos para Marcela. El tema favorito llegó á ser la manera de ganarse el sustento sin contar para nada con el público del

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teatro. Había quien ganaba muchísimo más que ellos; V. gi\, comprando harina, teniéndola en casa una temporada y vendiéndola después. Se compraba como ciento, se iba vendiendo uno á uno, y sin más, se ganaba por cada ciento... tanto; mucho, «¡Qué felicidad!» pensaba la lieina. Y la gente que entraba á comprar y á -vender no tenía derecho á silbarle á uno; había trato ó no; pero sin insultar á nadie: si el género no gustaba, no por eso los parroquianos se burlaban del comerciante. Y suspiraba la Vitali, pensando en aquel paraíso del tanto por ciento, pacífico, sedentario, escondido, serio, honrado, humilde.

Y de una en otra, Candonga llegó á confesarle su secreto. Que si él se veía como se veía era por haber sido tonto, vanidoso. Que ciertas adulaciones se le habían subido á la cabeza, y se había empeñado en ser artista, aunque fuera de iglesia; y por seguir esta vocación había abandonado á un tío suyo que le hubiera metido en un pueblo de la provincia de Falencia, en el comercio de harinas, con grandes probabilidades de hacer un negocio decente. La Reina Margarita, asombrada, aconsejó al tenor que escribiera al tío, que cantara.... la palinodia. Y así lo hizo. Y cuando un mes más adelante la compañía levantaba sus tiendas y se iba con la música á otra parte, Feliciano, la última noche de función, en la obscuridad del antepalco, le hacía saber á la Reina Margarita que