Cuentos morales · Unidad 20 de 188
Unidad 20 · 38 LEOPOLDO ALAS
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bía querido disponer así, por cosa vil, del dinero, y no encontraba otra manera de hacerlo pasar á unas manos que el sacarlo de otras, prueba de la perpetuidad y fijeza de las leyes del cambio.
Por toda esta teología yo paré en el m-ás empedernido jugador de solo y tresillo de todo el Arciprestazgo. ¿Qué hacer? No había para un pobre capellán otra manera de procurarse un peculio adventicio fuera de los mezquinos derechos que me valían el altar y el pulpito, los entierros y otras menudencias. Y en raí el afán de legítimo lucro era invencible. Además, lo que yo, hacían los clérigos rurales en general^ jugar y más jugar; en esto no se distinguían los buenos de los malos, jugaban todos.
íbamos de rectoral en rectoral, de fiesta, enfiesta siempre los mismos curas con los mismos espada mala bastos; unos con la buena estrella de los estuches, otros siempre pasando ¡transeatl
Ya se sabía; en cada parroquia había dos fiestas por lo menos: la sacramental y la del santo patrono. Además, había hijuelas, capillas y ermitas y otros santuarios con sus romerías, misas cantadas y correspondientes comilonas de honrados levitas que no ofendían á Dios con su buen apetito, inocentes bromas y bueno ó mal naipe. Verdad es que, como ya llevo advertido, á veces, á última hora (una hora muy larga que solía prolongarse desde las doce de la noche hasta las cuatro ó las
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cinco de la inaúíincí), se echaba, con gran misterio y cierto picante remordimiento, la santina, 6 sea su poquito de monte; y aunque no digo yo que parezca muy bien el modesto óbolo de una pitanza, ganada con el canto llano y los sublimes psalmos del rey poeta, confiado á la mudable condición de una sota ó de un caballo; ni sostengo que sea conforme á los cánones que una imitación de Bossuet ó de Bourdaloue, se emplee, verbigracia, en un entres trasnochado; ello es que mayores delitos registra la historia de los papas; y no había otra manera de matar el tiempo sin notoria malicia.
No sólo jugábamos en las casas rectorales y de los clérigos sueltos, sino en las de algunos amigos que, aunque no pertenecían á la iglesia docente, eran muy buenos camaradas, fieles hijos de la Iglesia , y algunos grandes espadas en el difícil arte de la malilla.
El conde de Vegarrubia era el núcleo de los jugadores de tresillo y demás, clérigos y seglares, en doce leguas á la redonda. Criado y educado en París, allí había gastado muchos millones y mucha salud, y ahora le encontraba más gracia que á lucir caballos y tiros lujosos en el bosque de Boulogne, á darse tono de experto tresillista y arriesgado en todo juego de azar, delante de media docena de curas de aldea ó caciques de campanario.
Todavía era muy rico, y eso que seguía gastando en disparates que, si no eran como los dis-