Cuentos morales · Unidad 21 de 188

Unidad 21 · 40 LEOPOLDO ALAS

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40 LEOPOLDO ALAS

curridos en París, no eran menos extravagantes y costosos. No tenía idea del mérito del dinero, y con todo no pensaba en otra cosa, con tal de- pensar en el juego; divertíase viendo rabiar á los pobres que perdían y desafiando con la suya la serenidad ajena ante los golpes de la adversa fortuna. Yo, á lo menos, de mí sé decir que en cuanto el conde, que además muy delicadamente sabía mostrar la superioridad que atribuía á su noble sangre, se me plantaba cara á cara con cierta sonrisita y unos ojos fríos y corteses invitándome con mucha gracia á probar fortuna, á disputarme los favores de la suerte y á manifestar sangre fría ante los desdenes de la voluble deidad del abismo, ya estaba yo todo erizado de orgullo, recordando el abolengo puro de mi desgraciada hidalguía, siempre muy pobre, pero siempre muy linajuda. Mucho más grande, pienso ahora, era mi valor que el suyo, pues mi pasión á los cuartos era mucho mayor, no por el juego, sino por el metal mismo, y las cantidades mismas suponían mucho más para mi inopia incurable que para su riqueza sin suelo. Y ahora he de notar que sólo en las malas comedias las pasiones son tan exclusivas que no dejan ver otras flaquezas; yo, á más de amigo de la legítima ganancia, era muy partidario de los pergaminos de mi familia, cuyas pretensiones linajudas me parecían tanto más dignas de defens cuanto más la pobreza de muy antiguo había ve-

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nido probando el oro de ley de nuestra hidalguía.

Entre los vecinos y amigos de más lejos que frecuentaban la tertulia del conde, había algunos mayorazguetes y dos ó tres varones y vizcondes. Uno de aquéllos, el barón de Cabranes, me interesaba á mí por su buena figura, aristocrática de veras, aunque melancólica y algo delicadilla, y sobre todo porque sabía de él desgracias análogas y aun superiores á las mías. Muerto su padre, había quedado á la cabeza de una muy numerosa familia en que abundaban las señoritas, que no se casarían jamás por falta de dotj y sobra de iiecesidades ficticias; eran nobles y no eran ricos, iban camino de la ruina como D. Quijote á la cena en el castillo, sin quitar la celada. Era el de Cabranes joven muy afable, siempre triste y taciturno... y jugaba como un desesperado, no al tresillo, que no sabía, sino en cuanto se ponía el cobertor (costumbre misteriosa) para los juegos de azar ó de envite.

Una noche, después de una francachela en casa del conde, en la cual se me hizo á mí beber mucho más de lo acostumbrado, ya á muy altas horas de la noche, la suerte, el diablo se empeñó en ponernos uno frente al otro al barón y á mí; todo lo ganaba él ó todo lo ganaba yo; golpes fuertes de prosperidad ó de extraño revés iban y venían de él á mí, dejando como en la sombra á los demás jugadores, el conde inclusive, que, envidioso, en vano